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La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]

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Mensaje por Margaret Orgaafia el Sáb Mayo 11, 2019 4:59 pm

-Te puedo liar con una… tengo una sobrina clavadita a mi y con el mismo pecho, la única pega es que esta casada. -dice, haciendo un aspaviento con una mano tan arrugada como las ramas de un árbol milenario- Nada que no se pueda resolver con un buen golpe en la nuca y un agujero bien profundo -replica, mientras ve como se acercan dos hombres, notándolo ya de antes por el radar de hombres.

Fue media decepción, mas que nada porque uno era uno de los magos atrofiados de antes, pero el soldado era una buena sorpresa…de esa que te encuentras cuando abres de repente la puerta de los baños de los caballeros del castillo y ves que hay dos armarías dentro del castillo…todas con grandes espadas. Sin embargo, mientras la anciana se sumergía en ese hermoso momento con hombres esquivando sus miradas y tapándose todo lo que podían, sus orejas de viuda apurada detectaron las palabras “producir oro” y “piedra”. De ese modo, cuando la elfa levanto la mano para mirar a la piedra…ya no estaba en la mano. Los allí presentes se giraron, viendo a la anciana esconder la piedra en el oscuro e inhabitable abismo que conformaban sus pechos.

-¡Señora! -grito uno de los magos, mientras la doncella en su cenit miraba para otro lado, haciéndose la loca- ¿El que? -añadió, sin apartar la mirada, haciéndose ya de paso la loca y sorda. Una tormenta de quejas salió de los magos y el propio soldado, el único acostumbrado a tratar con horrores*, quien intento meter la mano para recuperar el objeto. Hasta que una de las protuberancias que lo guardaban se rebeló. El pecho izquierdo de la anciana se había levantado en el aire, golpeando contra la mano del militar. A eso le siguió el segundo, iniciando un movimiento arriba y abajo similar a los que hacían las adolescentes rubias al animar un partido. La mujer, quien conocía la importancia de ser capaz de convertir cualquier cosa en oro, simplemente miró hacia adelante, procurando un- Perdona, llevan tanto tiempo sin ser tocadas que se alegran de conocerte…-Manteniendo la cara completamente pétrea. Un silencio incómodo se mantuvo, roto solo por el sonido de la tela moviéndose y un particular aplauso causado por el movimiento. Hasta que el chillido de un dragón sonó en el aire.

Y, como en incendios y desastres naturales varios, todos se lanzaron a las ventanas a ver que ocurría. Lo primero que llamó la atención fue la visión de un dragón de pequeño tamaño alzándose en el cielo, con dos personas montadas sobre él, y el segundo fue el espectáculo de colores y gente que había abajo, dirigido por un segundo peliblanco con apariencia noble sacada de una ópera. El asunto peligroso era que el señor de abajo era más intimidante y exhalaba más peligro que el reptil flotante en el cielo. Vaya…La anciana cerró los ojos, con un plan que no le gustaba nada y pensando en la posibilidad de escapar, llegar a un paraíso de arena y mar, donde invertir el oro que conseguiría con la piedra en fondos de caballeros con 20 centímetros de interés a cobrar cuando ella quisiera.

Desgraciadamente, la señora tenía un compás moral demasiado potente. Desgastado por los años y las necesidades, si, como todos, pero potente. Con el ceño fruncido, miro a su escoba y se la ató con una toga de laboratorio que encontró en el suelo, ante las discusiones ajenas, desapareciendo entre las sombras luego. Sus pasos la llevaron a una sala medio derrumbada, completamente destrozada y expuesta al cielo. Pronto, no se hizo esperar la figura del dragón, surcando el cielo, elegante…Hasta que Marga cogío velocidad y se agarrase a sus garras de un saltó, destruyendo su grácil vuelo y recordándole como de puta era la gravedad.

