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Ratquest [Campaña]

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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Egil el Dom Oct 14, 2018 11:12 pm

Egil suspiró mientras avanzaba, no tenía nada en su mente ni un blanco fijo en sus ojos, no le gustaba la cordillera de Daulin por una única razón: los enanos. Hace tan solo 6 horas estaba vagando perdido, y ahora se encontraba a merced de un enano que no parecía callarse, el mismo enano que lo encontró por allí y asumiendo "que todos los demás son unos tontos que no conocen las mejores tierras de Noreth", decidió ayudarlo y hacerlo venir con él a un pueblo que no estaba muy lejos: Dolbi.

Aunque Egil estaba acostumbrado a caminatas largas, esta se estaba haciendo pesada, tal vez por el frío del ambiente, que penetraba incluso más allá de su armadura, tal vez porque la cordillera se veía misteriosamente vacía, lo único que había visualizado durante esas horas aparte de nieve, rocas y picos eran caravanas, que iban curiosamente muy protegidas, tal vez demasiado como para ignorar este detalle. O tal vez porque desde que el enano empezó a guiarlo no se había callado, era una palabra tras otra y requería casi todo su esfuerzo mental el poder bloquearlo para que las palabras entrarán por una oreja y salieran por la otra, justo como cuando alguien pasa página y página de un libro, pero sin absorber ninguna palabra.

Mientras avanzaban juntos, una rama que ya no podía retener ni un copo más de nieve quebró y fue a parar en la cabeza del humano, no sintió más que una ligera incomodidad gracias al yelmo, pero de todas maneras rompió su concentración y lo hizo volver a si mismo. Escaneó el lugar rápidamente, como si no supiese donde estaba y observó al enano, que reía fuertemente de él. Egil sintió un pequeño impulso asesinado hacia el enano en ese momento, no tanto porque se burlase de él, si no por la burla misma, lo inquietante y molesta que sonaba a su oído.

Jaja, que gracioso —dijo quitándose la nieve de encima, sin mirar al enano.
¡Vamos, compañero! —exclamó acercándose y dándole una palmada con toda la fuerza y rudeza de un enano—. ¡No hay razón de ponerse así por una risita!
Egil miró al enano con enojo, pero no es que este pudiera darse cuenta de eso con el montón de metal que Egil tenía en la cabeza.
« Risita, dice » pensó Egil, « se ríe como un animal muriéndose... en fin... » acomodo su postura poniéndose las manos en la espalda, como era de esperarse, la mano enana era pesada e incluso solo una palmada así había parecido el golpe de un martillo.
¡Ahora sigamos! —el enano se dio vuelta y apunto al frente, dándose cuenta de que solo apuntaba a un árbol—. Erh... ¡ahora sigamos! —repitió, apuntando de nuevo al camino que atravesar y siguió caminando, sorpresivamente rápido para piernas tan cortas.
Egil se quedó viendo al enano avanzar y tras unos segundos, continuo siguiéndolo.
Como te contaba... —tosió el enano, preparando su garganta para seguir hablando.
« Oh, no... »
Últimamente hay unos rumores extraños en el pueblo, recuerdo cuando era un lugar prospero, me gustaba ir a la taberna a tomar... ¡pero los últimos meses! ¡han sido una cagada! ¡ahora se la pasa puro mercenario pendejo! —empezó a gritar e insultar, confundiendo algunas palabras y tirando uno que otro insulto en enano—. ¡Todo por ese escriba hijo de la gran puta!
Egil prestó atención por primera vez desde que estaba con él a lo que le enano decía, esto sonaba más interesante que lo primero que le había estado contando, que era toda la historia de su familia, y una cosa de herrería...
¿Qué, qué escriba?
Ah, pues, eh —masculló—, no estoy muy seguro, es un tipo que... escribía, supongo —dijo dudoso al no saber que era un escriba—, que se volvió loquito, así como que le dieron un martillazo en su suave cabeza y mató a todos sus ayudantes, así como que les dio un martillazo en la cabeza. Luego se marchó al bosque ya hace dos meses y no lo han podido sacar, ¡la gente ni vuelve, los matan! —levantó los brazos el enano—. Ah, ah, sí, creo que la recompensa era... era... —se rascó la barbilla intentando recordar—. ¡Ah, sí, sí! ¡cinco krulls de oro si lo traen muertecito, así, como si le dieran un martillazo en la cabeza! ¡y diez si lo traen vivo!
Egil perdió repentinamente el ánimo, la recompensa era atractiva, pero el asunto sonaba en exceso extraño, y debía ser el escriba más capaz de el que jamás había oído hablar si se había marchado ya hace dos meses a un bosque y que ni animales, ni todos los que habían tomado el trabajo durante ese tiempo hubiesen logrado sacarlo.

