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Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

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Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Lun Mar 19, 2018 8:03 pm

Oh, Phontorek. Hacía al menos un año que las acogedoras paredes de la ciudad no me daban su cálida bienvenida, y no escuchaba a los caballos y carromatos traqueteando contra los adoquines perfectamente conservados. Era, sin duda, un lugar muchísimo más pacífico que la jungla, y por el amor a todos los dioses, mucho más civilizado, y… aburrido. O al menos en la superficie, porque sin duda alguna me negaba a adentrarme en el mercado negro o en cosas que arriesgarían sin duda mi pellejo. Había más de un comerciante con los ojos fijos en Suna con una mirada de avaricia que gritaba en silencio que querían al animal. Y yo, como no podría ser de otra manera, alzaba mi perfectamente delineada ceja con aire de superioridad. La mirada ámbar y el ropaje escaso pero exquisito eran un mensaje más que suficiente; “Aléjate. No podrías paga ni la mitad del valor de Suna, y la lealtad de esta criatura está más allá de tus sucias monedas.”

Sentía el repiqueteo de Müsenïe en mi mente, sugiriendo humildad, y era curioso cómo no era una exigencia firme, no era una ley que estaba rompiendo. Era como un consejo; sé humilde, irás lejos. Padre y Madre lo sabían desde el momento en que me vieron caminar. Sería el heraldo perfecto si tan solo mi mente no estuviese encima de las nubes de vez en cuando. Como fuere, en Phontorek ya se me conocía; una audiencia con el maestro artesano me aseguró una cómoda habitación en la ciudad y al caer la noche, una presentación que tachar en mi lista de quehaceres. Nada especial. Un poco de baile exótico volvía locos a los locales, el bullicio se formaba tan pronto los laudes comenzaban a sonar y veían el metal bailando sobre el adoquín y la representación de Shiva bailando con fuerza, con pasión, con fuego en sus manos y en sus alas, y al final del día, unas cuantas monedas de oro en mi bolsa, que no me venían nada mal teniendo en cuenta que hacía meses que no pasaba por la mansión.

Con frecuencia, algunos Shikes conocíamos a Müsenïe como el dios de cien rostros. No era literalmente, claro, no los habíamos contado, pero había tantas maneras de representarlo, dicen los ancianos, que el nombre le quedó como anillo al dedo. A veces, Müsenïe era Shiva, la danza y la destrucción, y sus bailes contaban una y otra vez de cómo derrotaban las fuerzas del mal pisoteando a sus enemigos. A veces, era Terpsícore, mucho más dramático, poético, jovial. Hecátero era una danza rústica, poco elaborada, muy movida. Y aquello era solo hablar de sus rostros en la danza.

Sólo él sabrá de sus majestuosos dominios; de la música y la pintura, la escultura y la poesía. Zonas donde mi comprensión, de vez en cuando, fallaba. Shiva, Müsenïe, no solo me ayudaba a no caer. Su bendición me daba fuerzas, me daba la belleza necesaria para cautivar los corazones de mis espectadores. A él, o ella, debía mi fama y mis riquezas, y a él las renunciaba si fuere necesario. Los enanos conocían a Müsenïe como Delia, la esposa del sol y la escultora de la voluntad, y los humanos conocían a Mairsil, el amor y la belleza. Todos estos rostros eran verdaderos para nosotros; eran uno, y bendecía a cualquiera que ofreciera belleza al mundo, o cuyo corazón fuese humilde.

La noche siguiente no me presentaría. Esa noche era sagrada. Alimenté a Suna, tomé un necesario baño de esencias y partí en el carromato alejándome de la civilización. La luz que guiaba mi camino era la de las lunas. La de Sanctra, específicamente, su pasión se derramaba sobre la tierra, y Kring y Meistic eran sus secuaces, refulgiendo menos poderosas, opacadas por la hermana más salvaje. Solo se oía el sonido del carromato sobre el césped y los esporádicos sonidos siseantes de Suna al sentir el frío azote del viento de la llanura en sus escamas doradas. Suficientemente lejos, allí donde ya ni siquiera podía ver indicios de luces de aldeas, detuve el carromato. La luz roja hacía que el césped se mirara gris y muerto.

Las noches de Sanctra llena eran diferentes a las otras lunas; la diosa de las pasiones parecía no tener conflicto alguno conmigo, sino con mi hermano, por lo que cuando su luz tocaba mi piel, no era dolor lo que sentía, sino que reconfortaba mi corazón como el suave susurro de una madre. Eran los dulces labios de Arista, mi madre, besando mi frente y diciendo que todo estará bien. A veces sospechaba que ella y papá me veían desde las estrellas, y cuando no había lunas, les hablaba, y ellos guiaban mi camino incluso después de la muerte.

Música:

Bajé del carromato con un salto e inscribí un círculo en el suelo con mi pie, lo que formó una hoguera de un tamaño decente. Desaté a Suna de sus riendas, la cual se enroscó en el suelo como si fuera una serpiente y bufó en señal de que dormiría. Di un par de pasos atrás, y caí en los brazos de Müsenïe. Mis pies se deslizaban por el suelo, podía sentir el césped frío y fresco entre mis dedos, que se humedecían con el rocío. La flama de la hoguera estaba respondiendo ante mí, el fuego, en una sola columna, se movía como una bella dama cortejando a la noche, mientras yo cortejaba a la luna, como siempre, por perdón. Giré varias veces alrededor del fuego, entre saltos y tumbos, mi cuerpo era poesía. Mis manos besaban el suelo con pasión y fuerza mientras mis pies, de repente, saludaban a Sanctra con cordialidad, y se despedían con fuego en su camino hasta el suelo. La diosa respondía; la música que mi cuerpo bailaba no existía, estaba en mi corazón, producto de ella, como sucedía cada noche de luna roja.