-¡EY! -gritó la anciana, causando un grito de horror por parte de uno de los hombres que había sobre el dragón, el cual se agarró a otro tan fuertemente que uno podía confundir el miedo con tensión sexual.- Si no os importa, tiradme en dirección al demonio peliblanco con aires de grandeza…-Tras un momento, pestañeó y añadió- Al hombre -El que parecía dirigir al dragón se le quedo mirando, hasta que volvió a gritar- ¡Y no intentéis nada raro! ¡Puede que vosotros tengáis las riendas, pero yo tengo a mano el único bastón de mando importante para este animal! -Ante esa persuasión, solamente quedaba una cosa, aceptar la petición y permitir que el dragón, que parecía estar en una especie de shock, como si hubiese entendido el significado de lo que quería decir la anciana, se lanzase al vacío en dirección al hombre.

Fue un momento de leyenda, que si se hubiese dado mil años habría sido dibujado en una piedra con la sangre de mil prisioneros y luego malinterpretado por un par de académicos, que supondrían que era la derrota del invierno por la fértil primavera…o algún pensamiento esperanzador que tienen esos caballeros. La bola púrpura que era Margaret Orgaafia descendió del cielo, como una bola de demolición, dándole el suficiente tiempo al demonio para que se girase, encontrando su rostro abrazado por las asfixiantes presencias de los pechos de la anciana envolviendo su cara.

Fue entonces que un estallido de luz reventó el espacio, un haz de arcoíris que envolvió a las dos figuras, temblando a la misma velocidad que el sonido y la luz, para después desvanecerse en un torbellino de calor y energía. ¿El único trazo del acontecimiento? La sombra quemada en el suelo de las ruinas de Margaret abierta de piernas y brazos.
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Erase una vez, un pequeño pueblo. Era un pueblo alejado de todo; de los rumores de la corte, de los codiciosos comerciantes y de los gritos de la guerra. Era un buen pueblo. Y, en este, había una pequeña casa.

La casa pertenecía a una pareja recién casada, hecha en madera por las varoniles manos del marido. El lugar desprendía el amor de una pareja que acababa de pasar a vivir juntos (y ocasionalmente los ruidos y olores propios también). Y, envueltos por ese pacífico manto de paz y amor, los tortolos convivían felizmente.

El hombre devoraba un trozo de carne con la majestuosidad y torpeza propia de un hombre rural, dejando suficientes manchas en el suelo y en la mesa que configuraron el mapa a un tesoro escondido hace milenios. No que nadie se fuese a dignar a buscarlo. Mientras, la mujer comía con delicadeza y una sonrisa en su rostro un potaje que por el sonido de la mujer era delicioso.

-Cariño, tus costillas salen como si lo hubiera hecho el mismo dios…-dijo el hombre de la casa, relamiendo sus enormes dedos, con una sonrisa y un gruñido satisfecho. A eso, la mujer solamente soltó aire divertido- Ya le gustaría a dios cocinar como yo cocino…-replica, con una arrogancia que apestaba a hubris y que en otro relato habría acabado con ella convertida en vaca**.

Tras ese intercambio, un silencio tenso se mantuvo, en el que marido y mujer se miraron el uno al otro. No obstante, no había expresiones inocentes o llenas de amor, era la misma mirada de dos personas que se encuentran encerradas en un ascensor tras comer fabada. La tensión se podía saborear en el ambiente.

-Creo…que ya he dejado bastante patente que no me puedes engañar así -replico la mujer, alzando una ceja. El aire ardió con llamas violetas, rompiendo la realidad alrededor de la doncella, revelando los varios kilos de más que se escondían tras la cuarta pared.

-Si…ha quedado claro como el agua que me estoy comiendo, ¿de verdad esto es cocido? -replico el hombre, ardiendo de la misma manera, revelando a un hombre vestido como uno de esos adolescentes pretenciosos que acaban de llegar a la ciudad y se encuentran con dinero- ¿Cómo lo has sabido? -preguntó extrañado. El ser estaba seguro de que su ilusión había sido perfecta y que dentro de este espacio vacío había creado la perfecta trampa.

