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Deal with the Devil [Solitaria]

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Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Dom Sep 17, 2017 12:08 am

Rodelfia había mejorado mucho, desde sus tiempos de mero punto de comercio local hasta su nueva forma de puerto internacional, pero aun existían zonas pútridas, repulsivas y donde el olor a inmundicia corrompía las narices de los que tenían las agallas suficientes como para entrar en ella.

El local era pequeño, enano, pero ruidoso. El exterior estaba hecho un asco, con basura y hombres borrachos decorando el suelo, y con las ventanas, que iluminaban con fuerza la noche, y puertas, carcomidas y descoloridas, en un estado de clara decadencia. Lo único que identificaba el lugar con unas ruinas era el pequeño cartel que se alzaba sobre la puerta, en el que una mujer extremadamente tetona daba la bienvenida al “Descanso del Marinero”, el típico chiste obsceno que se ocultaba bajo la inocencia.  

No era el lugar para que la princesa de Zhalmia estuviese caminando a esta hora. No era el lugar, ni siquiera, para que cualquier animal con un mero sentido de la auto preservación estuviera. Sin embargo, era un mal necesario...Desde hacía días, un grupo de anarquistas había estado dando problema. Había empezado con lo típico; ataques a transeúntes, destrucción del mobiliario urbano y de algunas tiendas, pintadas obscenas…Pero pronto había empezado a desarrollarse en un cariz que no le gustaba a ningún monárquico, el cariz ideológico. Panfletos repartidos por las plazas, gritos en contra de los poderes tradicionales y en pos de derribar a los nobles, quema de banderas…Nada bueno para alguien en una postura de poder. Sin embargo, a pesar de lo irritantemente público que era todo, la guardia no conseguía darles caza. Parecían niebla, deshaciéndose ante la mirada fugaz de los guardias…Lo cual solamente podía significar dos cosas; una, que alguien extremadamente inteligente los estaba liderando , o dos, que alguien extremadamente influyente los estaba ayudando…Si era el primero la solución era fácil, reclutar al cabecilla o eliminarlo, pues nadie iba a quejarse ante un plebeyo más muerto. Pero, si era el segundo…Un noble es más difícil de eliminar, una partida diabólica y siniestra, en la que nunca hay un ganador, si no un intercambio de favores…y si alguien estaba haciendo esto implicaba que buscaba llamar la atención y canjearse favores por parar lo que, para ellos, era un  simple juego… Y, como futura reina, tenía la obligación de llegar al fondo del asunto.

Con la capucha puesta encima de la cabeza, entre en el local. Los gritos viriles y enloquecidos me golpearon con una ola, en conjunto con varios comentarios obscenos respecto a mi figura, caderas, pechos y…¿nariz? Suspire, cometiendo el error de oler el aire después, casi atragantándome con la pestilencia conjunta del alcohol rancio en la madera y vómito en el suelo. Por los dioses, ¿es que esos cerdos no reconocían una escoba aunque se la metieran por el culo o es que disfrutaban revolcándose en sus propios excrementos? Contuve las arcadas apretando fuertemente los puños y dando varios pasos hacia adelante, pateando a un patético borracho que se me intento subir por la pierna, lo cual me gano varios puntos de respeto entre esa escoria social. Según los pocos rumores que pude escuchar, el local era un punto de reclutamiento para el grupo, quienes buscaban cazar a jóvenes con esperanza en los ojos, hombres desesperados o simple carne de cañón para la revolución…y el reclutador estaba delante de mis ojos.  

Bruce Kozlov. Un hombre que era más musculo y gónadas que cualquier otra cosa, una persona que, en la escala de los animales que se aconglomerabán en esa pocilga, era casi un jabalí. Su pelo rubio se había teñido de negro por la roña y grasas, descendiendo por una frente ancha y unos ángulos profundamente marcados. Habría sido atractivo, si no fuese por sus ojos, uno pequeño y otro enorme, y una nariz porrona, desafortunada, teñida en rojo por la intoxicación alcohólica. Había trabajado desde muy pequeño en los muelles, cargando y descargando cajas de peces, sin embargo el trabajo se había vuelto escaso, ante la masiva aparición de trabajadores, con mejor aspecto y referencias que él. Pronto vio su descenso a los bajos mundos, usando sus hipertrofiados músculos para golpear, arrancar y cargar cuerpos hasta la bahía. Un mejor músculo de pago. Sin embargo, según los informes, hace varios días se había encontrado con diferentes individuos y había empezado a trabajar como enlace en uno de los bares… Sus enormes manos golpeaban la madera, derramando cerveza y pequeñas fichas de maderas, mientras cargaba en su mano un par de cartas, ridículamente pequeñas para sus manos.

-Vamos, mierdas, ¿acaso vuestra madre crio maricas? -dijo, con una risa burlona, retorciendo sus labios, mostrando una sonrisa con varios dientes en estado de putrefacción. Los hombres a su alrededor gruñeron, con la tensión en calma debido al efecto intimidante de unos brazos capaces de partir cabezas como melones.- ¿Qué, os enseño a chupar pollas antes que apostar? -Bruce se rió por su propio chiste, en un estallido ordinario y falto de tacto, volviendo a golpear la mesa en impactos constantes y ruidosos. Contuve las ganas de fruncir los labios y hacer un gesto de repulsa, pero me contuve.

-Si no os importa, creo que yo tomare ese reto…-replico, en una voz tranquila, mientras me acerco a la mesa. Los miembros se miraron entre si, extrañados por la figura encapuchada que se acercaba a ellos. ¿Era por lo limpia que estaba mi capa? ¿Por la falta de olor a mierda y orina que ellos desprendían? ¿Los movimientos que no estaban condicionados por una falta de coordinación o el exceso de alcohol? Tanto daba, como que daba igual.- Después de todo, mi madre no crió un maricón…

-Así me gusta…-replico Bruce, con una sonrisa satisfecha ante la existencia de un nuevo adversario al que desplumar.- ¿Veis aun hay tíos con cojo…- Su afirmación fue rápidamente desecha ante el movimiento hacia atrás de mi capa. Había que reconocer que Amelia se había esforzado con el atuendo. Puramente negro, en un diseño digno de cualquier prenda de cámara, el vestido se apretaba a mi cuerpo, hasta la mitad de mi senos, los cuales eran explotados por un tedioso y tenso corsé, que los resaltaba en el aire, dando la sensación de estar a punto de ser expulsados por la mera presión. La apariencia de una autentica señorita de la noche…

El silencio se extendió por el grupo y por la habitación, probablemente ante la falta de atractivo y senos en sus vidas, la mera visión de los míos los había dejado patidifusos…Cerdos repulsivos. De nuevo, contuve mi condición primaria de vomitar por la repentina y repulsiva atención, centrándome en el juego. Sonreí de medio lado, confiada, explotando la repentina falta de atención de los jugadores.

-Pero veréis, queridos…-susurre al aire, en un tono que incitaba a la imaginación, al deseo, infiltrándose en las mentes de la calenturienta escoria, retorciendo sus pensamientos- Hoy me he despertado traviesa…-La atención se volvió más incisiva si era posible, notando como esa excusa de residuos humanos me desnudaba con la mirada. Una repuesta claramente obvia ante mis palabras. - Y se me ha ocurrido jugar un poco…con otras reglas…-Me relamo lentamente los labios, sonriendo dulcemente, notando la creciente lujuria en las expresiones ajenas. Al momento, saco de mi túnica una pequeña bolsa, que al abrir expulsa tres docenas de pequeñas piezas de madera roja. - Puesto que…me temo que ando falta de fondos, se me ocurrió apostar lo único que tenía…-susurro, colocando mi mano en uno de mis pechos, notando como los hombres, en un impulso hipnótico la seguían. Dios, ¿podían ser más básicos y repulsivos? -Quien consiga ganar todas las piezas rojas…-susurro, explicando las nuevas normas, con secretismo, a una sala que se había quedado en un silencio cuasi religioso. -Podrá follarme hasta quedarse seco…-Al terminar escucho como todos y cada uno de los varones en el cuarto había resoplado, inundando el cuarto con sus cálidos e indeseados alientos y el almizcle olor de la excitación masculina. Como en las previas y repetidas ocasiones, controle las ganas de vomitar, de retorcer mi nariz ante el aroma e incapaz compañía y de intentar cortar sus cuellos…

-¿Aceptan la apuesta? -pregunto con curiosidad, mientras juego con mis piezas entre mis dedos, colocándolas en pequeñas filas delante de mi. Los ojos de los hombres en la mesa se fijaron en mi cuerpo y luego en las piezas, notando como, en sus patéticas e involucionadas mentes, se hacía la conexión. La amplia mayoría asintió, mientras Bruce simplemente sonreía, burdo, obsceno y asqueroso.