Había sensualidad en los movimientos de mi espalda, y mi ala surcaba la ventisca como un navío en aguas tranquilas; elegante, imponente, hermosa. Estaban ahí la nostalgia y el amor, y la luna roja sonreía a mis pasos. Supliqué por perdón, porque traicioné a las diosas, pero no escuchaba su respuesta. No escuchaba ese cálido susurro que siempre esperaba; “Te perdonamos”, ni lo que debía venir después; el cálido abrazo de mi hermano, de mi otra ala. Así que cortejé ahora al fuego como a un amante; su cálida luz acariciaba mis manos sin quemarme, porque él era mío, y sin embargo, su flama se fue apagando. Huí. Corrí lejos de él, salté en la noche a través de las estrellas y volví hacia su calor, pero él ya se había ido. En el suelo no había más que una mancha negra donde habían acariciado las raíces de sus flamas, y me arrodillé delante, con la esperanza de que volviera. Alcé mis manos al cielo, miré a Meistic, cuya tenue luz me acusaba con recelo, y desde la esencia en lo más profundo de mi alma, hice que la columna de fuego se alzara como el infierno mismo, llenando el cielo de lágrimas de ceniza y haciendo el suelo crepitar a mis pies. El sudor corría por mi frente, y el fuego bajó, y yo caí; esta vez no en los brazos de Müsenïe, sino en el más profundo de los sueños, donde no había dioses ni demonios, y nadie podía acusarme.

Pero en el silencio de la noche y en la pasión derramada por mi danza, no me había percatado del mal que me deparaba más allá de mi vista, y como estaba, dormido e indefenso, era presa fácil como un niño a la deriva.


Última edición por Tanets Iskusstvo el Miér Mar 21, 2018 2:51 am, editado 1 vez


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Mar 19, 2018 10:40 pm

Miró al cielo. Sanctra, la luna roja, la luna de la pasión y la lujuria. ¿Cuánto hacía que no se permitía dejarse llevar por ella, más que nada por deferencia a Adrien? Mucho. Pero quizá aquella noche fuera el momento. Quizá aquella noche rompiera esa sucesión de noches de Sanctra conteniéndose y sufriendo por no querer hacer caso a su instinto más básico, o a uno de ellos quizá. Suspiró. Era raro que Celeste se alejara de un núcleo urbano si no era porque viajaba. Pero así lo hizo. A veces le gustaba estar lejos de todo el ruido que había en esos lugares llenos de gente, los olores fuertes la agobiaban, el constante movimiento de las personas que en ellos habitaban o comerciaban la fatigaba. Disfrutaba volando alto, casi confundiéndose con las nubes, sintiendo el frío estremeciendo su piel. Cerraba los ojos y dejaba que ese aire le acariciara el rostro y el cuerpo, que rozara sus brazos desnudos e hiciera que se erizaran.

Había dejado a Adrien con Darion, y por una vez agradeció esa libertad de poder hacer lo que quisiera, de poder moverse por donde quisiera sin tener que preocuparse de vigilarlo. Lo echaba de menos estaba claro, pero esos períodos donde estaba sin él también los disfrutaba, ya que era tiempo en el que no debía preocuparse apenas de nadie. Apenas. Sólo había alguien que todavía la incordiaba y hacía que su libertad no fuera plena: Lilith. Esa alma errante que se había colado en su cuerpo y no la abandonaba por más que ella pretendiera echarla. Decía que quería un cuerpo, pero no se conformaba con poder controlar a ratos el de Celeste, que suspiró y trató de sacarse esos pensamientos de la cabeza, sin embargo, el solo hecho de haber pensado en ella por unos breves segundos pareció invocar a la mujer.

—¿Me echabas de menos, niña? —preguntó, socarrona, Lilith—. Parece que últimamente piensas mucho en mí.

—No digas tonterías. Ojalá no te tuviera en mi cabeza.


—Lástima que no hayas podido elegir eso —una risa sonó en su mente, y Celeste cerró los ojos por un instante.

—Déjame. Cállate.

Esa risa volvió a sonar en su mente, incordiándola, pero Celeste solamente suspiró. Miró de nuevo al cielo, y se alzó, como si quisiera tocar a Sanctra, pero obviamente sin conseguirlo. Suspiró y miró arriba. Seguramente si fuera algo más religiosa habría pedido perdón a la diosa de la pasión y la lujuria, pero no era religiosa, y nunca había encontrado sentido a creer en dioses. Sin embargo, aquello no se lo decía a nadie. Se lo guardaba para si misma. Solamente Lilith lo sabía, y porque estaba dentro de su mente, porque si ella no existiera absolutamente nadie sería consciente de ello. Suspiró. ¿Por qué le había tocado cargar con aquella cruz?

Cerró los ojos e hizo un picado. Sentir ese aire frío de la noche estrellarse contra su rostro fue lo mejor para olvidarse de Lilith y de todos los pensamientos que tenía. Sólo una cosa estaba presente: la velocidad que su cuerpo adquiría poco a poco. Abrió los ojos, el viento que parecía entrar en ellos no la afectaba. Veía perfectamente la tierra, que se acercaba, cada vez más rápido. Y, en el momento justo para no chocarse estrepitosamente y hacerse picadillo contra el suelo, remontó el vuelo. Sintió que sus manos y pies rozaban la hierba corta, y supo que había ido de muy poco. Y, de nuevo, volvió a oír la molesta voz de Lilith en su mente, recriminándole tal acción.

—¿Es que quieres matarte, niña?

—¿Ni siquiera este placer me vas a dejar? Cállate, anda. Controlo la velocidad, ¿vale?

—Di lo que quieras, pero es un hecho que has estado a punto de morir estampada contra el suelo.


Resopló, y se alzó algunos metros, cuando algo le llamó la atención. Una hoguera que poco a poco se iba apagando. Desvió la mirada hacia allí, deseando no ser advertida. Alguien bailaba al son de una música que Celeste no oía pero, a pesar de no oírla, se quedó abstraída con esa danza. Era un divium que, curiosamente, tenía una sola ala. Sin embargo, los movimientos de su cuerpo expresaban una belleza que Celeste pocas veces había visto en su vida. Se quedó absorta, mirándolo, detenida en el aire, aleteando suavemente para no caerse. Aquel era el único momento que la mujer hacía. Hasta Lilith parecía haberse callado con la belleza de esa danza, porque Lilith la estaba viendo. Contuvo la respiración sin darse cuenta, al menos durante unos segundos, y luego soltó el aire poco a poco, como si no quisiera molestar. Las manos se movían por el aire y luego se posaban en el suelo, los pies del bailarín se alzaban y presentaban sus saludos a Sanctra. Y Celeste miraba. Miraba cómo la hoguera poco a poco se iba apagando, y con ella la danza cesaba.

