Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» La Rueda del Destino: La Guardiana del Este [Solitaria]
por Vanidad Ayer a las 11:31 pm

» Amelie Winter
por Amelie18 Ayer a las 7:41 pm

» Hola a todos soy Amelie
por Capitán Pescanova Ayer a las 6:31 pm

» [Evento] Criaturas Norethianas y dónde encontrarlas
por Staff de Noreth Ayer a las 7:56 am

» Criaturas Norethianas: Espectro
por Strindgaard Ayer a las 7:55 am

» ¿Donde está el Caballero Rojo?(Campaña)
por Eudes Ayer a las 7:14 am

» Criaturas Norethianas: Águila Flecha
por Azura Sáb Jul 21, 2018 8:26 pm

» La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]
por Croatoan Sáb Jul 21, 2018 5:32 pm

» BrannMur Aullatormentas
por Capitán Pescanova Vie Jul 20, 2018 8:31 pm

» [Reclutamiento] Noche de Muerte
por Strindgaard Vie Jul 20, 2018 6:22 am




Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Página 5 de 6. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6  Siguiente

Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Dom Mar 11, 2018 2:14 am

Rickard deseó con todas sus fuerzas estar en casa. «Allá en Rasg Port hay delincuencia, prostitución, usura, contrabando y corrupción… Incluso les roban el dinero a la iglesia a plena luz del día, pero por Luminaris y todos sus arcángeles, al menos allá no caen edificios del cielo
El joven lancero avanzó por el pasillo que conectaba la torre albarrana a Tirian soportando las fuertes ráfagas de viento que traían lluvia y gritos, en su cabeza rememoraba una y otra vez la carta que le había enviado su padre tiempo atrás, cuando llevaba unas pocas semanas de interno. Hijo, la taberna ardió hasta los cimientos. Por favor, regresa, necesito de tu ayuda para levantarme de esto.
Su padre, Rickard I, había hecho todo lo posible para poder costear su entrenamiento con los Armaduras Blancas, había sido una locura que luego de tanto esfuerzo le pidiera regresar. Era por eso que había desechado la idea. «Ahora quizá no vuelva a ver a mi padre

Al salir del pasillo miró al cielo, el sol tenía que estar por algún lado ahí por encima de las brujas y las oscuras nubes. La embravecida tormenta había amainado desde que las redondas mujeres cayeran sobre Tirian y ahora tan sólo caía una ligera llovizna que repiqueteaba en su armadura de escamas y deshacía poco a poco la nieve, dejando una sensación térmica tan baja que podía ver el vaho de su agitado respirar. No era el único que observaba hacia arriba de vez en cuando, pues luego de caer como un meteoro aquel edificio de piedra trayendo consigo todo ese caos, todo podía suceder. Incluso, que cayera otro...
En cuanto llegaron a la orilla de la muralla, se acercó al parapeto junto con los capitanes y el general para tener visión de lo que ocurría, y se le revolvió el estómago al ver lo que la plaza de entrenamiento se había vuelto... un total caos.
El bloque de piedra que había caído, bien fuera castillo, iglesia o universidad, era difícil de distinguir ahora que estaba hecho una bosta sobre el patio, de lo que no cabía duda era que la mayor parte de éste estaba regada por la orilla sureste, cubriendo la armería y las escaleras que descendían a la entrada. «Se encuentran desarmados y sin poder huir
Pudo oír cómo el general daba órdenes, se agazapó a los capitanes y trató de despejar su mente del terror que lo empapaba al igual que la lluvia.

El sonido que producían las brujas sobrevolando sus cabezas era parecido al de un nido de avispas luego de haberlo zarandeado un poco, y aunque la lluvia anulaba casi todos los olores, al muchacho le pareció sentir aroma a naftalina cuando una de esas caras de cuero curtido pasó a pocos metros de ellos. Rickard la vio tan de cerca que casi pudo contarle los dientes, y por muy loco que pareciera, casi la encontró parecida a su abuela. Su abuela, la gran aventurera, bruja y bucanera curtida en infinidades de batallas que su padre le relataba cuando pequeño.
Abajo pudo notar como varias de las señoras enfundadas en sus ajustados vestidos se reunían para rodear al grupo enemigo, mientras los novatos que entrenaban hacían lo posible por detener su avance. Entonces notó como uno de quienes había llegado en la peculiar nave se separaba del resto para luego sacar una bestia del tamaño de un caballo de la nada. Estupefacto, miró hacia la mujer que estaba con ellos, pensando que quizá ella también podría hacer lo mismo. «Ahora es un buen momento para que saques un dragón bajo la manga.» En lo que se tarda una mujer en dar un suspiro de amor, la figura de la capa blanca avanzó por entre la sangre derramada mientras lo que parecía ser un lobo huargo le pisaba los talones. Notó como todos arriba contenían el aliento, la figura apuntó con su espada hacia arriba, hacia él. Su escudo se le resbaló de las manos y rodó hasta los pies del general. El joven se limitó gemir una disculpa.
El general recogió el escudo y se lo entregó. El lancero se había puesto rojo como un tomate ante la mirada de todos los comandantes.
No hay vergüenza alguna en sentir miedo —le dijo el general al entregarle el escudo—. El valor consiste en estar asustado y cumplir de todos modos.
S-Sí, mi general. —respondió con un patético tono de voz. Acto seguido se aclaró la garganta, avergonzado.
Uno de los capitanes le dio una palmadita en el hombro.
Limítese a sostener bien sus instrumentos, y cumplir con su deber —dijo con una voz endurecida por los años de servicio—. Si todos cumplimos con nuestro deber venceremos.
Rickard asintió para no volver a tener que hablar, y mientras veía subir a la mujer por las escaleras, se preguntó de qué manera cumplir con su deber iba a evitar que esa bestia y su enorme perro no lo destrozaran.
Antes de descender por las escaleras para detener a lo que ahora sin duda era una mujer de cabello ceniciento y mirada de leona, pensó en las tantas veces que había entrenado lleno de esfuerzo y tenacidad en la plaza de entrenamiento, y lo vacía que se veía toda esa experiencia adquirida ahora que estaba seguro que su vida estaba en juego.
Cuando saber que puedes morir todo cambia de perspectiva.
Al momento de estar frente a frente, de pronto notó que el escudo se le había vuelto a caer, pero no había tiempo de girar a mirar los pies del general.

Una pieza redonda de madera chapada en metal rodó hasta los pies de Atrapaalmas, pero la muchacha estaba tan concentrada en lo que sucedía un par de pasos delante de ella que no lo notó. Atónita y furiosa luego de que toda su magia hubiera sido echada por tierra, vio azorada como una mujer se acercaba subiendo las escaleras tan distendida como si subiera hacia el segundo piso de una taberna cualquiera.
La rechicero se miró las manos, sus dedos mojados estaban engarfiados y moreteados en las puntas por culpa del frío. Esas manos eran poderosas armas, no importaba si hacía llover sangre en vez bramar un rayo, la magia que brotaba de ella haría la diferencia y las almas en su interior eran esbozos de grandes magos, los que aportarían con suficiente poder como para causarle un gran estrago a los intrusos.
La albina siguió subiendo luego de que el pobre lancero hubo sido comida de su espada y su lobo.
¿Cómo osas? —Le dijo la rechicero una vez estuvo a un par de escalones de ellos, con una vieja voz masculina, tan suave como la de un poeta. A través de ella hablaba Hallyne, un anciano piromante capaz de elevar columnas de fuego del tamaño de una torre.
Estiró su mano hacia la intrusa, no podía perderse la oportunidad de tener a uno de ellos tan cerca. De su palma surgió una turbulenta manga de esencia de tal magnitud que el flanco de la muralla en la cual se encontraba el general, su séquito y ella, retumbó bajo los fuertes golpes de magia, que salió disparada en todas direcciones como rabiosas serpientes de luz.
Atrapaalmas sonrió al notar el poder fluir a través de ella, pero tenía ya a la mujer tan cerca que retrocedió para esconderse entre los capitanes.

Luzbel apartó la mirada de su lobo justo cuando la pequeña rechicero aparecía para enfrentarla. Los buenos seis metros que la separaban de ella y el grupo bien hubieran podido cerrarse con un impulso de la demonesa, pero una palma brillante como un sol se interpuso entre ella y sus presas, una palma que dio a luz a incontables haces de luz que salieron disparados como fuegos de artificio, de esos que suelen disparar los mhare para el año nuevo en Taimoshi Ki Nao.
Como culebras blancas, los disparos de luz surcaron el cielo de Tirian en todas direcciones, moviéndose zigzagueantes a través de la lluvia, para luego abalanzarse sobre lo que hubiera abajo.
La nula precisión del ataque de la rechicero, sumado a los cuatro capitanes que se acercaron a la diablesa con sus espadas al ristre, hicieron que Luzbel no notara cuando dos serpientes de luz subieron tanteando la muralla desde el patio hacia ella por su retaguardia, golpeándola en el talón izquierdo y en la nuca.

Lucio no había pasado años subiendo lentamente el escalafón de los Armaduras Blancas para terminar luchando, era obvio que para eso uno subía de rango. Entre más alto se estaba menos batallas se debían librar con las propias manos. ¿Dónde estaban sus mejores hombres? ¿Por qué la panda de niños que entrenaban en la plaza no pudo detener a esos locos?
Con espada en mano, se acercó lentamente con sus demás compañeros, más por no quedar como un cobarde que por otra cosa. No quería que luego Fenris se lo restregara por la cara. Miró al otro capitán mientras avanzaba lentamente hacia la mujer de pelo blanco. Las luces que había disparado la mocosa no habían servido para cegar a su enemiga, mucho menos al enorme lobo huargo que iba tras ella. Y peor aún, ninguna había salido recta y se habían ido en todas direcciones como un relámpago al discurrir por el cielo
Fenris, mata el lobo, yo iré por la chica —Miró un instante a su flanco derecho justo para ver como a Fenris le caía un rayo de luz en plena cara—. ¡Fenris!
El otro capitán soltó la espada para llevar las manos a la cara justo a tiempo para sentir como una frondosa capa de musgo verdoso crecía para cubrir su barba, mientras sus cejas se convertían en una maraña de hojas de pinos y sus orejas se volvían rugosos trozos de madera.
¡Pero qu…! —El capitán enmudeció, perplejo.
Frente a él la albina también sufría de los estragos de la rechicero, pues de su nuca comenzó a crecer un gran ramo de rosas que como botones de sangre se elevaron entre su capa y su cabello para abrirse en flor, mientras que de su pie izquierdo brotaron raíces que se hicieron espacio por entre sus botas húmedas para plantarse en la piedra de la escalera, deteniendo por completo su avance.

¡No me enrolé para esto! —chilló Ronald, al ser testigo de cómo uno de los soldados delante de él se retorcía como una marioneta que le hubieran roto los hilos, y se abría como una fruta madura. El culpable parecía ser esa grumosa jalea que había aparecido entre el bosque de concreto desparramado, justo frente a la armería. El aprendiz soltó la espada de madera y corrió en sentido contrario tan rápido como dieron sus piernas, casi tropezó por culpa de la nieve a medio derretir al verse frente a frente con un obeso trotamundos y un desgarbado mago, corrió por la plaza desenfrenado mientras algunos pétalos rojos caían sobre su cabeza. Casi sin aliento irrumpió por la primera puerta que halló dejando entrar el frío viento y la lluvia, y también un corro de luces.
¡¿Quién anda ahí?! —vociferó alguien al interior de lo que parecía ser un enorme corral.
El practicante se detuvo en seco al notar como las lenguas de luces iluminaban fugazmente un alto techo manchado de hollín, y también algunos largos cuellos rematados en puntiagudas cabezas—. ¿Quién...? —Alcanzó articular aquella voz justo antes de que otra voz femenina le pidiera que regresara. Del interior del corral, envuelto en paja y con los pantalones hasta la rodilla, apareció Thomas, el celador de los guivernos.

Con el alma en los pies, Roland retrocedió a medida que feroces gruñidos le empaparon de sudor. Recordó aquella tarde en la que vio por primera vez a esos lagartos que poco tenían que envidiar de los dragones volver en formación luego de una incursión. El más grande de los wyvern y el que volaba a la cabeza era Zmey, a quien cariñosamente llamaban Cabeza de Trueno por su singular y atronador rugido. ¿Era acaso ese mismo sonido que había oído tiempo atrás el que ahora vibraba en su pecho y le hizo mojar los calzones? Sin duda era ese.
Oh, mierda.

Thomas tropezó tratando de huir de la espantosa visión que provenía del fondo del nido. A lo lejos un furibundo wyvern rugía mientras de su hocico, ojos y nariz proyectaba una poderosa luz ambarina justo después de haberse tragado una de las serpientes de luz.
¡Ayúdame! —aulló el celador a la anciana que yacía en la paja, esperándolo. La bruja sonrió pícara para luego volverse burbujas que el viento se llevó sin prisa.
Del fondo del nido pudo oír bajo el insistente rugido de terror de los otros wyvern, como Cabeza de Trueno sacaba de cuajo la base de la cadena que amarraba su cuello a la pared de granito y antes de que sus pulmones dejaran de soltar todo el aire que había acumulado para gritar, el imponente wyvern avanzó como un ariete hacia la salida destruyendo todo a su paso. Incluido él.

El corro de magos había avanzado varios metros en medio de la plaza de entrenamiento siguiendo la brecha que había abierto la demomesa hacia el muro sin encontrar mayor oposición que unos cuantos soldados con espadas de verdad que fueron despachados tanto por arma como por magia (una de cada cuatro veces lograba salir un hechizo que lograba hacer algo de daño). El grupo que Theminis había logrado colar a la Universidad iba pegado a unos cuantos magos que habían osado ir con ellos, incluyendo Strawberry, Morty y Falqued. Todo ello envuelto en un robusto y prominente escudo humano conformado por clones de Margarets.
El eterno aprendiz de mago sonrió al observar la retaguardia de las brujas delante de ellos.
Esto me recuerda aquella noche invernal en la taberna al sur de Nanda, ¿Recuerdas Marga? —Falqued río por lo bajo, justo para recibir un codazo.
Vete a tomar por culo, Falqued. Tú y tu humor —Van Luthar se llevó la mano al pomo de la espada—. Si no te debiera tantos favores en este momento estaría del lado de los mercenarios. En la que nos has metido, viejo chiflado.
No temas Theminis, pronto esto terminará —el aprendiz le mostró una piedra del tamaño de un huevo de codorniz, la misma piedra que les había mostrado en el subsuelo de la Universidad—. Cuando Atrapaalmas se trague esto todo habrá terminado. Además mira —el aprendiz apuntó hacia lo alto del muro—, esta adorable muchacha y su mascota están haciendo todo el trabajo ellas solas.
Theminis levantó la cabeza justo para quedar enceguecido por una potente luz que provino de lo alto.
¡¿Qué mierda fue eso?! —Gritó mientras se cubría los ojos—. ¿Cayó un rayo?
Por el cielo serpentearon cientos de luces que casi de inmediato cayeron por todo el patio, alcanzando tanto a decenas de mercenarios como a uno de los magos a su lado.
¡Adal! —Falqued alcanzó a coger al viejo mago antes de que cayera al suelo.
Me ha dado una flecha en la espalda —articuló el asustado anciano, pero no se trataba de una flecha, sino algo peor.
De entre sus hombros se alzó un alto brote de nogal, rasgando su túnica y haciendo que el mago cayera de rodillas.
¿Qué sucede Falqued? —preguntó asustado el mago, mientras le crecían raíces por las manos las que rápidamente se clavaron al suelo.
Tranquilo Adal. —Dijo Falqued con voz amable—. Revertiré esto. —El aprendiz apuntó a otros dos magos y a unas cuantas Margarets—. Ustedes, quédense con él. Los demás, debemos seguir.
Otro haz de luz golpeó a varias Margas, volviéndolas burbujas en cuanto la saeta las atravesó. Viendo un flanco descubierto, los soldados se lanzaron en docena.
Avancen, los detendremos. —Banquo se quitó del cinturón una pócima que lanzó al suelo, levantando una columna de fuego a pesar de la lluvia, sacó de su morral unas cuantas pociones más y se las entregó a Mort—. Falqued, debes terminar esta locura.
Otro golpe de luz serpenteó por el suelo y le dio en las rodillas a otro de los magos.
¡Straw!
¿¡Qué esperan!? ¡Avancen!
Debemos correr —Theminis cogió por el hombro al aprendiz, luego miró hacia lo alto del muro—. Tu muchacha está en problemas.
Mort lanzó una probeta que contenía un líquido azulado, mientras con su otra mano sostenía al viejo Strawberry. De las rodillas del mago surgían verdes helechos.

