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La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

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La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

Mensaje por Lilith Schwarz el Lun Oct 09, 2017 1:29 pm

Acababa de entrar en la cárcel. Era un lugar desconocido para ella, nunca había estado en una. Nunca la habían encarcelado, y eso que había cometido muchos crímenes que le valdrían, dependiendo del lugar, la cadena perpetua o la pena de muerte. No quería que esa oficial de la guardia supiera eso, que se enterara de sus delitos previos, pero tampoco era demasiado fácil que lo hiciera. Habían sido hacía más de treinta años, y lejos de Phonterek. Nadie tenía por qué recordarlo ya, salvo el pueblecillo remoto al que fustigaba con sus juegos.

Había sido la reina y tirana de un pueblecillo, y había sido rebajada a… a una simple presa en una cárcel cualquiera de Phonterek. Aquello no podía quedar así… No podía ser menos que los demás allí. Se encontraba sentada en la banqueta de madera de su celda, el único sitio donde más o menos podía tumbarse y dormir por la noche, ya que el suelo era demasiado frío como para hacerlo, incluso en las épocas más cálidas.

Respiró hondo. Tenía los ojos cerrados y la cabeza bajada, los hombros encorvados hacia delante, las manos apoyadas en las rodillas y una expresión entre serena y determinada. Estaba pensando. Su actuación en la taberna había sido lamentable, lo sabía, lo reconocía y lo aceptaba, no por su violencia, ya que ese era el único modo de exigir respeto, sino por haberse dejado atrapar. No volvería a hacer nada así. Agitó las alas, con la humillación de cuando le arrancaron esa pluma todavía fresca en su mente. Se había podido limpiar las manchas de sangre que le había dejado la oficial en las alas, y éstas volvían a tener su color habitual, blancas por completo, excepto la parte inferior, de un color carmesí oscuro, como el mismo líquido vital.

En eso estaba, cuando entró la oficial que la había detenido. La repasó de arriba abajo, vio su postura, su rostro, y esbozó una sonrisa de suficiencia. Lilith se levantó, y miró a la oficial directamente a los ojos, desafiándola a acercarse más, a pesar de la diferencia del altura y constitución, cosa que no amedrantaba a la Divium. Sonrió al ver que la humana respondía a la provocación y daba un paso en su dirección, con lo que ambas quedaron a menos de medio metro, mirándose la una a la otra, sin moverse ni decir nada, partícipes de una rivalidad y un odio ya eternos. Parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo.

—¿Qué te parece tu habitación, puta? —la oficial rompió ese silencio en varios pedazos.

—Una mierda —respondió sinceramente, con odio— como todo este lugar.

Maldita Divium, siempre con sus aires de altanería y orgullo. Está en el barro y aún así se muestra orgullosa y rebelde.

—Mierda en la que te arrastrarás por años si no pagas la fianza de cincuenta kulls de plata —sonrió, se sabía poderosa, tenía presente que era ella la que estaba en una posición superior, y Lilith en inferioridad, tanto física (era mucho más pequeña) como de rango, por así decirlo (la divium era la presa, la oficial su carcelera). La empujó hacia la pared, y la espalda de la peliblanca entró en contacto con la fría piedra—. Ahora escúchame bien. Si causas un problema, uno solo, me encargaré de que tu estancia aquí sea un infierno tal que quieras suicidarte para escapar de él.

Aquello fue demasiado para Lilith. Gruñó y le agarró la muñeca, y se irguió todo lo que podía, sosteniéndole la mirada con descaro, osadía e insubordinación. No estaba dispuesta a dejarse pisotear, todavía menos a ser tratada como parecía que la oficial quería hacer.

—Ah, ¿sí? ¿Seré yo la que sufrirá un infierno? —unas cadenas negras se enredaban por el brazo y el torso de la humana, que abrió mucho los ojos—. Ahora escúchame bien, porque lo diré una sola vez. Me tocas un pelo, un solo pelo; o haces que me lo toquen —empezó a inflingirle dolor— y te mataré. Me da igual estar aquí que en otro sitio, te mataré —sonrió y le dio un ramalazo fuerte de dolor en toda la superficie que las cadenas tocaban—. Y piensa que no necesito tener un arma para hacerlo.