Y cuando la danza terminó, Celeste salió del trance en el que se había quedado absorta, y sacudió la cabeza. Escudriñó el terreno, buscando algo, sin saber qué buscaba, pero sí que vio algo: bandidos. Alguien que cuchicheaba. El danzarín se había dormido, como si fuera un bebé, por lo que la mujer era quién estaba en potestad de detenerlos o dejar que hicieran lo que pretendían hacer. Pero estaba claro que, tras haber visto tan bella danza, no iba a dejar que mataran al que la había ejecutado. Bajó en un picado, remontó a la altura de los cuellos de esos hombres, y a uno logró cortar. Quedaban dos, que soltaron sendas exclamaciones de sorpresa al verla ahí, y de furia al ver a su compañero muerto. Y, a su modo, Celeste bailó. Bailó con metal en las manos, bailó con armas sujetas, pero bailó.

Su espada y su daga, igual que las cuchillas de sus alas, brillaban con un halo casi místico bajo la luz roja de Selen Sanctra. Sus ojos azules parecían más fríos que nunca, parecían estar llenos de furia porque esos hombres querían matar al bailarín que había hecho que se quedara absorta como nunca le había ocurrido. A quién había traído a su vida una belleza que nunca había estado en ella, a pesar de que hubiera visto muchas formas de arte, de música, de danza. A pesar de eso nunca había visto algo como lo que ese divium había hecho.

Por eso, y por más, su furia se centró en aquellos bandidos. Su espada se movió, se tiñó de rojo, y otro de los hombres cayó. Y cuando el tercero, el que quedaba, fue a atacarla con un mandoble, dio una voltereta y lo esquivó, se levantó, se giró ganándole la espalda y el último cayó. Su danza era mortal, pero era una danza al fin y al cabo, porque el equilibrio estaba en sus movimientos, y había también cierta belleza, para quién podía verlo. Celeste no sólo luchaba, no sólo peleaba: se movía con gracilidad mientras las armas estaban en sus manos. Suspiró y se acercó a la caravana con paso sigiloso, y miró al danzarín, que allí seguía. Y se limitó a sentarse a su lado, limpiando las armas para luego guardarlas, y a vigilar el lugar, que nadie se acercara. Porque aquella noche no iba a dormir.
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Mar 20, 2018 12:44 am

Caí desde la más alta de las nubes, el cielo era un poema azul cuyos tonos humillaban a la más hermosa de las tintas, y las nubes eran trozos desteñidos de firmamento que lejos de hacerlo imperfecto, le daban aún más hermosura. Comparar aquella vista a un cuadro era vergonzoso, esto iba más allá; ésta era la más hermosa de las magias y no habría nadie sobre la tierra que pudiera discutirlo. Era la majestuosa creación de Dianthe, era el reino que los Diviums teníamos por derecho, y mi corazón estaba enteramente agradecido por ello.

La caída era lenta y amortiguada. Mi ala extendida hacía que el descenso fuese como el de una semilla de maple; amplios giros que me hacían apreciar todo a mi alrededor; y estaba tan sumergido en este aire pacífico que el exterior parecía no existir. Excepto porque, bueno, allí estaba. Algo dentro de mí había advertido la presencia de algo más allá de mi sueño, y se manifestó dentro de él; las nubes comenzaron a amontonarse a mi alrededor; nubes grises, y no como aquellas que solo sugerían mal tiempo, sino cumulaciones de algodón negruzco y tormentoso, listo para lanzar rayos sobre cualquier incauto que cruce volando su camino. Dejé de girar y comencé a caer en picada, no atemorizado por la caída sino por la tormenta que se formaba a mi alrededor, pero pronto la advertencia cesó. Había una luz. Pequeña, tenue, rojiza. Era tranquila, y su sola presencia comenzaba a espantar la tormenta. Las nubes desaparecían una a una por donde ella pasaba, y dejaban camino a las manchas blancas que ya reinaban el cielo. Sin embargo, no desapareció. Aún en el resplandor del día, ella estaba ahí, apenas visible, y su presencia de alguna manera me reconfortaba. Dentro de mi mundo onírico, podía reconocer que la luz rojiza tenía una belleza singular, casi comparable con el cielo azul que me rodeaba, y aún luego de espantar mi tormenta, no se iba. Me acompañó durante la caída casi como si fuese un hada resguardando mi camino. Me acostumbré en poco a su presencia, y desde mi altura comencé a ver la tierra; el césped verde y los árboles. La nieve a lo lejos, brillante, reflejando la luz de Symias. Abrí el ala una vez más cuando estuve cerca de tierra, y al caer, toqué el suelo con gracia y delicadeza, como si estuviera depositando un beso en la frente de una criatura indefensa.

La luz seguía junto a mí, y caminé en punta de pie hacia ella, extendí la mano para recibir su calor, y mis ojos se abrieron.



Desperté a penas el sol se asomaba por el horizonte; hacía días que no tenía un sueño tan pacífico y al abrir mis ojos, todo lo que existía para mí era tranquilidad. Mi cuerpo había permanecido de la misma forma durante toda la noche; justo como había caído, en posición fetal y con el ala arropándome. Bostecé, largo y profundo, y restregué mis ojos con el dorso de mis manos. Mi primera impresión fue Suna aún durmiendo, la cual probablemente no se despertaría hasta que el sol calentara su cuerpo. Levanté el ala y me senté en el lugar. La segunda impresión fue menos bonita; había tres cuerpos desplomados en el suelo y un pequeño charco de sangre lodosa alrededor de cada uno de ellos. Abrí los ojos como platos y me levanté de un tiro, dejando los pies en punta mientras mis brazos comenzaban a llenarse de fuego azul.

