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La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Dom Mar 11, 2018 2:14 am

Rickard deseó con todas sus fuerzas estar en casa. «Allá en Rasg Port hay delincuencia, prostitución, usura, contrabando y corrupción… Incluso les roban el dinero a la iglesia a plena luz del día, pero por Luminaris y todos sus arcángeles, al menos allá no caen edificios del cielo
El joven lancero avanzó por el pasillo que conectaba la torre albarrana a Tirian soportando las fuertes ráfagas de viento que traían lluvia y gritos, en su cabeza rememoraba una y otra vez la carta que le había enviado su padre tiempo atrás, cuando llevaba unas pocas semanas de interno. Hijo, la taberna ardió hasta los cimientos. Por favor, regresa, necesito de tu ayuda para levantarme de esto.
Su padre, Rickard I, había hecho todo lo posible para poder costear su entrenamiento con los Armaduras Blancas, había sido una locura que luego de tanto esfuerzo le pidiera regresar. Era por eso que había desechado la idea. «Ahora quizá no vuelva a ver a mi padre

Al salir del pasillo miró al cielo, el sol tenía que estar por algún lado ahí por encima de las brujas y las oscuras nubes. La embravecida tormenta había amainado desde que las redondas mujeres cayeran sobre Tirian y ahora tan sólo caía una ligera llovizna que repiqueteaba en su armadura de escamas y deshacía poco a poco la nieve, dejando una sensación térmica tan baja que podía ver el vaho de su agitado respirar. No era el único que observaba hacia arriba de vez en cuando, pues luego de caer como un meteoro aquel edificio de piedra trayendo consigo todo ese caos, todo podía suceder. Incluso, que cayera otro...
En cuanto llegaron a la orilla de la muralla, se acercó al parapeto junto con los capitanes y el general para tener visión de lo que ocurría, y se le revolvió el estómago al ver lo que la plaza de entrenamiento se había vuelto... un total caos.
El bloque de piedra que había caído, bien fuera castillo, iglesia o universidad, era difícil de distinguir ahora que estaba hecho una bosta sobre el patio, de lo que no cabía duda era que la mayor parte de éste estaba regada por la orilla sureste, cubriendo la armería y las escaleras que descendían a la entrada. «Se encuentran desarmados y sin poder huir
Pudo oír cómo el general daba órdenes, se agazapó a los capitanes y trató de despejar su mente del terror que lo empapaba al igual que la lluvia.

El sonido que producían las brujas sobrevolando sus cabezas era parecido al de un nido de avispas luego de haberlo zarandeado un poco, y aunque la lluvia anulaba casi todos los olores, al muchacho le pareció sentir aroma a naftalina cuando una de esas caras de cuero curtido pasó a pocos metros de ellos. Rickard la vio tan de cerca que casi pudo contarle los dientes, y por muy loco que pareciera, casi la encontró parecida a su abuela. Su abuela, la gran aventurera, bruja y bucanera curtida en infinidades de batallas que su padre le relataba cuando pequeño.
Abajo pudo notar como varias de las señoras enfundadas en sus ajustados vestidos se reunían para rodear al grupo enemigo, mientras los novatos que entrenaban hacían lo posible por detener su avance. Entonces notó como uno de quienes había llegado en la peculiar nave se separaba del resto para luego sacar una bestia del tamaño de un caballo de la nada. Estupefacto, miró hacia la mujer que estaba con ellos, pensando que quizá ella también podría hacer lo mismo. «Ahora es un buen momento para que saques un dragón bajo la manga.» En lo que se tarda una mujer en dar un suspiro de amor, la figura de la capa blanca avanzó por entre la sangre derramada mientras lo que parecía ser un lobo huargo le pisaba los talones. Notó como todos arriba contenían el aliento, la figura apuntó con su espada hacia arriba, hacia él. Su escudo se le resbaló de las manos y rodó hasta los pies del general. El joven se limitó gemir una disculpa.
El general recogió el escudo y se lo entregó. El lancero se había puesto rojo como un tomate ante la mirada de todos los comandantes.
No hay vergüenza alguna en sentir miedo —le dijo el general al entregarle el escudo—. El valor consiste en estar asustado y cumplir de todos modos.
S-Sí, mi general. —respondió con un patético tono de voz. Acto seguido se aclaró la garganta, avergonzado.
Uno de los capitanes le dio una palmadita en el hombro.
Limítese a sostener bien sus instrumentos, y cumplir con su deber —dijo con una voz endurecida por los años de servicio—. Si todos cumplimos con nuestro deber venceremos.
Rickard asintió para no volver a tener que hablar, y mientras veía subir a la mujer por las escaleras, se preguntó de qué manera cumplir con su deber iba a evitar que esa bestia y su enorme perro no lo destrozaran.
Antes de descender por las escaleras para detener a lo que ahora sin duda era una mujer de cabello ceniciento y mirada de leona, pensó en las tantas veces que había entrenado lleno de esfuerzo y tenacidad en la plaza de entrenamiento, y lo vacía que se veía toda esa experiencia adquirida ahora que estaba seguro que su vida estaba en juego.
Cuando saber que puedes morir todo cambia de perspectiva.
Al momento de estar frente a frente, de pronto notó que el escudo se le había vuelto a caer, pero no había tiempo de girar a mirar los pies del general.

Una pieza redonda de madera chapada en metal rodó hasta los pies de Atrapaalmas, pero la muchacha estaba tan concentrada en lo que sucedía un par de pasos delante de ella que no lo notó. Atónita y furiosa luego de que toda su magia hubiera sido echada por tierra, vio azorada como una mujer se acercaba subiendo las escaleras tan distendida como si subiera hacia el segundo piso de una taberna cualquiera.
La rechicero se miró las manos, sus dedos mojados estaban engarfiados y moreteados en las puntas por culpa del frío. Esas manos eran poderosas armas, no importaba si hacía llover sangre en vez bramar un rayo, la magia que brotaba de ella haría la diferencia y las almas en su interior eran esbozos de grandes magos, los que aportarían con suficiente poder como para causarle un gran estrago a los intrusos.
La albina siguió subiendo luego de que el pobre lancero hubo sido comida de su espada y su lobo.
¿Cómo osas? —Le dijo la rechicero una vez estuvo a un par de escalones de ellos, con una vieja voz masculina, tan suave como la de un poeta. A través de ella hablaba Hallyne, un anciano piromante capaz de elevar columnas de fuego del tamaño de una torre.
Estiró su mano hacia la intrusa, no podía perderse la oportunidad de tener a uno de ellos tan cerca. De su palma surgió una turbulenta manga de esencia de tal magnitud que el flanco de la muralla en la cual se encontraba el general, su séquito y ella, retumbó bajo los fuertes golpes de magia, que salió disparada en todas direcciones como rabiosas serpientes de luz.
Atrapaalmas sonrió al notar el poder fluir a través de ella, pero tenía ya a la mujer tan cerca que retrocedió para esconderse entre los capitanes.

Luzbel apartó la mirada de su lobo justo cuando la pequeña rechicero aparecía para enfrentarla. Los buenos seis metros que la separaban de ella y el grupo bien hubieran podido cerrarse con un impulso de la demonesa, pero una palma brillante como un sol se interpuso entre ella y sus presas, una palma que dio a luz a incontables haces de luz que salieron disparados como fuegos de artificio, de esos que suelen disparar los mhare para el año nuevo en Taimoshi Ki Nao.
Como culebras blancas, los disparos de luz surcaron el cielo de Tirian en todas direcciones, moviéndose zigzagueantes a través de la lluvia, para luego abalanzarse sobre lo que hubiera abajo.
La nula precisión del ataque de la rechicero, sumado a los cuatro capitanes que se acercaron a la diablesa con sus espadas al ristre, hicieron que Luzbel no notara cuando dos serpientes de luz subieron tanteando la muralla desde el patio hacia ella por su retaguardia, golpeándola en el talón izquierdo y en la nuca.

Lucio no había pasado años subiendo lentamente el escalafón de los Armaduras Blancas para terminar luchando, era obvio que para eso uno subía de rango. Entre más alto se estaba menos batallas se debían librar con las propias manos. ¿Dónde estaban sus mejores hombres? ¿Por qué la panda de niños que entrenaban en la plaza no pudo detener a esos locos?
Con espada en mano, se acercó lentamente con sus demás compañeros, más por no quedar como un cobarde que por otra cosa. No quería que luego Fenris se lo restregara por la cara. Miró al otro capitán mientras avanzaba lentamente hacia la mujer de pelo blanco. Las luces que había disparado la mocosa no habían servido para cegar a su enemiga, mucho menos al enorme lobo huargo que iba tras ella. Y peor aún, ninguna había salido recta y se habían ido en todas direcciones como un relámpago al discurrir por el cielo
Fenris, mata el lobo, yo iré por la chica —Miró un instante a su flanco derecho justo para ver como a Fenris le caía un rayo de luz en plena cara—. ¡Fenris!
El otro capitán soltó la espada para llevar las manos a la cara justo a tiempo para sentir como una frondosa capa de musgo verdoso crecía para cubrir su barba, mientras sus cejas se convertían en una maraña de hojas de pinos y sus orejas se volvían rugosos trozos de madera.
¡Pero qu…! —El capitán enmudeció, perplejo.
Frente a él la albina también sufría de los estragos de la rechicero, pues de su nuca comenzó a crecer un gran ramo de rosas que como botones de sangre se elevaron entre su capa y su cabello para abrirse en flor, mientras que de su pie izquierdo brotaron raíces que se hicieron espacio por entre sus botas húmedas para plantarse en la piedra de la escalera, deteniendo por completo su avance.

