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La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Jue Sep 28, 2017 4:02 pm

Esta incertidumbre me está rompiendo los nervios —susurró uno de los cuatro magos sentados en el suelo. Se abrazó las rodillas y comenzó a mecerse en un lento vaivén—. Necesito salir de estas negras paredes, respirar aire limpio del día, ¡disfrutar de una comida decente! ¡Por los dioses! —Gritó con voz aguda mientras se daba palmadas en la sien—... Me voy a volver loco.
De los quince magos, seis habían ido en busca de los ingredientes que había solicitado la bruja, y cinco habían subido con ella hasta la puerta de Falqued. El resto se encontraba en una extraña nebulosa de inutilidad e inseguridad por igual. Se habían sentado en la alfombra, cansados de pasar sustos y desilusiones.
Tranquilo Straw —el mago sentado a su derecha le palmeó la espalda con afecto. Con cuidado le puso la otra mano en el brazo y le invitó a dejar que se golpeara—. Hemos estado metidos en peores, compañeros —le dijo a los demás con una leve sonrisa—. ¿Recuerdan cuando tuvimos que cerrar los hechizos en el libro de...?
Esto es muy diferente Mont—le cortó el mago sentado frente a él con voz cascada—. Esta vez la magia está hecha nudos —sus pobladas cejas blancas se unieron formando una oruga que bailó en su frente cuando su rostro formó una mueca de hastío—, sin ella somos inútiles, menos que granjeros. Somos un simple atajo de bibliotecarios, matemáticos y químicos. Nos devorarán allá afuera.
No somos inútiles —Mont trató de frenar tanto pesimismo—. Seguimos siendo poderosos. Cargamos con algo peor que armas. Podríamos abrir un boquete en el muro y salir andando.
O tapizar el muro con flores. O hacernos estallar en pedazos —susurró Straw—. Es la incertidumbre, es el caos.

Mont trató en vano de calmar a su compañero, los demás permanecieron en silencio. Arriba Theminis van Luthar y su comitiva trataban sin muchos ánimos de abrir la puerta sellada de la habitación de Falqued.
Sólo es cosa de ver como esa vieja gorda nos habló —masculló el mago de las cejas, masticando su rabia—. Sin nuestro poder se han dado cuenta que no somos más que viejos agrios. Y pronto nos tendremos que comer nuestras barbas y túnicas si no se soluciona. Y te digo, nadie lo está solucionando. Como mucho pasaremos una semana más aquí atrapados hasta al fin morir de inanición.
Si no es que se abre esa puerta y nos aniquila la muchedumbre antes —comentó el cuarto mago, un calvo y redondo hombre de patillas largas.
Straw gimió ante la idea, Mont alzó la voz, molesto.
Dejad las tonterías, asustan a Strawberry.
Y teme con razón —el mago de las cejas blancas se puso de pie—. Tú también deberías temer Mont. Si ese puñado de extraños pudo entrar sin más, ¿Qué impide que entre un mercenario y le ponga fin a tus resuellos?
Estás loco.
Straw se tapó los oídos al escuchar tanto veneno, se comenzó a mecer con más fuerza. Mont trató de controlarlo.

Deja que ese pobre de mente se consuma Mont. Strawberry hace tiempo que se volvió loco —le espetó Banquo—. Sálvate tú, que nadie más lo hará por ti.
Cállate —Mont aferró a Straw de los hombros—. Strawberry, tranquilo, no pasa nada. Cálmate.
No seas necio. Te considero un buen elemento. Quizá estemos muy viejos como para poder huir por los túneles o por sobre los muros, pero aún tenemos chispas en los dedos. ¿Acaso no viste cómo lancé todo ese fuego por las manos. Con un poco más de suerte hubiera hecho algo peor de lo que Rhondan le hizo a la elfa y el centauro.
Lo de la elfa pasará a la posteridad —añadió con malicia el mago obeso agitando en una mano un trozo rectangular de cristal en donde se había impreso a todo color el instante en que Balka bajaba por las escaleras—, literalmente.
Dijeron que eran cuatro los guardias en la entrada. Con cuatro de nosotros y un poco de suerte podríamos mandar a esos guardias a vigilar las puertas del averno.
¡Qué asco me das! —Mont no podía creerlo—. Apenas ha pasado una semana. ¡Una! Y ya piensas en matar a esos tipos. Vas a crear el caos allá fuera. Nos perseguirán, y de seguro nos meterán en los calabozos. Será peor.
Son medidas desesperadas Monty. Se trata de nuestra vida o la de ellos.
No digo que los matemos. Podría pasar cualquier cosa. Tú viste lo que pasó con el rector cuando quiso demostrar que todo estaba bien.
Se transformó en un cerdo. Uno que gustoso yo transformaría en panceta.
Y chuletas. Sería buena comida para unos días.
Ustedes me dan asco.
Banquo se vio ofendido. Se cruzó de brazos y miró con gesto sombrío a Mont.

Siempre pensé que era un débil, Monty. Con esas amistades peculiares que tuviste. Straw, Falqued. Hoy esos pensamientos se confirman. Adiós.
Banquo se giró en redondo y se dirigió al oscuro pasillo que llevaba a las salas de alquimia. Novo se puso de pie como pudo, guardó la impresión del desnudo de la elfa y una extraña caja negra perfectamente cuadrada entre los pliegues de sus mangas y siguió al otro mago.
Antes de perderlos de vista Mont alcanzó a oír
Hay que urdir un plan
— ...los extranjeros...