De este modo, empezó el juego, con mi cuerpo despedazado en pequeñas piezas, todas y cada una preparadas para convocar la lujuria y la codicia en los ojos de los hombres. Tras el reparto de las cartas, coloque tres piezas en la mesa. La sensación de abandonar las piezas era extremadamente desagradable. Un cosquilleo que nació en la yema de los dedos, en contacto con las piezas, que se extendía y crecía por mi brazo, dejando de ser mínimamente placentero, asimilándose más a la sensación de hormigas bajo la piel. Pronto la sensación me empezó a devorar mi interior, cortando y mutilando mis tripas con facilidad, dejando horribles huecos vacíos, que explotaban ante la falta de oxígeno, creando pura angustia. Sin embargo, era un sacrificio necesario. La competición por esas primeras piezas fue ridícula, dada por jugadores inexperimentados. Finalmente, la primera partida acabó con la victoria de un jugador sin nombre y demasiado plano como para ser recordado.
El juego continuo, como la creciente tortura que suponía desprenderme de las piezas. La sensaciones empezaban a ser endémica, deshaciendo la sensibilidad de mis piernas y retorciendo mi estómago, aumentando la necesidad de que vomitase y llorase a la vez. Pero, finalmente, cuando media docena de fichas estuvieron dispersadas entre diferentes jugadores, empecé a jugar.

Una de las cosas que uno debe de recordar al apostar es saber cual es el premio. Normalmente es meramente efectivo y, en ocasiones especiales, algún premio material. Sin embargo, en esta partida había puesto una apuesta estratosférica en la mesa. Una deliciosa sorpresa a lo que todos se habían lanzado, en pos de carne en época de clara, clara, clara sequía. Lo cual les había hecho ignorantes a dos acontecimientos; uno, el premio era virtualmente irrealizable, y dos, el “segundo premio”, que era el dinero, había pasado a segundo plano. Lo primero era debido a la dispersión del premio, pues para ganar una noche conmigo necesitaban todas las piezas, las cuales estaban la mayoría en mi poder y unas pocas dispersas entre diversos jugadores. Esto hacía que, a no ser que alguien pudiese ganar de manera masiva, la obtención de todas las piezas era imposible. Lo segundo era la respuesta lógica, en la que las apuestas se acrecentaban cuando había mas fichas rojas y decrecían cuando había menos. Esto último me permitía dirigir el ritmo de la partida.

Por ejemplo, apuesto una cantidad alta de fichas, cinco o cuatro. Esto estimula la mesa, aumentando las apuestas a la vez que la competición, haciendo muy difícil que alguien se retire. Finalmente, alguien gana las cuatro piezas. Una servidora, fingiendo nerviosismo, tira una cantidad menor de piezas, dos o una. En este turno la mesa esta menos estimulada, por lo que las apuestas son menores. Ahora, yo gano esta partida y me llevo lo recaudado. Tengo ahora piezas rojas y piezas normales. En el siguiente turno, apuesto piezas normales en conjunto con una pieza roja. Esto estimula el tablero, dándome la oportunidad de llevarme más fichas a poco coste. Sin embargo, este método es ineficaz, en el sentido que, invariablemente, tengo que sacrificar piezas rojas para estimular el ritmo de la partida, hasta que finalmente…

Cuatro piezas rojas caen en medio de la mesa por una mano ajena a la mía. Observo como uno de los jugadores que habían conseguido un par de piezas al principio de la partida tiene que sacrificar su premio para seguir jugando, incapaz de continuar con fichas normales. La mesa aumenta el estimulo el doble de lo esperado. Sin embargo, en esta ronda yo simplemente gasto fichas normales, pocas en esta ocasión, aprovechando el estimulí externo. La partida se mueve hasta que el lote se queda en silencio, entre Bruce, yo y un pardillo común y corriente. Finalmente, me decido y gano el lote, manteniéndole la mirada al bruto caballero, debido a que la cantidad de fichas normales supera al de las fichas rojas.

El juego continuó, con los jugadores menos experimentados perdiendo sus fichas normales y luego las rojas, desapareciendo con facilidad en la muchedumbre que nos rodeaba ahora. Finalmente, las rondas empezaban a dar fruto…En mi mano estaba el 75% de la riqueza monetaria de la mesa y el 25% de las piezas rojas, representantes de mi cuerpo, mientras en la de Bruce se encontraba el porcentaje inverso.

El último reparto se da con rapidez y eficacia, por unas manos oscuras como el hollín, mientras miro a los ojos al objetivo. Su sonrisa se había vuelta incluso más obscena si era posible, con sus mejillas capturadas en un rictus de placer ante su, probablemente, desbordante imaginación. Sus pupilas estaban dilatadas, centrándose en mi pecho y lo que había bajo la mesa, lo que le hacía lamerse constantemente los labios. Un escalofrió de disgusto me recorrió de arriba abajo, pero hice el único movimiento disponible…
Todas mis fichas, rojas y normales, descendieron con potencia en el centro del tablero, ante la sorpresa de los observadores y del propio Bruce.

-Todo o Nada…-añado, con una sonrisa, observando con disfrute como el otro dudaba, con su rostro fruncido, ante el desarrollo en la mesa. Al apostar todo, le obligaba al otro a hacer lo mismo.- Vamos….¿o acaso tu madre crio un maricón?

Las palabras tuvieron el efecto deseado. Sus músculos se tensaron con fuerza contra la escasa tela de su ropa, en un claro gesto de contención, mientras su expresión se deformaba. Sus ojos parecían salirse de sus órbitas, siendo el más grande de ellos el más obvio, y su napia se expandía a un ritmo alarmante por la ira. Era lastimoso su intento de ocultar sus emociones. Mientras tanto,  la tensión del ambiente parecía aumentar y la mirada del hombre continuaba pegada a la mesa, apretando las cartas con demasiada presión, doblándolas entre sus salchicheros dedos. Sonreí, encandiladora y dulce. Era tan simple el manipular a estos pazguatos que no había diversión alguna…

-¿Acaso te enseño a chupar pollas antes que a apostar como un hombre? -pregunto, dándole el último empujón hacia el abismo.

Con un último golpe en la mesa, tiro todas las piezas al centro, mirándome fijamente.- Pagaras eso caro, puta, te atragantaras con mi rabo esta noche…-gruño, retorciendo su labio en un intento de expresión intimidatoria, abriéndose de piernas y golpeando su puño contra la mesa, resultando en las risas de varios hombres del local. Al momento, tiró las cartas a la mesa. Full.

Un estallido de jolgorio se escucho por el bar, quizás en triste camaradería del hombre que iba a follar esa noche. Ríe levemente, mirando a los satisfechos ojos del otro, quien se mordía el labio, llevando las manos a sus muslos, dándoles pequeños golpecitos.- Venga perra…siéntate aquí…quiero notar bien la mercancía antes de rellenarla…-susurro, con una risa estridente y vulgar, mientras resoplaba por la nariz, excitado.

Ante eso, simplemente sonreí, moviendo delicadamente mi cabeza y mi capucha, para después soltar una risa delicada- Quizás otro día…- Susurro, mientras mis cartas caen con suavidad en la mesa, parando todo sonido producido por esas escusas de animales. Ese silencio glorioso cayó por mis labios como miel, para después saborear el profundo grito de burla que se levanto. Escalera real.

Sin embargo, al segundo, los puños del hombre golpearon con fuerza la mesa en un arrebato de furia, deteniendo las burlas con un grito animalesco.- ¡HAS HECHO TRAMPA, TU PUTA! -grito, para abalanzarse hacia mi persona de cara, intentando agarrarme con sus brazos, tirándose sobre la mesa.

De nuevo, como todo en esa partida, fue un movimiento ágil de mano lo que detuvo el momento. Pues en el momento en el que se había abalanzado hacia mi, en mi mano había aparecido un pequeño cuchillo. Endeble, delgado y apuntando directamente hacia su vena carótida.

- ¿Puedes demostrarlo?

Fue una simple pregunta, en la que ambas miradas se cruzaron, una llena de pasión e ira, mientras la mía estaba profundamente helada, aburrida y ligeramente interesada al mismo tiempo por los acontecimientos. Este es un mundo cruel, ¿sabes? Aquí nadie te escucha. Ni tus gritos de dolor, ni tus llantos, ni tus ansiados gruñidos por justicia...a no ser que tengas algo detrás que te respalde. El olor a sudor llegó a mis narices, junto con el olor de la masculinidad y los desechos que el hombre parecía cargar. La bilis volvía a ascender por mi garganta.

-Pero soy benevolente...¿que te parece si volvemos a apostar? -pregunto, con una sonrisa, delgada y cordial, viendo la chispa de la oportunidad volviendo a brillar en el interior de sus ojos, más propios a una bestia que a un ser humano. Su sucia sonrisa volvía a brillar, sus encías faltas de cuidados mostrándose en un gesto de vulgar repulsividad. El asco que sentía estaba empezando a dar jaqueca. Pronto, alce mi mano, lenta y delicadamente, rozando su mejilla.- Ahora...¿tienes con que apostar?

