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Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Jue Feb 01, 2018 11:30 pm

Capitulo 1: Reina sin soldados.
La nieve en Zhalmia suele caer con furia y rencor, como si algún espíritu o dios vengativo castigase la tierra con ese manto helado, y su mayor fuerza se exhibe en el invierno. Desde mi ventana podía observar como las corrientes de aire chocaban entre si, con su blanca mercancía, formando torbellinos y caóticas formas en el exterior. Mi mirada se perdía en ese hilo de caos y oportunidad, mientras mis dedos amasaban suavemente la taza de té que Amelia había preparado y mi mente se debatía entre observar el panorama y escuchar a Thomas.

-El invierno esta terminando y pronto empezará el ciclo de fiestas…-decía en un tono frío y mecánico, el de alguien que había abierto y resumido una cantidad de correspondencia brutal para soltar solo tres palabras en lugar de 20 por cada letra recibida.- La señorita Almonester nos ha invitado a su cena privada dentro de mes y medio en San Rhael, el señor Emberg Rox nos ha convocado para un baile entre las cabezas de Rodelfia, el señor…

Era el último mes del invierno y, como era habitual, el frío y la nieve no paraban de luchar por seguir existiendo unos días más. Pero, nada más acabasen, iniciaría el conocido como “Ciclo de fiestas”. La tradición zhalmiana incitaba a acabar el único periodo de paz entre la nobleza con un estallido de intrigas, misterios y asesinatos que tendía a limpiar el panorama de los jugadores menos relevantes o capaces que hubiesen aparecido en otoño y en verano.  Eso se traducía en un mes en el que los nobles se invitaban los unos a los otros para probarse y demostrar sus alianzas en “terreno amistoso” para el anfitrión, lo cual causaba que a inicios de mes todos los nobles acabasen con más de media docena de cartas supurando cortés y dulce veneno.

-El señor Martin Osghel nos ofrece una semana de encantos y disfrutes en su mansión de Rosillea…-A eso no puedo evitar una ceja, a lo que Thomas me devuelve la mirada vacía y sin vida de un secretario curtido en mil batallas.

-¿Una semana? -pregunto, elevando la mano de entre las mantas y abandonando mi te en el escritorio- Eso es extraño…-Pronto, Thomas desliza sus dedos entre el montón de papeles que conformaban las invitaciones y posa la correspondiente en mi palma al descubierto.

Martin Osghel no era un jugador habilidoso en los juegos cortesanos, pero si fuerte. La familia Osghel era una de las principales familias militaristas de la zona oeste, de las pocas que habían resistido el encanto del este, y por tanto controlaba la seguridad de gran parte de la región. Una existencia necesaria en este entorno caótico, un perro al que lanzarle galletas de vez en cuando para que se quedase callado e hiciese bien su trabajo. Un idiota necesario, como dirían muchos.

Por eso, una invitación de una semana era extraña. Incluso lo más veteranos en la corte preferían evitar extender demasiado tiempo el periodo de los encuentros, optando en su lugar por encuentros esporádicos, pero muy intensos. Un ejemplo de ello era la señora Rosselia Almonester, mi patrona. Rosselia había creado una silla, que en caso de que el peso que se sentase sobre el fuese superior a cierta cantidad se cerraba como una trampa para osos, y nos había hecho sentarnos a cenar, con suculentos premios al finalizar la velada para los que sobreviviesen. Una cena con extremo peligro…pero que dura una hora como mucho. Extender unos encuentros, predeterminados a ser intensos, durante una semana solo se podía hacer con un plan, sin embargo… no podía imaginarme a Martin como alguien con uno.

La carta olía a perfume, lo suficiente como para haber asfixiado a varios carteros, y en su interior una caligrafía extensa y elegante se formaba de manera invasiva, olvidando cualquier concepto de línea o separación. Me lleve los dedos al ceño, rozándolo suavemente ante el horror gramatical.

“Mi estimadísima señora Cassandra Von Schuyler di Stephano, segunda princesa del reino de Zhalmia y petit duchesse de Rodelfia:

Le escribo esta carta bajo el conocimiento doloroso de que en este año solo nos hemos podido encontrar un par de veces. Por ello, para aliviar mi espíritu y poder observar su real estampa, me gustaría invitarla a pasar una semana en mi mansión de Rosillea, el Roble Blanco, para escapar del horrible y cargado ambiente que este mes de celebraciones lleva consigo. (…) Sera una semana de puro teatro, discursos y discusiones de todo tipo en la que espero que participe. Aun recuerdo, con fascinación y extremo congojo, los debates en los que usted discutió la naturaleza del hombre, de las artes mágica y del espíritu con los grandes académicos y hombres de nuestra esplendorosa nación en Villa Marlo (…). Su magnífico léxico y argumentos me hicieron un nuevo hombre ese día y por ello desearía que se uniese en nuestras pequeñas reuniones de nuevo (…)

Su mayor admirador y más ferviente siervo,
Martin Osghel”

Dios…Si en algún hospital de dementes alguien metiese miel, azúcar y excrementos en una carta y luego la enviase, este sería el resultado.

-Este caballero parece prendado de usted…-replico Thomas, mirando con la ceja levantada el contenido de la carta, recordando el significado de cada letra y el tiempo que habái tardado en descifrarla.

-Si te refieres a mis pechos, si…esta muy prendado…-respondo, con una media sonrisa, dejando que el papel cayese en una lenta parsimonia sobre el escritorio. Casi podía escuchar el cuerpo de Thomas alzarse en posición de ataque, tensado ante la revelación. – En Villa Marlo me estuvo espiando mientras me bañaba y quizás intente repetirlo de nuevo en su terreno…

Ante ese exabrupto, las mejillas de mi secretario/amigo de la infancia/sirviente enrojecieron como las llamas de una hoguera con mucha leña. – Por lo que tengo entendido, el señor Osghel contrajo nupcias el año pasado…no creo que un caballero zhalmiano se reduzca a tales actos de obscenidad…

- Por eso para los viajes me llevo a tu hermana y no a ti…-replicó, exhibiendo mi sonrisa, notándolo mirarme con recelo ante mi afirmación- Ella entiende mejor la naturaleza “obscena” de los hombres que tú…-Añado, mirándolo sonrojarse un poco más. Dios, era divertido fastidiar a Thomas.  El pobre estaba temblando en los zapatos, con el rostro torciéndose de ira. Vaya si habíamos cogido costumbres el uno del otro…

-¡Entonces esta invitación ha de ser claramente denegada! -dijo, cogiendo la carta y dirigiéndose directamente a la hoguera. Al momento, me levanto, agarrándole el brazo antes de que pudiese acercarse a la hoguera.- ¡Quieto ahí!¡Aunque a ninguno de los dos nos guste, Martin es alguien importante…!

Tras una lucha feroz, en el que Thomas tiraba de mi en dirección a la chimenea y yo le tiraba de él, amarrándome con las piernas a mi escritorio, conseguí arrebatarle la carta. Ambos jadeábamos al final de la contienda y yo me volví a sentar, con la invitación arrugada en mis manos.

-Es una gran oportunidad de llevarnos al bolsillo a una de las familias militares más importantes de la región…-replico, mientras extiendo de nuevo la manta sobre mis hombros y mi pijama, encerrando los extremos sobre mi pecho en una X.- Además, las posibilidades de este evento son extensas…para empezar no tengo constancia de ningún evento de tal duración en el ciclo de fiestas y Rosillea esta lo suficientemente cerca de San Rhael como para escuchar las noticias que acontezcan en las fiestas de la capital…

Tras eso, miro de nuevo la invitación, escondiéndola un poco de los ojos en llamas de Thomas. A veces me preocupa que le haya pegado algo de mi carácter al pobre…Thomas siempre ha sido considerado, dulce, silencioso y calmado, pero últimamente tenia los sentimientos sobre la piel…como yo.

El resto de la velada paso tranquilamente, sin ningún sonido más allá que el de las llamas de la chimenea y el de la voz de Thomas, repitiendo los diversos acontecimientos sociales que iban a ocurrir en Zhalmia y a los que tenia que asistir.

-Inicio del ciclo de fiestas. Dia 1-


El viaje a Rosillea había sido…largo en cierta manera. Rodelfia estaba conectada directamente a la capital, por lo que el viaje hacia allí resultaba más fácil que desde cualquier otro punto del pais, sin embargo, cuando cambiamos a Rosillea nos encontramos que el camino de los muertos tenía todas sus embarcaciones y carromatos ocupados. Por fortuna pudimos localizar una fragata de pequeño tamaño que nos trasladaría rápidamente a la “Costa arcoíris”.

La embarcación era de un blanco puro, probablemente de alguno árbol de los bosques de Zhalmia, y se encontraba anclada en la tierra, sobre un agujero. El conductor era un quinto hijo de una familia noble menor, pero había conseguido un empleo digno entre aquellos dedicados al trafico de personas por el submundo de los caminos gracias a sus artes. Tras subirnos, el conductor cerró los ojos y alzo las manos frente a él. La nave se elevó al mismo tiempo, no por magia telequinética o cualquier tipo de magia energética, no…fue elevado por decenas de brazos anexos a la parte inferior del barco. 10 Brazos de aspecto musculados conformaban las bases de la embarcación y decenas de extremidades mas pequeñas se repartían por el resto de la superficie, dando estabilidad y apoyo a la nave. Pronto, empezaron a moverse…y nosotros con ellos. Gracias a esto, llegamos a la ciudad extremadamente rápido, en menos de un día.

Rosillea siempre me había parecido una ciudad de belleza singular. Los edificios eran de un diferentes colores y dimensiones, conformando una red de estrechos caminos y carreteras, cubiertos por puentes y similares que, a su vez, se alzaban sobre cristaleras de colores brillantes. Las cristaleras daban a los cultivos de la ciudad, iluminando el interior cuando hacia sol, pero produciendo su propia luz en la noche, pues las antorchas que evitaban la entrada de monstruos iluminaban el interior de las cavernas y, por ende, causaban que torrentes de luz multicolor se dispersaran por la ciudad. Caminar por sus calles de noche siempre me había resultado todo un espectáculo…Casi como si bailase sobre las auroras que ascienden en el cielo en la primavera. Pero, desgraciadamente, no tenia tiempo para disfrutar ni relajarme en las espléndidas vistas de la ciudad…

La mansión del Roble Blanco estaba en el borde oriental de la ciudad, alejada del congestionado núcleo urbano y rodeado por enormes cristaleras azules, que hacia que tuvieras la sensación de estar en medio del mar. Solo se podía acceder por un puente de piedra, que se elevaba entre las vidrieras, siendo el resto de su estructura completamente de granito, exceptuando un jardín de varios cientos de metros en el que un Roble Blanco petrificado se alzaba tras varios siglos, mucho antes de que la mansión estuviera allí. Cuando llegamos, mire con un sentimiento de desconfianza y diversión en el pecho las puertas de hierro que cerraban el puente.

¿Qué sorpresa me depararía la fiesta?
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Casandra Von Schuyler

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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Vie Mar 16, 2018 11:16 pm

La estadía en la ciudad de los cerezos fue más placentera de lo que estaba esperando realmente, sin tomar en cuenta el pequeño… incidente del callejón. El emperador en persona me había apartado una habitación en el palacio de porcelana, y entendí el porqué del nombre. No sería de porcelana, eso seguro, pero sus paredes blancas y perfectamente pulidas daban esa impresión. Estaba, como de costumbre, rodeado de árboles de cerezo cuyas hojas ya habían empezado a marchitar. Sus intenciones eran claras, y las sospechas de Mathilda eran increíblemente acertadas. Hanatsu, como Emperador del Palacio de Porcelana y regente del Imperio del Este, quería limpiar el nombre que por tanto tiempo habían manchado en la isla, y, según me comentó, la presentación del equinoccio fue un rotundo éxito.