Giré, desesperado, y allí estaba. La belleza en mi sueño; la calidez y la luz que había desaparecido mis tormentas. Claro, que no era una luz, y no era una belleza abstracta. Era real y estaba frente a mí. Era una Tenebri vigilante que estaba tan cerca que me puso nervioso. Di un par de pasos hacia atrás y Suna se levantó al sentir mis pies y el olor de mi preocupación. Crucé el ala cubriendo mi abdomen, y toda la parte superior se encendió en llamas verdes como si estuviese cubierta de aceite.

¿Quién eres? —exigí en voz alta mientras en mi puño formaba una estela de fuego.

Suna a mis espaldas se había desenroscado y su tamaño era bastante visible. Se acercó al carromato con recelo y se posó en la entrada en posición de defensa, con el hocico hacia la divium. La escena era irreal; el reptil no tenía ojos, pero casi podías sentir el peso de su mirada amenazante.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Mar Mar 20, 2018 1:18 am

La noche, sin contar el incidente con los tres bandidos, había sido tranquila. Celeste, alerta, vigilante, se había quedado junto al peliazul para velar su sueño y comprobar que nadie más iba a hacerle daño ni a robarle, y había sido así: nadie se le había acercado. Probablemente, al encontrar los tres cadáveres se alejarían. Pero no lo creía: estaban relativamente cerca. Esa noche fue aburrida: incluso Lilith pareció estar algo adormilada, por lo que ni siquiera pudo discutir con ella. Suspiró y se levantó. La luna roja todavía estaba en el cielo oscuro, creando contraste tanto con su lienzo azul noche como con las estrellas blancas.

Celeste abrió las alas, y se dedicó a revolotear por ahí cerca la mayor parte de esa noche. No era nueva esa sensación de aburrimiento, de no saber qué hacer, que tenía cuando no lograba dormir y ningún estímulo acudía a su mente o a sus sentidos. Así que ella sola debía buscar una ocupación, y volar y hacer piruetas era su favorita. Vigiló, por supuesto, el lugar donde el divium peliazul dormía, y vio que nadie se acercara. Por suerte estuvo todo tranquilo. Aunque el sueño no estuviera presente aquella noche, sí que lo estaba la fatiga, más que nada por el vuelo prolongado que había mantenido. Decidió sentarse y simplemente mirar el lugar, que era bonito: la hierba verde era corta, y le hacía cosquillas en los sitios donde tocaba su piel. Se tumbó, mirando a un cielo que poco a poco se aclaró, y suspiró. ¿Qué la había llevado a protegerlo de esos bandidos? ¿Qué había provocado que se quedara junto a él toda la noche? ¿Había sido realmente por esa danza? ¿Había sido sólo por el baile que había presenciado? ¿O había sido por algo más? Quién sabía… Celeste no estaba nada segura de ello, y realmente no sabía si llegaría a estarlo.

El sol empezaba a despuntar, y el cielo se volvió rosado y anaranjado por el amanecer. Miró esos bonitos colores, embelesada, sin percatarse de los movimientos de la persona a quién había estado velando el sueño hasta que éste la increpó. Dio un bote, sobresaltada, y se levantó con rapidez, alerta, con el cuerpo tenso. No llevó las manos a las armas al ver quién era, pero sí que reaccionó de forma rauda, con apenas un par de segundos de retraso. Dos segundos que habrían resultado fatales si él la hubiera querido atacar, se recriminó. Se levantó y dio dos pasos atrás, levantando las manos para mostrar que no tenía ningún tipo de hostilidad con él. Ese fuego en su puño la había asustado un poco, ya que no era algo que acostumbrara a ver, y aquello se notó en sus gestos algo más nerviosos que de costumbre, y hasta un poquito más patosos. Para ser alguien que solía actuar con sigilo, no lo estaba haciendo nada bien.

—Me llamo Celeste —se presentó, y luego señaló a los bandidos, que yacían en el suelo—. Intentaron asaltarte por la noche, mientras dormías. Me quedé para vigilar que no viniera nadie más, lo consideré oportuno —no dijo nada acerca de la danza, aunque ésta le había parecido preciosa.
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Miér Mar 21, 2018 3:17 pm

Casi pude sentir el sermón de Nathaniel en mi oído, “¿¡Cómo se te ocurre quedarte dormido en la intemperie sin ningún tipo de protección, Tanets!?” “¿Acaso has perdido la cabeza?”.

La chica se había levantado casi tan nerviosa como lo estaba yo, lo que me pareció curioso. No había tomado armas en mano, pero no podía quitar la vista de las cuchillas en sus alas. Eran relucientes y hacían contraste con el cartílago negro que surgía de su espalda, como si la noche misma se estuviera extendiendo detrás de ella. Sus manos en alto y abiertas me dieron un poco más de tranquilidad; si tenía intenciones hostiles, por lo menos estaba mostrando lo contrario.

Dediqué unos cuantos segundos en detallarla, tiempo en el que el fuego azul en mi cuerpo comenzó a mermar como si se estuviese quedando sin combustible; reparé en sus ojos azules, que no eran como el cielo, sino como un glacial. Su cabello rojo como fuego salvaje y la piel pálida hacían en su persona un juego de colores perfecto. Si esta no fuera la ocasión, de seguro me hubiese tomado un tiempo para darle un cumplido, pero no podía dejarme llevar por su belleza; la sensación de peligro no se alejaba de mí y temía no poder defenderme correctamente por estar… bueno, recién levantado. Suna no se había movido de su posición mientras también detallaba a la chica; o al menos a su manera. Paseaba su cola de lado a lado, pero el resto de su cuerpo permanecía petrificado; el dorso encorvado, los colmillos al aire y sus garras enterradas en el suelo listas para correr. La chica alzó la voz y yo comencé a bajar mi ala, descubriendo mi abdomen.

Me llamo Celeste —dijo, y señaló a los cadáveres en el suelo. Volteé mi mirada por un instante y la volví a fijar en ella; mis ojos amarillos no paraban de examinarla de pies a cabeza, hasta que se detuvieron una vez más en los suyos, de ese color hielo que me había parecido tan particular—. Intentaron asaltarte por la noche, mientras dormías. Me quedé para vigilar que no viniera nadie más, lo consideré oportuno.