Su mirada perdió ese brillo, mirando las fichas, ahora desperdigadas por la mesa en completo caos- No,no,no...-dije, moviendo mi dedo frente a él- Esas piezas son mías...y a no ser que tengas dinero...¿por que no apostar tu cuerpo? -pregunto, acariciando sus pegajosas y mugrientas mejillas, con las yemas de mis dedos, en un gesto sensual y cariñoso- Quizás pueda sacarle provecho...

Un sonido parecido al de los aullidos de los animales en celo se alzó contra el cielo, levantando el polvo de las vigas al hacerlas vibrar. Al parecer, esto había puesto contentos a los viejos verdes y a los malcontentos marineros, que ya estaban pensando historias burdas y repulsivas en sus pequeñas mentes. Para el ojo experto, el disgusto se mostró durante unos segundo en mi cara, pero, claramente, los aquí presentes no lo eran. Finalmente, el hombre se puso delante de su silla, asintiendo a la apuesta. Después de todo, ahora ya solo era una victoria asegurada.

Entre las sombras y los cuerpos de los allí presentes, dos manos volvieron a repartir, las mismas que la última ronda, dejando cinco cartas en nuestras manos. Las cinco se encontraban completamente ocultas, hasta el momento singular que los participantes las levantamos. No había necesidad de ocultarla, no había necesidad de hacer faroles...la apuesta estaba ya hecha.

Pareja.

Color.

La victoria no es dulce, cuando esta asegurada. No pude evitar pensarlo, mientras me relamía, en un leve gesto de obscenidad, necesaria para hacerle salir más rápido. Ante esto, el otro solamente se apretó el paquete, para no abandonar su repulsivo cúmulo de comportamientos. Me levante de la mesa, moviéndome con rapidez, seguida por el orangután en celo, el cual demostraba que esta noche iba a meterla en caliente con gestos de manos a sus amigos, mientra me señalaba.

No sabía si fue por salir del local y respirar el aire impuro del mar o por acabar con el paripé, pero al salir por la puerta note como un peso se desquitaba de mis hombros. Mis pasos se internaron en las sombras y callejuelas de Rodelfia, sabiendo que, detrás de mi, un hombre excitado y comprometido a desfogarse conmigo me seguía. Finalmente, mis pasos se detuvieron en uno de los tantos callejones del lugar. Sin ventanas, puertas o somnolientos vagabundos.

-Vamos gatita...cualquier lado vale...-replica, agarrándome del brazo y haciendo que mi cuerpo girase, enfrentándome a él. Con ese rápido movimiento, mi disfraz se desmorono, liberando mi rostro ante el otro, dejando caer mi capucha.

Ah...ahí estaba. Mi cuerpo sintió el cosquilleo del placer al ver su rostro, por primera vez. Sus ojos, amplios ante mi rostro, se llenaron de lujuria al principio, siguiendo por el reconocimiento y el temor...encogiendo sus iris, como dos pequeñas agujas en la oscuridad. Sus músculos, su única arma hasta ahora, se tensaba, sin saber si atacar, huir o bajarse los pantalones.

- Tu madre, entre enseñarte a chupar pollas y apostar, debió enseñarte una lección básica...

Ahí estaba. El terror inadulterado, sin las tristes cadenas de la humanidad. Sin el valor propio que daba criarse en palacio o en las calles. Sin el entendimiento de cientos de políticas o de las leyes indecibles entre los maleantes. Ese temblor antiguo que invita a correr y no parar cuando cae la noche. Sus manos se aferraron una última vez a mi piel, antes de prepararse para girar y correr. Mi pecho se infló ante la brisa que absorbí con mi propia boca, casi intentando inspirar el horror que su mirada desprendia, y después ardió en un torrente de fuego. Mi piernas temblaron unos segundos, notándose como puro cristal, sostenido por una carne, que se sentía pétrea, a pesar de los temblores. Me mordi el labio, saboreando las palabras.

-Nunca hagas...

Pronto, el sonido de una piedra golpeando su sien se escucho en la oscuridad de la noche, junto con los gruñidos de los animales y de la humanidad desarrollándose. Entre las sombras, una figura con un traje rasposo y similar al de la víctima salio. Sus manos negras, las mismas que habían barajado las cartas en nuestro juego, se aferraba a la piedra, coloreada levemente en rojo. Thomas me miraba, mientras yo observaba, maravillada, como los ojos del otro perdían el brillo de la consciencia, devolviéndome la mirada.

- Apuestas con nigromantes.
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Casandra Von Schuyler

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Re: Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Dom Nov 12, 2017 7:40 pm

Capitulo 2: Cita con una nigromante.

El lugar era frío, oscuro y el olor a formaldehído lo invadía de manera potente. Era un sitio en el que la gente no solía entrar a no ser que fuese un profesor o un alumno muy interesado en la asignatura que se impartían en el lugar. Era el sitio en el que Zhalmia ganaba poder a través de la decadencia.

Era la morgue de la Universidad de Zhalmia, en concreto la subdivisión localizada en Rodelfia.

Era una estancia grande, cuyo suelo estaba hecho de una sustancia similar al mármol, una versión barata y mucho menos porosa, que permitía limpiarla facilmente de líquidos sospechosos. De sus cuatro paredes, solamente una tenía ventanas, las cuales llevaban años tapadas por cortinas y tablas, impidiendo la más mínima luz entrar, mientras que aquellas no conectadas a la salida estaban recubiertas por escritorios o por un armatoste llamado “congelador de cadáveres”. Sinceramente, era un objeto maravilloso y el inventor del mismo debía de ser premiado. Un enorme conjunto de cámaras, como ataudes, enlazadas entre si en un enorme armario y con una serie de runas grabadas que lo aislaban del calor. Claro, aun tenías que echarle hielo y nieve para mantener los cadáveres frescos, pero considerando el entorno no era una petición indecorosa o imposible. A su vez, el centro de la sala estaba reinado por cuatro camas hechas de metal, agujereados para dejar que los líquidos, necesarios o innecesarios, fueran rapidamente expulsados a unos contenedores que descansaban bajo los mismos.

Mi ropa se habia sustituido por un vestido de puro blanco, sin decoraciones, que cubria mi cuerpo desde el inicio de mi cuello hasta mis rodillas, donde retomaban el paso unos pesados y blancos pantalones de lona. Mis manos estaban protegidas por guantes de tela y lana, casi como cientos de vendas que cubrian hasta mi antebrazo, delgados en los dedos para permitir movilidad y en el resto gruesos para evitar el toque de la suciedad, escoria y enfermedades. Mi rostro, a su vez, estaba tapado por una mascara blanca, pegada sobre mi piel, dejando solo libre mis ojos y cabello, el cual se recogia en una serie de delicados moños. Era la ropa para dar y recibir lecciones de necromancia en la universidad. El blanco era el color dado a los miembros más distinguidos de la academia o a la familia real, bajo la creencia de que, quien lo llevase, debía de tener una maestría que evitase que la sangre tocase la tela.

Sin embargo, hoy no estaba aquí para mejorar mi conocimiento de los cadáveres ni de los muertos. No...hoy estaba aquí en pos de revelar secretos que se encontraban en el interior de los vivos, no de los muertos.

En medio del lugar, sobre una de las mesas, se encontraba, aun inconsciente, mi sujeto de estudio, junto con la única fuente de luz disponible, una pequeña vela. El hombre temblaba, probablemente debido al frío de la estancia contra su cuerpo desnudo, con el único consuelo proveniente del calor de la vela al lado de su rostro. Sin ceremonia, eleve el cirio, dejando que, perezosas, varias gotas de cálida cera cayesen sobre el rostro del individuo, transmitiendo su calor como picotazos de abejas. El suave color blanco recubre las mejillas del hombre, el cual se remueve hasta que abre los ojos, viendo como un par de gotas caen de nuevo contra él.

-Que cojo...-grita, intentando, primero, defenderse con sus brazos, haciendo resonar las ataduras en el silencio de la noche. Ante su derrota, mueve rapidamente la cabeza, intentando evitar las gotas de caliente cera que se derramaban contra su rostro.- ¡Para, maldita puta malnacida!-gruñe, como un animal, mirándome por fin, casi esbozando una  expresión animal, arrancandome, como notas de un arpa, escalofrios de placer.

-Que mal perdedor eres...-replico, dejando la vela a su lado de nuevo, a la suficiente distancia como para no dejarle ver con claridad y sentir el ardor en el rostro, pero no el suficiente como para que lo tire.- Me dijiste que podía hacer contigo lo que quisiera esta noche...lo  mínimo que podrías hacer es actuar con más elegancia y reparo ante la situación...-añado, mientras arrastro por el suelo un oxidado carrito. Sobre su superficie, pequeños y pesados objetos resuenan contra el metal de su superficie. Tendré que escribir una nota al decano para que lo sustituya o le eche aceite.