El resto de sus planes permanecería en secreto, y conociendo el carácter en general de los habitantes de la Isla, sería mejor que quedara así. Thaimoshi no era conocido por ser una isla conflictiva ni mucho menos, pero se sabía que cuando decidían tomar armas, eran implacables, y yo no quería ni necesitaba presenciar eso. Como artista, mis privilegios eran resumidos a la estadía en el palacio, y poco más. Tan pronto como mi audiencia con el emperador culminó, me dejé caer en cama. La habitación no difería del resto del palacio; sus paredes eran de un pulcro color blanco y estaban pintadas con motivos de cerezos y árboles, y había cortinas rosadas alrededor del almadraque, que tenía flores rosadas encima.  Nathaniel dormiría en una habitación aledaña, suficientemente cerca para sentirme seguro.

Y ya en el silencio y la soledad de la noche, me rompí.

Los recuerdos azotaban mi mente como mar tempestuoso. El rostro de Tentrei cortado, la criatura pálida, la sangre. Me recogí nuevamente en la cama y me sostuve de las rodillas. Las lágrimas escurrían por mis mejillas (que ya estaban limpias de maquillaje) como si fueran riachuelos. El sentimiento que había comenzado a olvidar semanas atrás sobrevino a mí como una lanza a través de mi alma. No la soledad, no, Nathaniel, mi fiel compañero estaba conmigo. Pero me sentía… incompleto. Era como la pieza de un rompecabezas que nunca terminaría de armarse. Era la mitad de un todo, y el todo ya no existía. Era el vacío. El dolor. Y entre llantos y súplicas a Müsenïe, caí dormido.

Fueron tres semanas de estadía en el Castillo de Té, cuya reputación no me explicaba, puesto que no presencié en ningún momento nada (además de las decoraciones) que le brindaran ese nombre. Me tomé el tiempo de hacer un par de presentaciones más sin costo adicional. Una en el palacio, dos más en la ciudadela, aquellas dos últimas vistiendo motivos que me representaban como enviado del Palacio de Porcelana (ropas blancas, a medida, ceñidas al cuerpo. Mangas largas y hojas de té pintadas desde la cintura hasta el hombro, cruzando el pecho).

Cuando no estaba presentando, me paseaba por los mercados de la ciudadela. Me tomé la libertad de probar (y casi embriagarme) con el vino de cereza, cuya reputación le hacía justicia, puesto que su sabor era digno de reyes. Compré también algunas baratijas y recuerdos; un artista hizo un kokeshi con mi rostro, el cual pasó directo a mi colección personal de cosas que dejaría llevando polvo pero que me gustaban mucho para botar. Una vasija de porcelana y, como no podía ser de otra forma, un abanico.

Al volver a mi habitación, la mirada preocupada de Nathaniel y el papel en sus manos me tomó por sorpresa. Dejé la bolsa con mis compras a un lado, y me acerqué a él. El sello estaba intacto, pero Nathaniel sólo necesitaba ver el símbolo para montar un numerito.

¿Qué sucede, Nath?

Me extendió la carta. Detallé el sello, dos lanzas eran el símbolo sobre un escudo morado. Era de esperar que no supiera de dónde viene.

Es de Zhalmia. Familia Osghel. Es… tiene algo que ver con la milicia. —se apretó el puente de la nariz intentando recordar.

No vacilé mucho en abrir la carta. Sus primeras líneas se clavaron en mi pecho como una estaca. Respiré profundo y lo dejé ir. Leí el resto en voz alta.

A la compañía Iskusstvo y a sus estimados dueños, Tanets y Tantrei Iskusstvo:


Mi nombre es Martin Osghel y mis títulos son de General Defensor de las Tres Rocas, Gallardo Duque de Rossilea y campeón oriental de la gloriosa capital de Zhalmia, San Rhael. Bajo estos títulos demando y apreciaría su presencia en una fiesta de duración de 7 días en mi mansión de Rosillea, denominada por los locales como la Roble Blanco, en propósito de amenizar mi velada durante estos días, en cuanto sea necesario.


Si desean aceptar este ofrecimiento, serían recompensados con 150 piezas de oro por la actuación, más 500 piezas debido al traslado necesario para este.


Se requiere la máxima de modales y actitud, pues, en referencia a mis honorables huéspedes, si se da el caso de que algún gesto de malicia, estupidez o actitud baja molestase a los mismos, me temería que el pago y sus actuaciones serían anulados.


Firmado,
Martin Osghel

Dime que empacamos mi traje.

No estarás pensando en… Ir, ¿Cierto?

¿Por qué no?

Tannie… —en su voz había preocupación, y el uso de mi diminutivo era casi una súplica.— es Zhalmia. Es la capital de los horrores.

Y es un General el que está enviando la carta. No es el emperador del Palacio de Porcelana, pero sin duda está más cerca de casa y, por el amor a Müsenïe, en tierra.

Es… es una mala idea.

Vamos, Nath, además serán solo un par de días de viaje desde aquí.

No tienes equipo, y jamás hemos viajado tan al norte.

Alcé los brazos como señalando todo a mi alrededor.

¡Estamos en Thaimoshi Ki Nao! ¡Sobran Artistas, utileros y tramoyistas! ¡Y mira los números! ¡Son… 650 piezotas de oro, Nath!

Gastarás casi todo en transporte y utileros, Tanets.

¿¡Y si conozco a la reina de Zhalmia!? ¡Zhalmia es mucho más poderosa que Thaimoshi! —¿ Lo es? Oh Müsenïe, no tengo idea de qué rayos estoy hablando.

Tenía algo por seguro. Zhalmia era un reino creciente y extraño, y era el lugar perfecto para comenzar en la extraña escalera de la política.

Lo sé, Tanets, lo sé. —¡Anda! ¡Acerté!— Pero también es un sitio peligroso.

Creo que sabemos cuidarnos bastante bien. —hice un ademán con la mano y una pequeña flama azul salió de mis dedos.— Bastará con portarnos como gente decente y saldremos lisos, ya verás.

Oh, por todos los dioses. Por Eilian, si consigues que te maten, haré que te revivan para rematarte en persona.

¿Eso se puede?

En su mirada había arrepentimiento. Definitivamente quiso no haber dicho aquello último.

¡Vamos, vamos! —salté por toda la habitación recogiendo mis pertenencias— Escribe una respuesta a Sir Osghel. ¿Es ese el título apropiado, “Sir? ¡Dile que vamos en camino!

Nathaniel se dio una palmada en la frente mientras solicitaba a los sirvientes del castillo papel y tinta, y sacaba el sello Iskusstvo de su propio traje


“A Martin Osghel, General Defensor de las Tres Rocas, Duque de Rossilea y campeón oriental de San Rhael.


El mayor de los respetos sea a usted de parte de la Familia Iskusstvo. Es un pesar para nosotros informarle que el dúo Iskusstvo no podrá presentarse como es la tradición.


Sin embargo, yo, Tanets Iskusstvo, representante de la Familia Iskusstvo, halagado por su consideración a mi nombre, mediante la presente acepto la invitación y confirmo mi presencia y mi actuación, y en nombre de Müsenïe y la Familia Iskusstvo, doy palabra de que nuestro comportamiento estará a la altura de tal evento.


Por las lunas y la danza, Tanets Iskusstvo.”

Después de colocar mi firma en tinta turquesa, como ya era costumbre, y ordené a Nathaniel sellar la carta y enviarla directamente a Zhalmia.

Una última audiencia con el emperador me aseguró al mejor utilero del imperio, que tomaría prestado por un par de semanas, lo suficiente para cubrir mi estadía en la “capital de los horrores”, como le decía Nath.




El viaje no fue largo ni accidentado. Nos encargamos de adquirir un ropaje adecuado para Suna y para nosotros mismos, dado que las temperaturas en el norte solían descender bastante. En aquellas noches demasiado frías, hacía uso de la magia del fuego para mantenernos un poco más a gusto, mientras explicaba a Hikaru —Su nuevo utilista— los detalles de sus presentaciones. El muchacho era de pocas palabras, asentía de vez en cuando y se dio por entendido con un par de preguntas. La primavera estaba azotando en Zhalmia, pero el tormentoso frío se negaba a desaparecer. Me había negado a utilizar mi saco, casi carente de elegancia, para utilizar un sherwani de seda dorada brocada en verde y azul que hacía un espléndido juego con mi ala. Con el traje, el maquillaje y los accesorios apropiados, me presenté en Rosillea, y de allí a la Roble Blanco, con la esperanza de que mi bienvenida fuera tan placentera como en la ciudad de los cerezos, y rezando a Müsenïe por no terminar, como dijo Nath, Matado, resucitado y rematado.


Concédeme esta pieza, déjate abrasar por mis llamas.
Piérdete en mi mirada, y nada bajo mi ala.
« Un, deux, trois »
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Miér Mayo 16, 2018 5:10 pm

Capítulo 2: Tout près de le debut

Las estancias que nos habían ofrecido no estaban mal. La estancia era grande, bañada en polvo dorado y con las paredes recubiertas en seda, mientras que el suelo era de una madera de tonos oscuros, todo bañado en la luz multicolor que entraba por la vidriela. El mobiliario era poco, pero su tamaño robustez y diseño hacia que llenasen la sala. Una cama doble, guardada por dos robustas mesitas de noche, se enfrentaban a un sillón de gran tamaño, que a su vez se encaraba con una chimenea. Frente a la ventana se encontraba un enorme escritorio y silla.

Conectado a mi cuarto, había otro, guardado para mis sirvientes. Dos camas a los laterales del cuarto, con dos palos para velas. Además, una tina de cerámica se encontraba pegada a la pared que daba a mi cuarto, junto con varios armarios, para guardar mi ropa y las pocas pertenencias de mis sirvientes.

-Me sigue pareciendo extremadamente descortés que el señor Osghel no se haya dignado a recibirnos…-replicaba Matilda, mientras colocaba nuestras prendas en los armarios y yo continuaba bailando entre los párrafos de mi cartas, observando los nuevos pasos de los recién llegados a la corte a través de diferentes nobles. Uno se sorprendería con lo que puedes descubrir de la charla insípida de una noble, era casi un código secreto en si mismo.

-Es interesante que no lo haga…Elocuente, casi…-replico, mientras mancho la  pluma, creando una nueva carta sobre mi llegada a la mansión de la familia Osghel. La carta en si misma era una simple formalidad, una manera de indicar mi paradero y extender poca información a mis contactos menos de fiar.- Significa que tiene algo que preparar o algo que esconder y ambas cosas son dignas de esperar…-Susurro escribiendo tres líneas en tres cartas, completamente diferentes en forma, pero cuyo contenido era el mismo.

La figura de Matilda se coló por la ranura de la puerta, con un par de vestidos en sus brazos- También son cosas con las que tener cuidado…-replica, de manera familiar y sin ningún tono de servidumbre. Simplemente sonrió, divertida por las acciones de la otra y asiento- Cierto, suerte que cuento con una guardaespaldas de primera…-contraataco, terminando ambas cartas y elevándome de mi asiento.

-Suerte y que ofrece un buen sueldo…-añadió la otra, con una media sonrisa y un brillo divertido en los ojos.  Finalmente, salió del cuarto, con un vestido y varias joyas en sus manos. El vestido era un mar blanco, en el que la espuma tomaba forma en hermosos flecos blancos, terminando en límites e hilos dorados, como si la playa se pudiera divisar a momentos en el propio vestido.

Spoiler:

Mi armadura estaba lista. Era hora de presentar batalla.

La recepción no era algo impresionante, a los estándares de la sociedad zhalmiana, pero la estancia era digna de algo de admiración. La sala de fiestas de la mansión tenía una forma rectangular, con un techo ovalado, que encerraba en su interior escenas encerradas en diseños de mármol. Las paredes extendían el diseño del techo, desligando la idea de arriba y abajo, con solo el suelo de mármol para marcar el límite, en un clásico blanco y negro.

