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Deal with the Devil [Solitaria]

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Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Dom Sep 17, 2017 12:08 am

Rodelfia había mejorado mucho, desde sus tiempos de mero punto de comercio local hasta su nueva forma de puerto internacional, pero aun existían zonas pútridas, repulsivas y donde el olor a inmundicia corrompía las narices de los que tenían las agallas suficientes como para entrar en ella.

El local era pequeño, enano, pero ruidoso. El exterior estaba hecho un asco, con basura y hombres borrachos decorando el suelo, y con las ventanas, que iluminaban con fuerza la noche, y puertas, carcomidas y descoloridas, en un estado de clara decadencia. Lo único que identificaba el lugar con unas ruinas era el pequeño cartel que se alzaba sobre la puerta, en el que una mujer extremadamente tetona daba la bienvenida al “Descanso del Marinero”, el típico chiste obsceno que se ocultaba bajo la inocencia.  

No era el lugar para que la princesa de Zhalmia estuviese caminando a esta hora. No era el lugar, ni siquiera, para que cualquier animal con un mero sentido de la auto preservación estuviera. Sin embargo, era un mal necesario...Desde hacía días, un grupo de anarquistas había estado dando problema. Había empezado con lo típico; ataques a transeúntes, destrucción del mobiliario urbano y de algunas tiendas, pintadas obscenas…Pero pronto había empezado a desarrollarse en un cariz que no le gustaba a ningún monárquico, el cariz ideológico. Panfletos repartidos por las plazas, gritos en contra de los poderes tradicionales y en pos de derribar a los nobles, quema de banderas…Nada bueno para alguien en una postura de poder. Sin embargo, a pesar de lo irritantemente público que era todo, la guardia no conseguía darles caza. Parecían niebla, deshaciéndose ante la mirada fugaz de los guardias…Lo cual solamente podía significar dos cosas; una, que alguien extremadamente inteligente los estaba liderando , o dos, que alguien extremadamente influyente los estaba ayudando…Si era el primero la solución era fácil, reclutar al cabecilla o eliminarlo, pues nadie iba a quejarse ante un plebeyo más muerto. Pero, si era el segundo…Un noble es más difícil de eliminar, una partida diabólica y siniestra, en la que nunca hay un ganador, si no un intercambio de favores…y si alguien estaba haciendo esto implicaba que buscaba llamar la atención y canjearse favores por parar lo que, para ellos, era un  simple juego… Y, como futura reina, tenía la obligación de llegar al fondo del asunto.

Con la capucha puesta encima de la cabeza, entre en el local. Los gritos viriles y enloquecidos me golpearon con una ola, en conjunto con varios comentarios obscenos respecto a mi figura, caderas, pechos y…¿nariz? Suspire, cometiendo el error de oler el aire después, casi atragantándome con la pestilencia conjunta del alcohol rancio en la madera y vómito en el suelo. Por los dioses, ¿es que esos cerdos no reconocían una escoba aunque se la metieran por el culo o es que disfrutaban revolcándose en sus propios excrementos? Contuve las arcadas apretando fuertemente los puños y dando varios pasos hacia adelante, pateando a un patético borracho que se me intento subir por la pierna, lo cual me gano varios puntos de respeto entre esa escoria social. Según los pocos rumores que pude escuchar, el local era un punto de reclutamiento para el grupo, quienes buscaban cazar a jóvenes con esperanza en los ojos, hombres desesperados o simple carne de cañón para la revolución…y el reclutador estaba delante de mis ojos.  

Bruce Kozlov. Un hombre que era más musculo y gónadas que cualquier otra cosa, una persona que, en la escala de los animales que se aconglomerabán en esa pocilga, era casi un jabalí. Su pelo rubio se había teñido de negro por la roña y grasas, descendiendo por una frente ancha y unos ángulos profundamente marcados. Habría sido atractivo, si no fuese por sus ojos, uno pequeño y otro enorme, y una nariz porrona, desafortunada, teñida en rojo por la intoxicación alcohólica. Había trabajado desde muy pequeño en los muelles, cargando y descargando cajas de peces, sin embargo el trabajo se había vuelto escaso, ante la masiva aparición de trabajadores, con mejor aspecto y referencias que él. Pronto vio su descenso a los bajos mundos, usando sus hipertrofiados músculos para golpear, arrancar y cargar cuerpos hasta la bahía. Un mejor músculo de pago. Sin embargo, según los informes, hace varios días se había encontrado con diferentes individuos y había empezado a trabajar como enlace en uno de los bares… Sus enormes manos golpeaban la madera, derramando cerveza y pequeñas fichas de maderas, mientras cargaba en su mano un par de cartas, ridículamente pequeñas para sus manos.

-Vamos, mierdas, ¿acaso vuestra madre crio maricas? -dijo, con una risa burlona, retorciendo sus labios, mostrando una sonrisa con varios dientes en estado de putrefacción. Los hombres a su alrededor gruñeron, con la tensión en calma debido al efecto intimidante de unos brazos capaces de partir cabezas como melones.- ¿Qué, os enseño a chupar pollas antes que apostar? -Bruce se rió por su propio chiste, en un estallido ordinario y falto de tacto, volviendo a golpear la mesa en impactos constantes y ruidosos. Contuve las ganas de fruncir los labios y hacer un gesto de repulsa, pero me contuve.

