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Lucilda y el mendigo

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Lucilda y el mendigo

Mensaje por Staff de Noreth el Sáb Ene 06, 2018 3:43 am

Los cuentos de la Abuela Agatha, recopilación de historias Zhalmianas por Agatha C. Tris.
Lucilda y el mendigo

Por Casandra Von Schuyler

Lugar o raza que transmite el cuento y cuya gente lo conoce: Zhalmia



Érase una vez una familia muy pobre, con tres hijos y una hija. Era una familia feliz, a pesar de su pobreza, y todos los días los miembros de la familia trabajaban duramente para prepararse para el invierno.

Los padres salían a trabajar en las casas de los señores temprano por la mañana.

El hermano mayor, Viktor, cortaba la leña para calentar la casa.

El hermano mediano, Henry, compraba la comida en el mercado.

El hermano pequeño, Eustace, salía a conseguir frutas en el bosque.

Y la hermana pequeña, Lucilda, cosía y remendaba las ropas de los demás en la casa, escuchando los cuentos de su abuela.

Finalmente, los padres volvían al atardecer con pan y queso que sobraba de los banquetes de los nobles. Viktor calentaba el hogar con sus leños. Henry traía la carne para hacer la sopa. Eustace traía pequeñas nueces para compartir y Lucilda continuaba tejiendo hasta que las velas se apagaban.

Un día, de camino de vuelta del trabajo, una anciana se acercó a los padres. Sus ropas eran casi harapos, su piel de un blanco como el de la nieve a medianoche y sus ojos de un color negro como las nubes de tormenta.

- ¡Oh, pobre de mí, anciana y decrepita por la edad! ¡Impedida por la edad no he podido ir a comprar! ¡Que daría por algo de pan y queso!

Los padres apiadándose de ella, le dieron lo poco que tenían, por lo que la mujer les agradeció, dándoles una moneda de oro. Los padres se sorprendieron y se marcharon a casa contentos, Sin embargo, cuando llegaron a casa, la moneda se volvió humo en un destello.

Ese día Viktor calentó el hogar, Henry hizo la sopa, Eustace trajo nueces y Lucilda cosía, pero nadie comió pan y queso, por lo que todos se fueron con hambre a la cama.

Al día siguiente, Viktor salió a cortar leña, cuando se encontró con una atractiva mujer. Su ropa era delicada y sensual, como el rojizo tono del amanecer. Su piel y labios eran rosados como las rosas y sus ojos eran de un color negro, como la noche en la que se comete el pecado.

- ¡Oh, pobre de mí, una mujer sola y desvalida! ¡Me ha abandonado mi marido y no tengo quien me corte leña! ¡Que daría por que alguien me ayudase!

Viktor se acercó y le dijo que le ayudaría con un poco de leña. La mujer aplaudió y abrazo al joven adolescente, diciéndole al oído en susurros que se lo pagaría bien. Encendido por la llama de la rectitud, Viktor cortó para la mujer todos los troncos que podía, pero cuando se dio cuenta la mujer se había ido con la madera.

Esa noche la familia comió pan, queso, sopa y nueces, pero se marcharon a la cama con frío.

Al día siguiente, en el mercado, Henry buscaba con furor la mejor oferta, pero fue parado por un señor. Su cuerpo era enorme, hinchado por la glotonería, y en su rostro moreno había una enorme barba negra. Sus ojos eran del color de los bandidos al atracarte.

- ¡Oh, pobre de mí que he sido robado y no puedo volver a casa! ¡Si alguien me ayudase con unas monedas les recompensaría con lo mejor de mi tienda!

El joven, iluso, le entrego lo poco que tenía. Ante elogios y halagos, el hombre se lo agradeció, dándole una palmadita en la cabeza antes de marcharse. Nunca se le volvió a ver por el pueblo.

La familia comió pan, queso, nueces y con calor, pero esa noche no hubo sopa.

Al día siguiente, Eustace salió al bosque a buscar frutas. Cuando estaba recogiendo las pocas que habían resistido el golpe del invierno, se le apareció un hada. Era un ser de luz multicolor, con alas membranosas y delicadas, casi como si la encarnación del arcoíris hubiese descendido. Sin embargo, sus ojos eran del color del más profundo abismo.

-¡Oh, pobre de mí! ¡No he encontrado dulces para nuestra reina y me arrancaran las alas! ¡Si alguien me ayudase les daría oro y joyas!

El niño pequeño, enamorado de las luces del ser, le dio las nueces que había dado. El hada se rio, dulce y melodiosamente, y sin decir nada, se desvaneció en el aire.

Esa noche hubo sopa, queso y pan, pero no hubo nueces para comer.

De este modo, un día, Lucilda decidió ponerse a trabajar fuera de la casa. Cogió sus agujas e hilos y marcho en busca de trabajo. Sin embargo, en el camino, se encontró con un hombre. Era un caballero apuesto, de cabello dorado y cuerpo besados por el sol, con unos ojos seductores del color de los secretos. Sin embargo, sus ropajes estaban rotos.

-¡Oh, pobre de mí! ¡Me han atacado unos bandidos y me han destrozado la ropa! ¡Ojala hubiese alguien para ayudarme!

Lucilda se quedó parada en el camino, mirándole a los ojos. Su abuela le había contado historias de los espíritus que venían del bosque. Seres horrendos y sin inteligencia, sin embargo, en ocasiones, salían espíritus que disfrutaban torturar a los humanos. Esos espíritus podían cambiar de forma, pero no podían ocultar que no tenían alma...

-¡Ciertamente eres desgraciado! Ven a mi casa para que le arregle los ropajes y le lleve luego al pueblo...

Lucilda y el hombre volvieron a la pequeña casa de la chica y esta le quitó la ropa para zurcirla. Sin embargo, Lucilda, que no era tonta, ideo un plan. Con sus hilos tapo los agujeros de la camisa y de los pantalones, haciendo que, como un saco, no hubiera manera de sacar los brazos, la cabeza y los pies. Cuando el hombre se los puso, Lucilda aprovecho para tirar de un hilo y fijar el pantalón y la camisa con sus hilos, a la vez que tiraba un leño en llamas dentro de los ropajes.

-¡Ah! ¡Ah! -gritaba el hombre, retorciéndose contra al tela, cambiando de forma sin parar, pero la ropa, atada por los hábiles dedos de Lucilda no se rompía.- ¡¿Por qué me haces esto?!¡¿No he sufrido ya bastante?!

-¡Mas he sufrido yo y mi familia cuando nos quitabas el queso, el pan, las nueces, la sopa y la leña!-dijo Lucilda, golpeando al ser sobre la tela con una silla. El ser empezó a dar brincos, intentando escapar de los golpes de la muchacha, saliendo al fin de la casa, pero no del atuendo.

Desde entonces, ese espíritu va saltando en los bosques y caminos de Zhalmia por la noche, pidiendo limosna, sin ser capaz de librarse de los ropajes atados por Lucilda. Pero, recordad niños, que aún hoy hay espíritus en los caminos y en las sombras, esperando aprovecharse de vosotros...
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