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Locuras en Santa Timotea para Jóvenes Azuzables [Priv. Eudes]

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Locuras en Santa Timotea para Jóvenes Azuzables [Priv. Eudes]

Mensaje por Isarika Endier el Sáb Dic 02, 2017 9:26 pm

Nuesta historia comienza en la escuela "Santa Timotea para jovenes de carácter azuzable", una institución distingida, elegante, completamente elitista...y completamente aislada.  Se trataba de un colegio de renombre en lo más profundo de los bosques de la Ciudad Esmeralda, rodeada de un basto mar de puro verde, y cuya única vía de contacto con el exterior era una larga y recta carretera. Un edificio enorme, casi un palacio imperial nacido de los sueños húmedos de un arquitecto con la carrera recién terminada, se alzaba con la elegancia y dignidad, que sus dueños esperaban inculcar a sus estudiantes. Contaba con cuatro edificios principales; las aulas, el edificio de profesores, los dormitorios y las salas comunes, los cuales mostraban el aspecto señorial de cualquier institución dedicada a los nobles.

¿El por que de su situación tan aislada? Bueno, todo da inició con cierta santa y una lección de anatomía mal explicada por cierto profesor de anatomía, quien introdujo baguettes y donuts dentro de la explicación sin considerar las medidas reales del acto explicado...Sin embargo, eso es una historia para otro dia.

Pues...Esto no es un cuento en el que cierta bruja se encuentra en medio de un colegio de señoras adoctrinadas y hace que se rebelen, luchen y corran en dirección a la libertad, la esperanza y el colegio másculino mas cercano, en pos de recuperar el tiempo perdido de su juventud. No...Esto es un cuento sobre cierta dama blanca y con predilección por el negro, con una cierta atracción por lo decadente y un espíritu casi secretarial en lo que a su religión su refiere. Hablamos de una mujer con una misión y el deber de instruir y dirigir a las nuevas juventudes hacia el futuro*. Isarika Endier.

En estos momentos, la señora Isariska se encontraba dando una lección de historia, asignatura especialmente fácil para ella, pues tenía contactos que habían vivido esos momentos -o, bueno,...al menos lo habian hecho cuando habian empezado-, como se suele decír, de primera  mano...

- Veran, señoritas, el reino de Zhalmia, durante sus inicios estaba dividido en un total de 13 reinos independientes...todos, supuestamente, nacidos de una tragedia ocurrido en cierta academia...-Mientras lo decía, Isarika iba rozando con la tiza el dibujo poco detallado de la península zhalmiana. Los nombres de cada reino, secretos que la mayoría de los académicos zhalmianos darían el alma por descubrir, estaban siendo escritos con pereza en la pizarra de un colegio.

Primer dibujo:

-Los trece reinos podrían ser denominados como taumocracías monárquicas, en el que los soberanos son los hechiceros más poderosos del reino durante su origen y su dinastía perpetua el cargo…-continua, mientras termina de escribir cada nombre en sus territorios asignados.- La magia de cada reino era especializada, probablemente como resquicio de haber nacido de una organización educativa…

El paseo por la pizarra de Isarika siempre ponía de los nervios a las alumnas, por el mero hecho de que sus pasos resonaban solamente una de cada tres veces y el resto de sus movimientos parecían no emitir ni un leve deje de sonido. Pero, lo peor de todo, es que si alguna de las alumnas se aburría o simplemente desviaba la mirada de la pizarra pronto tenía a la mujer tocándole el hombro de manera delicada, casi como si te tocasen con un tempano de hielo de repente.

-Aunque los trece reinos eran soberanos, muchos de ellos acabaron conformándose en alianzas para evitar el ataque de los diferentes reinos…-Tras decir eso, saco dos tizas de color verde, rojo y azul de los dioses saben donde, haciendo amplios círculos, rodeando diferentes zonas.- Zeter, Emirea, Silesia y Varsiria conformaron un bloque, el denominado bloque norte. A su vez, Cainburst, San Teulosia,  Harsterburg y Tries conformarían otro, bloque central, y Rainstrong, Zeingtburg, Hoepberg harían el siguiente, bloque oeste.