El hombre seguía resistiendo, confiando en que su fuerza lo arrancase de sus ataduras- Querido, querido, querido...-digo, apoyandome levemente sobre la superficie de la mesa, moviendo con elegancia un dedo ante sus ojos- No te puedes liberar...Estas correas estan hechas para resistir a criaturas con mucha mas fuerza que un humano corriente...

Podía ver como las escasas ruedas de su pensamiento giraban tras sus ojos, buscando una manera de salir y escapar o de reducirme, a lo que yo solo podía soltar un leve esbozo de risa al aire, cortante como una cuchilla. Era delicioso ver como un ser tan estúpido albergaba la mera esperanza de ganarme en una batalla de inteligencia.

-Puesto que esta conversación, si dependiese de ti, no sería más que insultos hacia mi persona...-replico, mientras saco de debajo del carrito una tarro de grandes proporciones. Cuando lo destapo el olor a formaldehido me golpea directamente, haciendo que arrugue la nariz y el cuarto de vueltas durante unos segundos.- Tendré que explicarte lo que te va a ocurrir...

Sin ningún tipo de aviso, derramo la sustancia sobre el hombre, girando el tarro de manera brusca sobre su cuerpo. EL frio líquido cae sobre su pecho directamente,irritando su piel de manera brutal, dibujando siluetas en su superficie según se dispersa. Un profundo grito sale, con potencia y horror, de los labios del hombre, que mira agraviado y dolorido el tono rojizo que toma su piel. Hasta que una silueta cae desde el frasco directamente sobre su pecho.

- Bruce conoce a Nicolas...-digo, con una delicada sonrisa, mientras muevo la cabeza sobre el cuerpo del otro, escuchando con delicia como la cuidada carne de la cabeza roza la herida superficie del tronco ajena y como el hombre chilla de terror cuando el cadáver le devuelve la mirada, reflejandolo en sus blanquecinos y lechosos ojos.Su rostro estaba atrapado en un rictus de horror y sufrimiento, con la lengua completamente cortada, solamente algodón rellenando la boca, marcando claridad sus blancos dientes.- Nicolas fue uno de los miembros de ese grupo de insurgentes que intentaron armar jaleo durante el anunciamiento de la abdicación de mi padre y atracar el banco de Rodelfia, mientras estábamos distraídos...-rio, socarronamente, ante la mera idea de que alguien pudiera lograrlo, golpeando con mis dedos la superficie mojada y en estado de putrefacción que era su cabello.- Hay que darle méritos por su idea...intentar atracar una fortaleza de oro con un par de hombres, papel explosivo y...-Mis ojos se posan directamente sobre la cabeza ajena, con intriga, manteniéndola sobre el pecho ajeno, ante los intentos de su dueño por quitarselo de encima.- Un par de tacones...Siempre me intrigaría esa parte, pero bueno...sigamos.

Termino mi leve monologo con una sonrisa, mientras mis manos se aferran a la cabeza del ser, elevándola. Pequeños hilos del pegajoso líquido unian el pecho del desgraciado con el cortado cuello de la cabeza, creando un lechoso nexo. Coloque mi mejilla sobre la mejilla de la cercenada cabeza, notando el picazon del líquido, disminuido, pero aun fuerte. Ambos de nuestros rostros estaban girados, mis ojos clavados en los iris ajenos, temblorosos y llorosos.

- Tienes una oportunidad de evitar el dolor...-respondo con suavidad, moviendo lentamente los labios, sin parar de obervarlo. ¿Que me mostraria? ¿La leve esperanza de escapar? ¿La inteligencia de lo inevitable? ¿Terror? ¿Desesperación? ¿Placer? Mi cabeza cosquilleaba, esperando con ansia las expresiones de mi víctima, pero no por sadismo...si no por curiosidad.- ¿Quien esta verdaderamente al mando de esos problemáticos anarquistas que han estado plagando mi ciudad?

Tras hacer la pregunta, por primera vez, el hombre me sorprendió. Note la calidez de un escupitajo golpear mi mejilla, peligrosamente cerca de mi boca- Vete al infierno, puta zorra...-replica el otro, con una llama latiendo en sus ojos. Esa determinación era envidiable...incluso a la puertas de la muerte...-¿Crees que una princesita de mier...

No escuche más. Veía sus labios moverse y su rostro retorcerse en diferentes expresiones, pero...no me sentia en la misma sala. Lleve mis dedos a mi mejilla, notando el calido contacto de ese repulsivo liquido que había salido de la boca del hombre, para después observarlo brillar sobre la superficie del guante. Era una sustancia blanca y casi transparente, común en la saliva, pero podía ver pequeñas motas rojas en la superficie, probablemente de alguna herida en la boca o diente infectado...

Y,durante unos segundos, vi solo rojo. Note mis musculos tensarse, doloridos y calientes, como si una antorcha quemase el interior de mis venas y de mi cuerpo sin indecisión. Solo podía escuchar el golpeteo constante de mi pecho...Pum Pum Pum...Duro y sin sosiego...PUM PUM PUM...Doloroso...PUM PUM PUM...Un dolor que solo desaparecería cuando arrancase los miembros a la basura que se había atrevido a escupir a alguien claramente superior PUMPUMPUM...Arrancar sus carnes con mis uñas, separar sus organos con mis dientes...PUMPUMPUMPUM No descansar hasta escuchar sus gritos pidiendo clemencia, gritando por perdón...PUMPUMPUM...¡QUERIA DESTROZAR A ESA ESCORIA MISERABLE QUE SE HABIA ATREVIDO A INSULTARME DE ESA MANERA!

Mis manos temblaron como todo mi cuerpo y mi pecho ascendía y bajaba. La cabeza cayó al suelo en silencio y la habitación se hacia cada vez más y más oscura, incapaz de concentrarme. Mi mano encontró rápidamente el escalpelo y lo eleve en el aire, clavándoselo en el muslo sin ningún tipo de compasión. Su grito alzó en mi cuerpo una sensación de pura euforia. Mi mano subia y bajaba, continuando cortando, notando las llamas retorcerse en mis estómago y una risita salir de mi boca.

- ¡MALDITA ZORRA!¡PARAPARAPRA! -El rostro del hombre seguía esbozando ira, escupiendo saliva y babas, exclamando deliciosos gritos arrancados por el dolor. Sin embargo no se rompia...Noserompianoserompianoserompia ¡¿PORQUE NO SE ROMPE?!

Mi cabeza seguía doliendo...ardía...pero pronto lo note. Una mano en la parte baja de mi espalda. Fría, delicada y dolorosa...Pare los cortes, casi retorciendome de dolor, gritando en mi interior. Me tuve que apoyar en el borde de la camilla, notando mis piernas temblorosas. La mano subía por la curvatura de mi espalda, extendiendo el frío dolor por todo mi cuerpo. Como si fuese un torbellino de agujas en mi interior, notaba como algo se extendía alrededor de mis ardientes venas. Notaba como si pequeños gusanos se retorciesen alrededor, jugando sobre las llamas dentro de mis venas. Pronto, note el agarre sobre mi pecho, parando el acelerado ritmo. Era frío...demasiado frío...pero con cada segundo que pasaba...el calor de mi propio fuego se iba acostumbrando. Como si estrellas cubiertas por el vacío del espacio, mi cuerpo se habia convertido en un torbellino de fuego y frío...

Finalmente, elevé la cabeza y todo mi cuerpo, regresando a mi postura original- ¿Quien es el líder?- pregunto, de nuevo, sacando el escalpelo de su carne, dejando que los hilos de sangre recorriesen sus repulsivamente peludas piernas, descendiendo hasta el metal de la mesa.

La voz del hombre me sonaba completamente hueca, solo insultos e improperios. No lo que quería oír. Agarre la base de su brazo , dejándolo completamente quieto, mientras limpiaba mi escalpelo sobre su piel, deslizándolo para quitar la sangre, causando pequeñas heridas. Antes de que pudiera resistirse, corte suavemente la piel de su brazo, casi como si cortase las alas de una mariposa, sin tocar las venas.- ¿Quien es el lider? -digo, cogiendo un par de correas mas, atándole el brazo por completo, mirándolo directamente a los ojos. No se por que...pero la ira estaba desapareciendo del rostro ajeno, quedandose completamente pálido. Pronto, recogi unas pinzas y las introduje bajo los cortes, empezando a abrir la piel, revelando la carne de sus músculos. La sangre corría, mientras iba cortando más, revelando más y más de esos rosados músculos.

Era...apasionante, ver como los latidos de su corazón se marcaban sobre los musculos y venas, ver casi como se movía la sangre, dispersándose en el exterior en corrientes delicadas.- Brazo fuera...-Tras eso, me moví, junto con mi carretilla, al lado opuesto de la mesa. Ya no estaba torturando a alguien...Estaba estudiando.

