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Un Zarpazo en la Tormenta.

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Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Medielvoulder el Mar Ago 01, 2017 7:41 am

Llevaba tres semanas perdido al norte de Malik Thalish. Las tormentas invernales de Geanostrum eran implacables. Su caballo había muerto hacía tres días, sólo había alcanzado a arrancarle una pata antes de emprender la marcha a sabiendas de que si se quedaba en las heladas estepas moriría.

Allí estaba, envuelto en gruesas pieles, cubierto de nieve, vapuleado por la tormenta y empujado por una pasión por la sobrevivencia igualable a la de un animal. Aquel que llamaban mestizo, un medio demonio. Un hijo de Rhaggorath. Medielvoulder.

Tres semanas muriendo y aún no estaba muerto. Caminando a ciegas por estepas, montañas y finalmente por un bosque de pinos.
Escuchó el silbido del viento entre las ramas, era el susurro de Kiara que lo esperaba. Los dioses jamás lo habían ayudado, y no esperaba menos de ellos. En algún sitio estaba su Señor, era a ese a quien debía clamar.
¡Ayuda, maldito Rhaggorath! ¡Ayuda, eso es todo!
La blasfemia le resultaba fácil, por esos días consistía en la mitad de su vocabulario. Combatía y rogaba con sus blasfemias, necesitaba escuchar su voz por temor a la demencia en aquel silencio blanco y monótono.

En algún lugar más al oeste las costas de Geanostrum lo esperaban, tan solo tenía que hallar el camino. Con la carne de su montura podría sobrevivir una semana más si sabía racionar su comida. Tan sólo necesitaba no morir congelado.

El sol aparecía de vez en cuando sobre las nubes cuando la tormenta se calmaba, solamente para burlarse de él. Era como una pequeña moneda, lanzando una luz que apenas y calentaba el rostro.
Tres semanas ya —se dijo—. tres semanas caminando hacia el oeste.
Se detuvo. Cogió un puñado de nieve y se lo metió a la boca. La barba le quedó llena de copos que se volvieron gotas en pocos segundos.
Siguió el proceso de comer nieve hasta que sintió que la cabeza se le congelaba. Tragó el último bocado y se sintió saciado.
Sucio Rhaggorath. Esto está mal. Ya debería haber llegado a la costa.

Por culpa del clima era imposible saber dónde quedaba el norte. El mestizo miró a su alrededor, el silencio del bosque era casi palpable. No había nada hacía ningún lado. Lo único que lo mantenía por ese camino era la forma en que los pinos estaban dispuestos, como si se tratara de un sendero.
Escuchadme, jodida Bestia del Caos. Os hago una apuesta. Si este maldito sendero lleva algún sitio, os juro que voy a matar todo lo que allí viva. Voy a deslizar mi espada por cada cuello que allí encuentre. Voy a erigir una pila de cabezas y voy a quemarlas en tu nombre. —Rugió con vehemencia.
»Pero si al final resulta ser un sendero hacia la nada, si todo lo que hay más allá de este congelado pedazo de mierda no es más que hielo y escarcha. Me voy a sentar bajo cualquier pino y ahí mismo moriré. Estoy cansado de vivir, de sobrevivir.


Caminó por entre los árboles, enterrando sus botas hasta las rodillas en la nieve. El día estaba muriendo. La apacible nevada que caía no era nada comparado con lo de anoche.

Su pensamiento suicida era lo único que le hacía compañía en ese momento, lo único que ocupaba su mente. Ni siquiera se dio cuenta cuando las agujas de una estructura de piedra negra se asomaron frente a él, por sobre los pinos. No las notó del todo hasta que las altas torres del castillo habían adquirido forma y peso.
Se detuvo en seco, asombrado. Se relamió los labios y sonrió.

No se detuvo a notar la vejez de aquellos muros, o la arquitectura y eficiencia de las disposición del castillo para recibir la nieve. Apenas y miró las tres torres que sobresalían de la estructura principal. En lo único que fijó su atención fue en la pequeña puerta de madera chapada en hierro que se asomaba en el contorno de la piedra. Una puerta en la parte trasera del castillo.

El hielo había hecho su trabajo con las bisagras, y de unas cuantas patadas echó abajo la puerta. El sonido de la destrucción le devolvió más calor al cuerpo que el trabajo físico.
Cuando pasó por sobre la puerta y miró al patio interior cayó en cuenta que quizá pudiera el lugar encontrarse habitado.
¡¿Hay alguien aquí?! —Gritó a todo pulmón—. ¡Siento lo de su puerta! ¡La arreglaré, no se preocupe!
El patio se encontraba desierto. Los edificios de las perreras, el establo y las bodegas parecían olvidados. Cubiertos de nieve, con puertas desvencijadas y la piedra a medio derrumbar. La integridad del castillo seguramente se encontraría igual, pero por fuera no parecía tal cosa.
Se dirigió a la entrada trasera, pero la puerta no cedió ante las patadas. Parecía cerrada a cal y canto en su interior. Le tocaría dar un rodeo para buscar la puerta principal.


