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El mal engendra el mal [Privada Kaila y alguien más que quiera]

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El mal engendra el mal [Privada Kaila y alguien más que quiera]

Mensaje por Janna Tanya el Miér Ago 09, 2017 1:09 am

El mal engendra al mal. No hay nada bueno que pueda salir de él.

Sin embargo y por fortuna para todos, el mundo no estaba lleno sólo del mal, ni tampoco del bien. Todo pendía de un delicado equilibrio entre la balanza del bien y el mal, el ying y el yang. Lo blanco y lo negro.

Esta reflexión no era nada más que una idea tonta que me cruzaba la cabeza algunas veces ¿Y yo qué era? ¿Formaba parte de un lado o del otro? ¿Ser demonio me hacía mala? ¿O acaso simplemente me estaba prohibido ser buena? O peor aún ¿La gente jamás me vería como alguien buena?

Aún recordaba cuando me arrastraron cogida de mi cabello cuando Youdar descubrió que yo soy un demonio. Su primera impresión fue de rechazo ¿Por qué? ¿Qué le hice yo para que se sintiera mal hacia mí?

Todos estos pensamientos me nublaban la mente mientras caminaba hacia una villa perdida en la montaña. El paisaje empezaba a cubrirse de nieve, y a empezar a ser un camino impracticable, como un manto blanco que cubría la cama de hierba que antes habría a ambos lados del camino. O como la capa de nata que cubre el bizcocho de una tarta de chocolate.

Por suerte para mí, la escasez de ropa no era un problema. El frío era algo que, en mi especie, por raro que pueda parecer, no se dejaba notar tanto. Cuando otros humanos estarían temblando de frío, yo noto un fresco, intenso, pero sin llegar a ser un frío extremo.


Sin embargo, empezaba a nevar más fuerte, y el camino era cada vez más inviable.

Llegué a una aldea justo tras pasar un pequeño puerto de montaña, que empezaba a hacerse más y más estrecho, con capas de hielo que se iban compactando. Las calles de la aldea empezaban a inundarse, y la nieve me llegaba hasta las rodillas. Mientras caminaba, dejaba unos surcos que poco a poco volvían a quedar ocultos tras la tormenta.

Avanzaba hacia lo que parecía la plaza central del pueblo, pero no había rastro de ningún tipo de posada, ni bar, ni tampoco ninguna casa con la puerta abierta. Sólo un extenso manto blanco que se perdía en la niebla blanca frente a mis ojos.

Miraba a mi alrededor a un lado y a otro, y sin éxito, deambulé por la plaza buscando un lugar donde guarecerme.

Justo cuando estaba ya a punto de marchar del pueblo por no encontrar donde alojarme, encontré a una señorita vestida con un vestido negro con delantal blanco y cofia blanca se detuvo frente a mí con un paraguas. La muchacha de cabellos azabache me miraba con atención, y en voz baja, sentenció:
– Señorita. Mi amo le invita a pasar la tormenta en su casa. Puede ponerse cómoda y comer con el amo. ¿Le gustaría venir? –

Parecía algún tipo de regalo fortuito que no podía rechazar. Aunque aguantase el frío, una helada nocturna iba a ser mortal para mí. No era para menos entonces, aceptar la oferta.

Apoyé mi mano sobre su hombro y le esbocé una sonrisa de agradecimiento.

- Claro. Muchas gracias, señorita. Acepto la oferta con gusto


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