Pronto, ambos brazos sucumbieron. Desde sus codos hasta sus muñecas, solo habia rojo. Un conjunto de musculos y sangre, que manchaban el limpio metal y llenaban el entorno con el desagradable, pero tranquilo, olor a óxido de la sangre. Saque más correas, pero queria ver algo más. Me deslice hacia el armario de suministro, susurrando con constancia- ¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?¿Quieneselíder?- Parecia una canción infantil, repetida sin cansancio, mientras mis pensamientos estaban en como los músculos de sus brazos se retorcían. La canción era lo único que quedaba de mis intenciones.

Pronto, consegui lo que quería y lo deje caer con suavidad sobre la mesa de suministros y después sobre la camilla en la que estaba el sujeto. Luchando con la poca fuerza que le quedaba en las manos, le coloque una especie de cabestrillo, paralizando sus dedos. Pronto, volvi a ponerme a trabajar, con sus gritos de fondo. Rasgue suavemente la piel de sus dedos, primero por encima y despues por la palma, creando circuitos unidos qu eal tirar de ellos, desprendían la piel. Cuando me fui a poner con el siguiente, el hombre grito de nuevo.

-Para...por favor...-Susurró el hombre, temblando. No se cuando habia pasado, pero estaba llorando, con su rostro pálido y mocos saliendo de sus orificios nasales. Pestañe, sin impresionarme, hasta que lo dijo- Es...Es Frida Klaus...-Mis dedos se pararon en seco, sobresaltada por el nombre. Frida Klaus era una de las mujeres, a parte de mi, más poderosas de la ciudad. Era la presidenta de la Asociación Patriotica de Damas Privilegiadas, en la cual los esposos de los hombres más acaudalados se reunían parar tratar asuntos de relativa importancia, como el asunto de los huérfanos o la moralidad en las prendas. Era una institución risible hasta que Frida llego al poder...y lo que antes era un instrumento para hacer creer a las esposa que tenían importancia se volvió uno de los principales motores sociales...Pero hasta ahora no le había prestado atención...hasta ahora...

-¿Me...me vas a soltar? -pregunta, mirándome fijamente, jadeando a causa del dolor. Mis ojos se clavaron en los suyos de nuevo. De nuevo, acerqué la mano a la carretilla y saque una pequeña jeringa.- Si, lo voy a hacer...-digo, introduciendo rapidamente la aguja en el cuello ajeno. Sin embargo, en su rostro no se veía  miedo.- Ah...Ya...no mas...-susurró, cerrando los ojos, evitando mi figura- No mas de esa sonrisa...

Sin entender lo que dijo y mientras el corazón daba sus último latidos, mis intrumento continuaron trabajando...y mi curiosidad saciándose.

Horas más tarde, salí de la sala. Mis sirvientes, Thomas y Matilda, esperaban tras la puerta, cada uno en el extremo de la otra. Aun sentía el frio en mi, pero...el calor volvía a ganar la carrera...No entendía el porque, no estaba enfadada, no estaba triste...no sentia nada...

-Limpiad la sala...-susurró, como en un sueño, notando las miradas preocupadas de ambos y como sus cuerpos se deslizaban para mover el cuerpo deformado y lo que había arrancado del mismo. Mis tacones golpearon el suelo, en una cadencia armoniosa y delicada, arrastrando mi cuerpo, pero que se iba acelerando, teñiendose de pánico. Mis venas parecian removerse bajo la piel y no podia evitar colocar mis manos sobre mis muñecas, apretando la tela, intentando contenerlas. Se sentía mal a la vez que bien, una amalgama diabólica de emociones...en la cual no habia ganador. Mis entrañas se retorcían sin parar, hasta que llegue al baño de profesores.

Casi derribando la puerta, me apoyo en la pared y expulso por mi boca pura bilis contra el agujero que servía como depósito. El olor de los excrementos y de los diferentes resto golpeo mi nariz y solamente potenció más los estertores. Mi vomito continuó saliendo, manchando el suporte que usaban las mujeres para no tener que arrodillarse. Mi estomago se retorcía y las sensaciones de puro jolgorio y tranquilidad se reotrcieron en una lucha a muerte, dejando solo cenizas. Cuando acabe, me deje caer contra la puerta, apoyandome en ella durante unos segundos, para después elevarme sobre mis pies.

Mañana tendría que ver a una dama privilegiada.
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Casandra Von Schuyler

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Re: Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Dom Dic 31, 2017 1:53 am

Capitulo 3: El esquema de Venus.



La Asociación patriótica de Damas Privilegiadas era un organismo complicado y, sinceramente, inútil en el gran esquema de las cosas. Si, con Frida había ganado una popularidad, fuerza y momentum casi imposibles, pero aun así...Sus tareas abarcaban asuntos puramente sociales, como la administración de los orfanatos o la administración de las leyes de “modestia” -un conjunto de leyes no escrita para regular el comportamiento de “damas y caballeros en relaciones extra y maritales-, y su recaudación se basaba en bailes benéficos y mercadillos. En otras palabras, era una asociación de mujeres que se metían en la vida de los demás hecha por mujeres que no sabían lo que era la intimidad para mujeres avariciosas y cotillas. Casi podía notar las ganas de vomitar de nuevo ascender por mi garganta y un dolor de cabeza incipiente.

El problema no era que la asociación fuese un dolor de cabeza con el que tratar, siempre he odiado con profundidad a esas esposas sin otra habilidad que abrirse de piernas, o que fuese tan irrelevante, si no que necesitaba un motivo para intervenir en sus asuntos internos y arrastrar a Frida a revelar sus secretos. Lleve mis dedos a mi sien, casi gruñendo, dejando mi peso caer sobre el sillón de mi despacho. Notaba con angustiosa claridad como el centro de mi cabeza se sentía como un peso de miles de kilos, mientras el resto se desvanecía, ligero, rompiendo cualquier equilibrio dentro de mi cabeza. Dejo caer mi cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos para intentar calmar el maldito dolor.

Era un jardín donde no había nada de importancia...y eso lo hacía difícil de entrar. Donde hay algo de valor hay guardias, medidas de seguridad y, lo más importante, escusas... ¿pero ¿qué hacer para colarte en un sitio en el que no hay nada especial? No hay ningún tipo de agarre del cual tirar, no debilidad en una nada escasa de importancia...Ugh...Si le pedía un favor a Alexander quizás pudiese conseguir una orden para entrar, pero sin testimonios relevantes para construir un caso o una sombra de sospecha no había manera de hacer nada... ¿Por qué me cargaría al imbécil...? Abro de nuevo los ojos, recordando los hechos, intentando buscar, además de la excusa para entrar, una explicación.

Frida era una señora de la alta sociedad... ¿por qué involucrarse en tales juegos fuera de las familias de la corte? Es verdad que no es la primera vez que alguien usa a plebeyos y matones para un juego en la corte, pero... ¿en contra del propio sistema que sostenía los juegos? No solo eso, Frida estaba casada con un gran duque...un caballero orondo, pero brillante a la hora de conseguir fondos o rellenar prostitutas, según los rumores cuentan. Necesitaba urgentemente información…

-Matilda…-digo, notando el suave movimiento en el aire de la estancia que me alertaba de la presencia de la sirvienta más silenciosa del país- Necesito que vayas al banco, al gremio y que le digas a Lady Rose que mande a un par de sus banqueros a…los orfanatos del exterior de la zona noble, a una los sastres de alta sociedad asociados al banco y similares…quiero ver los números…-Tras un momento, una chispa de brillantez se encendió en mi cabeza- Además, dile a Thomas que necesito que vaya a ver a Amanda Luca, la casera de Alexander, sus habilidades como cotilla de pueblo me pueden venir bien…

Mire como el sol matutino seguía encima de Rodelfia, probablemente no eran ni siquiera las once de la mañana y ya tenía un terrible dolor de cabeza- Pero, por favor, antes de que se vaya…que me prepare un té…-Hoy iba a ser un día duro.

Mi predicción resulto cierta tras seis horas de completo y horrible trabajo de campo. Para empezar, Lady Rose me había mandado una serie de libros de contabilidad, los cuales resumían las actividades de la organización. Eso había sido interesante…por qué me había dado una visión de la mente de Frida Klaus. El ochenta por ciento del presupuesto de la asociación provenía de fiestas de la beneficencia, supuestamente, pero cualquiera sabía que los nobles zhalmianos no se gastaban tanto en los pobres y aún menos en sus esposas. No, tenía que haber trucos.

