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Mensaje por Rectina Pomoviejo el Dom Ene 07, 2018 3:11 am

Previo:
El minutero giró una vez más formando un ángulo de 180 con las horas,volvió a atrás un segundo para marcar y 59 y, nuevamente eran en punto.

Buenos días señoritas — la puerta se abrió ligeramente y suavemente se cerró casi al tiempo en el que entró a la estancia una mujer de rostro severo y mirada afilada.
Buenos días Lady Rectina — dijeron todas al unísono de pie, casi en sintonía, todas salvo una
Buenos días señorita Figgerald  — si alguien pensaba que se le iba a escapar algo a Rectina Pomoviejo estaba muy equivocado. Podría distinguir entre un pajar cualquier aguja, incluso cuando no había nadie puesto ninguna.
Buenos días Lady Rectina — dijo avergonzada la alumna que no le había dicho nada. Rectina asintió quitando importancia al asunto. Mery Rose Figgerald se encontraba entre las mejores alumnas de su clase, destacaba por su modestia, por su caligrafía intachable y su gran capacidad para las matemáticas. Desde hacía unas semanas había empezado a flaquear en sus estudios y sus comportamientos sin razón alguna, en la única clase en la que permanecía casi igual que siempre era en las que impartía Rectina, es por esto que en la sala de profesores intentaron sacar el tema a colación hace una semana.

Me preocupa la señorita Figgerald, siseñor — Dijo un hombre enjuto que miraba por encima de las gafas, era el profesor de Matemáticas, el señor Penkins. Usualmente Lady Rectina no se pasaba por la sala de profesores, pero aquel día se había quedado sin su té y galletas, así que decidió hacer una visiteja a sus compañeros. Por suerte tan solo había dos de sus compañeros. No es que le disgustase la compañía, pero si tenía que tomar el té de limón de la sala de profesores prefería no estar acompañada puesto que se ponía algo de mal humor.
¿Usted también se ha dado cuenta, señor Penkis? — preguntó Lady T remendda con descendencia, era la profesora de repostería y horticulinaria (El arte del cultivo de hortalizas, del jardín a tu mesa)
Sí, si. Es una de mis alumnas más brillantes — El hombre chasqueó la lengua y empezó a negar con la cabeza— El otro día sin ir más lejos para ver si estaba atenta tan solo le pregunté cuánto era uno más uno…
Dos — dijo casi al momento Tremendda como si le fuesen dar una galletita por ser la más lista del grupo. Si alguien hubiese visto a Rectina habría jurado que había puesto los ojos en blanco.
¡Me dijo tres! — Exclamó — Fíjese, era simplemente una tontería, le podría haber preguntado la raíz de 8500 que me hubiera respondido lo mismo, está en las nubes, su atención en clase está en negativo, siseñor, negativos — se colocó sus gafas, que siempre se bajaban hasta el fondo del puente de su nariz