Tras un par de horas de caminar más, finalmente habían llegado a Delbi fue fácil saber que allí es donde habían parado las caravanas que les habían superado al tener carrozas y animales, o esclavos que jalarán para llevarlos, porque en la entrada del pueblo y más allá podía verse mercaderes con sus pertenencias ya esparcidas, ofreciéndolas a los lugareños por un precio.

Humano y enano caminaron un poco más hasta alcanzar la plaza del pueblo, no había una actividad excesiva, pero tampoco había poca gracias a que el mayor número de mercaders se habían asentado en ella. Lo más abandonado del lugar era una edificación que a simple vista, se notaba era para dar culto a alguna Deidad, mientras que lo más concurrido era la taberna. No era ninguna sorpresa, siempre hay mucha gente donde hay problemas y donde hay alcohol, y en la mayoría de las tabernas consigues ambos.

El enano, por supuesto, abandonó velozmente a Egil para dirigirse a la taberna, había algo en la cerveza que atraía a los enanos como miel a las abejas. Se quedo mirándolo entrar y las personas que se apoyaban de la taberna, poniéndose a fijarse bien, aunque no fuese raro ver gente frecuentar una taberna, estos claramente no estaban allí solo por un trago o pasar la noche.
El pensar esto le hizo notar la oscuridad, ya se había hecho tarde y no le había dado mucha atención porque el enano lo había estado aturdiendo con sus cuentos. Sin ninguna opción más que conseguir un cuarto y no queriendo entrar al templo, temiendo que este fuese a prenderse en fuego si ponía un pie allí.

Acomodó sus armas y entró a la taberna, tan simple pero tan llena como se notaba de afuera con tanta gente recostada de la pared y otros viendo por la ventana, como si espiasen a alguien que estaba adentro. Miro de lado a lado, ojeando a las personas que allí se encontraban hasta localizar al tabernero, que acababa de servirle un trago a un extraño. Se acercó a la barra y tosió para llamar su atención.

¡Ah! ¡bienvenido! —exclamó el tabernero—. Por su armadura... supongo que está aquí por ese asunto, ¿no? —sonrió, ya había perdido la cuenta de cuanta gente había entrado a su taberna por eso—. Por allá esta Simon —dijo adelantandose y apuntado al susodicho.
¿Asunto...? ¿Simon? no, no —negó con la cabeza—, yo solo quiero una habitación. ¿Tiene disponibles?

El tabernero se extraño, alguien con armas y cubierto de acero de pies a cabeza, y no estaba allí por el trabajo, sino por un cuarto. Se encogió de hombros y le dijo su precio por una habitación en el piso de arriba.

Egil se encaminó al piso de arriba y comenzó a buscar el número que indicaría su habitación, no la consiguió en la primera vuelta, pero tras inspeccionar mejor, pudo ver un cartel tirado frente a una puerta, se había soltado del clavo que lo sostenía. Lo levantó y verificó que el número fuese el mismo que le había dicho el tabernero., efectivamente, esa era su habitación.

Al entrar descubrió que la habitación era... normal. Como se esperaba. Se quitó el cinturón y con mucho cuidado lo coloco sobre la espaciosa cama, donde podrían entrar un par de personas, al menos sí se ponían de acuerdo.
Empezó a quitarse la armadura, quedándose solo en lo que llevaba bajo la armadura: unos shorts, una camisa y guantes de tela, además de medias, y claro, su ropa interior, todo ligeramente empañado de sudor por haber caminado tanto con la armadura encima. Corrió sus manos por su pelo soltándolo y se rascó los ojos con los dedos suavemente. Al sentarse en el suelo cerró los ojos, en una posición de loto, como si pretendiese meditar.