—Te estás equivocando —se notaba que sufría dolor—. Y mucho. Prepárate para vivir en el infierno, puta.

—Ya veremos quién es que vive en el infierno —dijo, con una escalofriante risa.

Ah, no sabe quién es Lilith. No sabe que no puede jugar con esa peliblanca sanguinaria.


La humana solamente salió de la celda, cerrándosela. Lilith se sentía satisfecha con lo que había hecho. Creía que había asustado a esa mujer… cuando no era así. No sabía realmente lo que la esperaba a manos de alguien como esa oficial, igual que la humana tampoco sabía cómo era enfrentarse a alguien como Lilith… estaba claro que ambas pelearían con todas sus fuerzas. Y que sólo una podía terminar venciendo. Probablemente, sólo una viviría.

Se sentó de nuevo en la banqueta de la celda. Había sido imprudente… pero así era ella. Se dejaba llevar por arrebatos. Lo de contenerse no iba con Lilith, si sentía algo lo expresaba como fuera. Y no podía quedarse callada mientras la amenazaban y la humillaban. No podía, era totalmente incapaz. Salió cuando uno de los guardias le abrió para que fuera con los demás presos a hacer trabajos forzados. En su mayoría eran construcción. De ese modo se ahorraban contratar a obreros que hicieran ese trabajo, ya estaban los presos en ello.

Al salir a la calle, pensó en escapar volando, pero llevaba todavía el arnés que le impedía volar. No podía quitárselo y simplemente huir. Era muy aparatoso, y  costaba quitarlo, por lo que era inviable. No, si quería huir tenía que hacer que los demás presos se sublevaran contra los guardias y los distrajeran, y solamente entonces ella podría salir. Pero debía recuperar su lanza y su armadura.

Las horas se deslizaban, lentas, mientras Lilith y los (aproximadamente) cincuenta otros reclusos construían. A ella le dolían los brazos ya de tanto acarrear piedras, más ligeras que las del resto, pero igualmente pesadas. Así pues, llegó un momento en el que se plantó y encaró al guardia que se encargaba de vigilar que todos hicieran su trabajo y no se detuvieran. Ese era un hombre de firmes principios, pero que disfrutaba castigando a los insubordinados.. Se dijo que iba a poner a ese hombre en su sitio.

—¿Qué quieres, Divium? —su tono dejaba ver un menosprecio absoluto—. ¿Acaso buscas un castigo?

—No. Pero esto —señaló a los hombres que les echaban ojeadas curiosas— es inhumano. No somos bestias de carga, ¿sabes?

—A mí qué me cuentas. Habéis roto la ley, ahora sois menos que esclavos —sonrió cruelmente—. Vuelve a tu trabajo si no quieres ganarte un castigo.

—¿Un castigo? ¿Crees que ese latiguito me hará nada? —rió.

El hombre no dijo nada. Solamente hizo restallar su látigo en el hombro de Lilith. Lo hizo con fuerza suficiente para que le abriera una herida, pero ella se limitó a reír más cuando lo hizo. No había sentido el dolor que se suponía que sentiría. Era incapaz. Por supuesto había notado el látigo rozar su piel, pero ninguna punzada al recibir esa rasgadura en el hombro.

—Vuelve al trabajo, Divium —le volvió a advertir el hombre.

—Vaya… que vuelva a hacer mi trabajo de esclava, ¿eh? —intentó conjurar las cadenas, pero él fue más rápido, y esa vez el latigazo fue a su pecho—. ¿Otra vez con este juguete? —preguntó, alzando las cejas y ladeando la cabeza.

—¿Juguete? —lo había enfurecido.

Los demás presos ya habían dejado de trabajar hacía rato y estaban atentos al intercambio entre Lilith y el guardia. Estaba empezando a llover, pero eso no parecía importar a nadie. Ni a los presos, ni a Lilith ni al hombre. Se había formado un círculo alrededor de ellos dos, y la mujer lo miraba con el rostro alzado, orgulloso, el mentón hacia delante, desafiante, y los ojos furiosos. Él le sostenía una mirada serena, tranquila, pero fría.