Última edición por Medielvoulder el Miér Nov 01, 2017 8:02 pm, editado 2 veces
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Ayanne el Mar Ago 01, 2017 3:53 pm

Ayanne se mostró ante su maestro, el cual había mandado a llamar tanto a ella como a su mascota, la cual se hallaba pegada a Ayanne, tras un rato mirándolas las mandó a entrenar en tierras gélidas solo por comprobar si eran capaces de volver vivas ambas. Pues el maestro tenía la costumbre de poner a prueba a todos sus discípulos, no le gustaba tener a ineptos para perder su escaso y valioso tiempo. Según había podido saber Ayanne, su maestro, aunque fuese poderoso, el tiempo corría por su cuerpo al igual que en el resto de los mortales, había vivido demasiado incluso para él.

Se estaban haciendo preparativos para la elección de un nuevo maestro y así seguir la tradición, lo cual significaría su muerte, sus opciones eran varias, pero antes de dejarse matar tenía que poner a prueba a todos sus discípulos lo antes posible. Se dedicó a observar a Átira y suspiró, sabía el secreto que tenía su discípulo con ella. algo que estaba permitiendo. Le agradaba la idea de que se volviese fuerte, incluso más que el resto, eso podría ser de utilidad en un futuro actualmente lejano que él no iba a ver.


Átira se mostró sorprendida y reticente, le sonaba a un plan para librarse de ella si su ama no era capaz de mantenerla con vida, aunque ella apenas podía opinar en el asunto, pues no era considerada ni siquiera persona en ese lugar. Ayanne aceptó sin dudar, no tenía la menor intención de dejar  marchar o morir a su encantadora mascota. Pues esta le estaba enseñando el arte de la biomancia, aunque irónicamente estuviese con un maestro nigromante, pero sus ganas de poder eran mayores que la lealtad de un maestro.

Ayanne agarró a Átira de la mano y se puso a ello, fueron hasta su cuarto donde hicieron sus preparativos, aunque en medio de estos hicieron una pausa para saborearse. Luego de terminar los preparativos recibieron su destino, su encargo y que debían hacer allí, con la obligación de completar al menos una tarea de nigromancia. Algo bastante sencillo para una recién iniciada como Ayanne. Lo cual le molestaba, los fundamentos básicos los dominaba perfectamente.

Ayanne iba con Átira en brazos, sobrevolando Geanostrum, pues su maestro la había mandado a entrenar en alguna zona gélida, aunque no esperaban una tormenta de bienvenida, por lo que se pusieron a mirar si veían refugio alguno que les sirviese hasta que amainase la tormenta.  No quería que dejase que su mascota se muriese antes de siquiera empezar a entrenar en esas tierras heladas que tanto les disgustaba a ambas, aunque Ayanne le veía cierto gusto al frío.

Átira veía todo aquello con la ilusión de un niño, nunca había estado tan alto y había visto las cosas desde ahí arriba. Le encantaba, quizá ser una mascota de ese modo no le molestaba, su vida estaba completamente resuelta actualmente, le daban de comer, le procuraban los bienes que necesitaba a cambio de... complacer a su ama, no era la vida que había deseado, pero tampoco le disgustaba del todo, casi que vivía de lujo en esa situación

Tras ver tres torres de castillo, estaban decididas a ir allí, pues de no hacerlo podrían morir heladas mientras volaba Ayanne, Átira se abrazó a ella con fuerza, se había vuelto una costumbre entre ellas abrazarse y darse amor además de algo más. Aterrizaron cerca del castillo y parándose a contemplarlo, tuvieron que decidir si entrar. Pese a ello no querían quedarse allí fuera, la tormenta parecía ir yendo cada vez más a peor.

El frío y la tormenta no esperaba a ninguna decisión por lo que, se apresuraron a entrar por el portón entreabierto que podían ver entre tanta nieve. Átira se quedó esperando ordenes de Ayanne, pero lo único que recibió por respuesta fue un tarareo feliz, entrando como si fuese suyo el castillo, así pues se dispuso a seguir a su ama. De todos modos era su única opción en ese momento. Aunque no lo hubiese echo su ama habría dado marcha atrás solo para cogerla, por lo que prefería entrar por su propio pie.


Última edición por Ayanne el Vie Ago 04, 2017 11:45 pm, editado 1 vez
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Medielvoulder el Jue Ago 03, 2017 5:11 am

Se encontraba al otro lado del muro del castillo, pero no sabía si más a salvo que en el bosque. El lugar se encontraba en evidente estado de abandono. Y silencioso.
El mestizo no se sentía cómodo dentro de aquellos enromes bastiones de piedra, de los cuales nunca se podían esperar cosas buenas. La nobleza no solía ver de buena manera ni siquiera a los de su misma raza, mucho menos a los mestizos. Quizá el hecho de que estuviera vacío le daba cierta tranquilidad, pero la sensación de desazón no se iba.


Al terminar de rodear el gran edificio, notó que la puerta principal no tenía la forma habitual de los castillos, no había rastrillo ni puertas, sino un gran portón a medio abrir. El mestizo se detuvo para inspeccionar la entrada. Había pisadas en la nieve desde el portón a la puerta interior del edificio. El mestizo calculó que al menos eran cuatro personas las que habían entrado hace no mucho tiempo. La tormenta había atrapado a más desafortunados en los caminos.



El recibidor era una amplia sala llena de escombros. La hiedra recorría como rayos los muros, y por los boquetes del techo y los ventanales rotos se colaba la nieve y el frío.
Había dos puertas, una frente a otra, que llevaban a la izquierda y derecha del castillo. Las orejas del mestizo sintieron una lejana conversación hacia la derecha. Pensó un instante. Lo mejor no sería asustar a quienes estuvieran resguardándose, pero ¿y si se trataba de bandidos?
El mestizo se encogió de hombros. Le había hecho una promesa a su Señor.
¡Hola! —Gritó colocándose las manos alrededor de la boca—. ¡Vengo en son de paz!
La conversación cesó de inmediato. El mestizo avanzó hasta el portal de la derecha. Donde antes habían estado las puertas ya no había más que un montón de astillas.
Una persona se asomó.