Segundo dibujo:

Como una puñalada acusadora, golpeo a las zonas de Rodelfia y Zhalmia, las cuales no habían sido rodeadas.- Mientras tanto, Zhalmia y Rodelfia se encontraban en un estado neutral por tres motivos fundamentales.

-Primero, no existía nada de interés. La zona es boscosa y, como diversas zonas en la que la magia está descontrolada, peligrosa por el número de monstruos existentes. Por lo tanto, Zhalmia y Rodelfia no contenía nada de interés…-Explico, dándose la vuelta, indicando con el dedo toda la zona norte, indicando como se extendía el bosque en la zona.

-Segundo, ante amenazas graves del resto de países, Zhalmia y Rodelfia acabaron relegadas al ostracismo, ya que, al no ser tan fuertes  como para presentar una amenaza, no había ninguna necesidad de centrarse en ellas…-Continuo, clavando el dedo en los dos países, primero en Rodelfia y luego en Zhalmia. El golpe resonó por la habitación, poniendo en tensión a las señoritas presentes- Rodelfia solo tenía la habilidad de encantar armamento y armaduras, lo cual lo haría un poderoso aliado, pero no una fuerza con la que hiciese falta enfrentarse…Mientras que Zhalmia se especializaba en Necromancia, lo cual era útil en la batalla, pero no para guerras de larga duración…

-Tercero…-dijo, retirando los dedos y sentándose en su silla, dejando en paz la pizarra y los nervios de diversas alumnas.-  Ambos territorios suministraban armas y mercenarios a todos los grupos, lo cual los convertía en puntos de tensión política…Si alguien los atacaba, se arriesgaba a amenazar la circulación de armas y soldados al resto de territorios, lo cual resultaría en una alianza de dos bloques contra uno…

Mientras la mujer hablaba, las alumnas copiaban con asiduidad. Hacia tiempo que tenían a la mujer como profesora y aun no sabían si lo que les obligaba a mirar a la pizarra, mientras copiaban como locas sin mirar abajo, era miedo, respeto o algo ajeno.

-Ahora, el punto crítico en la zona llego con el matrimonio entre el rey de Zhalmia, Gregory I, y la reina de Rodelfia, Rodelfia Varista…-dijo, mirando directamente a la pizarra y después a las alumnas, observando si alguna estaba aún en estado de adormilamiento.

Cuando la clase iba a dar un giro brusco, comentando el destino perdido de una civilización llena de secretos ocultos, noches oscuras y sangre derramada, la puerta fue golpeada por un puño educado y carente de fuerza.

-Señorita Endier, ¿ha… -dijo, entrando , un hombre enjunto, bajito y con una calvicía tan prematura que lo haría apto para ser alguna especie de águila calva, sobretodo si en la selección tienen en cuenta la nariz. El hombre era el vicedirector Ismael, un hombre cuya pertenencia a cualquier especie era una discusión a susurros en medio de la sala de profesores y cuyo repelente comportamiento respecto a la educación de las jóvenes era un lastre para el profesorado femenino. La interrupción no se hizo esperar…

-Si, vicedirector Ismael, me he asegurado de que las niñas están en correcta postura y que su caligrafía esta al nivel requerido por la academia…-dijo, Isarika, con voz neutra, pero que conseguía inferir que estaba cansada de ese tipo de cuestiones.

-Muy bien, pero me refe…-Mientras entraba en el aula, dejando la puerta abierta, fue de nuevo interrumpido.

-Si se refería a si alguna de las alumnas esta en “Estado de Buena Gracia”, no, señor vicedirector…no lo he comprobado…-Respondió de nuevo la profesora, mirando como las mejillas del profesor se encendían como candeleros en un palacio en invierno y su postura era afectada por los nervios.