-Si no os importa, creo que yo tomare ese reto…-replico, en una voz tranquila, mientras me acerco a la mesa. Los miembros se miraron entre si, extrañados por la figura encapuchada que se acercaba a ellos. ¿Era por lo limpia que estaba mi capa? ¿Por la falta de olor a mierda y orina que ellos desprendían? ¿Los movimientos que no estaban condicionados por una falta de coordinación o el exceso de alcohol? Tanto daba, como que daba igual.- Después de todo, mi madre no crió un maricón…

-Así me gusta…-replico Bruce, con una sonrisa satisfecha ante la existencia de un nuevo adversario al que desplumar.- ¿Veis aun hay tíos con cojo…- Su afirmación fue rápidamente desecha ante el movimiento hacia atrás de mi capa. Había que reconocer que Amelia se había esforzado con el atuendo. Puramente negro, en un diseño digno de cualquier prenda de cámara, el vestido se apretaba a mi cuerpo, hasta la mitad de mi senos, los cuales eran explotados por un tedioso y tenso corsé, que los resaltaba en el aire, dando la sensación de estar a punto de ser expulsados por la mera presión. La apariencia de una autentica señorita de la noche…

El silencio se extendió por el grupo y por la habitación, probablemente ante la falta de atractivo y senos en sus vidas, la mera visión de los míos los había dejado patidifusos…Cerdos repulsivos. De nuevo, contuve mi condición primaria de vomitar por la repentina y repulsiva atención, centrándome en el juego. Sonreí de medio lado, confiada, explotando la repentina falta de atención de los jugadores.

-Pero veréis, queridos…-susurre al aire, en un tono que incitaba a la imaginación, al deseo, infiltrándose en las mentes de la calenturienta escoria, retorciendo sus pensamientos- Hoy me he despertado traviesa…-La atención se volvió más incisiva si era posible, notando como esa excusa de residuos humanos me desnudaba con la mirada. Una repuesta claramente obvia ante mis palabras. - Y se me ha ocurrido jugar un poco…con otras reglas…-Me relamo lentamente los labios, sonriendo dulcemente, notando la creciente lujuria en las expresiones ajenas. Al momento, saco de mi túnica una pequeña bolsa, que al abrir expulsa tres docenas de pequeñas piezas de madera roja. - Puesto que…me temo que ando falta de fondos, se me ocurrió apostar lo único que tenía…-susurro, colocando mi mano en uno de mis pechos, notando como los hombres, en un impulso hipnótico la seguían. Dios, ¿podían ser más básicos y repulsivos? -Quien consiga ganar todas las piezas rojas…-susurro, explicando las nuevas normas, con secretismo, a una sala que se había quedado en un silencio cuasi religioso. -Podrá follarme hasta quedarse seco…-Al terminar escucho como todos y cada uno de los varones en el cuarto había resoplado, inundando el cuarto con sus cálidos e indeseados alientos y el almizcle olor de la excitación masculina. Como en las previas y repetidas ocasiones, controle las ganas de vomitar, de retorcer mi nariz ante el aroma e incapaz compañía y de intentar cortar sus cuellos…

-¿Aceptan la apuesta? -pregunto con curiosidad, mientras juego con mis piezas entre mis dedos, colocándolas en pequeñas filas delante de mi. Los ojos de los hombres en la mesa se fijaron en mi cuerpo y luego en las piezas, notando como, en sus patéticas e involucionadas mentes, se hacía la conexión. La amplia mayoría asintió, mientras Bruce simplemente sonreía, burdo, obsceno y asqueroso.

De este modo, empezó el juego, con mi cuerpo despedazado en pequeñas piezas, todas y cada una preparadas para convocar la lujuria y la codicia en los ojos de los hombres. Tras el reparto de las cartas, coloque tres piezas en la mesa. La sensación de abandonar las piezas era extremadamente desagradable. Un cosquilleo que nació en la yema de los dedos, en contacto con las piezas, que se extendía y crecía por mi brazo, dejando de ser mínimamente placentero, asimilándose más a la sensación de hormigas bajo la piel. Pronto la sensación me empezó a devorar mi interior, cortando y mutilando mis tripas con facilidad, dejando horribles huecos vacíos, que explotaban ante la falta de oxígeno, creando pura angustia. Sin embargo, era un sacrificio necesario. La competición por esas primeras piezas fue ridícula, dada por jugadores inexperimentados. Finalmente, la primera partida acabó con la victoria de un jugador sin nombre y demasiado plano como para ser recordado.
El juego continuo, como la creciente tortura que suponía desprenderme de las piezas. La sensaciones empezaban a ser endémica, deshaciendo la sensibilidad de mis piernas y retorciendo mi estómago, aumentando la necesidad de que vomitase y llorase a la vez. Pero, finalmente, cuando media docena de fichas estuvieron dispersadas entre diferentes jugadores, empecé a jugar.

