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Escucha el Llamado de los Caídos.

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Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Miér Ene 17, 2018 4:16 am

I - La Rueda del Tiempo



El sol entra a chorros por entre el denso follaje de los pinos, cayendo como gruesas lanzas sobre la vieja casa al final del camino. Estoy de pie junto a mi padre, frente a mí se encuentra quien será mi primer maestro. Los dos acaban de cerrar un trato que definirá mi futuro.

Seguramente es primavera, porque me encuentro absorto en el canto de las aves, algo desconocido hasta ese momento para un joven demonio de ciudad. Mi padre posa su mano sobre mi hombro, acaba de decir algo, pero no le he puesto atención.
Strindgaard. ¿Entiendes lo que significa? —Alzo la vista y lo miro a los ojos, luego a Nebpehtyra y de nuevo a mi padre. Su rostro siempre inexpresivo hace difícil deducir su estado de ánimo, pero yo lo conozco bien, lo suyo no está en la expresión de la cara, sino en el lenguaje del cuerpo. Bajo la cabeza y trato de ensamblar una disculpa.
Perdón, no estaba prestando atención. —Digo con voz pesaroza. La fresca brisa del bosque nos envuelve por un momento, trayendo el fuerte olor de la resina de los pinos consigo.
Me quita la mano del hombro y alza la vista hacia las copas de los árboles para ver las aves, o quizá sea el cielo lo que busca con la mirada.
¿Te gusta este lugar? —Pregunta, mirándome desde arriba. Me relajo al sentir la amabilidad en el tono de su voz. Asiento con la cabeza—. Será un buen cambio. Pronto dejarás de extrañar a Narendra y sus calles abarrotadas de gente y bullicio —quien será mi maestro por los próximos años hace una mueca de asco al oír sobre Narendra y sus ciudadanos—. Nebpehtyra te iniciará en el camino de nuestro Señor del Caos.
Les daré un minuto para que despidan —la voz de Nebpehtyra es como el crujir del cuero seco—.  Strindgaard, te esperaré en la biblioteca, tercer piso. —El demonio se adentra lentamente en su hogar, junto con él parece también irse un aura de oscuridad.
Gracias Nebpehtyra —alcanza a decir mi padre. Luego, un silencio nos remece por unos minutos.

No sé qué decirle a mi padre. Él sigue observando algún punto lejano del bosque, aquel sitio había sido también suyo. En su juventud había también estudiado la necromancia con Nebpehtyra. Ahora era mi turno, era momento de seguir sus pasos.
Miro la casa y noto una leve sensación de desazón. Pronto tendré que cruzar también por esa puerta. Observo a mi padre, él parece sentir lo mismo. O eso quiero creer.
Padre, no te veré —dije en un osado desvelo de emociones, algo que muy pocas veces mi padre había permitido, algo que poco a poco he ido creando alrededor de mis vivencias con los humanos, y que según él es necesario que extirpe. Pero en ese momento no puedo hacer mucho en contra de las lágrimas que como pesadas gotas de metal se agolpan en mis ojos. Sabía que lo iba a extrañar, a él y a mi antigua vida. Y aunque trataba de no pensar en ello, me embargó una pena sorda, que había ocultado hasta el momento por miedo de lo que mi nuevo maestro llegara a pensar de mí—. No te veré... por cinco años.
Vaya, Strind —dice mi padre casi de una manera dulce, alzo la vista, está mirándome a los ojos, analizando mis lágrimas.
Bajo la vista al suelo, avergonzado, tratando de controlar mis emociones. Él se arrodilla, nuestros rostros quedan a la misma altura. Me levanta la barbilla y sonríe. Aquella sonrisa es tan extraña en su rostro que me descoloca.
Hijo. Esfuérzate. Aprende todo lo que puedas —Extrae su reloj del bolsillo, aquel que tantas veces había armado y desarmado—. La rueda del tiempo nunca deja de girar, eres un niño y pronto te convertirás en un hombre, entonces nos volveremos a ver.


Yo tenía trece años aquella tarde, mi padre tantos centenares que, para él, el tiempo era una medida que ya no se constituía en años o décadas, sino en superficies tan amplias que para el niño de aquel bosque resultaba imposible definirlas. Para él, el tiempo que nos mantendríamos alejados sería un abrir y cerrar de ojos, para mí sería una eternidad.
De lo que ocupaba su mente aquella tarde de primavera no sé nada, ni tampoco sé si fue genuino aquel extraño destello de humanidad que surgió de él en el momento que me sonrió y me regaló su reloj, para luego retirarse por aquel sendero de grava en el bosque, con el sol cayendo como lanzas doradas sobre su espalda.