-¡No! ¡me refería a…- Y, por tercera vez, para el deleite de Isarika y terror del hombre que acababa de entrar en medio de su lección, volvió a interrumpirle.

-Estoy segura que son blancas…-replicó, mirando a sus cuadernos, recogiéndolos con cuidado y amontonándolos en una pequeña pila.- Aunque antes de ayer, la cocinera se compró un nuevo set de ropa interior marrón, asi que no puedo estar segura…

Las venas en el cuello y frente del hombre resaltaban con fuerza contra su piel sonrojada por la vergüenza y la ira. Pronto, se estiro todo lo que su escasa estatura y sus tacones masculinos le permitían, para gritar...

-¡ME REFERIA SI SE HA PREPARADO PARA…- Y, desgraciadamente para la masculinidad del hombre y afortunadamente para las orejas de las señoritas, fue parado en seco por la presencia de la mujer a pocos centímetros de su rostro.

-Si, me he preparado para la llegada del nuevo profesor…-susurra, mirándolo fríamente a los ojos, como quien mira a un niño que pegaba el berrinche a su madre por no comprarle el muñeco de orco que quería. Al segundo, se eleva en toda su capacidad, superando con gracia la altura del hombre y mira a las alumnas- A partir de ahora teneis hora de estudio, leed el capítulo 3 de “Entendiendo a los No Humanos de Lady Erza de Castemere”.

Tras esa conversación unilateral, ambos profesores salieron del aula, sin hacer caso al masivo suspiro de alivio que las señoritas habían producido con su marcha.

-¿Qué es “Entendiendo a los No Humanos de Lady Erza”? -dijo, finalmente el profesor, mirándola suspicazmente.- No recuerdo que estuviese en la lista de…

-No, no esta en la lista de libros recomendados…-Responde Isarika, continuando con la marcha a largas zancadas, obligando al otro a aumentar su marcha para no quedarse atrás.

-¡Espero que no sea uno de esos libros suyos! -Por primera vez, el profesor pudo hablar sin ser interrumpido, probablemente al leve deje de vergüenza que acababa de sentir Isarika, pero que había durado solo un par de segundos.

-Fueron ustedes quienes me pidieron que le enseñara a las alumnas…el proceso de reproducción humano…-dice, finalmente, mirando directamente al frente y con un soberano color rosado en sus mejillas.

El asunto del que ambos hablaban se había dado durante las primeras semanas en la que Isarika había empezado a dar clases. Para desgracia de la administración, no se le había ocurrido hacer otra cosa que hacer que una señorita sin contacto real con un hombre diese la clase sobre ese tema. Ante esa situación, Isarika hizo lo único que podía hacer.

Para cuando la administración se había dado cuenta, la mayoría de las alumnas estaban acabando de leer “El marinero y el GRAN botin del pirata de Margaret Orgaafia”, lo cual, en cierta forma, las preparaba para cualquier tipo de encuentro mejor que lo que habría podido prepararlas una clase de educación sexual.

-Bueno, pues olvidese de esas tonterías…-dice el vicedirector, recordando con molestia y algo de terror el proceso de recuperar las copias de la novela.- No quiero que el estimado señor Eudes Einfel Wogethral escuche ni vea nada ajeno de la norma…-replica, mirándola con severidad- No quiero que crea que la Academia de San Patrick de Akhdar para Jovenes Ocurrentes es mejor que Santa Timotea…

Finalmente, ambos llegaron a la puerta de la sala de profesores. El rugido del profesorado en estado de alarma no era desconocido para ninguno de los dos, pero el nivel al que había ascendido era algo extraño. Cuando la abrieron, la vista de dentro los desconcertó….

Isarika recordaría en años posteriores ese encuentro entre risas, nostalgia y cariño, mientras que algunos dioses lo recordarían como un verdadero dolor de cabeza. Pues, para bien o para mal, este fue el primer encuentro entre el caballero andante y la segadora de almas.