Una de las cosas que uno debe de recordar al apostar es saber cual es el premio. Normalmente es meramente efectivo y, en ocasiones especiales, algún premio material. Sin embargo, en esta partida había puesto una apuesta estratosférica en la mesa. Una deliciosa sorpresa a lo que todos se habían lanzado, en pos de carne en época de clara, clara, clara sequía. Lo cual les había hecho ignorantes a dos acontecimientos; uno, el premio era virtualmente irrealizable, y dos, el “segundo premio”, que era el dinero, había pasado a segundo plano. Lo primero era debido a la dispersión del premio, pues para ganar una noche conmigo necesitaban todas las piezas, las cuales estaban la mayoría en mi poder y unas pocas dispersas entre diversos jugadores. Esto hacía que, a no ser que alguien pudiese ganar de manera masiva, la obtención de todas las piezas era imposible. Lo segundo era la respuesta lógica, en la que las apuestas se acrecentaban cuando había mas fichas rojas y decrecían cuando había menos. Esto último me permitía dirigir el ritmo de la partida.

Por ejemplo, apuesto una cantidad alta de fichas, cinco o cuatro. Esto estimula la mesa, aumentando las apuestas a la vez que la competición, haciendo muy difícil que alguien se retire. Finalmente, alguien gana las cuatro piezas. Una servidora, fingiendo nerviosismo, tira una cantidad menor de piezas, dos o una. En este turno la mesa esta menos estimulada, por lo que las apuestas son menores. Ahora, yo gano esta partida y me llevo lo recaudado. Tengo ahora piezas rojas y piezas normales. En el siguiente turno, apuesto piezas normales en conjunto con una pieza roja. Esto estimula el tablero, dándome la oportunidad de llevarme más fichas a poco coste. Sin embargo, este método es ineficaz, en el sentido que, invariablemente, tengo que sacrificar piezas rojas para estimular el ritmo de la partida, hasta que finalmente…

Cuatro piezas rojas caen en medio de la mesa por una mano ajena a la mía. Observo como uno de los jugadores que habían conseguido un par de piezas al principio de la partida tiene que sacrificar su premio para seguir jugando, incapaz de continuar con fichas normales. La mesa aumenta el estimulo el doble de lo esperado. Sin embargo, en esta ronda yo simplemente gasto fichas normales, pocas en esta ocasión, aprovechando el estimulí externo. La partida se mueve hasta que el lote se queda en silencio, entre Bruce, yo y un pardillo común y corriente. Finalmente, me decido y gano el lote, manteniéndole la mirada al bruto caballero, debido a que la cantidad de fichas normales supera al de las fichas rojas.

El juego continuó, con los jugadores menos experimentados perdiendo sus fichas normales y luego las rojas, desapareciendo con facilidad en la muchedumbre que nos rodeaba ahora. Finalmente, las rondas empezaban a dar fruto…En mi mano estaba el 75% de la riqueza monetaria de la mesa y el 25% de las piezas rojas, representantes de mi cuerpo, mientras en la de Bruce se encontraba el porcentaje inverso.

El último reparto se da con rapidez y eficacia, por unas manos oscuras como el hollín, mientras miro a los ojos al objetivo. Su sonrisa se había vuelta incluso más obscena si era posible, con sus mejillas capturadas en un rictus de placer ante su, probablemente, desbordante imaginación. Sus pupilas estaban dilatadas, centrándose en mi pecho y lo que había bajo la mesa, lo que le hacía lamerse constantemente los labios. Un escalofrió de disgusto me recorrió de arriba abajo, pero hice el único movimiento disponible…
Todas mis fichas, rojas y normales, descendieron con potencia en el centro del tablero, ante la sorpresa de los observadores y del propio Bruce.

-Todo o Nada…-añado, con una sonrisa, observando con disfrute como el otro dudaba, con su rostro fruncido, ante el desarrollo en la mesa. Al apostar todo, le obligaba al otro a hacer lo mismo.- Vamos….¿o acaso tu madre crio un maricón?

Las palabras tuvieron el efecto deseado. Sus músculos se tensaron con fuerza contra la escasa tela de su ropa, en un claro gesto de contención, mientras su expresión se deformaba. Sus ojos parecían salirse de sus órbitas, siendo el más grande de ellos el más obvio, y su napia se expandía a un ritmo alarmante por la ira. Era lastimoso su intento de ocultar sus emociones. Mientras tanto,  la tensión del ambiente parecía aumentar y la mirada del hombre continuaba pegada a la mesa, apretando las cartas con demasiada presión, doblándolas entre sus salchicheros dedos. Sonreí, encandiladora y dulce. Era tan simple el manipular a estos pazguatos que no había diversión alguna…

-¿Acaso te enseño a chupar pollas antes que a apostar como un hombre? -pregunto, dándole el último empujón hacia el abismo.