Para cuando Straw se hubo calmado, los magos que habían bajado a las despensas de materiales mágicos y raros ya había regresado con todo lo que había pedido Margaret.
Mont le susurró algunas palabras a Straw y lo dejó apoyado contra una estatua mientras los seguía escaleras arriba.
¿Cuántas amatistas necesita mi señora? —Dijo un lastimero mago—. Traje todas las que encontré. —Puso frente a los pies de la bruja varias piedras redondas de colores purpúreos como si se trataran de la ofrenda de algún Dios Errante.
Aquí están los dientes de dragón. Y también el polvo de alquimista —dijo otro, agitando una bolsa en una mano y un puñado de flores en la otra.
Abrid paso —Mont se interpuso entre los magos y la bruja—. Eso no servirá de nada.
El mago puso su mano sobre la puerta de la habitación y acarició la madera.
Mi nombre es Mont, y conozco a Falqued, y su magia no es chapucera. Sólo podrán abrir esta puerta de una manera. Y yo sé cómo hacerlo.
Tanto Theminis van Luthar como el Archimaestre Rhondan se sobresaltaron.
Venga, dinos entonces, Mont.
Antes quiero que me prometan que nos sacarán de aquí en cuanto obtengan lo que sea que vinieron a sacar de aquí dentro. —pidió el viejo mago al grupo de extranjeros con una extraña mezcla de ruego y orgullo.
Theminis le sonrió.
Falqued también es mi amigo, y mi objetivo es sacarlos a todos cuanto antes.
Pero no quiero que causen daños —añadió el mago, esta vez con más seguridad—. Si nos sacan de acá debe ser sin magia, sin espadas o arcos. O enormes hachas de doble filo.

Theminis van Luthar se quedó mirando al flaco mago con gesto pensativo. Se acarició el mentón y miró a su recién adquirida compañía esperando a que alguno lo sacara del apuro. Finalmente dijo:
Creo que se podría hacer.
¿Cree?
El Archimaestre carraspeó.
Lo haremos. Claro, por qué no. —Lanzó una mirada al grupo de extranjeros y se encogió de hombros.
Mont titubeó un instante, y luego suspiró. Era lo mejor que iba poder obtener.
Está bien. Veamos —el mago golpeó con su huesuda mano la puerta en las esquinas, y luego miró a través de la cerradura—. Se ve bastante normal.
Entonces se volvió a oír el golpetear desde dentro. Theminis golpeó de vuelta.
¡Falqued, pronto te sacaremos!
Mont miró con extrañez al noble, pero no comentó nada.
Muy bien. Que esto haya perdurado a pesar de lo que sucede con la magia me da a creer que se trata de alquimia. O bien, algún tallado de runas.
¿Esas cosas no se volvieron caóticas?
El Archimaestre intervino.
Pensé que lo sabían. Los alquimistas y herreros rúnicos en la ciudad trabajan normalmente. Excepto claro, los que viven aquí, que también saben hacer magia.
Mi teoría es que esto sólo afecta la esencia —Mont seguía palpando y mirando de cerca la puerta—, de alguna manera la está alterando a nivel territorial. Ah, el pomo y la cerradura están cargados. Falqued debió haber tallado en el hierro por el interior de la habitación.
Desde este lado no podremos dañar las runas —dijo Theminis, desilusionado—. ¿Se puede hacer algo?
Ya he visto a Falq hacer estos encantamientos, los suele usar para cerrar sus cofres o gastarle bromas a los nuevos.
Una vez encerró un aprendiz en el ático —recordó el Archimaestre con disgusto—. Le dijo que resolviendo un acertijo podría abrir la puerta.
Mont reprimió una sonrisa.
Para romper el encantamiento hay que decir una frase.
El señor Tarot acaba de intentar diciendo Rodrik. Pero no dio resultado —El mago miró a Theminis como exigiendo más detalles—. Ehm, lo leyó. En la carta que recibió.
Permiso —Mont le pidió la carta a Tarot y la leyó con rapidez. Llegó a la postdata—. Hmm. Rodrik. —Se pellizcó el labio mientras pensaba—. ¿Todos ustedes recibieron una carta? ¿Todas tienen postdata? ¿Me las permiten?

En cada carta existía en la postdata palabras que no tenían sentido ni relación con el resto del texto. El mago las juntó, y dijo con esperanza:
Sobre La Colina, Rodrik es el rey de Hierro más viejo que ha vivido.
Los magos se acercaron expectantes a la puerta. Nada pasó.
Mont se rascó la coronilla. Miró las cartas e intercambió el orden de las palabras.
Sobre La Colina de Hierro, Rodrik es el rey más viejo que ha vivido.
El silencio se extendió.
¿Y si probamos con lo que pretendía hacer la señora? —se aventuró a preguntar el mago que había traído las amatistas.
El sonido de la puerta reapareció.
¡Falqued! ¡Abre! —Gritó Theminis.
¿Está seguro de que esas palabras formarán la frase? —preguntó el Archimaestre.
Hmm —Mont volvió a jugar con las cartas—. Rodrik es el rey más viejo que ha vivido sobre La Colina de Hierro.

Nada pasó. Mont se mordió la uña del pulgar y comenzó a mirar nuevamente las cartas. Entonces se oyó un click, clock, click desde el interior de la habitación. Luego el pomo de la puerta se giró y la puerta se abrió hacia fuera.
Los magos se alegraron y rieron entre ellos. Mont recibió una pequeña ovación seguida de una felicitación del Archimaestre.
La puerta se abrió por completo y todos se asomaron.
¿Falqued?
No hay nadie.
Quizá se metió al closet. Ya saben lo bromista que es.
O bajo la cama, como aquella vez que le agarró los pies a Strawberry.

Mont entró y comenzó a revisar la habitación. La pajarera se encontraba vacía, y sobre el desorden del escritorio había una botella de cristal verde con un concho de vino, tinta, algunas plumas y hojas manchadas con gotas de oporto. En el techo seguía colgando el cocodrilo disecado. Sus cofres y muebles parecían en orden. Su cayado estaba apoyado contra la pared al lado de la puerta. Y sobre la cama a medio hacer había una cadena.
Al Archimaestre se le congeló la sonrisa.
¿Es e-eso… acaso…? —Articuló con una mueca de asco, como si la cadena fuera un trozo de intestino delgado.
Mont también parecía preocupado.
Me parece que lo es.
¡Menudo cabrón! ¡Ese hijo de su… madre!
Theminis no parecía entender absolutamente nada.
Hmmmm. Perdonad. ¿Archimaestre? ¿Qué sucede?
Rhondan miró con ojos de basilisco al noble. Estaba totalmente rígido por la rabia y sus orejas se comenzaban a colorear de rojo.
¡Ese malnacido… SE HA ROBADO EL GRIMORIO!
Mont retrocedió mirando la cadena con escepticismo.
No creo que haya sido capaz.
¡USTEDES! —El chillido del Archimaestre hizo temblar el cocodrilo del techo—. ¡Vayan a ver si el libro sigue en su lugar!
El corro de magos que observaba desde el marco de la puerta se dispersaron como un ejército en retirada.
Mont miró hacia todos lados.
Si Falqued no está aquí, ¿entonces qué golpeaba la puerta?  —Theminis se giró y observó la gruesa puerta justo en el momento en que el cayado se acercaba dando saltitos a ella y golpeaba sucesivamente el aire, justo donde debía estar la puerta de haber estado cerrada. El noble se rascó la barbilla, pensativo—. Ya veo.
El cayado intentó golpear la puerta de nuevo, y una tercera vez. Luego se quedó quieto un instante, y un segundo después salió de la habitación dando largos saltos por las baldosas.
¡Es el cayado de madera de peral sabio de Falqued! ¡Está regresando a él! —Gritó Mont, para luego mover sus viejas piernas hacia la puerta.
El Archimaestre apuntó hacia el pasillo.
¡Que alguien lo siga! ¡Joder, nosotros no estamos para estas carreras!