¿Oportuno? Había confusión en mi mente, y no estaba seguro de si era porque mi cerebro aún no había despertado del todo. Ella… ¿Me salvó?  Sacudí la cabeza. ¿Por qué lo haría?

Tú… ehm… me... acabas de... esto... ¿Ah? —llevé la mano que antes era un puño ígneo a la raíz de mi cabello, sacudiendo un mechón azul que aún tenía hojas enredadas en él, porque definitivamente dormir en el césped no era la idea más higiénica que había tenido. Apreté los ojos con fuerza y los volví a abrir, y mi mirada había cambiado, casi como si estuviera comprendiendo algo— Sanctra—solté como engranajes encajando en un reloj, o al menos eso parecía en mi mente. Miré hacia el cielo, donde ya no había rastros de la luna roja, pero en mi corazón aún estaba su presencia. Sacudí la cabeza para espabilar y extendí mi ala en todo su esplendor detrás de mi espalda; las plumas iridiscentes brillaban en verde y azul cuando el sol las tocaba. Di un paso al frente.— ¡Qué vergüenza, por las diosas! —mis mejillas enrojecieron. Sentí que estaba un poco… mayor para que las diosas me estuviesen cuidando tan de cerca.— Soy Tanets. —Recogí el ala y le tendí una mano.— Tanets Iskusstvo. —Sonreí de lado, estaba seguro que tan pronto me viera en un espejo, me arrepentiría de haberme presentado como estaba; despeinado, sin maquillaje, con hojas de césped atoradas entre las plumas y el cabello, y con una que otra mancha de tierra en el costado.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Miér Mar 21, 2018 9:45 pm

Era normal que se sintiera desconcertado con lo ocurrido. A ella a veces también le había pasado, que se dormía en algún lugar y despertaba con alguien velando su sueño, o bien con… una nota a su lado. Aquello había sido inesperado. Últimamente se estaba durmiendo menos en lugares a la intemperie, pero aún le ocurría, y en ocasiones era realmente peligroso. Especialmente si el sueño llegaba antes de alejarse lo suficiente de algún sitio donde hubiera… cumplido un encargo. Se podía llamar así perfectamente, porque no era ninguna mentira, pero a la vez escondía lo que hacía realmente.

Lo miró, tomándose su tiempo para ver sus rasgos. Su cabello turquesa y sus ojos de color ámbar creaban un contraste curioso, colmado por su piel blanca. La intrigaba que tuviera solamente un ala, pero no le dijo nada sobre aquello… era demasiado pronto. Puede que fuera un secreto, o que lo entristeciera. O, aún peor, que despertara un recuerdo que le causara rabia. Así que decidió que era mejor callarse, y quizá tocar más adelante el tema. O bien no tocarlo, claro. Vio su mirada también, esa mirada que se fijó en sus ojos y que pareció no querer soltarlos, y sonrió levemente, algo nerviosa, mientras notaba cómo el fuego de su mano iba disminuyendo. Aquello provocó que se relajara, y sus hombros tensos dejaron de estarlo, a la vez que su ceño fruncido se destensó un poco y mostró una expresión más relajada, y una mirada algo más amigable, aunque no por eso el color de sus ojos dejó de parecerse al del hielo.

—¿Salvar es lo que querías decir? Sí —susurró, y bajó las manos en dirección a su cinturón. No sacó ningún arma, sino que lo desabrochó y lo dejó caer como muestra de que sus intenciones no eran hacerle daño. Sabía que aún tenía las cuchillas de las alas, pero replegó éstas, con el mismo afán de hacer ver que no pretendía hacer daño. Después de eso, lo miró con la cabeza ladeada—. ¿Qué ocurre? —había oído cómo llamaba a Sanctra, y aquello la intrigó. Quería saber por qué pronunciaba ese nombre en ese momento. Ella no creía en dioses, pero… ¿podría ser que él sí? En todo caso, era respetable. Muy respetable. No se metía en las creencias (o no creencias) ajenas, así que no iba a decir nada acerca de ello.

Sin embargo, esa exclamación y ese sonrojo la tomaron por sorpresa. ¿Por qué se comportaba de ese modo? ¿Acaso le daba vergüenza que ella lo viera tal como estaba? Aquella reacción causó quelas mejillas de Celeste se sonrosaran un poco también, y lo miró al rostro, con cierta sorpresa. Sonrió suavemente, y dio un pequeño paso en su dirección, mirándolo, con ese color levemente rojizo en su rostro. Le estrechó la mano con firmeza, pero no demasiado suerte, y le agradó encontrar una mano suave, cuidada. Esa mano que había visto realizar tan bellos movimientos, a la par que el resto de su cuerpo.

—Encantada. Celeste Shaw —se presentó. Consideraba que debía decir el apellido también, si él lo había dicho. Celeste sonreía. A pesar de las hojas que tenía enredadas en el cabello y las alas, y a pesar de que tuviera manchas de tierra por el costado, le pareció alguien realmente bello y, en cierta forma, eso se notaba. Quizá en su sonrisa, quizá en su forma de mirar, o hasta en cómo se tocaba el cabello y enroscaba un mechón en su dedo. Quizá en todo—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a menudo? —no sabía qué decir. Estaba algo nerviosa, y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.


Última edición por Celeste Shaw el Lun Mayo 07, 2018 11:06 pm, editado 1 vez
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Celeste Shaw

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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Sáb Mar 24, 2018 6:15 pm

— ¿Salvar es lo que querías decir? Sí

Sí, era eso lo que quería decir. Pero estaba tan inmerso en mi propia confusión que ni siquiera había sido capaz de formular una oración coherente. Maldije en mi mente. Era Tanets Iskusstvo, hijo de Arista y Jael Iskusstvo. ¿Por qué estaba actuando como si no supiera cómo hablar? ¡Qué vergüenza!

Sentí un tono de pregunta en alguna parte, pero estaba demasiado distraído para prestar atención.

