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Alborotos

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Alborotos

Mensaje por Lilith, la sombría el Lun Sep 25, 2017 3:47 pm

Tras acabar con su pequeño juego particular en Loc Lac, Lilith voló hacia Phonterek. Sería un viaje largo, por lo que se aprovisionó bien, y emprendió el vuelo. Iba rápido, surcando los cielos, casi rozando las nubes y desgarrándolas con sus alas, que batía regularmente para no perder altura ni impulso.

Un largo vuelo fue necesario para llegar hasta Phonterek, y éste no estuvo exento de sucesos que lo alteraron. No fueron muy importantes, excepto un Divium al que se cruzó y que, a pesar de los años que habían pasado, la reconoció. No le costó despacharlo de una lanzada, mientras estaba desprevenido, y entonces se paró. Observó la caída del cuerpo agujereado por el arma, hacia abajo, hacia el suelo, varios cientos de metros, y miró con atención cómo el cadáver quedaba aplastado al aterrizar de ese modo brusco. Sonrió y continuó con el vuelo. No le quedaba demasiado para llegar.

Cuando aterrizó, miró el lugar. Calles amplias, adoquinadas, con mucha gente. Todo demasiado luminoso para su gusto. No le gustaban esos lugares, ella los prefería más oscuros. Caminó hasta los callejones estrechos, y allí entró en la primera taberna que encontró. Esbozó una media sonrisa fría, y se sentó en la barra. Llevaba la lanza a la espalda, colgada en ella.

Echó una ojeada al local. Mal iluminado, sucio, grasiento. Lúgubre, se podría decir. Perfecto para ella. Después de mirar el sitio, se fijó en la gente. Hombres fornidos, seguramente los maleantes de aquella ciudad aparentemente ordenada y tranquila. Esbozó una media sonrisa y se sentó en un taburete, y pidió un buen vaso de whiskey, que vació en apenas dos tragos. Sonrió y se limpió la comisura de los labios, donde caía un poco de esa bebida.

Cuando dejó el vaso sobre la barra, con un golpe algo sonoro, pareció que captaba un poco más la atención de los presentes. Su aire orgulloso y sus alas y cabellos entre níveos y rojizos no pasaban nada desapercibidos, pero esa expresión fría y distante invitaba a estar alejado, igual que el arma que llevaba a su espada, más alta que la Divium.

Pidió otro vaso, pero torció una mueca al dar el primer trago. Sabía distinto. Muy distinto. Miró al tabernero con el ceño fruncido, y empujó el vaso para alejárselo. La enfadaba que hubiera intentado engañarla. ¿Creía que no notaría que el primer vaso sabía mucho mejor que el segundo? Si eso había pensado, era algo corto de entendederas, el hombre.

—Oye, tú —lo llamó—, cámbiame el vaso. Este licor que me has servido ahora es una mierda, no es ni whiskey ni nada.

—¿Qué dices? Es lo mismo que en el anterior.

—¿Crees que soy idiota? —pasó al otro lado de la barra y lo apuntó con la lanza, sacándola en un rápido movimiento—. El primer vaso era whiskey del bueno, el segundo matarratas.

—Oh, vamos, ¿y tú cómo puedes demostrar eso? No te pienso cambiar el vaso, es lo mismo en ambos. Si quieres otro, lo pagas, nena —su tono era burlón, lo que terminó de sacarla de quicio.

—No sabes con quién te estás metiendo.

Apartó la lanza, pero conjuró las cadenas y, reteniéndolo con ellas, le dio varios golpes en el rostro, a la vez que hacía que los puntos donde le sujetaban las muñecas y los tobillos se tensaran y le dolieran. A continuación lo soltó, volvió a pasar a la parte donde estaba de la barra, e hizo caer el vaso de licor al suelo. Eso bastó para que la gente empezara a gritar y rebelarse, algunos contra Lilith, otros se dieron cuenta de que el tabernero les había servido lo mismo que a la Divium. Uno de los primeros se le acercó, amenazante, chasqueando los nudillos, y ella, pese a apenas llegarle a los hombros, lo encaró.

—¿Quieres pelea, niñata? —preguntó él, mirándola con rabia—. No sé qué es eso que le acabas de hacer a mi hermano, pero te prometo que me las vas a pagar.

—¿Quieres que te haga lo mismo que a él? —preguntó, amenazante—. No me costaría nada, ¿sabes?

Aquello se había convertido en un caos de golpes e insultos. El hombre que estaba provocándola pronto se giró para dar un puñetazo a otro, mientras un tercero cogía desprevenida a Lilith y la tiraba al suelo. Ella se levantó, airada, y dio lanzadas a los que se le acercaban demasiado, aunque buscaba no matarlos, solamente herirlos, para no meterse en líos excesivos. A pesar de eso, caían al suelo, entre gritos de dolor. Y esa sangre, en su mayoría, no se extendió por el suelo, sino que terminó en las manos de Lilith… en forma de una daga que usaba para defenderse, en lugar de su lanza, que había vuelto a ponerse a la espalda.

