Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» [Evento] Criaturas Norethianas y dónde encontrarlas
por Staff de Noreth Hoy a las 10:21 pm

» Criaturas Norethianas: Estrige
por Boxy Hoy a las 10:21 pm

» Aurelius Varano [En construcción]
por Bizcocho Hoy a las 2:03 pm

» Nagash, Melena Dorada [Ficha]
por Bizcocho Hoy a las 1:59 pm

» La belleza es la trampa de la jungla
por Bizcocho Hoy a las 12:27 pm

» Criaturas I - J
por Staff de Noreth Hoy a las 2:28 am

» Criaturas M - N - Ñ
por Staff de Noreth Hoy a las 2:26 am

» Criaturas G - H
por Staff de Noreth Hoy a las 2:23 am

» Criaturas Norethianas: Qallupilluit
por Boxy Ayer a las 11:16 pm

» Criaturas Norethianas: Slime
por Boxy Ayer a las 9:25 pm




Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Espejismos del Alma

Ir abajo

Espejismos del Alma

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Feb 20, 2018 8:59 pm


Pocas veces en mis viajes decidía parar en casa para abastecerme y saludar a los Blacksword —la única familia que me quedaba cerca—, y aún cuando lo hacía, tenía la esperanza de que Tentrei tuviese la misma idea dispersa, la cual ya no era una ferviente esperanza sino más una idea nostálgica, como cuando tienes un hábito muy arraigado que no se quiere ir por más que lo intentes. Me guié de los árboles, que parecían nunca cambiar con el paso de los años. No tenía demasiadas ganas de atravesar a Suna por el portal, sabiendo lo poco que le gustaba, así que me limité a ir solo.

El adoquín, frío bajo mis pies, era una señal de que estaba cerca de casa. Había algo extraño en la jungla, lo sabía, pero no había identificado qué era y en ningún libro de la biblioteca hablaba sobre ello. Dí un par de pasos a través del arco de roca en medio del círculo de adoquines bajo mis pies, y casi de manera instantánea, estaba a veinte pasos de la mansión. No tenía demasiadas ganas de correr, y sabía que Suna protegería el carromato, así que me tomé mi tiempo de mirar alrededor, detallar el musgo que tampoco quería crecer más de donde había estado los útlimos... ¿diez años?

El olor de las fogatas de los diviums al otro lado de la isla flotante. Orgullosos, primitivos, y sin embargo, mejores vecinos de lo que cabría esperar. Veinte pasos se hicieron más cortos de lo que esperaba, y como si hubiesen sentido mi presencia, allí ya estaban Mathilda y Nathaniel abriéndome la puerta.

Amo Iskusstvo —canturrearon al unísono. Los miré mal. No del modo en que miras a alguien que odias, sino del modo en el que reprocharías a un hijo.

¿Qué les he dicho de formalidades? —dije al fin con una sonrisa ladina.

Tannie. —soltó Mamá Helga saliendo de la cocina, tiznada en harina de trigo y oliendo, como de costumbre, a lavanda y jazmín.

¡A eso me refiero! —exclamé del tiro, dando un empujón con mi puño en el brazo de Nath y despeinando la pollina de Mattie, los cuales sonrieron sin más y cerraron la puerta a mis espaldas.

¿A qué debemos el honor de s.... tu visita, Tanets? —y aún, el cabeza de múrloc, se negaba a llamarme por mi diminutivo. Lo ignoré por un momento mientras caminaba a abrazar a Mamá Helga, que era, si eso no la convertía en una enana declarada, más baja que yo. Hablé mientras aún la tenía en brazos.

¿Acaso no puedo pasar a saludar a mi familia? Venía de camino. —estrujé a la anciana un poco más y la solté para erguirme.— ¿Ha sucedido algo en mi ausencia? Hace un par de días que Nuntius no viene con noticias vuestras.

Todo normal, Tannie —saltó Mathilda, quien sí se dignaba a nombrarme como debía.— Los pajarracos de la otra isla han resuelto sus diferencias y nos han dejado en paz.