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Re: Escucha el Llamado de los Caídos.

Mensaje por Strindgaard el Miér Ene 24, 2018 3:22 am

Me repatingué en la silla mientras mis recuerdos fluían uno tras otro gracias al vino. Por la ventana del segundo piso, a mi derecha, se podía divisar la calle principal de Auberdine y su gente disparada como flechas, avanzando de un extremo a otro por la zona comercial, inundando la acera como una marea de insectos multicolores. Sobre la mesa reposaba una botella y un vaso de piedra, en ambas había una pequeña fortuna en alcohol. El vino siempre me ponía lacrimógeno, pero era la primera vez que la melancolía apuntaba hacia mi padre. Quizá fuera porque en unos días se cumplirían ocho años desde que lo vi por última vez.

Luego de huir de Nanda había comenzado mi propia búsqueda del aprendizaje, uno diferente del que me había privado Nebpehtyra. Nunca aprendí sobre necromancía como había deseado mi padre, pero viajé por muchos sitios de Noreth y aunque no hallé el conocimiento que buscaba, conseguí mucho más. Amigos y enemigos, recompensas y deudas, contratos y venganzas. Cadenas que me ataban, promesas. Pero al fin me había librado de todo ello. A un lado de la botella, cada uno en su respectivo recipiente, reposaban los nueve ingredientes que me había comprometido a reunir para la aracne perdida en Storgronne.
¿Cuánto me había tomado cumplir mi promesa? Casi dos años. Miré mi reloj, sólo porque necesitaba observar el tiempo correr. La rueda del tiempo avanzaba inexorable, y las promesas al fin se cumplían. El peso en mi pecho, la voz de aquella mujer sonando en mi cabeza, recordé la sensación que me produjo aquella noche en Akhdar. Al fin me desharía de aquella maldición.

En eso pensaba tumbado en la silla de aquella taberna en Auberdine, mientras seguía con la mirada el andar de las personas por la ventana. El Anillo Umbroso, el artefacto que me permitía teletransportar, o gaardear como prefiero llamarlo, descansaba en el dedo anular de mi mano derecha. Me encontraba en un estado de ligera borrachera, mi mente estaba suspendida entre la vigilia y los recuerdos. Ya no estaba observando la gente a través del vidrio, sino mi reflejo en él.

Aquel rostro humano que me observaba era en lo que me había convertido. Es difícil pensar en mí como demonio, lo llevo ocultando mucho tiempo. Tanto que al ver mi reflejo demoniaco quedé impresionado. Allí estaba, aparte de mis ojos, que brillaban gracias a la esencia que fluía dentro de mí, todo el lado izquierdo de mi rostro se encontraba envuelto en sombras. Las comisuras de mi boca se tendían hacia abajo, formando una mueca de seriedad que se acentuaban gracias a los ojos, que me miraban fijamente. Pequeñas grietas se distinguían por todos lados, como una máscara de porcelana descuidada. Al ver todos esos detalles en suma era imposible no pensar en ese rostro como sombrío.
¿Qué es lo que se ha asentado en ese rostro?

Metí el reloj de mi padre en el bolsillo de mi capa, bebí de un sorbo lo que quedaba en el vaso y acerqué la mano a la botella para volver a llenarlo, deseaba hallar ese estado de embriaguez en el que tantas veces me había refugiado. Serví el vino, di un respingo, la botella y los ingredientes comenzaron a vibrar como si un perro se rascara la oreja justo debajo de la mesa. En menos de un segundo el temblor cobró fuerza suficiente para hacer crujir todo el edificio. Oí gritos desde la calle, el vaso se volteó y en lo único que pensaba era en la seguridad de los frascos que tanto me había costado reunir.
Abrazado a los ingredientes vi con asombro una luz cruzar el cielo de la ciudad de este a oeste, tan brillante, que opacó al sol por los breves segundos que duró.
Desde el segundo piso de la taberna observé con total claridad cómo aquella estrella fugaz cruzaba el cielo de Auberdine para luego caer unos cuantos kilómetros más al oeste, en pleno Theezeroth.





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