¡Saludos viajero! —Gritó desde el fondo del largo pasillo—. ¡¿Andas solo?!
La persona resultó ser un hombre alto y espigado. Era un hombre de edad, de barba tan blanca como la nieve. Iba con un cayado y vestimenta para nada apropiada para el frío.
El mestizo iba a responder que solo, pero la frase se quedó a medio salir cuando algo llamó la atención fuera.

Era el sonido de la reja. Medielvoulder desanduvo el camino hasta la entrada y se halló de frente con una divium tenebri y una elfa de tez de color grisáceo. El mestizo llevó la mano derecha a la espada. Se trataba de una drow.
El hombre que se hallaba en el pasillo se asomó abrazándose el cuerpo por culpa del frío.
¿Qué sucede? —Preguntó consternado—. ¿Estás solo o no?
Regresa por donde viniste, anciano. Escóndete ahora mismo.
El hombre se ofendió ante las palabras del mestizo, pero se quedó de pie sobre la puerta astillada.
Sacó una daga de la parte de atrás de su pantalón.
El mestizo negó con la cabeza. Salió a recibir a la tenebri y su amiga.
Hola. —Dijo en tono amable—. ¿Buscan refugio?

El mestizo no tenía intenciones de luchar. Estaba hambriento y cansado luego de tanto caminar. Pero los divium tenebri eran famosos por ser una raza marcial y llevada por el camino de la guerra. Si una tenebri iba por allí sola en vez de con su cantón o patrulla, podría significar que se tratara de una expulsada.
Y luego estaba la drow. No podían ser peor compañía.
Acabo de llegar también. —El mestizo no quitó la mano del pomo de su espada, se encontraba en la puerta del castillo, se hizo a un lado, permitiendo que las mujeres pasaran al interior—. Estaba a punto de recoger esos trozos de madera —apuntó a los restos de la puerta derecha—, y hacer un fuego en el interior izquierdo de este sitio.

Sin darle la espalda a las mujeres se dirigió a la madera y cogió una buena cantidad con la mano izquierda. Miró hacia el pasillo y el hombre mayor ya no estaba, pero podía oírlo caminar por el lugar. Alejándose.
Por cierto. Mi nombre es Medielvoulder.
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Ayanne el Lun Ago 07, 2017 11:45 pm

Átira posó suavemente la mano en su hacha, mirando a su ama por si esta le daba instrucciones de combate, se sentía nerviosa nunca había visto algo como lo que estaba viendo delante de sus propias narices, pese a que se había acostumbrado a ver muertos, divium tenebrii y cosas no-muertas. Un mestizo, era algo diferente. Era su primera vez, por lo que a la par que se preparaba desconfiada, se escondía con discreción detrás de Ayanne.

Ayanne lucía divertida, desde que vio la reacción del mestizo al ver a la drow, al ver a Átira tan cerca a ella no pudo evitar rodearla con un ala, para que esta se relajase un poco, pues no tenía ganas de  un combate después de haber volado tanto tiempo, en vez de ello se limitó a ir hasta el interior de la sala. Era algo reconfortante y menos fría que la entrada, la nieve no alcanzaba a entrar allí dentro lo cual era un alivio para ambas.

-Sí, buscamos refugio, si este castillo es tuyo, estaremos aquí hasta que pase la tormenta, como entenderás no queremos ser carne congelada- dijo sarcásticamente Ayanne, mientras acariciaba a Átira levantando parte de su ropa a ratos. Dejando que se viese su piel, sin ofrecer resistencia por si acaso hubiera represalias. De haberse resistido sabía que Ayanne podría humillarla allí mismo con tal de hacerle recordar por qué seguía ella con vida, quién mandaba sobre ella, cosas que ella ya tenía claras.

Átira se limitaba a dejar que su ama la tocase a su gusto, mientras no le quitaba ojo de encima a Medielvoulder, lo cual empezaba a molestar a Ayanne, que no se cortó en darle la vuelta y apretujarla en su pecho. Además que también tenía curiosidad acerca del mestizo, siempre le habían dicho que eran seres deplorables, aunque a ella no le parecía nada que le hiciera creer eso.

-Bueno, yo soy Ayanne, esta señorita taaaaan linda y achuchable es Átira, no la pienso compartir claro está. – proclamó Ayanne mientras le daba una sonora palmada en la nalga a Átira que no se cortó en responder con un leve quejido que hizo eco en la sala, acto seguido Ayanne le alborotó el cabello con bastante energía, parecía divertirse haciendo eso, aunque era normal, pues podía permitírselo sin problema, aquellas escenas bien podrían estar divirtiendo al mestizo, a la par que haciéndolas ver despreocupadas, como si aquel lúgubre sitio no tuviese nada nuevo para ellas y ciertamente, no lo tenía.

Átira se quedó algo ruborizada ya que estaban delante de un pequeñísimo público, miró a Ayanne esperando que esta entendiese que ahí no quería seguir, la cual lo entendió y dejó esos juegos viles que tanto le gustaban, era afortunada, al principio negarse era que fuese a peor, y acabase dolida por días. Entonces Ayanne le puso un collar que sacó del macuto, dejando así clara su posición pese haber respetado su petición. Átira suspiró, esa era su realidad.