¡No me enrolé para esto! —chilló Ronald, al ser testigo de cómo uno de los soldados delante de él se retorcía como una marioneta que le hubieran roto los hilos, y se abría como una fruta madura. El culpable parecía ser esa grumosa jalea que había aparecido entre el bosque de concreto desparramado, justo frente a la armería. El aprendiz soltó la espada de madera y corrió en sentido contrario tan rápido como dieron sus piernas, casi tropezó por culpa de la nieve a medio derretir al verse frente a frente con un obeso trotamundos y un desgarbado mago, corrió por la plaza desenfrenado mientras algunos pétalos rojos caían sobre su cabeza. Casi sin aliento irrumpió por la primera puerta que halló dejando entrar el frío viento y la lluvia, y también un corro de luces.
¡¿Quién anda ahí?! —vociferó alguien al interior de lo que parecía ser un enorme corral.
El practicante se detuvo en seco al notar como las lenguas de luces iluminaban fugazmente un alto techo manchado de hollín, y también algunos largos cuellos rematados en puntiagudas cabezas—. ¿Quién...? —Alcanzó articular aquella voz justo antes de que otra voz femenina le pidiera que regresara. Del interior del corral, envuelto en paja y con los pantalones hasta la rodilla, apareció Thomas, el celador de los guivernos.

Con el alma en los pies, Roland retrocedió a medida que feroces gruñidos le empaparon de sudor. Recordó aquella tarde en la que vio por primera vez a esos lagartos que poco tenían que envidiar de los dragones volver en formación luego de una incursión. El más grande de los wyvern y el que volaba a la cabeza era Zmey, a quien cariñosamente llamaban Cabeza de Trueno por su singular y atronador rugido. ¿Era acaso ese mismo sonido que había oído tiempo atrás el que ahora vibraba en su pecho y le hizo mojar los calzones? Sin duda era ese.
Oh, mierda.

Thomas tropezó tratando de huir de la espantosa visión que provenía del fondo del nido. A lo lejos un furibundo wyvern rugía mientras de su hocico, ojos y nariz proyectaba una poderosa luz ambarina justo después de haberse tragado una de las serpientes de luz.
¡Ayúdame! —aulló el celador a la anciana que yacía en la paja, esperándolo. La bruja sonrió pícara para luego volverse burbujas que el viento se llevó sin prisa.
Del fondo del nido pudo oír bajo el insistente rugido de terror de los otros wyvern, como Cabeza de Trueno sacaba de cuajo la base de la cadena que amarraba su cuello a la pared de granito y antes de que sus pulmones dejaran de soltar todo el aire que había acumulado para gritar, el imponente wyvern avanzó como un ariete hacia la salida destruyendo todo a su paso. Incluido él.

El corro de magos había avanzado varios metros en medio de la plaza de entrenamiento siguiendo la brecha que había abierto la demomesa hacia el muro sin encontrar mayor oposición que unos cuantos soldados con espadas de verdad que fueron despachados tanto por arma como por magia (una de cada cuatro veces lograba salir un hechizo que lograba hacer algo de daño). El grupo que Theminis había logrado colar a la Universidad iba pegado a unos cuantos magos que habían osado ir con ellos, incluyendo Strawberry, Morty y Falqued. Todo ello envuelto en un robusto y prominente escudo humano conformado por clones de Margarets.
El eterno aprendiz de mago sonrió al observar la retaguardia de las brujas delante de ellos.
Esto me recuerda aquella noche invernal en la taberna al sur de Nanda, ¿Recuerdas Marga? —Falqued río por lo bajo, justo para recibir un codazo.
Vete a tomar por culo, Falqued. Tú y tu humor —Van Luthar se llevó la mano al pomo de la espada—. Si no te debiera tantos favores en este momento estaría del lado de los mercenarios. En la que nos has metido, viejo chiflado.
No temas Theminis, pronto esto terminará —el aprendiz le mostró una piedra del tamaño de un huevo de codorniz, la misma piedra que les había mostrado en el subsuelo de la Universidad—. Cuando Atrapaalmas se trague esto todo habrá terminado. Además mira —el aprendiz apuntó hacia lo alto del muro—, esta adorable muchacha y su mascota están haciendo todo el trabajo ellas solas.
Theminis levantó la cabeza justo para quedar enceguecido por una potente luz que provino de lo alto.
¡¿Qué mierda fue eso?! —Gritó mientras se cubría los ojos—. ¿Cayó un rayo?
Por el cielo serpentearon cientos de luces que casi de inmediato cayeron por todo el patio, alcanzando tanto a decenas de mercenarios como a uno de los magos a su lado.
¡Adal! —Falqued alcanzó a coger al viejo mago antes de que cayera al suelo.
Me ha dado una flecha en la espalda —articuló el asustado anciano, pero no se trataba de una flecha, sino algo peor.
De entre sus hombros se alzó un alto brote de nogal, rasgando su túnica y haciendo que el mago cayera de rodillas.
¿Qué sucede Falqued? —preguntó asustado el mago, mientras le crecían raíces por las manos las que rápidamente se clavaron al suelo.
Tranquilo Adal. —Dijo Falqued con voz amable—. Revertiré esto. —El aprendiz apuntó a otros dos magos y a unas cuantas Margarets—. Ustedes, quédense con él. Los demás, debemos seguir.
Otro haz de luz golpeó a varias Margas, volviéndolas burbujas en cuanto la saeta las atravesó. Viendo un flanco descubierto, los soldados se lanzaron en docena.
Avancen, los detendremos. —Banquo se quitó del cinturón una pócima que lanzó al suelo, levantando una columna de fuego a pesar de la lluvia, sacó de su morral unas cuantas pociones más y se las entregó a Mort—. Falqued, debes terminar esta locura.
Otro golpe de luz serpenteó por el suelo y le dio en las rodillas a otro de los magos.
¡Straw!
¿¡Qué esperan!? ¡Avancen!
Debemos correr —Theminis cogió por el hombro al aprendiz, luego miró hacia lo alto del muro—. Tu muchacha está en problemas.
Mort lanzó una probeta que contenía un líquido azulado, mientras con su otra mano sostenía al viejo Strawberry. De las rodillas del mago surgían verdes helechos.

Los dos amigos corrieron hacia la escalera, casi chocan con un soldado asustado, y de pronto se vieron enfrentados a la masa de mercenarios. Theminis desenfundó su espada, algo que no estaba muy acostumbrado hacer.
Espero que no te vayas a quedar corto de sorpresas justo ahora, viejo loco. Esto no se ve bien.
El primero en ir a por ellos fue un valiente soldado de cejas pobladas, que bien armado saltó como un resorte hacia el flanco derecho del noble. Van Luthar hace tiempo había sido un gran espadachín, o al menos eso contaban las historias. La verdad es que siempre fue un espadachín aceptable, pero de eso habían pasado ya varios años. Aun así, la adrenalina del momento alimentó su brazo y su hombro para bloquear de revés mientras que con su mano libre liberaba una extraña daga con dientes por un lado de la hoja la cual enterró sin mayor problema en el hombro de su atacante. El soldado chilló y soltó la espada para cubrirse la herida, la que rápidamente se llenó de sangre.
Estos chicos son unos novatos. —Dijo con una media sonrisa al notar que aún poseía el toque.
Pero no se quedan cortos de energía —vociferó Falqued, al notar que se acercaban seis más.

Theminis afianzó los pies en el suelo mojado, mientras el frío se iba quedando atrás. Detuvo la primera hoja sin problema, pero se tuvo que alejar a trompicones de la segunda y la tercera, usó la daga para interceptar un mandoble que provenía desde su izquierda y con un ágil movimiento de muñeca logró desarmar a uno de los soldados, Falqued levantó una columna de humo que encegueció a todos los soldados a su derecha, mientras Theminis agitaba su espada que nunca se encontraba ociosa. Encontró un espacio entre la defensa de un muchacho a su izquierda y le hirió el brazo hasta la muñeca para luego volver en dirección contraria, abriendo una grieta en su pecho descubierto.
Apenas habían vencido a unos cuantos y quedaban muchísimos más. El fragor del combate se combinaba con el sonido de la lluvia que tamborileaba sobre sus hombros. Un joven mercenario se lanzó con más fuerza que táctica, siendo detenido por la espada del noble. Varios otros soldados venían tras de él, Falqued pronunció una palabra y decenas de duendes de fuego salieron despedidos de su boca, llenando el cielo por algunos segundos de un bello espectáculo que captó la atención de las docenas que se acercaban a ellos. Los duendes se apagaron casi de inmediato, librados del hechizo, los soldados avanzaron.
Mierda.
Theminis dio un largo suspiro, lamentablemente ya se había cansado. Su estado físico no era el óptimo para estas cosas. Miró malhumorado cómo se acercaban los jóvenes soldados, algunos con espadas resplandecientes por la lluvia, otros con armaduras de cuero o de acero, todos empapados. Le llevó un momento darse cuenta que lo que vibraba en su pecho no era su tos. De pronto el rugido adquirió tal fuerza que le heló la sangre y lo obligó a mirar al norte.
¿Fuiste tú Falqued? —El soldado más próximo a él susurró Cabeza de Trueno, y soltó la espada—. Falq, espero que hayas sido tú.
Falqued lanzó el siguiente hechizo que tenía preparado, pero también resultó ser una chapuza y la magia que había realizado salió disparada en forma de mariposas color carbón.
No he sido yo.
En la plaza de entrenamiento todo pareció dejar de moverse, y el caer de la lluvia fue el único sonido que embargó la estructura por algunos segundos. Luego sobrevino el segundo rugido, y un pequeño temblor que remeció a cada alma en Tirian-Le-Rain como una hoja al viento.


