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Mensaje por Azura el Vie Feb 02, 2018 9:19 pm

Dos meses antes:


Dolbi era un pueblo sorprendentemente grande y bonito, observo la gata desde el carro que la estaba llevando, mientras era acariciada por ese hombre. Su medio de transporte se paró, y el sacerdote la bajo de su falda, provocando una oleada de maullidos de queja.

-Muchas gracias señor Velsignet, espero que nuestro señor le recompense por su buena obra.-
el sacerdote le dedico una reverencia al mencionado, ignorando a la gatita responsable de que ese metálico cabeza-hueca lo hubiera escoltado hacia allí. La felina agito la cola, molesta.

-Y a ti también pequeña.-
el agradecimiento fue acompañado de unas pocas caricias y un trozo de cecina que cogió al vuelo. Bueno, de acuerdo, estaba perdonado. El sacerdote se alejó de ellos, arrastrando su equipaje hacia el pueblo, seguramente dirigido al templo, dejándolos a ellos y al mercader que los había llegado a sus asuntos. La gata bajo un poco sus orejitas, preocupada por la seguridad de ese cachorro de humano. No era, para nada, como ella había esperado a un sacerdote de Symias. Es decir… era rubio, pero no tenía ni un ápice de musculo, ni siquiera esa aura guerrera, aunque desde luego hablaba con profundo fervor de su dios. ¿Puede que eso fuera lo que importaba de verdad para convertir fieles? Tenía que comprobar eso.

La gata había acabado allí de casualidad. Las caravanas de mercaderes eran sorprendentemente abundantes, aunque no entendía aun porque exactamente, era difícil sacar información cuando la gente pensaba que los gatos no hablaban y quien hablaba por ti era un cabeza de chorlito. En cualquier caso, la iglesia de Symias había construido un templo en ese remoto pueblo, y ese sacerdote debía ocupar una posición permanente, pero debido a… la fragilidad de su integrante y a noseque problema súbito, andaban cortos de personal, así que habían necesitado una escolta, y ella, es decir, su golem por ella, había accedido a escoltarlos como acto de buena fe. Absolutamente nada que ver con las deliciosas truchas que se decía que corrían por los ríos de la zona. No señor…

Azura se desperezo y empezó a galopar hasta el principio de la caravana, observando al mercader líder. Sabía lo que traía, llevaba una semana allí metida, así que había tenido tiempo de…explorar. Eran básicamente cosas comunes, que todo pueblo necesitaba, como mantas, hilos, minerales para la herrería, pero también grano. El mercader empezó a discutir con un hombre prácticamente de inmediato, hablando del precio de pieles, plumas, libros, y algo llamado “flor de luna”. El otro hombre, el que debía ser alguien importante en el pueblo, era un hombre de pelo castaño, con una abundante barba y ropas caras. ¿Puede que fuese el alcalde? Fue entonces cuando se percató de una pequeña niña detrás suyo, de pelo negro como la noche, agarrando de una de sus manos una horrible muñeca, casi arrastrándola por el suelo. La niña finalmente se percató de su presencia, le dedico una sonrisa y sus ojos se cruzaron… y la gata inmediatamente salió por patas, seguida mucho más lentamente por un preocupado Velsignet y sus dos lobos metálicos.

Dolbi era un pueblo de unos cincuenta edificios, todas de una piedra negra que parecía ser pizarra, a excepción del recién construido templo, que era piedra de verdad, grisácea. La mayoría de esos edificios eran casas, aunque había una taberna, ya que no solo los mercaderes solían pasar la noche en el pueblo, sino que también había aventureros de vez en cuando, preparando partidas de caza para vender los peligrosos monstruos de la zona como ingredientes alquímicos, aunque dichos monstruos nunca parecían acercarse al pueblo por alguna razón. También había un “ayuntamiento”, que técnicamente era una enorme mansión con jardín incluido y otro edificio que más tarde descubrió, era una biblioteca, el origen de los libros que venían al exterior. Los mercaderes pedían una sorprendentemente cantidad de copias de un ejemplar concreto, y los escribas de la biblioteca los entregaban. Y por supuesto, por encima de todos esos, majestuoso y radiante como si fuera iluminado por mil soles, estaba la casa del pescador, del exterior de la cual colgaban trozos de pescado, secándose al sol. Las malas lenguas dirían que se trataba más bien de una chabola de una sola habitación que de una casa, pero esos claramente no apreciaban el fino olor a ahumado y cítrico que desprendía dicha casa, claramente la marca de un artista.