Rectina dejó un momento por si Lady Tremendda quería responder a aquel problema también, pero en vista del silencio que se creó decidió intervenir.—
Señor Penkis, a veces uno más uno no son dos, como bien sabe — Podría haber respondido que la raíz cuadrada de 8500 era 92,1954445729, pero habría dejado muy mal a Lady Tremendda, y ella era una dama. Así que encauzó de nuevo la conversación en Mery.— No creo que lo haga adrede, el otro día la vi despistada en mi clase, y rara vez eso pasa. Creo que hay otras razones para estos comportamientos.
En la mía casi  quema un bollo, esa chiquilla tiene un problema de actitud. — repuso
No creo que se deba a eso, ella es una buena señorita, doy fe de ello, se parece mucho a su abuela, Lady Rose Figgerald.  — Dijo el señor Penkis, a lo que Rectina asintió con un gesto regio.
En ese caso seguro que estarán metiendo con ella, porque no es normal— La señora Tremendda era de aquellas personas que siempre tenían una opinión formada de algo, y si se la refutaban, enseguida encontraban otra al instante a la que aferrarse como a un clavo ardiendo (Hasta que se quemaba y cambiaba de clavo de nuevo) — Las niñas pueden ser muy crueles, especialmente si son rubias, son las peores
Yo soy rubia, Lady Tremendda — dijo sonriendo —  antaño, por lo menos lo era.
¿Dije rubias? ¡Qué cabeza la mía!, quise decir pelirrojas… dicen que son brujas
Mi madre es pelirroja…
¿Sabe qué?, que mejor callo. — Rectina sonrió, sí, era lo mejor que podía hacer.
En vista que tanto le turba, señor Penkis, intentaré dar con la solución al pequeño problema que nos acontece. No se podrá decir que no cuidamos de nuestras niñas y nos preocupamos por ellas y su educación. Al fin y al cabo es para lo que estamos los maestros, no solo para enseñar. — Nadie le había pedido que se inmiscuyera en ver qué le pasaba a Mery, tampoco hacía falta, era una alumna suya, tan solo buscaba una justificación para que no la llamasen entrometida.— Eso haré, sí señor — Dijo decidida, cuando algo le entraba entre ceja y ceja nadie se lo sacaba de ahí. De pequeña una vez se clavó una astilla y no se la sacaron del entrecejo ni con un sacador, cuando se cansó Rectina de ella se cayó misteriosamente.— Será mejor que me ponga en marcha, Arribuál (que era Hasta luego chavalada, en Frincés, una lengua extranjera) — Rectina giró sobre sus talones y se dispuso a irse.
Espléndido… ¿Pero…Lady Rectina…? — Penkis intentó llamar su atención pero ya se había marchado— ¿No había venido a por una tacita de té?…. — Tenía su taza lista y humeante en su mano.
De repente asomó en el umbral de la puerta una cabeza cana — ¡Siempre hay tiempo para el té!

Eso fue hace una semana, y algo había conseguido desde entonces. Puso en marcha su batería de contactos y se carteó con su antigua alumna, la abuela de Mery Rose, para hacer unas pesquisas y tantear el terreno.

Y así es como se dobla propiamente la servilleta en la que escondemos discretamente ese huesecillo de pollo que no hemos comido. — El reloj de la clase marcó las tres, luego las dos y cincuenta nueve y nuevamente volvió a las tres. Todas las alumnas aplaudieron y guardaron sus servilletas y huesos de avestruz nívea (especie autóctona de Rodelfia, dos veces más grandes que un avestruz normal) en el pupitre. — Señorita Figgerald — Llamó Rectina.
¿S..sí Lady Rectina?  — la pequeña se acercó temerosa al atril — Disculpe por lo de antes,no fue…
Señorita Figgerald — dijo con una sonrisa — disculpa aceptada, pero no se preocupe, no le llamo por eso. — Rectina le entregó una carta a Mery
¿Estoy en problemas? — preguntó en el acto tras leer la carta
No, ni mucho menos — Rectina cruzó sus manos y las puso juntas — Lady Rose Figgerald me ha dicho que preparaís un té verde de lo más delicioso. ¿Es eso cierto?
S..no…— La chica dudó en contestar
— No es vanidoso presumir de las habilidades de uno si se es humilde y se dice la verdad, y veo humildad en ti, responde sin miedo.
— repuso esta vez firmemente con una media sonrisa.
— Lady Rose me iba a invitar a un té aprovechando que iba a venir de visita a veros, pero me temo que como bien sabes las dos nos hemos quedado sin su agradable visita. — La abuela iba a ayudar en el plan para mediar en lo que pasaba con Mery, pero al parecer el hijo de esta, el señor Figgerald había disuadido fervorosamente a su madre de acudir de muy malas formas, ocasionando un disgusto mayor a su pobre madre. Desde luego que todas las sumas apuntaban al mismo denominador (o dominador en este caso). Mery asintió y agachó un poco la cabeza. — sin embargo… — Rectina hurgó sin casi mirar en su cajón del escritorio y sacó un paquetito— Lady Rose insistió en que nos tomásemos el té juntas en su honor. Me lo envió expresamente junto la carta con la más noble intención y sus mejores deseos para las dos.
¿En.. en mi casa? — De todas las preguntas que le podría hacer esa era la más curiosa que le podía hacer. No era buen síntoma pero no quería presionar a la pequeña. Todos los profesores estaban preocupados por su actitud en clase.
Podríamos tomarlo en la mía, pero gracias por el ofrecimiento, señorita Figgerals, con sumo gusto iré con vos — Como buen anciana que era, y a sabiendas que Mery no quería que fuera por alguna razón, Rectina se tomó su pregunta como una invitación. Oía lo que quería oír, sordera selectiva la llamaban.
No..pero..si, está bien... — Mery empezó a hacer un burruño con la esquina de su jersey
Yo no quisiera importunar, pero sería faltar a los deseos de Lady Rose y no queremos eso, ¿Verdad? — Rectina sonreía de nuevo — Así pues, si nos adelantamos llegaremos en un santiamén a vuestra casa justo a tiempo para preparar el té. ¿Pasa algo señorita Figgerald? — La niña se veía notablemente preocupada.
No, nada, Lady Rectina —  la niña estaba reprimiendo las ganas de morderse el labio, ahora no hacía nada más que intensificarse las ganas de Rectina en acudir a la casa de los Figgerald.— Todo correcto
Será mejor pues que nos pongamos en marcha — Rectina bajó de su atril y ambas caminaron sin decir mucho más hasta la humilde residencia de los Figgerald.