Al hacerlo, creyó sentir algo detrás de él, su arma de acero vil vibraba en la cama, recordándole que debía darle "comida" pronto. Ante esto, deseando no tener que concurrir a matar a alguien del pueblo, la opción de ir a cazar al escriba, matarlo para satisfacer su espada y de paso sacar dinero de eso resonaba en su mente como una buena posibilidad.
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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Eudes el Sáb Oct 20, 2018 9:00 pm

¡Aventura! ¡Heroísmo! ¡Justicia! ¡El olor a hierro en la nariz y el sonido de espadas chocando en el aire!

Esas y demás bendiciones no fueron las que Eudes encontró en el campamento de los malvados esclavistas. La verdad fue que, cuando saltaron de entre la maleza cual gacelas y se lanzaron contra los sirvientes oscuros, ninguno de ellos se dignó ni de maldecir en Lengua Negra ni en ejecutar algún oscuro hechizo; trataron de luchar, sí, pero ninguno parecía demasiado capaz...La verdad fue que aquellos lobos despacharon a la mayoría tan fácilmente como hubiesen cazado conejos...Mecánicos suponía el caballero, y él mismo consiguió poner en el suelo a dos, demasiado despistados incluso para desenvainar propiamente. Se pregunto él si aquello sería señal de que el señor oscuro era un tacaño contratando siervos...Aunque luego cayó en cuenta de que quizá simplemente se había vuelto demasiado bueno con la espada, y su sola presencia hacía a sus enemigos temblar y cometer torpezas; sí, sin duda debía ser eso.

-¿U...Usted?- Preguntó incrédulo el chico alfarero, mirandole a través de los barrotes de uno de los carromatos-jaula.

-¡Ha!- Exclamó Eudes, alzando un brazo- ¡El mismo que viste y calza en metal, muchacho: ¡Eudes Wogethrall, El caballero tortuga, defensor del simple y asesino de los malvados!- Rápidamente se acercó al candado de las jaulas, abriéndolo con un simple golpe de su espada- ¡Sois libres, oh nobles campesinos; podéis ahora volver a vuestras ca-

Eudes fue golpeado...Muchas cosas lo golpearon, cosas que tenían piernas, brazos, y unas incalculables ganas de volver a sus casas y olvidar que los terribles meses de prisión habían alguna vez ocurrido.

-¡Oigan, oigan, no hace falta ser incivilizados!- Gritaba, mientras los prisioneros salían en tropel del carromato, abriéndose paso sin importar que estuviese delante prontos para perderse en el bosque. Ni si quiera el hijo del alfarero, su objetivo, se molestó en darle las gracias o prometer recordarle eternamente; como todos sus compañeros, corrió entre los árboles hasta que de él solo quedó un rumor.

-Que...Animados- Comentó, acomodándose el yelmo torcido- Bueno, supongo que los demás estarán más dispuestos a hablar.

Ninguno lo estaba. Apenas se deshizo el caballero de cada candado, los esclavos salieron en tropel lanzando maldiciones y riendo, prontos a desaparecer tan pronto habían alcanzado el bosque. Bufando, Eudes puso los brazos en jarra, bastante insatisfecho.

-Quien lo diría...Todos unos desagradecidos- Comentó, mirando ahora hacia los lobos- Y supongo que ahora he de pagar el noble favor a muestro maestro, ¿No es así feroces bestias mecánicas? ¡Hum! Supongo que tendré que volver a conseguir otro trabajo...Espero la verdad que sea más...Satisfactorio que todo ésto...Aunque tendré que seguir buscando a ese señor oscuro luego.

Y así, volvieron al pueblo. Había escuchado él sobre el caso de un alquimista secuestro, así que, sin mayores cosas que hacer, se decidió por emprender aquella noble misión...Menos noble por el hecho de que ahora NECESITABA el dinero, aunque no menos heroica si las cosas salían bien. Realmente esperaba poder luego volver a su previa aventura, persiguiendo al terrible Señor de Las Cadenas, como había apodado al esclavista de los carromatos...No parecía que en aquellos lugares hubiese demasiados desafíos dignos de un caballero, aunque se sentía feliz por ser útil en algo.