Ya con la panza llena de deliciosa trucha de rio ahumada, la gatita se subió a su golem y se dirigieron hacia la taberna a pasar la noche.



En la actualidad:



Habían sido un par de meses durísimos para el pueblo, y todos los problemas podían reducirse a un único punto, un único evento en el pasado que había causado todos los problemas. Balzien, el escriba jefe, había enloquecido hacia aproximadamente dos meses, masacrado al resto de escribas que trabajaban en la biblioteca y huido al bosque, jurando venganza. Unos pocos hombres habían decidido perseguirlo, para no volver nunca jamás, ya fuera por las peligrosas bestias que habitaban en el bosque, o por culpa del irrazonablemente peligroso escriba. Puede que eso se hubiera quedado así, con un pirado viviendo en los bosques que eventualmente seria devorado por los grifos, o los leshens o la amalgama de criaturas que vivían en ese apartado rincón del mundo, pero entonces empezaron a desaparecer caravanas. Solo se encontraban los carros, ni personas, ni animales, ni siquiera rastros de sangre a pesar de los obvios signos de batalla.

Eso había provocado una obvia y lógica bajada en los mercaderes que visitaban la zona, que no solo se había vuelto peligrosa, sino que había dejado de suministrar su producto estrella, los libros. Pero había una recompensa por la cabeza de Balzien, diez krulls de oro si se le capturaba vivo, cinco si se traía una muestra de su muerte, así que, técnicamente, al contrario que todo ese maldito pueblo, la taberna había sufrido un pico de actividad al haberse llenado de aventureros deseosos de forrarse con lo que básicamente era un chupatintas. La gata había estado allí cuando los primeros buscafortunas habían llegado, y los siguientes, y los otros, todos internándose en el bosque para no volver jamás, aunque estaba bastante segura de que estos habían muerto debido a las bestias que habitaban el bosque, aunque era un completo misterio para ella el porque ni se acercaban al pueblo. Ella no había olido ni visto nada que actuara como repelente, ni runas o pilares mágicos que ofrecieran algún tipo de protección…

Pero era innegable que esa protección existía, al igual que dichas bestias, como había comprobado en carne propia. No tenía ni idea de qué diablos era ESO, pero había cortado a través de Velsignet como si estuviera hecho de mantequilla y estaba segura de que había escapado simplemente porque esa cosa había estado demasiado confundida con el hecho de que su protector no estuviese hecho de carne. Lo que la había dejado con no pocos problemas. Para empezar, el golem estaba destrozado, le faltaba un brazo, parte del torso y tenía un rasguño muy feo en la cara, además de numerosos daños internos, allí donde la criatura había intentado literalmente destriparlo. Era reparable, eso sí, y había conseguido disimular lo suficiente ese lamentable estado como para solicitar por encargo materiales a uno de los mercaderes que abandonaba el pueblo, pero la realidad era que su compañero no estaba, ni de lejos, en condiciones de luchar, y era un maldito cabeza de chorlito, y más rígido que el acero del que estaba hecho, pero ante todo era su responsabilidad, así que lo había confinado en la habitación de su taberna, donde estaría seguro, hasta que consiguiera los materiales que necesitaba, cosa que la verdad, había dejado su presupuesto bastante por los suelos, así que había decidió renunciar a esa deliciosa trucha ahumada y buscarse su propia comida, por lo que últimamente salía de exploración más de lo habitual. Por eso y porque cada vez que miraba el golem se le partía el corazón, así que había tomado la madura decisión de verlo lo mínimo imprescindible.

Ese día en concreto llegaba una caravana que esperaba, contenía los materiales que necesitaba, porque después de su siesta de mediodía, salto por los tejados del pueblo ignorando el frio de principios de invierno, que amenazaba con cubrirlo todo de nieve hasta llegar a la caravana. Se posó grácilmente en el suelo y luego subió a la hilera de carros, saltando sobre mercancía, cabezas y caballos por igual sin muchos miramientos, buscando sus minerales.