La casa estaba situada en un buen barrio, pero era sin lugar a dudas la más humilde entre las ostentosas casas del lugar. La casa ni siquiera era propiedad de los Figgerald, era arrendada, todos los pagos y gestión de la casa provenían de la abuela. El padre de Mery Rose, Joe Figgerald era un señorito que no había pegado un palo al agua en toda su vida. Cuando llegaron al umbral de la casa, Mery tenía una cara bastante temerosa.

Señorita Figgerald — se sobresaltó un poco al oír su nombre, habían permanecido calladas todo el camino de ida y le pilló por sorpresa.
¿Sí, Lady Rectina?
¿Cuáles son los dos principios principales de etiqueta?
¿Compostura y gracia? — La niña ni se pensó la respuesta, aunque no entendía a qué venía eso ahora
Los sentimientos son un arma de doble filo, Señorita Figgerald, hay que saber guardárselos para uno mismo pero a su vez hay que tener cuidado con guardarlos para siempre, son inestables entonces y podrían estallar. La compostura nos ayuda a guardar los modales, como bien os he enseñado. Si algo no es de nuestro agrado se puede optar por disimular con gracia. Si alguien que no te desea bien se da cuenta que algo te turba, se aprovechará de ello. Lo opuesto pasará si te quiere, en ese caso se preocupará en demasía por ti.
Siento…
Oh, cielos no, no te disculpes por preocuparme con tu gesto— en ese momento su cara cambió a una expresión neutral—  al revés, está bien…Mery… la cabeza siempre bien alta — la tuteó — sólo que hay que saber pedir ayuda antes de que sea mucho peor y que estallen por doquier. No he podido evitar fijarme en lo preocupada que estáis por que venga contigo aquí, siento si he hecho algo para causarle tal sentimiento — Rectina frunció un poco el ceño.
No… no — dijo enseguida — vos no ha…. — Mery negó contundentemente pero enseguida calló cuando la puerta se abrió
Ya decía yo que oía a un ratón murmurar— era el señor Figgerald, no deparó en Rectina hasta que miró una segunda vez— ¿Qué ha hecho esta vez? — Rectina enarcó una ceja
Ejem — Rectina carraspeó— Buenos días señor Figgerald, como sabrá soy Lady Rectina, la profesora de su hija — juntó sus manos — La señorita Figgerald no ha hecho nada, de hecho vengo a felicitarle por la hija tan maravillosa que tiene — el padre puso una cara de crédulo y Mery se quedó aún más confundida — Gracia y… — Mery cambió su cara a una neutral. — Y a discutir unos asuntillos con usted de menor importancia, si no es mucha molestia.
Pues la verdad que… — empezó a reponer Joe, desde luego ese hombre no tenía modal alguno.
Tengo una carta de su madre, que, no se si sabrá fue alumna mía. —Rectina — Me carteo muy a menudo con ella, tenemos una amistad epistolar. Nos une la pasión por el té. — de hecho fundarían en poco tiempo el club del té para damas y amigos (los téonis como se llamaban)
Me alegro mucho pero… — El padre no parecía muy contento con su presencia.
—  Como decía, tengo una carta de su señora madre, Lady Rose Figgerald, en la que me invitaba al té durante su estancia aquí
Lo lamento pero no está  
Agradecería que se comportara como el caballero que es y me dejara acabar… — Rectina permaneció impasible con un gesto serio, no se la notaba molesta, pero sí algo contenida. — Tenemos que hablar de varios asuntos, señor Figgerald, quiera o no.
¿Qué querría discutir con la profesora de mi hija si no es de sus notas?
Bueno, en eso en parte se trata nuestra charla
Está todo hablado pues, como usted misma ha dicho es una alumna “maravillosa”
Bueno, y lo es, ciertamente. Pero me temo que el profesorado y yo misma personalmente nos encontramos preocupados por ciertos comportamientos de la señorita Figgerald, y debemos saber si se encuentra bien.
¿Está bien vestida?, ¿Tiene la cara limpia no? , ¿come todos los días?,¿Diría usted que está mal?
No, físicamente es impecable. No es por quitarle mérito pero la comida y la higiene se la inculcamos en la escuela… nos preocupa lo que no nos dice, el interior.
¿Es que os ha dicho algo? ¿Has dicho algo? — El padre miró entonces a Mery, fulminándola con la mirada— ¿Es que te doy razones para ir diciendo cosas de mí?
No, padre… —Mery agachó la cabeza
Ven aquí — la niña entró dentro de casa — ya hablaremos. En cuanto a usted,— se giró hacia Rectina — no necesito que se preocupen por ella, gracias, ¡Está muy bien!. Adiós muy buenas. — El señor Figgerald cerró la puerta. O casi lo hizo, una bota con tacón paró la trayectoria de la puerta.
Me temo que ahí discrepamos, mi buen señor. — Con una fuerza algo inusual para una anciana (pero no para una profesora cabreada) abrió la puerta de par en par. Era como esos vendedores de puerta en puerta que traían la paz y el amor y tan solo por 33,90 — como bien he dicho, su madre me invitó al té. Y por su bien más le vale escuchar lo que le digo.