Estaba furiosa. Ya no sólo por la estafa, sino porque muchos de ellos se le enfrentaban por ser amigos o familiares del tabernero, como si no les importara que ese hombre estafara a la mitad de su clientela y sirviera matarratas como si fuera un licor mucho más caro. Apretaba los puños, se dedicaba a repeler a todos los que se le acercaban. Los hombres y Lilith se habían enzarzado en contínuas peleas, mientras las chicas que había allí, prostitutas en su mayoría, y alguno de los muchachos más jóvenes, solamente se ponían a salvo de los golpes y los objetos que volaba.

En eso estaban, cuando un grupo de hombres armados, dirigidos por una mujer imponente, irrumpieron en el local y detuvieron la pelea al instante. Soldados. Todo el mundo se quedó congelado mientras la oficial de la guardia recorría el lugar, buscando culpables y heridos, inspeccionando cada rincón con la mirada. Sus ojos se posaron en Lilith y su rostro furioso, en el tabernero airado, en los distintos hombres que se habían estado dando golpes hacía apenas un minuto, mientras su cabeza buscaba determinar al culpable de todo ese alboroto. No lo logró, por eso formuló una única pregunta:

—¿Quién es el causante de este alboroto?

Lilith frunció el ceño, y el tabernero no dudó en señalarla a ella. Sí, había sido la causante. Pero en ese gesto se notaba muchísimo el desagrado que le tenía el hombre, ya fuera por haber provocado la pelea, por su raza, o por ambas cosas. Lo miró, si las miradas mataran él habría caído muerto al instante.

—¿Es verdad? —se dirigió directamente a Lilith.

Estaba en una encrucijada. Si decía que no, la tildarían de cobarde, eso lo sabía seguro. Y Lilith  no era cobarde. Pero, si confirmaba las palabras del tabernero, seguramente se la llevarían detenida. Pero ella mantendría su orgullo intacto, sin contar que la apresarían. Aún así, no tuvo dudas de lo que iba a hacer, aunque le supusiera tener que urdir luego un plan de fuga.

—Sí, es verdad —dijo con altanería, mirando a la oficial a los ojos, desafiante. Como si le dijera “Atrévete a detenerme”.

La oficial se acercó, y la Divium no se movió en absoluto. Toda la taberna estaba expectante. Sin embargo, cuando estaba a punto de ser esposada, se movió con rapidez para apartarse e ir a la salida, aunque no había contado con los soldados que estaban allí, que la sujetaron con fuerza y la desarmaron. Se revolvió, aunque fue inútil. Le cogieron la lanza, y la daga que había hecho.

—Quedaos la lanza, dadme esa daga —ordenó la mujer.

Sonrió. Le haría una jugarreta. Cuando ella la tuvo en las manos, Lilith la deshizo, y la sangre con la que estaba hecha volvió a su estado original. Rió, divertida, pero enseguida cesó cuando la oficial se limpió las manos en sus alas, que también estaban sujetas por los soldados, y le dedicó una sonrisa siniestra.

—Qué poco práctico tener esas cosas en la espalda… Supongo que no te va a importar que te arranque una de esas plumitas de pájaro —dijo, burlona—, seguro que no te duele nada —al acabar de decir esa frase, le arrancó una de las plumas rojas, lo que hizo que soltara un chillido de dolor—. Vaya, vaya, así que te duele. Interesante… Y, dime, ¿toda esta pelea fue porque andabas caliente como todos los diviums? —esbozó una media sonrisa sarcástica. Lilith no respondió, lo que cabreó a la oficial. Le cogió un puñado de plumas y se preparó para tirar, sin hacerlo aún—. Te lo preguntaré otra vez, si no me respondes te desplumo esas alitas de pollo: ¿toda esa pelea fue por andar caliente y querer montarte una orgía, puta?


—No —fue todo lo que salió de sus labios.

En ese momento, ordenó a los guardias que la soltaran, y le ató con brusquedad las manos a la espalda, muy fuerte, cortándole la circulación en las muñecas, y luego, inmobilizándola, le pusieron un arnés que le impedía usar las alas. Se sentía furiosa y humillada, no entendía cómo había podido caer tan bajo.

Provocar conflictos, usar la violencia, todo eso estaba más que interiorizado en ella. ¿Pero permitir esa burla? ¿Dejarse atrapar? Aquello la enfurecía más consigo misma que con los demás, aunque su forma de desahogarse fuera hacer daño a quien se encontraba, como si realmente tuvieran la culpa de todo lo que le pasaba.

Cuando llegaron, la metieron en una pequeña celda. Al menos no debía compartirla, eso siempre era un alivio, pero su situación no iba a ser mucho mejor estando sola que acompañada, por lo que se sentó en el banco que tenía allí y se dedicó a mirar a la nada, aburrida y furiosa. Encontraría la forma de escapar. En eso estaba pensando, cuando entró la oficial, y le comunicó que la fianza para salir eran cincuenta kulls de plata. Esbozó una media sonrisa irónica. Entonces voy a escapar. No pienso quedarme aquí, pudriéndome.
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Lilith, la sombría

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Re: Alborotos

Mensaje por La Aberración el Mar Sep 26, 2017 9:25 pm

Perfecto, muy bien. Me gustó el final y sepa usted que la leeré con atención. Dentro de poco se le dará un lindo color Celeste.

Saludos.


Invitado... prepárate para ser violado por miles de millones de tentáculos, asqueroso mortal.


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La Aberración

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