— Encantada. Celeste Shaw —volvió a presentarse, añadiendo esta vez su apellido, quizá por cortesía. Lo curioso era que ella tenía una sonrisa perdida en el rostro, como cuando tienes un recuerdo muy feliz, me pareció a mí.  Podía sentir también algo de nerviosismo en su mirada y en sus movimientos. Comenzó a enroscar un mechón de cabello y casi podría jurar que eso era una señal de coqueteo.— ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a menudo? —ahogué una carcajada, terminando por soltar una risa nasal diluida, con la esperanza de que no sonara como una burla. Mi mente se había despejado mucho más ahora que la adrenalina había bajado y la somnolencia estaba mermando.

— Gracias. Por lo de los asaltantes. —sonreí de lado; el sol ya estaba suficientemente alto como para que todo el campo estuviese iluminado, y sus rayos hacían brillar no solo mi ala sino el rocío del césped, haciendo que las gotas parecieran pequeños diamantes esparcidos en el suelo.— Y no, no paso por aquí muy a menudo. Al menos no por esta parte del campo. Presenté en Phontorek hace dos noches y... bueno, quería apartarme un poco de la ciudad, por esto de la noche de Sanctra… —aparté la mirada hacia la grama, no con tristeza, sino como con nostalgia, con una sonrisa perdida en mis sentimientos. Sacudí la cabeza.— ¡Suna! —llamé al animal— ¡Acércate! Celeste es amiga. —el animal obedeció sin titubeos y caminó hasta mi lado, pasando su cabeza por mi hombro como un gato.— Ella es Suna —me dirigí a la divium—, Es mi compañera

Celeste ladeó la cabeza, ¿Acaso la ofendí? Oh, dioses, que no la haya ofendido. Tonto, Tanets, tonto. Luego se encogió de hombros

— No hay de qué —sonrió. Me perdí un segundo en sus labios rosados haciendo juego con su piel pálida— Oh, entiendo, yo… —se sonrojó. ¿era normal que una chica se sonrojara tanto? habría llegado a pensar que tendría algo entre manos por su nerviosismo, pero… ¿sonrojarse?—  vi tu danza, desde el aire —Bajó la mirada. Oh, rayos.— Me pareció increíble. —asintió hacia Suna— Oh, ya veo. Su lealtad se ve de lejos —volvió a sonreír

Ésta vez era yo el que actuaba como chica enamorada. Sonreí, tonto y perdido, sin saber exactamente qué contestar. Luego mi cerebro decidió comenzar a funcionar, más o menos.

— Sí, esta criatura me acompaña en la vida desde que nací.—Y era cierto. Suna era una cachorra cuando papá la compró quién sabe dónde, junto a su (presunto) hermano. Cambié de tema; Suna sabía, entre otras cosas, hacerse presencia en un lugar. Sonreí una vez más, aunque esta vez con algo de vergüenza, que se reflejaba en el color rosa de mis mejillas—  Eres la primera persona que me ve danzar ante Sanctra. —además de Tentrei…

— Es increíble. —dijo en un susurro y alzó la mirada sonriendo. Se mordió el labio inferior.— Bueno... No pretendía... Vi la hoguera y me llamó la atención, y a la que me di cuenta… —dejó las últimas palabras colgadas.

— Tranquila —le sonreí— es solo algo... Íntimo... No sé si me explico. —agité la mano, restándole importancia. Maldije para mis adentros por no ser capaz de hablar con la soltura que lo hacía mi hermano— no es nada... —mi cuerpo había tomado su forma natural; alto para ser un divium, elegante, espalda erguida y mirada al frente, pero cuidándome de no verme demasiado pretencioso. De alguna manera, el sucio y las hojas en mi cuerpo eran casi ignorables, y eso era lo que quería, porque seguro estaba bastante lejos de darme un baño— quizá debamos hacer un funeral para los cuerpos... Sería apropiado, ¿no? —volteé la mirada hacia los cadáveres. Un funeral de fuego, al estilo Shiva, y todo sería sólo un mal recuerdo.

Volvió a sonreirme. En este punto sentí que era una lucha de sonrisas y sonrojos, por Sanctra, ¿Qué rayos está pasando?

Asintió

— Creo que lo entiendo... —dijo, mientras me veía a los ojos. No me hubiese molestado tener una pantalla de humo a la mano para desaparecer en mi vergüenza. Su semblante se tornó en sorpresa cuando mencioné el funeral, y desvió la mirada a los cuerpos— . O-oh... claro.

Sonreí, esta vez con seguridad sobre mí mismo, y caminé hacia los cuerpos. El lodo sanguinolento ya se había secado y, si no fuera por los cuerpos, casi podrías ignorar que hubo una escena de matanza en ese lugar. Me arrodillé frente a ellos y estiré los brazos a los lados con las manos hacia el cielo y los ojos cerrados.

— Oh, Kiara, cuida las almas de estos bandidos, y que encuentren redención bajo tus alas. —mis brazos se llenaron de fuego negro y plateado, y las llamas se extendieron alrededor de los cuerpos, y luego sobre ellos, quemando la carne y suspendiendo el terrible y dulce olor de la muerte en el aire, el cual menguaba con el viento y el olor a césped y petricor. — dicen que Kiara cuida las almas que son rezadas —dije aún de espaldas, viendo cómo el fuego negro consumía la carne y los huesos.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Dom Mar 25, 2018 12:06 pm

Tanto él como ella se sonrojaban a menudo, y se sonreían mutuamente, mientras hablaban. La impresión que tuvo Celeste fue que se trataba de alguien consciente de cómo era, pero que sentía cierta… ¿vergüenza? ante ella. Aquello le era extraño. Nadie se había comportado así con la pelirroja, que miraba a su interlocutor a los ojos, directamente a los ojos. Los ojos ambarinos del bailarín hacían que se sintiera extrañamente nerviosa, aún así, mantenía la mirada en ellos.

