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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Miér Ene 17, 2018 4:16 am

Preludio
La Rueda del Tiempo




El sol entra a chorros por entre el denso follaje de los pinos, cayendo como gruesas lanzas sobre la vieja casa al final del camino. Estoy de pie junto a mi padre, frente a mí se encuentra quien será mi primer maestro. Los dos acaban de cerrar un trato que definirá mi futuro.

Seguramente es primavera, porque me encuentro absorto en el canto de las aves, algo desconocido hasta ese momento para un joven demonio de ciudad. Mi padre posa su mano sobre mi hombro, acaba de decir algo, pero no le he puesto atención.
Strindgaard. ¿Entiendes lo que significa? —Alzo la vista y lo miro a los ojos, luego a Nebpehtyra y de nuevo a mi padre. Su rostro siempre inexpresivo hace difícil deducir su estado de ánimo, pero yo lo conozco bien, lo suyo no está en la expresión de la cara, sino en el lenguaje del cuerpo. Bajo la cabeza y trato de ensamblar una disculpa.
Perdón, no estaba prestando atención. —Digo con voz pesaroza. La fresca brisa del bosque nos envuelve por un momento, trayendo el fuerte olor de la resina de los pinos consigo.
Me quita la mano del hombro y alza la vista hacia las copas de los árboles para ver las aves, o quizá sea el cielo lo que busca con la mirada.
¿Te gusta este lugar? —Pregunta, mirándome desde arriba. Me relajo al sentir la amabilidad en el tono de su voz. Asiento con la cabeza—. Será un buen cambio. Pronto dejarás de extrañar a Narendra y sus calles abarrotadas de gente y bullicio —quien será mi maestro por los próximos años hace una mueca de asco al oír sobre Narendra y sus ciudadanos—. Nebpehtyra te iniciará en el camino de nuestro Señor del Caos.
Les daré un minuto para que despidan —la voz de Nebpehtyra es como el crujir del cuero seco—.  Strindgaard, te esperaré en la biblioteca, tercer piso. —El demonio se adentra lentamente en su hogar, junto con él parece también irse un aura de oscuridad.
Gracias Nebpehtyra —alcanza a decir mi padre. Luego, un silencio nos remece por unos minutos.

No sé qué decirle a mi padre. Él sigue observando algún punto lejano del bosque, aquel sitio había sido también suyo. En su juventud había también estudiado la necromancia con Nebpehtyra. Ahora era mi turno, era momento de seguir sus pasos.
Miro la casa y noto una leve sensación de desazón. Pronto tendré que cruzar también por esa puerta. Observo a mi padre, él parece sentir lo mismo. O eso quiero creer.
Padre, no te veré —dije en un osado desvelo de emociones, algo que muy pocas veces mi padre había permitido, algo que poco a poco he ido creando alrededor de mis vivencias con los humanos, y que según él es necesario que extirpe. Pero en ese momento no puedo hacer mucho en contra de las lágrimas que como pesadas gotas de metal se agolpan en mis ojos. Sabía que lo iba a extrañar, a él y a mi antigua vida. Y aunque trataba de no pensar en ello, me embargó una pena sorda, que había ocultado hasta el momento por miedo de lo que mi nuevo maestro llegara a pensar de mí—. No te veré... por cinco años.
Vaya, Strind —dice mi padre casi de una manera dulce, alzo la vista, está mirándome a los ojos, analizando mis lágrimas.
Bajo la vista al suelo, avergonzado, tratando de controlar mis emociones. Él se arrodilla, nuestros rostros quedan a la misma altura. Me levanta la barbilla y sonríe. Aquella sonrisa es tan extraña en su rostro que me descoloca.
Hijo. Esfuérzate. Aprende todo lo que puedas —Extrae su reloj del bolsillo, aquel que tantas veces había armado y desarmado—. La rueda del tiempo nunca deja de girar, eres un niño y pronto te convertirás en un hombre, entonces nos volveremos a ver.