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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Lamb el Lun Feb 12, 2018 9:47 am

Magnus había cumplido su promesa y en estos momentos me encontraba a punto de llegar al pueblo de Dolbi. Dentro de aquel vagón, junto con cajas llenas de diversos víveres, descansaba mientras las heridas que cubrían mi cuerpo terminaban de sanar. A pesar de la incomodidad que los animales y la gente parecían tener hacia mí, Magnus procuraba compartirme algo de su alimento. Temía que de un momento a otro se arrepintiera y decidiera abandonarme, pero el honor o la culpa de estar cargando aquellas heridas que pensó que le matarían le hacían cumplir mi simple petición, "llévame".

No estaba acostumbrada a caminar mucho, antes de tomar esta diligencia mis pies habían terminado con ampollas sanguinolentas, pero la caravana se nos había presentado en el momento adecuado. No sabía que había de interés en ese lugar para Magnus, yo quería salir del pantano y el cumplir lo que le dictaba su honor, pero fuera de eso apenas intercambiábamos palabra. Me encanta ver la nieve caer ya que no había nada parecido en Swash, a pesar de no sentir mis pies y los escalofríos que me hacían temblar, había algo en el blanco que me hipnotizaba como insectos a una antorcha.

Terminamos llegando a nuestro destino, el camino había sido tranquilo y silencioso, aun que mucha de la gente parecía nerviosa en el camino, aquello me hacía pensar que habían esperado problemas que afortunadamente no se presentaron. Escuchaba el bullicio afuera y me imaginaba a los pasajeros descendiendo después de haber pasado gran parte del viaje platicando y conociéndose. Eventualmente Magnus vendría para cumplir su promesa, quizás después de obtener donde dormir o incluso algo de alimento, pero en este momento algunas de las personas empezaron a descargar las mercancías que tenían mientras yo me hacía a un lado buscando no estorbar, los que no sabían que me encontraba en ese lugar se asustaban mientras que aquellos con quienes había viajado me lanzaban miradas molestas y me pedían que bajara para descargar.

El ambiente era tan distinto a mi hogar que me sentía confundida, tendría que buscar al joven del sombrero y capa azuladas en la posada del lugar, camine lentamente hacia donde la mayoría de la gente se dirigía esperando encontrar a quien buscaba. Después de unos minutos de caminar llegue a un lugar que parecía dispuesto a recibirá los viajeros que pasaran por el lugar.
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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Balka el Lun Feb 12, 2018 7:29 pm

____Balka dejó que un pequeño escalofrío la recorriese de arriba a abajo, estremeciéndose a su paso por la espalda. Se frotó un poco las manos, tenía frías las puntas de los dedos. Entraba el invierno en la cordillera de Daulin y la estación empezaba a dejarse ver: una finísima capa de nieve cubría algunas rocas y ramas. Se derretiría a lo largo del día y volvería a caer, pero que cuajase significaba que las montañas estaban preparándose para su estación más dura.

____Nickel, acurrucado sobre los hombros de la elfa y resguardado por la capucha de la capa, observaba el camino ante ellos. Viajaban escoltando una pequeña caravana de mercaderes hacia un pueblo llamado Dolbi al que deberían llegar pronto, y se sentía fascinado por la ausencia de brillantes colores. La fauna a los pies de las montañas no era escasa, pero tendía a dispersarse y más en invierno; la falta constante de auras que observar, a parte de los integrantes de la comitiva, parecía algo totalmente nuevo para él. Así que estiraba el largo cuello, bamboleaba la cabeza y giraba su máscara blanca como un extraño radar a la caza de un color.