*Nadie comentó que el futuro no fuese esa misma profesora, con cierta guadaña en la mano y quejandose de las decisiones vitales de sus estudiantes en sus...,podemos decir, post últimos momentos de vida.
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Re: Locuras en Santa Timotea para Jóvenes Azuzables [Priv. Eudes]

Mensaje por Eudes el Dom Mayo 13, 2018 10:13 am

Era un mediodía soleado cuando el carromato arribó a Santa Timotea, al menos de las rejas de aquella gran institución para afuera. Sus edificios antiguos, construidos a completa semejanza de las curiosas modas del norte, parecía invocar nubarrones y vientos fríos con su sola presencia. Los pájaros cantadores que poblaban las arboledas cercanas mágicamente se volvería cuervos de acercarse: Eso el buen caballero tortuga podía apostarlo. Bien conocía más de una bruja que con gusto haría del subsuelo de aquel lugar una acogedora guarida llena de esqueletos danzarines.

Eudes entregó a su samaritano un par de monedas de plata- las últimas que quedaban en sus bolsillos- al momento de saltar del vehículo. El hombre, un enano bastante callado que vestía un gran sombrero de ala ancha, refunfuñó algunas maldiciones al tomarlas, y rápidamente agitó las bridas de sus dos negros corceles en pro de alejarse de aquel lugar tan rápido como aquellas cansadas patas se lo permitieran. Eudes agito su mano múltiples veces y gritando, temiendo que su agradecimiento pudiese no ser escuchado, ignorando a su vez que tal cosa no era ni deseada ni esperada por aquel apresurado señor.

Uno podría argumentar que su razón principal para estar en este distinguido lugar sería la carta que misteriosamente había aparecido entre sus libros: No es extraño pensar que si una convocatoria que no recuerdas haber guardado, aparece entre tus personales pertenencias, naturalmente cualquier aventurero tomaría esto como una llamada del destino a una nueva y emocionante travesía de peligros y misterios (lo único que puede esperarse de este tipo de colegios, abundantes en asesinatos de estudiantes y maldiciones nativas por culpa de cementerios mal colocados). Sin embargo, siendo Eudes como era, ennoblecer aquello no era algo discutible, y en este caso en concreto, quizá, más que apropiado...

Aproximándose a la reja el caballero llamó.

-¡Buenas!- Grito- ¡Alguien!

Su voz resonó con eco entre lo que parecía ser un patio atrapado en la soledad y el silencio. El agua de una fuente corría con abundancia.

Todos los aventureros olvidan cosas a menudo: Tantos peligros, persecuciones, mundos por acabarse y villanos


El carromato le dejó a los pies de aquella gran estructura. Santa Timotea era la demostración viva de un fenómeno que bien las leyendas ya habían notado hacía siglos: La alteración del entorno de acuerdo a la estética que los edificios cercanos posean. En el caso pertinente, la transformación del claro y luminoso llano tropical en la antesala a al guardia de una bruja, o quizá un cónclave considerando los cuervos que revoloteaban cerca de las torres más altas.

Había sido...Una curiosa llamada del destino. Encontrar aquella carta entre sus libros más preciados y sagrados (Ah, las buenas crónicas del Capitan Barbanudosa, héroe de guerra y maravilloso explorador) dando como resultado que esta aclarase su mente sobre ese "algo" que le parecía estar olvidando. Ningún caballero en regla hubiese estado dispuesto a ignorarla.

Menos si ese "algo" que le recordó era su propio apellido.

Dirigiéndose a la reja, el caballero llamó a fuerte voz.

-¡Buenas!- Gritó, dando suaves golpes a las barras con su guantelete, cosa que pareció provocar desagrado entre los ruidosos cuervos más arriba-¿Alguien?