Yo tenía trece años aquella tarde, mi padre tantos centenares que, para él, el tiempo era una medida que ya no se constituía en años o décadas, sino en superficies tan amplias que para el niño de aquel bosque resultaba imposible definirlas. Para él, el tiempo que nos mantendríamos alejados sería un abrir y cerrar de ojos, para mí sería una eternidad.
De lo que ocupaba su mente aquella tarde de primavera no sé nada, ni tampoco sé si fue genuino aquel extraño destello de humanidad que surgió de él en el momento que me sonrió y me regaló su reloj, para luego retirarse por aquel sendero de grava en el bosque, con el sol cayendo como lanzas doradas sobre su espalda.


Última edición por Strindgaard el Vie Dic 28, 2018 3:36 am, editado 1 vez



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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Miér Ene 24, 2018 3:22 am

I
Caminos Escritos




Me repatingué en la silla mientras mis recuerdos fluían uno tras otro gracias al vino. Por la ventana del segundo piso, a mi derecha, se podía divisar la calle principal de Auberdine y su gente disparada como flechas, avanzando de un extremo a otro por la zona comercial, inundando la acera como una marea de insectos multicolores. Sobre la mesa reposaba una botella y un vaso de piedra, en ambas había una pequeña fortuna en alcohol. El vino siempre me ponía lacrimógeno, pero era la primera vez que la melancolía apuntaba hacia mi padre. Quizá fuera porque en unos días se cumplirían un poco más de veinte años desde que lo vi por última vez.

Luego de huir de Nanda había comenzado mi propia búsqueda del aprendizaje, uno diferente del que me había privado Nebpehtyra. Nunca aprendí sobre necromancía como había deseado mi padre, pero viajé por muchos sitios de Noreth y aunque no hallé el conocimiento que buscaba, conseguí mucho más. Amigos y enemigos, recompensas y deudas, contratos y venganzas. Cadenas que me ataban, promesas. Pero al fin me había librado de todo ello. A un lado de la botella, cada uno en su respectivo recipiente, reposaban los nueve ingredientes que me había comprometido a reunir para la aracne perdida en Storgronne.
¿Cuánto me había tomado cumplir mi promesa? ¿Siete, ocho años?. Miré mi reloj, sólo porque necesitaba observar el tiempo correr. La rueda del tiempo avanzaba inexorable, y las promesas al fin se cumplían. El peso en mi pecho, la voz de aquella mujer sonando en mi cabeza, recordé la sensación que me produjo aquella noche en Akhdar. Al fin me desharía de aquella maldición.

En eso pensaba tumbado en la silla de aquella taberna en Auberdine, mientras seguía con la mirada el andar de las personas por la ventana. El Anillo Umbroso, el artefacto que me permitía teletransportar, o gaardear como prefiero llamarlo, descansaba en el dedo anular de mi mano derecha. Me encontraba en un estado de ligera borrachera, mi mente estaba suspendida entre la vigilia y los recuerdos. Ya no estaba observando la gente a través del vidrio, sino mi reflejo en él.

Aquel rostro humano que me observaba era en lo que me había convertido. Es difícil pensar en mí como demonio, lo llevo ocultando mucho tiempo. Tanto que al ver mi reflejo demoniaco quedé impresionado. Allí estaba, aparte de mis ojos, que brillaban gracias a la esencia que fluía dentro de mí, todo el lado izquierdo de mi rostro se encontraba envuelto en sombras. Las comisuras de mi boca se tendían hacia abajo, formando una mueca de seriedad que se acentuaban gracias a los ojos, que me miraban fijamente. Pequeñas grietas se distinguían por todos lados, como una máscara de porcelana descuidada. Al ver todos esos detalles en suma era imposible no pensar en ese rostro como sombrío.
¿Qué es lo que se ha asentado en ese rostro?

Metí el reloj de mi padre en el bolsillo de mi capa, bebí de un sorbo lo que quedaba en el vaso y acerqué la mano a la botella para volver a llenarlo, deseaba hallar ese estado de embriaguez en el que tantas veces me había refugiado. Serví el vino, di un respingo, la botella y los ingredientes comenzaron a vibrar como si un perro se rascara la oreja justo debajo de la mesa. En menos de un segundo el temblor cobró fuerza suficiente para hacer crujir todo el edificio. Oí gritos desde la calle, el vaso se volteó y en lo único que pensaba era en la seguridad de los frascos que tanto me había costado reunir.
Abrazado a los ingredientes vi con asombro una luz cruzar el cielo de la ciudad de este a oeste, tan brillante, que opacó al sol por los breves segundos que duró.
Desde el segundo piso de la taberna observé con total claridad cómo aquella estrella fugaz cruzaba el cielo de Auberdine para luego caer unos cuantos kilómetros más al oeste, en pleno Theezeroth.