—Deberías rendirte y volver al trabajo.

—¿Y eso por qué? ¿Porque me lo diga alguien en cuyo poder no creo? —volvió a conjurar las cadenas, esa vez lo amarró—. Para que veas que el poder en cualquier momento te puede ser negado o disputado —le dio, durante unos segundos, un gran dolor en todos los puntos de la piel que tocaba con las cadenas—. Aquí tienes un regalo.

Lo soltó y lo dejó recuperándose. Se dirigió hacia el interior de la prisión para resguardarse, ya que no le gustaba nada mojarse. Los otros se quedaron quietos. Sin embargo, Lilith no tuvo tiempo de llegar muy lejos, ya que una mano se aferró a su brazo y la obligó a voltearse para mirar el rostro de quien la había detenido, ni más ni menos que, de nuevo, la oficial de la guardia, que también era quien mandaba en esa prisión.

—Vaya, vaya, aquí tenemos a la Divium problemática —esbozó una sonrisa—. Creo que te dije qué te pasaría si causabas un solo problema… —se dirigió a los otros presos—. ¡Vosotros, a trabajar ya! —hizo restallar un látigo que parecía mucho más amenazante que el del guardia.

Arrastró a Lilith hasta su celda, y la lanzó al suelo sin mucho esfuerzo, ya que la Divium pesaba poco. Sonrió, en pie, con el látigo, y la peliblanca se limitó a mirarla con hastío, pensando que estaba harta de los que creían que el dolor sería un buen método correctivo para ella. Un latigazo cayó sobre su espalda. Luego otro. Y otro. Lilith no se inmutaba. Sentía el arma en su espalda, abrir rasgaduras en su piel, pero como era habitual ni rastro del dolor. Suspiró, aburrida.

—¿Cuando va a acabar esto? —preguntó con tono de hastío.

—Iba a darte cincuenta… ahora creo que estaré aquí hasta que me plazca.

Poco a poco, no el dolor, pero sí la profundidad de las heridas fue nublando la mente de la alada. Cerró los ojos. Una buena cantidad de sangre manaba de su espalda, provocada por los desgarrones que los pinchos que tenía el látigo causaban. Suspiró.

—Creo que será suficiente… —comentó la oficial, y Lilith se levantó y se puso en pie—. ¿Por qué coño te levantas ahora? ¿Quieres que te duela más? Si eres masoquista, allá tú.

Se ha cavado su propia tumba, esa humana insensata.

—¿Dolerme? —sonrió—. Nunca.

Se sentó y estiró la espalda, ignorando las heridas, pese a que sentía la sangre deslizarse por su piel. La oficial ya se había ido, cerrando la puerta de la celda. Entonces se tumbó, de cara a la pared, y cerró los ojos, durmiéndose. Ni siquiera se enteró de que iban a ponerle un cicatrizante en las heridas, más que nada para que no se desangrara, pero ni se las lavaron ni se las vendaron.

Jajajaja, JAJAJAJAJA, se cree que esa oficial es humana.


Última edición por Lilith, la sombría el Sáb Dic 16, 2017 1:53 pm, editado 1 vez
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Re: La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

Mensaje por Calígula el Sáb Dic 16, 2017 1:03 am

La cárcel estaba tranquila ese mediodía, los presos comían en sus celdas y los centinelas guardaban la prisión, la oficial pasaba revista tanto a unos como a otros y de repente, un grito en la entrada resonó por los pasillos aledaños a la puerta principal: "¡traemos uno nuevo!". Tres hombres bien armados e identificados con los colores de Malik-Thalish traían encadenado de pies y manos a un cuarto, bastante más grande y fuerte que ellos, tan sólo vestido con unos harapos que tapaban sus vergüenzas y un saco que cubría su cabeza. Su particular indumentaria mostraba un cuerpo trabajado y castigado por igual, debido a incontables batallas. Además de estar sucio.