Spoiler:

El aroma de la comida y los braseros, junto con la de las mechas mágicas que desprendían aromas para los invitados, engañando sus olfatos para que aspiraran lo que más desearan. Trucos de salón, efectivos, y que agradaban. Al parecer, nuestro querido duque de Rossilea estaba lanzando la casa por la ventana…Pocas personas se encontraban en la estancia, pero todos giraron la cabeza al verme llegar. Algunos esbozaron sonrisas falsas, preparados para atacar, otros simplementes miraron a otro lado, prefiriendo reservar sus esfuerzos para otro momento.

Ah…Nada más pise el último escalón, la vizcondesa de Ael Vega me asaltó con una discusión insulsa sobre la cría de lagartos y sus finas consecuencias en la creación de bolsos. La señora era una viuda, cuyos hijos habían fallecido en su juventud, excepto uno, quien estaba ocupado en la universidad de Rodelfia. Una figura tan al este y que decida una universidad del oeste y, por ende, los contactos de Rodelfia era una pieza que ser apreciada. Mi sonrisa se mantuvo durante la conversación, haciendo preguntas curiosas en ciertas partes de la conversación.

El siguiente fue Don Rodrick Sauchswe, profesor de ciencias alquímicas en la Universidad de San Rhael. Un químico fabuloso, padre de los productos que se quemaban en los braseros, una imitación sintética de una sustancia generada por las plantas del bosque de Zhalmia. Su equipo y su brazo fueron el sacrificio necesario por un producto cuyos royalties lo mantendrían de por vida. Aquí he de reconocer que la conversación fue…interesante. Pronto, la discusión sobre adhesivos naturales y artificiales se deslizo a un uso práctico de los mismos en la construcción…Oh, tantas ideas…

Sin embargo, en medio de la conversación, me vi cortada por el golpeteo del chambelán, quien anunció con voz potente la presencia de nuestro estimado duque. Me gire, observando al hombre con el mismo ojo crítico y sonrisa falsa que el resto de invitados. Era el típico noble cuyo cuerpo, musculado en el pasado, había cedido a los embistes del tiempo, descendiendo lo que antes estaba elevado. Lo que habrían sido rasgos regios dejaron paso, a su vez, a un exceso de suavidad y redondez, similares a como la madera se expandía. Sus ropas eran brillantes y eran consideradas elegantes, un traje completo en azul marino, brillando en decoraciones doradas y elegantes, que golpeaban los ojos ajenos, como si mirases directamente al sol. Sin embargo, en el caballero, parecía más como si le hubieran puesto unas piernas rechonchas a un espejo de cuerpo entero.

A su lado, con gesto serio, que denotaban una clara incomodidad en la presión de la mandíbula y la ascensión de sus mejillas, estaba su esposa. Lady Cristamelle Lovecrox, una baronesa de poca influencia, pero con un legado importante en sus hombros. La mujer era más alta que su marido, exhibiendo la delgadez de los nobles que preferían cortar cenas que cortar trajes y con un pelo negro como un cuervo, atado de manera dura y cortante. Sus ojos eran de un color castaño claro, brillando rojizo con la luz que entraba por las ventanas. Su traje era más simple que el de su marido, de un escarlata apagado, con pequeños rubíes y cristales enzarzados en la tela, propios de lo que se esperaba de una señorita, pero sin excederse. Se notaba quien tenía la cabeza en el matrimonio de un solo vistazos.

Sin dilación di un paso hacia adelante, preparándolos para abordarlos rápidamente. Con solo un paso, los nobles que me rodeaban se dispersaron, evitando la idea de ir directamente a por el duque. Por protocolo, si yo deseaba ir a hablar con el duque, debía de ser la primera en reclamar su atención.

-Buenas tardes tenga usted, duque de Roselia, y su esposa…-digo, mirándolos de frente, recogiendo levemente mi falda en una reverencia ligera, pero llena de simbolismo. Mis manos estaban en la parte trasera de mi vestido y, al elevar la tela, no me inclinaba ante ellos. Era una clara marca de la diferencia entre nuestras posiciones…Pronto, los otros hicieron reverencias similares, pero inclinándose ante mi.

-Es un placer tenerla en mi humilde casa de verano, su señoria…-replico el hombre, mientras me dedicaba una enorme sonrisa. Su rostro retorciéndose en una sonrisa delgada, enmarcada por pequeñas ondas en la grasa de sus mejillas y papadas.

-Su presencia nos honra…-replico la mujer, siguiendo la estela de su marido, manteniendo la mirada baja. La mujer tenia modales, tenía que reconocérselo, y claramente conocía su protocolo.  Dedique una dulce y liviana sonrisa, que se mantuvo en mi rostro como una mariposa sobre una flor, ligera y rápida de alejarse si amenazada.

-Igualmente, tengo la curiosidad de observar que tienen planeado para esta deliciosa ocasión…-respondí, mientras el duque parecía extender su sonrisa. Casi podía verlo saltar en esas dos patas de cerdo que tenía por piernas. Sin embargo, antes de que pudiera afirmar nada, un nuevo caballero entro en la habitación.

No era una anomalía, pero si que era inesperado, después de que entrase la pareja principal. Normalmente, esto se permitía solo a los sirvientes y por puertas anexas, no por la principal. Mi mirada se desvió, perezosamente, al intruso…
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por XV - The Devil el Miér Mayo 30, 2018 2:08 am

El semidemonio no podía evitar lamentarse por la necesidad de tener que asistir a aquella parafernalia pomposa digna de los más acomodados traseros de la nobleza. La fiesta en Roble Blanco había sido la comidilla entre los burgueses y altas familias desde que Martin Osghel la hubo anunciado con su duración de 7 días; toda una hazaña digna de ser señalada, envidiada y odiada por toda esa vorágine de hipocresía que plenaría los salones del evento. Había estado evadiendo el momento en el que comenzase a relacionarse definitivamente con aquellos de los que podía llamar de su casta. Tenía que reflejar la rebeldía intrínseca su persona, sin esas ansias de ostentación vacua que olía a rancio.

Los ropajes de los que echó mano fueron una y otra vez reprendidos por el sastre al que se los había encargado. Este estaba acostumbrado a tratar con clientes de mayor clase y gusto, encontrando inapropiadas unas vestimentas que, aun bien encarecidas por tela y ornamentación, parecían más bien hechas para la practicidad de una jornada de duro viaje. Iba a ir a una fiesta con algo que mejor le serviría para cruzar la mar en barco y seguir el viaje por caminos embarrados: Las botas eran de un cuero negro precioso, con un brillo especial que destacaba gracias a la magia con la que el sastre las había imbuido; el abrigo era largo, llegando hasta los tobillos, lo suficientemente grueso como para abrigar sin resultar engorroso y que ondeaba al viento con una gracilidad semejante a la que mostraba el color rojo emulando uno de sus ojos. Aquí y allá veías hilo de oro, algunas piedras preciosas rojas engarzadas con mimo en los bordes de los guantes, estos últimos negros. Debajo no iba a ser menos, con una chaquetilla a juego, yendo del blanco al negro hasta armonizar con todo y el pantalón igualmente de una suerte de cuero oscuro que casi emulaba el aspecto de la tela.

Largo, extraño y jodidamente complicado había sido el camino hasta que finalmente le habían llamado a una de las fiestas más importantes. Debía dejar claro de donde venía a aquellos que le juzgarían nada más pusiese un pie en el lugar. Decir que había nacido para pertenecer a aquella escena podría resultar ostentoso pero, ya fueran dioses o señores demonios, bien sabían aquellos que gobernaban los destinos que todas sus dotes se habían conjurado para hacerle el perfecto perteneciente a aquella mierda denominada nobleza.

Entró por la puerta grande como quien no quiere la cosa, con la misma naturalidad con la que lo haría el señor del lugar,. Inmediatamente las miradas se clavaron en su figura a medida que caminaba, intentando descifrar lo que suponía aquella aparición que rompía con el protocolo. Se lo había estudiado al dedillo pero, obviamente, no podía hacer bien su papel en aquella actuación sin empezar por todo lo alto en lo que enojar a Martin se refería. Se presentó frente a él, llevándose la mano al pecho y reverenciándose de forma servicial - Discúlpeme, Duque de Rosselia, intenté informar de mi retraso a través de los medios que estuvieron a mi alcance - lo del retraso y la información de lo mismo habían corrido a cuenta de Osghel - pero no se recibió por extrañas circunstancias y en ningún momento se pudo reacomodar una forma en la que incorporarme al festejo de forma más… - hizo un gesto dubitativo con la mano - … discreta - inmediatamente este le echó la peor de las miradas, a duras penas conteniendo la burda máscara de entereza en su rostro. Lady Cristamelle, por su parte, hacía un trabajo mucho mejor a pesar de que una leve chispa de jovialidad danzase por sus ojos - Tal vez he cometido el más fatal de los errores pero, de verdad, mi señor, que no sabía si era de peor educación el no presentarme o el entrar y a continuación disculparme - XV se incorporó finalmente, clavando sus ojos bicolor en los de él con una sonrisa inocente que habría conseguido engañar a la mayoría de no ser por el rasgo racial de sus colmillos adornándola.

- Evidentemente tampoco puedo esperar que alguien de vuestro recorrido conozca en condiciones la educación de la gente de bien, disculpar su ignorancia es algo que cualquiera con algo de altura de miras haría en mi situación... XV - respondió el Duque con mal disimulada educación cargada de la más venenosa ponzoña en el tono de sus palabras.

- Ah… toque de atención, creo percibir… otra falta de educación la mía el olvidar disculparme ante la señora - hizo otra reverencia, borrando a Osghel de la acción con disimulada grosería, dirigiéndose en esta ocasión a ella - siento muchísimo este horrible espectáculo, mi señora… - alzó la vista levemente para encontrarse con los ojos de ella y esgrimir un rápido guiño que podría pasar desapercibido para la mayoría. - Se agradecen vuestras disculpas... - asintió y se dirigió al resto de invitados con lo siguiente- y consideramos que es mejor seguir con el evento y correr un tupido velo a todo esto - y así comenzaba la función.
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Jun 05, 2018 6:17 pm

Cada vez que se daba la ocasión de asistir a un evento real, o patrocinado por la burguesía, mis deseos de formar parte de ésta tambaleaban de manera extraña. El mundo me parecía interesante; el poder de cambiar el destino estaba en mis manos tan fácilmente. La fama, el reconocimiento. Luego venían las toneladas de responsabilidades, la hipocresía de los nobles cuya intención se resumía a apuñalarte la espalda. Era un peligro que conocía bastante de cerca, y no me quería imaginar cómo de cerca fuese si, de hecho, fuera un noble.

Poner un pie en Roble Blanco se convirtió en una travesía protocolar estricta y aburrida. Nathaniel e Hikaru estuvieron detrás de mí casi todo el tiempo, recibiendo instrucciones precisas y medidas minuto a minuto. La agenda de esta noche parecía sencilla. Espectáculo, luces, drama —en mi mente, claro—, y luego las parafernalias. Conocería a un par de nobles, tomaríamos algo, y si sobrevivía a la noche, ya me contarían del cronograma para el resto de la semana.

Un rápido recorrido por el lugar me mostró lo que necesitaba; el espacio del salón y el lugar para mis compañeros. Mi dormitorio fue la última habitación que ví. En general, la belleza del lugar no se comparaba en lo absoluto con la majestuosa arquitectura del palacio de Thaimoshi, pero vamos, esta no era una ciudad de artistas. Era un reino, como decía Nath, de estudios y muerte. Había una cama, que era lo importante. Eso y una habitación adyacente para Nath y Hikaru, muy importante. Los músicos habían sido enviados con el resto de los sirvientes, como era costumbre.