Con un último golpe en la mesa, tiro todas las piezas al centro, mirándome fijamente.- Pagaras eso caro, puta, te atragantaras con mi rabo esta noche…-gruño, retorciendo su labio en un intento de expresión intimidatoria, abriéndose de piernas y golpeando su puño contra la mesa, resultando en las risas de varios hombres del local. Al momento, tiró las cartas a la mesa. Full.

Un estallido de jolgorio se escucho por el bar, quizás en triste camaradería del hombre que iba a follar esa noche. Ríe levemente, mirando a los satisfechos ojos del otro, quien se mordía el labio, llevando las manos a sus muslos, dándoles pequeños golpecitos.- Venga perra…siéntate aquí…quiero notar bien la mercancía antes de rellenarla…-susurro, con una risa estridente y vulgar, mientras resoplaba por la nariz, excitado.

Ante eso, simplemente sonreí, moviendo delicadamente mi cabeza y mi capucha, para después soltar una risa delicada- Quizás otro día…- Susurro, mientras mis cartas caen con suavidad en la mesa, parando todo sonido producido por esas escusas de animales. Ese silencio glorioso cayó por mis labios como miel, para después saborear el profundo grito de burla que se levanto. Escalera real.

Sin embargo, al segundo, los puños del hombre golpearon con fuerza la mesa en un arrebato de furia, deteniendo las burlas con un grito animalesco.- ¡HAS HECHO TRAMPA, TU PUTA! -grito, para abalanzarse hacia mi persona de cara, intentando agarrarme con sus brazos, tirándose sobre la mesa.

De nuevo, como todo en esa partida, fue un movimiento ágil de mano lo que detuvo el momento. Pues en el momento en el que se había abalanzado hacia mi, en mi mano había aparecido un pequeño cuchillo. Endeble, delgado y apuntando directamente hacia su vena carótida.

- ¿Puedes demostrarlo?

Fue una simple pregunta, en la que ambas miradas se cruzaron, una llena de pasión e ira, mientras la mía estaba profundamente helada, aburrida y ligeramente interesada al mismo tiempo por los acontecimientos. Este es un mundo cruel, ¿sabes? Aquí nadie te escucha. Ni tus gritos de dolor, ni tus llantos, ni tus ansiados gruñidos por justicia...a no ser que tengas algo detrás que te respalde. El olor a sudor llegó a mis narices, junto con el olor de la masculinidad y los desechos que el hombre parecía cargar. La bilis volvía a ascender por mi garganta.

-Pero soy benevolente...¿que te parece si volvemos a apostar? -pregunto, con una sonrisa, delgada y cordial, viendo la chispa de la oportunidad volviendo a brillar en el interior de sus ojos, más propios a una bestia que a un ser humano. Su sucia sonrisa volvía a brillar, sus encías faltas de cuidados mostrándose en un gesto de vulgar repulsividad. El asco que sentía estaba empezando a dar jaqueca. Pronto, alce mi mano, lenta y delicadamente, rozando su mejilla.- Ahora...¿tienes con que apostar?

Su mirada perdió ese brillo, mirando las fichas, ahora desperdigadas por la mesa en completo caos- No,no,no...-dije, moviendo mi dedo frente a él- Esas piezas son mías...y a no ser que tengas dinero...¿por que no apostar tu cuerpo? -pregunto, acariciando sus pegajosas y mugrientas mejillas, con las yemas de mis dedos, en un gesto sensual y cariñoso- Quizás pueda sacarle provecho...

Un sonido parecido al de los aullidos de los animales en celo se alzó contra el cielo, levantando el polvo de las vigas al hacerlas vibrar. Al parecer, esto había puesto contentos a los viejos verdes y a los malcontentos marineros, que ya estaban pensando historias burdas y repulsivas en sus pequeñas mentes. Para el ojo experto, el disgusto se mostró durante unos segundo en mi cara, pero, claramente, los aquí presentes no lo eran. Finalmente, el hombre se puso delante de su silla, asintiendo a la apuesta. Después de todo, ahora ya solo era una victoria asegurada.

Entre las sombras y los cuerpos de los allí presentes, dos manos volvieron a repartir, las mismas que la última ronda, dejando cinco cartas en nuestras manos. Las cinco se encontraban completamente ocultas, hasta el momento singular que los participantes las levantamos. No había necesidad de ocultarla, no había necesidad de hacer faroles...la apuesta estaba ya hecha.

Pareja.

Color.

La victoria no es dulce, cuando esta asegurada. No pude evitar pensarlo, mientras me relamía, en un leve gesto de obscenidad, necesaria para hacerle salir más rápido. Ante esto, el otro solamente se apretó el paquete, para no abandonar su repulsivo cúmulo de comportamientos. Me levante de la mesa, moviéndome con rapidez, seguida por el orangután en celo, el cual demostraba que esta noche iba a meterla en caliente con gestos de manos a sus amigos, mientra me señalaba.