____Para la elfa, sin embargo, las faldas de Daulin no ofrecían nada que no hubiese visto ya. Las mismas rocas grises que se perdían bajo la nieve perpetua según alzabas la cabeza y contemplabas los altos picos. Los mismos caminos llenos de piedras con surcos de carretas. La misma gente nativa, parca en palabras como todo buen montañés, pero hospitalaria como pocas. Había aceptado aquel encargo cuatro días atrás por dos simples motivos: necesitaba el dinero y quería encontrar jackalopes. Quizá fuera demasiado pronto en la temporada, pero encontrarlos puede que le costara bastante tiempo. Esquivos conejos cornudos... masculló para sí. De modo que aprovechó aquella oportunidad pagada de adentrarse en Daulin y allí estaba, con el culo dormido después de horas de cabalgata, esperando llegar al condenado pueblo y entrar en la taberna para poder beberse un buen hidromiel especiado caliente. La verdad es que durante el trayecto no se registraron mayores incidentes que la avería de una rueda, un pequeño alud que sepultó el camino del cual se libraron en un par de horas y algunas contusiones por resbalones al pisar placas de hielo disimuladas pro la suave nieve. Balka no entendía la cara de preocupación que tenía el mercader al contratarla.

____Cuando la caravana empezó a acelerar el paso supo que estaban ya muy cerca. Espoleó a Mantequilla y se puso alerta, por si acaso, aunque estaba segura de que nada ocurriría. A esas alturas la falta de incidentes la tenía bastante mosqueada.

____El pueblecito era más bien enano, con casas de fachadas grisáceas cuyas pocas calles resultaron sorprendentemente amplias. La caravana, con lentitud, fue hormigueando hasta el mismo centro mientras su presencia parecía atraer la vida del lugar: mujeres se asomaban a las ventanas, niños comenzaban a corretear entre las piernas de los adultos, perros ladradores que ponían nerviosas a las mulas. La plaza en la que se pararon podría denominarse plaza por la estructura, no porque hubiese algún indicativo. A un lado se veía la fachada de una taberna, en frente el de una casa grande, y al otro podía apreciarse una construcción a todas luces nueva, de piedra gris, maciza y bien asentada. Tenía toda la pinta de ser un centro de culto, pero a la elfa se la soplaban ampliamente los dioses y sus acólitos, salvo que quisieran contratarla. La gente cada vez era más numerosa, y los recién llegados desplegaron enseguida sus puestos con la rutina ágil de quien lleva en el negocio toda la vida: casi de la nada aparecieron tenderetes desplegables, mesitas, cajas, cualquier superficie era buena para exponer la mercancía, vocear sus propiedades y animar el lugar con risas, jaleo y calidez. Un gato descarado con un colgante al cuello aterrizó de repente sobre la cabeza de Mantequilla haciendo que la yegua relinchara del susto, e impulsándose saltó sobre otras cosas y otra gente ignorando todo aquello que no era de su interés. La mujer chasqueó la lengua con molestia, pero desmontó del animal y después de tranquilizarlo un poco se acercó al mercader. El hombre le dio las gracias, pero por alguna razón miraba a todos lados como si de repente algo fuese a salir de la nada y a comérselo. Comentó que no pasarían allí más que una noche y que deseaba contratar sus servicios de nuevo para en camino de vuelta, mañana al atardecer. Balka se encogió de hombros en un gesto indefinido que podría tener cualquier significado.

____Se encaminó hacia la taberna, un lugar nada difícil de perder porque, a parte de la enorme señal que colgaba de un alero con la imagen de un troll de piedra empinando el codo, era donde más gente apiñada había. Pero no era gente normal. Es decir, era evidente que los hombres y las pocas mujeres que se apoyaban en las paredes y la puerta de la taberna para observar lo que pasaba en la plaza no eran lugareños: eran como ella. Cazarecompensas, cazadores, trotamundos. Llenos de cicatrices y miradas curtidas y con el armamento al cinto presto a ser usado frente a cualquier imprevisto. Se sonrieron un poco al verla pero siguieron hablando entre sí formando grupitos mientras se acercaban hacia los mercaderes, en busca sin duda de algo que adquirir.