Última edición por Strindgaard el Vie Ene 18, 2019 5:20 pm, editado 2 veces



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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Dom Abr 15, 2018 8:49 am

El pequeño trozo de ciudad que podía atisbar desde la ventana se agitaba, contraía y expandía a medida que la luz se extinguía en la lejanía. ¿Qué había sido aquello?
Desde las escaleras oí a una de las camareras preguntando si me encontraba bien. Me volteé y me encontré con el rostro redondo de la muchacha asomándose por el primer piso a medida que el resto de su cuerpo se asomaba mientras subía la escalera. Me comentó que abajo se habían roto algunas botellas producto del temblor. Le pregunté por la luz, y lo que había surcado el cielo.
No sé qué pudo haber sido. Nunca había visto algo parecido —me señalo.
Le señalé que había volteado el vaso y se acercó para limpiar la mesa. Posiblemente la muchacha fuese la hija del tabernero, como suele pasar siempre. Era raro que los hijos optaran por trabajos diferentes al de los padres. Si el tabernero hubiera tenido un hijo lo más seguro es que lo tendría haciendo labores pesadas, como cortar leña, cuidar los caballos o ayudándole a regentar el lugar, en cambio a las mujeres siempre se les ponía a atender las mesas, limpiar las habitaciones o realizar las compras en el mercado.
La muchacha pasó un trapo gastado por sobre la mesa mientras sonreía rutinariamente cuando la miré. Tendría unos veintidós años, una cara alegre y ojos cálidos. Me preguntó si deseaba algo más, negué con la cabeza y pedí la cuenta.
Apoyé la mano en el vidrio y miré la calle, todo parecía volver a la normalidad.

Bajé con el Equipaje a mi zaga. En el primer piso de la taberna me sorprendió hallar varios personajes de curiosa procedencia pidiendo víveres con urgencia. Me senté en la barra la notar que se la cuenta se tardaría en llegar pues todas las meseras y el tabernero se encontraban atendiendo al grueso de mercenarios que había llegado a pedir comida que no se estropeara, agua e incluso algunos implementos de último minuto, como algún cuchillo o hacha pequeña, cosas que el tabernero tenía, pero no se encontraban en la lista de venta. Pero por el precio adecuado, las entregó sin más.

Quien se hallaba más cercano a mí, un antropomorfo de hocico largo y canino, se giró para observarme unos segundos. El sonido nasal que producía me dejaba claro que me olisqueaba sin ningún recato. Me apuntó con su nariz y luego a mi Equipaje, que reposaba en el suelo, entrecerró los ojos.
En lo que tardó en girarse para seguir aullando por su compra yo lo había ya catalogado dentro de mi bestiario personal como un hiénido, lejano a los cánidos como había supuesto, más cercano a los felinos. Su calidad olfativa no debería preocuparme demasiado.
Una parte de mi mente se relajó al leer su rostro, preocupado por que lo atendieran, y pronto, en vez de alertado por notar que había dado con mi verdadero origen. Enfundé la daga que secretamente deslicé por mi mano bajo la capa y me relajé. El cabrón tendría que ser un excelente actor si me había descubierto.

Luego de varios minutos la taberna pareció despejarse un poco. Cuando se retiró el último mercenario me acerqué y pagué la cuenta, guardé la botella y el vaso de piedra que se incluyen al comprar el vino ceáldico dentro del Equipaje, y salí a la calle.
Miré al cielo, de este a oeste, lo que fuera que cruzó el cielo había dejado un rastro blanco en lo alto del firmamento, como si Symias hubiera trazado el camino que realizó aquella cosa con tiza. El último mercenario que había salido de la taberna antes que mí se unió a su grupo y entre todos miraron al cielo, se subieron a sus caballos y los espolearon hacia la dirección que apuntaba la gigantesca flecha alba.