-Dos cosas…-replico la anciana, elevando los dedos- Primero, soy una ilusionista y una señora mayor, estoy acostumbrada a que la gente intente engañarme. Y, segundo, cuando te fuiste a duchar mire por el agujero de atrás y, honestamente, te falta bastante para parecerte a mi marido…

El demonio simplemente pestañeo, pensando en la forma que había usado en ese momento, simplemente juzgando las palabras que había dicho la mujer- Tienes…unas ideas respecto proporciones masculinas muy distorsionadas…-comentó, a lo que la mujer simplemente se rio- No, solo la suerte de que la genética ha sido afortunada en mi pueblo…

Un cigarrillo se materializó en la mano de la anciana, encendido y produciendo una cantidad insalubre de humo.- Bueno, esta claro que tu quieres salir y yo también…pero no quiero que tu salgas…-Comenta, dándole varias caladas al enorme puro, produciendo círculos en el aire- Estamos en un impase.

El ente simplemente asintió- En situaciones como estas un demonio te amenazaría con arrancarte los intestinos y dártelos de comer mientras mea en tu cráneo, pero, honestamente, tengo más clase que eso -continua, mirándola fijamente- Y no pienso ofrecerte un trato, porque, hablando honestamente, tu cuerpo parece que se va a derrumbar y gastar magia en rejuvenecerte me parece un gasto, con la de poderosos cuerpos que hay en nuestra vecindad -Ante esas palabras, la anciana sonrió, llevándose la mano al pecho como si hubiese sido insultada por ese comentario.

-Auch, que brutalidad, pero al menos es un alivio ver que eres de los demonios con modales -comenta, mientras apaga el puro medio consumido, restregando la punta contra la madera de la mesa.- Entonces juguemos a un juego… En el que nos matamos mutuamente -Los ojos de la mujer brillaron con la satisfacción de ver como el joven demonio sonreía por primera vez- Oh, señora, esta empezando a cuestionarme el no hacer un trato con usted ¿en que consistiría el juego?

La mujer se encogió de hombre- Muy simple, pero antes, ¿tu nombre? -pregunta, mientras posa sus manos en la mesa acercando su cuerpo, con una maliciosa sonrisa- Seria una pena no conocer el nombre del… hombre que voy a matar -replica, con una risita confiada, ante lo que el demonio solo se mantiene observando su rostro, como si intentase detectar los engaños de la anciana entre sus arrugas, lo cual, honestamente, era como buscar salvia entre los recovecos de un árbol. – Phillip -Comenta, con tranquilidad, mientras la mujer asiente.

-Margaret Orgaafia -Tras eso, eleva la mano, haciendo un gesto de apretar una mano- El juego es el siguiente; si Phillip consigue matar a Margaret Orgaafia, tú gana. Si Margaret Orgaafia logra mantenerte perpetuamente aquí, gano yo. -Una sonrisa confiada se dibujo entre las arrugas de la mujer- ¿Es un trato?

El demonio soltó una risa, profunda y con el abismo cabalgándola, pero aun así cogió la mano de la anciana- Es un trato -Y, al segundo, la otra mano del demonio se volvió un hálito de llamas en forma de garra, lanzándose hacia la anciana. Margaret rápido cayó hacia atrás, impulsando la mesa hacia arriba con la pierna, golpeando el brazo ajeno y dispersando las llamas en la madera. Un estallido destrozó al segundo la mesa. No obstante, la anciana había desaparecido, sustituida por otra en la puerta.

La mujer era joven, sus cabellos rojizos volando en una melena despeinada y con ropa hilada con otras prendas para cubrir el sobreuso de la misma.- Vamos, demuestra que lo que te falta bajo el pantalón lo tienes persiguiendo faldas -comenta, desapareciendo tras la puerta, antes de que una bola de fuego fatuo la golpease.

