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Trascendente. [Privada]

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Trascendente. [Privada]

Mensaje por Kaila el Vie Jul 28, 2017 6:59 pm

Miró a su madre mientras le cepillaba el pelo con una sonrisa dibujada en sus finos labios sonrosados. Era la primera vez que asistiría con su familia a la Ceremonia de Sacrificio y debía admitir que estaba algo más que asustado.

Khussu no era un dios cruel y malvado, no exigía grandes sacrificios, pero todos sus adeptos debían entregarle su recuerdo más preciado una vez cada año. Evidentemente, esto no afectaba a los niños, no hasta que alcanzaban la edad de 9 años.

Edad que William había cumplido hacia tan solo un par de semanas. No obstante, llevaba toda la vida preparándose para ello. Toda su familia se volcaba en el culto hacia su dios, y desde que William empezó a hablar, a caminar y a tomar conciencia de su entorno, le habían enseñado todo lo necesario para ser un buen seguidor de Khussu.

A pesar de toda la enseñanza recibida, era más que evidente que el joven William estaba tremendamente nervioso. Su pequeño cuerpo temblaba con brusquedad, a pesar de que el niño intentaba controlar dichos temblores, apenas si era capaz de hablar y su mirada era huidiza.

- William, William cariño…- le dijo su madre mientras le pasaba uno de sus mechones rojos tras la oreja y le acariciaba con dulzura la mejilla.- No pasará nada, no dolerá.

El niño parpadeó varias veces, conteniendo sus lágrimas, y miró a su madre. Al igual que él, ella también tenía el pelo rojo, rojo como la sangre fresca, pero sus ojos eran distintos, de un azul muy intenso que contrastaba con el pálido de su piel y la intensidad de su pelo.

William era tan pálido como ella, pero sus ojos eran tan oscuros como los de su padre, y su pelo tenía la misma rebeldía, al contrario que el de su madre, que permanecía completamente liso y peinado a la perfección con el menor esfuerzo.

- ¿Y si Dios considera que mi recuerdo no es lo suficientemente bueno?.- le preguntó el niño a su madre bajando la mirada.
- William Stern.- le dijo su madre con la voz cargada de seriedad.- Mírame, William.- le exigió su madre con la voz firme mientras que, con dulzura, alzaba la barbilla de su hijo para que la mirase.- Si coges el recuerdo que más quieras y lo entregas, da igual que sea un recuerdo triste o alegre, bonito o feo, Él solo quiere recuerdos que para nosotros sean importantes.
- ¡Pero no quiero deshacerme de ese recuerdo!.- gritó el niño con los ojos anegados en lágrimas.
- Tienes que hacerlo, hijo. Necesitamos que lo hagas, no podemos permitirnos ningún fallo.

De repente, el pequeño William vio como los hombros de su madre se tensaron y, de forma mecánica se levantó, tensándose como una vara.

Su padre había entrado en la habitación de William mientras ellos dos hablaban. Completamente contrario a su madre, su padre era todo dureza y brutalidad. No permitiría que William fallara en sus obligaciones como hijo de una de las familias más importantes seguidoras del culto.

Desde hacía años se habían labrado un nombre dentro de la capital, se habían ganado la amistad del heraldo del templo a Khussu, el único templo en Noreth donde se podía contactar directamente con su Dios.

- Debemos irnos, la ceremonia empezará en breves.- anunció con voz potente el padre de la familia Stern.

Tanto madre como hijo salieron sin decir nada, seguidos de su marido y padre, directos al templo donde los estaría esperando el heraldo Atirac, vestido con sus mejores y más brillantes galas, listo para iniciar la ceremonia, otorgándoles a sus queridos amigos unos asientos privilegiados.

Atirac saludó con alegría a sus amigos y animó al pequeño William, diciéndole lo importante que sería para él participar en la Ceremonia.

- Pequeño Stern, ya verás lo gratificante que es otorgar algo tan preciado como lo es un recuerdo importante a tu Dios. Le darás una parte muy valiosa de ti, y Él te lo recompensará con creces, créeme.- luego, escuchando sus propias palabras, rio con ganas.- Pero no, antes de que puedas decirlo, no hacemos esto por la recompensa, lo hacemos porque necesitamos que nuestro Dios siga teniendo poder sobre nosotros, Él debe mantenerlos alejados, y solo él puede hacerlo.

William apenas comprendió nada de lo que le dijo Atirac, pero sonrió al viejo y asintió de forma energética con la cabeza. Sus padres le habían inculcado un respeto muy profundo hacia los heraldos de su religión, ellos eran los que hablaban por Khussu en Noreth, no estaba bien desoírlos.