A la hora de la comida, Amanda se había parado a comer conmigo. Normalmente no tenía la costumbre de comer con gente ni tener invitados en casa, pero, como me había dicho mi hermano mayor, resistirse a Amanda es como resistir un remolino. Solo lo puedes hacer durante un par de minutos. La comida había sido frenética, más que nada por que comía con un tenedor en la mano y una pluma en la otra. Si mi profesor de modales hubiese estado en esa comida habría muerto…Sin embargo, todo tiene su lado bueno, había conseguido un organigrama de cómo estaba organizada la asociación y un archivo con los rumores de las cabecillas principales del lugar…

Frida Klaus era, como sabía de antemano, la directora y presidenta de la asociación, sin embargo, me faltaba el dato de que había sido votada unánimemente para el cargo. Eso era…una contradicción en el modo de ser de los zhalmianos y mucho más de las esposas de los nobles, criaturas hambrientas de cualquier resquicio de autoridad y poder desde que mi padre decidió que las damas de alta sociedad no debían de involucrarse en trabajos…más allá de la procreación. Suerte que yo no era considerada una…Bueno, el asunto es que para lograr tal unanimidad solo había una forma…forzándola. ¿Qué había hecho para conseguirla de manera tan aplastante?

La segunda al mando era Olivia Mera. Hija de un general venido a menos y casada con un segundo heredero de una de las ramas de los Hoffenstein. Una cabeza cuadrada del ejercito, según parece. Para una mujer como Frida tener a alguien en un cargo de confianza ajena a su control parecía extraño…pero después averiguabas que la mujer era una antigua compañera de la escuela de modales y valores de Lady Trementina. Amigas de la infancia, al parecer. Quién sabe…quizás fuese algo importante.

Tras eso tenías a Remilia Klaus, la hermana menor del marido de Frida y tesorera de la asociación. Una criatura melancólica y somnolienta, un desafortunado incidente de los que tienden a ocurrir en las familias de emparejamientos consanguíneos repetidos. Soltera para la perpetuidad e incapaz de sobrevivir sola. Una carga para la mayoría de las familias, pero que Frida no tenía problemas de sacar a la alta sociedad, como quien muestra una aberración de la naturaleza… ¿Quizás para ocultar algo? Le había puesto en la tesorería con un motivo…A lo mejor era simplemente un cabeza de turco, un modo de quitarte de en medio familiares molestos en caso de que el marido estirara la pata accidentalmente…

Y, finalmente, Violet Ereus, la asistenta y niñera de Remilia. Una doctora novata cuyo sexo la ha rebajado a ser la niñera perpetua de una criatura deficiente. Tenía un título de cierto poder en la organización, pero era una simple formalidad. Sin embargo, había rumores interesantes a su alrededor…mayoritariamente sobre quien se había acostado con quien y como había llegado a cosechar una modesta suma de activos y tierras. Nada vasto, solo una casa cerca de las mansiones centrales de San Rhael, similar a la mia.

Tras la comida, hubo un momento de paz roto por una escena de pura locura. En la suave placidez que da un estómago lleno, unos golpes dieron en la puerta. Eran los contables de Rose, con sus informes. En general no había problema, el problema vino por la apariencia de uno de los caballeros en cuestión…

-Siento curiosidad…-dije, mirándolo desde el asiento de mi escritorio, pestañeando con la pesadez y la ilusión de amenaza en mi rostro. El hombre iba sin abrigo ni sombrero, con una camisa ensuciada por lo que, presuntamente, era barro y el rostro rojo de la vergüenza.

-Fui atracado de camino aquí, su señoría…-replica, mordiéndose el labio. Eso era extraño. - ¿En las proximidades o en las afueras?- pregunto con una ceja levantada por la impresión. Un ataco en la zona pobre no era extraño, aunque normalmente nadie tenía interés en unos contables de origen humilde, pero si ha sido en las proximidades de la zona noble…

-Fue en los suburbios, tras salir del orfanato de la calle Iriswes…-replica el hombre, aun con el rostro rojo y con un par de venas empezando a hincharse en su cuello. Ah, el paso de la vergüenza a la ira…como conocía ese proceso. - Unos chiquillos me pararon y antes de que me diera cuenta tenía a treinta de esos niñatos tirando de mi ropa y quitándome las pocas monedas que tenía….

-Oh, esos deben de ser la banda de las ardillas…-dijo uno, casi en un susurro, a lo que pase directamente mi mirada a él. Un joven recién contratado, por el aspecto de nerviosismo, terror ante mi presencia y lo malgastado de su traje. Su delgado cuerpo no ocupaba la totalidad del traje, por lo que uno podía deducir que era de segunda mano. Su rostro era aguilucho, el tipo de cara que alguien que había pasado hambre y penurias tendría. - ¿La banda…de las ardillas? -Replico, mordisqueando con suavidad cada palabra, notando una sonrisa aparecer y al hombre ponerse más nervioso si era posible. Era…un nombre curioso, considerando que las ardillas no son una especie que uno se encuentre en Zhalmia. -Si, son un grupo de niños que han empezado a provocar problemas en la zona noreste de la ciudad, en las barriadas más pobres…Se disfrazan y persiguen en conjunto a adultos de la zona noble para atracarlos. Por ahora solo se han atrevido con un par de caballeros en entrenamiento del regimiento de la ciudad y con varios estudiantes de la universidad...

-Bueno, hay que reconocer la habilidad cuando uno la ve... -digo, medio impresionada de que un grupo de niños haya organizado todo eso. - ¿Se han llevado algo más? -pregunto mirando directamente al individuo con las prendas destrozadas, el cual negó con la cabeza, entregándome los documentos que había exigido.

Los cuadernos estaban mal hechos, eso estaba claro. No podía pedir demasiado, por que al contrario de los caballeros ante mí, los creadores de los mismos eran señoras con poca capacidad y educación, aunque reconozco su noble esfuerzo en mantener las finanzas lo mas transparente posible. Era más de lo que se podía decir del resto de señoritas cuyo “privilegio” y “honra” empezaba a cuestionar. Tras amplios minutos, chasqueé los dedos, causando que los caballeros se tensaran.

-¿Qué es el “día de colecta”? -pregunto sin apartar la mirada de los amarillentos papeles. En una tinta de baja calidad se marcaba con claridad una cifra muy superior a la cantidad de dinero que los orfanatos solían manejar en todos los libros, el mismo día y con el mismo nombre.

-Se puede decir que…es una actividad de detestable honra en la que los niños huérfanos van de casa en casa pidiendo limosna…Claramente en un gesto de avaricia impúdica.-dijo el caballero, probablemente de familia de alto nivel social, mientras se arreglaba los pantalones destrozados, en un intento de no manchar ni mostrar sus “honras”.- Ocurre siempre en las mismas fechas, asi la mayoría podemos cerrar las puertas bien, pero algunos nos pillan en medio de la calle o similares…-añadió otro, con el mismo aire de nobleza truncada y ansias de ascensión social. El nuevo era el único que no parecía compartir su opinión y se sentía incómodo ante la actitud de los otros.

-¿Alguna palabra de sabiduría, señor…? -dije, moviendo la mano en su dirección, pidiendo que elaborase las palabras sin pronunciar.

-Conward, señora, Billy Conward…-respondió, aun con nerviosismo, moviendo los dedos en un toqueteo incesante sobre su cuaderno. - Sinceramente, por lo que he visto, los orfanatos están en mal estado y necesitan fondos urgentemente. Los días de colecta palían ese estado durante un tiempo y aun así creo que no es suficien…

Paro al joven elevando la palma, obligándolo a una interrupción.- ¿No es suficiente con los fondos entregados por las asociaciones de nobles? -digo, sin dejar a relucir mis intenciones, simplemente contrarrestando su punto de manera lógica. A eso, bajo la mano, suavemente. Veamos si la nueva adquisición de Lady Rose era avispado…

--El silencio se instauro durante unos segundos en la habitación. El hombre miro al suelo, conteniendo la respiración, para exhalar fuertemente y mirarme. Miedo y valor por parte iguales. El chico tendría futuro.- No creo que sea suficiente…

La labor por los pobres en parte de Zhalmia no era…como en el resto del mundo. En el resto de las tierras fantásticas de este mundo los nobles se regían por la “noblesse obligué” y la iglesia por sus mandamientos para realizar acciones de caridad por los pobres. Zhalmia no consentía esa debilidad de carácter. El individualista mundo de la nobleza de Zhalmia no dejaba sitio para la compasión ni los buenos sentimientos y eso se reflejaba en la actitud respecto a la caridad. La caridad era un instrumento de control y solo se daba a aquellos bajo el control de alguien, las migajas del pastel por así decirlo. Esto repercutía en que los nobles acababan con todo un grupo de pobres a su servicio, el cual acababan tomando las características de sus amos, jugando un juego de proscritos en los suburbios. Finalmente, todo era un “rasco tu espalda y tus rascas la mía”. Sin embargo, aquí tenemos a un libre pensador…

-¿Es usted extranjero, señor Conward? -pregunto con suavidad, sin dejar notar mis deseos por sonreír, manteniendo una posición neutral y una expresión pétrea.- No, señora, soy de Rodelfia, aunque mi familia es de Sylasia…-replico de manera educada, mirándome como un niño miraría al director de su colegio. Sylasia no era muy diferente del resto de Zhalmia y la población debía de tender a tener el mismo comportamiento que el resto.