Una lástima que no esté, pero esta es mi casa…
Me temo que ambos sabemos que eso no es cierto. Supongo que no querrá que le diga a su madre que no pude tomarme el té con su nieta en la casa que ella tiene a bien pagar a su hijo. En lo que a mi respecta señor, esta casa tiene de suya lo que mía, como contravenga los deseos de su madre las consecuencias para usted serán peores de lo que pueda imaginar. Mery — Rectina ofreció a la niña el paquete de té —¿Por qué no preparas el té mientras tengo una charla con tu padre? — Mery no sabía dónde meterse, jamás vio a su padre más enfadado (al menos no con otra persona que no fuera ella) y lo que fue más insólito, jamás vio tan calmada y controlada a Lady Rectina.
Oiga usted, no mande a mi hija como sí…
Dudo que quiera que escuche lo que le voy a decir a continuación señor Figgerald. — Rectina sonrió de oreja a oreja. Tenía una carta bajo el brazo de la cual el señor Figgerald no sabía nada.
Póngame a prueba, arpía… —Lo último lo dijo por lo bajini, lástima del oído agudo de profesora que tenía Rectina, que lo escuchó. Ese chiquillo no podía ser hijo de Lady Rose Figgerald, ella era más inteligente que su hijo de calle.
No crea que con sus malos modos va a disgustarme o causarme una conmoción emocional como hizo con su pobre madre. Ella es una señora de los pies a la cabeza, sin embargo no se puede decir lo mismo de usted, que no sabe ni vestirse por los pies. — Rectina le miraba muy tranquila— Lástima para usted que yo no sea tal señora, y si sea una arpía como bien ha dicho. Su madre no tendrá la fuerza suficiente con usted porque le une los lazos de sangre y no puede enfrentarse a su propio hijo. Pero nada me ata a usted, señor, nada más que el sentimiento de querer lo mejor para Mery. Así pues, no me haga decirle nada que no desee, puesto que esta es una conversación que, aunque no es agradable ni bonita, es necesaria. Mery, por favor.
— dijo, yéndose sin pensárselo. Algo le decía que no quería oírlo aunque quería hacerlo.
El señor Figgerald se quedó callado.
¿Y bien? — Dijo con los brazos cruzados — ¿Me va a invitar a pasar o se va a quedar con esa cara de pasmarote toda la tarde?
¿Eh? — por un momento se quedó aturdido — ¿Quiere pasar?
Con permiso — dijo dando dos golpes con el tacón izquierdo en la loseta de la entrada. Ambos se sentaron en dos sillones uno frente a otro. — Bonita casa
Gracias —dijo secamente — ¿Qué quiere?
Es usted muy directo y poco caballeroso, le vendría bien aprender modales de su hija.
Lo que me faltaba…
Como quiere que sea directa me temo que me olvidaré en este caso toda formalidad y modales… por ahora.— Rectina puso su sombrero en su regazo—  No crea que su madre es tonta e ingenua, mi señor. Ambas sabemos muy bien que el dinero que manda su madre para su nieta se lo está dilapidando en otros menesteres y en otras atenciones. Se retrasó dos veces en los pagos de la escuela, la última vez los tuvo que hacer su propia madre. Ella le escribe a menudo, la última vez que vino usted se comportó de forma grosera y tosca. Creo mi señor mío que el comportamiento que está teniendo en la escuela su hija tiene es mero reflejo del ambiente que tiene en casa. — A veces tocaba educar a los padres y no a los alumnos — Y de seguir así me tocará mediar a mi como tutora de su educación. Pertenecer a la escuela de Modales y valores para señoritas de Lady Tementina’s no es solo asistir a clase, somos una familia. Y nos preocupamos de los nuestros. Con esto quiero ponerle en conocimiento de causa,  de seguir con sus comportamientos impropios y vida amoral me temo que su madre va tener que intervenir.
¿Como?, Disculpe, pero no le he entendido
Le va a cortar el grifo, ¿Lo entiende así mejor?, le van a cortar su fuente de maná, como dicen por ahí, ¿Lo captas?, ¿Lo pillas ahora, chaval? — Pocas veces dejaba los modales atrás, pero cuando lo hacía, no se cortaba un pelo.
Eh..
Te van a quitar la custodia legal de Mery, en realidad es de quien costea su educación y le proporciona cobijo y comida, en su caso, su madre. Solo hace falta la firma de un tutor que así lo atestigue, en este caso sería yo. Señor Figgerald, ninguna de las dos queremos quitarle a Mery su padre. Por malo que sea, es su padre y no puede estar sin él porque le quiere y no sería bueno para ella. Pero no se equivoque, en el momento que usted se convierta en una mala infulencia ella… despídase de la vida tal como conoce y de su familia. Está a tiempo de enmendarse señor Figgerald, de ser un buen padre para su hija y un caballero. Lo tiene todo de su mano, no desperdicie la segunda oportunidad que le da su madre…— Joe se había quedado mudo— Yo en cambio no le daré una segunda oportunidad… — Sonrió — soy una arpía. Y ahora tomemos un buen té. El té hace milagros y ayuda con el estreñimiento