Los dos amigos corrieron hacia la escalera, casi chocan con un soldado asustado, y de pronto se vieron enfrentados a la masa de mercenarios. Theminis desenfundó su espada, algo que no estaba muy acostumbrado hacer.
Espero que no te vayas a quedar corto de sorpresas justo ahora, viejo loco. Esto no se ve bien.
El primero en ir a por ellos fue un valiente soldado de cejas pobladas, que bien armado saltó como un resorte hacia el flanco derecho del noble. Van Luthar hace tiempo había sido un gran espadachín, o al menos eso contaban las historias. La verdad es que siempre fue un espadachín aceptable, pero de eso habían pasado ya varios años. Aun así, la adrenalina del momento alimentó su brazo y su hombro para bloquear de revés mientras que con su mano libre liberaba una extraña daga con dientes por un lado de la hoja la cual enterró sin mayor problema en el hombro de su atacante. El soldado chilló y soltó la espada para cubrirse la herida, la que rápidamente se llenó de sangre.
Estos chicos son unos novatos. —Dijo con una media sonrisa al notar que aún poseía el toque.
Pero no se quedan cortos de energía —vociferó Falqued, al notar que se acercaban seis más.

Theminis afianzó los pies en el suelo mojado, mientras el frío se iba quedando atrás. Detuvo la primera hoja sin problema, pero se tuvo que alejar a trompicones de la segunda y la tercera, usó la daga para interceptar un mandoble que provenía desde su izquierda y con un ágil movimiento de muñeca logró desarmar a uno de los soldados, Falqued levantó una columna de humo que encegueció a todos los soldados a su derecha, mientras Theminis agitaba su espada que nunca se encontraba ociosa. Encontró un espacio entre la defensa de un muchacho a su izquierda y le hirió el brazo hasta la muñeca para luego volver en dirección contraria, abriendo una grieta en su pecho descubierto.
Apenas habían vencido a unos cuantos y quedaban muchísimos más. El fragor del combate se combinaba con el sonido de la lluvia que tamborileaba sobre sus hombros. Un joven mercenario se lanzó con más fuerza que táctica, siendo detenido por la espada del noble. Varios otros soldados venían tras de él, Falqued pronunció una palabra y decenas de duendes de fuego salieron despedidos de su boca, llenando el cielo por algunos segundos de un bello espectáculo que captó la atención de las docenas que se acercaban a ellos. Los duendes se apagaron casi de inmediato, librados del hechizo, los soldados avanzaron.
Mierda.
Theminis dio un largo suspiro, lamentablemente ya se había cansado. Su estado físico no era el óptimo para estas cosas. Miró malhumorado cómo se acercaban los jóvenes soldados, algunos con espadas resplandecientes por la lluvia, otros con armaduras de cuero o de acero, todos empapados. Le llevó un momento darse cuenta que lo que vibraba en su pecho no era su tos. De pronto el rugido adquirió tal fuerza que le heló la sangre y lo obligó a mirar al norte.
¿Fuiste tú Falqued? —El soldado más próximo a él susurró Cabeza de Trueno, y soltó la espada—. Falq, espero que hayas sido tú.
Falqued lanzó el siguiente hechizo que tenía preparado, pero también resultó ser una chapuza y la magia que había realizado salió disparada en forma de mariposas color carbón.
No he sido yo.
En la plaza de entrenamiento todo pareció dejar de moverse, y el caer de la lluvia fue el único sonido que embargó la estructura por algunos segundos. Luego sobrevino el segundo rugido, y un pequeño temblor que remeció a cada alma en Tirian-Le-Rain como una hoja al viento.


Aulenor vio como los soldados comenzaron a correr en desbanda, tratando de poner toda la distancia posible entre ellos y el nido de wyverns. Eran docenas los que venían hacia él buscando una salida que se encontraba bloqueada por gigantescos bloques de piedra, muchos de ellos dejando sus espadas de madera o acerco atrás, pues ahora no eran más que un lastre.
Como el murmullo de un titán, la carrera del wyvern hacia la salida del nido destrozó el interior del edificio y echó abajo las puertas cuando salió con las alas abiertas hacia la plaza, gruñendo de odio y dolor a medida que su cuerpo se cubría de verdes raíces. Sus escamas se ribetearon de verde esmeralda. Sus fosas nasales despidieron una gran nube gris y al instante una flama de más de diez metros de largo salió despedida de su boca, carbonizando a los soldados más cercanos e incendiando al resto, que como poseídos por demonios, danzaron por el patio, rodaron y buscaron la lluvia para apagar las llamas verdes que los cubrían.
El wyvern continuó creciendo en tamaño y ferocidad junto al extraño matiz selvático que su cuerpo adquirió, para finalmente quedar del mismo tamaño que la universidad.


Las rocas alrededor de Aulenor parecían sombras oscurecidas por la lluvia, subir a una de ellas parecía una buena idea, pero la multitud lo alcanzó antes de poder reaccionar. De pronto se vio levantado por una masa de hombres que gritaban y se revolvían buscando una salida totalmente bloqueada. Alguien le dio un codazo en la cabeza al tratar de pasar por sobre él, el nagar se tambaleó hacia un lado y recibió un pisotón en la cola y un empujón que lo hizo caer de rodillas. Al tratar de levantarse alguien le piso la mano. Entonces sintió un asfixiante calor por sobre él, y el olor a hierro caliente le llenó la nariz.
Un silencio extraño llenó sus oídos, pues la lluvia había cesado algunos segundos. Luego sobrevino un apabullante coro de gritos y chillidos de quienes se encontraban a su alrededor. Para cuando liberó su mano y se levantó más de la mitad de los soldados que había a su alrededor estaban ardiendo como antorchas verdes.
Al alzar la vista las rocas humeaban rojas donde las había tocado la flama del wyvern, y los soldados que no habían sido alcanzados agarraban sus armas y se herían entre ellos mientras corrían de un lado a otro buscando otra salida, completamente enloquecidos de miedo.


Frank Morgan no había visto algo así en su vida. Ni siquiera las llamas que habían consumido su casa eran tan siniestras como las que brotaban de aquel guiverno furioso. Paralizado de terror, el pistolero se vio envuelto en un mar de gente que huía de la colosal bestia a medida que ésta agitaba sus alas y lanzaba columnas de fuego por su boca.
Un soldado envuelto en fuego corrió hacia él, obligándole a reaccionar, se apartó mientras varios más pasaban a su lado, dando empujones mientras buscaban alcanzar la salida. Entonces una gigantesca llamarada surcó el cielo directamente hacia donde se encontraban ellos.

Lo siguiente que vio luego de abrir los ojos fue el húmedo suelo de piedra. Varios soldados pasaron sobre él, pisoteando su espalda y piernas. Se trató de levantar cuando oyó un gimoteo junto a su oído y algo cayó sobre él. Se quitó a un muchacho malherido por su propia espada mientras corría, se puso de pie y se miró las manos al notar el líquido caliente en sus manos. La sangre del muchacho pronto se adquirió un tono rosado por la lluvia.
Sin darle tiempo de reaccionar, la segunda embestida llegó hasta él. Al no hallar salida los soldados corrieron en dirección contraria al sembradío de rocas. La multitud se partió en dos para buscar un sitio al que huir, cada cual huyendo hacia los costados de Le-Rain.
Y en el centro, el gigantesco Zmey rugía asustado y dolorido luego de haber sufrido su transformación. Escupió fuego al cielo, deshaciéndose de las últimas Margas que quedaban sobrevolando, y avanzó hacia la Universidad. Enceguecido por el dolor atacaba a los enjambres de humanos que corrían de un lado a otro, pasó por sobre una docena que se había quedado rezagada, volviéndola una masa sanguinolenta de carne y acero retorcido.


Theminis enfundó lentamente su espada y su daga, y miró a Falqued, desconociendo el rostro ajado del hombre que lo acompañaba.
Falqued. Hay que buscar una salida cuanto antes. Hay que regresar a tu alfombra… ¿Qué haces?
Apegados al muro que llevaba a las escaleras y a Atrapaalmas, el aprendiz se arrodilló para buscar algo dentro de sus petates.
Tendré que hacer esto un tanto antes. Pero creo que la situación lo amerita. —Dijo con voz nerviosa mientras echaba fuera de su bolso de cuero botellas, ropa y libros.
¿A qué carajo te refieres? —Vociferó el noble.
Finalmente el aprendiz de mago sacó una sucia caja que alguna vez fue blanca de entre sus pertenencias. La diminuta caja cabía entre sus manos, la dejó en el suelo y limpió de una mancha dudosa el pergamino atado a su alrededor.
¿Qué es eso? —Preguntó el noble con auténtica curiosidad.
Es un pergamino con la misma runa que inscribí en la puerta de la universidad para evitar que la abrieran. Una manera de que sólo la persona necesaria pueda abrirla. Y también para evitar que algo se abra.
Joder. Me refiero a la caja.
Ah, pues —el aprendiz acercó la caja a la cara y susurró—: Rodrik es el rey más viejo que ha vivido sobre La Colina de Hierro.

El pergamino se desanudó lentamente, cayendo por un costado de la caja. Acto seguido, la tapa se abrió hacia fuera como si la hubieran golpeado con un puño desde dentro. Theminis, que luego de todo lo ocurrido pensó que ya no le quedarían migajas de impresión en su interior, dio unos pasos atrás sin habla. Desde dentro de la pequeña caja había surgido un…
Strindgaard.
¡¿Un demonio?!
Un garbo encapuchado envuelto en una capa negra como hollín posó los pies en el suelo de piedra y observó el alto muro. Luego se giró para observar a los hombres con una daga en la mano.
¿Dónde está? —Su voz apremiante y llena de odio le pareció más una orden que una pregunta al noble. Los ojos del demonio brillaban azul pálido en un rostro gris como de porcelana craquelada enmarcada en un aura negra que profería su capucha.
En lo alto del muro —apuntó Falqued con la mano hacia arriba de ellos—, pero, te he liberado antes. Es por una razón más importante. —Dio un paso a un lado para que el recién llegado pudiera apreciar en toda su magnitud lo que los rodeaba.
El demonio frunció el ceño al ver el escenario general. Los soldados se encontraban algo alejados de ellos, pero aun así eran un peligro. Luego estaban los destrozos, y en medio de ello, un colosal guiverno que destruía todo a su paso, avanzaba lentamente hacia la izquierda de ellos, moviendo su cola como un látigo mientras se alejaba.
¿Y ese dragón? —Quiso saber el demonio mientras enfundaba su arma— ¿Es producto de la magia?
Me parece que es más bien un wyvern —Falqued  se rascó la barba, contrariado—. Y sí, definitivamente es por la magia.
¿Qué mierda sucede Falqued? ¿Qué coño es esto, es tu amigo? —Chilló Theminis van Luthar.
Si llega a la Universidad puede destruir el talismán. —Dijo el aprendiz, sin prestar atención al noble.
Y nuestra ventaja se perdería. —El demonio miró hacia lo alto del muro—. Deben detener al dragón, yo iré a por ella.
El noble se interpuso entre el aprendiz y el demonio hecho una furia.
¡Falqued! ¿¡Qué pasa aquí!?
El aprendiz pareció sorprendido de hallar al noble allí. Trató de articular una explicación, sin mucha efectividad.
Pues. Theminis, te presento a Strindgaard. Es… un demonio, pero, él, él no es de los malos —trató de decir el aprendiz—. Está aquí para detener a Atrapaalmas. Al igual que nosotros.
Theminis desenvainó su espada y se entresacó de su chaqueta un colgante con una diminuta botella con agua cristalina que tiró y alzó frente a la cara gris del demonio. Cuando lo hizo le pareció oír el bufar de un gato cerca de él, pero lo obvió.
¿Cómo sabes eso, cómo sabes que no busca deshacerse de ella para luego ocupar su lugar? ¡Por Symias y Dianthe! ¡Es un demonio! ¡¿Cómo es posible que confíes en lo que dice?!
Falqued se cubrió la cara con una mano, buscando una explicación.
Es más difícil y largo que explicar. Quiere matar a Atrapaalmas porque
Quiero matar a Atrapaalmas. Eso es todo lo que tienes que saber. Ahora, ¿con qué fuerza contamos? ¿Cuántos de tus amigos llegaron?
Unos cuantos. —Falqued miró a su alrededor—. Pero con este caos ya no sé dónde están todos.
Joder. —El demonio tanteó la situación y finalmente dijo—. Tendremos que improvisar. Sube conmigo, quizá tengamos una oportunidad.
El aprendiz miró a su noble compañero, le dedicó una mirada de disculpa. Iba a comenzar a subir la escalera, pero éste se interpuso entre los escalones y ellos.
Falqued, esto se ha salido de todos los márgenes existentes. Ya no es una locura, no es algo que siquiera pueda llegar a tener nombre. ¿Qué has hecho? ¡Dios! ¿Qué has hecho? —El noble apretó su espada con fuerza—. Siento que estamos abriendo un nuevo Foso Negro —Van Luthar apuntó con la espada al demonio, luego al aprendiz—. Lo siento, pero esto no lo puedo tolerar. No lo puedo perdonar.
Theminis se preparó para atacar.
¡Espera! ¡No lo hagas!
El demonio abrió su capa y mostró varias dagas en su cinturón.
No me hagas perder el tiempo.
Theminis, Theminis. —El aprendiz se acercó a su amigo hasta que el filo de la espada le tocó el pecho—. El Foso lo abrirá ella. Si despierta a los demás Tomados será el fin de Noreth como lo conocemos. Debes confiar en mí. Este demonio busca vengarse de ella, esa es la verdad.
Theminis van Luthar pareció dudar.
¿Y tú, por qué le ayudas a él? —Quiso saber.
Yo, yo debo ayudarle… porque es mi deber.
¿Tu deber? —Preguntó el noble con rabia—. Habla claro, viejo chiflado.
Atrapaalmas. —A Falqued le costó decir las siguientes palabras—: Yo la he liberado. Yo la desperté. Lo siento. De verdad lo siento.
El aprendiz comenzó a llorar en silencio. El noble aventurero observó al demonio para luego perder sus ojos en la matanza que adornaba la plaza de entrenamiento.
Theminis van Luthar bajó la espada. Su rostro parecía infinitamente más cansado que hace unos segundos.
Viejo loco. Sube. Yo debo detener un dragón.


¡Que no alcance la Universidad! ¡Que no alcance la Universidad! —Se oyó gritar bajo el rugido del guiverno al noble Theminis van Luthar mientras corría hacia la bestia por su retaguardia con la esperanza de que al menos los magos y quienes acompañaron a Falqued en aquella loca travesía lo pudieran escuchar.
La ligera lluvia había mojado el lomo y las alas del wyvern haciéndolo parecer una tundra andante. Cerca de sus enormes patas Banquo y Mort eran los únicos que quedaban amparados a un alto nogal de jovenes hojas, arrastrándose junto a un anciano Strawberry con un arbusto de helecho bajo las piernas.
Hay que ayudar al noble. —Dijo Banquo.
Ve, yo me quedaré con Straw.
Acercadme al wyvern. —Logró decir el anciano con un hilo de voz.
¿Strawberry? Está delirando. Llévatelo.
No —dijo el anciano, aferrándose a la túnica de Banquo—. Yo lo conozco. Fui criador de muchos de los guivernos que les vendieron a Tirian.