Aulenor vio como los soldados comenzaron a correr en desbanda, tratando de poner toda la distancia posible entre ellos y el nido de wyverns. Eran docenas los que venían hacia él buscando una salida que se encontraba bloqueada por gigantescos bloques de piedra, muchos de ellos dejando sus espadas de madera o acerco atrás, pues ahora no eran más que un lastre.
Como el murmullo de un titán, la carrera del wyvern hacia la salida del nido destrozó el interior del edificio y echó abajo las puertas cuando salió con las alas abiertas hacia la plaza, gruñendo de odio y dolor a medida que su cuerpo se cubría de verdes raíces. Sus escamas se ribetearon de verde esmeralda. Sus fosas nasales despidieron una gran nube gris y al instante una flama de más de diez metros de largo salió despedida de su boca, carbonizando a los soldados más cercanos e incendiando al resto, que como poseídos por demonios, danzaron por el patio, rodaron y buscaron la lluvia para apagar las llamas verdes que los cubrían.
El wyvern continuó creciendo en tamaño y ferocidad junto al extraño matiz selvático que su cuerpo adquirió, para finalmente quedar del mismo tamaño que la universidad.


Las rocas alrededor de Aulenor parecían sombras oscurecidas por la lluvia, subir a una de ellas parecía una buena idea, pero la multitud lo alcanzó antes de poder reaccionar. De pronto se vio levantado por una masa de hombres que gritaban y se revolvían buscando una salida totalmente bloqueada. Alguien le dio un codazo en la cabeza al tratar de pasar por sobre él, el nagar se tambaleó hacia un lado y recibió un pisotón en la cola y un empujón que lo hizo caer de rodillas. Al tratar de levantarse alguien le piso la mano. Entonces sintió un asfixiante calor por sobre él, y el olor a hierro caliente le llenó la nariz.
Un silencio extraño llenó sus oídos, pues la lluvia había cesado algunos segundos. Luego sobrevino un apabullante coro de gritos y chillidos de quienes se encontraban a su alrededor. Para cuando liberó su mano y se levantó más de la mitad de los soldados que había a su alrededor estaban ardiendo como antorchas verdes.
Al alzar la vista las rocas humeaban rojas donde las había tocado la flama del wyvern, y los soldados que no habían sido alcanzados agarraban sus armas y se herían entre ellos mientras corrían de un lado a otro buscando otra salida, completamente enloquecidos de miedo.


Frank Morgan no había visto algo así en su vida. Ni siquiera las llamas que habían consumido su casa eran tan siniestras como las que brotaban de aquel guiverno furioso. Paralizado de terror, el pistolero se vio envuelto en un mar de gente que huía de la colosal bestia a medida que ésta agitaba sus alas y lanzaba columnas de fuego por su boca.
Un soldado envuelto en fuego corrió hacia él, obligándole a reaccionar, se apartó mientras varios más pasaban a su lado, dando empujones mientras buscaban alcanzar la salida. Entonces una gigantesca llamarada surcó el cielo directamente hacia donde se encontraban ellos.

Lo siguiente que vio luego de abrir los ojos fue el húmedo suelo de piedra. Varios soldados pasaron sobre él, pisoteando su espalda y piernas. Se trató de levantar cuando oyó un gimoteo junto a su oído y algo cayó sobre él. Se quitó a un muchacho malherido por su propia espada mientras corría, se puso de pie y se miró las manos al notar el líquido caliente en sus manos. La sangre del muchacho pronto se adquirió un tono rosado por la lluvia.
Sin darle tiempo de reaccionar, la segunda embestida llegó hasta él. Al no hallar salida los soldados corrieron en dirección contraria al sembradío de rocas. La multitud se partió en dos para buscar un sitio al que huir, cada cual huyendo hacia los costados de Le-Rain.
Y en el centro, el gigantesco Zmey rugía asustado y dolorido luego de haber sufrido su transformación. Escupió fuego al cielo, deshaciéndose de las últimas Margas que quedaban sobrevolando, y avanzó hacia la Universidad. Enceguecido por el dolor atacaba a los enjambres de humanos que corrían de un lado a otro, pasó por sobre una docena que se había quedado rezagada, volviéndola una masa sanguinolenta de carne y acero retorcido.


Theminis enfundó lentamente su espada y su daga, y miró a Falqued, desconociendo el rostro ajado del hombre que lo acompañaba.
Falqued. Hay que buscar una salida cuanto antes. Hay que regresar a tu alfombra… ¿Qué haces?
Apegados al muro que llevaba a las escaleras y a Atrapaalmas, el aprendiz se arrodilló para buscar algo dentro de sus petates.
Tendré que hacer esto un tanto antes. Pero creo que la situación lo amerita. —Dijo con voz nerviosa mientras echaba fuera de su bolso de cuero botellas, ropa y libros.
¿A qué carajo te refieres? —Vociferó el noble.
Finalmente el aprendiz de mago sacó una sucia caja que alguna vez fue blanca de entre sus pertenencias. La diminuta caja cabía entre sus manos, la dejó en el suelo y limpió de una mancha dudosa el pergamino atado a su alrededor.
¿Qué es eso? —Preguntó el noble con auténtica curiosidad.
Es un pergamino con la misma runa que inscribí en la puerta de la universidad para evitar que la abrieran. Una manera de que sólo la persona necesaria pueda abrirla. Y también para evitar que algo se abra.
Joder. Me refiero a la caja.
Ah, pues —el aprendiz acercó la caja a la cara y susurró—: Rodrik es el rey más viejo que ha vivido sobre La Colina de Hierro.

El pergamino se desanudó lentamente, cayendo por un costado de la caja. Acto seguido, la tapa se abrió hacia fuera como si la hubieran golpeado con un puño desde dentro. Theminis, que luego de todo lo ocurrido pensó que ya no le quedarían migajas de impresión en su interior, dio unos pasos atrás sin habla. Desde dentro de la pequeña caja había surgido un…
Strindgaard.
¡¿Un demonio?!
Un garbo encapuchado envuelto en una capa negra como hollín posó los pies en el suelo de piedra y observó el alto muro. Luego se giró para observar a los hombres con una daga en la mano.
¿Dónde está? —Su voz apremiante y llena de odio le pareció más una orden que una pregunta al noble. Los ojos del demonio brillaban azul pálido en un rostro gris como de porcelana craquelada enmarcada en un aura negra que profería su capucha.
En lo alto del muro —apuntó Falqued con la mano hacia arriba de ellos—, pero, te he liberado antes. Es por una razón más importante. —Dio un paso a un lado para que el recién llegado pudiera apreciar en toda su magnitud lo que los rodeaba.
El demonio frunció el ceño al ver el escenario general. Los soldados se encontraban algo alejados de ellos, pero aun así eran un peligro. Luego estaban los destrozos, y en medio de ello, un colosal guiverno que destruía todo a su paso, avanzaba lentamente hacia la izquierda de ellos, moviendo su cola como un látigo mientras se alejaba.
¿Y ese dragón? —Quiso saber el demonio mientras enfundaba su arma— ¿Es producto de la magia?
Me parece que es más bien un wyvern —Falqued  se rascó la barba, contrariado—. Y sí, definitivamente es por la magia.
¿Qué mierda sucede Falqued? ¿Qué coño es esto, es tu amigo? —Chilló Theminis van Luthar.
Si llega a la Universidad puede destruir el talismán. —Dijo el aprendiz, sin prestar atención al noble.
Y nuestra ventaja se perdería. —El demonio miró hacia lo alto del muro—. Deben detener al dragón, yo iré a por ella.
El noble se interpuso entre el aprendiz y el demonio hecho una furia.
¡Falqued! ¿¡Qué pasa aquí!?
El aprendiz pareció sorprendido de hallar al noble allí. Trató de articular una explicación, sin mucha efectividad.
Pues. Theminis, te presento a Strindgaard. Es… un demonio, pero, él, él no es de los malos —trató de decir el aprendiz—. Está aquí para detener a Atrapaalmas. Al igual que nosotros.
Theminis desenvainó su espada y se entresacó de su chaqueta un colgante con una diminuta botella con agua cristalina que tiró y alzó frente a la cara gris del demonio. Cuando lo hizo le pareció oír el bufar de un gato cerca de él, pero lo obvió.
¿Cómo sabes eso, cómo sabes que no busca deshacerse de ella para luego ocupar su lugar? ¡Por Symias y Dianthe! ¡Es un demonio! ¡¿Cómo es posible que confíes en lo que dice?!
Falqued se cubrió la cara con una mano, buscando una explicación.
Es más difícil y largo que explicar. Quiere matar a Atrapaalmas porque
Quiero matar a Atrapaalmas. Eso es todo lo que tienes que saber. Ahora, ¿con qué fuerza contamos? ¿Cuántos de tus amigos llegaron?
Unos cuantos. —Falqued miró a su alrededor—. Pero con este caos ya no sé dónde están todos.
Joder. —El demonio tanteó la situación y finalmente dijo—. Tendremos que improvisar. Sube conmigo, quizá tengamos una oportunidad.
El aprendiz miró a su noble compañero, le dedicó una mirada de disculpa. Iba a comenzar a subir la escalera, pero éste se interpuso entre los escalones y ellos.
Falqued, esto se ha salido de todos los márgenes existentes. Ya no es una locura, no es algo que siquiera pueda llegar a tener nombre. ¿Qué has hecho? ¡Dios! ¿Qué has hecho? —El noble apretó su espada con fuerza—. Siento que estamos abriendo un nuevo Foso Negro —Van Luthar apuntó con la espada al demonio, luego al aprendiz—. Lo siento, pero esto no lo puedo tolerar. No lo puedo perdonar.
Theminis se preparó para atacar.
¡Espera! ¡No lo hagas!
El demonio abrió su capa y mostró varias dagas en su cinturón.
No me hagas perder el tiempo.
Theminis, Theminis. —El aprendiz se acercó a su amigo hasta que el filo de la espada le tocó el pecho—. El Foso lo abrirá ella. Si despierta a los demás Tomados será el fin de Noreth como lo conocemos. Debes confiar en mí. Este demonio busca vengarse de ella, esa es la verdad.
Theminis van Luthar pareció dudar.
¿Y tú, por qué le ayudas a él? —Quiso saber.
Yo, yo debo ayudarle… porque es mi deber.
¿Tu deber? —Preguntó el noble con rabia—. Habla claro, viejo chiflado.
Atrapaalmas. —A Falqued le costó decir las siguientes palabras—: Yo la he liberado. Yo la desperté. Lo siento. De verdad lo siento.
El aprendiz comenzó a llorar en silencio. El noble aventurero observó al demonio para luego perder sus ojos en la matanza que adornaba la plaza de entrenamiento.
Theminis van Luthar bajó la espada. Su rostro parecía infinitamente más cansado que hace unos segundos.
Viejo loco. Sube. Yo debo detener un dragón.