La oficial de la cárcel, que esperaba en la entrada los recibió con indiferencia. "¿Y bien? ¿Qué ha hecho este?" preguntó con un tono apático. Respondieon "¡No te lo vas a creer! A este lo hemos traído desde el extremo occidental, a tan sólo un puñado de millas de la costa. Le tendimos una emboscada en el bosque, lo perseguimos durante días y cuando al fin lo cazamos se las arregló para matar a dos compañeros. No estamos seguros de quien es, pero por su indumentaria -muestra el estampado del sobreveste a la oficial- podría ser el fugitivo de Erínimar." La apatía de la oficial se tornaba en interés a medida que asimilaba lo que el guardia le iba contando.

Con un gesto rápido la oficial descubrió la cabeza del preso. Unos ojos azules y una mirada sombría asomaron entre mechones del cabello, totalmente desaliñado, con un corte irregular y aspecto grasiento. Varias cicatices estaban dibujadas por todo su rostro, la nariz deformada por un tajo en mitad de la cara sorprendió a la oficial, pero más la sorprendió la diabólica sonrisa que mostraba aquel hombre, una expresión facial que la intimidaba hasta lo más profundo de su alma, como si estuviese mirando a un demonio (y es que así era).

Apresuradamente volvió a cubrirle la cabeza con el saco, con un gesto que delató ante todos su miedo, pero rápidamente recuperó la compostura y con una voz imperativa ordenó: "Es posible que sea él, lo discutiremos después. ¡Ahora enviadlo a la celda vacía que hay en el pasillo izquierdo! ¡Y dejadlo encadenado tal y como está! Es alguien peligroso". Obedecieron en el acto, el preso no opuso resistencia alguna, de algún modo aceptaba su derrota, temporalmente, pues esperaba el momento para asfixiar a algún centinela sirviéndose de los grilletes ajustados a sus muñecas, o algo similar. Y en el momento oportuno.

No pasaron muchos días hasta que la oficial, tras mucho discutir con los centinelas, permitió que Calígula fuese al campo de trabajo, al fin y al cabo, era un hombre fuerte y... necesitaban hombres de esos para el trabajo. Así que llegado el momento, un trío de hombres bien armados y precavidos lo arrastraron hasta el patio, junto a un puñado de presos de lo más variopinto, todos dispuestos (aunque de forma involuntaria) a picar y cargar piedras para sabe Dios que objetivo. Ahora no llevaba unos harapos tan escasos y oportunos como antes, llevaba unos harapos que cubrian casi todo su cuerpo, excepto los brazos. Además, iba descalzo, y por supuesto, seguía encadenado. Aunque las cadenas no le impedían trabajar, si le impedían luchar, o huir.

"¡Vamos gandules! ¡Las piedras no andan solas!" y obedeciendo a la orden implícita en estos gritos del centinela, Calígula se puso manos a la obra, golpeando con ganas la roca, sirviéndose de un pico. Aunque tenía claro que esto también era temporal, esperaría la mínima oportunidad para sembrar el caos. También en el momento oportuno.
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Re: La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

Mensaje por Lilith Schwarz el Sáb Dic 16, 2017 2:39 pm

Despertó al cabo de varias horas, con las heridas ya medio cicatrizadas. Las costras se notaban en su espalda, ya que los harapos que no podían ser llamados camiseta dejaban que éstas se vieran. Bostezó y se sentó en la banqueta de la celda, cuando uno de los centinelas le trajo la comida. Suspiró, hastiada de comer todos los días lo mismo: una sopa aguada y un trozo de pan seco. Se levantó y miró los grilletes de sus muñecas, totalmente ajustados, y supo que de eso no podía librarse sin pensar mucho en cómo hacerlo. Seguramente no pudiera ella sola, y aquello la fastidiaba, porque no le gustaba nada el trabajo en equipo.