-¿Y por que afirma que estos pobres individuos merecen una ayuda a pesar de la falta de esfuerzos? -pregunto, pestañeando levemente. Es hipócrita por mi parte al hacer esta pregunta, cuando había creado orfanatos casi de manera gratuita gracias a la ayuda de Rosselia Almonester, sin embargo…era hora de ver si era habilidad o un destello de mera compasión.

-Porque…-Los ojos del hombre brillaron brevemente, con ese dulce tono dorado y mecánico que el perfeccionismo por los números y las finanzas daban a los ojos. - Los números no concuerdan…La cantidad que reciben los orfanatos no son los mismos que supuestamente la nobleza zhalmiana entrega a los mismos…-El nerviosismo del chico había desparecido, dejando solo esa ambición y deseos dorados.-Algo falla, probablemente los administradores…

En ese momento, vuelvo a levantar la mano, parándole en seco, haciéndole retornar a su estado nervioso y vacilante de ántes. - Por favor, caballeros, márchense. Ha sido un placer tenerlos de visita y hablare bien de ustedes…-digo, mientras saco un papel y una pluma de mi escritorio. - Menos usted, señor Conward…-añado, haciéndolo parar a mitad de camino, en medio de la estancia. Sus compañeros se fueron con una mueca frívola, como la de los niños cuando castigan a uno de sus compañeros.

Pasaron unos minutos en silencio, solamente roto por el contacto con el papel de la pluma y el suave goteo de la tinta al humedecerla. Pronto, retorcí el papel en un ejercicio de papiroflexia, convirtiéndole en una carta y sellándolo. El hombre se veía más nervioso por segundos.- Entréguele esto a Lady Rose…-digo sin más, entregándoselo al muchacho. Este asintió y salió corriendo del lugar como si hubiese conocido al demonio. El muchacho tenía futuro y se lo había hecho saber a su jefa…

Pues su razonamiento era correcto. El dinero que los orfanatos recibían era mucho menor que el que la propia asociación conseguía gracias a sus supuestas fiestas y eso se marcaba claramente en sus cuentas manipuladas. El dinero enviado no reflejaba la realidad y, mientras la mayoría de los nobles no se habrían dado cuenta o lo habrían achacado a los administradores siendo ladrones, yo sabía la verdad.

Matilda entro en la habitación, dejando un oloroso y potente té en mi escritorio, marchándose en silencio. Mis dedos se agarraron de la taza, elevándola a mis labios. El asunto era ¿Por qué?. ¿Qué ganaba la asociación, además de dinero, por supuesto? ¿Por qué involucrarse en políticas tan peligrosas y dañinas para su propia posición?

¿Quién era Frida Klaus?
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Re: Deal with the Devil [Solitaria]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Sáb Abr 28, 2018 4:38 pm

Capitulo 4: Bailando entre zarpas.


La Asociación de Damas Privilegiadas se alojaba en un edificio pequeño, pero que contaba con unos jardines impresionantes. Asi pues, mientras el espacio del edificio era un triste rectángulo, obscenamente decorado con una cantidad ingente de estatuas y mármoles, los jardines eran recorridos de rosas y gardenias que llevaban a pequeños pabellones circulares, con un techo en cúpula y varias columnas, cerradas por vidrieras.

“Que lugar tan exagerado y con malgusto” pensé en mi mente, juzgando el lugar nada más dar tres pasos en las escaleras de mármol. El lugar estaba hecho para ser ostentoso, pero sin ningún significado detrás. Por ejemplo, cuando vas a un banco ves como este intenta demostrar que tienen el capital que buscas o cuando te reúnes con las grandes familias o la realeza estos muestran la tradición que les lleva al poder. Aquí simplemente era malgasto sin necesidad. Era una muestra vulgar en un sitio supuestamente dedicado a la caridad y una mofa de la verdadera feminidad zhalmiana. Al menos, un par de flores venenosas en las cristaleras habrían añadido emoción. Tras llegar a la entrada, las puertas de hierro se abrieron, mostrando a un grupo de camareros, llevando deliciosas pastas y tés al exterior, y al recepcionista. La habitación era pequeña, con alfombras de color rubí y una cantidad de ingente de velas, a pesar de ser de día y solo estar levemente nublado.

La recepcionista, una señora cercana al medio siglo y con los gestos y señales de una plebeya con buenas formas, elevó la cabeza, reconociéndome instintivamente. Se levantó e hizo una breve reverencia. Al menos el servicio podría salvarse.

-Vengo a ver a Remilia Klaus…-digo, mostrándole una cordial y suave sonrisa, ante su mirada de incomprensión y extrañeza.- Tengo una cita…-añado, indicando con mi dedo la libreta que tan abierta y a la vista estaba. Una mera mirada y ya sabía que, además de Remilia, en las proximidades estaba Olivia Mera.

Pronto, la mujer asiente y hace un gesto a uno de los camareros, comentándole rápidamente un número e indicándome con claridad que lo acompañase. Salimos por una de las puertas laterales a los jardines. El hombre cruzó el jardín por un pequeño camino de piedras, envuelto por flores olorosas. Todo en este antro parecía inducir a la idea de que las flores, el te y la decoración glamurosa era lo único que confirmaba la femineidad.

Cuando abrieron las puertas me encontré que claramente no era un templo a lo femenino si dejaban entrar a…eso. La habitación era de un tamaño mediano, lo suficiente para un pequeño grupo de personas, pero las esquinas se habían llenado de mesas con dulces a medio comer, con pequeñas marcas de mordiscos casi de roedores. En el centro, al lado de una pequeña mesita y sobre una butaca, estaba eso…Una masa de grasa pequeña y bamboleante, que extrañamente contenía la doble impresión de ser demasiado grande como para no ser una molestia y demasiado pequeña como para tener algún valor. Esa entidad giro su cabeza y papadas, clavando dos ojos pequeños y ratoniles en mi rostro. La mujer sonrió a través de una espesa masa de carmín, elevándose en pequeños estertores y esfuerzos, con su pelo sostenido por arreglos. Su rostro era amplio, con los ojos demasiado alejados el uno del otro y de un color grisáceo, y su nariz mostraba una rosez y gordura más propia de una verdulera. Casi podía ver la ausencia de inteligencia de su rostro.

Con movimientos torpes, coloco una de sus lozanas piernas delante de la otra e hizo una reverencia, inclinándose en el espacio lo poco que podía.- Mi señora…-dijo y su voz era demasiado ronca como para provenir de una mujer. Dios, ese ser lo tenia todo en contra por natura. Al poco elevé mi mano, dejando que la mujer pegase su frente, sudorosa y pegajosa, contra su rostro.

-Un placer conocerla, señorita Remilia…-Pronto alzó la mirada, fijándome en la figura que tenía al lado. Una joven de aspecto masculino, con los rasgos demasiado fuertes como para no ser un hombre y una musculatura acorde a esto. Su ropajes ni siquiera eran los propios de una dama, vistiendo un chaleco masculino y unos pantalones. Que escandaloso- E igualmente me congratula conocerla -dijo, dudando durante un momento de manera refleja sobre el sexo con el que usar las palabras- señorita Violet Ereus…

La mujer simplemente dio un asentamiento silencioso, como era propio del servicio, mientras me clavaba la mirada. Era una mujer inteligente, en contra de la opinión de los médicos, y eso era preocupante. Quizás fuese la única enemiga que tenía en este cuarto…

-Siempre me apeteció conocer a la innovadora de la asociación de mujeres…-digo, tomando asiento y haciendo que la mors…que la joven se sentase al hacerlo.- que se le ocurrió introducir el plan blanco en las cenas nobiliarias…

Imaginad. Dos años atrás. Última gran fiesta del circuito de primavera. 16 muertos. 10 por apuñalamiento, 2 por caída extraña, 3 se encontraron en la nieve sin nada y solamente 1 envenenado. El marcador más bajo del circuito y un montón de jóvenes dispuestos a demostrar su inteligencia librándose de los herederos de las otras casas…y, de repente, en la mesa solamente hay pan blanco. Un producto anodino, sin sabor y que solamente comen los plebeyos. Un alimento sin sabor alguno…Y los planes se fastidian por que no hay manera de envenenar la comida sin que se note…Por fortuna, las demandas posteriores con los intentos de asesinato resultaron lo suficientemente graciosas como para que nos olvidaramos de ese detalle. Hasta que necesité una excusa para entrar en este infierno vaporoso y de olor floral.

-Ciertamente fue un plan genial…-replicó la mujer con orgullo- Odio la idea de que la gente se envenene mutuamente, si no fíjate en mi…Todo el mundo intenta envenenarme cuando puede, es horrible…-Mis ojos se desplazan en dirección a la joven doctora, la cual simplemente mantenía la frente alta y la mirada fija.

