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El Origen de los Cuatro Marfiles

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El Origen de los Cuatro Marfiles

Mensaje por Staff de Noreth el Sáb Ene 06, 2018 3:43 am

El Origen de los Cuatro Marfiles

Por Strindgaard

Hace muchísimo tiempo, cuando el Foso Negro apenas era una mancha extendiéndose por los bosques vírgenes y mágicos de Theezeroth. Antes de que los palacios de los Señores estuvieran terminados, y sus sirvientes herejes hubieran alcanzado todo su poder. Bajo el enorme macizo de nombre Oroen, los Cuatro Señores  realizaron su primer cónclave.
Khârn, el Traidor; Typhus, el Corrompido; Magnus, el Rojo; y Skarn, la Invocadora, los Cuatro más poderosos demonios de nuestra era se vieron obligados a forjar un plan para salvaguardar sus avatares en caso de que sus cuerpos moradores fueran heridos de muerte antes de que lograsen acaparar todo su poder en este lado del plano, y así poder renacer.
En Tierra de Nadie, los cuatro avatares, temiendo una rápida represalia de Symias y los demás dioses antes de que sus fuerzas estuvieran completas, encerraron parte de su poder dentro de cuatro marfiles diseñados por Magnus, los cuales fueron forjados con maestría por el Señor del Cambio.

De la sangre de Khârn surgió un marfil rojo, en el cual Rhaggorath dibujó La Espada. El marfil con la fuerza de destronar reyes, ensañarse con los inocentes, y traer el yugo de la muerte.

De un trozo de piel de Typhus surgió un marfil amarillo, en el cual Ghadrakha dibujó La Lanza. El marfil que nunca yerra en su objetivo, alcanza a todos los corazones y los pudre.

Del hueso de una falange de Magnus surgió un marfil blanco, en el cual Yigoniath dibujó El Escudo. El marfil que protege a los otros tres, confiriendo sabiduría y orgullo.

Y por último, del cabello de Skarn surgió un marfil negro, en el cual  Lluuhgua dibujó La Copa. El marfil que puede dar a luz las más horrendas criaturas, y junto con ellas, el viento de la decadencia.

Cuatro marfiles, para cuatro Señores. Piezas con un soplo de poder de sus dueños, lo suficiente como para traerlos de vuelta. Pero tan poderosos que en manos de cualquier mortal crearían o destruirían imperios.
Los avatares regresaron a sus esquinas, y cada uno decidió esconder su marfil de la mejor manera. Muchos fueron los esbirros que tuvieron las piezas frente a sus ojos, y decidieron utilizar aquel poder para su propio beneficio. Y aunque no pudieron hacerse de los originales, copiaron parte de los tallados, y con eso obtuvieron una ínfima parte de su poder.

Fue así como se comenzaron a esparcir por el mundo las cartas: Los Bastos/Lanzas, las Espadas, Los Oros/Escudos, y las Copas. Y junto con ellas el vicio de las apuestas, la adivinación y la perversión.
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