Mery trajo el té con unas pastitas, era el mejor té verde que había probado. A Joe pareció cambiarle aquel té, realmente obraba milagros el té (o Rectina).  El señor Figgerald enmendó un poco su vida y ya no gastó una sola moneda en sus vicios, en su lugar pensó en abrir una tetería (encontró un otro vicio, pero más sano… Rectina lo aprobaba). No tuvo más quejas por parte de su madre, que volvía más a menudo de visita. Mery, que era la más importante en el asunto volvió a ser la alumna ejemplar que fue entonces y fue feliz de nuevo (por lo menos lo llevaba con gracia). El único perjudicado en esta historia fue el pie de Rectina, que se pasó con hielos la mayor parte de la semana cuando llegaba a casa. Aguantó como una jabata el dolor usando su compostura y gracia natural, pero cuando llego a casa no pudo reprimir un quejido.

Algunos la llamarían entrometida, metomentodo, arpía… pero ella en el fondo solo le preocupaba la niña, que estuviese bien y recibiese el cariño adecuado y haría todo lo posible porque así fuera, en el fondo, por muchos adjetivos que pudieran dedicarle el único que le importaba era uno: Profesora. Así que tenía que hacer lo que mejor sabía, resolver los problemas que le enfrentaran.
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Rectina Pomoviejo

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