Una pista llevó a la otra, y al final terminó descansado en medio del bosque, cruzado de piernas en la noche, con una improvisada fogata frente a sus protegidas narices. El frío se empezaba a filtrar por su armadura, aunque realmente estaba costumbrado; había pasado noches similares antes, y no flaquearía solo por una vulgar brisa. Lo que más podía hacer, era descansar, pensando en lo que, para mal o para bien, esta nueva aventura podría deparar...
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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Azura el Dom Oct 21, 2018 11:35 pm

Era una noche tranquila, aunque oscura, con las nubes tapando las estrellas y las lunas. Los búhos y demás animales nocturnos seguían con su vida. Seguramente no lo habrían hecho en otros bosques, pero estas criaturas ya estaban acostumbradas a un número inusualmente alto de aventureros paseando por esos lares. Al fin y al cabo, aunque supieran exactamente donde iban, había algo más de un día de viaje hacia la guarida de ese pobre alquimista, si lograban encontrarla siquiera. Así que a los animales de la noche no les importaba acomodar sus costumbres a unos cuantos extraños.

Y al monstruo que les daba caza.

___________

El fuego crepitaba en el campamento, iluminando a una mujer que comía tranquilamente de un plato de estofado, saboreando cada bocado, las emociones que le evocaban, intentando recordar de donde procedían, sin éxito.

-Yo hare la primera guardia mi señora.- Dijo la figura, Brutus, un hombre lagarto para cualquiera que lo observara, pero tanto ella como su acompañante, Aurelio, sabían que no era exactamente verdad. Del mismo modo que ella no era humana, por más que su pelo plateado y ojos azul eléctrico dijera lo contrario. Entonces lo olio, algo que no debía estar en ese bosque, algo que se había tomado muchas molestias para ocultar su olor a sangre, pero esta aun rezumaba por encima de la de jabón.

-¡Brutus!- advirtió, demasiado tarde, la cosa ya estaba sobre él, y el draconido se derrumbó con múltiples y profundas heridas en el pecho. Su fiel lanza ya estaba a su lado, embistiendo contra la monstruosidad, que se retiró más allá del claro, al amparo de la oscuridad.

-¿Se ha ido?- Pregunto Aurelio, mientras se arrodillaba sobre el draconido. Costaba de ver debido al color de sus escamas, pero estaba sangrando profusamente.

-No, está acechando, cerca.- su compañero estaba claramente nervioso. Estaban muy verdes, a pesar de que en teoría era ella la que estaba a prueba. Una sombra se movió, desperdigando la leña que había estado ardiendo, su fuente de luz. Estaba preparándose, podía olerlo, reptando por el suelo, hacia su espalda, su punto ciego.  –Aurelio, ¿te enseñaron a usar las Escamas Celestiales?-

-Sí, pero no va a ay…-


-Úsalas y cubre a Brutus.- sabía lo que iba a decir. Esa técnica protegía de la magia, no del daño físico que esa cosa producía con sus apéndices. La mujer suspiro, liberando un vaho de aire. Las escamas blancas de Aurelio se fortalecieron, mientras cubría a su compañero. Finalmente pareció entender lo que estaba haciendo.

-No tienes suficiente poder.- Usualmente, habría sido cierto, pero era difícil de explicar a alguien que nunca había tenido ese poder en sus manos. ¿Cómo explicar que aun sentía ese poder, justo fuera de su alcance? ¿Cómo explicar que sabía sin ninguna duda, como si fuera una extensión más de su cuerpo, que esas nubes que los sobrevolaban eran nubes de tormenta, esperando una palabra, un susurro de su parte? Al final se decidió por una manera sencilla.

-No importa la forma que tenga ahora. Ellos acuden, cuando su Emperatriz les llama.- la cosa se lanzó hacia su nuca, a una velocidad pavorosa, al mismo tiempo que la noche se teñía de luz.

Unos minutos pasaron, antes de que Aurelio se despegara de su compañero, en un claro ahora carbonizado. -¿Lo has matado?-

-No, ha escapado.- se limitó a decir Zarlandris.