¡Que no alcance la Universidad! ¡Que no alcance la Universidad! —Se oyó gritar bajo el rugido del guiverno al noble Theminis van Luthar mientras corría hacia la bestia por su retaguardia con la esperanza de que al menos los magos y quienes acompañaron a Falqued en aquella loca travesía lo pudieran escuchar.
La ligera lluvia había mojado el lomo y las alas del wyvern haciéndolo parecer una tundra andante. Cerca de sus enormes patas Banquo y Mort eran los únicos que quedaban amparados a un alto nogal de jovenes hojas, arrastrándose junto a un anciano Strawberry con un arbusto de helecho bajo las piernas.
Hay que ayudar al noble. —Dijo Banquo.
Ve, yo me quedaré con Straw.
Acercadme al wyvern. —Logró decir el anciano con un hilo de voz.
¿Strawberry? Está delirando. Llévatelo.
No —dijo el anciano, aferrándose a la túnica de Banquo—. Yo lo conozco. Fui criador de muchos de los guivernos que les vendieron a Tirian.

En ese momento llegó Theminis casi sin aliento.
Debemos detener a esa cosa, no puede llegar a la Universidad —hizo una pausa para recuperar el aliento—. Destruirá una, un talismán de no-sé-qué. Mierda, deben ayudarme.
Straw —dijo Mort—. Él puede hacerlo. Hay que cargarlo hasta el dragón.
¿Qué? ¿Cómo? —quiso saber el noble.
Zmey. Yo lo crie y cuidé hasta que lo trajeron hasta aquí. Me reconocerá, estoy seguro.
Van Luthar aún respiraba agitado. Miró al guiverno avanzar lentamente hacia la Universidad mientras los soldados corrían despavoridos a su alrededor.
Mierda. Hay que intentarlo.





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Strindgaard

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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Vanidad el Dom Mar 25, 2018 7:03 pm

Cada vez estaba más cerca. La diablesa giro sobre sí misma en sentido contrario a las agujas del reloj, dejando que la lanza dirigida hacia ella se deslizara por el escudo y sesgando el cuello con la otra mano aprovechando la inercia. A uno de esos idiotas se le cayó el escudo y ella saltó de inmediato a por él. Claramente era un novato, puede que en otras circunstancias simplemente lo hubiera tirado por las escaleras, para darle una vaga oportunidad de vivir, pero ahora no era el momento. Tenía las manos ocupadas y quería reducir las transformaciones al mínimo, no solo para no arriesgarse, sino para sorprender a esa estúpida hechicera.

Esta le hablo con una voz de hombre, casi anciana. Luzbel se paró en seco, no debido a la sorpresa, sino por lo que sacaba de ella. Sus… técnicas eran diferentes, y esa manera de devorar almas le recordaba a otra, una muy problemática. Chasqueo la lengua molesta al recordar a ese irritante demonio de las máscaras. Entonces quedo cegada.

La buena noticia era que no se trataba de magia divina, se habría retorcido de dolor si hubiera sido el caso. Pestañeo rápidamente para recuperar la visión justo a tiempo para ver como esa magia se esparcía cual fuegos artificiales, zigzagueando en caóticos patrones. Otro fallo, no tenía que preocuparse, se encargaría de esos cuatro capitanes y masacraría a la hechicera. Entonces lo notó.

Se sentía…rara, pero seguramente menos rara que ese pobre capitán, Fenris, al fin y al cabo, ella entendía esa sensación, era una transformación forzada, lo que era malo, pero como de malo dependería del resultado final, por lo que miro atentamente a ese pobre capitán…que empezó a cubrirse de musgo. Plantas… podía arreglárselas. Dio un paso… y allí se quedó. Bajo la mirada con algo de esfuerzo y vio su piel enraizado, mientras pétalos de rosa caían a cada movimiento de su cabeza, mientras espinas se clavaban en su cuello. Ese era el pie del escudo, y aunque podría habérselas arreglado aunque hubiera estado obligada a pivotar alrededor de ese pie, pero no podía moverlo en absoluto, así que no lo dudó ni un segundo, a duras penas las raíces se hubieron arraigado había intentado mover el pie, y al fallar, las cortó en seco, inmediatamente.

Dolía, por supuesto, por un momento vio sus estrellas a medida que su visión se enturbiaba, eran parte de su cuerpo al fin y al cabo, pero sobreviviría. Y claramente recuperar su movilidad era la elección adecuada en cuando vio como de… algún lado se alzaba un gigantesco dragón de musgo. “Puede que solos sea un wyvern granducho” dijo su vocecilla en su cabeza, pero entonces escupió fuego verdusco… dragón en su libro. Si sumabas el dragón a esa siniestra bola de gelatina come-hombres que veía hacia el fondo y a ese tipo que acababa de aparecer de la nada, no estar arraigada al suelo era realmente la mejor opción, necesitaba ser capaz de echar el vuelo por si acaso.

Se moría de ganas de echar el vuelo y enfrentarse al dragón, pero tenía a cuatro enemigos y un demonio devora-almas delante, no podía simplemente irse ante los cabecillas enemigos, no sin quedarse sus cabezas primero al menos.

Avanzó súbitamente ante uno de los capitanes, el segundo por la izquierda, que interpuso el escudo para frenar su ataque… que nunca llego, puesto que realizó un quiebro para dirigirse al capitán cara-musgo, el ultimo por la izquierda, vulnerable ahora que no tenía la espada en la mano. Tal como esperaba, uno de sus valientes compañeros la intercepto, y ambas armas chocaron… lástima que ahora que estaba ocupado con ella, no pudiera evitar que Freki se abalanzara sobre él y simplemente… lo lanzara de la muralla.


Spoiler:


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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Frank Morgan. el Dom Abr 15, 2018 12:25 pm

Fuego. Mucho fuego. Creo que había pasado algo más antes. Recuerdo asesinar a varios soldados enemigos, manchando el blanco de sus armaduras con el rojo de su propia sangre. Con pistolas o espadas, con tácticas "poco honorables"; pero nunca creí demasiado en esa mierda, así que hice todo lo posible para sobrevivir. Eso sí lo recuerdo muy bien. El rostro de un guerrero fornido, prepotente, confiado en sus habilidades, que observa con desdén o furia a un oponente que considera inferior...solo para mirarlo sorprendido y hasta traicionado cuando dicho oponente resulta tener uno o dos trucos letales bajo la manga. Conozco esa mirada, me la han dado demasiadas veces. ¿Qué puedo decir? Soy un hombre muy pragmático: me gusta salir vivo de una pelea. Pero todo se vuelve un poco borroso después de eso. En un segundo estaba terminando de rematar a un soldado con mi espada, y en el otro todo se puso oscuro. Pero no porque alguien hubiese apagado el Sol, ni nada parecido. Sino más bien porque una gigantesca figura lo había eclipsado. Eso ya fue una mala señal. “Muy pocas cosas pueden hacer eso Fue mi primera impresión, como si mi mente fuese tan hija de puta que ya desde ese momento me estaba torturando con la idea. Y si bien parte de mi hubiese preferido arrodillarse en posición fetal como si eso fuese a solucionar todo, mi lado racional era consciente de que así no iba a desaparecer el problema.

Así que, contra todos mis impulsos, me di la vuelta. Y si, era un puto dragón. Supongo que la idea de un gigante, de otra universidad cayendo, o de un eclipse repentino eran demasiado buenas para ser verdad. Y puede que ninguna sea particularmente bonita, pero todas vencen al dragón por un simple motivo: solo la lagartija gigante escupe fuego. No tuve tiempo para prepararme, ni física ni mentalmente; especialmente mentalmente. Podrían haberme dado una semana, un mes, un año o más y aun así no hubiese podido prepararme. Dicho simplemente: de la boca de esa cosa salió fuego. Y yo me quede duro como una roca. Fue todo en cosa de un segundo, y ni siquiera pude reaccionar. Si esa flama hubiese salido volando en mi dirección, soy muy consciente de que hubiese muerto de una manera horrible como todos aquellos soldados que fueron alcanzados. Eso lo recuerdo con total y absoluta exactitud. Lo recuerdo como quien recuerda su primer asesinato. Lo recuerdo por que más de una vez me he despertado de un salto de mi cama, sudando, con esa imagen como primera cosa en mi cabeza incluso antes de que abra los ojos. Entre los gritos agonizados de aquellos que no fueron lo suficientemente afortunados como para morir rápido resonaron por encima de la plaza, solo para ser rápidamente ahogados por los de aquellos que estaban demasiado asustados como para seguir luchando, y abandonaron las armas para echarse a correr hacia el refugio más cercano. Sobra decir que casi ninguno lo consiguió.

¿Y yo? Yo seguía ahí parado como un tronco; definitivamente no fue el mejor momento de mi carrera como caza recompensas. Solo podía ver las llamas cocinando los cuerpos de los soldados como si fuesen no más que leña. Recordé a ese hijo de puta que quemo mi casa con mi madre durmiendo adentro, y casi que desee que ese volviese a ser mi enemigo: podría matarlo de un tiro como la otra vez. Pero esta vez no me invadió la ira ni el odio; como dije antes, estaba muy ocupado intentado mover un musculo como para sentir nada más haya de puro terror. Además, mi madre tuvo un poco más de “suerte”, por así decirlo: ella sí pudo escapar. Yo mismo casi no lo consigo, de no ser porque uno de esos desafortunados vino corriendo en mi dirección mientras estaba envuelto en llamas. Por nada más que puro instinto me hice a un lado y el hombre siguió de largo. No sé bien que le paso: mis ojos se posaron en el dragón apenas recupere parte de mi capacidad motriz. Ni siquiera me importo recibir empujones de otros pobres diablos. Mi cuerpo fluía con la corriente mientras todos me pasaban de largo. Lo único que me importaba era esa fosa infernal. Así fue como pude ver el momento exacto en el que volvió a escupir fuego. Gracias a eso pude reaccionar lo suficientemente rápido (con el susto como motor principal, desde luego) como para tirarme al suelo, en la vaga esperanza de que el fuego me pasara por encima.