No sabía si fue por salir del local y respirar el aire impuro del mar o por acabar con el paripé, pero al salir por la puerta note como un peso se desquitaba de mis hombros. Mis pasos se internaron en las sombras y callejuelas de Rodelfia, sabiendo que, detrás de mi, un hombre excitado y comprometido a desfogarse conmigo me seguía. Finalmente, mis pasos se detuvieron en uno de los tantos callejones del lugar. Sin ventanas, puertas o somnolientos vagabundos.

-Vamos gatita...cualquier lado vale...-replica, agarrándome del brazo y haciendo que mi cuerpo girase, enfrentándome a él. Con ese rápido movimiento, mi disfraz se desmorono, liberando mi rostro ante el otro, dejando caer mi capucha.

Ah...ahí estaba. Mi cuerpo sintió el cosquilleo del placer al ver su rostro, por primera vez. Sus ojos, amplios ante mi rostro, se llenaron de lujuria al principio, siguiendo por el reconocimiento y el temor...encogiendo sus iris, como dos pequeñas agujas en la oscuridad. Sus músculos, su única arma hasta ahora, se tensaba, sin saber si atacar, huir o bajarse los pantalones.

- Tu madre, entre enseñarte a chupar pollas y apostar, debió enseñarte una lección básica...

Ahí estaba. El terror inadulterado, sin las tristes cadenas de la humanidad. Sin el valor propio que daba criarse en palacio o en las calles. Sin el entendimiento de cientos de políticas o de las leyes indecibles entre los maleantes. Ese temblor antiguo que invita a correr y no parar cuando cae la noche. Sus manos se aferraron una última vez a mi piel, antes de prepararse para girar y correr. Mi pecho se infló ante la brisa que absorbí con mi propia boca, casi intentando inspirar el horror que su mirada desprendia, y después ardió en un torrente de fuego. Mi piernas temblaron unos segundos, notándose como puro cristal, sostenido por una carne, que se sentía pétrea, a pesar de los temblores. Me mordi el labio, saboreando las palabras.

-Nunca hagas...

Pronto, el sonido de una piedra golpeando su sien se escucho en la oscuridad de la noche, junto con los gruñidos de los animales y de la humanidad desarrollándose. Entre las sombras, una figura con un traje rasposo y similar al de la víctima salio. Sus manos negras, las mismas que habían barajado las cartas en nuestro juego, se aferraba a la piedra, coloreada levemente en rojo. Thomas me miraba, mientras yo observaba, maravillada, como los ojos del otro perdían el brillo de la consciencia, devolviéndome la mirada.

- Apuestas con nigromantes.
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Casandra Von Schuyler

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Re: Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Dom Nov 12, 2017 7:40 pm

Capitulo 2: Cita con una nigromante.

El lugar era frío, oscuro y el olor a formaldehído lo invadía de manera potente. Era un sitio en el que la gente no solía entrar a no ser que fuese un profesor o un alumno muy interesado en la asignatura que se impartían en el lugar. Era el sitio en el que Zhalmia ganaba poder a través de la decadencia.

Era la morgue de la Universidad de Zhalmia, en concreto la subdivisión localizada en Rodelfia.

Era una estancia grande, cuyo suelo estaba hecho de una sustancia similar al mármol, una versión barata y mucho menos porosa, que permitía limpiarla facilmente de líquidos sospechosos. De sus cuatro paredes, solamente una tenía ventanas, las cuales llevaban años tapadas por cortinas y tablas, impidiendo la más mínima luz entrar, mientras que aquellas no conectadas a la salida estaban recubiertas por escritorios o por un armatoste llamado “congelador de cadáveres”. Sinceramente, era un objeto maravilloso y el inventor del mismo debía de ser premiado. Un enorme conjunto de cámaras, como ataudes, enlazadas entre si en un enorme armario y con una serie de runas grabadas que lo aislaban del calor. Claro, aun tenías que echarle hielo y nieve para mantener los cadáveres frescos, pero considerando el entorno no era una petición indecorosa o imposible. A su vez, el centro de la sala estaba reinado por cuatro camas hechas de metal, agujereados para dejar que los líquidos, necesarios o innecesarios, fueran rapidamente expulsados a unos contenedores que descansaban bajo los mismos.

Mi ropa se habia sustituido por un vestido de puro blanco, sin decoraciones, que cubria mi cuerpo desde el inicio de mi cuello hasta mis rodillas, donde retomaban el paso unos pesados y blancos pantalones de lona. Mis manos estaban protegidas por guantes de tela y lana, casi como cientos de vendas que cubrian hasta mi antebrazo, delgados en los dedos para permitir movilidad y en el resto gruesos para evitar el toque de la suciedad, escoria y enfermedades. Mi rostro, a su vez, estaba tapado por una mascara blanca, pegada sobre mi piel, dejando solo libre mis ojos y cabello, el cual se recogia en una serie de delicados moños. Era la ropa para dar y recibir lecciones de necromancia en la universidad. El blanco era el color dado a los miembros más distinguidos de la academia o a la familia real, bajo la creencia de que, quien lo llevase, debía de tener una maestría que evitase que la sangre tocase la tela.