La familia de William era una familia privilegiada, de las pocas que contaban con el favor del Dios, de las pocas que tenían acceso al templo sin ser heraldos o sacrificios. William no terminaba de entender a que se referían cuando llamaban a alguien “sacrificio”. Siempre le habían explicado que Khussu no quería muertes como sacrificios, pero si tenían sacrificios. Estos sacrificios eran importantes y eran los que lucharían para mantener alejados a los Rostros Rojos.
William pensaba que los Rostros Rojos no eran más que los demonios, aquellos entes que todo el mundo odiaban y contra los que luchaban. A pesar de ser un niño, William sabía que había más religiones y, a pesar de lo que decían sus padres, sabía que esas otras religiones eran tan ciertas como la suya propia.

Casi sin darse cuenta y sumido en sus propios pensamientos, William se encontró metido de lleno en la ceremonia. Estaba sentado entre sus padres, los cuales estaban en primera fila, justo por detrás de Atirac, que se encontraba frente a un enorme fuego; tras este fuego, la figura de un hombre alto y corpulento, vestido en su totalidad de blanco, que parecía relucir con luz propia tras el fuego, lo observaba todo con el rostro completamente tapado.
Khussu.

A William se le cogió un nudo en el estómago, asustado de repente ante la presencia de su Dios, e impresionado a su vez por la solemnidad de la escena, el calor del enorme fuego, y el cántico común que todos entonaban.

Uno a uno, los que estaban sentados a su izquierda, se fueron levantando y yendo frente a Khussu, el cual los recibía completamente inmóvil. Durante unos segundos, que William sabía que se otorgaban para revivir el recuerdo más apreciado de ese año, Khussu observaba al dador en silencio. Acto seguido, levantaba un brazo envuelto en telas blancas, brillantes y que parecían estar bailando con vida propia y, con una mano pálida y fuerte, tocaba la frente del mortal que tenía frente a él.

En ese momento, el fuego se apagaba por completo, y volvía a arder con renovadas fuerzas. El recuerdo había sido entregado.

Cuando llegó el turno de William, el niño temblaba como la última hoja de un árbol antes de caerse a causa de la nueva estación. Asustado y con la cabeza bien alta, fue hasta Khussu. El dios lo recibió tal y como había recibido al resto: completamente inmóvil y sin bajar la cabeza hacía él.

William cerró los ojos y apretó los puños con fuerza. Entregaría su recuerdo más preciado, entregaría su recuerdo más preciado, entregaría el sueño de la chica. William revivió aquel sueño y, durante unos segundos, vio a la chica bailar al son de la música que ella misma hacía sonar. A William le pareció oír con sus propios oídos la música cuando Khussu posó su etérea mano en su propia frente.

Su recuerdo se marchó al tiempo que la llama del fuego volvía a brillar con fuerza, pero esta vez lo hacía con un intenso color verde. Lo siguiente que sustituiría el recuerdo que el niño acababa de perder eran los gritos de asombro y terror, el heraldo alzando su  voz por encima de la del gentío y, a Khussu, bajando su mirada tapada y arrodillándose frente al niño.

- Vive un año más, luego serás mi sacrificio.


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Re: Trascendente. [Privada]

Mensaje por Kaila el Dom Ago 06, 2017 4:52 pm

Ese año no hubo sacrificios tras el recuerdo de William.
Ese año nadie volvió a hablar con William sobre la religión que todos adoraban.
Ese año su familia perdió los privilegios con el templo.
Ese año la familia perdió a su amigo Atirac.
Ese año comenzó el declive de su familia.

Después de que William diera su recuerdo y de que el caos que reinó en la ceremonia se calmase, esta siguió el curso habitual que seguía todos los años. Todos cedieron sus recuerdos y la llama no volvió a brillar de la misma forma en la que lo hizo con William, igual que Khussu no se dirigió a nadie como lo hizo con William.

El pequeño niño podía notar como todos los que estaban cerca de él lo miraban con temor. Su padre, perplejo, lo miraba con una expresión mezcla del horror y la sorpresa, mientras que su madre lloraba en silencio.

Todos parecían comprender lo que había pasado, todos salvo él.

Estaba tan perdido y atemorizado que no podía controlar el temblor que agitaba todo su cuerpo de forma descontrolada. William no podía parar de pensar que la culpa había sido del recuerdo que había entregado, no podía recordar cual era, pero una canción completamente desconocida para él no dejaba de resonar en lo más profundo de su ser.

Sabía que esa canción estaba relacionada con su recuerdo de alguna forma, pero claro, ya no podía saberlo.

La ceremonia terminó con aparente normalidad y su familia se quedó hasta que todos se marcharon. Necesitaban hablar con Atirac, necesitaban orar frente a su dios para que este les explicara la gravedad de la situación.
William miraba a sus padres sin entender nada, pero consciente de que ellos sí sabían lo que significaba lo ocurrido hacía tan solo unas horas. Nadie le explicaba nada ni se dirigía a él.