La hora se acercaba y mi corazón latía con impaciencia. Había fuego corriendo por mis venas y era curioso cómo hacía contraste con el frío invernal de Zhalmia. Hikaru y Nath estaban en sus lugares, a cada lado de mi escenario, vestidos al nivel de los miembros de la burguesía. Nath estaba acostumbrado, claro, ningún familiar mío iría de sirviente. El chico de thaimoshi, por otra parte, no tanto. Él, que no había opinado nada en todo el viaje, se sintió en la urgencia de declarar lo raro que se sentía vistiendo trajes elegantes y accesorios. Más por la falta de costumbre que por la alta costura, claro. No había una prenda en su traje que no estuviese hecha a la perfecta medida y con total libertad de movimiento para asistir como era debido.

Llegó el momento. La música, suave, callada, tranquila y lenta. Me conseguía a mitad del escenario, y solo entonces, en la tranquilidad antes de la tormenta, me percaté de algo. Mi piel se erizó y mi corazón dejó de estar tranquilo por un momento. Era el olor. El olor de todo el lugar. Cada rincón y cada esquina olía a lo mismo. Olía a petricor, a sol y a rosas. Olía, de cierto modo, y aunque fuese extraño, a mí mismo. Era inconfundible, y estaba seguro de que era un truco. Era el olor de mi hermano el que me atormentaba y producía que mi entrada fuera tardía. Estaba inmóvil en mi lugar mientras las últimas notas de un arpa lejana se repetían, recordándome que debía moverme.

Tanets, por el amor a Müsenïe, es un truco. Nath te lo advirtió. Respiré profundo; allí donde estaba, me había decidido por fin a comenzar. Mi cuerpo estaba cubierto por una túnica lo suficientemente larga para cubrir hasta mis pies, porque me había obsesionado últimamente con realizar cambios dramáticos durante el baile. Vestía en negro, completamente, y lo único fuera de lugar eran mi ala y mi cabello; una recogida en mi espalda y el otro cayendo como una cascada azul. Mi rostro llevaba la misma tonalidad; párpados negros, líneas en mi frente y puntos brillantes en mis mejillas. Era, cuando menos, misterioso. Las luces se atenuaron notablemente, haciendo que solo mi silueta fuera visible. En momentos como este agradecía a Meistic por revelarme las artes del fuego.

Mis brazos, alzados y flexionados, comenzaron a moverse suavemente. Era la gracia del viento del norte. Mis hombros eran el mar y las suaves olas que no alcanzaban a romper contra las rocas. Los movimientos eran incluso más ligeros de lo que había ensayado, y eso comenzaba a preocupar a mis compañeros, pero lo ignoraba. Por primera vez en años, estaba bailando con el corazón y la música, porque de cierta manera, tenía a mi hermano conmigo. La música comenzó a acelerar, no era el arpa lejana la que sonaba, sino también un tambor suave y constante que advertía que la tormenta se alzaba en altamar. Mi torso comenzó a seguir a mis hombros, apenas apreciable por la túnica. Un sonido percutor fuerte marcó varios giros de pies acompañados por el ala abriéndose, los colores brillantes de las plumas y sus guilindajes plateados distraían de lo importante; bajé los brazos, cruzados en mi cuerpo y me despojé de la túnica mientras tomaba los abanicos; un movimiento complicado pero que valía la pena. La prenda había formado un círculo en el suelo, y mis pies se mantuvieron dentro de él todo el tiempo, sin la túnica no había nada oculto; mi torso desnudo y sin maquillaje, un sarong negro y plateado cubría mis piernas y los pies descalzos. La tempestad había llegado como una avalancha. El fuego en las velas se volvió a alzar. Las llamas se tornaron azules y blancas, frío invernal. Danzante, agresivo y peligroso. La ambientación estaba hecha. Era un mundo de mar y hielo en el cual la calma nívea era interrumpida por la tormenta. Estaba listo para contar mi historia.

Los abanicos en mis manos se deslizaban de lado a lado. Mis pies no se movían más que lo necesario para provocar que mi cintura siguiera el ritmo de los tambores. En esta escena entraba el por qué de que Hikaru fuese tan costoso y tan solicitado. La túnica del suelo comenzó a moverse; giró a mi alrededor revelando su interior con plata brocada; se estiró en mi espalda como un ala negra opuesta a las plumas de pavorreal, y luego desapareció sin dejar rastro. Las magias que manejaba no estaban del todo dentro de mi comprensión y tampoco era como si me preocuparía por entenderlas; lo cierto era que lograba lo imposible.

Tan pronto el manto desapareció, mis pies se sintieron libres de ir de lado a lado describiendo en el suelo fuego blanco que pronto desaparecía en el aire. Era el inicio de una historia típica; un romance prohibido. Un amor entre la despiadada marea y la imponente roca; interpretado con belleza y elegancia; con movimientos rápidos y a brazos abiertos, las olas rompían en los pies de la montaña, suplicando entrar en ella e inundarla por completo. La roca, con brazos cruzados y abanicos abiertos, se negaba a caer. Enfrentaba al agua con furia, y al voltearse lloraba de dolor; era más fácil desmoronarse ante su amor, pero la montaña es orgullosa, y jamás cae ante las olas. Las velas azules cambiaron de tonalidad lentamente; el cielo se volvió atardecer, y la marea apaciguó su azote salvaje. La noche cayó en púrpura y estrellas destellantes, y la tempestad se dio por vencida ante la montaña una vez más, y mi ala se cerró sobre el ocaso dejando una estela boreal donde marcaba su trazo. Las luces se atenuaron volviendo a su color natural, y esperé el grato sonido de los aplausos antes de volver las velas a la normalidad. La ola de pomposas ovaciones llegó y la iluminación volvió a ser suficiente en el salón. Hice una reverencia y señalé a mis asistentes, los cuales entre asombros hicieron una reverencia también y se acercaron a mí.

Sin tomarme un segundo para refrescarme, sonreí a la audiencia y di mi presentación por terminada, mezclándome entre la muchedumbre inmediatamente. Nathaniel a un lado y Hikaru al otro se mantenían como dos guardaespaldas; sus trajes eran elegantes y serios, y sus expresiones rara vez cambiaban. Mantenían entre su indumentaria mis armas y artilugios en caso de emergencia, de los cuales me había despojado justo luego de retirarme del centro de atención. Nath, de vez en cuando se inclinaba para hablarme al oído datos esenciales que antes no podría haberme dicho, y el más importante fue cuando por fin divisamos a los personajes más importantes, según yo, de la noche. La princesa Cassandra por una parte, con su gracia letal, y al vanidoso Martin Osghel junto a su aparentemente-no-tan-importante esposa. Nathaniel no estaba del todo seguro de cuál sería el nivel de letalidad de la velada, pero por sus escasos conocimientos, yo no me había quedado atrás. Estaba desnudo de la cintura hacia arriba, aquello ya era costumbre y era terriblemente vulnerable, pero no estaba indefenso.

Me presenté por orden de importancia, de menor a mayor, entre burgueses y nobles, cortando las conversaciones como si las dagas en mi abanico fueran útiles para ello, porque como no podía ser de otra forma, había conservado uno de mis abanicos conmigo, sonriendo detrás de él con modales casi femeninos. Era una amalgama extraña para estos lugares, aquellos comportamientos eran una escala gris; una mezcla de caballerosidad y coquetería con movimientos del abanico, reverencias y señales con el sarong, intentando mantener cada movimiento a la altura.

Corté conversaciones interesantes; sujetos en biología y ciencias, historia, incluso a aquellos que compartían el interés artístico, y aunque hubiese hecho un mínimo esfuerzo por recordar rostros y nombres, de todas maneras no lo lograría. Ese era el trabajo de Nath, quien murmuraba algo extraño cada vez que un noble decía su nombre. El astuto Nath, que rara vez abría la boca, ayudaba también a cortar conversaciones de una manera más inteligente y cordial; hacía comentarios precisos que cerraban hocicos como si sus opuestos no estuviesen esperando una respuesta inteligente venir del asistente de un artista.

Al acercarme a mi siguiente objetivo, el “gran” Martin Osghel, lo hice con el abanico cerca del cuello, moviéndolo con la precisión justa para que sus plumas dejaran ver las cuchillas perfectamente afiladas. No como una amenaza, no en esa dirección. Era solo un recordatorio de que el aspecto delicado y frágil que otorgaba mi parcial desnudez no era, después de todo, tan delicado y frágil. Hice una reverencia bajando el abanico a mi pecho, movimiento que imitaron mis acompañantes con mucha menos gracia, no porque no pudieran o supieran hacerlo, sino porque no era la ocasión; estaban ambos conscientes de que el que debía destacar en el momento era el artista.

Es el mayor de los placeres verle en persona, Gallardo Duque. —El título por un momento hizo cosquillas en mi paladar y estuvo a punto de hacerme reír, pero ni un atisbo de esto en mi rostro. “Gallardo”. Y era yo el de las plumas aquí.


Concédeme esta pieza, déjate abrasar por mis llamas.
Piérdete en mi mirada, y nada bajo mi ala.
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Sáb Jun 09, 2018 12:08 am

El salón de baile nunca había escuchado un aplauso honesto, pero esto era lo más parecido a lo que uno podía esperar. Las sonrisas de los nobles, entre encantadas y regocijadas por el espectáculo, decoraban sus soberbias caras. Las mascaras sin deslizarse aún, esgrimiendo muecas de disfrute para ocultar sus verdaderas intenciones, no eran fácilmente arrancadas por el don de las artes, no importa lo exquisitas que fueran.

Tras el espectáculo, la luz de la tarde empezó a hacerse vigente a través de los ventanales, decayendo en color y fuerza. Pronto, su decadente luz fue reforzada incluso más al añadir sobre los ventanales un nuevo par de cristales, con apariencia sucia y amarillenta. Del mismo modo, se cubrieron las velas y candeleros con pequeñas esferas de cristal, con el mismo tono polvoriento en su superficie. Según se iban cubriendo las fuentes de luz, el espacio empezó a sumergirse en un extraño ambiente. La luz dorada, como sirope, se deslizaba lentamente sobre el lugar, ganando la tonalidad de un atardecer. Sin embargo, las bases de los cristales que cubrían las velas destellearon un segundo, para después hacer girar los cristales. El lento movimiento empezó a crear y a mover figuras de sombras y tinieblas sobre el lugar,  haciendo que los hombres y mujeres de la estancia se fusionaran con las largas sombras que se deslizaban por el suelo.

El mundo se torno en dorado y negro, con las figuras resaltando con fuerza o cubriéndose en sombras según el atuendo. El aire se envolvió en una misteriosa niebla, convocando los sentidos y las emociones con la magia y misterios que contenían. Como si hubieses entrado en una especie de limbo, los contrastes se iban ensanchando y retrayendo en una danza extraña, invitando a deshacer los límites y a acrecentarlos. Susurros y silencio. Luz y sombras. Movimiento y estatismo.

El cambio no ha sido brusco, pero aun así pillo al medio demonio, bastardo del foso, y al celestial bailarín, junto con su sirviente, desprevenidos. El mundo se había inundado en el color miel sin que se dieran cuenta…

-Perdone, su señoría, pero me temo que mi presentación se ha pospuesto por demasiado tiempo…-susurró una voz, alzándose entre los murmullos, lenta y sensual, pero con un brillo bajo el terciopelo. Ante el suave susurro de la voz, el duque abrió levemente los ojos y cerró sus labios en tensión durante uno segundos, un gesto de terror y alarma que duró unos solos segundos. Pronto, la expresión se modificó por una sonrisa encantadora, o al menos algo parecido, pero la tensión con la que su cuerpo se movía no indicaba que el nerviosismo se hubiera marchado.