Esta mañana llegó una carta con sello rosa. —dijo Nath, sacando un pergamino enrollado de su traje. El sello estaba intacto, y aún me preguntaba cómo rayos no les picaba la curiosidad, sabiendo que igual la leería en voz alta. Helga se devolvió a la cocina, y aseguré para mí mismo que iba a pegarle un rodillazo (con rodillo, porque estaba demasiado vieja para utilizar la rodilla) a alguna cocinera si la tarta de frambuesas no estaba lista a tiempo.

A ver, a ver. ¿Sello rosa? No me suena. —Me extendió el papel y lo tomé, rompiendo el sello con impaciencia

El rosado quiere decir que viene de Thaimoshi Ki Nao, la ciudad de los cerezos. El símbolo es una hoja de té, así que es...

El Emperador Hanatsu. —Mis ojos brincaron al final de la página, picaban en curiosidad por ver la firma. Se me fue el aliento. Mi rostro palideció. Me apoyé de una pared porque estaba seguro que me desmayaría. Leí en voz alta.

Spoiler:

Imperio del Este, Thaimoshi Ki Nao
Diez de Febrero del año 1135 después del Gran Árbol

Los más cordiales saludos a usted, Señor Tanets Iskusstvo.

La presente es escrita como una invitación formal de interés mutuo a las puertas del Palacio de Porcelana. Con motivo de celebración del equinoccio de Otoño, a celebrarse en ocho meses a partir de hoy, sería una honra para el imperio que el Festival de la Caída de los Cerezos sea aperturado por su presentación.

De aceptar, mis más fieles sirvientes y un artista local le estarán esperando en Tirian Le Rain con los preparativos para la presentación, allí será indicado qué vestimenta será la idónea y las coreografías que deberá cumplir.

Envíe su respuesta en un lapso de no más de quince días.


Emperador Hanatsu del Palacio de Porcelana



Miré a los hermanos, esperando su consejo. El de Nathaniel en particular, que siempre resultaba curiosamente acertado.

El Palacio de Porcelana es conocido como el castillo del té por los demás imperios.

Ladeé la cabeza. Jamás había estado más de una noche en Thaimoshi y no conocía demasiado sobre su cultura.

¿Tentrei jamás entró a una casa de té? —no había caído en la insinuación hasta que Mathilde levantó una ceja con picardía, a lo que abrí los ojos como platos.

¿Son...

No. Realmente el Castillo de Té es más un rumor que un hecho. El Imperio del Este está tan abastecido de casas de té como los demás imperios y la ciudadela.

¿Entonces por qué la mala reputación? —pregunté, ahora con auténtica curiosidad. La última vez que me había presentado en Thaimoshi fue en una plaza, y en aquél entonces, junto a mi hermano.

El hecho de que en la carta no figurara su nombre era curioso. Estaban de alguna manera notificados de la situación de los Iskusstvo.

Anterior a Hanatsu hubo una emperatriz con muy mala reputación. Desde eso hace casi un siglo, pero el Imperio no se ha sacudido de los rumores.

Presentar el Equinoccio de Otoño es un honor para la isla. Querrán reivindicarse, y están pidiendo ayuda del mejor artista de Noreth.

Guardé silencio por un momento.

No me... no creo que sea correcto —dije por fin con tristeza en la mirada. Un evento así era digno de los gemelos, no sólo de mí.

Mathilda se abalanzó sobre mí y me cubrió por completo con sus brazos. Mi cabeza quedó justo debajo de su barbilla, que era a donde llegaba.

Está bien si no quieres —dijo con dulzura en su voz mientras me apretujaba.

Pero es la oportunidad de tu vida —añadió Nathaniel con la misma dulzura.

Iré a traer a Suna —aún con melancolía en la voz, caminé hasta la puerta.

Al atardecer, cuando Nunty llegara, le mandaría mis respuestas al emperador. Pasaría la noche en la mansión y luego, partiría en la mañana. Helga volvió a salir de la cocina.

Deja que la traiga Nathaniel —exclamó con su voz ronca y vasta, que quedaba como anillo al dedo con su apariencia de abuelita.