Y eso era bueno para el grupo, pero horrible para cualquier otro ser en las proximidades, puesto que incluso a través de la lluvia y los truenos podían oírse los gritos inhumanos, los arboles siendo derribados por algo muy, muy enfadado, y cualquiera que se encontrara con el causante de tal destrucción solo podía tener un destino, como no tardaron en comprobar unos cuantos aventureros que, como los diversos protagonistas de esta historia, habían decidido pasar la noche en el bosque.

Para aquellos con la suerte de no haberse topado aun con esa criatura, solo había una cosa que podían hacer. Correr.


___________

-¿Anabelle, sigues despierta?- Dijo la criada, agachándose junto a la niña, que miraba a través de la ventana las gotas de lluvia cayendo sobre el cristal. Un lujo que solo una persona del pueblo podía permitirse.

-No puedo dormir.-
dijo la niña de rizos dorados, frotándose un ojo con una mano, mientras con la otra sujetaba su inseparable aunque francamente feo oso de peluche. Un rayo cayó en la lejanía, cubriendo el cielo de azul, y la niña se encogió ante el sonido del trueno. La criada la atrajo en un abrazo, y la niña pareció relajarse.

-Venga, vayamos a tu habitación, no queremos despertar a tu señor Padre, voy a leerte un cuento hasta que pase lo peor.-
La niña asintió, con una sonrisa radiante, y tomo la mano de la criada. No la culpaba, todos en el servicio sabían que Anabelle tenía mucho miedo a las tormentas. Al fin y al cabo, sin su madre y con un padre tan ocupado con gobernar el pueblo, ellos habían sido los que se habían encargado de criar a la pequeña. Pero no se quejaban, ella era una niña perfecta, y una sonrisa suya bastaba para alegrarles el dia.


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Re: Ratquest [Campaña]

Mensaje por Egil el Lun Oct 22, 2018 1:44 am

La noche estaba siendo una oscura, tranquila... se podía respirar la calma, aunque una llena de incertidumbre, la incertidumbre que acompañaba al pueblo respecto a lo que estaba allí afuera. En su cuarto, sin embargo, eso estaba lejos de ser el peso que caía sobre el auto-proclamado espadachín. La espada seguía agitandose, cada vez más fuerte, cerrar los ojos e intentar meditar era inútil, cuando su mente parecía vacía de pensamientos, las vibraciones de la espada resonaban en su mente, en cada hueso, cada miembro de su cuerpo.

Egil abrió los ojos, ya harto, y se dio vuelta.
¿¡Qué!? ¿¡qué quieres!? —le gritó a la espada.
El arma dejó de agitarse, y con ello una voz resonó en su mente, una voz ofreciendo respuesta:
« Una semana... » escuchó débilmente, como un susurro en sus oídos. « Esta noche se cumple una semana, humano. »
Egil calló al oir al arma; una semana... era demasiado tiempo, normalmente la "alimentaba" cada tres o cuatro días. Al principio creyó eran solo exageraciones del arma, en un intento de arrastrarlo más por el sendero de los Señores del Foso, por lo que se dio vuelta, listo para hacer caso omiso a las advertencias.
No  —repuso firme contra el arma—, estoy seguro de la última vez fue hace cinco días.
Así, volvió a cerrar los ojos. El nuevo, adquirido silencio solo alimentó su idea de que estaba en lo correcto y la espada solo lo había intentado manipular, una ocurrencia bastante común y a la que, lamentablemente, estaba acostumbrado.

Entonces sintió ardor.
Ardor en el hombro, sabía que era, apretó los dientes y volteó a la vez que abría los ojos, allí estaba la maldita, con la punta, solo un poco, clavada en su hombro, en lenguaje acero vil esto significaba que no era una mera manipulación más, era una protesta. La espada se desclavo lentamente de su hombro y cayó al suelo, muerta, sin rastro de la vida que acababa de mostrar. Miró atrás, la cama era un desastre, quien la viese diría que dos salvajes tuvieron una noche de lo más apasionada y violenta.

