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El desierto no tiene moral

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El desierto no tiene moral

Mensaje por KerielXIII el Lun Sep 11, 2017 4:20 pm

El sol se hallaba en su punto más álgido y una leve brisa hacía ondear las telas de mis ropas. Tormenta, a mi lado, dejaba que mis propios pasos la guiasen, confiada y en calma, mientras mi mano sostenía las riendas. Una rapaz nos sobrevolaba, sin duda avisando al resto de compañeras que, ansiosas, esperaban que mi montura y yo acabásemos sucumbiendo al calor de aquella tierra muerta. Mis ojos no se separaron de ella hasta que se situó entre el sol y mi propia mirada, obligándome a desviarla para protegerla de la intensa luz. La yegua parecía intranquila y no era para menos. Un olor especial se adueñaba de aquel mar de arena antes de desatar sobre él toda la furia que guardaba en sus entrañas. Las tormentas de arena eran peligrosas para todos, nativos de aquel erial o no.

-Tranquila- susurré a su oído, acariciando su tez al tiempo que aliviaba su calor dándola de beber unos tragos de agua.

Nos movíamos en la misma dirección que el sol, hacia el oasis de las siete palmeras, más frecuentado por mercaderes y viajeros que por las propias gentes del desierto. No eran demasiados los que se adentraban en aquel lugar y sobrevivían. A menudo, los comerciantes, incluidos los más veteranos, contrataban a las tribus nómadas para dejarse guiar en aquella tierra inclemente; no hacía mucho yo mismo había protegido y guiado a más de una caravana.

Debían contar dos horas desde el mediodía y, aunque excesivo, el calor de las horas centrales del día iba en descenso, dando un respiro a las sedientas gargantas y a los cansados pies de todos los viajeros que, como yo, oteaban en el horizonte el tan ansiado refugio.

Aquel oasis era como estar en otro mundo. Un vergel en mitad de un erial sobre el que muchos habían tenido la osadía de querer edificar una ciudad y sobre la que el desierto se había cebado, arruinando esos planes para siempre. Los mercaderes aprovechaban para ganarse algunas monedas extras. Otros, aprovechaban para saciar sus deseos más primitivos con alguna de las esclavas a las que trataban como baratijas en caso de que se rompieran. Había tardado en acostumbrarme a aquellos comportamientos y siempre, para sobrellevarlo, me decía a mi mismo que el desierto acabaría por ponerlos en su lugar.

-¡Tú! El de la yegua azabache... debes pagar tributo por descansar en mi oasis- Tormenta disfrutaba de sus merecidos sorbos de agua, cristalina y fresca, recién brotada del manantial. Mi cuerpo se tornó, enfrentando la mirada con el cuerpo que daba forma a la voz, grave y potente. Frente a mía se erigía. Una mole de músculo, más alta que cualquier hombre vivo que yo hubiera podido ver, más que mi hermano, incluso. Vestía unos pantalones desgastados de cuero y unas botas a juego. Descamisado, podía contemplar las innumerables cicatrices infligidas por todos aquellos que habían sido lo suficientemente necios o valientes como para plantarle cara, y demasiado poco diestros como para vencerle. Sobre su mano descansaba una maza con una cabeza de hierro casi tan grande como la mía que él parecía sostener con increíble facilidad -Disculpe, mi señor, creo no haberle entendido bien- no me había dado cuenta, apenas había reparado en ello pero el silencio se había adueñado de aquel paraíso. Al parecer, todos los allí presentes habían aceptado sin miramientos el tributo a pagar. Yo, por mi parte, como miembro de mi clan y originario de aquel mismo desierto, me veía en la obligación de no permitir tal insulto a la arena.

-Que pagues... si no es dinero lo que tienes me quedaré con tu yegua- la señaló -En caso contrario, te aplastaré la cabeza y la clavaré en ese mondadientes que tienes por arma- La amenaza era clara. Irresponsable por su parte, pero clara y parecía que no había manera civilizada de solventar aquello. -Antes del anochecer, amigo mío... El desierto juzgará- el grito debió oírse a kilómetros de distancia; apenas había podido acabar la frase cuando aquel hombre, en toda su magnitud, cargó violentamente contra mí. Por suerte pude esquivar el primer golpe de maza, siendo derribado por un segundo puñetazo que no vi venir hasta que lo sentí en mi mentón.

El carmesí de la sangre se dejó ver empapando la seda blanquecina y el sabor ferroso de la sangre me saturó las papilas gustativas. Me puse en pie sin dificultad, escuchando las burlas del gigante que se jactaba de haberme derribado de un solo golpe. Cerré mis ojos y sentí como mis pies se hundían en la arena un par de centímetros mientras la hoja de mi lanza trazaba un círculo perfecto sobre la arena fina del oasis. Como era de esperar, un segundo grito se apoderó del ambiente y me hizo abrir los ojos en alerta. Dos veces eran demasiadas.

La arena parecía seguir mis propios movimientos, trazando líneas tras mis pies, mi lanza, acompasando cada salto y cada pirueta. La hoja de mi aguijón giraba en una danza frenética golpeando el arma del mastodonte con la fuerza suficiente como desviar el golpe lo necesario. A los gritos de furia se le sumaba algún aullido de dolor y frustración. Primero fue la mejilla, luego un ojo... torso, brazos piernas, al cabo de 5 minutos de intenso combate en el que no había sido capaz de asestar ni un solo golpe de su pesada arma, donde antes había carne, ahora solo se veía una masa rojiza de la que no paraba de emanar sangre de los más de cien cortes que le había provocado. Seguro que se habría puesto de pie de no haber tenido ambos tendones seccionados. Tembalaba y se convulsionaba, aferrándose a su maza hasta que no le quedó más remedio que soltarla.

-El desierto ha decidido amigo mío... deberías estar agradecido que un maestro como él te haya enseñado la última lección de tu vida- Si alguien esperaba un golpe mortal, estaba equivocado. Todo lo contrario. Tormenta lo arrastró por la arena hasta haberse separado unos veinte metros del oasis. Allí, fueron mis manos la que le incorporaron y le dejaron de rodillas, sosteniendo su propio peso con el arma que había usado para aterrorizar a todo caminante. -Si sobrevives hasta el anochecer... yo mismo te brindaré comida y agua. Hasta entonces, disfruta del sol...-


"Las amargas lágrimas carmesí fluyen y se mezclan con la interminable arena alimentando el caos dentro de mi y haciéndome más fuerte..."


KerielXIII

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Re: El desierto no tiene moral

Mensaje por Bizcocho el Vie Sep 15, 2017 1:58 pm

Bien, ha desempeñado bien el hijra que le he puesto. Ahora le doy color.
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