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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Margaret Orgaafia el Mar Oct 03, 2017 9:40 pm

Finalmente, uno de los magos abrió la maldita puerta y, como una multitud de caballeros hacia una casa de mala reputación, todos se introdujeron a presión dentro del cubículo. Suspire, mientras escuchaba las voces, dando unos pasos lentos en dirección al cuarto. ¿Acaso no sabían controlarse e ir con pacie...

Solo había sido unos pasos, pero, nada más acercarse a la habitación, la anciana noto algo chocando contra ella. Algo delgado y sin demasiado fuerza, que se introduzco entre sus  carnes, dando saltitos como un conejo hiperactivo. Un báculo de mago, al parecer. Desgraciadamente, tuvo la mala suerte de acabar entre sus pechos, incapaz de saltar hacia la derecha o la izquierda, incluso retroceder, gracias a la opulencia del regalo de los dioses, según ella, que era su delantera. Solo podía dar saltitos. De repente,  un par de magos, enrojecidos por la ira y el mal humor que afecta a todo viejo, salió a toda prisa del cuarto, parándose al segundo de ver la situación. Pronto, el color rojo de la cara fue causado por otro motivo...y, como una antorcha en la oscuridad, un recuerdo vino a su cabeza.

Hombres avergonzados. Un montón de magia descontrolada. El movimiento en sus magnificos....

Margaret pusó la mano en mi mejilla, con una clara expresión de nostalgia, y con mejillas sonrojándose con los recuerdos- Esto me recuerda a mi novena noche de bodas...-replicó en voz alta, aumentando el nerviosismo de los ancianos allí presentes, hasta que recibió un saludo descortés del báculo. En plena nariz. La ya porrona nariz parecía hincharse...igual que los metafóricos cojones de la señora, la cual estaba ya alta del nostálgico sentimiento entre sus dones. Sin demasiada preocupación, cogió el báculo en la mano y noto ahora el misterioso empuje, por no decir que el maldito trasto tiró de ella en dirección a las escaleras, como un niño tiraría a su madre a una tienda de dulces.

-”¿Eshta bien?” -pregunto Rocky, el nombre que Margaret le habia puesto, y ella asintio, con un gesto claramente irritado- Si, pequeño...lo estoy...-dijo, desviando la mirada del niño roca volante hasta el grupo de caballeros magos que seguían mirándola, agarrando el puñetero palo y con una roca voladora a mi lado. Con un amago de fuerza, hizo al báculo retroceder y se encaminó en dirección a los hechiceros- ¿De quien es esto? -pregunta con la nariz aun roja como un pimiento de patrón.

-E....es de Falqued...-dice, uno de los magos, retrocediendo ante la estampa que era una mujer el tri...do...ligeramente superior a su peso, blandiendo un báculo que en sus manos parecía más una porra improvisada.

Margaret observó el palo de nuevo, aun vibrante y empujando en dirección opuesta a la que se encontraba ella. Ciertamente, las brujas no sabían de varitas, báculos y similares y procuraban no usarlas a no ser que fuesen completamente necesarios. Ya era lo suficientemente malo el tener que aguantar comentarios en referencia a las escobas*,como para aumentar el número de objetos alargados y con forma...”forma” que todos los hombres parecían ver al verlas.  Sin embargo, bajo la lógica que reina sobre los usuarios de magia**, sabía que si el bastón estaba moviéndose solamente iba a ir a un sitio. Pero, al contrario de lo que podía indicar la misión, ella aun tenía cosas que hacer. Asi que hizo la cosa más logica...

Llevo la mano a los bajos de uno de los magos y con un movimiento rápido le quito la cuerda que sujetaba la parte inferior de su túnica, a lo que el pobre hombre solamente respondió tapandose, completamente rojo. Sin embargo, no era suficiente para su plan...asi que hizo lo mismo con los otros magos. Finalmente, con el puñetero trasto moviendose bajo su axila, con desesperación, Margaret jugueteo con las cuerdas hasta que estaba listo. Segundos después el bastón estaba libre, pero atado a la redonda figura de Margaret por una cuerda que rodeaba a la mujer y al báculo. Como un perrito pequeño, el bastón seguía dando saltos, pero era incapaz de continuar, siendo obligado a seguir a la bruja.

Ahora...La inspección dentro del cuarto del puñetero Falqued. Odiaba hacer de detective...Margaret prefería hacer de la figura femenina y misteriosa que, en realidad, era la mente maestra y criminal detrás de todo, además de que odiaba los sombreros...pero bueno. El cuarto de Falqued era exactamente igual que cuando lo visitó la ultima vez... solamente que ahora las sabanas estaban recogidas y no habia botellas repartidas por el suelo....Que buena noche. La anciana negó la cabeza, concentrándose y en busca de posibles pistas respecto el paradero del hombre. Había escuchado algo de un grimorio mientras estaba en el pasillo, pero no habia nada por aquí...asi que supuso que Falqued se lo habría llevado. Chico listo, nunca dejes los cuadros eróticos ni las pruebas del delito a plena vista.

