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[Oración a los dioses] Caos

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[Oración a los dioses] Caos

Mensaje por Suwan Edhri el Vie Ago 04, 2017 2:22 pm

OFF
Ryusu es un personaje que aparece en la historia de Suwan, en próxima publicación de su solitaria. Esto es una interpretación a mi manera, de cómo el mestizo de exina y drow  desarrolla su ritual anual, además de ser el porqué inicial para que se lleguen a conocer los dos personajes.

ON
La luna de sangre iluminaba el rostro de un extraño. La noche había sumido en las sombras el bosque, y aquel claro era el lugar perfecto. El olor de la naturaleza embriagaba todos los sentidos de aquella extraña criatura, encapuchada y enfundada en diversas prendas, que caminaba en círculos alrededor de un extraño tapiz, tendido en un centro exacto de lo que parecía un ritual. Dos copas se presentaban en sus respectivos lugares, sobre la tela negra y plata.

Los pies del hombre, descalzos, apenas susurraban su presencia a los antiguos, evitando ser visto por mortales y espíritus. Con sumo cuidado se retiró la venda de un brazo, y con un fluido movimiento la dejó caer alrededor del núcleo ritual. Con el pálpito de sus andares acompasados continuó retirando más tapujos de su cuerpo hasta mostrar su rostro, torso y brazos desnudos. Retiró el fajín de las caderas girando sobre si mismo y comenzó a escucharse lo que parecía la voz del bosque.

Los minutos pasaban y él giraba lentamente, con fluidez, sobre sí mismo y alrededor del claro. Los ojos del sujeto, candentes, chispeantes, como dos ascuas vibrantes, escrutaban el follaje y la espesura con lo que parecía emoción contenida. El reverberar del canto gutural surgía del centro de su pecho, mientras mostraba sus dientes blancos y brillantes, aullando a la vida.
La danza aumentó de intensidad, como aumentó la violencia de los graves, la velocidad de los movimientos y el brillo ceniciento de su piel mostrando las cicatrices antiguas de su torso. Los pectorales, cubiertos de estrías gruesas por heridas no tan viejas,  se expandían y se retraían con su respiración acelerada y el sudor perlaba su piel. Se arrancó los pantalones con elegancia, dejando la tela hecha girones tras de sí.

Al llegar a los pies del tapiz como había llegado muchos años atrás al mundo, la luz de las lunas iluminó el exterior de su muslo derecho, donde brillaba un dragón impreso en su dermis, negro y rojo, tribal y amenazante, que parecía fluctuar en su colectividad con la intensidad de la energía que había creado en el despejado lugar.

Antes de llevar a cabo la parte más importante de la noche, debía dejar atrás su identidad o sino, todo se echaría a perder.

“Padre de cuanto y nada,
de todos desasosiego,
La verdad velada,
escucha mi ruego,
Será castigada,
con sombra, hielo y fuego.”

El híbrido de exina y drow se arrodilló y repitió una y otra vez esta oración, clavando la frente en el suelo, arañando la tierra y con las rodillas despellejadas. Sin previo aviso, levantó la vista de la superficie, una mirada fiera, salvaje, en la que se podía ver algo más detrás de ella. Un buen observador podría haber vislumbrado detrás de las rojizas brasas que tenía por iris, un rostro ancestral, una energía oscura, aterradora. Claro está que un buen observador habría dejado sigilosamente el lugar, pues los símbolos del tapiz irradiaban su propia maldad, unas tinieblas propias, por lo que, si tan bueno hubiera sido observando, habría visto su muerte en un futuro cercano.