De nuevo la sacaron de la celda para llevarla fuera, a picar y acarrear piedras. Tenía los brazos hechos polvo por ese esfuerzo al que no estaba acostumbrada. Todo su cuerpo se resentía de ello, ya que físicamente era mucho más débil que la gran mayoría de los presos. Que todos ellos, se corrigió. No entendía por qué la habían mandado allí, a ese lugar en concreto. ¿Sería que la oficial quería mantenerla vigilada? Seguramente. No parecía muy amiga de delegar la gran mayoría del trabajo en otras personas, y aquello fastidiaba a Lilith, ya que esa mujer parecía poder intuir qué haría la divium.

Se fijó en que había un preso nuevo, y que ese destacaba entre los demás por la gran fuerza que estaba demostrando. Sin embargo, no dijo nada. Simplemente alzó el pico, lo bajó y golpeó la piedra con él. Una vez, otra, otra más. Y esa roca todavía no se partía. Cuatro, cinco, seis golpes. Seguía entera, solamente con grietas que cada vez se hacían mayores hasta que al fin se partió en dos. Suspiró pesadamente, y bajó el pico, frotándose los brazos doloridos por el esfuerzo. Justo cuando los bajaba, se oyó la voz del que estaba vigilando que hicieran su trabajo.

—¡Vamos, gandules! ¡Las piedras no andan solas! —esas palabras hicieron que Lilith soltara un gruñido y no hiciera caso a ellas.

Ignorar las palabras que había dicho el centinela hizo que éste se le acercara por la espalda e hiciera restallar el látigo contra ella que, si bien lo sintió golpear su espalda y desgarrar su piel, no provocó que se inmutara en lo más mínimo. Solamente le sacó otro gruñido. Cuando sintió los brazos algo menos entumecidos volvió a su trabajo, con hastío y aburrimiento. Aquello no era ningún reto para ella, más allá del esfuerzo que suponía para su cansado cuerpo picar piedra. Tenía que salir, y tenía que hacerlo ya.

Sin embargo, ese no era el momento adecuado. Para nada. La llegada del nuevo, al que, por lo que había oído, juzgaban peligroso, mantenía a los centinelas alerta, atentos a cualquier hecho fuera de lo normal. Debía esperar a que se relajaran para dar el golpe, matar a esa oficial y huir. Sola no iba a ser capaz, pero sí juntándose con alguien. Y creía saber quién sería la persona indicada.

Como cada día, el trabajo terminó al anochecer, y los condujeron a todos a sus celdas. Justo al entrar se separaron los que iban al pasillo derecho y los que iban al izquierdo. Los del segundo pasillo solían ser los más peligrosos, por lo que las celdas allí eran más fuertes. Lilith estaba también en el pasillo izquierdo. Aunque a juzgar por su aspecto no fuera especialmente peligrosa, la oficial sabía perfectamente cómo las gastaba, y prefería mantenerla tan controlada como fuera posible. Se sentó en la banqueta, apoyando las manos en las rodillas y bajando la cabeza, dejando que el cabello blanco le tapara el rostro. Respiró hondo. Tenía que urdir pronto un plan para terminar con esa mujer y salir de una vez de esa prisión.

Su puerta se abrió y volvió a cerrarse. La oficial de nuevo. Se levantó, se irguió y alzó la cabeza, mirándola desafiante a los ojos. La mujer no tardó en darle un sonoro y doloroso bofetón que casi la tiró al suelo, a lo que Lilith respondió conjurando sus cadenas para aprisionarla. No pudo hacerlo. No era porque estuviera débil, sino que éstas, al entrar en contacto con la piel de la oficial, se rompieron.

—No esperabas esto, ¿eh?

—¿Qué quieres? —frunció el ceño.

—Sólo… quería traerte la cena —respondió en tono burlón. Luego ordenó que le pasaran una de las bandejas de comida, y la lanzó al suelo, esparciendo la escasa ración de Lilith por la celda—. Disfrútala.

Rodó los ojos y se sentó de nuevo, sin hacer ademán de recoger el pan, que todavía era comestible. No pensaba rebajarse a hacer aquello. Echó la cabeza atrás, pensando, y formuló una frase en voz alta, lo suficientemente alta para que se la oyera en celdas próximas.