-Disculpeme, su majestad, permítame introducirla…-replicó el hombre, tragando saliva y con pequeñas gotas de sudor en su amplia frente, brillando como azucarado néctar bajo la luz. El hombre se movió y medio elevó la mano- Señores, permítanme presentarles a la estimada petite duchesse de Rodelfia y la segunda princesa al trono real de Zhalmia…-El tono de voz era ansioso y extraño, en una cadencia demasiado nerviosa para ser respeto y demasiado controlada para ser lujuria.- Casandra Von Schuyler di Stephano…

En la cabeza de todo hombre siempre hay una extraña voz susurrante que comentaba lo maravilloso que era lo “real”. Realeza seguía siendo un concepto honorable, en teoría, y fuera del alcance de todos menos los reyes y principes, una escalera al centro del escenario del mundo. Esa voz era constante y parecía contagiar a cada ser, configurando el mundo siguiendo una tradición constante de feudalismo y nobleza. Pero esa voz no había comentado como de terrorífica podía resultar la cercanía a ciertos tipos de “realeza”.

La mujer que se alzaba ante ambos extranjeros era la imagen dignificada de una muñeca. Su piel era de un blanco, más cercano al alabastro que a la pálida y delicada figura, venosa y endeble, que otras mujeres de la estancia tenían. Durante unos leves segundos, los nuevos visitantes la confundieron con una estatua, pues ni el leve movimiento de la respiración o el pulsar de los músculos se distinguía, ni siquiera la delicada ondulación de los cabellos se parecía notar. Pero, finalmente, la mujer se movió, en un ritmo lento y fluido, pero debido a las constantes formas gano una extraña entonación. Como imágenes pasadas rápidamente en uno de esos juguetes de ferias, la postura y los movimientos de la mujer parecían distorsionarse y formularse de nuevo en cada segundo que una sombra pasaba sobre ella. Similar a un copo de nieve, traslúcido y en movimiento, excepto para la visión experta. Todo paró cuando la forma de la princesa se quedo estática, en una leve reverencia.

-Es un placer conocerlos, estimados caballeros…-dijo, con una leve y sinuosa sonrisa, con los ojos cerrados. En un gesto perezoso y lento, abrió por completo los ojos, revelando dos pequeños faros celestes, que en el tenebroso ambiente de la estancia parecían brillar como antorchas.

Fue al contacto con esa mirada que los recién llegados, junto con el resto de los allí presentes lo notaron. Una sensación extraña, que duró unos segundos, revelándose como un truco de la mente, una evocación en medio del humo, más que una realidad, pero aun así igual de intruso. El suave y corrosivo aroma del óxido, pungente y metálico, junto con la extraña sensación de roces afilados contra la piel, al borde de romper la fina superficie, pero abandonando el esfuerzo, dejando solo un cosquilleo. La pareja de nobles pareció erguirse incluso más, en un curioso gesto de orgullo y nerviosismo, quizás motivado por la presencia de extranjeros ante una de las candidatas al trono.

Pronto, la figura de uno de los sirvientes del divium se acercó a este, acercándose para susurrar algo a su oído, pero antes de que lo lograse hacer…Los ojos de la princesa se clavaron en él, directamente a los ojos de este. El cuerpo del sirviente se tensó bajo sus ropas, de manera fácilmente reconocible, al verse en el duelo de miradas que tenía perdido desde el inicio. Sin embargo, no le fue escasa la mirada analítica y pensativa de la princesa…como si examinase como cortar más eficazmente su comida. Y, cuando el hombre bajo la mirada y volvió a su puesto, pálido y sin pronunciar una palabra, una media sonrisa se formuló en los labios de la mujer.

- Tanets Iskusstvo…-Dijo, con lentitud, casi saboreando la palabra, pero casi sonaba más al suspiro de una tumba abierta. Conocía tu nombre…y si sabía eso, no podías averiguar de que más tenía constancia.- Ciertamente, su espectáculo ha sido maravilloso, un auténtico despertar de lo anodino que se ha vuelto el panorama de ocio y de las artes en Zhalmia…-respondió, con su media sonrisa y su rostro tornándose en una expresión armónica y elegante, agradable incluso.- No puedo evitar congratularle ante el esfuerzo…-continuo, con sus ojos, como puntas de agujas, clavadas en la mirada ajena, para después girarse hacia el duque, hinchado y algo molesto ante la adulación al no humano- Y, por supuesto, a usted también, duque. Claramente cumplió lo que se prometió…Unas tardes culturales deliciosas…-Con esas palabras, cualquier furia se aplacó y el rostro ovalado del hombre se llenó de gusto, al contraste con el de su esposa.

Sin embargo, no paró allí con el divium. Sus ojos reptaron de nuevo a su figura- ¿Y…donde esta su otra mitad? -preguntó, casi con preocupación e interés, pero en sus ojos brillaba la luz de una daga buscando resquicios en la armadura- Si es que la tiene, por supuesto…-replica, pestañeando en un claro gesto de inocencia- Es una simple conclusión basada en sus alas…considerando que parece ser una deficiencia de nacimiento, no una mutilación…-Su sonrisa alzó los límites de esta, en una elegante y cortés sonrisa, que escondía el “se cómo son las cicatrices causadas por mutilación” que había entre líneas.

Tras la respuesta del divium, los ojos se centraron en el extraño invasor, mostrando clara antipatía- Y, señor, tenga en constancia que aunque tenga el beneplácito de sus señores…Aquí no todo el mundo permitiría tal conducta contra el protocolo…-susurro, con aire grato y divertido, pero juzgándolo con la mirada- Aun menos con alguien como usted…-añadió, centrando su mirada aun más en los ojos del otro. El celeste encerrando el dorado de sus ojos, mientras el otro encerraba su brillantez en sus orbes rojizas, formando un curioso naranja ambarino.

-Señora…-susurró una nueva voz, entre los dos invitados, incitando a la atención. Entre ambos hombres, ajena a la atención de ninguno de los nobles y asistentes, se encontraba una doncella. Su uniforme de asistenta y criada marcaba su situación en el juego que era el baile, una pieza irrelevante, pero no a perder de vista. Su discreción al moverse, sin embargo, causó un respingo en los corazones de todos.- Ciertos señores me han pedido su asistencia a un debate en relación a los presupuestos del gremio de navegantes y su acción en la ciudad de Eminita…-susurro en un tono suave y elegante. Al contrario que su señora, que se asemejaba a la roca, los movimientos y los gestos invocaban la imagen del hierro y el metal bien afilado. Un cuchillo en forma humana.

-Oh…señor duque, si me permite…-susurro la princesa, mirando a un momento al hombre, quien simplemente asintió. La otra sonrió y paso entre el espacio de los dos extranjeros, no sin antes susurrar entre ellos- Tengan cuidado, caballeros, sería una pena que perdiesen las piernas antes de que tuvieran la oportunidad de bailar conmigo…

Las miradas de los únicos cuatro hombres  que escucharon eso se cruzaron en ella. La mujer simplemente sonreía, junto con su criada, respondiendo a las miradas con la suya propia, en una pocamente disimulada actitud ociosa. La sirvienta imitaba, con un deje, a su señora, para después reiniciar el ritmo hacia el baile. El frio y el olor a óxido abandonaron el lugar junto con ella.
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por XV - The Devil el Vie Jun 15, 2018 6:18 am

El espectáculo había sido grato de contemplar y, sin duda, había calmado en gran parte los ánimos de su osadía al entrar en la sala.  Al mestizo le había costado siquiera prestarle atención a pesar de su espectacularidad y gracia, apenas tuvo oportunidad de concentrarse en ello al tener que estar recabando información acerca de los asistentes a la fiesta. Bien sabía que ya solo por casta tenía por sentados a la totalidad del lugar como enemistades superfluas, luego estaban aquellas enemistades más serias que correspondían a los que habían tenido la desgracia de chocar con los negocios de XV. Estaba comiéndoles terreno, devorándole las ganancias como el monstruo sediento de sangre que en el fondo era. Mordía y no soltaba; perro de presa, demonio, aparición del averno... podían llamarlo como quisieran, seguiría siendo el implacable hijo de puta al que no querías cruzar. Al finalizar recibió la mirada de la princesa con una estoicidad que apenas él y pocos más podrían sostener, eran como dos dagas heladas de inteligencia viva que escarbaban en los detalles más nimios en busca de una hendidura donde rajar. Preciosos  pensó para sí. No hizo amago de deleite, siquiera una mueca, su rostro fue una máscara insondable ante cualquier indicio de reprimenda, amenaza o aires de ofensa que hubiese intentado darle a conocer. Bien intentó señalarle la clase o la raza como si aquello le importase, pero bueno... para el semidemonio los palos de ciego eran una ventaja.

Momentos después de toda esa parafernalia barata una sirvienta acudió en busca de la princesita para una reunión del gremio de navegantes Creo que eso también me salpica... la sirvienta le indicó lo mismo momentos después... otra formalidad más. Asintió con la cabeza y se colocó finalmente las gafas, coloreando su ojo humano con el rojizo de los demonios que tanto le gustaba exhibir. Caminó tras Cassandra con un aire de solemnidad que, para cualquiera que le conociese en profundidad, le parecería impropio. Con menudo actor se habían ido a topar. Sostenía ambas manos bajo la espalda, la mirada yendo a  todos sitios con unos movimientos tan sutiles que casi parecía que sus ojos no vigilaban. Apena había andado un par de metros que la primera amenaza se le presentó en modo de alfiler; lo enarbolaba una de las sirvientas, oculto con astucia bajo el paño que descansaba en su brazo. Hacía poco que las bebidas habían comenzado a correr y esta sostenía una de las bandejas con las copas de vino; estaba entrenada para este tipo de cosas, se le notaba por esa expresión de calma tan bien coloreada que su rostro mantenía. A él le hacía gracia, seguía contando los pasos a medida que se acercaba, calculaba; estaba a punto de encontrársela cuando esta hizo el amago de ofrecerle una de las copas restantes en la bandeja.

La mano del paño se acercó peligrosamente a la muñeca del mestizo; este la agarró disimuladamente mientras con la otra mano alcanzaba un vino, giró la mano y le clavó la aguja a la sirvienta misma a través de la tela del vientre. El rostro se le desencajó por un momento... desde luego estaba bien entrenada pues se recompuso a pesar de que acaba de ser envenenada. Notó el temblor en la mano que sostenía la bandeja y se apartó rápidamente para continuar su camino tras Cassandra, seguía impasible. Dio un sorbo al vino y  se relamió casi con sensualidad: las amenazas de muerte le ponían a tono. Su sonrisa de satisfacción, dirigida a mostrarse como una aceptación de la calidad del vino, ocultaba la diversión salvaje que despertaba en su pecho el estar jugando a un juego más divertido por fin. Tanta cortesía y sonrisa falsa inofensiva le habían aburrido hasta plantearse coger la Mäuschen y volarse él mismo los sesos por romper con la monotonía.

Finalmente llegaron a la habitación en la que se desarrollaría la reunión, una estancia que podría decirse acogedora de no ser porque derrochaba pomposidad a cada centímetro de su existencia. Otra de las cosas que le aburría de aquella ostentación constante era precisamente que no aportaba más a los sentidos que la inocua sensación de estar siendo condicionados - Bienvenidos, damas y caballeros, encantado de veros - el que habló era el cabeza de gremio, un tal Magnus con el que no había tenido ocasión de relacionarse... aun. Cada uno tomó sus respectivos asientos, siendo que entre los presentes también se encontraban Crowley y Higgs, ambos competidores en el mercado armamentístico. Crowley era un señor de mediana estatura, pelo negro y canoso, de rostro bello incluso para los que pudiesen llegar a reconocerlo. Sus ojos, por otra parte, eran de un marrón tan feo y se exhibían de tan mala manera que desprestigiaban todo lo demás. Higgs era de caracter más robusto, pelo rubio y rojizo con una barba bien cuidada que iba con sus ojos de tonalidad verde y claro. Ambos parecían hombres curtidos pero las sombras que formaban sus ojeras no habían empezado a aparecer ahí desde que el semidemonio había aparecido en escena unos años atrás. Los que los habían conocido antes sabían perfectamente que estaban llevando muy mal la competencia contra él, habiendo envejecido bastante años solo por la tortura mental que les había conllevado - Higgs, Crowley... un placer veros en plena forma, caballeros - saludó en tono cortés el mestizo, interpretando una de sus mejores caras afables y contrastándola después con una sonrisa amplia que mostraba sus amenazadores canes. En esta había implícita toda una suerte de matices, difíciles de discernir si no eras un observador hábil. Primero fue la afabilidad, pasó a la diversión, luego esa amenaza imperecedera que le caracterizaba y luego el salvajismo.