En principio, solo las oscuras aves parecieron percatarse de aquel llamado, lanzándole miradas tan rencorosas que seguramente contendrían mil maldiciones. Menudas criaturas. Fue solo luego de algunos minutos, cuando una figura curiosa emergió con pasos torpes desde la gran puerta interior de la estructura, una que, como todo aquello, contenía el esperado aspecto de fábula.

Era un hombre bajo, fornido, de nariz ganchuda cual pico y una espesa barba negra. Solo algunos centímetros parecían separarle de ser un hijo de la piedra más, como el conductor del carromato que le habían traído. Mirando al caballero con extrema desconfianza, se acercó aferrando un palo de escoba con el animo de sostener una espada.

-¿Que desea? ¿No retiraron los cadáveres ayer?

Dando un respingo, Eudes elevó su mano, mostrando entonces abierta la carta que había encontrado entre sus posesiones.

-¿Que? No señor, no vengo por ello- Dijo a tono de disculpa- Verá honorable caballero, Mi nombre es Eudes
- Miró la convocatoria- [color=#0066ffWogethrall. Encontré esto en mi posesión hace unos días, y creo que implica mi presencia en este lugar, justo este día.
[/color]

El hombre entrecerró los ojos, pareciendo presa de aún más desconfianza (Injustificada por supuesto, ¿Pues quien desconfiaría de un caballero andante?) y se acercó más a la gran reja negra. Balbuceando palabras inaudibles entre que leía aquella convocatoria, terminó observando con una pequeña sonrisa al caballero. Hay quien diría que hasta estaba planeando una travesura.

-Vaya...Ya veo- Dijo- Pues, ¿Quien soy yo pare impedirle entrar si trae eso? Vamos, adentro.

Y procedió entonces a sacar un manojo de llaves que colgaba de su cinturón y abrir las rejas. Al moverse las bisagras, un desagradable sonido semejante al lamento de un espectro resonó en todo aquel patio. Los cuervos decidieron acompañarlo aún con más graznidos.

-Maldita aves- Murmuró el hombre- No se quitan del techo desde hace tres semanas...Agh...La mierda que me toca limpiar cada día...Oiga- Dijo, devolviendo la mirada a Eudes- Sí busca a quien envió eso, vaya a la oficina de profesores; esta entrando, toma las escaleras de la izquierda y va hasta la puerta del fondo ¿Entiende?

Eudes asintió avanzando hacia la puerta del complejo.

-¡Muchas gracias buen señor!

-Gracias a usted- Respondió, sin quitar aquella traviesa sonrisa de su rostro.

Eudes atravesó la gran puerta de madera tallada, encontrándose entonces en una amplia estancia alfombrada que se subdividía entre pasillos y puertas cerradas. Tomando la indicación del portero, se dirigió a las escaleras de la izquierda y empezó a ascender.

Aquel lugar por dentro no distaba con el ambiente exterior. Los rincones oscuros (seguro hogar de más de un duende) las armaduras antiguas que pujaban por cobrar vida se hallaban por doquier, creando, en compañía con una iluminación más bien pobre, un ambiente lúgubre y hay quien diría hasta mortuorio. O anunciaba un hecho ya pasado, o profetizaba algo a suceder: Eso era lo que muchos sabios habrían dicho.

Llegando a la segunda planta, y avanzando hasta la puerta del fondo, el caballero hizo sonar la madera con sus revestidos nudillos. Espada y petate a cuestas, la cartita abierta en una mano, esperó pacientemente hasta que cuchicheos se escucharon venir de dentro, y, finalmente, alguien abrió.

Un buen puñado de rostros pasmados le observaron desde dentro. Una mujer, anciana de apariencia, viró los ojos y besó con su rostro el alfombrado piso.

-Esto...Buenas- Saludó el caballero. levantando la carta abierta- Mi nombre es Sir Eudes Wo- Miro la carta- Wogethrall, y creo que desde este lugar se me ha convocado.


