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El Zorro de Cristal

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El Zorro de Cristal

Mensaje por Staff de Noreth el Sáb Ene 06, 2018 3:43 am

El Zorro de Cristal

Por Balka

Lugar o raza que transmite el cuento y cuya gente lo conoce: Habitantes de los Glaciares



Hace mucho, mucho tiempo, cuando los glaciares eran aún jóvenes, existió una criatura increíble y maravillosa que caminaba la noche. Se trataba de un zorro, pero no uno cualquiera: era más alto que un corcel, más elegante que la línea de las montañas y más ligero y silencioso que los copos de nieve del Primer Invierno. Su nombre era Revontulet, y era un zorro de cristal.

Viajaba a través de todo Yagorjakaff porque su trabajo era recolectar las almas de las criaturas que abandonaban este mundo. Cruzaba los páramos helados y los altos valles, adentrándose con gracia en cualquier lugar en el que se necesitase su presencia, guiando los espíritus con delicadeza. Su hermoso cuerpo relucía con las luces de las lunas y las estrellas, fragmentándola en miríadas de colores, y por allí donde pisaba pequeñas espirales brillantes se alzaban como prueba de su etéreo paso. Era una criatura tan hermosa que los hombres, al verlo, desearon poseerlo. Se enamoraron de su belleza y serenidad.

Durante un tiempo estuvieron tramando un plan, porque no era fácil atravesarse en el camino de Revontulet por voluntad propia. Al final, durante la noche más larga y oscura del invierno, decidieron tenderle una emboscada: en la llanura más desolada dieron muerte a un joven muchacho y esperaron con paciencia que el zorro de cristal llegase para guiar su alma. No tardó en aparecer con las suaves luces de las lunas reflejándose en su cuerpo puro, caminando elegante sin dejar huellas en la nieve. Todas las facetas de su pelaje imposible brillaban tenues pero intensas. La criatura se acercó con lentitud hacia el escenario preparado por los hombres mientras el alma del joven comenzaba a iluminarse.

Trataron de atraparlo con una red, pero ésta resbaló sobre él y cayó al suelo. Ninguna de las trampas ocultas bajo la nieve hizo presa en sus fuertes patas y todas las flechas disparadas rebotaron con un intenso y agudo sonido. Revontulet siguió avanzando hacia su deber sin mirar alrededor, indiferente, porque los vivos no eran su trabajo y prestarles atención era fútil. Entonces, con un gesto de frustración, un hombre se abalanzó sobre el gran zorro de cristal, espada en mano, un grito de guerra resonando en su vientre, la furia nublando sus ojos.

El choque del metal contra el cristal produjo un sonido agudo, profundo y sereno, hermoso. Una advertencia. El arma se rompió en infinitos pedazos sin dejar marca alguna. La criatura se detuvo frente al alma que debía guiar, avanzó su majestuosa cabeza iridiscente y con el hocico tocó la luz que era, provocando que ésta se elevase hacia el cielo nocturno y despejado dejando tras ella un camino brillante que iluminó la escena. Entonces el hombre, lleno de una rabia visceral por ser incapaz de obtener lo ansiado, se echó sobre Revontulet con las manos desnudas y lo tocó.

Esta vez el sonido fue diferente. Fue un sonido espantoso y feo, lleno de roturas y chirridos que herían los oídos y que obligó a los hombres a querer huir. Era un sonido que anunciaba un castigo que ninguno de ellos deseaba recibir. Revontulet entonces bajó la cabeza y contempló a los mortales, sin expresión, y se rompió en mil pedazos que se perdieron entre la nieve y las estrellas. Una tenue estela de suaves colores ascendió gentil de la misma manera que lo había hecho el alma del muchacho, pero esta vez no desapareció. Permaneció suspendida en el cielo, muy arriba, serpenteando como un camino inquieto hacia los secretos divinos, iluminando la vida con extraños colores.

Los hombres habían osado interferir en un ciclo sagrado. Habían ensuciado con sus emociones viscerales un ritual que no deberían haber invocado, y con ello, atrajeron la atención de los dioses. Un silencio sepulcral se extendió por todo el lugar y los acompañó a casa, asentándose en todo Yagorjakaff. Las noches se hicieron más profundas y largas. La estela permaneció allí, inamovible, como un mensaje nocturno y gigante a la vista de todos. A veces era visible, a veces no. Los días se volvieron más fríos, el sol brillaba menos, y el hielo se hizo implacable e hiriente. Poco después de lo ocurrido los hombres se dieron cuenta de que algo extraño pasaba: las almas que debían partir ya no se iban a ningún lado. Los animales que cazaban, los familiares y amigos que se marchaban, los enemigos a los que daban muerte... sus espíritus se quedaban entre los vivos, vagando perdidos, intoxicando a los mortales, tratando de poseerlos en afán por recuperar su existencia. Alterando su realidad y amenazando sus vidas, pues es sabido por todos que un alma que no descansa se corrompe y se vuelve destructiva.

Aterrados, los hombres se dieron cuenta de que todo aquello era su culpa, de que era el zorro de cristal el que mantenía el equilibrio. Ahora las luces de los espíritus flotaban por todos lados, inquietándolos. Trataron de enmendar su error con rezos y ofrendas pero los dioses sabían lo que había sucedido. Era culpa de los mortales y así se lo hicieron saber. Sin Revontulet las almas de los muertos vagaban perdidas y por ello a los hombres se les impuso un castigo: deberían encontrar todos los fragmentos del cuerpo del zorro y reunirlos, para poder devolverle su forma terrenal.

Y hasta que ese día llegara Revontulet permanecería donde estaba, apareciendo tan sólo en las noches más largas y oscuras de solsticio para, con su luz serpenteante, recolectar los espíritus que durante todo el año han permanecido perdidos entre los mortales, jugando a ser fuegos fatuos, pesadillas y fantasmas.
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