La reunión se comenzó a desarrollar; más y más presupuestos, números y demás tecnicismos que XV encontraba interesantes o útiles solo a ratos. Tardaron en llegar al tema que les concernía tanto a él como a sus rivales, estos removiéndose con cierta incomodidad en sus asientos ante la noticia de que su nuevo intento de quitarle de en medio había fracasado. En el tiempo que había transcurrido este ya se había terminado la copa de vino, descansaba frente a él aun rojiza por los restos mientras sostenía su base con los dedos índice y corazón - Señores Baltazar Crowley, Yanike Higgs y... XV - el cabeza de gremio se detuvo un momento en el último nombre, como pronunciándolo con especial gravedad - Recientemente las contrataciones con vuestras tres marcas han sido... complicadas - matizó - Entendemos mejor que nadie que la competencia puede ser a veces algo vivaz pero, visto cómo se están desarrollando los acontecimientos, no tenemos más remedio que exigirles la aportación de un seguro económico si quieren seguir contratando con los barcos que representamos - las caras de sus competidores se compungieron ante la expectativa de tener que desembolsar aun más del dinero que apenas estaban disponiendo recientemente. Sus negocios iban en declive y aquella guerra desde meses atrás se había estado decantando al bando del mestizo. Este mantuvo el rostro en calma en todo momento, sin dejar que el regocijo que sentía rugiendo en su pecho se notase en lo más mínimo. Todo lo contrario, aquel XV se mostraba solemne, con un gesto afectado, como preocupado por la posibilidad de que su negocio dejase de prosperar.

-¿De qué se nos está acusando? ¿Acaso nos estáis queriendo cobrar más por el simple hecho de que no sabéis asegurar en condiciones vuestros barcos y mercancías? - saltó Crowley mientras Higgs callaba con la mirada perdida - Con todo el respeto, más perdidas que nuestra asociación no podréis haber tenido y no os he venido reclamando compensación alguna - el nerviosismo se notaba en su voz, los labios le temblaban al hablar y las manos se asían con tal fuerza al borde de la mesa que habían quedado blanquecinas por la falta de riego - Crowley... - intentó intervenir Higgs, siendo detenido al instante por su socio - ¡No! ¡El acoso al que nos tiene condenados este sucio perro demoníaco no puede seguir quedando impune! - el de pelo canoso se levantó de su asiento, se quitó el guante y lo tiró frente al mestizo, quedando junto a la copa - ¡Si tan orgulloso estás de tus armas a ver qué tienen que hacer contra las mías en un duelo, bastardo! - el silencio se hizo en la habitación, de alguna manera la mayoría de los presentes se esperaban desde hacía tiempo que las disputas entre los mercaderes de armas solo tenían una salida donde acabar: La sangre.

-No seré yo el que te eche la reprimenda por los modales, Baltazar - sonrió de tal forma que precisamente los perros hambrientos quedaban opacados ante su sed de violencia - Tenía pensado solucionar esto con un acuerdo en el que mi empresa y su sociedad pudiesen beneficiarse... ciertamente yo tampoco estaba en una buena posición en todo esto - era mentira y todos lo sabían, aquello era solo por seguir encendiendo a su rival. Crowley iba a replicar pero inmediatamente el demonio se apresuró a interrumpir - Mañana a medio día – su rostro adquirió un tono tan frío y fulgurante que hasta el mismísimo señor demonio de la ira se habría revuelto de gozo en su sillón - Servirá de precedente para que se aprenda de una vez por todas que a mi nadie me amenaza -
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Dom Jun 17, 2018 9:54 pm

Mi atención sobre el duque me había hecho ignorar la suavísima transición que se llevaba a cabo en el salón; las luces se habían vuelto casi tétricas, eran miel y trigo bañando el lugar, casi pobres, tintando el suelo y las paredes de largas sombras, de común ostentosas por las vestiduras. Eso, y el hecho que junto a mí había un ser que había pasado desapercibido ante mi mirada, no sé si por artes propias o un mero instinto racial, porque ni siquiera me había preocupado en tomar atención de sus palabras.

Como fuere, el duque no tuvo tiempo de llenarse la boca con autoadulaciones ni palabras pomposas. El ave mayor había hecho su aparición, y no como una águila, escandalosa y petulante, sino como un búho. Macabro y silencioso. Su voz, sutil, preparada, elaborada. Digna de la nobleza. Emergió detrás de nosotros como si fuéramos ratas, pero del tipo que no le interesaba cazar. Osghel, por otra parte, se vio nervioso. Era obvia la situación y no necesitaba de Nathaniel para entenderla. Y debía decir, aunque no fuere asunto mío, el duque estaba haciendo un mal trabajo si intentaba impresionarla. O quizá ese no era el mensaje. Mi compañero, por otra parte, estaba nervioso. Lo sabía, no necesitaba verlo. Nathaniel le tenía un terror no-tan-injustificado a la Maddon’ delle Paiú —Señora de los terrores, en uno de los dialectos divium—. Pronto, el duque no había hecho más que presentar a la princesa mientras él mismo, por un momento, parecía una cucaracha ante su presencia. Claro que la Principessa Raccapricciante no necesitaba presentaciones. Su atuendo, su forma de hablar y aquella manera en la que había salido de la nada, cómo su cuerpo era porcelana perfecta, inmóvil  y sin ningún rastro de debilidad. Cómo, en silencio, parecía una muñeca macabra conteniendo los horrores de su nación. Y al moverse no mejoraba la situación. No era un títere, incluso los pupazzos tenían movimientos naturales. Era una autómata sin ranuras. O una película en vida. Era de lo más curioso y comprendía por qué Nath le tenía tanto temor.

— Es un placer conocerlos, estimados caballeros…

Fue después de esto que abrió los ojos y mis sospechas comenzaban a encajar como engranajes. No era humana, o lo fue hace mucho. O estaba manejando tan bien sus trucos que nos hacía creer lo contrario. Solo entonces me di cuenta de que era un objetivo para el cual necesitaría dos alas, y la opinión se reafirmó cuando sentí a Nath acercarse a mí, como de costumbre, para hacer un comentario. Bastó la mirada, macabra y sensual de la princesa, para que Nath volviera a su lugar sin emitir un sonido. En ese momento, en la mente del pobre Blacksword habían desaparecido los sobrenombres que le ponía a la princesa y a su nación. Había palidecido, eso seguro, pero no me detuve a mirarlo, y con pesar en mi corazón.

Pronunció mi nombre. Cada vez que abría la boca y modulaba palabras, dejaba escapar un poco de aquella esencia vacía de ultratumba, haciéndome luchar contra los propios instinto de mi cuerpo, de encogerse y desaparecer como el bicho que ella creía que tenía en frente.

Las palabras habían hecho mella en mi mente. Esfuerzo. Esfuerzo, como si el baile fuera poca cosa. Como si la meta no se hubiese logrado, con esa mirada afilada, incluso más que mis abanicos, temía. Una respuesta suspicaz hubiese sido letal u oportuna, pero antes de que pudiera abrir la boca, ella ya se estaba dirigiendo al duque. Al águila. A la adulación necesaria típica de la nobleza.

Y… eso fue suficiente para él. Eso fue suficiente con él. Pronto había vuelto a mí y eso me resultaba curioso. ¿Qué hacía un búho hurgando en una madriguera vacía?

—  ¿Y…dónde está su otra mitad? —Oh, claro. No era interés. Era una excelente actriz, y hubiese caído como tonto si mi vida no girara en torno a estas artes. No era difícil encontrar la diferencia en el patrón. O no estaba intentando ocultarlo. Quería atacar con palabras.— Si es que la tiene, por supuesto… —Y pensaba que podía borrar su mirada letal con una cara fresca de inocencia. «Soy un artista, Maddon’, no soy tonto.» —Es una simple conclusión basada en sus alas…considerando que parece ser una deficiencia de nacimiento, no una mutilación…— y cada palabra que soltaba, era letalidad. Era muerte. Era oscura. Era, por primera vez desde que llegué a Zhalmia, la única puñalada que había recibido. «Está junto a mí», gritaba mi corazón ante el olor inolvidable de su piel. Pero no. No era cierto, y de cierto modo, la puñalada no estaba sangrando como de costumbre.

Y era una deducción. Una puñalada al aire que dio en el lugar preciso. Inteligente deducción, claro, pero solo quedaba al descubierto que no estaba completamente informada de mi persona, eso, y que quería espantarme. Era mejor cuando no hacía el mínimo esfuerzo por ello, claro. Su aspecto y voz eran suficientes, y las palabras mal colocadas estaban de más. ¿O acaso, el ser filoso también con las palabras era parte de la nobleza Zhalmiana?

— No puede acompañarnos. Sus asuntos con la casa —Casa, como cuando tu nombre vale algo más que un recuerdo de lo que fue— imposibilitan su presencia. Mis disculpas. —De cierto había algo, y mis palabras, fluidas como el agua, actuadas con la precisión del más entrenado dramaturgo, podían engañar a cualquier inexperto, e incluso, con el favor de Müsenïe, a los más expertos también. Sólo esperaba que también la Pricipessa cayera en mis propios trucos.

Pero claro que no era más que un pasatiempo suyo intentar jugar con la mente de los demás, porque pronto había cambiado su mirada hacia el otro ser, a esos ojos rojos que no podían ser más que demoníacos. A los que no se había derramado más que desprecio, y ahora me picaba la curiosidad en saber qué había detrás del demonio. ¿Era racismo? ¿Acaso era su puesto entre los nobles? O su reputación. Me enteraría luego, cuando no estuviésemos en presencia de Cassandra Von Schuyler y Nathaniel no estuviese a punto de hacerse pis encima.

Y como una oportuna respuesta de las diosas, una sirvienta apareció —de la nada. ¿Por qué estos zhalmianos tenían esa costumbre?— para llevarse a la Maddon’, y el demonio les siguió por detrás, quizá inmiscuyéndose en lo que no le incumbía, quizá no. Y antes de irse, como era de esperarse, Cassandra soltó un comentario filoso antes de irse. El menos filoso hasta el momento, claro.

Y se había ido el búho. El duque, me había quedado clara su posición. Era un payaso del gran circo de la vida, y no precisamente uno bueno. Era la lujuria, el deseo por una mujer que no le pertenecía ni le pertenecería. Mis modales y movimientos cambiaron; un toque femenino con el abanico en la barbilla, los ojos, llenos de sombras negras y plateadas, miraron a Osghel con picardía, y a su esposa —invisible hasta el momento, que no mostraba más que recelo ante la princesa—, haciendo casi una invitación a la segunda para charlar. Una mirada que quejaba a gritos que los niños no comprendían cosas que nosotros sí. Algo más empático que real; no era como si quisiera entablar una conversación con la esposa del payaso. Me incliné, eso sí, con la mayor de las reverencias, inclinando el cuerpo y bajando la mirada. Respeto en el lenguaje corporal, y no tanto en el de los ojos. El duque seguía atontado, y podría apostar cien monedas de oro que para el final de la noche Nathaniel tendría una decena de nuevos sobrenombres para él.