-¡Nanah!...¿Que esh ezto? -pregunto el bebe volante, con una expresión de incógnita adorable, mientras cargaba con él una pequeña caja, rescatada de dios sabe donde. Frunció el ceño y dejo la caja sobre una mesa, apuntando a los otros por si saltaba algun rayo de energía o criatura...Nunca se podía saber con esos viejestorios...Cuando lo abrio y no observó ni masacre ni destrucción, observó dentro. Pelucas y maquillaje...”Falquid...se que es difícil para un hombre de tu edad y condición ligar con mujeres, pero...¿de verdad has decidido darte un garbeo por la otra calle?” Pensó la anciana.Finalmente, entre los cabellos rubios y negros salió una carta.

Querida Margaret;
Si lees esto es  por que has llegado a mi cuarto...y eso merece que te de un regalo, como le dije a la camarera del “Soldado gruñiente”, la taberna al frente de la universidad. En el fondo de la caja hay un pintalabios que he perfeccionado mediante el uso de la alquimia y de la magia...Hace que la gente, en contacto con los labios del usuario del pintalabios, caiga en un profundo sueño tras varios minutos del contacto. Se que te resultará útil y es del color que más te gusta Rojo-Facilmente visible por la esposa.

P.D: No me toques las pelucas...se que te estas quedando calva y siempre has tenido un peinado horrendo, pero eso no es motivo para el robo...

Tu amigo, Falqued el Magnifico


Mamón encantador. Solamente él podía meter tanta mierda en una carta y hacerla parecer encantadora, aunque ya era tradición ese tipo de cartas entre ellos. Por eso había sabido que el asunto era serio...Margaret sonrió, recogiendo el maldito pintalabios de la caja y metiéndolo dentro de uno de sus bolsillos, a la vez que tiraba las pelucas y la carta por la ventana de la torre. Suspiró mientras miraba a los demás, quienes habían acabado de recoger sus regalos o robar las pertenencias del mago.

-Bueno...-digo, dando una palmada que los sacaba de su estupor- ¿Quien quiere salvar a unos magos?

Tres paros de manos huesudas se elevaron desde la puerta del pasillo.

--------------

El cuarto apestaba a hierbas, a humo y materiales sospechosos, lo suficiente como para hacer a los más fuerte escapar en pos del dulce abrazo del oxigeno. La sala estaba a oscuras, con las cortinas corridas, y las únicas fuente de iluminación que había en la habitación eran las velas y las llamas que calentaban un caldero de proporciones épicas, decorado con esqueletos y calaveras, casi como si los allí presentes estuvieran planeando hacer un festín con productos sospechosamente antropomórficos.

Las velas con chorretones, las sombras moviéndose por las paredes, el aroma pugnante que golpeaba la nariz, los magos pegados entre si, cantando en lenguajes muertos...y la anciana riéndose como una malvada bruja mientras meneaba el caldero. Todo eso era claramente innecesario, pero si había algo en común entre todos los usuarios de magia es que tenían, o creían tener, estilo.***Un estilo propio que tendía a aumentar la fuerza de la magia. Si...uno puede hacer una bola de fuego sin impresionismos ni grandes juegos de manos, pero todo mago que se precie sabe que hay un 40% de posibilidad de que salga una enorme bola deflagradora si uno mueve el trasero correctamente y hace elevar sus ropajes mientras prepara el hechizo.

-¿Esta listo ya?-pregunto uno de los cabeza cono, mirando,por no decir que apoyando su mentón, por encima del hombro de la anciana.- No...-replica esta, golpeando la nariz del curioso con una cuchara de madera.
La mujer había picado la flor de diente de dragón, la hierba de la noche y los lilies azules en finos y casi translucidos trozos , manteniendo un pétalo o hoja de cada una de las plantas en perfecto estado sobre la bandeja de plata en la que los magos habían visto bien traerle los ingredientes.  Tras eso, habia restregado los polvos bien sobre las amatistas, hasta que las brillantes piedras se habian quedado rebozadas como croquetas. Tras eso, las amatistas habían sido metidas en la olla, hirviendo junto con el agua, y ahora la anciana estaba en espera.

Finalmente, como si fuesen fuegos artificiales, las amatistas se libraron de su recubrimiento floral, en una serie de estallidos de luz y de restos vegetales, dejando el agua de un tono azul claro. Tras eso, Margaret metió el cucharon, removiendo la sustancia con fuerza. 12 veces en la dirección de las agujas del reloj y doce veces en sentido contrario.

-¡Un astrólogo, rápido! -grito Margaret, forzando al delgado grupo de hechiceros a mirar entre sus filas y empujar a un pobre desgraciado al frente. -¿E...eh? -Pronto, el enorme brazo de la mujer le empujo un espejo entre los brazos- ¡Busca donde esta la luna y pon el espejo entre su dirección y la cazuela!-La mirada de profundo terror del hombre lo decía todo- ¡RÁPIDO!-añadió con dulzura Margaret, obligándolo a moverse con más rapidez de lo que un anciano de su edad se suponía que podía moverse.

Con el espejo colocado entre la luna y la poción, volvió una lenta espera, en el que los magos miraban el cazo y Margaret se encendia un puro con las llamas que lo hacian funcionar. El tiempo paso...

-¿Estas segura de...-dijo un mago, pero interrumpido por el puro de Margaret, que se clavo entre sus labios como si fuese un adolescente, causando que expulsase varias bocanadas de humo. Pues, en medio de la frase, el líquido habia empezado a brillar. Con una delicadeza impropia de ella, cogio los tres pétalos.

"Sin forma, sin imagen, sin color"


El primer pétalo cayo de sus rechonchos dedos, haciendo giros en el aire, hasta que rozó el fuego que sustentaba la poción. Se formo una onda que se extendió de manera uniforme por todo el líquido, cambiando su color, desde el mismo centro de la poción.

“Perdidos en el agua y la luna”


El segundo pétalo cayó igual de rápido, causando el mismo efecto. Un cambio uniforme del color en el líquido. Era un fenómeno curioso y que tenia a gran parte de los magos mirando el liquido y ajustando sus anteojos, acercando su rostro a la superficie.

“quemo vuestra imagen como vosotros quemáis la mía”


El último pétalo cayo, haciendo las mismas piruetas, pero esta vez incitando con fuerza las llamas, creando una pequeña nube de vapor que golpeo directamente a los magos, dejando las puntas de sus barbas de un hermoso color. Tras eso, Margaret se levantó y los miro, sacudiéndose las manos.-Bueno...en media hora tendréis una poción de invisibilidad lista...Probablemente algo defectuosa, pero...eh...los efectos podrán evitarse tomando más...supongo...-dice, encogiéndose los hombros, volviéndose a encender un puro con las llamas, para después apagarlas con un cubo de agua, dejando el suelo de la habitación con cenizas y escoria del fuego. Por una vez, no era ella la que limpiaba...