Entonces Ayanne se sentó esperando a que Medielvoulder encendiese el fuego, estaba ansiosa por tener algo de calor, debido a que no podía hacer lo habitual con su mascota. La cual tampoco parecía muy dispuesta, temblaba, posiblemente por el frío o los nervios que aquella situación le estaba proporcionando. Mientras Ayanne se dedicaba a olfatear, pues le parecía que había alguien más por las cercanías, lo supiese el mestizo o no.

Pese a ello, dejó de estar en guardia y se pegó lo más que pudo a Ayanne, para su sorpresa, también estaba fría, aunque siempre era mejor que alguien te proporcionase calor, miró a Medielvoulder y le ofreció ayuda para encender el fuego, pues estaba ansiosa por tener cerca una pequeña fogata aunque fuese. Ayanne se levantó mientras dejaba que su mascota se acercase a ayudar al mestizo, advirtiéndole que si le hacía algo mientras se daba la vuelta, iba a correr la sangre allí mismo. Acto seguido se dio la vuelta, y marchó fuera de la sala, como quien buscaba algo con la certeza de saber que buscaba.
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Medielvoulder el Jue Ago 24, 2017 6:26 am

Bueno, yo soy Ayanne, esta señorita taaaaan linda y achuchable es Átira, no la pienso compartir claro está. —Había dicho la tenebri en un tono tan jovial y desentendido que el mestizo se sintió fuera de lugar. Acto seguido la alada nalgueó a su compañera, para dejar bastante claras sus palabras.
El quejido de la drow recorrió la sala principal y produjo eco al desparramarse por el interior de los pasillos. El mestizo decidió seguirle la corriente a ambas, y dejó salir una sonrisa algo nerviosa mientras la tenebri le revolvía el cabello a su compañera.
Luego de que le colocase el collar en el cuello al mestizo no le quedaron dudas de quien llevaba las riendas en aquella extraña relación.
Me queda claro, Ayanne. No te preocupes, el fuego me dará calor más que necesario. —Le dijo mientras comenzaba a disponer la madera en un costado alejado de las corrientes de aire de los ventanales rotos y el frío.
De su macuto sacó la pierna del caballo que había cortado para tener espacio para rebuscar. Dentro llevaba la mayoría de los implementos que solía cargar, incluyendo yesca y pedernal. El mestizo comenzó a golpear el pedernal mientras la mota de yesca fría y permanecía quieta en el la base de la madera que pronto sería fogata. Las chispas saltaron una y otra vez sin producir el preciado fuego.

Medielvoulver notó que la tenebri comenzaba a sentir el mismo olor que él. Preocupado por lo que podría suceder golpeó con todavía más fuerza el pedernal contra la piedra para producir chispas esperando que el fuego se encendiera pronto.
Entonces la drow se acercó para ayudarle, picando entre sus oscuras manos un trozo de madera seca en finas tiras. El mestizo no se sentía cómodo con la cercanía de aquella mujer, a pesar de que su raza no tenía mejor fama que la de ella. Él agradeció la ayuda y gracias a ello una pequeña llama comenzó a surgir de la yesca.
Ayanne entonces advirtió a su compañera de lo que sucedería si hacían algo indebido, y se alejó rumbo al pasillo en donde había estado anteriormente el anciano.

Voy a pedirte que soples lentamente sobre el fuego —Le pidió el mestizo a la drow meintras que con la mano ahuecada impedía que el tenue murmullo del viento apagara la llama. El mestizo sopló con cadencia sobre la llama, avivándola—. Así, de esta manera.
Sin esperar a ver si la drow había aprendido, se puso de pie y fue tras la tenebri.
Creo que no de dejé en claro que este no es mi castillo —Le dijo en voz alta a la alada mientras la seguía unos cuantos metros más atrás por el pasillo, con la esperanza de que el anciano lo escuchase y se escondiera—. También me perdí en la tormenta. ¿Tú notaste hacía donde se encuentra la costa?
La tenebri cruzó la puerta, y el mestizo llegó tras de ella.

Allí, en la habitación contigua se encontraba el desafortunado anciano. Y no estaba solo.
Saludos, viajeros. —Dijo en el mismo tono monocorde con el que había recibido al mestizo al entrar. Luego añadió mirando al mestizo—. Veo que no estabas solo.
El anciano se encontraba de pie en medio de la amplia sala contigua, la que sin duda había sido en otrora una cálida biblioteca. Estantes con decenas de libros reventados por el moho, sin tapas o simplemente destrozados cubrían las dos paredes contiguas mientras un ventanal de cristal sucio y opaco ocupaba el tercer muro. La desoladora tormenta llenaba de nieve las jambas de madera del ventanal, el que por suerte se mantenía íntegro y no dejaba entrar el frío.