La condesa había osado a soltar un pequeño comentario venenoso entre dientes. No venenoso como el de la princesa, ni como las palabras de la mayoría de los nobles. Estaba cargada de celos, de frustración femenina, de odio hacia la princesa. Respiré profundo, y antes de marcharme, hice un pequeño gesto con el abanico hacia la condesa. Algo pequeño, algo simbólico, un movimiento reservado a las damas de la burguesía. “Te entiendo”, un movimiento que solía ser suficiente.

Si antes no me interesaba entablar una conversación con la esposa del payaso, ahora sí. Un arma de doble filo. Si aceptaba contarme sus problemas maritales, estaría nadando con los peces grandes, y no en el estanque que era precisamente el que estaba buscando. Con eso me di media vuelta, haciendo levantar ligeramente el sarong al girar. Hikaru y Nath hicieron lo mismo, con más rigidez en sus movimientos y respeto, más hacia mí que hacía el noble. Era como un baile, esto de los modales.

Tan pronto nos giramos, los objetos quedaron al aire. Había un asunto sucediendo que no me incumbía, y ninguno de los nobles que había saludado era especialmente interesante como para mantener una conversación. Dos segundos más tarde, a penas un paso adelante, y Nathaniel se me había acercado, esta vez hablando en divium, con un pesado acento que no podía evitar. No estaba diseñado para hablar la lengua.

— Guarda avanti con attenzione. Vedi la faccia della domestica.

Hice caso con a penas un gesto. Eran tan sutiles y mortales los movimientos adiestrados. De la aguja no me percaté sino hasta que el demonio la introdujo en el vientre de la sirvienta, de su rostro palideciendo al instante e intentando recomponerse. ¿Era así entonces como se jugaba este juego? Era ridículo. En un instante los nobles dispersos se reunieron y los murmuros llenaron el lugar. Algunos más acostumbrados que otros. Fue entonces cuando la suave voz de. Nath, esta vez en su idioma natural, me susurró una vez más.

— A tu izquierda, diez pasos. Lord Alexander Lemaire.

Me permití descomponerme un segundo y ver a Nathaniel.

— ¿Ese Lemaire?

— En carne y hueso.

Y bien, este era el que estaba buscando. No exactamente él, claro, pero era incluso más de lo que esperaba. Me giré lento y con cautela. Ahora sabía que acercarme a una sirvienta no era buena idea, sobre todo estando casi desnudo. Caminé mis diez pasos, con elegancia, con saludos cordiales a los lados y sonrisas no tan falsas. El tema era el mismo. Ahora sabía el nombre, claro, ya había inundado el lugar. XV. Me centré en el noble. En su traje, a la medida, la tela y el corte correctos para la ocasión correcta. El único suficientemente exacto, junto a mis dos compañeros, claro.

— Sólo una marca confecciona estas telas. —afirmé frente a él, casi como un cortejo. Casi, porque los humanos eran delicados con estos temas.

— El artista… —Bailaba una copa de vino en su mano. ¿Era afortunado o experimentado? ¿Quizá más discreto que XV? No vacilé para presentarme.

— Tanets Iskusstvo. —Una pequeña reverencia. Esta vez, respeto real. Pero una vez más, el simbolismo lo era todo. Una reverencia que decía “somos iguales”. Nath y Hikaru reverenciaron luego, justo a tiempo para que el noble fijara sus ojos en ellos por un segundo. Un segundo para descartarlos como sirvientes, y uno más para admirar sus trajes.

— Nada mal. —estiró las palabras como si le costara reconocerlo. Era una lucha destinada a empate. Le guiñé un ojo con una sonrisa ladeada.

— Confección propia, claro. —me regodeé en mi propia victoria personal por un segundo, y luego tiré el tema por un acantilado. Ya tendría tiempo de ir a buscarlo. El noble tenía una sonrisa. La letal sonrisa zhalmiana, claro. Aquella llena de secretos y muerte— Las miradas aún lo acusan. —giré los ojos en dirección a XV, suficiente para hacerme entender. Lemaire había cambiado de postura; sus pies estuvieron en mi dirección y no hacia los nobles con los que antes murmuraba.

— Es normal. Hay cierto roce.

Y el comentario ni siquiera era acerca de cómo había intentando (¿O logrado?) asesinar a una sirvienta. Suspiré mientras jugaba con el abanico en mis manos, sin quitar la mirada de los ojos de Lemaire.

— ¿Es demasiado imprudente para el gremio o su reputación le precede?

Arriesgué una deducción mientras Nath ocultaba una sonrisa.

— No frecuentas estos encuentros, ¿Cierto? —sugirió en un tono que no supe interpretar.— XV es un comerciante, y su mercado ha desestabilizado a los demás. —arqueé una ceja, insinuoso. «prosigue» Lemaire bajó la voz. Acorté la distancia entre nosotros— el gremio quiere poner presión y tomar provecho de esto.

Asentí, sin querer preguntar más de la cuenta. Sonreí con picardía en una invitación a una conversación común.

— Es seda de Erínimar.

— Y los hilos de las costuras son de Thaimoshi. Sus últimas líneas han sido las mejores.

Sonreí. Estaba en mi sitio. Sus palabras fluían con la misma seguridad que las mías, y eso era lo que buscaba.

— Claro que no tengo un proveedor fijo. Sólo lo mejor para la ocasión.

No pude evitar entonces prestar atención a mi alrededor. Nathaniel me había advertido la primera, y estaba contento con eso; su ojo habituado al peligro era un excelente aviso, pero ahora era turno del ojo habituado a ver. A detallar cada movimiento con tal claridad que incluso los músculos debajo de la piel eran diferenciables a metros de distancia. Un agrado racial, claro. Examinando la habitación noté que más de una doméstica estaba armada con la misma artimaña, y lo que era más, una de ellas se acercaba.

— Entonces quizá te interesaría mirar mis tiendas. —ofreció.

— Sin duda. —Mis ojos estaban en el noble, pero mi atención estaba sobre la sirvienta que estaba a pocos pasos.— Los productos Lemaire son de la más alta calidad.

Y estuvo junto a mí, con la charola de vino en su mano y ocultando su arma bajo esta. Nath me advirtió en un rápido susurro que el vino era inofensivo, y fue suficiente. Tomé una copa de vino, exponiendo mi costado desnudo, pero mi otra mano estaba preparada. No para contraatacar, claro. Abrí el abanico ligeramente, a penas lo suficiente, y lo cerré con fuerza sobre la aguja. Allí terminaba la primera amenaza. Con su arma en mis manos adornando las plumas con su veneno. Y ahora yo era letal. Cómo ignorando mis propias acciones, continué hablando.

— Sería un honor mirarlos en sus propias tiendas.


Concédeme esta pieza, déjate abrasar por mis llamas.
Piérdete en mi mirada, y nada bajo mi ala.
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Re: Plomo y Tinta [Libre]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Mar Ago 14, 2018 11:46 am

La reunión se había encontrado en un punto muerto en la sala de baile, por lo que se había decidido continuar con la animada charla dentro de unas de las estancias de la mansión. El lugar parecía brillar con discreción y el melodioso, pero intimidante, ambiente de los despachos donde se firman destinos de personas de menor categoría.

La estancia se bañaba en maderas pulcras en sus paredes, de un color oscuro, diseñado para que nadie notase las pequeñas fracturas en su superficie, perfectas para mirar sin ser visto y escuchar sin ser notado. Mis dedos las rozaron antes de acercarme a la extensa y maciza mesa, tomando asiento entre las sillas de color blanco. Las miradas indiscretas de pescadores experimentados y venidos a más se clavaron en mí, reconociéndome como la anomalía dentro de su pequeño club privado. Sin duda, les devolví la mirada, exhibiendo una delicada y suspicaz sonrisa. No obstante, la lucha discreta por mi presencia se acabó con la llegada del presidente del gremio, en conjunto con tres caballeros que más que hombres de negocios parecían ser campesinos bien vestidos. Sin embargo, ante la mirada sospechosa del director, me elevé, produciendo un suave susurro con la tela de  mi falda.

-Estimados caballeros, mi nombre, como ustedes sabrán, es Casandra Von Schuyler y estoy aquí presente como sustituta de la directora del Banco Real de Rodelfia, quien contempla mi presencia aquí como la suya propia y quien me ha entregado los derechos para actuar en su nombre. Un placer. -Tras acabar con mi presentación, note como las miradas de los hombres cambiaban de pura sospecha a hambre. Hambre de poder, surgido ante la posibilidad de explotar a una niña sin experiencia para obtener beneficios.

Con los espíritus suspicaces ya apagados, mi sonrisa se extendió como una delicada mascara, preparándome a mi misma para la posibilidades que la reunión me podía entregar. Pronto, empezamos la abertura, dándonos los números y tasas de gremio, a lo cual eleve la mano, indicando a Matilda que iniciase la transcripción propia desde su posición, una pequeña mesa con una silla de tres patas, al igual que el resto de sirvientas. Puede que el juego de la economía y de los numero resultase tedioso y horrendamente agotador para la mayoría, excluyendo a monstruos como Lady Rose, pero había beneficios en mirar los números y ver más allá de lo que muestran. Sin embargo, la charla sobre aritmética y economía para paletos se vio interrumpida vulgarmente por los tres individuos antes mencionados.

Casi sentí la necesidad de alzar la nariz, notando su falta de modales como un gesto de pestilencia propia, corrupta y desagradable en exceso. Su falta de protocolo era como una repulsiva mancha de lodo en una tela blanca y reluciente o una nota disonante en una melodía. Me lleve la mano, en un gesto de bostezo, ocultando la tirantez de mis labios ante tal obsceno comportamiento. Gracias a los dioses, los individuos decidieron marcharse, dejando tras de sí al eslabón débil.

Mi gesto fue fluido, con mi cuerpo moviéndose por la sala como el de una pálida sombra, atrapándolo en mi agarre antes de que el hombre pudiera marcharse. Mi enguantada mano se cerró sobre su hombro, delicadamente, pero con la firmeza de una velada invitación manteniéndolo atrapado- Estimado señor Higgins…¿Le importaría que tuviese unas palabras con usted?

Considerando como los tres hombres me habían mostrado su cuello al desnudo, ¿Quién era yo para rechazar la invitación y no morder directamente su yugular?

El caballero y yo, junto con nuestros respectivos sirvientes, marchamos a otra habitación, más íntimas. El lugar era el propio para un lugar que se denominaba así mismo “mansión veraniega”, una pequeña estancia decorada en tonos azules y blancos, similares a las olas del mar, mediante opalescentes azulejos. En medio de la estancia, ambos nos sentamos en sillas de hierro, con solo una mesa del mismo material separándonos.

-¿Qué…que deseaba hablar conmigo? -pregunto el hombre, trastabillando momentáneamente en su interrogatorio. Casi parecía adorable. Un pobre hombre, probablemente criado con una educación ligeramente superior a la media, pero que no se podía desquitar de sus actos y manierismos serviles y plebeyos. Aunque, llegados a este punto, quizás eso fuese una ventaja…Algo entre ambos mundos que servía para navegar entre ellos, con la sutil crueldad de no poder sobrevivir solo en uno. O, quizás, simplemente este reflejando algo propio…

-Una proposición indecente, mi estimado caballero.- Replico, con sencillez, mientras observo sus mejillas arden, pero simplemente suelto una leve carcajada, dejando que baile unos segundos en el aire, sumergiéndose en la vergüenza ajena, para después continuar.- He observado la cuestión que las subidas de tasas suponen y me encuentro en la situación para darle el ansiado y necesitado respiro que su empresa necesita…- Elevo mis manos, indicando con el dedo a Matilda y luego a la mesa. Pronto, un pequeño y subrepticio paquete cayó sobre la mesa- Ábralo, por favor…-indico, moviendo la mano en una curva, con la palma abierta, hacia el paquete.