Iré yo, mamá Helga. Quiero despejarme. —afirmé y salí del lugar. A un par de metros de la parte posterior de la mansión, se conseguía el final de la isla. No había cosa que me reconfortara más que sentir el aire en mis plumas. No podía volar, eso lo sabía, pero tirarme desde esta altura era casi parecido. Corrí hasta el borde, calculando la posición del carromato, que estaría a un par de pies de la isla, y me lancé.

Para cualquiera hubiese sido una caída mortal, las islas flotantes de Uzuri estaban a más de cien metros de la superficie. Por fortuna, el única ala que tenía me servía cuando menos para aguantar una caída; me acomodé en picada hasta que estuve a la altura adecuada y abrí mi ala, no como si fuera a volar, sino que la cerré alrededor de mi cabeza y tomé la punta con mi mano derecha, haciendo una especie de paraguas. Fue suficiente aquello para detener la velocidad y comenzar a bajar como una pluma. Lo más tedioso era esquivar las ramas de los árboles, pero a aquellos también los tenía calculados. Cuando estuve cerca, acomodé el ala y comencé a caminar entre los antiguos brazos de madera de los árboles, para finalmente lanzarme desde aquella otra altura letal (unos quince metros) justo hasta encima del lomo de Suna, quien ya me habría olido desde que salté.

Vamos, chica. Descansarás esta noche en casa.

Caminó hasta el portal, y aunque ya estaba acostumbrada a la sensación, seguía siendo desesperante para ella recolocarse en el mapa así sin más. Al llegar al otro lado se sacudió y colocó la cabeza en el piso mientras la restregaba con sus patas. Debía ser una sensación bastante horrible. Acaricié su lomo y luego su cuello. Se sacudió otra vez y se alzó. Sus pasos, aún con el carromato a cuestas, eran muchísimo más veloces que los míos, por lo que llegamos en segundos. Dejé el carromato fuera de la mansión y desaté a Suna, la cual entró empujando las puertas con su cabezota. Miré a Nathaniel, quien juraría que no se había movido de su lugar desde que salí.

Irás conmigo. Te necesito allá.

Él se limitó a asentir con la cabeza y sonreírme. A veces me preguntaba dónde rayos consiguió papá una compañía tan ideal.

Su baño está listo en su recámara, Señor Tanets. —Y aún así le iba a dar un zape en toda la nuca si no dejaba de llamarme señor. Lo miré mal, acaricié a Suna y subí las escaleras donde, estaba seguro, el baño tendría agua caliente, velas de lavanda y pétalos de rosas en el agua.

Y así era. Me despojé de mi ropa —que no era mucha. Mi sarong y las hombreras—, y los brazales y brazaletes, y me adentré en el agua, procurando que las rosas y la lavanda se llevaran todos mis pensamientos (Y el maquillaje también, pero eso parecía no ser prioridad en ese momento).

Spoiler:

La calma no duró demasiado. Pronto Suna había entrado en el baño sin pedir permiso y comenzó a tomarse el agua de la bañera.

Habitación equivocada, tú, tonto reptil. —empujé su cabezota.— Hay comida y agua para ti en la cocina. Shú. Shú. —Rasqué su mentón y se fue, no sin antes sacudirse y salpicar agua por todas partes.

Dejé esta vez que mi ala y mi cabello se sumergieran, haciendo que el agua pareciera un mar turquesa con esmeraldas en el fondo. Debí dormitar un momento, porque al abrir los ojos mis dedos ya habían comenzado a arrugarse. Me sacudí para desperezarme y terminé de lavar mi cuerpo. Salí de la bañera para tomar un paño y secarme —porque odiaba que lo hicieran los sirvientes— y salir del baño.

Sobre mi escritorio aguardaba una carta de respuesta perfectamente escrita con aburridos halagos y agradecimientos. Nathaniel se había tomado la molestia de escribir dos cartas; una que aceptaba la invitación, y otra más cordial que la rechazaba. Ambas esperaban ser firmadas y selladas. Suspiré profundo y tomé la pluma empapada en tinta turquesa. Medité un segundo y firmé la carta que aceptaba. ¿En qué lío me estaba metiendo? Intenté no pensarlo otra vez y enrollé el pergamino, quemé la barra de cera sobre él y coloqué el sello Iskusstvo —que era cera púrpura con el símbolo de una pluma—. Esperé un par de segundos hasta que estuviera completamente seco y tomé la carta. Bajé las escaleras, aún con una toalla rodeando mi cintura, y le di a Nathaniel el pergamino en las manos.