Justo detrás del anciano, una joven humana se repantigaba, cubierta con una gruesa manta gris, sobre un viejo sillón de cuero carcomido y rasgado por el tiempo, el cual en conjunto con una mesilla redonda era todo el inmueble de la sala.
La mujer miró asustada a los visitantes, claramente alarmada tanto por las alas como por los cuernos de los dos intrusos.
Abuelo, ¿quieres son ellos?
Tranquila Royce, son tan solo unos viajeros, que me imagino, al igual que nosotros se quedaron sin medio de transporte ni cobijo durante esta cruel tormenta. ¿No es así?
El mestizo asintió mientras lanzaba miradas por sobre el hombro del anciano para observar mejor a la mujer.
Así es. Mi nombre es Medielvoulder, y ella es Ayanne. Sólo hemos venido a refugiarnos de la tormenta.
¿Tienen algo de comer? —Preguntó apresurada la mujer—. ¿O quizá un fuego?
El anciano trató de ocultar la molestia al oír a su nieta, y se giró para hablarle mirándole a los ojos.
Royce, deja a los viajeros en paz. No quisiéramos incomodarlos.
Al voltearse, el mestizo pudo ver mejor a la mujer.

Es hermosa, pensó con una pequeña punzada de dolor al ver el miedo reflejado en sus ojos cuando ella también lo logró ver del todo. Decir que era una mujer al verla mejor era erróneo. Su rostro pálido, mirada joven y carnosos labios rojos demostraban que se encontraba en la flor de la juventud. Quizá no tuviera más de diecisiete años. Enmarcado de una maraña rubia de cabello, su rostro se desvió un momento para admirar también a la tenebri, quitando el hechizo que había mellado en el corazón del mestizo.
Éste se pasó la mano por la barbilla, pensando en que el anciano estaba jugando sobre seguro, esperando mantenerse a salvo alejado de ellos. Pero ahora la tenebri ya sabía de su existencia, cosa que ya ninguno podría pasar por alto.

El mestizo necesitaba saber las intenciones de la alada, que por lo le había dado a entender, serían las mismas que tomaría la drow.
Sí. Hay comida, y espero que también fuego —señaló el mestizo—. Ayanne tiene una compañera encendiendo un fuego en la sala principal. Los invito, voy a cocinar algo caliente.
La muchacha se alegró al oír sobre la comida. Era difícil notar cuanto tiempo llevaban encerrados esperando a que pasara la tormenta.
Cuando Royce se puso de pie, la gruesa manta con la que se cubría cayó a sus pies, dejando ver su avanzado estado de embarazo.
Ten cuidado, cariño. —Le dijo el anciano, quien miraba a los viajeros con una mirada cansina. Colocó la manta sobre los hombros a su nieta y siguió a los dos extraños hacia la sala principal.

Royce:
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Ayanne el Jue Ago 31, 2017 11:24 pm

Ayanne miró a Medievoulder con signo de molestia, dejó pasar a los dos humanos que habían encontrado e hizo que Medievoulder se detuviese. Le miró a los ojos con algo de ira.

-¿Por qué les has ofrecido comida y fuego? Deberíamos ahorrar cuanto pudiésemos para sobrevivir a la tormenta.- Dijo Ayanne en un tono de molestia esperando una respuesta convincente.

-Quizá nunca hayas pasado hambre y frío Ayanne -respondió el mestizo con una amarga sonrisa-. Es una sensación terrible que saca lo peor de ti. Te transforma en animal. Piensa en lo que haría ese anciano por un poco de carne y un espacio junto al fuego. ¿Viste sus ojos? Deben llevar dos o tres días sin comer.- Terminó de decir Medievoulder.

Ayanne soltó una sonora carcajada que fue indiscreta, luego se acarició el pelo y le sonrió. Le acababa de caer bien aquel mestizo, le dio una palmada en el hombro le miró a los ojos antes de volver a abrir la boca.

-Casi me matan de hambre mi no tan querido amigo, donde pasé la mayor parte de mi vida, me encerraron en una torre con nada más que agua cada noche y soledad.- Respondió de vuelta Ayanne que se giró para mirar al viejo. –Y asumiendo que ella sea su nieta y no le haya digamos que… plantado la semilla, debería haber alguien más con vosotros, ¿Dónde está?- Dijo elevando el tono Ayanne extendiendo un poco las alas.

-Supongo que te refieres al padre del bebé. Estoy al tanto de su ausencia. Imagino que habrá de estar buscando comida por el lugar. Pero no te preocupes -levantó la mano el mestizo y apuntó su larga oreja-, lo escucharé mucho antes de que lo veamos llegar.

Ayanne se volvió a su postura habitual y se integró al grupo dejándole espacio más que de sobra a Medievoulder, mientras miraba como Átira terminaba de cocinar la pata de caballo que humeaba con un olor que haría babear hasta al menos hambriento. El olor de la carne asada tras inundar la sala, escabulléndose por los pasillos, llama la atención de otros no invitados a la comida, que empezaron a llegar por  el pasillo opuesto del salón principal. Eran gatos peludos, adaptados a ese frío invernal que tanto estaba molestando a Ayanne. Huraños y asustadizos.

El anciano y la muchacha avisaron de que llevaban esperando al marido de ella, que había ido a por ayuda, por lo que ya habían visto a los susodichos antes, que huirían apenas estés cerca de ellos y si te consigues acercar o cogerlos te morderán o usarán sus garras para zafarse.

Ayanne esbozó una sonrisa de oreja a oreja, miró a Átira que la entendió a la perfección, esta se levantó después de apartar la comida del fuego para que no se quemase agarró dos de sus hachas arrojadizas, Ayanne dio la orden y se las tiró a dos gatos que ya habían echado a correr. Átira echó a correr tras ellos al ver que había fallado en sus lanzamientos, ya que estos eran ágiles. Se perdió por los pasillos junto a los gatos.