El demonio no se hizo esperar, corriendo tras ella, abriendo la puerta. No obstante, lo que esperaba que fuese un campo abierto con un camino al pueblo, se había transformado en el pasillo de algún castillo. Las paredes rocosas creaban la sensación de un interminable pasillo, cubierto por puertas. Con un gruñido, el demonio simplemente paseo, calmando sus llamas, mirando alrededor, en busca de la correcta en la que encontrar a la anciana. Con curiosidad, abrió una de manera aleatoria.

El sonido de agua corriendo y cuatro pares de ojos le devolvieron la mirada. Cuatro caballeros, musculados, se encontraban limpiando su cuerpo en lo que parecía ser un baño. Los caballeros solo se podían identificar como masas de musculo…en todos los sentidos. El demonio pestañeó y cerró la puerta lentamente. Unos segundos pasaron- Señora…realmente tiene una idea bastante incorrecta de lo que es normal en un hombre…

Tras cerrar la puerta, uno podía tener una idea de que las memorias y fantasías de la anciana se entrelazaban en este lugar. Ahora…¿Cómo eliminarla? Yendo al origen, por supuesto. Una enorme sonrisa atravesó los labios del ser, rasgando la carne, revelando dientes que una persona normal no mostraría. Al poco, la mano del demonio acabo en su boca, como si el hecho hubiese sido una descortesía, volviendo a su forma natural.- Bueno…supongo que el asunto es encontrar el inicio de todo…-El demonio estaba relajado, tenía todo el tiempo del mundo y tarde o temprano la mujer se acabaría cansando. Con esa filosofía en mente abrió la siguiente puerta.

Horrores del abismo habrían retrocedido nada más abrirse la puerta, pero el demonio se quedo paralizado. La figura de la anciana se encontraba en un cuartucho, con el vestido por los tobillos y nada mas.- ¡Cierra, coño, que un catarro me mata! -grito, despertando al demonio, que cumplió la orden al dedillo. Ahora…tras esta visión del inframundo,  muchos habrían gritado o arrancado los ojos…La reacción de Phillip fue la más calmada. Se agacho, abrazándose, mientras temblaba ligeramente. La gelatinosa sensación que se había asentado en sus huesos y quemado en sus córneas se fue disipando, sustituido por el ardiente fuego del foso.

Llamas que clamaban venganza envolvieron el cuerpo del demonio, escondiendo como su forma se distorsionaba entre el concepto de realeza novelesca y el verdadero horror que había ascendido de las grietas del foso. Un grito salió de la hoguera viviente, envolviendo el pasillo en un pandemonio. Lentamente, las puertas se astillaron y explotaron, dejando solamente piedra, bañada en azuladas llamas. Más y más llamas inundaron el lugar, convirtiéndose en una corriente de pura ira que buscaba a su víctima.

Hasta que la gravedad decidió ponerse más cómoda en otra posición.

El pasillo se inclinó de golpe y porrazo, convirtiéndose en un pozo, cuya oscuridad se tragó las llamas como quien come comida picante en pleno sol. No importa como las garras de Philip se aferrasen a las rocas, una fuerza irresistible lo atraía al abismo, haciéndole caer y caer.

Entonces abrió los ojos.

Su cuerpo se encontraba de pie ante una multitud de personas, sin rostro, pero cuyas caras sin labios parecían producir potentes maldiciones y gritos. La fuerza de la malicia y el odio lo golpeó como una ola, haciéndole sentir el extraño frío que golpeaba su piel. Además, su forma se sentía pequeña, frágil y vulnerable. Cuando intentó cambiar, la presión del ambiente lo retuvo, como la presión de las profundidades del océano. Un cansado jadeo salió de sus labios que se volvió un grito de odio cuando detectó a la bruja.