En ese momento llegó Theminis casi sin aliento.
Debemos detener a esa cosa, no puede llegar a la Universidad —hizo una pausa para recuperar el aliento—. Destruirá una, un talismán de no-sé-qué. Mierda, deben ayudarme.
Straw —dijo Mort—. Él puede hacerlo. Hay que cargarlo hasta el dragón.
¿Qué? ¿Cómo? —quiso saber el noble.
Zmey. Yo lo crie y cuidé hasta que lo trajeron hasta aquí. Me reconocerá, estoy seguro.
Van Luthar aún respiraba agitado. Miró al guiverno avanzar lentamente hacia la Universidad mientras los soldados corrían despavoridos a su alrededor.
Mierda. Hay que intentarlo.



El mal es un punto de vista.
avatar
Strindgaard

Mensajes : 657
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Strindgaard
No todo el que anda errante está perdido


Nivel : 6
Experiencia : 2381 /3000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Vanidad el Dom Mar 25, 2018 7:03 pm

Cada vez estaba más cerca. La diablesa giro sobre sí misma en sentido contrario a las agujas del reloj, dejando que la lanza dirigida hacia ella se deslizara por el escudo y sesgando el cuello con la otra mano aprovechando la inercia. A uno de esos idiotas se le cayó el escudo y ella saltó de inmediato a por él. Claramente era un novato, puede que en otras circunstancias simplemente lo hubiera tirado por las escaleras, para darle una vaga oportunidad de vivir, pero ahora no era el momento. Tenía las manos ocupadas y quería reducir las transformaciones al mínimo, no solo para no arriesgarse, sino para sorprender a esa estúpida hechicera.

Esta le hablo con una voz de hombre, casi anciana. Luzbel se paró en seco, no debido a la sorpresa, sino por lo que sacaba de ella. Sus… técnicas eran diferentes, y esa manera de devorar almas le recordaba a otra, una muy problemática. Chasqueo la lengua molesta al recordar a ese irritante demonio de las máscaras. Entonces quedo cegada.

La buena noticia era que no se trataba de magia divina, se habría retorcido de dolor si hubiera sido el caso. Pestañeo rápidamente para recuperar la visión justo a tiempo para ver como esa magia se esparcía cual fuegos artificiales, zigzagueando en caóticos patrones. Otro fallo, no tenía que preocuparse, se encargaría de esos cuatro capitanes y masacraría a la hechicera. Entonces lo notó.

Se sentía…rara, pero seguramente menos rara que ese pobre capitán, Fenris, al fin y al cabo, ella entendía esa sensación, era una transformación forzada, lo que era malo, pero como de malo dependería del resultado final, por lo que miro atentamente a ese pobre capitán…que empezó a cubrirse de musgo. Plantas… podía arreglárselas. Dio un paso… y allí se quedó. Bajo la mirada con algo de esfuerzo y vio su piel enraizado, mientras pétalos de rosa caían a cada movimiento de su cabeza, mientras espinas se clavaban en su cuello. Ese era el pie del escudo, y aunque podría habérselas arreglado aunque hubiera estado obligada a pivotar alrededor de ese pie, pero no podía moverlo en absoluto, así que no lo dudó ni un segundo, a duras penas las raíces se hubieron arraigado había intentado mover el pie, y al fallar, las cortó en seco, inmediatamente.

Dolía, por supuesto, por un momento vio sus estrellas a medida que su visión se enturbiaba, eran parte de su cuerpo al fin y al cabo, pero sobreviviría. Y claramente recuperar su movilidad era la elección adecuada en cuando vio como de… algún lado se alzaba un gigantesco dragón de musgo. “Puede que solos sea un wyvern granducho” dijo su vocecilla en su cabeza, pero entonces escupió fuego verdusco… dragón en su libro. Si sumabas el dragón a esa siniestra bola de gelatina come-hombres que veía hacia el fondo y a ese tipo que acababa de aparecer de la nada, no estar arraigada al suelo era realmente la mejor opción, necesitaba ser capaz de echar el vuelo por si acaso.

Se moría de ganas de echar el vuelo y enfrentarse al dragón, pero tenía a cuatro enemigos y un demonio devora-almas delante, no podía simplemente irse ante los cabecillas enemigos, no sin quedarse sus cabezas primero al menos.

Avanzó súbitamente ante uno de los capitanes, el segundo por la izquierda, que interpuso el escudo para frenar su ataque… que nunca llego, puesto que realizó un quiebro para dirigirse al capitán cara-musgo, el ultimo por la izquierda, vulnerable ahora que no tenía la espada en la mano. Tal como esperaba, uno de sus valientes compañeros la intercepto, y ambas armas chocaron… lástima que ahora que estaba ocupado con ella, no pudiera evitar que Freki se abalanzara sobre él y simplemente… lo lanzara de la muralla.


Spoiler:


Por más que corras, por más que te escondas, Invitado, tu alma acabara siendo mía
avatar
Vanidad

Mensajes : 350
Link a Ficha y Cronología :
Vanidad


Nivel : 6
Experiencia : 800 /3000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Frank Morgan. el Dom Abr 15, 2018 12:25 pm

Fuego. Mucho fuego. Creo que había pasado algo más antes. Recuerdo asesinar a varios soldados enemigos, manchando el blanco de sus armaduras con el rojo de su propia sangre. Con pistolas o espadas, con tácticas "poco honorables"; pero nunca creí demasiado en esa mierda, así que hice todo lo posible para sobrevivir. Eso sí lo recuerdo muy bien. El rostro de un guerrero fornido, prepotente, confiado en sus habilidades, que observa con desdén o furia a un oponente que considera inferior...solo para mirarlo sorprendido y hasta traicionado cuando dicho oponente resulta tener uno o dos trucos letales bajo la manga. Conozco esa mirada, me la han dado demasiadas veces. ¿Qué puedo decir? Soy un hombre muy pragmático: me gusta salir vivo de una pelea. Pero todo se vuelve un poco borroso después de eso. En un segundo estaba terminando de rematar a un soldado con mi espada, y en el otro todo se puso oscuro. Pero no porque alguien hubiese apagado el Sol, ni nada parecido. Sino más bien porque una gigantesca figura lo había eclipsado. Eso ya fue una mala señal. “Muy pocas cosas pueden hacer eso Fue mi primera impresión, como si mi mente fuese tan hija de puta que ya desde ese momento me estaba torturando con la idea. Y si bien parte de mi hubiese preferido arrodillarse en posición fetal como si eso fuese a solucionar todo, mi lado racional era consciente de que así no iba a desaparecer el problema.

Así que, contra todos mis impulsos, me di la vuelta. Y si, era un puto dragón. Supongo que la idea de un gigante, de otra universidad cayendo, o de un eclipse repentino eran demasiado buenas para ser verdad. Y puede que ninguna sea particularmente bonita, pero todas vencen al dragón por un simple motivo: solo la lagartija gigante escupe fuego. No tuve tiempo para prepararme, ni física ni mentalmente; especialmente mentalmente. Podrían haberme dado una semana, un mes, un año o más y aun así no hubiese podido prepararme. Dicho simplemente: de la boca de esa cosa salió fuego. Y yo me quede duro como una roca. Fue todo en cosa de un segundo, y ni siquiera pude reaccionar. Si esa flama hubiese salido volando en mi dirección, soy muy consciente de que hubiese muerto de una manera horrible como todos aquellos soldados que fueron alcanzados. Eso lo recuerdo con total y absoluta exactitud. Lo recuerdo como quien recuerda su primer asesinato. Lo recuerdo por que más de una vez me he despertado de un salto de mi cama, sudando, con esa imagen como primera cosa en mi cabeza incluso antes de que abra los ojos. Entre los gritos agonizados de aquellos que no fueron lo suficientemente afortunados como para morir rápido resonaron por encima de la plaza, solo para ser rápidamente ahogados por los de aquellos que estaban demasiado asustados como para seguir luchando, y abandonaron las armas para echarse a correr hacia el refugio más cercano. Sobra decir que casi ninguno lo consiguió.

¿Y yo? Yo seguía ahí parado como un tronco; definitivamente no fue el mejor momento de mi carrera como caza recompensas. Solo podía ver las llamas cocinando los cuerpos de los soldados como si fuesen no más que leña. Recordé a ese hijo de puta que quemo mi casa con mi madre durmiendo adentro, y casi que desee que ese volviese a ser mi enemigo: podría matarlo de un tiro como la otra vez. Pero esta vez no me invadió la ira ni el odio; como dije antes, estaba muy ocupado intentado mover un musculo como para sentir nada más haya de puro terror. Además, mi madre tuvo un poco más de “suerte”, por así decirlo: ella sí pudo escapar. Yo mismo casi no lo consigo, de no ser porque uno de esos desafortunados vino corriendo en mi dirección mientras estaba envuelto en llamas. Por nada más que puro instinto me hice a un lado y el hombre siguió de largo. No sé bien que le paso: mis ojos se posaron en el dragón apenas recupere parte de mi capacidad motriz. Ni siquiera me importo recibir empujones de otros pobres diablos. Mi cuerpo fluía con la corriente mientras todos me pasaban de largo. Lo único que me importaba era esa fosa infernal. Así fue como pude ver el momento exacto en el que volvió a escupir fuego. Gracias a eso pude reaccionar lo suficientemente rápido (con el susto como motor principal, desde luego) como para tirarme al suelo, en la vaga esperanza de que el fuego me pasara por encima.

Cuando solo sentí un inmenso calor a mí alrededor, mas no un agonizante dolor, mi primera idea fue que había tenido la piedad de una muerte rápida. Una vez más, otro enemigo me devolvió a la realidad. O grupo de enemigos, mejor dicho: muchos de los soldados que por uno u otro motivo no habían sido alcanzados por las llamas pasaron corriendo por encima de mí en un intento de salvar sus vidas. Por fortuna llegue a cubrirme la cabeza con las manos, y la mayoría solo me paso por encima de la espalda. Sin duda se sintió el dolor, pero mi chaleco ya me ha protegido antes de patadas de caballo sin mucho daño, así que unos cuantos mercenarios asustados pasándome por encima no me daño mucho. Hice un intento de levantarme, pero alguien me lo impidió. Un joven cayó a mi lado, malherido. A juzgar por lo que vi, se había herido con su propia espada. Error de novato, sujetar mal la espada mientras se corre. Si no la vas a usar, lo mejor es enfundarla, y si no puedes, al menos intenta alejar la punta lo más posible de tu cuerpo. Él me vio por unos segundos, como pidiéndome que salve su vida. Estaba por encima de mí así que no me fue muy difícil tomar mi espada, que se encontraba en el suelo a mi izquierda, asestando un rápido y letal golpe en su cuello. Una muerte piadosa; le hubiese llevado mucho más morirse de otro modo. Quizás hubiese preferido salvar su vida, pero no tenía caso: su herida era demasiado profunda, no tenía con que sanarlo en ese momento y por más joven que fuese, seguía siendo un enemigo.

Apenas tuve tiempo de levantarme antes de que otro maremoto de gente me cayera encima. Definitivamente no fue un buen día. Al menos esta vez la multitud se dividió fácilmente; cuando se dieron cuenta de que el fuego venia en esa dirección, todos se apartaron. Yo personalmente no tenía muchas ganas de quedarme allí, de modo que escapé. Desde luego, mate a cada soldado que se me cruzo por el camino. Por un lado, seguíamos en una pelea, y ellos seguían siendo el bando contrario. No use mi pistola, sino mi espada; no tenía por qué gastar balas, de todos modos no estaban atacando. Un golpe por aquí, un corte por allá, y de pronto ya había salido. De una u otra forma tenía que abrirme camino, y andaba apurado como para andar con cortesías. Muchos de ellos no estaban desarmados, así que se dieron cuenta de que cargar contra mí no era una buena idea. Entre todo ese desastre, no pude evitar ver a una persona: Falqued. Entre tanto bruto con armadura, la figura del viejo resaltaba. Y parte de mi sentía la tentación de meterle un tiro por meterme en ese embrollo. Pero de nuevo, mi cerebro intervino, y me sugirió amablemente que matar a la única persona que podía sacarme de allí vivo era una mala idea. Me costó un poco llegar; mucha gente agresiva en el camino. Bastante paso entre que llegue de punto A hacia punto B. Una figura encapuchada apareció (literalmente apareció), hubo varias discusiones que no pude escuchar por estar demasiado ocupado intentando no perder la vida, y luego el hombre con la espada bonita salió corriendo hacia el dragón, gritando que teníamos que evitar que llegase hacia la Universidad.

Parte de mi quiso escapar; casi todo yo quiso escapar. Buscar refugio entre los cadáveres, o apartar gente a base de golpes hasta encontrar una salida. Volver corriendo a la Universidad y buscar acilo. El dragón me asustaba; me aterraba el fuego que exhalaba. No había mucha ciencia, ni me consideraba un cobarde; era mi más grande miedo, nada más. Casi me quiebro en ese momento. El dragón iba a llegar al edificio tarde o temprano, nadie podía detenerlo. Ocultarme entre los cadáveres no serviría de nada, simplemente acabaría aplastado. Y si aun había tanta gente gritando en la plaza era porque las salidas no abundaban; las que si existían estaban abarrotadas de gente que estaba demasiado asustada como para hacer una fila ordenada. No había salida, ni forma de escapar. No podía enfrentarme a esa bestia, ni de broma. No pude evitar volver a pensar en mi madre, pero esta vez no a modo de flashback. Pensé en su condición física. Pensé en quien le alimentaria, quien le llevaría dinero y pagaría su tratamiento. Nadie, era la amarga respuesta. Ella dependía de mí. Y yo estaba a punto de morir allí. Supongo que fuese pensamiento el que me dio fuerzas. La idea de que la primera vez que alguien la daño yo no pude hacer nada para evitarlo, solo para mitigar o compensar el daño. Pero en esta ocasión yo podía hacer algo: luchar como un loco y sobrevivir. Volver a casa con dinero para el tratamiento médico, como siempre. No necesite mucho más motivo, la verdad. Sentirme impotente ya era malo ¿Pero condenar a mi madre porque estaba demasiado ocupado meandome encima cual niño como para seguir vivo? Ni de broma.

Sopese mis opciones. Por un lado, podía ir a ayudar a Falqued con cualquier mierda que tuviese encima. Por otra, correr hacia el dragón….hay que ver que dice del viejo mago no solamente el hecho de que tuviese que sopesar esa opción siquiera, sino que encima terminase pensando que ir a por la lagartija llameante era la mejor opción. Al menos desde ese ángulo no corría riesgo de que el fuego me llegase. Y por otra parte…magia…y Falqued…figura misteriosa…a día de hoy creo que tome la mejor elección. Llegue justo para escuchar el plan: llevar a un viejo malherido hacia el dragón bajo la esperanza de que lo reconociera por que, aparentemente, el viejo lo había criado de bebe ¿Aun era muy tarde como para volver con Falqued? No, ya estaba demasiado lejos.

Un tiro de mi arma le destruyo el cráneo al soldado más cercano que iba hacia el grupito; espero que haya sido una mejor presentación que la última que tuve que hacer.- Supongo que es mejor que nada.- Masculle mientras cargaba otra bala en mi pistola.- Les ayudare a abrirnos camino, pero hay que apurarnos. Entre las llamas y los soldados enloquecidos, no tendremos muchas oportunidades de acercarnos.- Tenia una pistola en cada mano; cuatro tiros en total antes de recargar. Mi espada y mi cuchillo estaban en su funda, y todavía tenía dos granadas; planeaba usarlas si se juntaba mucha gente. Cada quien tenía que aportar lo suyo.
avatar
Frank Morgan.