Tras un rato como no llegaba Átira de vuelta, Ayanne les dijo que fuesen comiendo, que iba a ir a buscar a Átira y desapareció por los pasillos. Se encontró a Átira perdida llena de cortes de garras y tenía a dos gatos cogidos, uno en cada mano, lo cual provocó la sonora carcajada de Ayanne. Le cogió por la correa y la guió de vuelta al grupo. Ambas pudieron ver como algunos gatos subían por unas escaleras por lo que decidieron regresar y enseñar a los dos gatos.

-Serán carne extra, no sabemos cuánto tiempo estaremos aquí, asi que salvo que haya alguna objeción, nos los comeremos.- declaró Ayanne mientras le rompía el cuello a uno de los gatos. –Por cierto deberíamos de investigar este lugar, he visto a los gatos subiendo por unas escaleras y podríamos encontrar útiles ahí arriba. -terminó de decir mientras acababa con la vida del otro pobre felino que había sido capturado. Tras ello empezó a lamer sin reparo la sangre que salía de algunos de los cortes de Átira.
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Medielvoulder el Lun Sep 18, 2017 6:21 am

El mestizo agarró la vaina de la espada que colgaba en su cinturón para que no golpeara el suelo al sentarse. Se cruzó de piernas y se acomodó entre Ayanne y el anciano frente a la hoguera que había encendido la drow. Al parecer Átira tenía más de una sorpresa, además de encender un fuego sin problema había arrancado una barra de acero suelto de la reja de la entrada del castillo para empalar la pata de caballo y la había puesto a buena altura de las llamas entre dos maderos para que se asara mientras la giraba tranquilamente con una mano pálida de largas uñas.

La muchacha embarazada miraba insistente la carne y las gotas de grasa que goteaban con un sonido característico en el fuego. El mestizo se preguntó qué clase de hombre la había preñado. Seguramente sería un simple granjero con suerte, o quizá alguien inteligente como un comerciante, o fuerte como un herrero.
El anciano notó donde dirigía su mirada el mestizo y éste la apartó un tanto avergonzado de pensar que él hubiera sido mucho mejor candidato. Miró la carne y apartó esos pensamientos con un suspiro. Entonces, atraídos por el olor de la carne asada, aparecieron dos gatos.
El mestizo enarcó una ceja ante tal aparición, tan lejos de la civilización, parecía difícil la concepción de que dentro de aquel sitio abandonado hubiera felinos. «Han de ser descendientes de los gatos domésticos que habitaban junto a los dueños —supuso—. Subsistiendo a base de las ratas del castillo, ardillas y otros roedores del bosque
Las pequeñas bestias parecidas a las de ciudad, todo garras y pelo, se acercaron furtivos a la reunión en medio de la sala. Parecían como cualquier otro felino que uno pudiera hallar en un callejón sucio en el pueblo. Pero no había que confiarse, en sus ojos se podía apreciar su naturaleza.

Cuando Átira se levantó las dos pequeñas bestias se pusieron en tensión y esquivaron las hachas con la agilidad que les caracterizaba. La drow salió en su persecución escaleras arriba mientras los demás se quedaron abajo en silencio.
El mestizo miró de reojo a la divium, pensando en que aquel era un buen momento para atacarla. Se encontraban a escasa distancia y su compañera estaba lejos. Calculó las posibilidades de enfrentarse a la pequeña alada. Él tenía más cuerpo y fuerza, y a tan corta distancia sería efectivo un ataque por sorpresa.
Su rostro estaba calmado, tensó los músculos de la espalda, sacó un cuchillo.
Titubeó.
Pasó un instante.

Ayanne se puso de pie y dijo que iría a buscar a Átira. El mestizo asintió.
Cuando las dos mujeres subieron el ambiente se distendió por unos minutos.
Me parece que esta parte ya está lista. —dijo el mestizo apuntando con el filo del cuchillo la carne.
Trabajó cortando lonjas de la magra carne oscura, y se descubrió pensando en el posible peligro q hubiera expuesto a la muchacha si hubiera luchado contra la divium estando tan cerca de ella. «¿Por qué me habría de interesar su seguridad? —se dijo—. No debí haber dudado
Sirvió la carne, ofreciendo la parte más blanda a la muchacha.
Trató de no pensar en el peligro, las dos mujeres no supondrían un gran problema si sabía tratarlas. Además, tanto Ayanne como Átira se veían pacíficas. No era la primera vez que juzgaba mal a alguien simplemente por su raza o color.

Para cuando terminó de comer su lonja de carne las dos mujeres habían regresado con dos gatos e información interesante.
El mestizo reparó en lo sencillo que le fue a la divium romper los cuellos de los felinos, así como con estupor vio como lamía la sangre en las manos de la drow.
Mantuvo su máscara imperturbable y pensó seriamente en matar aquellas dos locas.