Cuando solo sentí un inmenso calor a mí alrededor, mas no un agonizante dolor, mi primera idea fue que había tenido la piedad de una muerte rápida. Una vez más, otro enemigo me devolvió a la realidad. O grupo de enemigos, mejor dicho: muchos de los soldados que por uno u otro motivo no habían sido alcanzados por las llamas pasaron corriendo por encima de mí en un intento de salvar sus vidas. Por fortuna llegue a cubrirme la cabeza con las manos, y la mayoría solo me paso por encima de la espalda. Sin duda se sintió el dolor, pero mi chaleco ya me ha protegido antes de patadas de caballo sin mucho daño, así que unos cuantos mercenarios asustados pasándome por encima no me daño mucho. Hice un intento de levantarme, pero alguien me lo impidió. Un joven cayó a mi lado, malherido. A juzgar por lo que vi, se había herido con su propia espada. Error de novato, sujetar mal la espada mientras se corre. Si no la vas a usar, lo mejor es enfundarla, y si no puedes, al menos intenta alejar la punta lo más posible de tu cuerpo. Él me vio por unos segundos, como pidiéndome que salve su vida. Estaba por encima de mí así que no me fue muy difícil tomar mi espada, que se encontraba en el suelo a mi izquierda, asestando un rápido y letal golpe en su cuello. Una muerte piadosa; le hubiese llevado mucho más morirse de otro modo. Quizás hubiese preferido salvar su vida, pero no tenía caso: su herida era demasiado profunda, no tenía con que sanarlo en ese momento y por más joven que fuese, seguía siendo un enemigo.

Apenas tuve tiempo de levantarme antes de que otro maremoto de gente me cayera encima. Definitivamente no fue un buen día. Al menos esta vez la multitud se dividió fácilmente; cuando se dieron cuenta de que el fuego venia en esa dirección, todos se apartaron. Yo personalmente no tenía muchas ganas de quedarme allí, de modo que escapé. Desde luego, mate a cada soldado que se me cruzo por el camino. Por un lado, seguíamos en una pelea, y ellos seguían siendo el bando contrario. No use mi pistola, sino mi espada; no tenía por qué gastar balas, de todos modos no estaban atacando. Un golpe por aquí, un corte por allá, y de pronto ya había salido. De una u otra forma tenía que abrirme camino, y andaba apurado como para andar con cortesías. Muchos de ellos no estaban desarmados, así que se dieron cuenta de que cargar contra mí no era una buena idea. Entre todo ese desastre, no pude evitar ver a una persona: Falqued. Entre tanto bruto con armadura, la figura del viejo resaltaba. Y parte de mi sentía la tentación de meterle un tiro por meterme en ese embrollo. Pero de nuevo, mi cerebro intervino, y me sugirió amablemente que matar a la única persona que podía sacarme de allí vivo era una mala idea. Me costó un poco llegar; mucha gente agresiva en el camino. Bastante paso entre que llegue de punto A hacia punto B. Una figura encapuchada apareció (literalmente apareció), hubo varias discusiones que no pude escuchar por estar demasiado ocupado intentando no perder la vida, y luego el hombre con la espada bonita salió corriendo hacia el dragón, gritando que teníamos que evitar que llegase hacia la Universidad.

Parte de mi quiso escapar; casi todo yo quiso escapar. Buscar refugio entre los cadáveres, o apartar gente a base de golpes hasta encontrar una salida. Volver corriendo a la Universidad y buscar acilo. El dragón me asustaba; me aterraba el fuego que exhalaba. No había mucha ciencia, ni me consideraba un cobarde; era mi más grande miedo, nada más. Casi me quiebro en ese momento. El dragón iba a llegar al edificio tarde o temprano, nadie podía detenerlo. Ocultarme entre los cadáveres no serviría de nada, simplemente acabaría aplastado. Y si aun había tanta gente gritando en la plaza era porque las salidas no abundaban; las que si existían estaban abarrotadas de gente que estaba demasiado asustada como para hacer una fila ordenada. No había salida, ni forma de escapar. No podía enfrentarme a esa bestia, ni de broma. No pude evitar volver a pensar en mi madre, pero esta vez no a modo de flashback. Pensé en su condición física. Pensé en quien le alimentaria, quien le llevaría dinero y pagaría su tratamiento. Nadie, era la amarga respuesta. Ella dependía de mí. Y yo estaba a punto de morir allí. Supongo que fuese pensamiento el que me dio fuerzas. La idea de que la primera vez que alguien la daño yo no pude hacer nada para evitarlo, solo para mitigar o compensar el daño. Pero en esta ocasión yo podía hacer algo: luchar como un loco y sobrevivir. Volver a casa con dinero para el tratamiento médico, como siempre. No necesite mucho más motivo, la verdad. Sentirme impotente ya era malo ¿Pero condenar a mi madre porque estaba demasiado ocupado meandome encima cual niño como para seguir vivo? Ni de broma.

Sopese mis opciones. Por un lado, podía ir a ayudar a Falqued con cualquier mierda que tuviese encima. Por otra, correr hacia el dragón….hay que ver que dice del viejo mago no solamente el hecho de que tuviese que sopesar esa opción siquiera, sino que encima terminase pensando que ir a por la lagartija llameante era la mejor opción. Al menos desde ese ángulo no corría riesgo de que el fuego me llegase. Y por otra parte…magia…y Falqued…figura misteriosa…a día de hoy creo que tome la mejor elección. Llegue justo para escuchar el plan: llevar a un viejo malherido hacia el dragón bajo la esperanza de que lo reconociera por que, aparentemente, el viejo lo había criado de bebe ¿Aun era muy tarde como para volver con Falqued? No, ya estaba demasiado lejos.

Un tiro de mi arma le destruyo el cráneo al soldado más cercano que iba hacia el grupito; espero que haya sido una mejor presentación que la última que tuve que hacer.- Supongo que es mejor que nada.- Masculle mientras cargaba otra bala en mi pistola.- Les ayudare a abrirnos camino, pero hay que apurarnos. Entre las llamas y los soldados enloquecidos, no tendremos muchas oportunidades de acercarnos.- Tenia una pistola en cada mano; cuatro tiros en total antes de recargar. Mi espada y mi cuchillo estaban en su funda, y todavía tenía dos granadas; planeaba usarlas si se juntaba mucha gente. Cada quien tenía que aportar lo suyo.
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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Aulenor el Lun Abr 16, 2018 1:06 am


__La sangre le corría por entre las escamas  del brazo derecho y la cintura. El escamado estaba descubriendo a por las malas que luchar contra animales no era lo mismo que luchar contra guerreros entrenados que también usaban acero. Hasta ahora solo había conseguido defenderse, ya que cuando comenzó a comprender los momentos de abertura de su rival, un compañero de este se unió a la refriega, y desde entonces el escamado había estado en desventaja numérica.
__Al menos, lo que quiera que fuera aquella masa violeta mortal que había invocado bloqueaba con éxito el acceso a la armería. Por desgracia, pronto iba a tener que huir él mismo de ella si no quería acabar como todos los guerreros que habían tratado de enfrentarla hasta ahora.

__De pronto, un estruendo estalló a su espalda. Una de las gigantescas paredes de roca que conformaban el patio había caído entera y había sido reemplazada por una ola de llamas esmeraldas desde detrás de la cuál un gigantesco dragón vegetal se alzó rugiendo en su camino hacia el campo de batalla.
__No hubo mucho tiempo para reaccionar, ya que antes de que cualquiera pudiera apartar la vista de verde criatura, una miríada de hombres aterrorizados se lanzaron en estampida a la huida, tratando de escapar del mar de llamas y gritos agónicos que había traído consigo.

__Aulenor quedaba justo en la posición contraria al dragón y vio como aquella avalancha humana se le venía encima, pudiendo hacer poco para evitarla. Ser tan pequeño no ayuda en estos casos. Trataba de subirse a una piedra cuando a uno de aquellos espantados le impactó, tirándolo de nuevo al suelo al suelo. Se vio entonces arrastrado por la muchedumbre, que lo alejaba del wyvern para acercarlo a la bloqueada puerta de la armería y con ella, a aquel monstruo morado.
__Trató de escapar. Alguien le propició un codazo en la cabeza que le hizo tambalear, luego recibió un pisotón en la cola y finalmente volvió a caer al suelo de un empujón. Trató de levantarse, pero fue pisoteado por tres tipos y acabó por cambiar de plan y reptar hasta detrás de uno de aquellos restos de muro. Otro recluta de las Armaduras Blanca pasó corriendo a su lado y aunque tuvo la deferencia de no pisotearle como los anteriores, no debido de verle tampoco, porque arrojó la brigantina en llamas de la trataba de deshacerse justo en su dirección. Una vez más, el escamado agradeció ser resistente al fuego, ya que pudo quitársela sin lastimarse. Sin embargo la prenda le tapo la visión y fue derribado por tercera vez. Un escudo de lagrima dejado atrás le cayó encima y le salvo de ser pisoteado de nuevo y de lo que es más importante, de una nueva llamarada que con su brillo verde calcinó todo en su dirección, incluso al último que había pasado sobre él quién se derrumbó a medio metro de su cabeza completamente ennegrecido. El olor y su experiencia en ese campo indicaban que se había asado de más.
__Finalmente se alzó, tan magullado como si hubiera caído de una montaña. Al menos había conseguía recoger su espada y ponerla buen recaudo. Pero ahora, rodeado de llamas verdes, con una nueva ola de humanos dirigiéndose hacia él tras haber esquivado los ataques de la criatura, y  con el sonido de la terrible masa morada devorando a su espalda. Tenía que huir de allí.