Mensajes : 21
Link a Ficha y Cronología : Frank Morgan

Nivel : 1
Experiencia : 200 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Aulenor el Lun Abr 16, 2018 1:06 am


__La sangre le corría por entre las escamas  del brazo derecho y la cintura. El escamado estaba descubriendo a por las malas que luchar contra animales no era lo mismo que luchar contra guerreros entrenados que también usaban acero. Hasta ahora solo había conseguido defenderse, ya que cuando comenzó a comprender los momentos de abertura de su rival, un compañero de este se unió a la refriega, y desde entonces el escamado había estado en desventaja numérica.
__Al menos, lo que quiera que fuera aquella masa violeta mortal que había invocado bloqueaba con éxito el acceso a la armería. Por desgracia, pronto iba a tener que huir él mismo de ella si no quería acabar como todos los guerreros que habían tratado de enfrentarla hasta ahora.

__De pronto, un estruendo estalló a su espalda. Una de las gigantescas paredes de roca que conformaban el patio había caído entera y había sido reemplazada por una ola de llamas esmeraldas desde detrás de la cuál un gigantesco dragón vegetal se alzó rugiendo en su camino hacia el campo de batalla.
__No hubo mucho tiempo para reaccionar, ya que antes de que cualquiera pudiera apartar la vista de verde criatura, una miríada de hombres aterrorizados se lanzaron en estampida a la huida, tratando de escapar del mar de llamas y gritos agónicos que había traído consigo.

__Aulenor quedaba justo en la posición contraria al dragón y vio como aquella avalancha humana se le venía encima, pudiendo hacer poco para evitarla. Ser tan pequeño no ayuda en estos casos. Trataba de subirse a una piedra cuando a uno de aquellos espantados le impactó, tirándolo de nuevo al suelo. Se vio entonces arrastrado por la muchedumbre, que lo alejaba del wyvern para acercarlo a la bloqueada puerta de la armería y con ella, a aquel monstruo morado.
__Trató de escapar. Alguien le propició un codazo en la cabeza que le hizo tambalear, luego recibió un pisotón en la cola y finalmente volvió a caer al suelo de un empujón. Trató de levantarse, pero fue pisoteado por tres tipos y acabó por cambiar de plan y reptar hasta detrás de uno de aquellos restos de muro. Otro recluta de las Armaduras Blanca pasó corriendo a su lado y aunque tuvo la deferencia de no pisotearle como los anteriores, no debido de verle tampoco, porque arrojó la brigantina en llamas de la trataba de deshacerse justo en su dirección. Una vez más, el escamado agradeció ser resistente al fuego, ya que pudo quitársela sin lastimarse. Sin embargo la prenda le tapo la visión y fue derribado por tercera vez. Un escudo de lagrima dejado atrás le cayó encima y le salvo de ser pisoteado de nuevo y de lo que es más importante, de una nueva llamarada que con su brillo verde calcinó todo en su dirección, incluso al último que había pasado sobre él quién se derrumbó a medio metro de su cabeza completamente ennegrecido. El olor y su experiencia en ese campo indicaban que se había asado de más.
__Finalmente se alzó, tan magullado como si hubiera caído de una montaña. Al menos había conseguía recoger su espada y ponerla a buen recaudo. Pero ahora, rodeado de llamas verdes, con una nueva ola de humanos dirigiéndose hacia él tras haber esquivado los ataques de la criatura, y  con el sonido de la terrible masa morada devorando a su espalda. Tenía que huir de allí.

__Echó a correr, saltando entre las rocas como si fueran los pedregales de Daulin. Sus brazos le dolían, el corte en el costado le ardía a cada movimiento, podía sentir toda su cara y cola palpitando después de haber sido pisoteado. Pero no importaba, se sentía bien incluso, los movimientos eran automáticos, hacía demasiado que no se movía así. O eso pensaba.
__Pero al final, el dolor superó a la necesidad, y su brazo le falló, seguido de su pierna. Rodó por la tierra y acabó chocando contra él muro de la universidad. Al menos había estaba fuera de la ruta de huida de aquellos locos.

__Pero las sensaciones nostálgicas no habían acabado aun. Se estaba permitiendo un instante para regodearse en sus heridas y, sobre todo, en el dolor de la última caída con su consecuente impactó, cuando lo oyó. El dragón rugía otra vez mientras echaba fuego por sus fauces, pero aquel rugido tenía... un deje de dolor. Mientras emitía aquel aliento parecía asfixiarse y antes de después de cada uno de aquellos gruñidos había un gemido.
__Lo observó detenidamente. Solo tenía dos patas y dos alas, aquello no era un dragón, era un wyvern. Pero nunca había visto uno tan grande ni tampoco tan... Se dio cuenta entonces, de que aquellas cepas verdes le estaban creciendo alrededor del cuerpo, tapando sus escamas y aumentando su tamaño, el wyvern estaba atrapado debajo.
__Un ultimó gruñido acabó por decidir al nagar, tenía que ayudarlo, la batalla parecía haberse detenido por su aparición, no pasaría nada porque se detuviera un instante para ayudarlo ¿verdad? Sabía que le había hecho una promesa a Tarot, pero no podía dejar a aquella criatura así.

__Se encaminó hacía él, empuñando de nuevo su espada. No estaba muy seguro de cómo ayudarlo, pero probaría todo lo que se le ocurriera. Esta vez, su estatura si ayudo, era demasiado pequeño como para percatarse de él en medio de un campo de batalla lleno de gente gritando y corriendo, no le fue difícil alcanzar las patas del wyvern por el costado de éste. Ni siquiera tuvo que exigirse demasiado.
__Una vez junto a él, probó la primera teoría, y trató de cortar uno de los tallos que crecían por su cuerpo. Un ensordecedor quejido, junto con un la mirada del wyvern clavada en su dirección, le indicó que no había sido buena idea, esas cosas debían de estar conectadas a su cuerpo de alguna forma, le dolían. Sin embargo, de la raíz no salió sangre, como si parecía manar de las heridas que le habían conseguido hacer en las zonas escamadas, sino savia. Estaba claro que eran ajenos.
__La cabeza de la criatura se le acercó peligrosamente, y Aulenor no tardo en poner entre medias la pata para no ser devorado o calcinado. Comenzó a escalar por la parte trasera de aquella con movimientos ágiles y saltos en los momentos propicios, sujetando la propia espada con los dientes a falta de tiempo para enfundarla, enganchandose con su cola mientas clavaba sus oseas uñas entre los espacios de tallo y tallo en su ascenso. Todo esto mientras el wyvern trataba de zafarse de él agitando furiosamente las extremidades.

__Una vez traspasó la cintura y llegó al lomo, todo fue mucho más fácil. Pudo incluso permitirse darse un respiro para guardar el arma y lamerse un poco las heridas. Poco podía hacer la criatura para quitárselo de encima en una zona tan complicada de acceder, por no decir el plus de seguridad que daba tener ramas a las que sujetarse.
__Así pues, el escamado consiguió llegar hasta la cabeza fácilmente. Una vez allí se colocó frente a los preciosos ojos jade de aquella criatura, casi tan grandes como la cabeza del nagar, ahora enterrados entre cepas que los rodeaban y que apenas dejaban ver las escamas contiguas en el fondo. Estaban furiosos. Furiosos, afligidos y confusos.
__Al verlo, el wyvern agitó con fuerza la cabeza, Aulenor casi no tuvo tiempo de aferrarse al cuerno para no ser despeñarse. Pero de a poco consiguió ir acercándose en cada balanceo de la cabeza hacía el oído de la criatura. Y una vez allí, fijado a los ahora leñosos cuernos, abrió la boca e imitó tan alto como pudo aquel sonido que su hermano hacía cada vez que quería llamar la atención. Bramando una y otra vez hasta que dejo de balancear la cabeza.
__Una vez el movimiento se hubo detenido, el nagar saltó hasta el hocico, sentándose sobre él y, tras comprobar que el animal le observaba, colocó su cabeza contra la frente de éste, allí donde todavía sobresalían escamas que el lagarto pudiera notar. Esto pareció tranquilizar de alguna forma al animal, que dejó de rugir y atacar para pasar a bufar, receloso.
__-Tranquilo. Quiero ayudarte, tranquilo.
__Aulenor alzó la cabeza y la reemplazo por su mano, que mantuvo aquella posición en la frente mientras el nagar se estiraba de nuevo hacia los oídos de wyvern tratando de llegar hasta las pocas escamas que aún no habían sido sepultadas en su cuello, acariciándolas mientras emitía un simple arrullo parecido a aquel sonido que su wyverna madre emitía cuando aseaba a su hermano de pequeño.
__Los ojos de ambos escamados se encontraron de nuevo y esta vez parecieron entenderse durante un instante. Pero entonces, las pupilas del wyvern se dilataron y éste alzó la cabeza aullando un terrible un rugido de dolor en un movimiento inesperado que devolvió al nagar al suelo con dolor. ¿Qué narices lo qué había pasado?
__La inconfundible voz de cierta anciana trajo algo de claridad sobre lo acontecido, dándole al nagar persona a la que maldecir.
__-Ven, drago drago drago.


Fin del comunicado
avatar
Aulenor

Mensajes : 339
Link a Ficha y Cronología :
Aulenor
Las Andanzas de Aulenor

Nivel : 4
Experiencia : 300 / 2000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Croatoan el Lun Abr 16, 2018 11:05 pm

Ajena a todo a su alrededor, estaba Nyami. Bueno, técnicamente, no era del todo cierto, pero desde luego así lo parecía. Los temblores producidos por las patazas del dragón, por ejemplo, eran extraordinariamente molestos para ella, ensordeciendo las pisadas del resto de presas, más alcanzables y cegándola parcialmente. Pero solo parcialmente, y por suerte sabia crear ojos, como pudo atestiguar una de esas comidas-que-vienen, cuando un tentáculo gelatinoso le paso por las piernas, se asentó en su espalda y lo empujo hacia la masa central, armadura incluida, volviéndose, posiblemente, lo más cercano a un caramelo envuelto en papel de aluminio que había tenido jamás ese plano…y seguramente tendría en al menos los próximos siglos. Un único ojo amarillento y rasgado observo la comida, menguante por momentos ahora que estaba siendo digerida, ese… ¿hombre? Todos lucían iguales para ella, pero decidió que así era, por el sabor, más intenso. La piel, ligeramente morena, fue lo primero en desaparecer, en jirones cada vez más abundantes, lo que incluía las pupilas, por lo que los ojos sufrieron el mismo destino a continuación. Músculos y grasa fueron lo siguiente prácticamente simultáneamente, junto al pelo pelirrojo del hombre, creando burbujitas de espuma y bolitas respectivamente, esas eran las partes más sabrosas. Las tripas y órganos se disolvieron en un santiamén, pero solo el hígado era de interés para la slime por su sabor. En nada, su presa había quedado reducida a un esqueleto impoluto, la envidia de cualquier practicante de medicina o nigromante, un esqueleto aun vistiendo una armadura de placas, eso si. Al menos, el papel de aluminio habría sido más ligero, y lo habría protegido exactamente igual que esa armadura de la horrible mezcla de jugos gástricos y magia profana del cuerpo de la slime.

Posiblemente, probablemente, no era una experta en la materia, una experta en nada en realidad, salvo en desenvolver caramelos al parecer, como pudo atestiguar el siguiente desafortunado, aunque esa vez no llevaba metal, sino pieles, “cweeee-roooo” recordó una parte de ella, ahora que había crecido un poco y gozaba de más núcleos. Le sirvió un poco más, al agarrarse firmemente a su cuerpo, sus jugos no pudieron deslizarse por los huecos. Pero seguramente ese pobre hombre no se sintió tan afortunado, porque eso le permitió gozar de unos segundos extra de agonía a medida que era digerido por fuera y por dentro en cuando cometió el error de gritar de dolor, abriendo la boca. El proceso de digestión era algo menos interesante ahora que lo había visto una vez y comprobaba que parecía ser exactamente igual, así que se centró en otra cosa, concretamente en la cara de la comida-que-viene. Lo clasificó como un hombre, sin pensarlo demasiado, total, una clasificación de genero era extraordinariamente artificial y confusa para una slime, que habría tenido más éxito clasificándolos por signo zodiaco o sabor… y era precisamente eso ultimo lo que ella interpretaba por género, y seguramente haría durante muchos años más, salvo que alguien consiguiera explicarle con éxito que “genero” no tenía ninguna relación con los sabores de sus integrantes, y que el hecho de que ambos coincidieran perfectamente era simplemente una casualidad.

Esa presa tenía pelo también en la cara, no como el otro, pero no solo eso, sino que el color también parecía ser diferente. No podía estar realmente segura, ya que su cuerpo era bastante violeta en ese momento y tampoco veía muy bien. Y hablando de ver, no pudo ver el color de sus ojos porque ya habían sido digeridos, lo que provoco cierto gorgoteo de indignación, que seguramente sonaron como unas gárgaras. La presa abrió la boca una última vez para gritar, lo que quedaba de esta al menos  No era como si importara lo más mínimo, en la baba, nadie te oía gritar…posiblemente, no estaba realmente segura, así que creo un núcleo-oreja para comprobarlo.

Tardo más segundos de los que cualquiera hubiera considerado normal en darse cuenta de que los esqueletos no emitían sonido, y habría tardado seguramente más si su cadena de pensamientos no hubiera sido acelerada por un espadazo, que rozo ligeramente su ojo. Un tentáculo amarró prácticamente por instinto el brazo culpable, y el autor de tamaña ofensa, fue el primero en los últimos minutos en hacer algo útil. Concretamente, soltar el escudo y dar manotazos a su tentáculo, separando su baba y efectivamente debilitando su agarre. Un segundo tentáculo fue a agarrar su cabeza, arrastrando accidentalmente una de las calaveras que iban acumulándose, que se estampo de lleno contra la cabeza desprotegida del muchacho. El chico quedo flácido, y alguien más inteligente que Nyami podría asegurar, viendo como había quedado la calavera, que le había partido el cráneo. Ella solo ronroneo mientras se autofelicitaba por su invención, acompañada de su sabroso premio asociado.

La cada vez más grande y, por lo tanto más lista slime había entendido una pequeña cosa, un simple concepto, pero tan importante, delicioso y trascendental que seguramente quedaría almacenado en su mente como una costumbre o un instinto cuando se encogiera. Podía usar las cosas que no podía comerse para atraer comida más rápido. Bueno, atraer no era la palabra correcta para atizarle un garrotazo a alguien y arrastrarlo hasta el cuerpo principal para comérselo, pero no se le podía exigir conocimientos lingüísticos a alguien que acababa de descubrir las herramientas y aún estaba sufriendo para averiguar por qué lado se cogía una espada.

Por el otro, dedujo usando toda su capacidad lógica, al contemplar su tentáculo cercenado en el suelo, que fue raudamente reincorporado, junto a la espada. Durante los siguientes minutos, pudo comprobar que había no-comida más útil que otra, aunque los soldados que recibían una bota en la cabeza en vez de un tentáculo no tenían tiempo de alegrarse o extrañarse, puesto que si la estampida humana provocada por lo que Nyami solo podía identificar como “comida grande y verde” no los arrojaba directamente contra ella, una combinación de tentáculos, armados o no con espadas, fémures, calaveras, costillas o incluso algún yelmo se aseguraba de que el superviviente fuera recolectado en varios grados de aturdimiento y empalamiento. Al fin y al cabo, la selección natural no era aplicable ante una slime hambrienta.

Nyami estaba a un tris de entender porque su genial idea no funcionaba cuando sonaba un “clank” cuando lo noto, interrumpiendo cualquier posible descubrimiento trascendental sobre metalurgia. Fuego, seguramente la primera palabra que había aprendido, esa y pan. No le gustaba el fuego, no le gustaban las cosas que la mordían a ella, especialmente si no podía comérselas. Así que como era lógico, dedico toda su atención a encontrar la fuente de ese fuego, que obviamente procedía de una fogata, pero tantos tentempiés le habían permitido alcanzar la suficiente sapiencia como para saber que esa fogata no había estado allí antes, así que tenía que haber salido de algún lugar, y su ojo se centró justo a tiempo para ver una bocanada verdusca saliendo de la cosa aún más verdusca.