El viaje tomará al menos tres semanas.

¿¡Qué son esas fachas, Tanets!? —salió la voz regañona de Mamá Helga de la nada. Literalmente de la nada. No podía verla. No es como si en mi día a día utilizara algo más que una toalla sobre mi cintura, pero decorada.

¡En seguida me visto, Mamá Helga! —grité, ignorando lo tonto que sonaba eso.

¡Pescarás un resfriado! —repicó, a lo que me limité a sonreír.

Partiremos en la mañana, comienza los preparativos.

El cartero no había tardado en llegar y enviar la respuesta, la cual, calculaba yo, tardaría al menos tres días. El resto de la tarde fue ligeramente más agitada; empacar cosas, lanzarlas al carromato —limpiar el carromato, que era un desastre—, preparar suficiente comida, agua y leña para el viaje. Todos caímos desplomados en cama cuando ya la noche era avanzada, y nos levantaríamos con los primeros rayos del sol a la mañana siguiente.

El viaje, a cortos detalles, era todo lo que se podía esperar de un viaje. Accidentado, tedioso, cansado. Suna de vez en cuando se ponía de mal humor y decidía tumbarse en medio de la carretera así sin más, y tuvimos que tomar un par de barcos, los cuales no eran precisamente los favoritos de mi reptil. Siempre decía para mis adentros que compraría una embarcación y le pondría un nombre chistoso estilo "Atún Asado", sólo para divertirme, pero Nath no me dejaba. Llegamos a Tirian Le Rain en el tiempo previsto, justo a la noche, por lo que alquilamos una habitación y un puesto en el establo para Suna. A la mañana siguiente, de algún modo, había un hombre alto de ojos razgados y quimono negro esperando afuera de mi puerta, que al abrirla pegué un brinco del susto (y aquello fue suficiente para desperezarme).

Podías tocar la puerta —dije mientras estrujaba mis ojos.

Los enviados del Emperador le esperan en el río, Señor Iskusstvo —dijo sin más, hizo una reverencia, se dio media vuelta y se retiró. Vaya tío raro. Nath salió más atrás, ya vestido de punta en blanco y sin rastro alguno de que se había recién despertado.

En ese momento me percaté que no me había molestado en vestirme antes de abrir las puertas para dejar que el aire corriera. Por Müsenïe, qué falta de pudor. Nath no había hecho ni un comentario, el muy cabeza de múrloc. Me di media vuelta y abrí el cofre para colocarme mi sarong, las hombreras y los brazales. Tomé luego el joyero para, rutinariamente, volver a acomodarme todos los guilindajes que acostumbraba. Luego pasé a la parte más interesante; el maquillaje. Aquella noche había dormido bastante bien, así que no era necesario embadurnarme todo el rostro para cubrir ojeras, pero eso no quitaría que decorara mis pómulos con lunas y sombreara mis ojos en azul. Nath estaba de brazos cruzados junto a la puerta, mirándome mientras me emperifollaba.

¡Vamos a conocer a los enviados del Emperador! —solté con una mezcla de ironía y diversión.

Después de usted.

Salí por la puerta —ahora sí, vestido— y me dirigí hacia el río. La posada estaba en la ciudadela a las afueras de Tirian le Rain, por lo que el camino fue bastante rápido. Al llegar, había una tienda de acampar sumamente grande, de telas rosas y sostenidas por palos de bambú, y otras dos más pequeñas a los lados. Había lámparas de papel por todas partes e inciensos. Si aquellos lujos eran para los sirvientes, no podía calcular qué me deparaba en el Castillo de Té —se me había pegado el nombre—

Spoiler:

De la tienda más grande salió una dama en un traje mucho más elegante, que cubría todo su cuerpo a excepción de la cabeza, con un maquillaje completamente blanco en el rostro y los labios rojos como la sangre. Su cabello, negro como el azabache, estaba recogido en dos moños. Hizo una reverencia con los brazos abiertos. De sus mangas salían largas telas de color salmón que hacían contraste con el resto de su indumentaria de color coral. Comenzó, sin previo aviso, a danzar moviendo sus brazos de lado a lado. Luego el cuerpo, y pronto estaba dando vueltas sobre sí al son de la cítara que había comenzado a tocar. Era un baile sencillo, lento, elegante. Para mí no hablaba más que de cortejos y formalidades. Negué con la cabeza. Me acerqué a uno de los músicos y le pedí la cítara, a lo que me miraron como si fuera un bicho raro.

No acostumbran a que el bailarín toque la música —susurró Nathaniel a mi oído

Oh. Vaya. Pues, un poco igual me daba. Insistí, a lo que me la soltaron aún con duda. Me senté en el suelo y parecía que cada uno de mis movimientos era deshonroso. Comencé a tocar con el sonsonete oriental que brindaba la cítara, pero a un ritmo más movido, más... más Tentrei. Le tendí el instrumento al hombre que lo tocaba y le indiqué que intentara seguir el ritmo.

Me planté frente a la bailarina y pasé mi ala frente a mi rostro, cubriendo la mitad de mi cuerpo. La música comenzó a fluir y mi cuerpo con ella; seguí un poco sus movimientos y costumbres; agité las manos (donde debía tener mis abanicos) con más velocidad, me moví alrededor de la chica dando saltos y tumbos, y haciendo una que otra pirueta en el aire. Había cambiado el humor de la danza; ahora era movimiento, misterio, equilibrio, para terminar cayendo en el suelo cubierto en mi propia ala, simbolizando la caída de las hojas.

Aquella, y ellos estaban de acuerdo, era una variante muchísimo más interesante. La artista sin embargo se dedicó a enseñarme movimientos que "brindarían honor" a la danza, y quería obligarme a utilizar el traje típico, a lo que accedí sin demasiadas ganas.

El día de la presentación había llegado tan pronto que aún no lo asimilaba. Allí estaba, en medio de la plaza, minutos antes del anochecer. Me había cubierto en mi ala y estaba agachado en el suelo esperando a que los últimos rayos del sol desaparecieran en el horizonte; el equinoccio de otoño había comenzado.

Spoiler:

Las cítaras comenzaron a sonar, a lo que saqué debajo de mi ala el brazo derecho con el abanico en la mano. Comencé a moverlo suavemente al ritmo de la música, y entre una transición, alcé por completo el ala, apuntándola hacia el cielo. Estiré el otro brazo aún agachado, y moví ambas extremidades con abanicos describiendo largas y lentas curvas de arriba a abajo en direcciones opuestas el uno del otro. La música aceleró y yo me alcé; era extraño bailar con tanta ropa, pero ya le había pillado el truco. Di un par de pasos y en un alto recogí una pierna, apoyándola contra la rodilla opuesta y volteando la cara; los movimientos se hacían cada vez más rápidos. Tenía bastante espacio para mí, el cual aprovecharía; me acerqué a la multitud y caminé justo en el borde de la tarima, acariciándolos con las telas que caían del traje. Volví al centro y subí ambos brazos, dando al menos cinco giros alrededor de mí mismo. Me detuve para agacharme con agilidad y arrastrar un pie mientras subía ambas manos señalando al cielo, luego hacía lo mismo del otro lado. Un par de saltos rápidos a la izquierda, otro par a la derecha y me detuve junto con la música en el centro del escenario.