Beber siempre ha sido bueno para mí. Ponía en marcha engranajes en mi mente que se mantenían detenidos en mi sobriedad. Una sensación clara y nítida me invadió. Estaba claro que debía ir hacia allí, hacia el bosque para encontrar lo que fuera que hubiera caído en StorGronne. No era lo lógico lo que me enviaba, era la sed de conocimiento, el saber qué era lo que había caído. ¿Acaso provenía desde los márgenes del cielo? ¿Era mágico, o simplemente un hecho natural? Había leído muy poco respecto a lo astronómico, pues no eran muchos quienes se interesaban por lo que había más allá de Noreth. Si uno volaba demasiado alto no podía atisbar más que los márgenes de la cúpula, más arriba había vacío según los osados divium que habían realizado ese viaje.
El conocimiento popular dictaba que en la orilla de la cúpula estaba el hogar de los Dioses, donde ningún mortal podría llegar jamás. ¿Pero, qué evitaba que los dioses no bajaran?


Última edición por Strindgaard el Jue Mar 14, 2019 2:22 am, editado 2 veces



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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Dom Abr 15, 2018 9:48 am

Con un gesto el Equipaje se desvaneció para ocupar un sitio en mi mente. Me dirigí hasta el callejón al costado de la taberna y escalé hasta el techo usando un barril de lluvia para alzarme. Me ubiqué en donde el viento hacía más propicio el volar. Extendí las grandes alas de murciélago y me elevé como vilano por sobre los techos de Auberdine siguiendo la ruta hacia el bosque. El volar, dicen los humanos, representa una forma de libertad que no se puede expresar con palabras. Mientras surcaba el cielo, sintiendo el viento extenderse bajo mis alas les hallaba razón. Era una sensación extraña y maravillosa.
Bajé la vista y observé la ciudad, con su arquitectura marcada por el pueblo comerciante, con casas grandes y enormes bodegas, plazas y mercados convergentes, avenidas grandes y calles pequeñas que irrigaban todos los sectores en los que se dividía según la especialidad de los profesionales que allí vivían. La calle de los zapateros, la de los albañiles, los panaderos, y un largo etcétera. Mezcla de razas y de culturas.

A medida que los días y los años se sucedían uno tras otro sin descanso, y yo iba consumiendo el conocimiento del mundo como una esponja, dentro de mí había ido creciendo cada vez más la sensación de que el mundo era un lugar pequeño el cual yo estaba a punto de abarcar por completo. Hubo un momento en que después de haber leído todos los libros de la gran biblioteca de Thalis Arys sentí que Noreth se encontraba ya investigado, desenredado, escrutado y cartografiado. Que ya nada nuevo habría para descubrir, que nada se movería en direcciones no previstas.
Salí de esa biblioteca, y recuerdo haber pensado que luego de La Aguja había logrado entenderme a mí mismo, viajando había logrado comprender la sociedad que me rodeaba, y en los libros había logrado comprender el ambiente en el que existía. Desde ese momento en adelante, si había algún suceso que podría parecer poco claro, sabría cómo entenderlo.

Planeando por sobre Auberdine recordé aquello y pensé en mi arrogancia. El conocimiento a veces te juega una mala pasada, y te puedes dañar si te confías demasiado en lo que sabes, o crees cierto. Por suerte el alcohol había actuado de freno a todo ello. La ebriedad había supuesto una manera de dar un paso atrás y mirar todo de una perspectiva más alejada al demonio ávido de saber. Luego de varios años bebiendo de forma constante, logré comprender que no se debe confundir comprensión con el saber. Me di cuenta que yo apenas sabía nada, pero si, por ejemplo iba a Valashia y me sentaba en alguna taberna en la frontera de dos ciudades en conflicto cuyos nombres jamás había oído hablar, con habitantes que respondían a otro idioma, vestían diferente y básicamente me eran extraños del todo, mi ignorancia y falta total de conocimiento sobre los detalles de la guerra no me impedirían entender lo que estaba sucediendo, porque mi mente podría clasificar y categorizar siempre lo que pasaba a mi alrededor, incluso lo más desconocido. Y así ocurriría con todo lo demás. Si veía un animal que no había visto en mi vida sabría identificarlo según sus rasgos y categorizarlo dentro de alguna jerarquía taxonómica. Si veía un raro objeto luminoso surcar el cielo, sabía por medio de libros de monjes, científicos y aventureros que se trataba de un raro fenómeno llamado meteorito, y que siempre se trataba de algún tipo de roca que solía besar la tierra causando grandes estragos ahí donde caía. Generalmente traía grandes trazas de metales preciosos, algunos aún no descubiertos. Y eran muy bien cotizados tanto por los geomantes como por los alquimistas y los herreros. Algunas veces alcanzando sumas estratosféricas.