Había algo común entre todas las especies, entre todas las razas, incluso una tan extraña como las slimes, una necesidad insuflada a través de milenios de sangrienta evolución. Competencia. Cuando los recursos escasean, el más fuerte se lo lleva todo. Cierto era que “fuerte” era relativo, al igual que competencia. Pero para una slime que empezaba a comprender la utilidad de pensar, y cuya única manera de pensar mejor era crecer más, esa bola verdusca escupe-fuego le estaba robando potenciales ideas tan deliciosas como la última, a la vez que lucía grande y sabroso. Cierto que era muy grande y escupía algo que realmente odiaba, pero por primera vez, estaba contemplando la posibilidad de no solo no huir de un peligro mortal (puede, solo puede, que eso fuera porque era la primera vez que era lo suficiente lista como para poder identificarlo como tal), sino de enfrentarlo de cara, era la primera vez que podía ver por delante de la siguiente presa y veía ante ella el sabroso futuro que podía traerle devorar algo tan grande.

Era una decisión muy importante, era consciente al menos de eso, así que se lo tomo con calma, pensando detenidamente, pero tan rápido como su simple mente le permitía. Mientras tomaba un tentempié, por supuesto, para desgracia de los soldados de la Aguja. Y quien decía uno decía varios…casi varias docenas en realidad. Con un ronroneo de satisfacción por haber tomado su primera decisión, avanzó hacia la cosa verde. Al fin y al cabo, la comida venia de allí, así que aunque decidiera dar media vuelta luego, habría comido. Los soldados que consiguieran rodear la ahora considerablemente más grande slime sin caer victimas de sus tentáculos busca-entremeses tendrían acceso a la armería… Aunque no era como si eso fuera a suponer una diferencia.
avatar
Croatoan

Mensajes : 21
Link a Ficha y Cronología :
Nyami Nyami

Nivel : 2
Experiencia : 0 / 1000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Balka el Jue Mayo 03, 2018 5:30 pm

109 líneas


____Balka lamentó que a la aventura no se hubiese unido ningún bardo. Las canciones habrían maravillado a las generaciones futuras desde Thoromer hasta Uzuri.

____- Venga Nickel, a qué esperas. -gruñó apretando los dientes.

____Acuclillada contra el murete de piedra, guardián silencioso, la elfa eliminaba las amenazas inmediatas para sus compañeros mientras observaba entre los huecos de las medias troneras todo lo que sucedía. Y vaya que era digno de ver. Las múltiples brujas se deshacían entre burbujas, la magia fallida lanzaba al aire mariposas, cintas de colores y rayos mortales que convertían simples wyverns en dragones de raíces y hojas, con fuego y todo. A lo lejos la masa informe invocada por Aulenor se hacía más grande a cada suspiro mientras el chaval, que parecía tener el mismo instinto de conservación que una gallina de storgronne, se encaramaba al lagarto alado y le hacía arrumacos. El pistolero aquel correteaba por ahí tratando de no convertirse en parte de la barbacoa, porque sí, el dragón que no era dragón descargaba su furia sobre el personal a diestro y siniestro, montándose un banquete él solito sin importarle un pepino nada, ni amigo ni enemigo ni estructura sólida alguna.

____Y luego a la fiesta contra el animal descontrolado se unieron otros magos, y Van Luthar gritando cual vhikar. Y los Armaduras Blancas, que eran también un hermoso elemento merecedor de tener en cuenta, iban de un lado a otro meneando las espadas sin saber muy bien ya a qué mal enfrentarse primero, o siquiera si querían enfrentarse a alguno en vez de poner pies en polvorosa y adiós muy buenas. Pero mientras dudaban, pues presentaban batalla. Qué se le iba a hacer, el trabajo era el trabajo.

____Y Balka, obedeciendo al suyo, se alzó de repente tensando el arma. La cuerda chorreaba. La madera de árbol trueno, incluso bajo la lluvia, hormigueaba un poco en sus dedos arrugados. Tres segundos después de una parábola entorpecida por la lluvia un joven soldado en cota de malla, que perseguía a quien no debía, cayó al suelo atravesado casi de parte a parte. Sonrió terrible. No dio en la cabeza pero al menos inmovilizó al objetivo. La potencia de un arco largo y la capacidad de penetración de una punta de punzón eran mucho más efectivas contra armaduras y cotas de malla de lo que a los caballeros les gustaría.

____- Pumpernickel. Ni so te das prisa con eso te ensarto en una flecha y te sirvo en la cena.

____Sin embargo, a pesar del humor con el que se lo estaba tomando, sabía que la situación era seria. Mucho, mucho más seria que mariposas y dragones y brujas de burbujas. El kaoras la miró impasible y siguió a lo suyo, empapado, como si pusiera en entredicho siquiera que fuesen a llegar a la cena. Roía cuidadoso el tendón de una flecha, sacaba la punta de metal y pasaba a la siguiente, poniéndolo todo sobre el suelo de manera no muy ordenada. Ya llevaba tres. Junto a él había al menos cinco trozos de hielo.

____Como su posición estaba más cerca de lo que le gustaría de la rechicero y su gallarda escolta, Balka pudo escuchar la conversación que tuvieran Falqued, el noble Van Luthar y el nuevo flamante elemento de aquel cantar que probablemente nadie escribiera de primera mano: un demonio llamado Estringar, o algo muy parecido. Un demonio salido de una caja cual djin de una lámpara, aparentemente bueno según el aprendiz de mago. Pero quién leñes se iba a fiar de los aparentemente a estas alturas de la historia.

____Por eso Balka había decidido tomar cartas en el asunto. Con gusto comprobó que las saetas de hielo arcoiris recogidas de la lluvia mágica habían cristalizado, endurecidas como rectas placas rugosas, algo ovaladas como una hoja. No congelaban al tacto pero sí al corte como demostraba el trozo del dintel de madera sobre el que hizo la prueba. Sacó las últimas cuatro tiras de tendón que le quedaban lanzándolas a un charco para que se ablandaran.

____Bien. La situación presentaba dos frentes abiertos. Podía unirse a la cruzada contra el dragón para que no aplanara los restos de la universidad y el amuleto o lo que fuera que contuviese. O podía encargarse del grupo de la rechicero y limpiar el camino para Falqued, la del pelo blanco y el tal Estringar. La elfa oteó a su izquierda examinando la contienda con minuciosidad. Un tercer frente surgió de pronto: la rechicero. Parecía agobiada y distraída: ella provocó aquellos rayos caóticos que le dieron gloria de dragón al wyvern y que convirtieron en ents a todos los que alcanzaron. Al parecer las cosas no estaban saliendo según sus planes empezando por la propia magia, tan desordenada en sus manos como en las de todos. Y encima estaba bien posicionada a una distancia adecuada para el arco largo.

____Haciéndose un moño para que los mechones empapados no le molestaran se inclinó sobre el suelo y ensambló las nuevas flechas de hielo. Tres en total. No tenía tiempo de hacer más o siquiera calibrarlas, eligiéndolas a ojo según la forma y su peso en la mano. Lo más similares a las que usaba normalmente. Resopló el agua que le corría por el rostro, incómoda.

____Con rapidez las insertó en la caña de la saeta atándolas mañosamente. El filoso borde del material cortó un poco el tendón y lo cristalizó, volviéndolo rígido y firme, extendiéndose un poco por el asta. La mujer asintió satisfecha. El kaoras miraba. Parecía un pequeño monstruo desamparado.

____La peliblanca y su huargo ya trabajaban. Se cargaron a un tipo e iban a por el siguiente. Balka evitó que el agua le chorreara por la cara poniéndose la capucha de la capa. El suelo estaba sembrado con algunas puntas de flecha y astas y un par de trozos de hielo. No importaba, no era momento de recoger. Se puso en pie, erguida en toda su altura.

____Agarró una flecha de punta de punzón. Tensó el arco más de lo que solía para imprimir mayor fuerza al proyectil. Quería contrarrestar con potencia el posible desvío debido a la copiosa lluvia. Inspiró hondo. Una vez disparara atraería la atención. Separó las piernas, afianzándose. Y entonces no podría tomarse las cosas con calma. Por eso, en posición, tardó varios segundos en soltar: observaba penetrante el escenario. Tenía prestas otra punta de punzón y una de hielo. Aquello era un todo o nada.

____Espiró hasta vaciar los pulmones. El agua caía, caía, caía, monótona, cansina. Por lo visto, de la guardia podían encargarse la mujer y el huargo aquel. Lo que la interesaba era sacarse de encima a los dos más cercanos a la bruja, en concreto a ese tras el que se ocultaba. Ni siquiera matarlos, bastaba con inutilizarlos o dispersarlos. Su concentración era tal que de habérsele caído el cielo encima no se hubiera enterado. Apuntó al más cercano que cubría a la rechicero y al otro tras el que se amparaba.

____Inspiró. Espiró. Y soltó.

____Las siguientes acciones ocurrieron en rápida sucesión. Años de vida mercenaria tras la caza de monstruos y personas habían convertido a Balka en un perro curtido. Con esto se ganaba el pan, y todavía no moría de hambre. Daba igual que sintiese los dedos o brazos algo entumecidos, los músculos y tendones recordaban las horas interminables de práctica y acción. Guardaban una memoria que se había vuelto casi instintiva, condicionada por los miles de tiros realizados. Lo único sobre lo que no ejercía control era la meteorología.

____La punta de punzón voló. Ni siquiera se molestó en saber si impactó. No había tiempo. Bastó con que el individuo se moviera lo suficiente como para que abriese una brecha en la línea de tiro.

____El segundo punzón ya estaba en la guía. El caballero a quien apuntaba alzó el brazo con la espada en la mano, exponiendo durante un breve instante la axila. Se alegró de que su arco estuviese hecho de madera de trueno, el poder electrizante hacía maravillas en las zonas blandas. Soltó antes incluso de que el hombre llegara al pico de su gesto. Adelantándose para evitar la bajada de la extremidad y con ella un desvío.

____A estas alturas la elfa ya no pensaba de manera consciente, el instinto hacía mejor trabajo cuando la racionalidad quedaba a un lado. Sabía lo que tenía que hacer, y lo hacía. Sin darse cuenta se subió ágil a las medias troneras. Buscando el punto idóneo. Y allí estaba. El tercer proyectil ya esperaba sobre la guía antes siquiera de que el segundo hubiese terminado el vuelo. Soltó.

____La reverberación de la cuerda al volver a su posición disparó gotitas de agua. Todo estaba empapado y a pesar de eso el wyvern en su sufrimiento seguía quemando cosas. Los hombres gritaban, los heridos gemían y los valientes peleaban. Sin cuartel. Sin ceder un solo centímetro al enemigo fuera este el que fuese. Sentía calientes por el esfuerzo los músculos del brazo izquierdo. Un aullido. Un rugido que resonó en su caja torácica, en los cimientos del mundo. La magia se volvía loca ofreciendo en su demencia belleza y destrucción a partes iguales. La batalla parecía alcanzar el apogeo con un paroxismo salvaje. Pumpernickel observaba, impasible. Siempre. Como si fuese capaz de adivinar el devenir de los mortales.

____El mundo guardó silencio para Balka. Incluso el latido de su corazón acelerado golpeaba sordo en las orejas. Los ojos moteados de la mujer siguieron ansiosos la desafiante trayectoria de la última flecha.

____O todo o nada.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
avatar
Balka

Mensajes : 199
Link a Ficha y Cronología : Ficha / Crono

Nivel : 1
Experiencia : 300 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Margaret Orgaafia el Miér Mayo 16, 2018 12:08 am

Tres, relativamente, pequeñas Margas era todo lo que quedaba del ejército Margariano de liberación de ropajes.

Tres Margas que se encontraban meneando un enorme caldero, en una de las habitaciones semiderrumbadas de la extraña fortaleza. El lugar debió ser una cocina o algo similar, porque, en lo que quedaba de sus paredes, parecía haber armarios y hierbas secas colgantes. Sus sombras se elevaban contras las paredes, debido al lento fuego que calentaba el caldero con fuerza. Un olor estridente envolvía la habitación, mientras el siniestro sonido de los cubiertos y los cuchillos resonaban en el lugar.

-Que el destino gire en mi caldero, que el dolor se haga ser y se aloje en las sombras que conjuramos…-susurró una de las Margarets, moviendo con lentitud y ominosidad el liquido con una cuchara de madera- Por el poder de tres te convocamos…

-¿Qué estas diciendo? -replica otra de las Margaret, mientras elevaba la mirada de su tarea, cortar toda una serie de vegetales y frutas, en completo desorden- Ni poder de tres, ni sombras ni leches…Que estamos haciendo una poción picante, no invocando a una cabra con intenciones malévolas…*

-Eso…¿De donde viene tanto drama? -replico otra, que estaba machacando con fuerza diferentes plantas en un mortero, con dureza y poca elegancia. Por suerte, la practica con su decimo segundo marido había venido bien.

-Oh, chicas…ya sabeis que para que algo salga bien tiene que tener su teatro…-replica, moviendo el burbujeante brebaje.- Sobretodo cuando se trata de pociones hechas en enormes calderos…-continua, sin parar su movimiento.

-Solamente sirve cuando hay público…y dudo que nosotras seamos consideradas como tal…-suspira la que cortaba, terminando su tarea. Lentamente, empezó a introducir las piezas cortadas dentro del caldero. Tras que cayese la última pieza, creando una ligera onda en brebaje, el efecto se hizo evidente. Muchas burbujas empezaron a salir, estallando al contacto de la cuchara de la primera Marga.

-Además, la frase es ridícula…¿Qué tiene que ver el poder de tres y las sombras con un irritante? -añade la siguiente, tirando en el caldero una cacerola de polvo, que exploto en una pequeña nube, hasta que se asentó, las otras Margas estallaron en estornudos.

-Sois unas aguafiestas…-afirmó la primera, mirando fijamente el brebaje durante unos momentos, para después meter el pulgar y llevárselo al labio.- Umm…yo le echaría un poco de ciempiés triturado, pero…eh…¿Qué se yo? Solo soy una ilusión sobredramática…-dijo, mientras las otras brujas giraban los ojos en sus órbitas.

Mientras la poción terminaba de hacerse, los efectos del wyvern liberado no se hicieron esperar. El suelo tembló de manera brutal, haciendo que las ancianas lo hicieran también, provocando en ellas un movimiento sísmico entre sus carnes flojas. Las mujeres sonrieron entre si durante unos momentos, riendo brevemente ante su plan. ¿Quién necesita palabras mágicas, teatros y pantomimas para influir una poción con magia…cuando tres Margaret riendo malévolamente podían convocar todas las fuerzas que el caos tenía disponible?

Con la primera fase del plan hecho, las señoras recogieron sus sombreros, le dieron un par de manotazos a sus faldas y alzaron el vuelo con imponente fuerza, con el caldero colgando de sus escobas.

El campo de batalla era cambiante y peligroso, un pandemónium de cada uno haciendo lo que le venía en gana, sin orden, concierto o algún tipo de estrategia**. Las ancianas cayeron desde el cielo, volando al ras de suelo, aumentando cada vez mas la velocidad, con un punto en mente. Un punto semicubierto por una cola reptiliana y que solo atraería a las moscas más aventureras***. Gracias a las acciones del joven timiducho y de naturaleza extraña, el wyvern estaba completamente quieto y calmado…cosa que se solucionaría en breves.

-Ven, draco, draco, draco...-dijo una, soltando una risotada al siguiente segundo.

Cuando el objetivo estaba cerca, se inició el plan. Siguiendo en línea recta, las ataduras que mantenían el caldero entre las dos escobas se cortarón, dejando que este se mantuviera, como un misil, en movimiento. Finalmente, penetró su objetivo, quedándose clavado en la barrera de carne y dejando caer su contenido, segundo que aprovecharon las señoras para salir de la zona y sobrevolar la espalda del dragón.