La clase de alquimia de Margaret Oorgafia:

Los hombres la miraban con reacciones diferentes, pero la mujer simplemente se había girado al grupo y al cayado, que seguía tirando de ella hacia un punto desconocido del lugar. Soltó un leve suspiro de agotamiento y lo decidió al fin. Si pudiese se habría asegurado que los ancianos llegasen a un lugar seguro, sin embargo había asuntos más importantes que tratar...además...esto les serviría como una lección de como sobrevivir y adaptarse a cualquier situación.

-Es hora de ir a buscar a Falqued...

-----

Marga sabía que al viejo  idiota de Falqued le gustaba pasar el tiempo como a ella, en lugares oscuros, con poca ventilación y claramente en el que el peligro flirtea constantemente, comúnmente conocidos como tabernas. Lo que no esperaba era que se hubiera buscado un sustituto dentro de los sótanos de la universidad.

El cayado golpeaba con constancia la vieja puerta de las escaleras, las cuales descendían a una oscuridad que podía dar escalofríos a un vampiro, indicando que el camino no iba a ser fácil. Sin embargo, tras observar la enorme oscuridad que se avecinaba, simplemente fue en busca de su baúl y empezó a rebuscar. La anciana suspiró. Estaba vieja para esto...quizás debería de buscarse una aprendiz para mandarla a misiones a su nombre...o unas aprendices, que ahora la subcontrata sale barata.

Finalmente, entre dos pares de bragas limpias y un par de viales, encontró la fiel lampara que había comprado en Ragsport. Era un lampara extremadamente útil y, lo mejor, barata. No gastaba aceite ni ningún tipo de energia del usuario, simplemente tenías que mover la base y...

Una enorme llamarada se alzo de la mano de la anciana, golpeando el techo tras alzarse en medio del grupo, dejando una huella de ollin sobre la superficie del mismo.  La tormenta de fuego parecia moverse en todas direcciones, separando al grupo y envolviéndolos en llamas. Esencia...Quemaba esencia.

-Lo siento...-replico, la anciana, encogiendose de hombros, mientras apagaba el aparato, mirando al restro con una expresión que solamente se podía denominar como completa neutralidad...o molestia mal disimulada. Por fortuna, solamente todas las llamas se habian extinguido al apagar el aparato, dejando solo varios manchurrones de cenizas.- Me lo tenia que haber olido...




*No hace falta decir que Margaret había sido una de las que habían apoyado la mala fama de las escobas y disfrutado enormemente haciendo comentarios en respuesta a los diferentes juegos de palabras que los hombres del pueblo le habian lanzado. Tras tres días, en su pueblo ningun hombre habló de falos, miembros o similares a no ser que estuviese en completa intimidad.
**En la que la lógica de que si uno encuentra un objeto mágico es suyo para siempre, no importa lo maldito, diabólico o problemático que sea, y que cualquier hechicero que se acerque a ellos saldrá con un ramo de rayos en el trasero.
*Además de la tendencia al robo, a la destrucción de la propiedad pública y privada, la masacre, tanto queriendo como sin querer, y la conglomeración de desastre que los precedían.
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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Vanidad el Sáb Oct 07, 2017 7:16 pm

La puerta fue abierta por una combinación de sus cartas, algo que la diablesa hubiera sospechado si se hubiera molestado en conocer el motivo por el que ese…variopinto grupo se había reunido allí y quería ayudar a los magos. En cualquier caso, en cuando dijo su parte del código secreto, bastaron un par de intentos. Por el camino se habían comprometido a una solución no violenta a su fuga, cosa que aunque no se alejaba de las capacidades de sus múltiples talentos, ni de su plan original de sacarlos volando, pero la limitación de no herir a nadie en el proceso era un poco… limitante para su gusto.

En cualquier caso, la puerta estaba abierta, por lo que podían acceder a Falqued, para que ese zoquete les dijera que diablos estaba pasando. Solo había un pequeeeño problema, la habitación estaba vacía, ni rastro del mago. Le dio un vistazo rápido a la habitación, parándose solo un instante para hablar con un susurro. –Tu recompensa la tengo guardada bajo siete llaves…- efectivamente tenía delante un cofre de madera con seis cadenas envolviéndolo, lo que combinado con la propia cerradura del cofre, hacían siete llaves. Podía molestarse en buscar las llaves…. O…

Un cuchillo apareció en su mano, un cuchillo sin mango, porque técnicamente era una púa, y corto limpiamente el metal, reventando cadenas y cerraduras por igual. La diablesa se había esperado…. No estaba segura exactamente, puede que un pequeño dragón, o una de esas bolas de gelatina que había causado estragos en el foso, algo…vivo, pero ante ella tenía una capa, una preciosa capa blanca, cierto, pero las capas no estaban viv… -Puaj- fue todo lo que alcanzo a decir cuando la capa se le lanzó a la cara como un perro rabioso, envolviéndole la cabeza. Estaba a punto de rajarla en dos con su púa, con mucho cuidado de no sacarse un ojo cuando se relajó. La capa la estaba… ¿mirando? A la vez que hacia algo similar a olisquearla, momento en el que aprovecho para mirarla mejor. Era blanca, eso ya lo sabía, pero se trataba de un blanco inmaculado, tan blanco como la nieve, que destacaba aún más ahora que Tenebra había salido a olisquear qué diablos había atacado a su señora. La blancura solo era rota por unas pocas letras en la tela, también blancas, pero más apagadas, lo que le daba un aspecto más bien plateado, aparto unos pocos pliegues con la mano, viendo que efectivamente ese hilo plateado eran runas, de protección creía, pero seguía sin tener ni idea de qué diablos le había dado Falqued, ni de porque esa tela era tan, tan absurdamente suave, más que cualquier seda que hubiera tocado en su vida, era como acariciar un maldito lobo huargo, suave y esponjoso.