La tarde avanzaba lenta y la tormenta había pasado a una leve ventisca que seguía añadiendo centímetros de nieve al suelo. Arriba, en el segundo piso del castillo en ruinas, el viento se colaba por entre las grietas de los vetustos muros produciendo un extraño silbido, que junto al eco del amplio espacio parecía evocar el llamado de fantasmas y espectros.
El mestizo y las dos mujeres se encontraban subiendo por las interminables escaleras de la torre en donde habían visto a los gatos huir. El anciano y su nieta se habían quedado abajo, cuidando el fuego y la carne que restaba de la pata del caballo imposibilitados de subir por su condición física.
Imagino que todos los gatos han de estar reunidos en una sola estancia, como un nido, para compartir el calor. —dijo el mestizo en voz baja, como si no quisiera llamar la atención de lo que fuera que hubiera al final de las escaleras.
A pesar de que en lo alto el viento arreciaba con cada vez más fuerza la torre, en su interior se podía sentir un ambiente cálido y veraniego.
«Esto no lo pueden producir los gatos —pensó—. Pero es la razón por la que se reúnen aquí
Sin saber qué esperar, Medielvoulder se llevó la mano al pomo de la espada.
Prepárense. —Susurró a las mujeres.

Una docena de peldaños más arriba hallaron una puerta de roble con bisagras y manilla de hierro. Estaba a medio abrir. En la penumbra de la torre la luz que irradiaba el interior de la habitación del otro lado de la puerta parecía consumir toda la oscuridad. Era una luz naranja, con tonos amarillos que por alguna extraña razón no parecía provenir de ningún fuego conocido.
El mestizo empujó la puerta y esta se abrió.

Lo que había al otro lado parecía sacado de alguna fábula.
La temperatura de la habitación en la torre era como la de un agradable día de verano. El lugar, de unos nueve metros de diámetro tenía las redondas paredes llenas de grandes runas talladas que se repetían en patrón y forma cada unos cuantos pasos alrededor de todo el lugar. Además de la puerta por donde se asomaba el mestizo y las mujeres había otra más justo en el extremo opuesto, posiblemente para seguir subiendo a menos que no se hallaran ya en la cima. Dos ventanas empotradas en la piedra, de gruesa madera y cristal fino, las cuales también se miraban la una a la otra, daban cuenta de que aún nevaba con inclemencia fuera de la torre.
Las docenas de gatos salvajes dormían sobre pieles de lo que parecían ser ciervos, osos y lobos en una orilla abajo de una de las ventanas. Algunos restos de huesos de pequeños animales yacían en las cercanías a las pieles, dando cuenta de que la teoría del mestizo no estaba muy lejana a la realidad. Al otro lado, junto a la otra ventana reposaba una larga mesa en forma de medialuna que se adoptaba a la curvatura de la torre, llena a rebosar de utensilios de extraño origen, como matraces, mecheros, morteros, puñados de potes, cajas y otros pequeños contenedores muy bien cerrados. También había una notable cantidad de pequeños barriles apiñados bajo la mesa, y grandes cantidades de papeles junto con unas cuantas plumas sobre ellos, botes de tinta y manchas por doquier. El resto del mobiliario consistía en una silla cercana a la mesa, un mullido y viejo sillón cerca de la puerta, y varios estantes dispuestos por las paredes, con incontable cantidad de libros de todo tamaño y color.
Y justo en medio de todo aquello, en el centro de la habitación, un gran pilar de hierro retorcido como un árbol centenario se alzaba como un monolito, albergando en su gran boca de dientes negros una única y gorda flama que ardía vigorosa sin combustible alguno, flotando con sus cálidos colores irreales como un ojo siempre vigilante. Observando a los recién llegados.
Medielvoulder sintió que algo iba mal. «Maldita sea la magia
Bienvenidos —dijo una voz detrás de la extraña chimenea—. Adelante, pasen. Han de tener frío.
La voz sonaba igual de agradable que el clima de la habitación. Unos pasos tranquilos resonaron y tras la chimenea asomó una diminuta figura que sonrió con calidez.
Han de estar muy lejos de sus casas. ¿Vienen desde muy lejos?


El hombrecillo, un moreno mediano que no alcanzaría a llegar al cinturón al mestizo, volvió a sonreír y abrió los brazos en signo de recibimiento.
Venga, no tengan miedo. Está bastante agradable aquí dentro —El mediano se acercó a su chimenea y estiró las manos—. Seguro se perdieron con estar tormenta. Suele pasar, aunque no muy seguido. En cuanto pase verán que no están muy lejos de la ruta que une los puertos con la ciudad de Malik Talish.
El mestizo entró en la habitación, sin quitar la mano del pomo de su espada y se acercó a la chimenea.
Mi nombre es Medielvoulder. Y ellas son Ayanne, y Átira. Así es, nos hemos alejado del camino por culpa de la tormenta.
Mi nombre es Eldiarn, ¿tienen hambre?
El mediano caminó hasta la mesa y abrió uno de los barriles que reposaba en la parte de abajo de su mesa.
Tengo algunas manzanas en conserva, y algo de carne en salazón. ¿Les gusta la carne? Es de ternera.
Te lo agradezco. —Dijo el mestizo dudando de tanta generosidad.
El mediano les lanzó una manzana al mestizo y a las mujeres, luego se puso a buscar en los barriles por el que contenía la carne. Los gatos salvajes se levantaron apenas el mediano comenzó a rebuscar y fueron hasta él para maullar un poco de comida.
El mestizo se rascó la barbilla, pensando en los dos felinos que cazó la drow.
Este es.
El mediano comenzó a reír mientras lanzaba trocitos de carne a los gatos, quienes atrapaban la carne al vuelo para luego salir disparados hacia algún sitio tranquilo donde comer.
De pronto, un sonido de pisadas alertó las delicadas orejas del mestizo. Éste dejó la manzana en la esquina de la mesa y miró al mediano con cara de pocos amigos.
¿Quién más está contigo?
El mediano lo miró sin entender.
Entonces, la puerta del otro extremo de la habitación se abrió y un antropomorfo tan alto que debía agachar un poco la cabeza para no topar el marco, entró.
Era un león de las estepas de Mashamba Milele, de pelaje color arena y ojos de ámbar. Su gruñido no se hizo esperar, y al ver que los viajeros iban armados y sin mediar provocación liberó la espada que cargaba en su cintura.
El mestizo no perdió el tiempo e hizo lo mismo con la suya.
¡Tranquilos, por favor! —Atinó a decir el mediano, alzando las manos y posicionándose entre los dos—. ¡Tranquilo, Ólen, son amigos, amigos!
El león rugió, haciendo que todos los gatos salvajes salieran corriendo despavoridos de la habitación.
Será mejor que le digas que se calme. Mi intención no es hacerles daño. —dijo el mestizo con voz fría y sosegada.
¡Ólen! —El león no hizo caso del mediano, y avanzó hacia el mestizo—. ¡Tranquilo!
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Re: Un Zarpazo en la Tormenta.