Sin embargo, hoy no estaba aquí para mejorar mi conocimiento de los cadáveres ni de los muertos. No...hoy estaba aquí en pos de revelar secretos que se encontraban en el interior de los vivos, no de los muertos.

En medio del lugar, sobre una de las mesas, se encontraba, aun inconsciente, mi sujeto de estudio, junto con la única fuente de luz disponible, una pequeña vela. El hombre temblaba, probablemente debido al frío de la estancia contra su cuerpo desnudo, con el único consuelo proveniente del calor de la vela al lado de su rostro. Sin ceremonia, eleve el cirio, dejando que, perezosas, varias gotas de cálida cera cayesen sobre el rostro del individuo, transmitiendo su calor como picotazos de abejas. El suave color blanco recubre las mejillas del hombre, el cual se remueve hasta que abre los ojos, viendo como un par de gotas caen de nuevo contra él.

-Que cojo...-grita, intentando, primero, defenderse con sus brazos, haciendo resonar las ataduras en el silencio de la noche. Ante su derrota, mueve rapidamente la cabeza, intentando evitar las gotas de caliente cera que se derramaban contra su rostro.- ¡Para, maldita puta malnacida!-gruñe, como un animal, mirándome por fin, casi esbozando una  expresión animal, arrancandome, como notas de un arpa, escalofrios de placer.

-Que mal perdedor eres...-replico, dejando la vela a su lado de nuevo, a la suficiente distancia como para no dejarle ver con claridad y sentir el ardor en el rostro, pero no el suficiente como para que lo tire.- Me dijiste que podía hacer contigo lo que quisiera esta noche...lo  mínimo que podrías hacer es actuar con más elegancia y reparo ante la situación...-añado, mientras arrastro por el suelo un oxidado carrito. Sobre su superficie, pequeños y pesados objetos resuenan contra el metal de su superficie. Tendré que escribir una nota al decano para que lo sustituya o le eche aceite.

El hombre seguía resistiendo, confiando en que su fuerza lo arrancase de sus ataduras- Querido, querido, querido...-digo, apoyandome levemente sobre la superficie de la mesa, moviendo con elegancia un dedo ante sus ojos- No te puedes liberar...Estas correas estan hechas para resistir a criaturas con mucha mas fuerza que un humano corriente...

Podía ver como las escasas ruedas de su pensamiento giraban tras sus ojos, buscando una manera de salir y escapar o de reducirme, a lo que yo solo podía soltar un leve esbozo de risa al aire, cortante como una cuchilla. Era delicioso ver como un ser tan estúpido albergaba la mera esperanza de ganarme en una batalla de inteligencia.

-Puesto que esta conversación, si dependiese de ti, no sería más que insultos hacia mi persona...-replico, mientras saco de debajo del carrito una tarro de grandes proporciones. Cuando lo destapo el olor a formaldehido me golpea directamente, haciendo que arrugue la nariz y el cuarto de vueltas durante unos segundos.- Tendré que explicarte lo que te va a ocurrir...

Sin ningún tipo de aviso, derramo la sustancia sobre el hombre, girando el tarro de manera brusca sobre su cuerpo. EL frio líquido cae sobre su pecho directamente,irritando su piel de manera brutal, dibujando siluetas en su superficie según se dispersa. Un profundo grito sale, con potencia y horror, de los labios del hombre, que mira agraviado y dolorido el tono rojizo que toma su piel. Hasta que una silueta cae desde el frasco directamente sobre su pecho.

- Bruce conoce a Nicolas...-digo, con una delicada sonrisa, mientras muevo la cabeza sobre el cuerpo del otro, escuchando con delicia como la cuidada carne de la cabeza roza la herida superficie del tronco ajena y como el hombre chilla de terror cuando el cadáver le devuelve la mirada, reflejandolo en sus blanquecinos y lechosos ojos.Su rostro estaba atrapado en un rictus de horror y sufrimiento, con la lengua completamente cortada, solamente algodón rellenando la boca, marcando claridad sus blancos dientes.- Nicolas fue uno de los miembros de ese grupo de insurgentes que intentaron armar jaleo durante el anunciamiento de la abdicación de mi padre y atracar el banco de Rodelfia, mientras estábamos distraídos...-rio, socarronamente, ante la mera idea de que alguien pudiera lograrlo, golpeando con mis dedos la superficie mojada y en estado de putrefacción que era su cabello.- Hay que darle méritos por su idea...intentar atracar una fortaleza de oro con un par de hombres, papel explosivo y...-Mis ojos se posan directamente sobre la cabeza ajena, con intriga, manteniéndola sobre el pecho ajeno, ante los intentos de su dueño por quitarselo de encima.- Un par de tacones...Siempre me intrigaría esa parte, pero bueno...sigamos.

Termino mi leve monologo con una sonrisa, mientras mis manos se aferran a la cabeza del ser, elevándola. Pequeños hilos del pegajoso líquido unian el pecho del desgraciado con el cortado cuello de la cabeza, creando un lechoso nexo. Coloque mi mejilla sobre la mejilla de la cercenada cabeza, notando el picazon del líquido, disminuido, pero aun fuerte. Ambos de nuestros rostros estaban girados, mis ojos clavados en los iris ajenos, temblorosos y llorosos.