Al menos hasta que cambio ante sus ojos. El interior de la capa se volvió rojo sangre, como la que llevaba puesta en esos momentos, una capucha se materializo de la nada y un blasón, SU blasón, apareció a la altura del pecho izquierdo. -Oh… ¿ese tipo encontró otro fragmento?- como lo había hecho o como había sabido que la reconocería a ella como su legitima dueña era un misterio, incluso para ella, puesto que se había dejado el resto en casa, prefiriendo viajar ligero por encima de cargar una reliquia demoniaca que pesaba como un muerto. Se quitó su propia capa, y su nueva adquisición rápidamente subió por su espalda, haciendo un nudo en su cuello, sin llegar a apretar, lo que le hizo percatarse a la diablesa de que esa capa era solo tela, sin broche. Una carta en el fondo del baúl respondería sus dudas.

“Querida Terribili;
Gracias por haber acudido a mi llamada. Si estás leyendo esto, supongo que esa maldita cosa demoniaca no te ha asfixiado, y sinceramente espero que no haya huido. Como seguro que te darás cuenta, le faltan los broches, quitados en un intento de volverlo a un estado durmiente, cortando la resonancia entre los fragmentos. No tuve demasiado éxito en este aspecto, sinceramente, pero supongo que deberás seguir con la misión para encontrar el otro fragmento.  Cuando nos veamos, espero que veas adecuado ilustrarme sobre la naturaleza de estos fragmentos y porque estos cambiaron de forma de manera espontánea. Supongo que dada su naturaleza y sus intentos de matarme, solo responderán a una poderosa diablesa como tú. Sino… seguro que son extraordinariamente valiosos entre los tuyos.
P.D: Supongo que ya es muy tarde, pero agradecería que no hubieras destrozado el cofre para llegar a tu recompensa, realmente es un buen cofre y me gustaría que me durara muchos años más
Tu cliente favorito, Falqued el Magnífico”


-Así que ibas a darme esto sin tener ni idea de qué diablos era ¿huh? Menudo imprudente…- Su pequeña aventura con su nueva capa no le había impedido enterarse del robo del grimorio. Así…una idea loca… no podría haber causado este libro todo este follón ¿cierto?-

-Y tú no podrías llevarme hasta ese zoquete ¿cierto?- la capa no necesito responderla, puesto que entonces vio ese bastón de peral sabio correr (¿botar?) hasta los pechos de la anciana, quedando atrapado por esa mortal trampa al igual que otras tantas almas. Casi tantas como las que ella había devorado, estaba casi segura de eso.

Luego la diablesa espero, lo más lejos que pudo de la clase de alquimia, a que la anciana se dignara a soltar el bastón para buscar de una vez al mago. Por suerte, no tardaron demasiado, y descendieron al sótano, en medio de la oscuridad y un potente olor a polvo. Ella no habría necesitado luz si alguien se hubiera dignado a limpiar el polvo, pero la anciana se adelantó con una lámpara… que prácticamente los calcina a todos en un infierno abrasador. Las reacciones del grupo serian mixtas, pero ella se limitó a soltar un silbido de admiración una vez hubo comprobado que su ropa y pelo estaban intactas.


Spoiler:


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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Balka el Vie Oct 13, 2017 2:15 am



____La mujer observaba al grupo congregado frente a la puerta de Falqued, prestando atención a medias a lo que se estaba hablando. Todavía sentía un cosquilleo efervescente en los músculos que la hacía sentir extraña, como si fuera a vaporizarse de nuevo al mínimo estornudo.

____Sacudió la cabeza y los pendientes de sus puntiagudas orejas resonaron de manera delicada. Céntrate. Estaban discutiendo algo sobre la puerta. Al parecer las runas y la alquimia eran las únicas magias que funcionaban correctamente en la ciudad, y la puerta estaba sellada por una combinación rúnica que se activaba con cierta palabra. O palabras. Observó a Mont probar varias cosas hasta que de pronto le pidió al grupo las cartas que el mago les había mandado a todos. La clave estaba en la postdata... aquella postdata que a Balka ya le había parecido extraña. Sonrió para sí, divertida por aquel pequeño juego. Era como en las historias de los bardos, un puñado de personas siguiendo un puñado de pistas que al final desembocaban en algo interesante. En este caso, en un mago flacucho con tendencia a todo tipo de amistades dispares. Y de pronto, la combinación correcta de palabras liberó la puerta con un sonido seco.

____Una pequeña ovación recompensó a Mont, que fue el primero en abrirse paso hacia la habitación seguido por casi todos los demás, incluyendo los nuevos magos-mascota de la bruja y el centauro menguante... que tuvo que dejar la mitad de su culo equino en el pasillo. La habitación no era pequeña, pero tampoco podía albergarlos a todos con holgura. Estaba llena de todo tipo de esas cosas que acumulan los magos a lo largo de su vida, una mezcla entre artefactos extraños de efecto y manufacura desconocida, hasta ingredientes para conjuros o pociones con su respectiva batería de artilugios para llevarlos a cabo. La mitad de una de las paredes estaba ocupada por una gran chimenea de la cual colgaba un enorme caldero. Estanterías llenas de libros y pergaminos, una amplia mesa sobre la que aún quedaban restos de papel de carta, algo del vino que lo había manchado y unas cadenas... En un rincón podía verse un catre descuidado de cuyo colchón se salía la paja. La cama típica de alguien que se acuesta tarde (si se acuerda) porque está demasiado ocupado en algún proyecto. En resumen, una habitación llena de las cosas de su ocupante. Pero sin ocupante. Chasqueó la lengua y frunció el ceño. ¿Dónde demonios estaba el maldito mago? Allí desde luego que no. ¿De dónde provenían pues los ruidos que ella había escuchado la primera vez le aterrizó en el pasillo?

____Pronto obtuvo la respuesta... un mago señaló un cayado de madera que fue a enterrarse en los pechos de la bruja, diciendo que era el bastón de peral sabio de Falqued y que estaba regresando a él. Bien, era hora de dejarse de tanto rodeo. Se dispuso a seguirlo para descubrir que la bruja se lo estaba atando a su nada esbelta cintura, impidiendo que aquel palo se alejara demasiado. ¿Pero qué...? La mujer se puso a trajinar con el caldero y con los ingredientes que los magos tan solícitamente le habían traído mientras el resto de la partida examinaba la habitación, cada uno a la suya. Escuchó a Margaret mencionar algo sobre una poción que ayudaría a los magos a salir de allí.