Los dedos y la expresión del hombre mostraban sospecha, quizás merecida, pero cuando abrieron el paquete se encontraron con sorpresa. Un enorme taco de papeles se extendió en la mesa, formando un delicado mar de negros y blancos, una amalgama de información imposible de descifrar a simple vista. Todos con un sello elegante en su superficie, el sello del Banco Real de Rodelfia.

-Estos papeles, caballeros, son informes sobre posibles negocios que podría sostener y auxiliar al suyo, sin necesidad de intermediarios o intervención gremial -Informo, con un tono alegre, mientras poso mi mano, aun abierta, en mi falda- Madereros, ingenieros, guardaespaldas y asociaciones similares…todas preparadas para fomentar la economía de las ciudades del marco occidental de Zhalmia y para que usted saqué provecho de ellas…-digo, mostrando una verdadera sonrisa, mirando el blancuzco rostro del comerciante, incapaz de comprenderlo.

-Pero…pero esto sería…-Mi mano se vuelve a elevarse, haciendo que el otro se detuviese en sus palabras, completamente paralizado.-Traición hacia el gremio. - Completo su frase, sin alejar mis ojos de los suyos, los cuales se desviaban de los míos a los papeles. - Pero el gremio no necesita saberlo, meramente necesitan dejar de recibir sus ingresos.

Tras terminar la frase, me levanto y salgo de la estancia, aunque la voz del hombre me detiene, durante un segundo.- ¿Por qué yo? -Contengo mi sonrisa y risa, manteniendo una expresión neutra y aburrida. Una pregunta tan simple, pero a la vez tan compleja.

-Quizás porque lo que necesita Rodelfia es estabilidad…-replico, girando lentamente mi cuello en su dirección, para después mirar a los papeles.- O porque puede que sea el hombre adecuado para la tarea…-Finalmente, mis ojos se deslizan hacia el hombre, clavándose en él- Aunque, finalmente, la respuesta es algo que me ha de dar usted.- Mi mirada se clava en la suya, con quirúrgica habilidad de un médico de la universidad. Fría y direccionadora.- Pero, antes de nada, por favor, piense…-A esto, giro la cabeza, mirando a la salida- ¿Qué harían sus compañeros ante una oportunidad así?

Tras comentar esas palabras, me aleje del lugar, caminando por los amplios pasillos de madera y mármol, con Matilda como mi sombra. El lugar olía a flores, pero bajo la fragancia podía detectar el aroma del polvo y la antigüedad, supurando de las heridas de la casa.

-¿Cree que ha sido lo adecuado? -pregunto Matilda, con preocupación en su voz, mientras nuestros pasos nos guiaban por los recovecos de la casa, siguiendo un trazado clásico en estos edificios.- Ciertamente, no ha sido erróneo.-Replico, con diversión en la voz, mientras nos abríamos paso entre pequeños torbellinos mortecinos de luz, que entraban por las ventanas.- El banco y múltiples actores relacionados con este hemos estado trabajando en la sombra desde hace tiempo, Matilda, ya deberías de ser consciente -replicó, mientras paso por las primeras velas ya iluminadas, alzándose contra la noche creciente.

-Si, pero nunca usted directamente…-replico, manteniendo el tono profesional y preocupado al mismo tiempo, un contraste que casi te llegaba al corazón- Bueno, no puedo negar que esto ha sido un arreglo de última hora…llámame avariciosa, pero es una oportunidad para ganar mucho más de lo que normalmente conseguiríamos con tales operaciones -continuo, mientras los pasillos empezaban a mostrar sirvientas y signos de actividad. Orejas y oídos- Con suerte, la serenata llegará a un punto más álgido de lo que cabía esperar…-Termino de comentar, mientras me planto en cierta puerta, tras la cual podía escuchar golpes y movimientos bruscos. Mi puño golpeo suavemente, causando el silencio.

Al abrirse, un hombre joven, pero con la musculatura que da la experiencia en los muelles, abrió la puerta. Sus ojos se abrieron en un rictus de extrañeza y pánico por la repentina presencia de una princesa. ¿Por qué la gente me entregaba reacciones tan divertidas? Es un misterio

-Buenas tardes, vengo a ver al señor Crowley -digo, elevando ligeramente mi falda en una pequeña reverencia- Si es posible, desearía tener un momento con él para conversar respecto a su duelo de mañana…

-¡¿Qué cojones hay que conversar?! -gruñe una voz de fondo, propiedad del susodicho, mientras yo me contengo las ganas de vomitar ante la falta de decoro. Pronto su silueta abre la puerta completamente, dejando ver una instancia llena de ropajes y armamento, claramente se estaba preparando para mañana.

-Mi ofrecimiento para ser su asistente durante el duelo…-replico, clavando mi mirada en sus ojos, sin parpadear, manteniendo la mirada directamente con él durante todo lo que dura el contacto. Finalmente, el hombre aparta la mirada. Había ganado. Atravieso la puerta, caminando tras él por la habitación.

-Una mujer no está hecha para ser una asistente de duelo…-replica, finalmente, mientras me da la espalda, mirando fijamente a las armas, ignorándome. No esperaba que jugara la carta chovinista tan rápidamente. Suspiré, negando con la mirada- No, en el duelo no, pero es una posición perfecta para hacerme cargo de los asuntos que tanto parece desear dejar a un lado…

-No sé qué narices creé que una princesita…-dice, girándose, con una expresión de furia en la mirada, preparado para increparme, hasta que hablo- Su nieto se quedará sin nadie que lo cuide…-replico, dejándolo en corto al momento, continuando al segundo que veo su rostro distorsionarse con disgusto- Su madre, por mucho que sea hija suya, no está capacitada para continuar con su compañía…en menos de un mes sus descendientes acabarían completamente en la calle, cubriéndose sus posaderas con lo que encontrasen…¿es eso lo que está buscando?


La furia parecía ceder momentáneamente, sin embargo el orgullo fue rápido en seguirla.- No pienso caer en el duelo…-Ante eso, simplemente contesto, con rostro hierático, observando el nacimiento de una semilla de duda en su mirada- Nadie piensa que caerá en un duelo, pero la universidad está llena de sus cadáveres…-replico con falta de intensidad, mientras me siento, sin importarme el vestuario que cubre los mismos, dándole la espalda.- Por ello, tengo una proposición…


Los ojos del hombre se clavaron en mi figura mientras yo dejaba caer mi cabeza hacia atrás, perezosa, pero marcando como mi posición era una de poder en esta pequeña situación- Conviértame en la tutora de sus bienes…-La furia en el rostro pareció volver, sin embargo, solamente pestañee. - ¡¿Quién se creé que es para venir aquí y…-deje que su patética resistencia continuase durante unos instantes más, hasta que el sonido de su voz empezó a resultarme irritante.

-No estoy interesada en su negocio ni en su fortuna, señor Crowley, pero sí que me interesa lo peligroso que puede resultar el caballero con el que se enfrenta si se le deja libre…-explico, observando como mis palabras agotan momentáneamente su fuego, dirigiéndolo de nuevo a la figura del…ser.- Competencia hace crecer la economía, mejora las ciudades y reduce las posibilidades de que alguien domine al resto con un arma financiera…-mantengo, alzando una mano, ilustrando el concepto- Si usted muere, el equilibrio que han mantenido usted, Higgs y múltiples comerciantes desaparecerá, dejando el terreno libre al señor XV…-Mi mirada era fría y calculadora, mirando al hombre como un mero número en fila, listo para ser añadido a un cálculo tan largo y complicado que su diminuto cerebro sería incapaz de comprenderlo- Y eso es algo que a Rodelfia no le interesa…


El hombre finalmente se sienta, observándome con la furia y la repulsa de las masas con los genios, como si al exhibir su primitiva frustración pudiese compararse con el intelecto que estaba delante de él. Sonreí de medio lado- Por ello, no quiero que me entregue su negocio, señor Crowley…-Continuo, sentándome derecha, mirándole directamente a los ojos- Quiero que se lo entregué todo a su nieto, con el condicionante de que al llegar a la mayoría de edad este lo obtenga, y que yo pueda administrar todo hasta entonces, con una conferencia de hombres que usted marqué como de confianza dirigiendola, ls cual, además, entregará una suma de dinero fijada a su hija para criar a su nieto hasta la susodicha mayoría de edad…

Tras mi declaración, el hombre simplemente alzó una ceja- ¿Y porque debería dejárselo a ti y no meramente a ese “congreso de hombres”? -replico, con una sonrisa sardónica, como si hubiera encontrado la grieta en mi razonamiento. Finalmente, susurro con tranquilidad- Que, por mucho que sean de su confianza, estos pueden romperla inmediatamente y repartirse los restos, dejando a su familia en la ruina…-digo, con tranquilidad, mirándolo fijamente- Mientras que si me deja la guardia de la directiva puede saber que tal división de su compañía no se dará…-Terminó, mientras el hombre frunce el ceño, como si quisiera remarcarme la confianza en sus hombres- Y, por favor, no me diga usted, siendo un hombre experimentado de negocios, que tal cosa no puede suceder


Eso fue lo último que necesité para que la semilla de la duda empezará a crecer, a lo cual simplemente indicó a Matilda que me pasara un papel y cogiera tinta del despacho del hombre, cuyo sirviente facilito- Pero, si se queda más tranquilo, creamos un contrato para que todo quede claro…

Tras esto, las siguientes horas del día fueron una charla sobre la configuración de la compañía y mi papel si el señor Crowley falleciera. Básicamente, actuaría como representante de los deseos de su nieto e hija y mantendría un ligero control en el concilio que dirigiese su empresa, con leves vetos en diferentes aspectos.  Aunque, finalmente, había una parte del contrato en la que ambos nos permitimos cierto…infantilismo.

La señorita Casandra Von Schuyler tendrá permisos absolutos para actuar en contra del comerciante conocido como XV en lo que a mi compañía se refiere"

Ese pequeño fragmento me había dado el arma necesaria para dar fin al gremio de navegantes y al…estimado caballero. Sonreí delicadamente, mientras firmaba con la pluma la parte inferior del documento, llevándome una copia cuando terminamos.

Cuando salí del cuarto, la noche ya había caído, cubriendo en sombras y llamas delicadas el lugar. Junto con las sombras, además, el cansancio envolvía a Matilda y a mí, después de discutir tanto sobre una compañía de la que apenas teníamos datos. Cubrirse el trasero en ese tipo de encuentros era difícil, pero el resultado siempre era positivo.

Sin embargo, la noche parecía darnos una especie de regalo, porque nada más salir de la estancia de Crowley, Matilda me avisó de ciertos individuos cerca. Al parecer estaban intentando ser discretos y no acercarse, pero no creo que funcionase muy bien si Matilda los había localizado tan fácilmente. Con una sonrisa, continúe caminando, pero dejando caer mis tacones al hacerlo, dejando que mis pies desnudos tocasen el suelo, mientras que Matilda los recogía y seguía golpeándolos imitando nuestra marcha. Sin zapato que hiciera ruido, fui capaz de deslizarme sin preocupaciones en su dirección, una esquina, y encontrármelos de frente.

Dos de ellos me vieron, un hombre de apariencia extraña y el divium bailarín, mientras uno estaba de espaldas, comentándolos algo sobre no acercarse a mí. Sin dudarlo, lleve mi cuerpo hacia su espalda, abrazando y posando mis manos sobre el pecho ajeno, notando el acelerado pulso del otro al notarme- Podría bailar al ritmo de tu corazón…-susurro a su oído, soltándolo al momento que salta en la otra dirección, girándose para mirarme de frente, con una expresión aterrorizada.

-Oh, mis dioses…-digo, colocando mis dedos en mis mejillas, en una expresión de como de adorable me resultaba ver su expresión y sus gestos, marcando un terror a mi mera presencia. - Esa es una expresión adorable…-replico, exhibiendo una sonrisa cruel.
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