__Echó a correr, saltando entre las rocas como si fueran los pedregales de Daulin. Sus brazos le dolían, el corte en el costado le ardía a cada movimiento, podía sentir toda su cara y cola palpitando después de haber sido pisoteado. Pero no importaba, se sentía bien incluso, los movimientos eran automáticos, hacía demasiado que no se movía así. O eso pensaba.
__Pero al final, el dolor superó a la necesidad, y su brazo le falló, seguido de su pierna. Rodó por la tierra y acabó chocando contra él muro de la universidad. Al menos había estaba fuera de la ruta de huida de aquellos locos.

__Pero las sensaciones nostálgicas no habían acabado aun. Se estaba permitiendo un instante para regodearse en sus heridas y en el dolor de la última caída y su consecuente impactó cuando lo oyó. El dragón rugía otra vez mientras echaba fuego por sus fauces, pero aquel rugido tenía... un deje de dolor. Mientras emitía aquel aliento parecía asfixiarse y antes de después de cada uno de aquellos gruñidos había un gemido.
__Lo observó detenidamente. Solo tenía dos patas y dos alas, aquello no era un dragón, era un wyvern. Pero nunca había visto uno tan grande ni tampoco tan... Se dio cuenta entonces, de que aquellas cepas verdes le estaban creciendo alrededor del cuerpo, tapando sus escamas y aumentando su tamaño, el wyvern estaba atrapado debajo.
__Un ultimó gruñido acabó por decidir al nagar, tenía que ayudarlo, la batalla parecía haberse detenido por su aparición, no pasaría nada porque se detuviera un instante para ayudarlo ¿verdad? Sabía que le había hecho una promesa a Tarot, pero no podía dejar a aquella criatura así.

__Se encaminó hacía el desenfundado su espada de nuevo. No estaba muy seguro de cómo ayudarlo, pero probaría todo lo que se le ocurriera. Esta vez, su estatura si ayudo, era demasiado pequeño como para percatarse de él en medio de un campo de batalla lleno de gente gritando y corriendo, no le fue difícil alcanzar las patas del wyvern por el costado de éste. Ni siquiera tuvo que exigirse demasiado.
__Una vez junto a él, probó la primera teoría, y trató de cortar uno de los tallos que crecían por su cuerpo. Un ensordecedor quejido, junto con un la mirada del wyvern clavada en su dirección, le indicó que no había sido buena idea, esas cosas debían de estar conectadas a su cuerpo de aluna forma, le dolían. Sin embargo, de la raíz no salió sangre, como si parecía manar de las heridas que le habían conseguido hacer en las zonas escamadas, sino savia. Estaba claro que eran ajenos.
__La cabeza de la criatura se le acercó peligrosamente, y Aulenor no tardo en poner entre medias la pata para no ser devorado o calcinado. Comenzó a escalar por la parte trasera de ella con movimientos ágiles y saltos en los momentos propicios, sujetando la propia espada con los dientes a falta de tiempo para enfundarla mientas clavaba sus Oseas uñas entre los espacios de tallo y tallo y se enganchaba con la cola. Todo esto mientras el wyvern trataba de zafarse de él agitando furiosamente las extremidades.

__Una vez traspasó la cintura y llegó al lomo, todo fue mucho más fácil. Pudo incluso permitirse darse un respiro para guardar el arma y lamerse un poco las heridas. Poco podía hacer la criatura para quitárselo de encima en una zona tan difícil de llegar con el plus de tener ramas a las que sujetarse.
__Así pues, el escamado consiguió llegar hasta la cabeza fácilmente. Una vez allí se colocó frente a los preciosos ojos jade de aquella criatura, casi tan grandes como la cabeza del nagar, ahora enterrados entre cepas que los rodeaban y que apenas dejaban ver las escamas contiguas en el fondo. Estaban furiosos. Furiosos, afligidos y confusos.
__Al verlo, el wyvern agitó con fuerza la cabeza, Aulenor casi no tuvo tiempo de aferrarse al cuerno para no ser despeñarse. Pero de a poco consiguió ir acercándose en cada balanceo de la cabeza hacía el oído de la criatura. Y una vez allí, fijado a los ahora leñosos cuernos, abrió la boca e imitó tan alto como pudo aquel sonido que su hermano hacía cada vez que quería llamar la atención. Bramando una y otra vez hasta que dejo de balancear la cabeza.
__Una vez el movimiento se hubo detenido, el nagar saltó hasta el hocico, sentándose sobre él y, tras comprobar que el animal le observaba, colocó su cabeza contra la frente de éste, allí donde todavía sobresalían escamas que el lagarto pudiera notar. Esto pareció tranquilizar de alguna forma al animal, que dejó de rugir y atacar para pasar a bufar, receloso.
__-Tranquilo. Quiero ayudarte, tranquilo.
__Aulenor alzó la cabeza y la reemplazo por su mano, que mantuvo aquella posición en la frente mientras el nagar se estiraba de nuevo hacia los oídos de wyvern tratando de llegar hasta las pocas escamas que aún no habían sido sepultadas en su cuello, acariciándolas mientras emitía un simple arrullo parecido a aquel sonido que su wyverna madre emitía cuando aseaba a su hermano de pequeño.
__Los ojos de ambos escamados se encontraron de nuevo y esta vez parecieron entenderse durante un instante. Pero las pupilas del wyvern se dilataron y este alzó la cabeza aullando un terrible un rugido de dolor en un movimiento inesperado que devolvió al nagar al suelo. ¿Qué narices lo qué había pasado?
__La inconfundible voz de cierta anciana trajo algo de claridad sobre lo acontecido, dándole al nagar persona a la que maldecir.
__-Ven, drago drago drago.


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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Croatoan el Lun Abr 16, 2018 11:05 pm

Ajena a todo a su alrededor, estaba Nyami. Bueno, técnicamente, no era del todo cierto, pero desde luego así lo parecía. Los temblores producidos por las patazas del dragón, por ejemplo, eran extraordinariamente molestos para ella, ensordeciendo las pisadas del resto de presas, más alcanzables y cegándola parcialmente. Pero solo parcialmente, y por suerte sabia crear ojos, como pudo atestiguar una de esas comidas-que-vienen, cuando un tentáculo gelatinoso le paso por las piernas, se asentó en su espalda y lo empujo hacia la masa central, armadura incluida, volviéndose, posiblemente, lo más cercano a un caramelo envuelto en papel de aluminio que había tenido jamás ese plano…y seguramente tendría en al menos los próximos siglos. Un único ojo amarillento y rasgado observo la comida, menguante por momentos ahora que estaba siendo digerida, ese… ¿hombre? Todos lucían iguales para ella, pero decidió que así era, por el sabor, más intenso. La piel, ligeramente morena, fue lo primero en desaparecer, en jirones cada vez más abundantes, lo que incluía las pupilas, por lo que los ojos sufrieron el mismo destino a continuación. Músculos y grasa fueron lo siguiente prácticamente simultáneamente, junto al pelo pelirrojo del hombre, creando burbujitas de espuma y bolitas respectivamente, esas eran las partes más sabrosas. Las tripas y órganos se disolvieron en un santiamén, pero solo el hígado era de interés para la slime por su sabor. En nada, su presa había quedado reducida a un esqueleto impoluto, la envidia de cualquier practicante de medicina o nigromante, un esqueleto aun vistiendo una armadura de placas, eso si. Al menos, el papel de aluminio habría sido más ligero, y lo habría protegido exactamente igual que esa armadura de la horrible mezcla de jugos gástricos y magia profana del cuerpo de la slime.

Posiblemente, probablemente, no era una experta en la materia, una experta en nada en realidad, salvo en desenvolver caramelos al parecer, como pudo atestiguar el siguiente desafortunado, aunque esa vez no llevaba metal, sino pieles, “cweeee-roooo” recordó una parte de ella, ahora que había crecido un poco y gozaba de más núcleos. Le sirvió un poco más, al agarrarse firmemente a su cuerpo, sus jugos no pudieron deslizarse por los huecos. Pero seguramente ese pobre hombre no se sintió tan afortunado, porque eso le permitió gozar de unos segundos extra de agonía a medida que era digerido por fuera y por dentro en cuando cometió el error de gritar de dolor, abriendo la boca. El proceso de digestión era algo menos interesante ahora que lo había visto una vez y comprobaba que parecía ser exactamente igual, así que se centró en otra cosa, concretamente en la cara de la comida-que-viene. Lo clasificó como un hombre, sin pensarlo demasiado, total, una clasificación de genero era extraordinariamente artificial y confusa para una slime, que habría tenido más éxito clasificándolos por signo zodiaco o sabor… y era precisamente eso ultimo lo que ella interpretaba por género, y seguramente haría durante muchos años más, salvo que alguien consiguiera explicarle con éxito que “genero” no tenía ninguna relación con los sabores de sus integrantes, y que el hecho de que ambos coincidieran perfectamente era simplemente una casualidad.

Esa presa tenía pelo también en la cara, no como el otro, pero no solo eso, sino que el color también parecía ser diferente. No podía estar realmente segura, ya que su cuerpo era bastante violeta en ese momento y tampoco veía muy bien. Y hablando de ver, no pudo ver el color de sus ojos porque ya habían sido digeridos, lo que provoco cierto gorgoteo de indignación, que seguramente sonaron como unas gárgaras. La presa abrió la boca una última vez para gritar, lo que quedaba de esta al menos  No era como si importara lo más mínimo, en la baba, nadie te oía gritar…posiblemente, no estaba realmente segura, así que creo un núcleo-oreja para comprobarlo.