Había algo en lo que no reparó hasta ese momento, y eso era que la presencia de Tanets parecía hacer que Lilith callara. No se lo dijo, no dijo nada sobre ella, ya que no quería parecer una loca cualquiera. Porque Celeste no estaba loca, para nada. Solamente tenía un alma errante en su cuerpo. Pero no, no iba a hablar de ella. No entonces, no tan pronto. Aunque normalmente no hacía falta que hablara de ella… la propia Liith aparecía y controlaba su cuerpo. No quería eso, para nada.

La idea del funeral la sorprendió, la sorprendió bastante a decir verdad. Ella nunca hacía funerales por las personas a las que mataba… No tenía esa costumbre. Si tuviera que hacer un funeral por cada persona a quién había matado, no acabaría nunca. Era tanta gente ya… suspiró, y le sonrió suavemente. Asintió con la cabeza.

—Sí, sería buena idea.

Al verlo arrodillarse, no dudó en imitarlo, cerrando también los ojos. No dijo nada, ya que no sabía qué decir, pero se quedó de rodillas, con los ojos cerrados y el rostro alzado hacia el cielo. Aún así, había podido ver ese fuego negro y plateado de sus manos, algo que no le había pasado por alto, y sobre lo que pensaba preguntarle luego. En cuanto la oración hubo terminado, abrió los ojos y se alzó, mirándolo de nuevo a los ojos. Esperó unos minutos, pero le preguntó sobre ese fuego que era capaz de conjurar.

—¿Cómo puedes conjurar ese fuego? El que ahora ha aparecido en tu mano, y antes en tu ala —aquello la sorprendía e intrigaba a la vez, y estaba decidida a saberlo.

—Meistic me lo reveló —dijo simplemente, haciendo que su mano se recubriera de fuego, y éste desapareciera con un destello azul. La magia no era algo absolutamente desconocido para Celeste, pero solamente había visto la vertiente ofensiva, de ataque, que ésta tenía. No sabía que se podían hacer también cosas tan bonitas. Sus ojos se desviaron de la mano de Tanets a sus ojos, cuando ese fuego desapareció.

—Es… magia, ¿verdad? —estaba realmente sorprendida, y su expresión así lo demostraba. Esbozó una sonrisa, pero apenas era el asomo de una. Ni siquiera era visible si uno no se fijaba mucho.

—Es… sí, claro, es magia. Magia del fuego —sonrió, y aquella sonrisa lo hizo parecer distante, lejano, como si no estuviera del todo allí—. Hay quienes lo usan para la destrucción. Yo digo que el fuego es hermoso. Es vida.

—Puede usarse para ambas cosas —dijo con la cabeza un poco ladeada, como si estuviera pidiendo saber más—. Es hermoso, es el que ahuyenta las bestias a la intemperie, es el que nos da el calor que necesitamos para vivir. Pero a la vez destruye.

—Tienes razón, supongo. Pero nunca lo he usado para tal fin —se levantó del suelo, y se limpió el Sarong con las manos—. La danza es mi vida, y para la gente vivo. No tiene mucho sentido que termine… chamuscándolos vivos, creo yo —se encogió de hombros, y le sonrió con los ojos cerrados.

—Es muy respetable, en realidad —lo miró. Se preguntaba si sería capaz de tener otra forma de vida, de no dedicarse más a lo que se dedicaba. Quizá sí, o quizá no. Lo que le inculcaron en sus primeros años aún estaba demasiado presente, y más con Lilith. Ahuyentó esos pensamientos y rió con el comentario de Tanets—. Tienes razón, no tiene sentido —bajó un poco la mirada, sin saber exactamente qué decir.

—A ver, ya sabes algo de mí —le sonrió ampliamente, mostrando sus dientes bien cuidados, aunque no excesivamente blancos, sino naturales—. ¿Tú a qué te dedicas?

—¿Yo? Eh… soy mercenaria —consideró mejor decir la verdad. Y, aunque no tuvo muchos tapujos, tampco era cuestión de que nadie más la oyera, así que bajó el tono de voz.

—¿Eh? ¿Mercenaria? ¿Como así? —ladeó la cabeza, desconcertado, preguntándose si acaso ella se encargaba de matar gente.

—B-bueno… Básicamente se trata de matar por encargo… aunque ahora apenas me dedico a ello, sólo para obtener los ingresos justos para comer bien.

—Debe de ser difícil… —dijo, después de poner una cara muy sorprendida y de tragar saliva casi de forma audible. Era normal que alguien se sorprendiera. Al fin y al cabo, no era una ocupación exactamente normal.

—No… —bajó un poco la mirada, asintiendo—. No es fácil —sus ojos y su posición delataban que realmente le era difícil hacer aquello. Tenía los brazos cruzados y apretados contra el cuerpo.

—Yo… eh… No me imagino tener tal necesidad —se tomó la raíz del cabello con una mano. Parecía francamente incómodo, aunque no era tanto por la ocupación de Celeste como por la pena que sentía—. Digo, nunca he… ehm… —intentaba buscar las palabras adecuadas, pero éstas se le escapaban—. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? Digo, me salvaste la vida, y yo… yo… te debo una.

—No conozco otra cosa —respondió en voz baja. Esta vez había sido ella quién había tragado saliva de forma prácticamente audible, y luego se encogió de hombros. Aún así, le esbozó una pequeña sonrisa—. No te preocupes… creo que te entiendo, más o menos —lo miró a los ojos—. Ahora mismo no se me ocurre, la verdad… No te preocupes, ya habrá ocasión para devolvérmela, supongo.


Última edición por Celeste Shaw el Lun Mayo 07, 2018 11:13 pm, editado 1 vez
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Abr 24, 2018 8:46 pm

Mi encuentro con Celeste había sido más extraño de lo que cabría esperar, pero había algo en ella. En su sonrisa, en su forma de hablar, de caminar o quizá la forma tan majestuosa en que sus alas membranosas emprendían el vuelo al despedirse de mí. A pesar de que no era del todo cómodo que me estuviese guardando en mis sueños, me había quedado anonadado como si nunca hubiese hablado con una chica. Un viaje largo y tortuosos hacia el oeste del continente me escupió de nuevo en Thonomer, cansado, acalorado y con ganas de hacer una presentación tranquila ante el gremio de artesanos y volver, luego de tanto tiempo, a mi hogar en Uzuri.