Los rostros pasmados siguieron mirándole (y mirando la mandoble en su hombro) durante varios segundos. Solo fue luego de un rato de tensas miradas, cuando una de las profesoras (no la que había caído al suelo, que seguía desmayada) levanto la mano y habló con voz temblorosa.

-Probablemente...la haya mandado el director...o el vicedirector...-Tragó saliva y tosío levemente- Si quieres puede...esperar aqui a que lleguen...

El caballero asintió con cortesía y dio varios pasos dentro de la habitación.

-Será un placer, y muchas gracias- Respondió en tono jovial, sabiendo que tal cosa era menos que un incordio para descubrir lo que había venido a descubrir- Me sentaré por aquí, si lo consideran bien.

Dejando su mandoble al lado de un, por alguna razón, encogido profesor (que se encogió más al ver el acero) el caballero se sentó en una silla frente al escritorio y dejó caer el petate que traía a un lado suyo. La madera sonó con su peso (estos materiales del oeste, tan débiles) más pareció soportarle a fin de cuentas.

La habitación en cuestión era lo que uno podría esperar de un erudito en regla: Montones de libros y un sentido el orden más bien nulo, pero que intentaba disfrazarse con alguna clase de "sensación ocupada". Nada más trágico que un hombre de libros no pudiese mostrar abiertamente tal cáos: Es bien sabido que el desorden en el cuarto de uno refleja el desorden de su mente, y no hay mente más prolífica y virtuosa que una desordenada: Así lo había dicho aquel sabio deseh que murió enterrado bajo su propia pila de libros desechados.

Al cabo de un rato la puerta volvió a abrirse, y a través de esta, dos nuevos y curiosos individuos entraron: El primero era un hombre encorvado cual gancho, cuyas facciones comunes se debilitaban por una ansiosa actitud, mirando a todas partes como quien teme una puñalada de su propia sombra. La segunda era una mujer de apariencia joven, más un cabello blanco de ocasional mechón negro más apropiado para una señora de edad; todo en su porte exhalaba hielo puro y afilado.

Aquel hombre miró al caballero con aparente curiosidad.

-¿Pero que es este trasto?- Preguntó-¿Lo trajo el profesor de historia? ¿Ahora quien lo va a mover?- Dijo, antes de dar un puñetazo como de prueba sobre el metal.

Pero que...¿Que falta de respeto era aquella?

-Disculpe, caballero- Dijo Eudes, mirándole fijamente tras la angosta visera- ¿Puedo preguntar, que me ha hecho merecedor de vuestra violencia?

Un segundo y el hombre abrió tanto los ojos que cualquiera habría pensado que veía a la muerte. Otro segundo, y se encontraba encogido entre los brazos de la mujer peliblanca, mirando al caballero como si fuera algún tipo de demonio.

La mujer le asestó unos ojos capaces de matar al más aguerrido guerrero. Al instante siguiente le dejó caer.

Recomponiéndose rápidamente (no como su dignidad, sospechaba Eudes) el hombre se acomodó la ropa y le miró con toda la profesionalidad de un maestro.

-Disculpe- Dijo, aclarándose la garganta- ¿Puedo preguntar quien es usted, y que hace en esa silla?

Eudes se levantó de aquel asiento, provocando que la madera agradeciera con ahogado sonido de alivio. Limpiándose como pudo el polvo de la armadura, se presentó.

-Buen día caballero, mi nombre es Sir Eudes- Miro la carta entre sus manos- Wogethrall, caballero andante por gracia de los dioses, y creo que usted me conoce, siendo que he sido convocado- Dijo, mostrando la parte escrita del papel al hombre.

-Eh...Conozco a un Eudes Wogethrall- Respondió, conteniendo un raro temblor-Pero...pero no es caballero andante...es profesor de literatura clásica...

Profesor...Profesor...Profesor...

Ah...Aquí vamos de nuevo.