- Tienes una oportunidad de evitar el dolor...-respondo con suavidad, moviendo lentamente los labios, sin parar de obervarlo. ¿Que me mostraria? ¿La leve esperanza de escapar? ¿La inteligencia de lo inevitable? ¿Terror? ¿Desesperación? ¿Placer? Mi cabeza cosquilleaba, esperando con ansia las expresiones de mi víctima, pero no por sadismo...si no por curiosidad.- ¿Quien esta verdaderamente al mando de esos problemáticos anarquistas que han estado plagando mi ciudad?

Tras hacer la pregunta, por primera vez, el hombre me sorprendió. Note la calidez de un escupitajo golpear mi mejilla, peligrosamente cerca de mi boca- Vete al infierno, puta zorra...-replica el otro, con una llama latiendo en sus ojos. Esa determinación era envidiable...incluso a la puertas de la muerte...-¿Crees que una princesita de mier...

No escuche más. Veía sus labios moverse y su rostro retorcerse en diferentes expresiones, pero...no me sentia en la misma sala. Lleve mis dedos a mi mejilla, notando el calido contacto de ese repulsivo liquido que había salido de la boca del hombre, para después observarlo brillar sobre la superficie del guante. Era una sustancia blanca y casi transparente, común en la saliva, pero podía ver pequeñas motas rojas en la superficie, probablemente de alguna herida en la boca o diente infectado...

Y,durante unos segundos, vi solo rojo. Note mis musculos tensarse, doloridos y calientes, como si una antorcha quemase el interior de mis venas y de mi cuerpo sin indecisión. Solo podía escuchar el golpeteo constante de mi pecho...Pum Pum Pum...Duro y sin sosiego...PUM PUM PUM...Doloroso...PUM PUM PUM...Un dolor que solo desaparecería cuando arrancase los miembros a la basura que se había atrevido a escupir a alguien claramente superior PUMPUMPUM...Arrancar sus carnes con mis uñas, separar sus organos con mis dientes...PUMPUMPUMPUM No descansar hasta escuchar sus gritos pidiendo clemencia, gritando por perdón...PUMPUMPUM...¡QUERIA DESTROZAR A ESA ESCORIA MISERABLE QUE SE HABIA ATREVIDO A INSULTARME DE ESA MANERA!

Mis manos temblaron como todo mi cuerpo y mi pecho ascendía y bajaba. La cabeza cayó al suelo en silencio y la habitación se hacia cada vez más y más oscura, incapaz de concentrarme. Mi mano encontró rápidamente el escalpelo y lo eleve en el aire, clavándoselo en el muslo sin ningún tipo de compasión. Su grito alzó en mi cuerpo una sensación de pura euforia. Mi mano subia y bajaba, continuando cortando, notando las llamas retorcerse en mis estómago y una risita salir de mi boca.

- ¡MALDITA ZORRA!¡PARAPARAPRA! -El rostro del hombre seguía esbozando ira, escupiendo saliva y babas, exclamando deliciosos gritos arrancados por el dolor. Sin embargo no se rompia...Noserompianoserompianoserompia ¡¿PORQUE NO SE ROMPE?!

Mi cabeza seguía doliendo...ardía...pero pronto lo note. Una mano en la parte baja de mi espalda. Fría, delicada y dolorosa...Pare los cortes, casi retorciendome de dolor, gritando en mi interior. Me tuve que apoyar en el borde de la camilla, notando mis piernas temblorosas. La mano subía por la curvatura de mi espalda, extendiendo el frío dolor por todo mi cuerpo. Como si fuese un torbellino de agujas en mi interior, notaba como algo se extendía alrededor de mis ardientes venas. Notaba como si pequeños gusanos se retorciesen alrededor, jugando sobre las llamas dentro de mis venas. Pronto, note el agarre sobre mi pecho, parando el acelerado ritmo. Era frío...demasiado frío...pero con cada segundo que pasaba...el calor de mi propio fuego se iba acostumbrando. Como si estrellas cubiertas por el vacío del espacio, mi cuerpo se habia convertido en un torbellino de fuego y frío...

Finalmente, elevé la cabeza y todo mi cuerpo, regresando a mi postura original- ¿Quien es el líder?- pregunto, de nuevo, sacando el escalpelo de su carne, dejando que los hilos de sangre recorriesen sus repulsivamente peludas piernas, descendiendo hasta el metal de la mesa.

La voz del hombre me sonaba completamente hueca, solo insultos e improperios. No lo que quería oír. Agarre la base de su brazo , dejándolo completamente quieto, mientras limpiaba mi escalpelo sobre su piel, deslizándolo para quitar la sangre, causando pequeñas heridas. Antes de que pudiera resistirse, corte suavemente la piel de su brazo, casi como si cortase las alas de una mariposa, sin tocar las venas.- ¿Quien es el lider? -digo, cogiendo un par de correas mas, atándole el brazo por completo, mirándolo directamente a los ojos. No se por que...pero la ira estaba desapareciendo del rostro ajeno, quedandose completamente pálido. Pronto, recogi unas pinzas y las introduje bajo los cortes, empezando a abrir la piel, revelando la carne de sus músculos. La sangre corría, mientras iba cortando más, revelando más y más de esos rosados músculos.