Un poco de sangre corrio por su brazo hasta llegar al hombro, donde ya no podía seguir y simplemente empezaba a derramarse como gotas al suelo. Egil se levantó apresurado y colocó su mano sobre la herida y comenzó a concentrar energías nigromanticas para detener el sangrado y acelerar la coagulación de su herida, dejando una costra, podría haber llegado a más, pero su prisa era una mucha mayor que su propia herida. Su espada. No podía quedarse en la taberna más tiempo sin tentar a que esta perdiera el control y lo obligase a lastimar a alguien... o a sí mismo.

Se paró al lado de su armadura y contrario a lo que hizo al llegar a la habitación, empezó a ponersela, con lo bien que se estaba sin kilos de metal encima. Al terminar agarró su cinturón y guardo cuidadosamente su wakizashi; hesitante se dio vuelta y miro a la katana de acero vil en el suelo, junto a un minusculo charquito de sangre que se había formado por las gotas que derramó. Estiró su mano hacia la espada y la tomo del mango, al hacerlo sintió el rugido de la misma resonar por todo su cuerpo y como lo arrastro hacia adelante, más impaciente por salir que él. Resistiendose y peleando un poco jalandola hacia él, logró hacerla volver a su vaina y salió corriendo de la habitación que había pagado para nada.

Carrera abajo en la taberna algunos pocos insensatos que querían atravesar la noche bebiendo se le quedaron viendo, sobretodo como temblaba su brazo, tal vez sospechosos de que este hombre estaba muriendo de las ganas de masturbarse por la similutud del movimiento de su mano al empujarse adelante por el arma y como él la empujaba atrás.
Clavó los ojos en la entrada y corrió hacia ella; el hombre que el tabernero le había señalado antes, se encontraba recostado a un lado de las puertas, con una cara expectante, como si esperase que alguien volviera a decirle que al fin, habían traído al escriba, pero la verdad era otra, Simon estaba allí esperando malas noticias, las de siempre: un grupo que volviera incompleto, faltandoles algún miembro, contando que habían perdido a uno de los suyos.

Egil pasó corriendo a un lado de Simon y una vez afuera de la taberna miró a los lados; Simon se asomo en el medio de ambas puertas abiertas sin salir, y apuntó a un lado.
Es por allá, calle arriba. Está la salida del pueblo —indico con el dedo, pensando que solo se trataba de alguien que planeó ir muy tarde a la cacería, porque, ¿cúal mejor momento que para cazar a una bestia, sino a la hora qué esta sale?
Egil asintió y siguió el camino que le fue señalado, su carrera pronto lo llevo afuera del pueblo, ni la lluvia, ni el peso de su armadura, ni el repentino relámpago que cayó en la distancia lo detuvieron a él... o su arma.

No estaba demasiado adentrado en el lugar cuando ya su espada había superado por mucho la fuerza de su brazo, y cortaba violentamente en todas direcciones. Ramas y arbustos caían de par en par, pero nada de eso era sangre, y por tanto, no saciarían las demandas del arma.
¡Espera! —le dijo al arma casi como una suplica, en un intento inútil de controlarla—. ¡Agh! —la sujeto con ambas manos y usando el peso de su cuerpo, inclinandose hacia adelante, logró clavar la punta en el suelo. Espero a que la misma dejara de "empujar" y unos segundos más, solo por estar seguro.
Nada. Parecía estar en calma. Suspiró aliviado, y levanto la espada para guardarla en su vaina. Miró a su alrededor, a ese punto solo sabía dos cosas: que no sabía donde estaba y que no habían animales, claro, era natural que no hubiese nada después de ese show.

Tomandose unos momentos para recuperar el aire perdido, su compostura y fijarse mejor, vio una rama cortada en el suelo, el camino de destrucción que dejó por los cortes incontrolables de su arma no iba a restaurarse así sin más, tenía un camino de vuelta al pueblo, pero todavía no había cumplido lo que salió a hacer.
Podía o volver al pueblo y en el peor de los casos, cortar sin aviso alguno a alguien, ganandose la furia local y una muy merecida muerte, o quedarse en el bosque, de noche, sin comida, y rezar conseguirse un conejo. Opciones terribles, elección obvia.

Por amor a los dioses, que fuese un conejo y no un grifo o algo alocado.

Off Topic:
Ya sé que es una cochinada omg lo siento, solo mátenme ;_;
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Re: Ratquest [Campaña]

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