Mensaje por Ayanne el Lun Oct 02, 2017 1:19 am

Ayanne contempló la escena por un momento, todo le parecía tan sospechoso que llevaba un rato echando mano a sus armas. Se quedó extrañada ante la amabilidad del pequeño hombrecillo, se fijó en la puerta aún abierta.

Entonces apareció un león, lanzándose a matar pese a los gritos del medio hombre, Ayanne en un acto reflejo lanzó a Átira por la puerta y sin pensarlo también lanzó a Medievoulder con una sonrisa en la cara. Acto seguido cerró la puerta de una patada y se colocó rápidamente en posición de combate con sus dagas de por medio. Había perdido tiempo valioso lanzando a ambos y fortaleciendo los huesos de ambos, gastando energía que podría emplear en derrotar al león.

Para entonces ya tenía a Olen encima, por lo que le acertó a dar un cabezazo para quitárselo de delante, haciendo que este retroceda por un momento, aunque no tardó en volver a la carga. Ayanne extendió sus alas y se lanzó hacia él, mientras que ella le hacía un corte en el brazo, él le hacía otro en el costado, al ver la sangre ella se lanzó con más ahínco a chuparle la sangre, pero éste siendo más ágil le golpeó en la cabeza aturdiéndola un instante.

Olen le lanzó un golpe directo al pecho que Ayanne atinó a esquivar, le golpeó con un ala y le clavó una daga en el hombro, haciendo que Olen soltase un aullido quejoso, Ayanne estaba claramente agotada y su costado borboteaba sangre haciendo que se diese más prisa en atacar. Ayanne vio como Olen se arrancaba la daga y la tiraba lejos, lo cual la perjudicaba, no podía ir hacia ella sin ser atacada, por lo que cogió su rodela bloqueando un fiero ataque que el león le había lanzado, éste lanzó otro ataque que Ayanne con su rodela paró y con un corte en la mano le hizo soltar el hacha, sonrió. Había conseguido la oportunidad que necesitaba.

Viendo la clara desventaja del león se lanzó a por él, bloqueando otro golpe, y clavando la daga en la mano que aún tenía un hacha, haciendo que éste vuelva a soltar un aullido quejoso, viendo su victoria en la mano, fue a agarrar de vuelta su daga mientras que la sangre le atraía demasiado, por lo que antes de  lanzar otro ataque con su daga, empezó a chupar la sangre de su peludo adversario, cuando entonces la garra del león se clavó en su costado, cayendo al suelo, en su propio charco de sangre, mirando al león quitándose la daga de la mano y lanzándola lejos igual que la otra. Mientras, ella trataba de chupar algo de su propia sangre, quizá así recuperaría la suficiente energía para volver a enfrentarle, no iba a aceptar eso como una derrota.

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Átira cayó por las escaleras rodando entre escalones, hasta que llegó abajo, dolorida aunque no sentía que se hubiese roto nada, al parecer Ayanne le había fortalecido los huesos antes de lanzarla, sintió peso encima de ella, era Medievoulder que también había sido lanzado, que a diferencia de ella, había caído dando menos vueltas que ella, éste se encontraba con la cabeza en su pecho. Pensó en abrazarle, pues de una manera u otra, se sentía cómoda en esa posición, pero no lo hizo, detestaba al mundo al igual que el mundo la odiaba a ella.

Después de que Medievoulder se incorporase, se quedó mirándole fijamente, ella también se incorporó sin decirle nada, temía por la vida de su ama, pero no entendía por qué los había lanzado. Por lo que miró a Medievoulder y suspiró, se quedó pensando por unos instantes lo que iba a decir. Se palpó en busca de alguna posible herida o fractura y echó mano a sus hachas.

-Tenemos que hacer algo, mi instinto me dice que debería de irme de aquí ahora que puedo, pero aunque me vaya fuera solo hay tormenta y ellos pueden bajar.- Dijo Átira pensativa, mirando por las escaleras, temiendo subir de nuevo esas tediosas escaleras. Debía hacerlo, le debía la vida a la Tenebrí, por lo que se preparó para subir.

Medievoulder la mira y aceptando su oferta, suben las escaleras de vuelta ya con sus armas en la mano, al llegar a la puerta se miran, y se preparan para abrirla. Entonces Átira abrió la puerta con una embestida quedando helada ante la escena.
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