Era por eso que una gran cantidad de mercenarios dejaba la ciudad para adentrarse en el bosque a pesar de los peligros que el StorGronne poseía. Pude contar varias docenas salir por las puertas de la ciudad. Era una lástima para ellos que mis capacidades me pusieran por delante en la carrera hasta esa piedra caída del cielo. Y como nunca pierdo la oportunidad de aumentar mi patrimonio, me elevé buscando vientos que me impulsaran más rápido, y pronto dejé Auberdine muy atrás.


Última edición por Strindgaard el Jue Mar 14, 2019 2:31 am, editado 1 vez



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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 28, 2018 3:23 am

Unas pocas nubes sobre mi cabeza conformaban un pequeño ejército que se acercaba por el oeste, además de sus blanquecinas figuras con sus suaves contornos, no había nada más en la azulada cúpula que ese gran medallón dorado azotando con su fuerza primaveral. Ese condenado de Symias, lanzando sus chorros ambarinos, me hizo difícil notar lo que se acercaba por el este a toda velocidad. A la distancia que se encontraba no era más que una mancha oscura acercándose, presumiblemente, hacia mí. Demasiado grande para tratarse de algún ave, demasiado pequeña para tratarse de un grifo o un wyvern, y demasiado lenta para tratarse de otro trozo de estrella caída.

A los pocos minutos de haber salido de Auberdine ya había logrado encontrarme con la estela que había dejado el meteorito, como si de una nívea cola de vapor se tratase. Miré el paisaje, el StorGronne se extendía como un mar verde e inhóspito azotado por el viento, solo mancillado por una larga trama de árboles destrozados que finalizaba con un negro hueco en la tierra. A medida que me acercaba a mi destino observé mejor. Sí, entre el verdor un orificio destacaba en el bosque. El meteorito no había caído sobre la tierra, abriéndola como lo hace una rosa al florecer, sino que como una explosión de pólvora, levantó toneladas de tierra por varios metros alrededor, y al igual que un gusano gigante de la Tierra Muerta, abrió un forado de más de tres metros de diámetro que daba paso a una enorme cavidad dentro de la tierra, como si hubiera abierto una puerta a un profundo secreto.
Planeé por sobre el hueco en la tierra, intrigado por la situación, ¿cómo era posible aquello? Entonces noté que mi sombra no era la única sobre las copas de los árboles. Un perfecto rectángulo se iba agrandando cada vez más, moviéndose como un pez que se acerca a la superficie. Miré el cielo, y me detuve impresionado, era… como una alfombra. Se trataba del objeto que se acercaba por el este, llegó antes de lo que había previsto.

Bajé hasta la boca de la cueva. Mis alas se volvieron capa y mi vista se perdió en la oscuridad del abismo que se abría a mis pies. Abajo, los rayos del sol bañaban los contornos de lo que parecía ser una estructura. Un templo. Miré al cielo, ahí venía la alfombra, retrocedí algunos metros y me volví invisible.

No podía negar esa extraña y vaga atracción ante lo increíble del asunto. Uno no todos los días veía caer un humano de entrada edad bajando en su alfombra voladora. Se trataba sin duda de una magia interesante. Presumiblemente Animación. Observé con atención los bordes del rectángulo de tela: decenas de runas lo adornaban. No conocía a muchos que pudieran hacer eso. Después de depositarse como una pluma en el suelo, el hombre, de cara ajada y ojos azules, miró con una calma artificial la situación, sus brazos estaban rígidos, sus manos abrazadas a lo que asumí debían ser sus armas. Se revisó uno de las decenas de bolsillos y cartuchos que cargaba entre sus ropas y lanzó una esfera del tamaño de un huevo de cocatriz al suelo. Luego de esto, enrolló con la punta de su bota su alfombra y le pidió que se quedase a un costado junto a un árbol caído que alzaba al cielo sus raíces. Sí, definitivamente practicaba la Animación. Con su serenidad calculada miró el boquete mientras se apoyaba con un bastón negro que parecía tener escamas plateadas en espiral.