Poco a poco, una figura blanquecina, con luz propia, surgió entre la espesura del bosque. Era pequeña, peluda, con un tono perlado que quitaba el aliento por la belleza que desprendía. Se acercó con paso precavido hasta el mestizo, apenas rozando con sus cascos el suelo. El pequeño cervatillo níveo, casi producto de una ilusión, le miró directamente a esos ojos diabólicos y el tiempo pareció detenerse. Los segundos siguientes parecieron durar minutos, días y años. Milenios de sabiduría antigua comunicándose entre dos entes reencarnados, luchando de forma silenciosa, hasta que uno de ellos bajara la vista. Con resignación, el cérvido inclinó la cabeza y doblegó sus patas en el pasto del claro. Inmovilizado por el híbrido en el clímax del ritual, se reflejaron en sus grandes ojos negros la hilera de dientes afilados que surgía de la boca de la criatura. Un rápido movimiento bastó para recoger a la frágil cría lumínica y desgarrar con sus nuevos colmillos la blanquecina garganta del animal. La mandíbula se desencajó de su lugar para abarcar el cuello por completo, los músculos cedieron ante los colmillos afilados y los huesos se quebraron como ramas secas. El pelaje blanco perdió su luz propia, tiñéndose a su vez del plasma carmesí, brillante y caliente.
Como si de un trapo se tratase, las manos del mestizo exprimieron la vida del ciervo dejando caer sobre su cuerpo desnudo la sangre derramada, antigua y poderosa. En el tapiz, una de las copas parecía llamarle, pedía su parte y así obró. Dejó caer un leve hilo de fluido vital en el recipiente y con cuidado depositó el venado inerte enfrente de las copas. Arrodillándose, murmuró una larga retahíla, en un idioma muerto con palabras perdidas desde hacía más tiempo del que existía esta tierra.

Una daga situada en la esquina opuesta del tapiz brillaba con un aura maligna. Su forma curva pedía cortar la carne, que no era un gran oponente para ella. Llamado por la misma, la recogió de su lugar y la observó con adulación. Sin más dilación, cortó la piel de su propia muñeca, primero la izquierda, y luego procedió a hacer lo mismo con la derecha. En estos cortes realizó nuevas heridas transversales, pasando después a su pecho, su torso, sus brazos y sus muslos. Temblaba por la emoción, por la energía liberada, no por el dolor. Apenas lo sentía, simplemente se dejaba llevar por su señor, ya que el sacrificio era necesario. Todo lo que sabía sobre esto, solo unas pocas criaturas más de este vasto mundo lo conocían, pues había caído la adoración al dios Caos, uno de los antiguos, de los poderosos, de los que a él no le habían rechazado.

Cogió la otra copa, ribeteada en plata con piezas de cristal. El pulso le tembló mientras dejaba que se llenara lentamente de su sangre derramada. Débil por el esfuerzo, pero pleno por la experiencia, volvió a dejar la copa en el tapiz, recogiendo la otra posteriormente. Bebió con ansia la sangre de la criatura, muerta a sus pies, mientras una sombra se conformaba como corpórea ante él. Le rodeó varias veces y por último le atravesó desde la espalda hasta el pecho. El ardor no le era desagradable, ya se había acostumbrado a lo largo de los años. Observó con expectación el cielo, que se encapotó por una repentina nube de tormenta. Sonrió ante la presencia de su señor y meditó durante unos minutos.

El agua clara del río se tornó oscura al llevarse la sangre que cubría el cuerpo del acólito del Caos.  La noche era cerrada y no había ni un ruido en el bosque. Él se sentía pleno, pero también tenía respeto por la vida del espíritu del bosque que había arrebatado. El pelaje ensangrentado volvía a ser blanco y puro, y yacía en la orilla del arroyo, el lugar donde pertenecía.

No volvería a mirar atrás, no había remordimientos por sus actos. Se sentía libre, con más poder, pues tenía un poco más de su señor dentro de él. Se vistió de nuevo y se preparó para abandonar el lugar.
Sólo unas horas más tarde se topó con el leve rastro de un cazador y su caballo y decidió seguirlo. Quizás sirvieran para otro sacrificio rutinario. Alcanzó de nuevo un pequeño claro, diminuto, en el que encontró el rastro de un asesinato, una gran cierva blanca por lo que percibió. Un espíritu poderoso que había sentido él mismo. Algo así no podía dejarlo pasar, pues podía encontrarse frente a alguien que fuera como él.




"Es mejor cortar la flor de loto, que pillarse con la puerta el escroto.- Sabiduría popular china"
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Suwan Edhri

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