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Erase una vez...[solitaria]

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Erase una vez...[solitaria]

Mensaje por Margaret Orgaafia el Vie Feb 09, 2018 1:10 am



( https://www.youtube.com/watch?v=W1ajWP8W9fQ )

Prólogo: El retorno

En la más profunda espesura, donde los susurros de las cortes y los gritos de los demonios no llegan, existe un pequeño pueblo. Es un pueblo normal, con problemas normales y personas normales que disfrutan de una vida normal. El tipo de pueblo en el que los grandes acontecimientos y problemas pasan como la niebla en la madrugada. Y, en ese pueblo, hace mucho…una señora mayor nació.

Por supuesto, la señora no nació mayor. Eso habría sido demasiado anormal para ese pueblo y un susto grave para la partera, la cual ya tenía suficiente con ser la única partera a tres pueblos a la redonda. Fue una niña muy sana que creció para convertirse en una adulta sana, que envejeció en una anciana demasiado sana. Y esa anciana había recorrido mundo, había visto maravillas y había causado tales problemas que en algunas ciudades habían nombrado alarmas con su nombre, pero…como todas las ancianas y señoras mayores había decidido volver a casa.

El camino no era fácil, casi se podría decir que estaba oculto. Era un camino de tierra creado por el transcurso de carros pequeños y personas, pero en el que la vegetación era lo suficientemente testaruda como para regresar a la vida. La señora caminaba por él, disfrutando del hermoso camino y de los aromas de las flores que la primavera había invocado, parándose cada pocos pasos, dejándose inundar por recuerdos y la pesadez de llevar el equipaje ella sola. Los robles se alzaban con fuerza, creando una cortina de sombras y luces tintineantes con sus ramas, ocultando a la señora del cielo, pero dejando la suficiente claridad para que no se cayese. Pronto, se escuchó el sonido de los niños gritando y jugando, risas infantiles mezcladas con la inocencia, indignación y diversión de los entretenimientos juveniles. La señora miro al suelo, mirando fijamente a la colección de rocas que había en el suelo y se agacho.

Con un guijarro redonda y sin bordes, la mujer se adentró en la espesura, siguiendo el sonido de las risas infantiles hasta que llegó a un claro. El claro era un lago de buenos recuerdos para ella*. Era el lugar donde había jugado con sus hermanos, el lugar donde había pateado las pelotas a Jimmy El tuerto** por intentar levantarle la falda, el lugar donde le había pisoteado los dedos a Robert El Aguijón por tirar de las trenzas a su hermana…Bueno, ya se lo imaginan. Era un lugar donde los robles habían sido cortados hace siglos o donde no se habían atrevido a entrar, donde la hierba crecía alta y las flores a grandes cantidades. En medio de todo, un circulo de niños se dedicaban a las actividades propias de su edad, las cuales les ganaría una gran estamina y capacidad criminal; perseguir, esconderse, lanzarse los unos de los otros y falsificación de coronas con vegetación autóctona. La mujer se movió pesada entre la hierba, recordando con amargura cuando no le resultaba tan complicado el hacerlo, hasta que llegó a una distancia en el que los niños se fijaron en ella.

Ella miró a los niños, los niños la miraron a ella y uno gritó.

- ¡LA BRUJA GORDA HA VUELTO!

En ese momento, una roca voló y se impactó contra la mitad del pecho del vociferante niño, haciendo que se tropezase para atrás sin demasiado daño. Un guijarro que, ante un jurado, no estaba en la mano de Margaret en ningún momento y que se movió debido a la fuerza psíquica de la esencia acumulada en el sitio, un hecho muy común que podía atestiguar cualquier bruja experimentada. Las risotadas estallaron en el lugar y los niños empezaron a escapar en todas las direcciones, iniciando el juego del escondite que se daba en esa ocasión. El niño que se había caído no tuvo tanta suerte. Nada más levantarse, un dedo gordo le dio en la nariz, dejándolo paralizado en el sitio.

- ¿Quién va a ayudar a una pobre (y claramente dentro del peso normal) anciana? -susurró Margaret con un tono tan edulcorado que cualquiera podía ver las intenciones ulteriores que guardaban en su interior. El niño se quedó completamente en blanco, mirando a su alrededor, observando como sus compañeros se habían ido. - Tranquilo, ya me encargo de buscarte ayuda…-dijo la anciana, mientras lo despedía con la mano. - El equipaje está en la taberna, al pie de la colina…-Tras eso, Margaret se le quedo viendo fijamente hasta que su pequeña figura marcho por las colinas. Pronto, una pequeña corriente de niños se le fue uniendo, según la oronda figura de la señora los iba encontrando entre los árboles.