Estaba sentada, cómodamente, con su rostro oculto por la sombra de su sombrero. A su lado, una señora estaba concentrada en hacer croché y una joven de cabellos blanco, sentada muy formalmente. Phillip intentó lanzarse hacía las mujeres, pero fracaso miserablemente. Algo se aferraba a su cuello, asfixiándolo en el momento que intentó avanzar. Junto con eso, sus manos y piernas se encontraban inmovilizados por ásperas cuerdas. Pronto, una figura adornada en atuendos judiciales se acercó, posando su mano en una especie de palanca.

“Por los crímenes de” empezó a decir, expulsando un grito que se alojó en la mente del demonio durante varios segundos. Una estática horrible que se aferraba a los tímpanos, seguida por la voz de nuevo “se condena a Margaret Orgaafia a muerte”. Los ojos del demonio se abrieron un momento, mirando a la figura, sin entender, pero pronto los nudillos se aferraron a la palanca, tirando de ella.

De nuevo, la gravedad se hizo presente, arrastrándolo hacia un hueco en el suelo, terriblemente oscuro. Lo único que evito su caída fue la presión en su cuello, que se alzó con fuerza, clavándose en su piel, crujiendo huesos y sacándole el aire de los pulmones. Momentos de puro odio y terror fueron la condena para el demonio, quien vio en la nueva posición la soga de su cuello. Era lo que necesitaba. Llamas cortaron la cuerda de nuevo, liberándolo de esa insufrible sensación, pero volviéndolo a dejar caer en las tinieblas

Una oscuridad que no desaparecía al abrir los ojos era todo lo que quedaba, hasta que su cuerpo golpeo una superficie dura y astillosa. Pronto, el golpe vino acompañado por paredes de la misma materia, encerrándolo en el espacio claustrofóbico.- Un ataúd…-gruño el demonio, maldiciendo la macabra imaginación de la vieja e inundando el lugar con sus llamas. Pronto, la madera cedió, dejando paso a kilos de tierra que pronto fueron impulsado hacia arriba por el torrente de magia que el ser desprendía. Y, de esa manera, como un ghoul, escaló hacia el exterior, aspirando una potente bocanada de aire fresco. Frente a él, a varios metros, la bruja se encontraba mirando un espectáculo de colores.

Llamas violetas y azules se enzarzaban, como peces en un lago, en el aire frente a la mujer. Sus movimientos causaban olas en el espacio, que al chocar brillaban, dejando una nueva imagen. La fortaleza en ruinas. DeRain.

Finalmente, con esa oportunidad de tener la espalda de la anciana al descubierto, el demonio se preparó para lanzarse y destrozarla. No tendría una muerte digna. No con lo que le había hecho pasar. Garras de fuego cubrieron sus manos, pero antes de que pudieran alcanzar a la vieja, una nueva presión en el cuello lo empujo hacia atrás. Phillip se giró, mirando un extraño monolito, del que, como un hálito de humo y negrura, una cadena salía y envolvía su propio cuello. En el monolito había el nombre de la bruja, grabado de manera brusca e irregular.

-He ganado -dijo la mujer, sin ni siquiera dedicarle una mirada al demonio. Las luces empezaban a volverse cada vez más numerosa, revelando en el aire más piezas del paisaje que habían abandonado.- ¿Qué? -gruño Philip, rompiendo su cadena, pero sin éxito en liberarse, pues se recompuso en un segundo.

-En el momento que hiciste el trato conmigo habías perdido, Phillip -comentó la mujer, su tono no era uno victorioso o entretenido. No, era serio. Y cuando una persona como Margaret hablaba así, sabías que ya no había escapatoria.- El resto era un mero regalo, ilusiones y trampas con las que deberías haberte entretenido mientras yo me marchaba…-Una mirada por encima del hombro fue todo lo que le dedico tras decirlo- Pero, al parecer, alguien no tiene sentido del humor y se dedicó a destrozarlo todo…

-¡No puedes haber ganado! ¡No me has contenido eternamente y si te vas aun menos! -Una pequeña risa salió de la anciana- Yo no necesito contenerte, Margaret Orgaafia lo hace…-dice, con un deje lleno de tristeza, con el mismo sentimiento con el que las banshes hablan.- Los requerimientos para que tu salieses son imposibles…no puedes matar lo que ya esta muerto. -comenta, mientras el cuerpo del demonio volvió a ser arrastrado hacia atrás, arrojándolo por el suelo. Más cadenas salieron del monolito.