- ¡Atirac, viejo amigo!.- dijo su padre con súplica y miedo en la voz.- Tienes que ayudarnos, necesitamos hablar con Dios.

Los movimientos de su padre eran desesperados, se agarraba con desesperanza a las túnicas del heraldo, implorando con la mirada. Mientras, su mujer, lloraba en silencio, con una mano sobre la espalda de su hijo, pegándolo a ella.

William, desde su total incomprensión, mantenía la mirada fija en Khussu, que permanecía tras el enorme fuego, mirándolos con quietud absoluta.

- Lo…lo siento, Fenrir, pero yo…yo no puedo hacer nada… Es una lástima que haya pasado esto, pe..pero las escrituras son claras, y nuestro Dios ha hablado.- de forma nerviosa, miró alternativamente a Fenrir y a su mujer.- Será mejor que os marchéis y disfrutéis de vuestro hijo.

William apenas escuchó las palabras del heraldo, pero, de haberlas escuchado, tampoco las habría entendido. ¿No se suponía que su Dios era bueno? ¿Qué no mataba a sus seguidores, sino que los protegía de los Rostros Rojos?

Sus jóvenes ojos seguían fijos en Khussu, el cual, con inquietante lentitud, alzó su mano, señalando a William, y lo invitó a acercarse a él.

Se separó de sus padres sin decir nada y, estos junto a Atirac, lo miraron petrificados, viendo como el niño se alejaba de ellos y caminaba hacia un Dios que hacía tan solo unos segundos le había pedido ir con él.

- Demos un paseo, William.- la voz de Khussu pareció resonar en la cabeza de William

El niño asintió, sin decir nada, y tan solo miró una vez hacia atrás para ver como sus padres y el heraldo los miraban asombrados.

Durante unos quince minutos, que al niño se le hicieron eternos, caminaron en silencio, por el interior del templo. A su paso, William vio a niños y adultos, trabajando, corriendo de aquí para allá, entrenando con armas, leyendo libros y haciendo aparecer ante ellos seres inimaginables.

William no entendía lo que veía y, mientras intentaba buscar un sentido a lo que le estaba pasando, en su mente volvió a resonar la voz del Dios.

- ¿Estás asustado?
William asintió.

- No tienes por qué estarlo, ser mi sacrificio no significa morir.
William lo miró sin comprender.

- ¿Sabes lo que significa que tu recuerdo hiciera bailar al fuego con el color verde?
Esta vez, William negó con la cabeza.

- Tu recuerdo significa mi fin.- luego, profirió un sonido parecido al de una risa, pero con una vibración extraña para los oídos de William.- Pero no, no te mataré para acabar con mi fin. Tú serás mi guerrero, tú me mantendrás vivo, pero William, no puedes hablar de esto con nadie, ni siquiera con tu familia, ni con tu querida madre. ¿Sabes que todos sus recuerdos felices están relacionados contigo?.- sonrió, o al menos eso parecía para William. El Dios vendado sonrió.- Mis fieles piensan que los sacrificios no son más que personas que entregan todos sus recuerdos y…desaparecen, pero se equivocan. Ellos se convierten en mis guerreros más poderosos.
- No…No sé a que se refiere.- tartamudeó William. Tampoco sabía cómo debía dirigirse a Dios
- Los Rostros Rojos son tan reales como yo, y son más peligrosos de lo que nadie pueda imaginar. Necesito guerreros que transciendan, que estén más allá de este mundo.- luego, se paró y miró al niño. Se agachó y colocó sus envueltas manos sobre los hombros de William.- Esto es demasiado para ti, pero lo comprenderás. Ahora vete, vive y amasa todos los recuerdos felices que puedas. Vuelve a soñar con esa canción, guiará tu lucha.

Y, sin comprender, pero a la vez entendiéndolo todo, William volvió con su familia e hizo exactamente lo que el Dios le pidió.

En pocos meses, su familia perdió sus fortunas, sus negocios y la amistad con Atirac. No pudieron volver a pisar el templo, tenían que viajar hacia los helados puertos y rezar en un pequeño altar abandonado desde hacía años.

Pero eso no le importó a la familia, tenían que ser felices durante su último año de vida. William les dijo que Khussu le había pedido que fuera feliz con ellos, y eso hicieron sus padres. Sus vidas dejaron de girar en torno a su religión y a sus fortunas, ahora lo hacían en torno a su hijo.

Y así fue durante todo un año.

Cuando el año acabó, la ofrenda se realizó y William fue el sacrificio que todos esperaban. Nadie ajeno al templo volvió a verlo, ni siquiera Atirac, él no sobrepasa nunca la entrada de la casa de su Dios, él no tenía ese privilegio.

Esa misma noche, William murió junto a su padre y a su madre, pero esto es algo que él desconoce, y no será hasta dentro de 13 años que William sepa que esa misma noche, murió junto a sus padres.


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