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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 28, 2018 3:31 am

Vaya, creo que le hemos dado al premio gordo esta vez. —Su voz resuelta y confiada llamaron mi atención más aún que el hecho de que estuviera hablando solo.
¿O había alguien más allí además de nosotros dos?
Para serte honesto, no suelo establecer relaciones de trabajo de manera tan rápida, pero dadas las circunstancias, y teniendo en cuenta tu habilidad para volar, volverte invisible; y el hecho auspicioso de que no me hayas matado todavía, me veo en la obligación —luego de encogerse de hombros, barrió la mirada por el lugar—. Como veo el asunto, podemos hacer dos cosas: matarnos el uno al otro aquí y ahora. El que sobreviva tendrá derecho a bajar a descubrir las maravillas de este sitio, pero se las tendrá que ver con los mercenarios, que ten por seguro, deben estar por llegar. O bien, unir fuerzas, aprovechar el haber llegado antes y tender una buena trampa a quienes lleguen después de nosotros, que luego de regresar de allí abajo, de seguro traerán algo bueno entre manos.
¿Y la tercera opción? —Usando mi habilidad ilusoria hice que mi voz sonara cinco metros más a la derecha de donde me encontraba. El hombre se volteó hacia allí y preguntó:
¿Cuál sería esa opción?
Matarte a ti, y luego a los mercenarios. —La voz ahora sonó justo tras de él.
Dando un respingo que casi lo hizo caer por el boquete, el humano se giró sobre sí enarbolando su bastón, y al no encontrar nada, gritó algo inteligible que hizo estallar la esfera que había lanzado al suelo momentos antes.

El sonido me descolocó por unos segundos, la explosión fue más bien pequeña, pero la cortina de humo que la sucedió creció formando un domo informe alrededor para luego elevarse y difuminarse por el viento como una medusa fantasmal. Me había hallado ante tal espectáculo hace algunos veranos atrás, en la isla de Taimoshi Ki Nao. Una bomba de humo. El artefacto cumplió su función, pues al disiparse la cortina negra, el humano ya no estaba allí.

Me quedé algunos minutos escondido tras los árboles, esperando. La alfombra ya no estaba, pero dudaba que el tipo hubiera huido. Allí, en silencio, una parte de mi mente analizó el bosque que me rodeaba: el color oscuro de la tierra removida y abierta, el olor de la savia de los árboles partidos, las ramas y las hojas, apuntando en todas direcciones. El gorjeo de las aves sobre mi cabeza me sacó del trance. Oí también, aunque mucho más lejano, el sonido de gritos, chasquidos de látigos y sonidos animales. Los mercenarios. Se habían movido más rápido de lo deseable. Estaba seguro de que el Theezeroth no tenía rutas ni senderos que seguir, aquello era preocupante.

El humano se había esfumado, al parecer lo había subestimado. Lo clasifiqué en un sitio entre la neutralidad y el peligro. Preparé un hechizo en caso de que él también jugara al ilusionismo.
Avancé, aun invisible, hasta el orificio en la tierra. Era un espacio enorme el que se abría a mis pies. Pisé el borde, una piedra cayó, tardó unos dos o tres segundos en sonar el golpe. Había más de cien metros de profundidad. Me sentí inquieto. El edificio, abombado y alto estaba tallado en la roca de la cueva, con sus contornos cubiertos de musgo, lianas, helechos y enredaderas que le daban un aspecto orgánico y a la vez nebuloso. Algo primitivo muy dentro de mí sintió deseos de echar a correr, ese lugar parecía respirar. Estaba vivo. Pero la curiosidad me ganó. ¿Qué era? ¿Por qué estaba allí? De sus tres cúpulas, la de en medio y más alta tenía la clara la mancha de destrucción que le había hecho el meteorito al caer. Una brecha de un metro de diámetro justo en la coronilla del templo, como una herida en la cabeza del titán.



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