El estallido no se hizo esperar. El ser soltó un alarido al cielo, con furia draconiana, en lo que las ancianas pasaban por sus ojos, haciéndoles gestos obscenos, que incluso un animal con mente reptiliana podría entender. La furia era evidente y las señoras se iban a aprovechar. Pronto, las señoras salieron volando, en diferentes direcciones, pero con el mismo objetivo. Haciendo un círculo o en línea recta, las brujas se dirigieron directamente a al zona de la batalla, al epicentro de la tormenta.

El lugar donde esos idiotas juveniles estaban haciendo estallar cosas.

*Durante unos segundos, cierto antropomorfo sintió sus orejas sonar mientras intentaba calmar a cierto lagarto.
**O, en otras palabras, era el entorno donde florecía Marga.
***Y quizás a algún dragón o aventurero valiente, nunca se sabe en este amplio mundo.
avatar
Margaret Orgaafia

Mensajes : 81
Link a Ficha y Cronología : Margaret

Nivel : 2
Experiencia : 750 / 1000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Dom Jul 08, 2018 8:10 am

La lluvia no cesaba, caía con fuerza y desprecio. Calaba las ropas, se metía a las casas, inundaba los caminos. Las nubes grises cargadas de truenos no pretendían dar tregua. La magia que las había formado era turbia y poderosa, la sangre que habían escupido con furia sobre la región de Geanostrum ya casi se había disuelto, pero dejó su impronta: los límites del bosque de Sílvide pasaron del verde al escarlata, los caminos que se acercaban hacia Tirian para luego perderse hacia Phonterek, Phusis y Erenmios se habían vuelto un barrizal de un marrón rojizo, y los edificios del poblado a los pies del ostentoso Tirian-Le-Rain se habían coloreado de un rosa pálido.

El nutrido contingente que alimentaba todas las necesidades de los mercenarios, y que por nombre llevaba el mismo que la fortaleza, se había puesto alerta apenas oyeron los primeros truenos de aquella lluvia espontánea, y habían sufrido de la misma suerte que los desafortunados de allá arriba: docenas de personas, entre mujeres, hombres y niños habían quedado rígidos y azulados, y otros tantos se habían vuelto parte de la foresta, transformándose en robles, abedules, pinos, y una gran gama de helechos, flores y musgos, cayendo y floreciendo allí donde las serpientes de luz les habían golpeado.

Luego de ver caer sangre espesa y coagulada, cristales congeladores, aquella mole informe, y oír los rugidos por sobre el eco estrepitoso de la batalla, varios pobladores, entre carpinteros, armeros, herreros y panaderos (un rubro especialmente valiente en Noreth) formaron una comitiva a los pies del camino tallado en la roca que fluía casi cincuenta metros hacia arriba por la cara de la montaña en la que se erguía la fortaleza, para averiguar qué cojones sucedía en lo alto de Tirian.

A los pies de la montaña, cuando parecían venir de regreso, les interrumpió una extraña pareja de extranjeros.
¡Buenas tardes señores! —les saludó uno de los recién llegados alzando su mano y acercándose sin reparos hasta quien parecía ir a la cabeza del grupo.
La edad del extraño iba entre los cuarenta y cincuenta, su barba y cabellos entrecanos enmarcaban un rostro marcado por el camino. Sus ojos azulados y que tuviera la mayoría de los dientes lo situaba en algún lugar dentro de la nobleza. Ni qué decir sobre su ropa: una camisa de lino de blanco impoluto, botas de buen cuero y una túnica teñida de azul que le daba un aspecto arcano. Además de ir cargado con extraños y diversos objetos colgando de sus cinturones, llevaba colgando del cuello un extraño talismán con una runa grabada.
Solo le faltaba el cayado para parecer un mago de tomo y lomo.
¿Quién es usted? —Preguntó cauto quien parecía llevar la voz cantante del grupo. El extraño notó el “usted” en la frase, por lo que le palmeó el hombro con simpatía mientras sacaba un rollo de pergamino de entre sus ropas con la otra.
Mi nombre es Gabriel Belmont, buenos hombres —Dijo con el mismo tono y actitud de un calderero o curtidor al ofrecer sus productos—, y quien me acompaña es la afamada Sonia Belmont —señaló a la peliblanca que había quedado un poco más atrás con la misma vehemencia que si fuera alguna princesa perdida—. Hemos llegado hasta aquí con la venia del Gobernante Ewis Wete, líder de la guardia de la ciudad de Phonterek —hizo un pequeño silencio para que las personas pudieran digerir ese nombre, para luego continuar con profunda pena—: para ayudar a los desafortunados soldados de la gran Tirian-Le-Rain.

Desenrolló el pergamino para que la comitiva lo observara, era una auténtica obra de arte, aunque si alguno de los presentes hubiera sabido leer habría notado que en vez de una venia era una orden real de captura, firmada por el gobernador Wete con su puño y letra, además del sello distintivo de los gobernantes de Phonterek, el cual rezaba la captura de un tal Falqued.

Un terrible rugido de algo del tamaño de una catedral llegó desde lo alto, rompiendo la tenue quietud con una fuerza aplastante. Fue inevitable llevarse las manos a los oídos y mirar hacia lo alto con miedo. La comitiva se miró entre ellos y luego a los extraños.
¡El tiempo apremia! —El tal Gabriel batió en el aire el pergamino y lo estrujó un poco antes de guardarlo, para luego comenzar a subir por los peldaños tallados en la piedra—. ¡Sonia, vamos! ¡Los demás, seguidme!
La mujer le alcanzó. Con gesto de disculpa el extraño le susurró sin que los demás oyeran.
Lo siento dama, soy pésimo inventando nombres.
Cuando llevaba poco más de medio metro de camino notó que nadie más le seguía.
¿No vienen? Me serían útiles un par extra de brazos fuertes.
El herrero que se podía reconocer como líder de la partida se mostró algo escéptico, pero no quiso preguntar cómo dos personas de Phonterek se hubieron enterado tan rápido de lo que sucedía en Tirian, ni cómo diantres pretendían ayudar. Mucho menos preguntar por ese peculiar frasco que llevaba la mujer entre sus brazos.
En vez de eso dijo:
Ya subimos. El portón está bloqueado desde dentro. Ni entre todos nosotros logramos mover un centímetro.
Eso es un problema —dijo el extraño frunciendo el ceño—, pero no para nosotros —continuó encogiéndose de hombros—. Conozco un pasadizo secreto que desemboca en la biblioteca.
Los lugareños se miraron entre ellos sin dar crédito, Gabriel ya se disponía a subir.
¡Venga, arriba! El pasadizo queda a unos doce metros desde el portón hacia la derecha. Rain Dragonite era un tipo muy previsor.

La lluvia amainó trayendo algo de paz y tranquilidad por algunos segundos, los mismos en los que el herrero se demoró en pensarlo, asentir y hacer una seña para que los demás le siguieran.
Mientras tanto, en lo alto del bastión la situación era por mucho lo más lejano a la tranquilidad.


La sangre abundaba, los muertos todavía más. Un demonio, el último en unirse a la osada cruzada, subía por una de las escaleras que unían el patio con los parapetos del muro circundante, buscando derramar la sangre que terminaría con todo.
La lluvia repiqueteaba sobre sus hombros, su cabello negro se pegó a su rostro ensombrecido. En su semblante parecía estar tallada la determinación, pero su mano, en la que sostenía una enjoyada daga de hoja curva, temblaba ligeramente.
Hubo un grito lejano que se acrecentó de súbito, a la izquierda del demonio un soldado pasó como un suspiro muro abajo para terminar en el húmedo suelo de piedra con un golpe metálico.
Esa debe ser Luzbel, es bastante buena bajándole los humos hasta a los mejores soldados. —Apuntó el aprendiz de mago, que subía tras él.
Extraño. Me suena ese nombre.

Vanidad podía sentir la tensión de los capitanes ensancharse sobre ella. El bouquet de flores que crecía en su nuca continuaba florecido, la lluvia la golpeaba sin clemencia, dejando un reguero de pétalos por donde pasaba y coronando de rosas su blanquecino cabello. Los tallos cargados de espinas resultaban una molestia cada vez que giraba la cabeza, además de tener la extraña sensación de que más abajo, llegando a los hombros, también comenzaban a surgir botones de flor. Más allá de los mercenarios, la artífice de su hérborico estado se podía oír verborreando palabras inteligibles a la distancia, ¿acaso se encontraba conjurando alguna otra locura?
La peliblanca avanzó de súbito, sin esperar una respuesta para aquella pregunta, cortando la tensión con el movimiento fluido de su cuerpo. Por regla general, en las peleas que solía liarse la demonesa, los enemigos se dividían entre víctimas y muertos. De momento tan sólo el lancero había caído en la segunda categoría, pero era cosa de tener un poco de paciencia.

Lucio sudaba frío luego de haber visto a la mujer y su huargo trabajar con el muchacho favorito del general, ¿Rickard era su nombre? Recordaba remotamente el día en que lo elevaron a guardia personal, el chico parecía haber recibido la noticia más feliz de su vida. Vaya joven promesa, ahora yacía desperdiciada por el suelo a los pies de esa… mujer. Pero ahora sus compañeros sabían de lo que era capaz, estaban preparados, la locura de las luces ya había pasado, estaban listos. Eran cinco los capitanes, si descartaba a Fenris por su verde incapacidad seguían siendo cuatro espadas contra una. Bread, un panzón capitán a cargo de los guardias, le hizo una señal, acto seguido dio una larga zancada alzando los brazos para calzar buen mandoble, pero cuando alzó los brazos en toda su envergadura oyó el silbido de un venablo alojándose profundo en su axila. Lucio no tuvo tiempo para ver de dónde vino esa flecha, avanzó con la experiencia que le habían dado años de mercenario hacia el costado abierto de la albina, que se había ido en contra de Owen, buscando clavarle la espada entre el mentón y la clavícula. El capitán sintió el sonido de las otras flechas, perdiendo la concentración. De pronto la muy cabrona desvió el ataque, dirigiéndose hacia el descubierto de Fenris con una rapidez que le hizo apretar los dientes para alcanzarla. El bueno de Lucio tomó la decisión sin pensarlo, instintivamente detuvo la hoja de la flamante espadachina con la suya. Con una sonrisa de orgullo al haberle salvado el culo a su compañero con aquel acto heroico, pero con el brazo entumecido por el golpe. Separó de un tajo las espadas, listo para acorralar a la intrusa, pero algo le hizo perder el equilibrio: algo del tamaño de un caballo, cubierto de pelo y dientes se abalanzó sobre él, haciendo que cayera muro abajo.

Seguramente Vanidad debió estar muy orgullosa de sus actos, matar a espadas de alquiler con flamantes armaduras blancas parecía un juego de niños para la septuagenaria. Los cabecillas de Tirian no la estaban pasando bien, era cosa de ver sus rostros cruzados por el terror. Pero no era exactamente por ella, sino de ella: su metamorfosis vegetal avanzaba sin cesar, su cabeza se fue cubriendo más y más de una masa de rosas, y de pronto fue consciente que las raíces de su pie volvían a crecer con más fuerza cuando notó el sabor del agua fría de lluvia y la vieja piedra a en su pie. Pero el verdadero problema recién se acercaba. De hecho, acababa de aparecer junto con Falqued por las escaleras.



Los grandes héroes de Noreth habían partido hace tiempo a costas lejanas. Noreth ha perdido una parte importante de sí, lloraban los románticos. Algunos historiadores aseguraron que sus leyendas y victorias jamás serían superadas, que el mundo que dejaron tras de ellos había perdido su color, que se había envuelto en penumbras. ¿Lograremos ver de nuevo grandes héroes? Se preguntaban los poetas y bardos, sin darse cuenta que los tiempos difíciles son los que forman el carácter, sin darse cuenta que Noreth se encontraba en una época de nuevo apogeo, de grandes aventuras, de vidas frenéticas y muertes violentas. Frank Morgan formaba parte de ello, los nuevos exponentes de Noreth, aunque no de la manera más oportuna.
Sin casco, el muchacho frente al pistolero solo pudo cerrar con fuerza los ojos y esperar el impacto. La bala le reventó la cabeza como un melón maduro al caer al suelo. Con su versión corta y más pequeña de arcabuz, Frank tenía la ventaja sobre la espada y el escudo. El humo que escupía el cañón se lo llevó el viento mientras los novatos a su alrededor se debatían entre atacar o huir. El mercenario no tuvo que hacer mucho más para abrir camino al grupo de magos que en junto con Theminis avanzaban hacia la verduzca criatura que había destruido medio Tirian.


Bread notó las gotas sobre su rostro. Soltó el aire de golpe y sintió como la flecha pugnaba un espacio en su pulmón. Con una mueca de dolor miró alrededor en busca del arquero, pero lo único que podía observar era la mujer llena de rosas y la tenebrosa figura oscura a su espalda. Se recostó en el suelo, miró el cielo por última vez y cerró los ojos.
Oh, maldita sea.
Unos pasos más allá, el general de Tirian-le-Rain sujetaba una flecha que afloraba por su vientre. La saeta había tenido la suerte de clavarse justo en el espacio entre el cinturón y el comienzo del peto. Finalmente, por mucho que uno se pusiera armaduras, parecía que nunca cubrían lo suficiente. El frío avanzó por su cuerpo, dejando claro por el color azulado que iba adquiriendo que le había dado la flecha con el cristal de arcoíris.
Los capitanes, ya sin su líder y en clara desventaja, de pronto no se encontraron muy a gusto estando del lado de Atrapaalmas.
¿Es a ella a quién quieren? —Preguntó uno de ellos. Tiró la espada y dio un paso atrás—. Es toda vuestra.
Los demás capitanes lo siguieron, tirando sus espadas al suelo y alzando las manos desnudas.
Atrapaalmas, también herida, miró con odio a los soldados, y escupió a sus pies.
Humanos traidores —bufó masticando el odio en sus palabras—. No podía pedir menos de un atajo de mercenarios.
El demonio y el eterno aprendiz de mago avanzaron hasta la altura de la demonesa y su huargo.
No sé por qué no me extraña que ustedes dos se conozcan. —Comentó el demonio al ver después de tanto tiempo a Luzbel.
Allí está. —Falqued apuntó con su acusadora mano hacia el fondo del pasillo, donde se había refugiado la rechicero.
La bruja tenía una saeta clavada profundamente entre las costillas, justo debajo de su pecho. Ya todo había terminado.
Strindgaard miró a la muchacha y en su rostro se dibujó la tensión. Falqued le puso una mano en el hombro.
Llegó el momento.



A casi diez metros del grupo que lideraba Frank, y a pocos pasos de la universidad, la tundra andante en que se había convertido el guiverno se encontraba sumida en una relativa paz a manos de Aulenor quien con un valor digno de paladines se encontraba sobre su cabeza, buscando tranquilizarlo con un arrullo. El animal dolorido y asustado se encontró con su mirada, y hubo un breve momento en el que pareció transmitirse algo parecido a la paz.
Fue entonces cuando todos los músculos del reptil se contrajeron a la vez, transformando su cuello en un látigo que envió al naga por los aires. Un rugido salido de una caja torácica del tamaño de una casa, mezclado con un aullido de dolor, tuvo la fuerza suficiente para silenciar por un momento la vida en media región de Geanostrum, retumbando por kilómetros, espantando a los animales en los bosques cercanos, esparciendo el miedo en los hombres, formando ecos que quedarían atrapados en las montañas cercanas, los cuales se podrían volver a oír en las silenciosas noches frías de invierno por muchos años venideros.