____-Deja eso, Margaret. -comentó en un tono contenido.- Que se las apañen solos, hay cosas más importantes que hacer.

____Gruñó por lo bajo. No esperaba respuesta ni reacción alguna a su comentario, se alejó de la escena bajo la mirada ceñuda de las mascotas calvas en dirección a la puerta. Respiró con fuerza, controlándose, porque empezaba a agobiarla tanta gente en un espacio relativamente reducido. La mujer del pelo blanco reventó un cofre y el ruido repentino la hizo saltar. Dos o tres magos comenzaron a dramatizar sobre las cadenas del escritorio y sobre que Falqued había robado algo. Sonrió de manera sesgada. Inhaló profundamente y se dirigió hacia la puerta buscando una bocanada de aire fresco en el preciso instante en el que su vista periférica captaba un leve movimiento. Alzó la vista y divisó, colgando de la esquina de una estantería en la pared junto a la salida, un colgante de cobre. Se balanceaba lentamente en círculos como si alguien lo acabase de colgar ahí, aunque nadie lo hubiese tocado.

____Acercándose con curiosidad lo descolgó e hizo girar entre sus largos dedos. Tenía el tamaño de una moneda: en el anverso se veía una delicada golondrina en vuelo mientras que el reverso presentaba una inscripción rúnica pulcramente tallada. La cadenilla traía enganchada una nota.


Sabes, amiga mía, sempre me recordaste a una golondrina,
corriendo de un lado a otro buscando el sol
que más calienta. Ésta en concreto vale más por lo que es capaz
de hacer que por el material, consérvala... será la única
en tu vida que jamás te traicionará.

"En círculos vuela la golondrina,
Buscando incansable lo que desea hallar.
Mas debe conocer primero
Aquello que quiere encontrar."


pd: confío en nuestra amistad, querida, pero nunca
está de más darle un aliciente a ese pragmatismo tuyo.


____La nota no venía firmada ni quedaba claro quién era el destinatario a ojos ajenos. Pero para la elfa era como un cartel gigante con su nombre escrito en él. Aquel trozo de pergamino era como todas las notas que ambos habían intercambiado a lo largo de los años, cortas, concisas y escritas con prisa, fáciles de destruir si se diera el caso, sin nada dentro demasiado importante. Y Falqued era el único que de vez en cuando la llamaba golondrina como burla a su mercenaria imparcialidad. Salió de la sala examinando el objeto, dándole vueltas al pequeño acertijo que lo acompañaba. Sin embargo le parecía extraño que el hombre le diese algo a cambio de... ¿ aparentemente nada? Sostuvo el medallón frente a sus ojos moteados, notando cómo se balanceaba en círculos más allá del pulso de su propia mano. ¿Cuál sería su poder? ¿Qué es lo que quería encontrar la golondrina? Quizá ella fuese la que debía buscar algo. Se dio cuenta entonces de que Aulenor esperaba en el pasillo, pero no se acercó a él. El muchacho de mostraba esquivo y sabía bien que si forzaba la situación él acabaría escabuyéndose.

____En ese instante la gente empezó a salir de la habitación del mago, trayendo consigo un olor a poción improvisada nada apetecible. La bruja emprendió la marcha al frente con el cayado aún preso de su cintura, como un amante al que no quisiera dejar escapar. Bajaron las escaleras, torcieron un par de recodos y llegaron ante otra puerta contra la que el cayado se estrelló. La anciana la abrió y se internó con firmeza en la oscuridad de un pasadizo que descendía todavía más, hacia las entrañas de la Universidad. Balka siguió a la gente sin prestar demasiada atención a su alrededor, centrada como estaba en el círculo de cobre que había colgado de su cuello. Si ocurría algo, los demás lo harían saber enseguida. No fue hasta que una oscuridad completa la envolvió que alzó la vista y parpadeó, perpleja. Y entonces el miedo entró en escena como una patada en las tripas propinada por un caballero en armadura.

____El pulso se aceleró de manera brusca. Comenzó a respirar cada vez con mayor rapidez tratando de ver en la negrura, los ojos abiertos de par en par, ciegos. Tanteó torpemente hasta que encontró la frescura de la pared de piedra, y pegó la espalda a ella. No sabía en qué dirección estaba la salida, si estaba a la izquierda o a la derecha. ¿Por dónde habían entrado? Escuchaba a la partida hablar, comentar, los ruidos de sus botas, los cascos del centauro, el repiqueteo del bastón de peral sabio. El eco era inconfundible, traía consigo la certeza de estar en un lugar estrecho. Una risa. La risa. Mel se reía en la distancia. Se reía de ella, de sus gritos desesperados, de su ansia por salir de aquel cajón. De repente un fogonazo iluminó el pasadizo. El techo abovedado y las paredes lisas. La mujer comenzó a respirar de manera superficial, en silencio, a punto de hiperventilar. Soltó un gemido bajo de animal atrapado y desesperado mientras sentía que las rodillas le fallaban. No podía moverse. Se veía incapaz. Podía sentir cómo la pared a su espalda se movía con lentitud, acercándola a la pared de frente, el techo reduciendo el espacio hasta imposibilitar cualquier gesto. Mel seguía riéndose con crueldad, burlándose, susurrando en su oreja.

____Vaya vaya, pequeña elfita. Parece que sigues temiéndole al cajón. ¿Qué tal si te dejo más tiempo dentro? Hasta que la madera te comprima los huesos y ya no puedas respirar...

____La mujer se llevó las manos al pecho, arrugando la camisa, pugnando por normalizar sus bocanadas de aire. Se estaba mareando. Caería redonda al suelo como una imbécil aterrada, como una niña pequeña que no sabe enfrentarse a sus miedos. Pero no podía lidiar con ello. Ni siquiera era capaz de razonar. Los ojos iban frenéticos de las paredes al techo, desesperados, buscando una manera de acallar la maliciosa voz de aquel hombre, de salir del lugar como fuera. Miró hacia la derecha. El grupo estaba allí todavía, alejándose de la bruja y sus juegos de pirotecnia mágica. De modo que a la izquierda debía de estar la salida. Giró la cabeza con rapidez para descubrir la puerta entreabierta del pasadizo a menos de cinco metros.