Spoiler:

Los aplausos habían subido en masa, pero luego hubo un silencio sepulcral cuando la música volvió a sonar; esta vez con un ritmo más agresivo, más fuerte. Comenzó con tambores, a lo que solté los abanicos, que al caer al suelo se pararon por sí solos con pequeñas patas metálicas; eran la mecánica representación de un pavo real en miniatura. Tomaron cada lado de mi vestimenta con sus picos y halaron con suficiente fuerza para hacer que cayera; ahora solo vestía mi sarong, había retocado mis músculos con pigmentos azules y era la viva representación de Shiva. Todo allí cambió; el rostro de la gente estaba confuso, e incluso del del emperador que me veía desde la distancia, porque sí, me estaba vigilando. Las cítaras volvieron a entrar siguiendo la agresividad de los tambores. Junté ambas manos sobre mi cabeza, moviendo el vientre en círculos. Mi cuerpo ahora se movía con velocidad de lado a lado, daba pasos hacia adelante y hacia atrás moviendo los brazos con fuerza, y los animaterios me seguían el paso. La música subió más y ahora cada uno de mis pasos dejaba una marca de fuego verde en el suelo, sin quemar la madera del escenario. Había murmuraciones entre la multitud, pero podía ver que la gente intentaba mover el cuerpo al ritmo. Los pavos sacudían sus colas, dejando también un rastro de fuego turquesa. La danza pintaba un lado menos elegante del otoño; era el movimiento y la muerte. Mi cuerpo caía al suelo con cada hoja y se volvía a alzar para continuar con largas zancadas que describían líneas de fuego en el suelo y el aire. Escribí en llamas a mi alrededor, formando un círculo verde sobre mí, y dos más pequeños a mi alrededor que habían formado los animaterios. Salté entre los círculos moviendo los brazos y mi ala, volví a ver a la multitud y algo entre ella hizo que tropezara. Intenté cubrir el error dando una voltereta, pero poco había servido. Hice una seña a los músicos para que pararan, di un salto hacia atrás y me agaché mientras me cubría con el ala. Los animaterios se encargaron de hacer una pequeña pantalla de humo rosa que cubrió mi escape. Nath estaba viéndome preocupado desde la zona de músicos. Mis ojos me tenían que estar engañando, pero mi corazón no podía detenerse a pensar; en la multitud huía una silueta familiar, de una sola ala cartilaginosa y roja como Sanctra. Se alejaba cada vez más conforme yo me acercaba, y la gente aplaudiendo y halagándome me dificultaba el paso.

No podía ser.

No era él.

No podía.

No.

Lo perseguí hasta un callejón de algún barrio bajo de Thaimoshi, donde, sin salida, se dio la vuelta. Había algo en su aspecto que rascaba en el fondo de mi subconsciente, pero el latido de mi corazón hacía que la vocecilla se opacara.

Después de todo este tiempo, ¿Y así te apareces? —exclamé con los ojos vidriosos.

No hubo respuesta. Se limitó a sonreír, y la vocecilla en mi cabeza era cada vez más fuerte, pero decidía ignorarla. Di un paso adelante, y Tentrei solo se había resumido a sonreír. Me acerqué a él sin poner atención al arma que aguardaba en su mano, y había ignorado el hecho de que me habría dado una puñalada si Nathaniel no hubiese aparecido detrás de mí —él era la vocecilla, y por aquello sabía yo que debía traérmelo—. Con una puntería que me pregunté de dónde la habría aprendido, lanzó uno de mis propios abanicos, ya inerte, en un trayecto perfecto hacia el rostro de mi gemelo. Grité con fuerza, pero ya había una herida que le deformaba por completo la cara. Su cuerpo convulsionó; se transformó en una criatura completament blanca, raquítica y más alta. Me alejé un par de pasos con nervios, y tropecé en el camino. La criatura, que aún no había muerto, se abalanzó sobre mí, y no sobre Nathaniel como cabría esperar. Por Müsenïe que me habría matado si la chica de antes, la artista, no hubiese aparecido desde un tejado para degollarlo. Su sangre cayó sobre mí y yo estaba horrorizado.

Me arrastré hacia atrás y abracé mis piernas con lágrimas en los ojos. No estaba horrorizado por ver a una criatura degollada, eso era relativamente común en estas tierras.

Pero hubiese podido jurar que era mi hermano al que iban a asesinar.

Estaba en estado de shock. No podía hacer más que sollozar sobre mis rodilla, arruinando el maquillaje de mis ojos.

No era él.

Lo sabía.

Y aún así, dolía como el infierno.
avatar
Tanets Iskusstvo

Mensajes : 21
Link a Ficha y Cronología : Tanets

Nivel : 1
Experiencia : 300 / 500

Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.