Como un acto reflejo, el reptil encorvó sus alas con fiereza para luego abrirlas en toda su extensión desprendiendo de ellas cientos de ramas, hojas y lianas que se esparcieron alrededor de quienes se encontraban cerca mientras las batía con un frenesí violento. Su pesado cuerpo se separó del suelo, buscando huir del terrible dolor que se había enterrado en sus entrañas. Sus patas traseras se encaramaron en el frontis de la universidad en su impetuoso avance destruyendo todo a su paso, mientras su cola que como una fusta se movía sin ton ni son, barría con todo a su paso sin importar a quien dañaba en el camino.
Las tres Margas que pululaban como aves de rapiña alrededor de su cabeza astada para llamar su atención tuvieron que realizar maniobras defensivas cuando ésta lanzó su aliento caliente (por su parte delantera) para desembarazarse su molesta presencia.

Hubiera sido una escena digna de una canción: ver elevarse por los oscuros cielos la imagen corrupta de un dragón hecho de ramas, musgo y escamas, pero ni los divium ni los elfos obtuvieron la oportunidad de ver lo más cercano a un Legarium en estos días, pues el guiverno metamorfoseado no alcanzó a emprender el vuelo sobre la fortaleza. Su estructura se había viciado, sus alas no podían soportar su peso recargado de raíces y lianas, y cayó cuan ancho era sobre el techo de la universidad.
La techumbre se deformó para luego combarse y estallar bajo el peso del animal, los muros que se encontraban en precaria estabilidad se curvaron fácilmente hacia el interior, como una boca hambrienta al cerrarse, y mientras todo crujía y se desmoronaba, el cuerpo de la bestia quedaba sepultado bajo los pesados escombros.

Algunos de los ciudadanos de Phonterek que habían tenido la desdicha de subirse a la universidad justo cuando ésta se elevaba, además del resto de los magos que se encontraban agazapados cerca corrieron en desbandada cuando comenzó el derrumbe. Algo que se podría considerar a medio camino entre una gárgola y un hombre notó el naga en el suelo.
Bajo la estrepitosa seguidilla de crujidos, estallidos y explosiones a su espalda, Polvoso corría con Aulenor sujeto de un hombro por el patio de entrenamiento, buscando ponerlo a salvo. Los escombros saltaban en todas direcciones mientras un humo de intensos colores surgió desde lo profundo (producto seguramente de una sala de alquimia, o quizá la cocina al ser aplastada) cubriendo la universidad con un intenso olor acre y pestilente. La columna de colores arcoíris se vio acompañada de lenguas de fuego y chispas que duraron segundos y dejaron los ojos doloridos de quienes miraron.
El humo no dejaba de surgir, mientras del interior se podía oír los bufidos y gruñidos del guiverno en conjunto del derrumbe. Como un lobo acorralado, la bestia no dejó de retorcerse de dolor mientras su complexión fornida y feroz se iba quedando atascada y enredada entre los pesados bloques de piedra que habían compuesto los muros.



Frank Morgan cumplió con su tarea, y dejó al grupo en primera fila para ver el espectáculo del reptil. Banquo y los demás testigos de aquella calamidad se habían quedados quietos y absortos en el desfile de acontecimientos. De pronto el mago sintió como una rama le acariciaba la cara, y con miedo y sorpresa notó que ya no tenía más a Strawberry en sus brazos.
Oh, mierda. ¿Straw? —Dejando en el suelo el espeso matorral de helechos en que se había transformado, el mago miró a sus recientes compañeros con algo de resignación—. Lo siento.
Monty miró a su amigo con gesto ausente, se arrodilló junto a él y puso una mano en su brazo el cual solo era distinguible porque esa era la rama la cual salía por la manga de la túnica.
Banquo miró al noble.
Theminis van Luthar, la universidad fue destruida.
Gracias por hacer notar lo evidente. —Theminis se rascó la barba contrariado—. Muy bien, estamos jodidos.
Bueno. Al menos las cosas parecen que ya no podrían estar peor.
Luego de decir aquello, a su derecha, las docenas de sobrevivientes que habían huído del derrumbe comenzaron a gritar presas del pánico. A sus pies, y difícilmente distinguible por la lluvia, una gelatina de un rojo semitransparente parecía consumir sus pies para luego hacerlos caer de bruces y terminar el trabajo.
¿Qué..?
¡Hostia puta! ¡Se están derritiendo!


La lluvia cesó de forma abrupta. Strindgaard alzó la vista hacia el cielo notando como las oscuras y pesadas nubes perdían su cuerpo y forma, dejando pasar levemente la ominosa luz solar.
El talismán.


Las puertas de la biblioteca se abrieron dejando salir al grupo de avanzadilla que había entrado a Tirian por uno de sus tantos pasadizos secretos.
Esto será como coser y cantar. —Murmuró Gabriel—. Poneos detrás de mí, y estén atentos a cualquier… —El hombre perdió el habla en cuanto observó el patio de entrenamiento, ese escenario en el que se había dispuesto el ataque de Falqued. Allí donde se mirase, y aunque la lluvia había hecho un buen trabajo limpiando, se podía ver claramente la sangre bajo casi un centenar de soldados en entrenamiento: mutilados, desmadejados, ovillados. El humo que surgía de los escombros de la universidad ya no era más que un hilillo de celestes, azules y violetas. Frente a ellos bien podría estar la matanza orquestada por un mago más cruenta en los últimos años—. Uhmmmm. Creo que hemos llegado un poco tarde.



Atrapaalmas miró con escepticismo el rostro del demonio. Miró al cielo, ¿podría ser que…?
Fuego —dijo. Su voz tranquila parecía sonar dentro de una profunda cueva, formando un extraño eco.
Acto seguido, columnas de un naranja chillón surgieron a sus costados, justo en donde se hallaban los capitanes que la habían entregado.
El naranja pasó a rojo y luego a un blanco brillante, mientras los cuerpos dentro de las columnas perdían su forma y caían como peso muerto sobre sí mismos sin darles tiempo siquiera de gritar.
Las llamas se apagaron con la misma facilidad con la que comenzaron, los círculos negros que quedaron dibujados en el suelo parecían perfectamente hechos con un compás. Era difícil pensar que hace unos segundos hubieran estado vivos. Hasta las armaduras habían perdido su forma, como cera puesta demasiado tiempo al sol.

En lo alto del adarve pareció detenerse el tiempo. No había viento suficiente ni para agitar una telaraña. Atrapaalmas sonrió, un hilillo de sangre surgió de su labio. Se alzó del suelo, dejando una distancia prudente entre ella y los demás.
Mucho mejor. —Se sentó en su cayado y flotó como la viva imagen de una Marga con cincuenta años menos—. Ahora —dijo con una voz muy conocida para Strindgaard—, necesito un ejército de verdad.
La ceniza se removió ligeramente. A un par de metros Bread abrió los ojos, y se levantó pesadamente, ayudándose del borde del muro para ponerse en pie. Su piel tenía un tono grisáceo para nada saludable mientras que uno de sus ojos había adoptado un blanco lechoso.
Los negruzcos restos de los otros capitanes, envueltos en metal candente, se alzaron como cadavéricos maderos negros para recoger sus espadas con movimientos algo torpes.

Abajo, en el patio de entrenamiento, un reanimado contingente se puso nuevamente de pie. Una imagen sacada de las peores pesadillas de un niño, un ejército de cadáveres andantes que no tenía ni el más mínimo resquicio de miedo, duda o razón. Eran como animales dispuestos a un único cometido: Matar.
Uhmmm. Vanessa, no, ehm, ¿Cecilia?.
¿Sonia?.
¿Isa, puedes hacer algo al respecto?.

Con pasmosa facilidad los cuerpos mutilados, destrozados y heridos cayeron sobre el grupo de Theminis, con sus manos desnudas, dientes, armados y desarmados, buscando ocasionar todo el daño posible.
Luthar cercenó la cabeza de uno de ellos y enterró su espada en el pecho de otro, un segundo después tuvo el decapitado encima con sus manos húmedas aferrándose a su cuello…

Frank de pronto se vio en una posición de cinco a uno, enfrentado con los mismos soldados que había dejado atrás hecho jirones. El muchacho de la cabeza reventada corrió a por él con su espada en alto…

Polvoso defendiéndose a base de puñetazos de roca, se vio fácilmente superado, mientras a su espalda un traumatizado Aulenor volvía en sí. El neófito golem tomó en brazos al naga y se encaramó por los restos de la universidad para poner distancia de los muertos, aunque sería cosa de minutos para tenerlos de nuevo encima…

En lo alto de las barracas, Balka notó que los muertos se les hacía relativamente fácil escalar las murallas cuando suben de a docenas y apoyándose los unos a los otros, como una torre humana. En pocos segundos tuvo los primeros dos soldados saeteados en el borde del techo, prestos a cazarla…

La triflecta de Margas, sobrevolando el cielo como una caricatura de las lunas, y con su misma densidad, se mantuvo a salvo y con una buena vista del escenario, con la posibilidad de ayudar a cualquiera de los pequeños grupos que ahora se debatían entre la muerte y la no-muerte.



El mal es un punto de vista.
avatar
Strindgaard

Mensajes : 657
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Strindgaard
No todo el que anda errante está perdido


Nivel : 6
Experiencia : 2381 /3000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Isarika Endier el Miér Jul 11, 2018 1:50 am

Las dos figuras caminaron a la escena de la carnicería, como si de un campo de flores se tratara. Falqued, cargando la pesada vasija, se veía pálido, intentando desviar la mirada de los trozos de carne y humanidad desperdigados por el suelo, mientras la desconocida simplemente se deslizaba ominosamente por el lugar, con una expresión neutra y tranquila. Extrañamente, se sentía como si perteneciese allí…

Sus pasos continuaron entre los senderos, envueltos en sangre y demás residuos como riachuelos, que se podían ver entre la batalla. Los cadáveres, desfigurados y retorcidos por la inercia de la batalla o de la omnívora criatura, expulsaban un suave y desagradable hedor, el cual inundaba el escenario como si de un extraño y macabro campo de flores se tratase. Los pies de Falqued golpeaban el suelo, creando charcos de inmundicia, mientras lo de la mujer no se escuchaban.

Ha de ser desagradable” Dijo la doncella, cortando el silencio que envolvía el campo de batalla. Los pasos continuaron.

¿El que?” preguntó el mago, soltando largo suspiros, por el esfuerzo de cargar con el pesado y valioso artefacto. Su cuerpo crujía por el esfuerzo y sus ojos se abrían y cerraban en pequeñas expresiones de dolor.

El saber que esto es culpa tuya” Replicó, meramente, observando las espaldas del hombre con unos ojos azules y afilados, delineando la tensión extra que se añadió con sus palabras. “El saber que cada cadáver, cada familia llorosa y cada posibilidad arrebatada se encuentran sobre tus hombros” Continuó, sin tono de voz, sin juicios ni arrebatos. Simplemente era un hecho. “Y que todo esto lo contemples directamente”

El silencio se volvió a instaurar entre ambos, con el anciano moviendo sus dedos alrededor del cristal y el metal que conformaban el objeto, intentando mantenerlo contra su cuerpo para cargarlo. Sus piernas se doblaban por el esfuerzo.

Lo haría otra vez…” Gruño, entre sus labios y dientes, mirando al frente con determinación, observando la esencia retorcerse y estallar en conjuros que distorsionaban la realidad. “No importa cuantas veces…Si puedo evitar más batallas como esta, estoy dispuesto a cargar con el peso

La doncella solamente pestañeo una única vez, para después mirar suavemente al hombre, sin el filo de significados ocultos que ocultaba su mirada. ”Supongo que si esa es tu determinación…” Dijo contra el aire, pero Falqued simplemente asintió, dando un par de golpes en dirección a la batalla con sus botas, redoblando la presión de sus viejos músculos para ir más rápido. Tras uno segundos, el mago simplemente pestañeo. La vasija era más ligera.

A tu señora le gusta hacer pruebas innecesarias” Escupió, con el tono de quien pronuncia la herejía mas satisfactoria. La doncella simplemente sonrió, entre divertida y triste. “Supongo que si…

¿Y cuándo se hará presente su divinidad?” continuó Falqued, aliviado por la pérdida de carga, continuando con paso más ligero hacia el enemigo, oculto aun por las ondas de la liberada bestia y de la encarnizada batalla. El sudor empañaba sus arrugas…había que ser discretos.

Ella ya estaba aquí antes de que nosotros llegáramos” Susurró, en silencio, pero elevando una mano. Sus dedos eran delgados y esqueléticos, envueltos en un blanco antinatural, en el que no se podía atisbar la forma o el diseño de las venas. El dedo apuntaba a la batalla, a los cientos de cuerpos amasados y a la sangre que lo recorría.

Si, todo muy poético…”Sin embargo, un suave siseo proveniente de la mujer detuvo el sarcasmo dentro del cuerpo del anciano. La mujer continuaba señalando…y Falqued, como un buen mago, miró como se debía. Y allí lo vio…entre las sombras.

Al principio era como un hilo de aceite en medio de un mar, distinguible en contra de la escasa densidad del líquido, saliendo de los cuerpos, moviéndose en el fondo de las sombras. Lentamente, la presencia se hacia mayor, ramificándose como un árbol o como un complejo sistema nervioso. Retorciéndose, se hizo patente en el mar de sombras que conformaban los cadáveres…

Pura oscuridad.

El tipo de oscuridad que ves cuando eres niño y no quieres que tu madre apague las velas. El tipo que se alzaban en un nicho abierto, en medio del día, como un charco en el cual no quieres caer, o cuando cierras los ojos en una noche tenebrosa. Lentamente, se empezó a extender, ocupando ahora la entera silueta de las sombras, contaminando aquellas que no formaban los difuntos. Poco a poco, el entero castillo fue tomado por la presencia, silenciosa y observante, quien iba extendiendo el límite de las sombras, estirándolas hasta formar un mar de negrura.

Fue entonces, como si de una respuesta a la crepitante oscuridad se tratase, llamas alzaron el vuelo contra el cielo, ahora descubierto. La magia gritó y se retorció contra los cuerpos, ultrajándolos una última vez, arrastrando la carne y los huesos, alzándolos de nuevo. Lentamente, los montones de sangre y carne volvieron a obtener su forma original, entre gruñidos y sonidos no propios de los vivos.

El anciano trago saliva y miró a la joven, quien aun mantenía los labios sellados con uno de sus dedos, en el universal gesto de silencio. Sus ojos recorrían el nuevo territorio, donde la muerte había sido insultada, observando con el rostro completamente estático. Sin embargo, Falqued podía ver, en esos rasgos hieráticos, un leve deje de desagrado y repulsa y como sus ojos brillaban con las llamas de la decencia atacada.

Uhmmm. Vanessa, no, ehm, ¿Cecilia? ¿Sonia?” El nombre de la mujer se deslizaba de la mente del hechicero, mas de una vez desde que fueron ¿presentados? Sin embargo, finalmente puedo rescatarlo de los más profundos huecos de su mente “¿Isa, puedes hacer algo al respecto?

Nada más esas palabras salieron de su boca, la joven dio un paso al frente. Por primera vez, su paso resonó con fuerza contra la dura piedra, llamando la atención de cada ser no-muerto que había en la zona. Sus ojos pálidos se bañaron en la pálida figura, preparados para atacar, y sus cuerpos se prepararon para moverse contra ella. Isarika Endier llevó sus manos a su pecho y cerró los ojos…para comenzar a cantar.

( https://youtu.be/1y_b6hUXUrQ?t=12 )

Como si de un mar se tratase, la oscuridad latiente se alzó por primera vez, cubriendo a cada ser vivo en su invisible presencia, haciendo ecos de la potentes notas de la sirvienta para cada uno de los presentes. La canción no podía definirse como melodiosa, dulce o encantadora…no tenia descripción en si misma.

Era una melodía que hablaba de un mundo vacío, en el que los mares se habían secado y el sol apagado. Los tonos eran un réquiem a cada planta, animal y hombre, celebrando sus comienzos y lo que habían conseguido.