____Pegada a la piedra para no perderse, temiendo que sus ojos le mintieran tal y como estaban haciendo sus orejas, casi se arrastró lo más rápido que pudo en esa dirección. Abrió la puerta con un sonoro golpazo y cayó de rodillas sobre el suelo, contemplando los altos y lejanos techos del edificio y sus distantes paredes. La amplitud de espacio fue como bañarse en un río fresco un día de verano. La risa de Meldöar se esfumó, pero aún le temblaban las manos y sentía la vista borrosa. Recostó la espalda en la pared y se sentó en el suelo. Enfadada. Asustada por la intensidad de su miedo. Decepcionada consigo misma y por la incapacidad de superarlo incluso cuando un amigo precisaba ayuda. Se frotó los ojos y suspiró hondamente, llenando los pulmones y liberando el aire.

____Tendría que esperar fuera el regreso del grupo. No quedaba otra. Si ni siquiera era capaz de internarse más de cinco metros sin sufrir una crisis, no sería más que un estorbo histérico... Se maldijo a sí misma en siete idiomas diferentes, golpeando frustrada el suelo con el puño.


Última edición por Balka el Vie Oct 13, 2017 11:13 am, editado 1 vez


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Aulenor el Vie Oct 13, 2017 4:00 am

__Tarot se internó en la habitación de Falqued junto con la marea de gente que irrumpió al unisono en aquella estancia una vez el tal Mont consiguió abrirla. El geomante tuvo ocasión de demostrar esa fascinante manera de moverse que tenía entre las multitudes, como si fuera una hoja movida por el viento. Antes de que el Aulenor se diera cuenta, le había dejado solo. Así pues, se quedó esperando en el pasillo, a una distancia conveniente del resto de gente.

__La gente comenzó a desperdigarse por la habitación, algunos demostrando ser muy cotillas y muy poco discretos; otros encontrando incluso algunos regalos dejados para ellos. Tarot por su parte llegó hasta un espacio vació junto al desodenado escritorio y desde allí observó la habitación.
__Con tanta gente era dificil fijarse en los detalles, pero el maestro geomante estaba convencido de que Falqued habría dejado más de una pista en la sala, al fin y al cabo estaba claro que era el primer lugar para comenzar su busqueda, y por el contenido de la carta parecía un asunto muy serio, puede que mucho más que el descontrol de la esencia.
__Reparó entonces en el titulo de uno de los libros que había sobre el escritorio, uno grueso y viejo en cuya tapa se podía leer con una letra grande y gótica "El Rey sobre la Colina". Tarot sonrió, llevaba dándole vueltas a la contraseña desde que aquel tal Mont la había pronunciado, sabía que tenía que significar algo.
__Parecía ser alguna especie de traducción de un relato khazalid sobre las aventuras de un enano llamado Rodrik que acabó convertido en rey. La letra de Falqued adornaba los margenes con cientos de anotaciones sobre el tema. En una de las paginas finales, alguien había dibujado con sangre una especie de runa grande que el mago no supo reconocer. La sangre estaba seca, debía de haberse escrito hace al menos dos o tres semanas.
__-¿Qué es aquello?-la voz de aquel mago llamado Mont sorprendió a Tarot.
__-Parece que Falqued marco este libro, no estoy seguro del significado de la runa.-explicó el geomante
__-¿Y si lo importante no es el símbolo si no lo que hay debajo suyo?
__-Podríamos probar-rascó con cuidado la sangre reseca, lo justo y necesario para que el relato sobre el que había sido escrita fuera legible-La historia parece tratar sobre cómo el tal Rodrik halló una piedra preciosa capaz de curvar la magia y volverla caótica. Muy apropiado para la situación actual.
__-Si existe un metal capaz de anular la magia, no veo por qué no podría existir otro que la vuelva caótica.-exclamó de pronto uno de los magos, al parecer la conversación no era muy privada.
__-Pero no existe manera de que aquello se pueda expandir más allá de los limites de la superficie del metal.-intervino un segundo.
__-A menos que...-las palabras de Mont fueron interrumpidos por los gritos de otro mago que salió gritando de la habitación con un libro "mordiendole" la mano izquierda.

__Mont acudió en su ayuda, pero al tratar de quitarle el libro de la mano a su compañero, lña criatura acabó estampada en la frente del anciano, haciendo caer a este al suelo, inconsciente al parecer.
__-Bueno... ¿Quien quiere salvar a unos magos?-el grito de la anciana inició una marcha que desalojo en gran medida la sala. De nuevo se pudo andar con soltura.
__-Hey, Abuelo, ¿se encuentra bien?-Tarot zarandeó al magullado Mont mientras detenía al culpable de su desmayo con un pie.
__-Yo... ¡Au! Creo... creo que me encuentro bien.-respondió el mago llevándose la mano a la frente.
__-Es usted un tipo duro, Abuelo.-le tendió la mano ayudandole a levantarse-¿Pero qué era aquello que iba a decir?
__-¿Eh?
__-Sobre el libro, una forma de extender el efecto de un metal más alla de su superficie.
__-¡Oh! ¡Si, si! Era... Era... Eh... No... No lo recuerdo...
__Un repentino destelle multicolor seguido de un montón de toses de anciano surgió de la habitación donde la bruja  se había internado con el grueso de los académicos. Al momento, la esperpéntica anciana apareció por el umbral precedida por el bastón atado a su cintura.
__-Es hora de ir a buscar a Falqued...-se le oyó decir.
__-Cuando recuerde lo que iba a decir apuntelo en algun lado y comuníquemelo más tarde, ¿De acuerdo abuelo?-exclamó Tarot dándole una palmada en la espalda al mago.
__-Ha... haré lo que pueda.

__Tarot recogió el libro que forcejeaba bajo su pie y se dirigió hacía su escamado compañero, entregándole el animaterio para llamar su atención.
__-Hora de ponerse en marcha-exclamó señalando a la anciana y al grupo que comenzaba a seguirla.
__-¿Qué es esto?
__-No lo sé. Le ha mordido la mano a uno de estos bufones. Parece alguna clase de grimorio.
__El libro se revolvió, tratando de morder a Aulenor.
__-Parece hambriento.
__-¿Hambriento? ¿Y qué piensas darle de comer? ¿Tinta? Anda, vamos con los demás no sea que nos quedemos atrás.


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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

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