-Los demonios sois pésimos mentirosos…Creéis que mentir supone ir en contra de normas preestablecidas y el engaño se inicia tras que las reglas son puestas. -susurra la mujer, mientras estallidos de luz seguían creciendo frente, aumentando su sombra y bañando al demonio con ella.- Nunca consideráis las mentiras dichas antes del encuentro, nunca prevéis enfrentaros directamente a vuestras armas… Siempre es sobre tratos y la letra pequeña, pero nunca pensáis que el que firma puede poner su propia letra pequeña-continua, mientras una oleada de energía salió del portal, estableciéndose ante la mujer. Finalmente, la bruja se giró, mirando al demonio por última vez.

El ser estaba atado de pies y manos. Ya no eran solo las sombras las que conformaban sus ataduras; piedras, raíces y la propia tierra se habían vueltos mantos que empezaban a cubrir su cuerpo, solamente dejando su rostro, con una expresión de puro odio.

-Soy una mentira -susurró la anciana, mirando sin compasión ni odio al ser. Solamente la indiferencia de alguien cansado de jugar.- Estoy luchando contra una muerte ajena a base de mentiras, ilusiones y sueños… Margaret Orgaafia es un cuento que estoy narrando, a pesar de que su final llegó hace mucho. -Una pequeña sonrisa se desprendió del rostro de la mujer, abandonando cualquier fanfarronería o ilusión tras de si. Ante el hombre solamente había una anciana cansada.

-Margaret Orgaafia está muerta -reveló la mujer, viendo como las cadenas se debilitaron momentáneamente- Estaba muerta antes de que los dos luchásemos en este juego, antes de que tu fortaleza fuese atacada y antes de que yo llegase.  Por ello, no importa cuánto luche y destroces en este lugar, no existe una Margaret que puedas matar…ni tampoco esperanza de salir.

De nuevo, la misma materia de la que estaba hecha el lugar se abalanzó sobre el demonio, estrujándolo. La anciana se agarro el sombrero, notando como el mismo aire corría en su dirección.- Así que…adiós, Phillip -Con un salto, el cuerpo de la mujer cayó sobre el blanco portal, desapareciendo de la vista del demonio.

Fue así, con una sonrisa y la mentira que la ha envuelto durante tantos años, que la bruja conocida como Margaret Orgaafia, escapó de la piedra filosofal.

Mientras tanto, en el mundo real….

Los compañeros de la anciana se habían quedado en la inopia. Sin demonio al que enfrentar y solamente con una piedra que brillaba extrañamente en el suelo, expulsando llamaradas de vez en cuando, como testimonio de lo que había pasado.

No obstante, cuando el estupor empezó a desvanecerse, la piedra se movio. Fue un lanzamiento rápido, golpeando el muslo de cierta demonesa, chocando con el suelo al caer para después revotar contra las nalgas de cierto ser de especie desconocida y repetir el proceso con un pistolero. De terceras, la norma habría dictado de golpear la nalga de cierto mago, pero en su caso pareció dirigirse directamente a la frente. Finalmente, la piedra se alzó en el aire, expulsando chispas multicolores y luego a una anciana directamente a los brazos del chico étnicamente misterioso.

-Hola, chatos…



*Todos los soldados lo son ante la combinación que suponía la falta de papel higiénico y la frase “en la guerra, todo agujero es trinchera”.
**En concreto, en los relatos de San Augusto de Daulin se cuentan 32 historias en las que los protagonistas acaban convertidos en animales de manera muy descriptiva. El hecho de que San Augusto le gustaba vestirse de animales no se ha conse
Margaret Orgaafia
Margaret Orgaafia

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