Tardo más segundos de los que cualquiera hubiera considerado normal en darse cuenta de que los esqueletos no emitían sonido, y habría tardado seguramente más si su cadena de pensamientos no hubiera sido acelerada por un espadazo, que rozo ligeramente su ojo. Un tentáculo amarró prácticamente por instinto el brazo culpable, y el autor de tamaña ofensa, fue el primero en los últimos minutos en hacer algo útil. Concretamente, soltar el escudo y dar manotazos a su tentáculo, separando su baba y efectivamente debilitando su agarre. Un segundo tentáculo fue a agarrar su cabeza, arrastrando accidentalmente una de las calaveras que iban acumulándose, que se estampo de lleno contra la cabeza desprotegida del muchacho. El chico quedo flácido, y alguien más inteligente que Nyami podría asegurar, viendo como había quedado la calavera, que le había partido el cráneo. Ella solo ronroneo mientras se autofelicitaba por su invención, acompañada de su sabroso premio asociado.

La cada vez más grande y, por lo tanto más lista slime había entendido una pequeña cosa, un simple concepto, pero tan importante, delicioso y trascendental que seguramente quedaría almacenado en su mente como una costumbre o un instinto cuando se encogiera. Podía usar las cosas que no podía comerse para atraer comida más rápido. Bueno, atraer no era la palabra correcta para atizarle un garrotazo a alguien y arrastrarlo hasta el cuerpo principal para comérselo, pero no se le podía exigir conocimientos lingüísticos a alguien que acababa de descubrir las herramientas y aún estaba sufriendo para averiguar por qué lado se cogía una espada.

Por el otro, dedujo usando toda su capacidad lógica, al contemplar su tentáculo cercenado en el suelo, que fue raudamente reincorporado, junto a la espada. Durante los siguientes minutos, pudo comprobar que había no-comida más útil que otra, aunque los soldados que recibían una bota en la cabeza en vez de un tentáculo no tenían tiempo de alegrarse o extrañarse, puesto que si la estampida humana provocada por lo que Nyami solo podía identificar como “comida grande y verde” no los arrojaba directamente contra ella, una combinación de tentáculos, armados o no con espadas, fémures, calaveras, costillas o incluso algún yelmo se aseguraba de que el superviviente fuera recolectado en varios grados de aturdimiento y empalamiento. Al fin y al cabo, la selección natural no era aplicable ante una slime hambrienta.

Nyami estaba a un tris de entender porque su genial idea no funcionaba cuando sonaba un “clank” cuando lo noto, interrumpiendo cualquier posible descubrimiento trascendental sobre metalurgia. Fuego, seguramente la primera palabra que había aprendido, esa y pan. No le gustaba el fuego, no le gustaban las cosas que la mordían a ella, especialmente si no podía comérselas. Así que como era lógico, dedico toda su atención a encontrar la fuente de ese fuego, que obviamente procedía de una fogata, pero tantos tentempiés le habían permitido alcanzar la suficiente sapiencia como para saber que esa fogata no había estado allí antes, así que tenía que haber salido de algún lugar, y su ojo se centró justo a tiempo para ver una bocanada verdusca saliendo de la cosa aún más verdusca.

Había algo común entre todas las especies, entre todas las razas, incluso una tan extraña como las slimes, una necesidad insuflada a través de milenios de sangrienta evolución. Competencia. Cuando los recursos escasean, el más fuerte se lo lleva todo. Cierto era que “fuerte” era relativo, al igual que competencia. Pero para una slime que empezaba a comprender la utilidad de pensar, y cuya única manera de pensar mejor era crecer más, esa bola verdusca escupe-fuego le estaba robando potenciales ideas tan deliciosas como la última, a la vez que lucía grande y sabroso. Cierto que era muy grande y escupía algo que realmente odiaba, pero por primera vez, estaba contemplando la posibilidad de no solo no huir de un peligro mortal (puede, solo puede, que eso fuera porque era la primera vez que era lo suficiente lista como para poder identificarlo como tal), sino de enfrentarlo de cara, era la primera vez que podía ver por delante de la siguiente presa y veía ante ella el sabroso futuro que podía traerle devorar algo tan grande.

Era una decisión muy importante, era consciente al menos de eso, así que se lo tomo con calma, pensando detenidamente, pero tan rápido como su simple mente le permitía. Mientras tomaba un tentempié, por supuesto, para desgracia de los soldados de la Aguja. Y quien decía uno decía varios…casi varias docenas en realidad. Con un ronroneo de satisfacción por haber tomado su primera decisión, avanzó hacia la cosa verde. Al fin y al cabo, la comida venia de allí, así que aunque decidiera dar media vuelta luego, habría comido. Los soldados que consiguieran rodear la ahora considerablemente más grande slime sin caer victimas de sus tentáculos busca-entremeses tendrían acceso a la armería… Aunque no era como si eso fuera a suponer una diferencia.
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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Balka el Jue Mayo 03, 2018 5:30 pm

109 líneas


____Balka lamentó que a la aventura no se hubiese unido ningún bardo. Las canciones habrían maravillado a las generaciones futuras desde Thoromer hasta Uzuri.

____- Venga Nickel, a qué esperas. -gruñó apretando los dientes.

____Acuclillada contra el murete de piedra, guardián silencioso, la elfa eliminaba las amenazas inmediatas para sus compañeros mientras observaba entre los huecos de las medias troneras todo lo que sucedía. Y vaya que era digno de ver. Las múltiples brujas se deshacían entre burbujas, la magia fallida lanzaba al aire mariposas, cintas de colores y rayos mortales que convertían simples wyverns en dragones de raíces y hojas, con fuego y todo. A lo lejos la masa informe invocada por Aulenor se hacía más grande a cada suspiro mientras el chaval, que parecía tener el mismo instinto de conservación que una gallina de storgronne, se encaramaba al lagarto alado y le hacía arrumacos. El pistolero aquel correteaba por ahí tratando de no convertirse en parte de la barbacoa, porque sí, el dragón que no era dragón descargaba su furia sobre el personal a diestro y siniestro, montándose un banquete él solito sin importarle un pepino nada, ni amigo ni enemigo ni estructura sólida alguna.

____Y luego a la fiesta contra el animal descontrolado se unieron otros magos, y Van Luthar gritando cual vhikar. Y los Armaduras Blancas, que eran también un hermoso elemento merecedor de tener en cuenta, iban de un lado a otro meneando las espadas sin saber muy bien ya a qué mal enfrentarse primero, o siquiera si querían enfrentarse a alguno en vez de poner pies en polvorosa y adiós muy buenas. Pero mientras dudaban, pues presentaban batalla. Qué se le iba a hacer, el trabajo era el trabajo.

____Y Balka, obedeciendo al suyo, se alzó de repente tensando el arma. La cuerda chorreaba. La madera de árbol trueno, incluso bajo la lluvia, hormigueaba un poco en sus dedos arrugados. Tres segundos después de una parábola entorpecida por la lluvia un joven soldado en cota de malla, que perseguía a quien no debía, cayó al suelo atravesado casi de parte a parte. Sonrió terrible. No dio en la cabeza pero al menos inmovilizó al objetivo. La potencia de un arco largo y la capacidad de penetración de una punta de punzón eran mucho más efectivas contra armaduras y cotas de malla de lo que a los caballeros les gustaría.

____- Pumpernickel. Ni so te das prisa con eso te ensarto en una flecha y te sirvo en la cena.

____Sin embargo, a pesar del humor con el que se lo estaba tomando, sabía que la situación era seria. Mucho, mucho más seria que mariposas y dragones y brujas de burbujas. El kaoras la miró impasible y siguió a lo suyo, empapado, como si pusiera en entredicho siquiera que fuesen a llegar a la cena. Roía cuidadoso el tendón de una flecha, sacaba la punta de metal y pasaba a la siguiente, poniéndolo todo sobre el suelo de manera no muy ordenada. Ya llevaba tres. Junto a él había al menos cinco trozos de hielo.

____Como su posición estaba más cerca de lo que le gustaría de la rechicero y su gallarda escolta, Balka pudo escuchar la conversación que tuvieran Falqued, el noble Van Luthar y el nuevo flamante elemento de aquel cantar que probablemente nadie escribiera de primera mano: un demonio llamado Estringar, o algo muy parecido. Un demonio salido de una caja cual djin de una lámpara, aparentemente bueno según el aprendiz de mago. Pero quién leñes se iba a fiar de los aparentemente a estas alturas de la historia.

____Por eso Balka había decidido tomar cartas en el asunto. Con gusto comprobó que las saetas de hielo arcoiris recogidas de la lluvia mágica habían cristalizado, endurecidas como rectas placas rugosas, algo ovaladas como una hoja. No congelaban al tacto pero sí al corte como demostraba el trozo del dintel de madera sobre el que hizo la prueba. Sacó las últimas cuatro tiras de tendón que le quedaban lanzándolas a un charco para que se ablandaran.

____Bien. La situación presentaba dos frentes abiertos. Podía unirse a la cruzada contra el dragón para que no aplanara los restos de la universidad y el amuleto o lo que fuera que contuviese. O podía encargarse del grupo de la rechicero y limpiar el camino para Falqued, la del pelo blanco y el tal Estringar. La elfa oteó a su izquierda examinando la contienda con minuciosidad. Un tercer frente surgió de pronto: la rechicero. Parecía agobiada y distraída: ella provocó aquellos rayos caóticos que le dieron gloria de dragón al wyvern y que convirtieron en ents a todos los que alcanzaron. Al parecer las cosas no estaban saliendo según sus planes empezando por la propia magia, tan desordenada en sus manos como en las de todos. Y encima estaba bien posicionada a una distancia adecuada para el arco largo.