____Balka fue directa a las cuadras sin sorprenderse al descubrir que apenas si quedaba hueco. Pagó al chavalín encargado de los animales un pequeño extra para que no se olvidase de Mantequilla entre tanto quehacer y acto seguido entró en la taberna. Por dentro resultaba igual que por fuera: sencillo, macizo, con regusto montañés. Estaba sorprendentemente limpio y el dueño sonreía de oreja a oreja inconscientemente: jamás había tenido tanta actividad como ahora. Pidió un hidromiel caliente especiado y se acodó en la barra dejando que el calor del lugar fuese templándola poco a poco. Tuvo que pagar un precio más elevado, pero después de discutir un poco consiguió que el tabernero le alquilase una habitación a ella sola. No era la más grande que tenía, pero al no compartirla el agobio de la claustrofobia quizá no la incordiase tanto y no es que se pudiera permitir dormir a la intemperie en cotas tan altas. La mujer dio tranquilos tragos a su bebida, aflojando distraía el cuello de su capa para darse cuenta, de repente, que el peso del kaoras en la capucha no le provocaba molestia alguna porque no estaba. Inmediatamente palpó la bolsa que llevaba colgada al bies y dejó escapar un leve suspiro de alivio. Estaba tan acostumbrada a que se le colgara de los hombros y se escondiera entre sus cosas que su cerebro ignoraba por completo los movimientos del animal. Abrió la tapa de la bolsa y se asomó.

____-Oye Nick, ¿qué haces ahí metido? Estamos en un lugar nuevo, hay muchas cosas que ver.

____Por toda respuesta Pumpernickel la observó, enrollado sobre sí mismo entre sus pertenencias, y sin desviar la mirada de sus ojos agarró la tapa y cerró la bolsa. Tres veces Balka la abrió, y tres veces la criatura la cerró con celeridad. ¿Qué demonios estaba pasando? Nickel jamás desperdiciaba una oportunidad de merodear por ahí buscando cosas que le pareciesen interesantes, y hacía menos de un día que estaba despierto, su ciclo de sueño no empezaba hasta dentro de otros dos o tres. Dio otro trago al hidromiel. Luego estaban los trotamundos y cazafortunas que había visto en la entrada. Y el nerviosismo del mercader que la contrató. La elfa conocía la zona y no resultaba tan conflictiva como para pagar cinco mercenarios para una caravana de tres convoyes. Suspiró con resignación ante su propio descuido, se terminó la bebida e hizo saltar dentro unas monedas que chapotearon un poco. Entonces el tabernero se acercó.

____-Un hidromiel estupendo, señor...

____-Bronn. Me llaman Bronn. Me alegro mucho que le guste, señora. -dijo el hombre con una sonrisa, mirando con atención sus orejas. Últimamente veía más gente variopinta de lo habitual, pero aún así ver un elfo era algo fuera de lo común para él.- ¿Ha venido usted también por lo del asunto éste? -La mujer alzó las cejas mientras Bronn pescaba las monedas del fondo de la jarra.- El del escriba. Verá, nosotros teníamos un escriba antes, con acólitos y todo, y aquí copiaban libros y se vendían la mar de bien; lo que pasa es que un día Balzien se volvió majareta... y los mató a todos, a sus ayudantes, digo. Una tragedia todo. Se marchó al bosque y de ahí no lo saca nadie. Dicen que dan cinco kull de oro si lo traen muerto, pero diez si lo traen vivo. Aunque, sinceramente señora, con todos los problemas que está el asunto... Todos los chavales que vienen se ponen contentos por la recompensa tan alta, pero yo pienso que mejor agarrar las cinco piezas, ¿verdad? Ir a lo seguro.

____-En el caso de que fueras capaz de matarlo, obviamente. -comentó ella.

____-Obviamente, obviamente. -se apresuró a decir.

____-¿Quién dio la orden de  busca y captura? Siento curiosidad por conocer al "encargado".

____-Ah, ah, ¡ése es más fácil de encontrar que el escriba! Lo tiene usted ahí, en el rincón. Amanece y anochece en el mismo lugar esperando a la gente que viene y a la que se va. De momento no ha regresado nadie, he de decir. Simon, se llama. ¿Va a probar usted suerte, señora?

____La mujer sonrió ladina y juguetona sin dar una respuesta. Se giró hacia el rincón que Bronn había señalado, y efectivamente allí estaba el tal Simon. Cabello oscuro, estatura estándar, musculado. Vestía un tabardo azul oscuro. No parecía nada del otro mundo, sólo un soldado raso. Sin embargo Balka sabía que las apariencias engañan la mayor parte del tiempo. Y algo raro estaba pansando.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Re: Ratquest [Campaña]

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