—Hay que salir de aquí —y, aunque no lo veía desde su celda, pensó que quizá el nuevo preso podría ser un buen aliado para lograr ese objetivo.
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Re: La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

Mensaje por Calígula Ayer a las 12:56 am

La noche caía tranquila en la prisión. La oscuridad arropaba a cada preso en su celda junto con un silencio tan sólo importunado por los pasos que daban los centinelas en sus rondas, hasta que de repente, en el pasillo izquierdo todo el mundo pudo oír que la puerta de unas celdas se abría, y también se pudo oír el golpe y el intercambio de palabras que mantuvieron la oficial y la presa. También es escuchó la última reflexión: "Hay que salir de aquí", la cual resonó en la mente de la mayoría de los presos que la escucharon, incluyo en aquellos más resignados.

Calígula estaba tumbado en el suelo de su habitación cuando escuchó todo lo ocurrido y comenzó a meditar sobre esas palabras, "Hay que salir de aquí". Ciertamente, sus aspiraciones bélicas estaban truncadas debido a su captura, pero no llegaba a imaginarse el modo de hallar una forma para librarse de su limitado destino. Estaba en esta reflexión, analizando las opciones que tenía cuando la oficial le habló desde el otro lado de la puerta, sin atreverse a entrar en la celda, a pesar de tenerlo encadenado.

"Ei preso, no te pongas demasiado cómodo que en unos días te vas a ir de tu cómoda celda y de la prisión"
– ante la indiferencia de Calígula, la oficial continuó informándole – "los elfos van a venir a buscarte, te llevarán de vuelta a Erínimar, juzgarán tus crímenes y seguramente te ejecuten". El tono burlón de sus palabras delataba su intención, aunque Calígula frustró su sadismo continuando con su total indiferencia fingida ante las palabras de aquella mujer. Fingida por que lo que le anuciaba no era indiferente para Calígula, llevaba semanas intentando llegar a Thonomer, atravesó Erínimar, robó una embarcación y burló a sus perseguidores atravesando una peligrosa tormenta que lo hizo naufragar en la costa occidental de Phonterek, y por alguna razón, los mensajeros elfos hicieron correr la noticia de su existencia a más velocidad de lo que la tormenta movió su barco por los mares del norte. Si lo extraditaban ahora, todo habría sido en vano. No le importaba morir, lo que temía era fracasar.

Tras conocer esta información, las palabras sobre las que antes meditaba tranquilamente, se tornaron en una necesidad casi desesperada. Pasó de disponer de todo el tiempo del mundo, a tener "unos días" para poner fin a su cautiverio. Poco tiempo después trajeron su cena, no le hizo ascos pues estaba acostumbrado a comer cosas peores, pero hubiese preferido otra comida. A pesar de todo, disfrutó su cena y poco tiempo después, se durmió.

Al día siguiente siguió intentado argüir algún plan de fuga, pero no se le ocurría nada diferente a coger el pico y empezar a pelearse con toda la guarnición, lo cual sería un suicidio, y aunque no sería una mala muerte y que como último recurso es lo que haría, quería pensar algún plan que funcionase. Ante su incapacidad, esperó a la hora de salir a trabajar y una vez allí intentar identificar a aquella que pronunció las palabras: "Hay que salir de aquí".

De camino al patio no tuvo dificultad para darse cuenta de cual era la identidad de quien estaba buscando. Entre la población carcelaria tan sólo habías dos mujeres, la presa y la oficial. La deducción era sencilla. Aunque se llevó una decepción al verla, pues no aparentaba ser alguien poderoso, tampoco maliciosamente inteligente... más bien parecía alguien inocente, que estaba allí por algún error, una persona desgraciada en el lugar equivocado en el momento equivocado, incluso un pequeño sentimiento de lástima afloró en Calígula al verla, algo que lo desconcertó terriblemente.

Mientras picaba, buscaba el momento de decirle algo, pero no tenía muy claro ni que decirle, ni como hacerlo. Así que siguió picando mientras pensaba en ello.
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Re: La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]

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