Era...Un eco extraño, como una memoria indefinible más allá de lo básico, pero que se asentaba sobre la absoluta certeza. El caballero sabía que ser profesor había tenido algo que ver con su pasado, más no recordaba ni lugares ni fechas para invocar. Era algo que siempre había tenido claro, pero que pocas veces se cuestionaba...Los caballeros andantes no suelen pensar en el inicio de su aventura más lo necesario.

Sin embargo...Si por esto el destino le había tendido gancho...¿Habría que tomarlo, no?

Eudes estalló en una sonora risa, mirando con la cabeza ladeada al hombre.

-Busca uno glorias mayores y se le reconoce por lo menor y vago- Afirmó en tono alegre- Pero...Sí, creo que soy su hombre, caballero: Ilustre soy en lo que a la literatura noble y la historia se refiere.

En la habitación todos le miraron con cierto aire de incredulidad. El profesor trató de responder nuevamente, más una voz fría y dura, cual tempano polar, interrumpió aquel intento.

-Dudo que usted tenga conocimiento en materias de literatura clásica, señor Wogethrall...- Dijo la mujer de cabello níveo. Una ceja enarcada perturbaba su de otro modo impasible rostro.

Eudes la miró durante algunos instantes mientras reflexionaba. Al cabo de unos segundos, se dirigió al petate que había dejado a un lado de su asiento, de dentro sacó un par de sus pequeños tesoros; las cubiertas todavía conservaban las letras escritas en dorado.

-Siéntase libre de preguntar lo que guste...Señorita- Dijo, sintiéndose hasta cierto nivel extrañado por la frialdad de aquella dama...Un algo fuera de lugar en su persona- Van sobre los viajes de San Cristemo por las islas del norte y su encuentro con los dragones blancos...Un tesoro personal, la verdad.

Por algunos segundos la mujer le observó ¿Calculandole quizá? ¿Había en su faz un gesto de astucia o solo había sido su imaginación?

-Umm...Es el original...-Replicó, luego de dar un rápido vistazo a los libros.

- E...entoncces...la señorita Isarika le mostrara las instalaciones...-replicó el profesor, mientras trataba de escabullirse de la mujer (no lo culpaba).

La postura de la peliblanca se tensó, y rápidamente miró al caballero.

- ¿Lo puedo pedir prestado? -Dijo, señalando la espada.

Eudes enarqueó una ceja bajo la visera.

-¿Disculpe, mi espada? Señorita, no creo que sea apropiado para un caballero, y más aún considerando sus manos inexpertas, conceder una espada tan fácil-

La mujer se adelantó hasta el arma y la tomó por el mango.

-Me lo tomo como un sí- Dijo, levantándola en un acto que solo se pudo haber descrito como milagroso a los ojos de Eudes.

Y en ese instante, mientras el hombre encorvado trataba de salir por la puerta, la espada voló por los aires se quedó firmemente clavada en la madera. Habiendo salvado su pellejo por menos de un palmo, aquel curioso individuo se escabulló cual murciélago de la luz. Un "tch...Fallé" Pareció brotar de los labios de la profesora, aunque pudo haber sido la imaginación del caballero.

-Bien- Dijo esta, recomponiéndose- Le mostraré las instalaciones.

Sin dar mucho tiempo a que Eudes se recompusiera de semejante sorpresa, la mujer rápidamente se dirigió a la puerta. Espabilándose como bien pudo, el caballero salió junto a esta, no sin antes sacar su espada de la madera y volvérsela a poner, junto a su petate, sobre los hombros. ¿Como había podido hacer aquello esa mujer?

-Empezaremos con las aulas...-Dijo, poniéndose en marcha apenas Eudes estuvo listo.

El caballero se apresuró a seguirle el paso como bien pudo.

-Creo que...Ya sabe mi nombre, señorita- Dijo, cortado por su carácter más impulsado por la mera cortesía- Usted es...
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