“Sería un desperdicio de veneno” pensé en mi interior, mientras sonreía.- Ciertamente, el envenenamiento puede ser un horrible método para eliminar a alguien, tan frío y cruel…-respondo con calidez en la voz y una suave mirada- Y es horrible que la gente intente cometer esos despreciables actos con una persona tan amable y desinteresada como para evitar que eso sucede…Claramente marchan en pos de un destino terrible en el otro lado…-replico, llevando mi mano a un pequeño collar de plata que había elegido para la ocasión. Un amuleto de un circulo con pequeñas marcas y una cruz en su interior, el símbolo del culto de Roxhia, una parte de la iglesia que se dedicaba a rezar a la muerte y a aquello que había tras la mirada fija de los difuntos. Tenía conocimiento de las múltiples donaciones al culto por parte de la familia Klaus, no algo inusual, pero que mostraba un cierto fervor religioso.

-¡Oh! ¿Es usted una creyen…-Pero antes de que pudiese continuar con la frase, las puertas fueron abiertas de manera brusca, golpeando el cristal de las ventanas. Una mujer atravesó la puerta de manera rápida. Era una señora que aparentaba una edad que no tenía, acentuada por una ropa tan carente de diseños o de elegancia que uno solo podía evitar pensar que se había puesto un saco de patatas por encima y solamente le había dado un aspecto más o menos respetable. Solamente su cabello mostraba algo de estilo, arreglado de manera eficiente y propia, creando un efecto de orden en su cabellera.

-La invito a marcharse inmediatamente…-replicó la mujer, mirándome directamente. Sinceramente, solo puedo decir que me quedé sin palabras. Tras dos pestañeos, manteniendo mi expresión neutral, la mire.- ¿Disculpe? -Replico, aun sin creerme la osadía y la mala educación patente en la mujer ante mi.

-Como vicepresidenta de esta asociación no puedo permitir que individuas como usted entren de manera tan maleducada e indigna de su naturaleza en una institución en el que lo mejor de los linajes zhalmianos se reúne…-A la mitad de la frase ya notaba mi piel arder. No de vergüenza, pero de la dulce ira que regresaba a mi como una nolstálgica canción. ¿Cuánto hacia que nadie se atrevía a insultarme de esa manera? ¿Cuánto hacía que mi importancia en la ciudad me había blindado ante esos ataques directo? ¿Cuánto hace que mi derecho de cuna no era denegado de tal manera? Casi habría sido refrescante, sino fuese tan repulsivamente desagradable. Sobretodo viniendo de parte de Olivia Mera, hija de militar que no había tocado un baile, un complot, el gran juego zhalmiano hasta que llegó a la mayoría de edad. Una incapaz, estúpida, inepta, maleducada…

Note como lentamente mi cuerpo se elevaba, como tirado por hilos. Como cada musculo se estiraba y tensaba para mantener mi postura, mientras mi cuello se torcía levemente, devolviendo la mirada a la mujer. Por un momento, pude ver como sus labios se paraban y sus ojos se abrían, pero la imagen se torció por mi velocidad. Mi cuerpo se lanzó en su dirección, en un impulso sin balance ni elegancia, casi como si me cayese. De este modo, nuestros cuerpos chocaron en un débil golpe, con mi rostro casi en su hombro. Olía a lavanda..

La mujer, inocentemente, pareció intentar coger mis hombros para estabilizarme…pero ya era tarde.Mi mano ascendió, como la cabeza de una víbora, estrujando la parte delantera de su cuello. Los necromantes tenemos ciertos conocimientos…inútiles la mayoría del tiempo, pero bastante útiles en situaciones como esta…Mis dedos estrujaron duramente los músculos esternohioideos y el omohioideos, creando una profunda presión sobre la traquea, cortando rápidamente su respiración. Note como sus dedos se clavaban en mis brazos, intentando apartarme, pero debido a mi posición, mi cuerpo tenía más presión sobre su cuerpo que ella sobre el mio. Mis dedos se mantuvieron, apretando duramente esos musculos, a la vez que mis piernas empezaron a moverse. La señorita Mera no tuvo otra opción que dejarse llevar hacia atrás, hasta que su cuerpo chocó de manera brusca contra el cristal que cubría el pabellón.

-Que criatura tan endeble y patética…-susurré, cortando el aire con mis palabras, solamente siendo amenazado por las lentas y necesitadas aspiraciones de la dama entre mis dedos y cortado por un leve chillido por parte del cochinillo que se llama damisela.- Tan ridículamente ignorante de su posición y deberes que destroza todo lo que hay a su alrededor…-Finalmente, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos eran verdes, destacables en la rojez que se tornaba palidez de su rostro- Hace dos meses, negaste un encuentro con Lady Robilia, una noble menor, ¿sabes cual fue el resultado? -Pregunto, golpeando su rostro con mi hálito, mientras la otra clavaba sus dedos en mi brazo, intentando apartarlo. Note sus uñas atravesando la tela, sus manos apretando de manera bruta mi brazo y sus piernas intentando golpearme a través de nuestras faldas- Tu hijo recibió una paliza en los baños de la academia…-Note como mi rostro se deformaba en una sonrisa, como se me había enseñado. Sonríe, Casandra, pues tu tienes el control- Y esta no es la primera vez que fracasas como madre, esposa y noble…Oh…cuantas veces han tenido que reparar su magullado y destrozado cuerpo los médicos de la academia, bajo promesas futuras…Cuantos negocios perdidos por tu falta de sensibilidad…-Mis palabras revoloteaban en mis oidos, mientras lagrimas se formaban en los ojos de la mujer, que pronto se deslizaban hacia esos labios que se esforzaban por respirar.

De nuevo, mi mano se movió con impulso, obligando a que su cuello se moviera, golpeando la nuca contra el cristal- Una madre incapaz de proteger a su hijo…-Podía escuchar con oscuro deleite el crujido de su cuero cabelludo contra el frio cristal- Una esposa tan desligada de la realidad que la tiene que cubrir su marido…-Su cuello era arcilla en mis manos, tan fácil de romper, tan fácil de manipular. El crujido del cristal, fragmentándose, llamó mi atención- Una noble incapaz de cumplir su papel…-El último golpe dio resultado. El cristal estallo, liberando grietas en su superficie.- Se atreve a ridiculizarme…- Finalmente, note el dolor de mi brazo, los firmes roces y golpes recibidos por la mujer. Y solté.

La mujer cayó al suelo, jadeando y tosiendo a la par, llevándose una mano a la garganta, mientras miraba a las dos mujeres presentes allí, inmóviles y en shock.- Gua…guard…-Las palabras que iba a pronunciar se ahogaron antes de partir. Mi tacón se alzó en un delicioso arco, que acabo con un agradable crujido. La mano que antes había guardado el cuello, se deslizó rápidamente hacia la nariz, de la cual fluía la sangre. El blanco del mármol pronto exploto en chasquidos de escarlata, mientras la mujer intentaba recuperarse.

-¡Ya es sufí…-Pude escuchar a la invertida moverse hacía a mí, quizás en un acto de valentía sin pensamiento. Simplemente elevé la cabeza, clavando mis ojos en los de la mujer, viendo como su cuerpo estaba en proceso de acercarse--Tenga cuidado, señorita Ereus…Me lo pensaría mejor antes de meterme en una pelea entre mujeres de verdad…-Solté al momento, abofeteándola con el mensaje oculto de esas palabras y las amenazas veladas en la misma. Mientras ambas figuras se quedaban paradas en sus posiciones, me gire para ver a la enorme mole que era Remilia Klaus.

-Ha sido un magnifico encuentro, señorita…Pena del desafortunado incidente de la señorita Mera ha sufrido…-susurró, mientras escondo el cuerpo de la mujer tras de mi al extender mi falda durante mi reverencia. Los ojos de ese grasoso ser me miraban con una mezcla de temor, pánico y reverencia, mientras asentía. Finalmente, me gire, observando la masa tambaleante y temblorosa que se había vuelto la maleducada intrusa. Saque mi pañuelo y me incline, lenta y con gracia.

Mis dedos se envolvieron en el mentón sanguinolento de la agazapada, obligándola a mirarme. Notaba la sangre, húmeda, contra la carne de mis dedos- Es una pena que se cayese y tropezase con el cristal en esa entrada tan repentina…-replico, mientras posaba mi blanco pañuelo contra su nariz, empapándolo en sangre y cortando el flujo.- Espero que la próxima vez…pienses mejor lo que haces…- Piensa en lo que harás, en que dirás cuando te pregunten como te han hecho esas heridas y piensa en lo que te puedo hacer si no respondes exactamente lo que te he dicho. Mi delicada e inocente sonrisa transmitió ese mensaje con facilidad y brutalidad, en lo que dejaba a ese desecho humano en el suelo mientras me levantaba.
Finalmente, salí de ese pequeño palacete de cristal, recibiendo una ligera lluvia. Sin embargo, el fuego que habían encendido en mi cuerpo seguía encendido, como una antorcha.

Iba a destrozar el suelo bajo sus pies y ver como se precipitaban al abismo, aunque fuese lo último que haga.
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Casandra Von Schuyler

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