Cuando el bosque se quedo en silencio, carente de la risa infantil, la mujer meramente sonrió. - Tienen que mejorar sus escondites…-Tras eso, se volvió a meter entre la espesura, siguiendo trazos de caminos perdidos en la tierra, soterrados por los años. Al poco, el camino se extendió dejando paso al pequeño pueblo de Viejo Crujido.

El pueblo era una acumulación de casas que se extendían entre tres colinas, en un constante giro hacia el centro. Las casas eran mucho más numerosas en esa explanada central, donde los suelos habían sido empedrados de manera irregular y una fuente sacaba el agua con facilidad, pero por medio de los caminos podías ver pequeñas casas dispersas por el campo. Y, sobre todas, en el pico de la colina y extendiéndose por su superficie, podías ver el castillo del lord. Una arquitectura muy apañada, casi todo puente y corredizos con escaleras para socavar el efecto del descenso, que extendía su sombra en el lugar cuando llegaba el atardecer.

Los pasos de Margaret la llevaron a una pequeña casa, alejada del pueblo. Era pequeña y cómoda, oculta por varios árboles llorosos, que tapaban por completo los dos pisos del edificio. La madera estaba desgastada, con pequeños brotes saliendo de ella, sin embargo, mostraba la apariencia de robustez. Pero, cuando la anciana abrió la puerta, una nube de polvo la recibió.

-Esto me pasa por no venir en meses…-gruñó, entrando en el lugar junto con su gato, quien se lanzó directo a las sombras que pronto estallaron en chillidos ratoniles. Una a una, las ventanas de la casa se abrieron, iluminando la estancia. El primer piso no tenia paredes que separasen el espacio y los espacios del comedor, el salón y la cocina se unían en un solo, fusionados en una amalgama de muebles de gran tamaño. La cocina contaba dos mesas pegadas a las paredes, dos tinajas gigantescas y todo un grupo de vajilla polvorienta sobre las mismas o en estanterías, mientras que el salón eran dos enormes butacas, capaces de resistir el culo de un troll***, una de ellas con un enorme abrigo de cuero marrón y que a pesar del tiempo seguía planchado, frente a una camilla y a la chimenea. Mientras que el comedor era simplemente una mesa con tres sillas que daba a la ventana. Además de eso, plantas, libros, papeles, baúles, cuadros y pedazos de antiguallas decoraban las paredes y el espacio.

El tiempo paso rápido mientras Margaret limpiaba con afán, sacando el polvo y ventilando la casa, lo suficiente para que los niños vinieran con la maleta y se fuesen con dos pedazos de caramelos de azúcar cada uno, capaces de romperle los dientes a una cabra por lo duro que estaban. El polvo pronto se dispersó y la mujer simplemente continuó con las tareas.

Recogió la madera que habían dejado a un lado de la puerta. Trajo agua en el pozo y las metió en las tinajas. Quitó los rastrojos del suelo y cosechó las hierbas silvestres. Y, a la hora de comer, preparó una enorme cazuela, que dejo a hervir a fuego lento. Mientras la olla hervía, Margaret se sentó por primera vez en lo que parecía eones.

Sin darse cuenta, sus ojos empezaron a pesarle y su cabeza dio pequeños saltos contra el sillón, hasta colocar su cabeza en una de las orejas. El olor de la comida llenaba la casa, junto la de las hierbas secas y las recién cosechadas, en armonía. El sonido suave de los pájaros llenaba la casa con jolgorio, pero…Margaret escuchó algo más. Dos risas infantiles y dos pares de pies golpeando la hierba.

“Espera, Margaret…”

Susurró una voz inocente y aguda, atravesando el aire, haciendo que la mujer abriese los ojos sorprendida. Su pecho subía y bajaba, casi como si hubiese visto un fantasma. Los ojos, arrugados y pesados, de Margaret se cerraron en un rictus de dolor, que pronto dejo camino a una expresión calmada. Con lentitud, el rostro de la mujer se giro al otro sillón, vació, escuchando en sus oídos el eco de otra voz, masculina, potente y siempre riéndose.

-Supongo…que no puedo aplazarlo más… ¿No, Mathew? -susurro, llevando los dedos al reposabrazos, acariciando la textura del sillón y de la chaqueta, notando, por un momento, como unos dedos acariciaban los suyos.


*Y, por consiguiente, de malos recuerdos para muchas personas.

***Tuerto 10 años después del suceso, pero la fuerza narrativa hace que todo mote se traslade por el espacio tiempo.

***O una Margaret.
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Margaret Orgaafia

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