Era una canción que aceptaba a todos y a cada uno, sin juicios ni privilegios. Era pura aceptación y calma. Una promesa de amar a todos y a cada uno, de guardarlos fielmente y esperar con paciencia.

Era una canción que solamente el Final podía pronunciar.

Las notas envolvieron a los héroes. Comenzando por la demonesa, quien notaba suaves dedos y caricias, maternos y cariñosos, entre las viñas que conformaban su cabello y en todo su cuerpo, manteniéndola quieta. Las llamas que guardaba en su pecho, las almas recogidas, temblaban de alegría y familiaridad, inundando a la propia huésped de esas esperanzas ajenas.
El pistolero notó como era abrazado suavemente, en un velo que prometía paz y protección, envuelto en una sensación de armonía con el mundo que le hizo olvidar el miedo y el terror de las criaturas que lo rodeaban, como si estuviera escondido entre las faldas de su madre. De nuevo, estaba a salvo.

El ser de piedra y el enigmático joven que había conquistado el alma de un dragón no fueron olvidados. La melodía les habló de tierras olvidadas y llenas de riquezas, de lugares donde las sonrisas y las risas no desaparecían…y del final de un viaje que ambos ansiaban en el fondo de sus almas. Lastima que aquel que más deseaba escuchar esas promesas se encontraba ausente, en un reino similar, pero no igual, al del que provenía la cantante.

La canción alzó al cielo, donde una señora dormía, mirando el mundo por ojos que le pertenecían, pero a la vez no era suyos. La canción recordó a las frías noches de verano, al jolgorio de las festividades y a las risas de los enamorados. La arrugadas mejillas de la anciana fueron agarradas suavemente por un par de fuertes y familiares manos, acariciando con los pulgares sus mejillas. Lagrimas salieron de sus ojos cerrados.

Los oídos de la elfa escucharon la melodía como si fuesen risas, similares a sus propia voz. Suaves manos la detuvieron, como a la demonio, sin embargo, en su caso, notó algo más allá de una presencia materna. Era una presencia que la esperaba para que se uniese a ella, formada por cientos de diferentess formas, conectadas entre si por un lazo formado de sangre y tradición. Era un canto de bienvenida.

El demonio de las ilusiones, tan enfocado en esconderse y engañar, no pudo evitar ser atrapado por la presencia. Orgullo de un alma ajena lo invadió, enlazado a un sentimiento de pequeñez y juventud, que lo hacia sentirse pequeño. Como si fuera cogido, manos lo alzaron y Strind podía notar, en el aire, una sonrisa masculina que lo miraba como si fuera el único sol de su mundo y que lo protegería.

Y la melodía continuó y se alzaba con fuerza entre las piedras y entre las torres. Cada alma recordó algo que aun no había pasado, deseando que el tiempo trajese esos recuerdos y aquellos que las complementaban.

Hasta que todo paro…y la Rechicero se encontró con la cantante delante de ella.

La niebla se despejó de su mirada y la conjuradora observó por primera vez a la mujer. Su báculo y ella habían acabado en el suelo, por lo que se tuvo que levantar apresuradamente, escudándose con conjuros al momento.“¿Quién eres?” Gruño ante la figura, quien simplemente sonreía. No era cruel, no era triste…Su expresión era la de alguien que veía con cariño algo que había perdido hace mucho tiempo y que deseaba recoger. La mujer dio un paso…

Pobre ser que te aferras a las arenas de la mortalidad, luchando contra las olas del destino…

La mujer dio otro paso, mientras la hechicera retrocedió, sin entender que pasaba ni de donde fluía el sentimiento que la inundaba. Mientras tanto, la oscuridad volvia alzarse, concentrándose en la caminante y envolviendola, quien dio otro paso en su dirección.

Tú que rechazas el ciclo de lo divino y expropias a otros del mismo…

Por un segundo, la figura desapareció de la vista de la joven, para alzarse de nuevo a su lado, su apariencia completamente cambiada. Su cuerpo, cubierto en un velo de sombras, era indistinguible, pues, en la fina superficie de la fingida prenda, solamente se podía ver la silueta de manos y huesos, intentando salir de su superficie. Y…su rostro, abandonado completamente de toda carne, exhibía una fragmentada y sonriente calavera, cubierta por un halo de polvo que brillaba en haces plateados…En los huecos de sus ojos, la Rechicera no vio justicia o terror…si no el reflejo, prístino y claro, de llamas azules, clavadas en las almas que guardaba en el interior…

Bienvenido al Final

Fue entonces cuando la joven lo notó, el frio hierro clavándose en su vientre, al borde de una guadaña, que con poco esfuerzo la elevó en el aire. El aire, aun envuelto en los restos del himno divino, se rompió con los gritos de dolor del ser. Sus manos se aferraron a la madera del instrumento, viendo con claridad como, si de vena se tratasen, el material se astillaba y estallaba, ardiendo con llamas azules. Juveniles y desesperados, sus gritos excedían el territorio de los ruegos y las maldiciones, intentando mantener el agarre sobre el mango, quemándose en el proceso.

Como un juguete movido por un perro, la joven empezó a ser balanceada, abriendo más la herida. Sangre, excrementos y tripas empezaron a descender de la herida que se iba extendiendo, cayendo sobre la vasija que Falqued había conseguido colocar escaso segundos antes. Los gritos ardían contra los oidos, fuerte y dolorosamente, mientras la mujer, o el ser, seguía meneándola en el aire, sin ningún tipo de remordimiento en su espectral expresión. Cuando todo parecía haberse caído dentro de la vasija, la carne de la mujer volvió a abrirse…dando paso a un pez.

Llamarlo así era una generalidad, pues…no parecía serlo. Su superficie era cristalina, formada por una llama azul, que, como si fuera agua, hacia visible la silueta. Lentamente, la criatura se abrió camino entre la herida y cayó en la vasija…Seguida por otros. Miles de esos seres, del mismo color y forma, empezaron a descender, uniéndose al primero en la sucia sustancia que llenaba la vasija. Las heridas se abrieron incluso más, dejando paso a un flujo constante e imposible, aumentando los gritos de la joven, hasta formar un único pilar llameante.

Cuando su cuerpo fue abandonado por cada una de esas luces, en un gesto rápido y limpio, su cuerpo fue lanzado contra el suelo, lejos de la vasija. La joven aspiró con fuerza, con lagrimas secas en su rostro, retorcido en dolor. La mujer volvió a su forma original, con las sombras dispersándose como serpientes en el suelo. Sin ningún problema, la joven alzó la vasija entre sus manos y se giró hacia Falqued.

Con esto, lo pactado por mi señora esta cumplido…”Susurró,  mirando al anciano, para después dedicar una mirada de soslayo a la chica. Débil y aferrándose a pocos segundos de vida, una llama empezaba a alzarse de su cuerpo, pequeña y blanquecina.

Tras eso, les dio la espalda y se marchó con el artefacto, desapareciendo entre las sombras.
avatar
Isarika Endier

Mensajes : 12
Link a Ficha y Cronología : Isarika

Nivel : 1
Experiencia : 50 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Vanidad el Jue Jul 12, 2018 8:45 pm

La diablesa soltó un ronroneo al oír el clank de metal contra piedra de su enemigo estampándose, y sabía que no era enteramente debido a los bigotes y pupilas rasgadas que ahora ostentaba a la vista de todos. Se resituó un poco mejor, para enfrentarse a los enemigos que quedaban, y su hombro le envió un pinchazo de dolor. Realmente esperaba que esa cosa no estuviera creciendo a partir de su sangre. Por más elegante que luciera ahora con tanto pétalo, la idea de desmayarse en medio del combate por heridas técnicamente inexistentes era horrible, casi tan horrible como permitir que esa maldita bruja lanzara otro conjuro e invocara conejos con cuchillos o alguna otra barbaridad.

La diablesa apretó el paso, tragándose el dolor que le producía la pierna enraizada y las extrañas sensaciones que la acompañaban. Tenía que encargarse de esa morralla y acceder a la rechicera, o al menos entretenerlos lo suficiente como para tener un tiro limpio y volarle su fea cabeza. Dedicó una brevísima mirada hacia la torre de donde llegaba su apoyo. No las había visto exactamente, pero había oído las flechas, y notado como se clavaban por el ruido seco y la interrupción de sus rivales. Había tenido que rehacer ligeramente sus planes, pero realmente no podía esperar una coordinación perfecta a esa distancia sin telepatía. Los soldados restantes se encogieron un poco, que agarraran firmemente las armas demostraba que no era una señal de miedo, sino resolución. Disfrutaría haciéndola pedazos. Los había ganado como una mortal más, ahora se transformaría y los aplastaría como un demonio. Unos mortales tan sacudidos no aguantarían los horrores que podía desatar, de hecho, sospechaba que solo con sacar un par de tentáculos podría mandarlos a correr. Inspiro hondo, preparándose para desatar el horror que supondría una gigantesca hidra.

Y entonces se rindieron.

Tan anticlimático. ¿Qué había pasado con el duelo? Es decir, los había barrido por el suelo, era la decisión lógica, pero… ¿y esa famosa resolución mortal? ¿Eso de luchar hasta el último hombre en pie? Suspiró, no del todo satisfecha por haber conseguido lo que quería, deshacerse de la morralla, y dio un paso hacia la rechicera, que estaba insultando a sus antiguos compañeros, mientras el mago y ese demonio se ponían a su altura. Parecía que no estaba del todo enterada del plan, a juzgar por el aire místico y reverencia con el que Stin sujetaba un estúpido talismán. Algún tipo de sellado, sin duda, de esos que fallaban a los mil años y jodiendo a todos los presentes, que no tenían la más mínima idea de lo que se les caía encima. No gracias, tenía una manera mejor.

En cuando las columnas de fuego cayeron del cielo, Luzbel se movió, por si acaso. Sendas alas aparecieron en su espalda, algo más debajo de lo habitual, como precaución hacia esas rosas, membranosas en vez de emplumadas como prefería, tanto por el fuego como por la lluvia y varias partes de su cuerpo se cubrieron poco a poco de escamas negras. Un pequeño seguro en caso de que la siguiente piromancia fuera para ella. Esos capitanes algo cobardicas que habían sido calcinados se alzaron, como no-muertos supuso debido a su lamentable estado, y si tenía que teorizar, con algún tipo de afinidad al fuego. Lástima que a ella le trajera sin cuidado, puesto que ya estaba aleteando hacia el cielo, lejos de esas cosas salvo que les fueran a crecer alas, cosa que no podía descartar totalmente. Su adorado lobo huargo se desvaneció, volviendo a su forma espectral. Demasiado vulnerable y poco eficaz, ahora que empujarlos o arrancarles la garganta iba a hacer más bien poco. Sus bigotes se agitaron ante la hechicería, y los muertos empezaron a alzarse, no solo los capitanes, sino todos. Dio mentalmente las gracias a esa gelatina siniestra por haberse comido tanta gente y dedicó una breve mirada hacia la torre con la arquera, que estaba empezando a ser escalada por un grotesco y no-muerto castillo humano. Los arqueros y los no-muertos no congeniaban muy bien, sobretodo si no bastaba con un tiro en la cabeza. Suspiró. Con eso consideraría la deuda pagada.

-Tenebra, ayúdala, ve a recogerla.- Su wyvern remoloneó en su sombra. No le gustaba que otros que no fueran ella se montaran, a duras penas le dejaba a Krystal, y solo por el gran aprecio que sabía que Luzbel le tenía. –Es importante pequeña, te comprare un par de esos pollos caramelizados.- un ronroneo precedió la aparición de la “pequeña”. Un portal de sombras se abrió a los pies de la diablesa y un majestuoso wyvern algo más grande que un caballo salió de él, lanzando una bocanada de fuego negro hacia el castillo humano de la torre y posándose encima de esa, para luego bajar un ala y girar la cabeza en exactamente la dirección contraria a la elfa.

Entonces llego la canción. Al principio no se dio cuenta, y para cuando se percató, era demasiado tarde. Sus almas temblaban, resonando, más vivas que nunca, cosa que debería haberla alarmado de sobremanera, pero de alguna manera…no lo hacía, invadida como estaba por sensaciones extrañas. Legión empezó a crepitar, arrastrándose fuera de su corazón al notar el estado de incapacidad de su dueña, reptando a través de sus nervios. –No.- la palabra resonó como un pulso por su cuerpo, sobresaltando a las almas y a la entidad a partes iguales, el juramento inquebrantable refulgiendo como un faro. Era la dueña de su cuerpo, y ni unos patéticos mortales ni un triste cacho de armadura iban a cambiar eso. Cerro los ojos, comprobando que a pesar del estado de… incapacitación, no se había espachurrado contra el suelo al no haber dejado de aletear o respirar. Luego extendió su mente, como una mano, y estrujó a las almas, volviéndolas a su cubil, firmemente pero sin excederse. Con la entidad fue mucho menos amable, y nada corto a “martillazo” podía usarse para describir como la arrastro de vuelta al negro rincón del que había surgido, aunque sospechaba que “brutal paliza en un descampado” se acercaba más a una aproximación de la realidad.

Para cuando la diablesa hubo recuperado sus facultades más importantes, principalmente la de volar a alguien de la faz de ese plano, ya habían ocurrido unas cuantas cosas interesantes, y solo una única lagrima corriendo por su mejilla izquierda era testigo de su breve pero intensa batalla interna.

Que la maldita rechicera estuviera moribunda, literalmente partida en dos era bueno, que esa bruja se hubiera llevado lo que parecían ser todas sus malditas almas, era malo. La medio diablesa medio dragón con bigotes de gato aleteó una vez más, planteándose seriamente robar esas almas, estuvo cerca, muy cerca, de lanzarse en picado, partirle el cuello a esa infeliz y quedárselas, pero descarto la idea, tenía suficientes problemas ahora mismo con los no muertos, el dragón y la hechicera. Pero dicha negativa era más bien un “luego”, no un “nunca”. Con su pequeño dilema moral resuelto, Luzbel bajo en picado hacia la bruja.

Otro demonio se habría tomado su tiempo, como esos villanos de cuento, que se reían y explicaban su plan, o se regodeaban de la impotencia del héroe de turno para hacer nada para evitar su muerte. Incluso muchos de sus propios congéneres, Padre incluido, se habrían regocijado con el sufrimiento de la bruja, alargándolo lo más posible, alimentándose de él, habría sido contra-natura para un demonio del terror no alimentarse del más intenso, el miedo a la muerte. Luzbel aterrizó, fuertemente, sobre la cabeza de la mujer, haciéndola explotar en una ducha de blanco, rojo y rosa. Esos villanos tendían a morir en medio de su ridículo dialogo, y ella se consideraba demasiado practica y cínica, y tampoco iba corta de comida ni de emociones que devorar.

No era un acto de piedad, sino de hastió. Una vez superado el obstáculo, no tenía sentido quedarse a admirarlo, se echaba a un lado como la basura que era y se buscaba el siguiente. Así que sin demasiados miramientos, le hundió la garra en el pecho aún caliente de la mujer y le arrancó el corazón de cuajo, mordisqueándolo mientras absorbía su alma. Sonrió, con la boca manchada de carmesí de manera algo grotesca, y alzó levemente la ceja cuando vio que los muertos seguían moviéndose. Luego miro al jodido dragón, iba a ser agotador encargarse de esa cosa, así que iba a dejar que el resto hicieran algo con los zombies. Pero podía probar una cosa antes, al fin y al cabo, ¿tenía el alma de su invocadora cierto? Y debía haber querido retener algún tipo de control… valía la pena intentarlo –Arrodillaros ante vuestra señora.- dijo, usando unas pocas briznas de su poder en su voz.

No perdía nada por probar.


Spoiler:


Por más que corras, por más que te escondas, Invitado, tu alma acabara siendo mía
avatar
Vanidad

Mensajes : 350
Link a Ficha y Cronología :
Vanidad


Nivel : 6
Experiencia : 800 /3000

Volver arriba Ir abajo

Re: La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 5 de 6. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6  Siguiente

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.