____Haciéndose un moño para que los mechones empapados no le molestaran se inclinó sobre el suelo y ensambló las nuevas flechas de hielo. Tres en total. No tenía tiempo de hacer más o siquiera calibrarlas, eligiéndolas a ojo según la forma y su peso en la mano. Lo más similares a las que usaba normalmente. Resopló el agua que le corría por el rostro, incómoda.

____Con rapidez las insertó en la caña de la saeta atándolas mañosamente. El filoso borde del material cortó un poco el tendón y lo cristalizó, volviéndolo rígido y firme, extendiéndose un poco por el asta. La mujer asintió satisfecha. El kaoras miraba. Parecía un pequeño monstruo desamparado.

____La peliblanca y su huargo ya trabajaban. Se cargaron a un tipo e iban a por el siguiente. Balka evitó que el agua le chorreara por la cara poniéndose la capucha de la capa. El suelo estaba sembrado con algunas puntas de flecha y astas y un par de trozos de hielo. No importaba, no era momento de recoger. Se puso en pie, erguida en toda su altura.

____Agarró una flecha de punta de punzón. Tensó el arco más de lo que solía para imprimir mayor fuerza al proyectil. Quería contrarrestar con potencia el posible desvío debido a la copiosa lluvia. Inspiró hondo. Una vez disparara atraería la atención. Separó las piernas, afianzándose. Y entonces no podría tomarse las cosas con calma. Por eso, en posición, tardó varios segundos en soltar: observaba penetrante el escenario. Tenía prestas otra punta de punzón y una de hielo. Aquello era un todo o nada.

____Espiró hasta vaciar los pulmones. El agua caía, caía, caía, monótona, cansina. Por lo visto, de la guardia podían encargarse la mujer y el huargo aquel. Lo que la interesaba era sacarse de encima a los dos más cercanos a la bruja, en concreto a ese tras el que se ocultaba. Ni siquiera matarlos, bastaba con inutilizarlos o dispersarlos. Su concentración era tal que de habérsele caído el cielo encima no se hubiera enterado. Apuntó al más cercano que cubría a la rechicero y al otro tras el que se amparaba.

____Inspiró. Espiró. Y soltó.

____Las siguientes acciones ocurrieron en rápida sucesión. Años de vida mercenaria tras la caza de monstruos y personas habían convertido a Balka en un perro curtido. Con esto se ganaba el pan, y todavía no moría de hambre. Daba igual que sintiese los dedos o brazos algo entumecidos, los músculos y tendones recordaban las horas interminables de práctica y acción. Guardaban una memoria que se había vuelto casi instintiva, condicionada por los miles de tiros realizados. Lo único sobre lo que no ejercía control era la meteorología.

____La punta de punzón voló. Ni siquiera se molestó en saber si impactó. No había tiempo. Bastó con que el individuo se moviera lo suficiente como para que abriese una brecha en la línea de tiro.

____El segundo punzón ya estaba en la guía. El caballero a quien apuntaba alzó el brazo con la espada en la mano, exponiendo durante un breve instante la axila. Se alegró de que su arco estuviese hecho de madera de trueno, el poder electrizante hacía maravillas en las zonas blandas. Soltó antes incluso de que el hombre llegara al pico de su gesto. Adelantándose para evitar la bajada de la extremidad y con ella un desvío.

____A estas alturas la elfa ya no pensaba de manera consciente, el instinto hacía mejor trabajo cuando la racionalidad quedaba a un lado. Sabía lo que tenía que hacer, y lo hacía. Sin darse cuenta se subió ágil a las medias troneras. Buscando el punto idóneo. Y allí estaba. El tercer proyectil ya esperaba sobre la guía antes siquiera de que el segundo hubiese terminado el vuelo. Soltó.

____La reverberación de la cuerda al volver a su posición disparó gotitas de agua. Todo estaba empapado y a pesar de eso el wyvern en su sufrimiento seguía quemando cosas. Los hombres gritaban, los heridos gemían y los valientes peleaban. Sin cuartel. Sin ceder un solo centímetro al enemigo fuera este el que fuese. Sentía calientes por el esfuerzo los músculos del brazo izquierdo. Un aullido. Un rugido que resonó en su caja torácica, en los cimientos del mundo. La magia se volvía loca ofreciendo en su demencia belleza y destrucción a partes iguales. La batalla parecía alcanzar el apogeo con un paroxismo salvaje. Pumpernickel observaba, impasible. Siempre. Como si fuese capaz de adivinar el devenir de los mortales.

____El mundo guardó silencio para Balka. Incluso el latido de su corazón acelerado golpeaba sordo en las orejas. Los ojos moteados de la mujer siguieron ansiosos la desafiante trayectoria de la última flecha.

____O todo o nada.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

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Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Margaret Orgaafia el Miér Mayo 16, 2018 12:08 am

Tres, relativamente, pequeñas Margas era todo lo que quedaba del ejército Margariano de liberación de ropajes.

Tres Margas que se encontraban meneando un enorme caldero, en una de las habitaciones semiderrumbadas de la extraña fortaleza. El lugar debió ser una cocina o algo similar, porque, en lo que quedaba de sus paredes, parecía haber armarios y hierbas secas colgantes. Sus sombras se elevaban contras las paredes, debido al lento fuego que calentaba el caldero con fuerza. Un olor estridente envolvía la habitación, mientras el siniestro sonido de los cubiertos y los cuchillos resonaban en el lugar.

-Que el destino gire en mi caldero, que el dolor se haga ser y se aloje en las sombras que conjuramos…-susurró una de las Margarets, moviendo con lentitud y ominosidad el liquido con una cuchara de madera- Por el poder de tres te convocamos…

-¿Qué estas diciendo? -replica otra de las Margaret, mientras elevaba la mirada de su tarea, cortar toda una serie de vegetales y frutas, en completo desorden- Ni poder de tres, ni sombras ni leches…Que estamos haciendo una poción picante, no invocando a una cabra con intenciones malévolas…*

-Eso…¿De donde viene tanto drama? -replico otra, que estaba machacando con fuerza diferentes plantas en un mortero, con dureza y poca elegancia. Por suerte, la practica con su decimo segundo marido había venido bien.

-Oh, chicas…ya sabeis que para que algo salga bien tiene que tener su teatro…-replica, moviendo el burbujeante brebaje.- Sobretodo cuando se trata de pociones hechas en enormes calderos…-continua, sin parar su movimiento.

-Solamente sirve cuando hay público…y dudo que nosotras seamos consideradas como tal…-suspira la que cortaba, terminando su tarea. Lentamente, empezó a introducir las piezas cortadas dentro del caldero. Tras que cayese la última pieza, creando una ligera onda en brebaje, el efecto se hizo evidente. Muchas burbujas empezaron a salir, estallando al contacto de la cuchara de la primera Marga.

-Además, la frase es ridícula…¿Qué tiene que ver el poder de tres y las sombras con un irritante? -añade la siguiente, tirando en el caldero una cacerola de polvo, que exploto en una pequeña nube, hasta que se asentó, las otras Margas estallaron en estornudos.

-Sois unas aguafiestas…-afirmó la primera, mirando fijamente el brebaje durante unos momentos, para después meter el pulgar y llevárselo al labio.- Umm…yo le echaría un poco de ciempiés triturado, pero…eh…¿Qué se yo? Solo soy una ilusión sobredramática…-dijo, mientras las otras brujas giraban los ojos en sus órbitas.

Mientras la poción terminaba de hacerse, los efectos del wyvern liberado no se hicieron esperar. El suelo tembló de manera brutal, haciendo que las ancianas lo hicieran también, provocando en ellas un movimiento sísmico entre sus carnes flojas. Las mujeres sonrieron entre si durante unos momentos, riendo brevemente ante su plan. ¿Quién necesita palabras mágicas, teatros y pantomimas para influir una poción con magia…cuando tres Margaret riendo malévolamente podían convocar todas las fuerzas que el caos tenía disponible?

Con la primera fase del plan hecho, las señoras recogieron sus sombreros, le dieron un par de manotazos a sus faldas y alzaron el vuelo con imponente fuerza, con el caldero colgando de sus escobas.

El campo de batalla era cambiante y peligroso, un pandemónium de cada uno haciendo lo que le venía en gana, sin orden, concierto o algún tipo de estrategia**. Las ancianas cayeron desde el cielo, volando al ras de suelo, aumentando cada vez mas la velocidad, con un punto en mente. Un punto semicubierto por una cola reptiliana y que solo atraería a las moscas más aventureras***. Gracias a las acciones del joven timiducho y de naturaleza extraña, el wyvern estaba completamente quieto y calmado…cosa que se solucionaría en breves.

-Ven, draco, draco, draco...-dijo una, soltando una risotada al siguiente segundo.

Cuando el objetivo estaba cerca, se inició el plan. Siguiendo en línea recta, las ataduras que mantenían el caldero entre las dos escobas se cortarón, dejando que este se mantuviera, como un misil, en movimiento. Finalmente, penetró su objetivo, quedándose clavado en la barrera de carne y dejando caer su contenido, segundo que aprovecharon las señoras para salir de la zona y sobrevolar la espalda del dragón.

El estallido no se hizo esperar. El ser soltó un alarido al cielo, con furia draconiana, en lo que las ancianas pasaban por sus ojos, haciéndoles gestos obscenos, que incluso un animal con mente reptiliana podría entender. La furia era evidente y las señoras se iban a aprovechar. Pronto, las señoras salieron volando, en diferentes direcciones, pero con el mismo objetivo. Haciendo un círculo o en línea recta, las brujas se dirigieron directamente a al zona de la batalla, al epicentro de la tormenta.

El lugar donde esos idiotas juveniles estaban haciendo estallar cosas.

*Durante unos segundos, cierto antropomorfo sintió sus orejas sonar mientras intentaba calmar a cierto lagarto.
**O, en otras palabras, era el entorno donde florecía Marga.
***Y quizás a algún dragón o aventurero valiente, nunca se sabe en este amplio mundo.
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Margaret Orgaafia

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