Era...apasionante, ver como los latidos de su corazón se marcaban sobre los musculos y venas, ver casi como se movía la sangre, dispersándose en el exterior en corrientes delicadas.- Brazo fuera...-Tras eso, me moví, junto con mi carretilla, al lado opuesto de la mesa. Ya no estaba torturando a alguien...Estaba estudiando.

Pronto, ambos brazos sucumbieron. Desde sus codos hasta sus muñecas, solo habia rojo. Un conjunto de musculos y sangre, que manchaban el limpio metal y llenaban el entorno con el desagradable, pero tranquilo, olor a óxido de la sangre. Saque más correas, pero queria ver algo más. Me deslice hacia el armario de suministro, susurrando con constancia- ¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?- Parecia una canción infantil, repetida sin cansancio, mientras mis pensamientos estaban en como los músculos de sus brazos se retorcían. La canción era lo único que quedaba de mis intenciones.

Pronto, consegui lo que quería y lo deje caer con suavidad sobre la mesa de suministros y después sobre la camilla en la que estaba el sujeto. Luchando con la poca fuerza que le quedaba en las manos, le coloque una especie de cabestrillo, paralizando sus dedos. Pronto, volvi a ponerme a trabajar, con sus gritos de fondo. Rasgue suavemente la piel de sus dedos, primero por encima y despues por la palma, creando circuitos unidos qu eal tirar de ellos, desprendían la piel. Cuando me fui a poner con el siguiente, el hombre grito de nuevo.

-Para...por favor...-Susurró el hombre, temblando. No se cuando habia pasado, pero estaba llorando, con su rostro pálido y mocos saliendo de sus orificios nasales. Pestañe, sin impresionarme, hasta que lo dijo- Es...Es Frida Klaus...-Mis dedos se pararon en seco, sobresaltada por el nombre. Frida Klaus era una de las mujeres, a parte de mi, más poderosas de la ciudad. Era la presidenta de la Asociación Patriotica de Damas Privilegiadas, en la cual los esposos de los hombres más acaudalados se reunían parar tratar asuntos de relativa importancia, como el asunto de los huérfanos o la moralidad en las prendas. Era una institución risible hasta que Frida llego al poder...y lo que antes era un instrumento para hacer creer a las esposa que tenían importancia se volvió uno de los principales motores sociales...Pero hasta ahora no le había prestado atención...hasta ahora...

-¿Me...me vas a soltar? -pregunta, mirándome fijamente, jadeando a causa del dolor. Mis ojos se clavaron en los suyos de nuevo. De nuevo, acerqué la mano a la carretilla y saque una pequeña jeringa.- Si, lo voy a hacer...-digo, introduciendo rapidamente la aguja en el cuello ajeno. Sin embargo, en su rostro no se veía  miedo.- Ah...Ya...no mas...-susurró, cerrando los ojos, evitando mi figura- No mas de esa sonrisa...

Sin entender lo que dijo y mientras el corazón daba sus último latidos, mis intrumento continuaron trabajando...y mi curiosidad saciándose.

Horas más tarde, salí de la sala. Mis sirvientes, Thomas y Matilda, esperaban tras la puerta, cada uno en el extremo de la otra. Aun sentía el frio en mi, pero...el calor volvía a ganar la carrera...No entendía el porque, no estaba enfadada, no estaba triste...no sentia nada...

-Limpiad la sala...-susurró, como en un sueño, notando las miradas preocupadas de ambos y como sus cuerpos se deslizaban para mover el cuerpo deformado y lo que había arrancado del mismo. Mis tacones golpearon el suelo, en una cadencia armoniosa y delicada, arrastrando mi cuerpo, pero que se iba acelerando, teñiendose de pánico. Mis venas parecian removerse bajo la piel y no podia evitar colocar mis manos sobre mis muñecas, apretando la tela, intentando contenerlas. Se sentía mal a la vez que bien, una amalgama diabólica de emociones...en la cual no habia ganador. Mis entrañas se retorcían sin parar, hasta que llegue al baño de profesores.

Casi derribando la puerta, me apoyo en la pared y expulso por mi boca pura bilis contra el agujero que servía como depósito. El olor de los excrementos y de los diferentes resto golpeo mi nariz y solamente potenció más los estertores. Mi vomito continuó saliendo, manchando el suporte que usaban las mujeres para no tener que arrodillarse. Mi estomago se retorcía y las sensaciones de puro jolgorio y tranquilidad se reotrcieron en una lucha a muerte, dejando solo cenizas. Cuando acabe, me deje caer contra la puerta, apoyandome en ella durante unos segundos, para después elevarme sobre mis pies.

Mañana tendría que ver a una dama privilegiada.
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Casandra Von Schuyler

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