— Vamos, Suna, Phontorek no está lejos —alenté al reptil, que cargaba el carromato a regañadientes, como si pesara más que su escamosa vida. Sacó la lengua en un siseo casi viperino y siguió tirando, pero en dos pasos, se sacudió desde el hocico hasta la cola y se echó en el suelo. Así sin más.— ¡Eh! ¡Eh! Aún quedan un par de pasos. —me bajé del carromato con una cantimplora llena de agua, la cual vertí en el hocico de mi mascota— Vamos, un poco de agua y estás repuesta.

O eso asumí yo. Tomó el agua, sí, pero tan pronto dejó de beber, se soltó de las riendas del carromato y se enroscó en el suelo. A plena luz del día. Tonto lagarto crecido.

—¿De verdad me harás acampar a diez minutos de la ciudad? —Su respuesta no fue más que acomodarse sobre la grama, que seguía mullida y verde, y soltar un gruñido de la más pura y preciosa flojera. — ¡Sunaaaaa! —gruñí

No hubo respuesta. Volví a gruñir como perro mientras movía los brazos en una rabieta. En momentos como este la nostalgia me azotaba y hacía que mis ojos se empañaran. En momentos como este, Aban convencería a Suna de seguir caminando, o la haría montarse en el carromato y tiraría él solo.

O abrazaría a mi hermano y juntos volaríamos a nuestro destino. El empañamiento se volvió una lágrima corriendo por mi mejilla mientras me dejaba caer en el suelo.

Respiré profundo, apreté los nudillos y me mordí la lengua. No me dejaría vencer. No era factible vivir un drama. Me soné el cuello y me puse en pie nuevamente. Suna no se movería, eso ya había quedado claro. Aprovecharía entonces de marcar territorio y ensayar mi próxima presentación; Era media tarde y aún faltaban unas cuantas horas para que el sol muriera en el horizonte, así que me alcé en punta de pies, y en un par de movimientos de cadera era Delia. Más o menos. Encarnar el cuerpo de una diosa era difícil; la gracia, la pasión, el romance y la delicadeza de Delia eran incomparables. Eran amor y drama en una épica poesía descrita por el movimiento de mis pies y el vaivén de mi vientre. Era dolor y pérdida, pero no era triste; era hermoso, y en algún punto, hasta romántico. Era aquél sentimiento que solo la diosa de los enanos podía evocar.

Había, en algún momento, perdido la noción del tiempo, pues la noche cayó sobre mí como un manto frío. No había lunas llenas. Eran un triángulo de medias sonrisas que daban la espalda a estas tierras. Lento, pero seguro. Le sonreí de vuelta a las diosas y bajé la mirada hacia Suna. Parecía repuesta.

— ¿Vamos? —pregunté, sin demasiadas ganas de quedarme la noche a mitad de las llanuras.

Suna se desenroscó como si hubiese invocado a una diosa reptil; la costumbre de verla a veces hacía que olvidara lo majestuosa que era. Grande, poderosa, sus escamas doradas resplandecían con el tenue cariño de las Selen, y parecían de oro labrado bajo el manto de la noche. Se sacudió y siseó mientras se encaramaba las riendas del carromato encima, con una independencia que casi hacía creer que era alguna clase de Antropomorfo con inteligencia.

— Vamos, te quitaré un poco de peso. —le sonreí, y ella comenzó a tirar del vehículo lentamente mientras yo caminaba a su lado.




Phontorek siempre me recibía como a un viejo amigo, por alguna razón. Esta vez los lujos no me provocaban; me limité a entrara a una taberna y pedir un tarro de aguamiel, un gusto casi tosco, pero un gusto al fin. Suna había entrado a mi lado para pedirse un tazón de abejas de sangre. Plato ligero para semejante criatura. Pero había algo en el ambiente que no andaba bien. Suna me cabeceaba el hombro nerviosa, y su cola estaba estática como látigo sobre su cuerpo. Me indicaba, con su hocico, un par de mesas más atrás. Agudicé la vista, y un grupo de humanos llamaron mi atención. Allí estaba lo que ponía a Suna nerviosa. Un retrato familiar dibujado en pergamino. Rasgos finos, pecas, labios carnosos, alas negras a medio dibujar.

Era ella. Era Celeste. Desenvainé mi Kris, los conté. Eran cinco en una mesa, y murmuraban a otros tres sentados en la mesa aledaña. Demasiados. Maquiné un plan; si no podía combatirlos, arruinaría su plan.

Me alcé del taburete en el que estaba y le indiqué a Suna que se quedara allí. Miré alrededor, no conocía a nadie. Esta zona de Phontorek era un sitio que no solía frecuentar y no gozaba con el apoyo de los maestros del arte. Di un par de pasos hacia los… ¿Mercenarios? ¿Bandidos? ¿Asesinos? Lo que fueran. Me detuve al estar suficientemente cerca y clavé el Kris con fuerza en el retrato, justo en la frente de la dama, dejándolo fijo a la mesa de madera, con el pomo del arma mirándome.

— ¿Planean matarla? Cuenten conmigo. —solté con voz fría, sombría y seria, seguro de mis palabras. Los ocho hombres me miraron con reproche. Pensé por un momento que no era la vista más seria. Divium de una sola ala, maquillado y vistiendo nada más que un sarong -¿Falda?- de colores.

No parecía un mercenario ni un asesino. Y es que no lo era.

— ¿Y tú quién eres?

— Omitamos mi identidad. —saqué de mi bolso un saquito de monedas. Unas ocho de oro y otras diez de plata, y lo dejé caer sobre.— Me pido su muerte.

El líder, asumí que era, tomó una daga y rompió el nudo que amarraba el saco. Husmeó entre las monedas y se vio saciado. Tomó el saco y lo guardó bajo la mesa.

— Hay un espía siguiéndola desde tierra. Deberá llegar en dos días cuando mucho.

— Estaré aquí entonces. La veré en el teatro. Guarden las entradas mientras yo llevo el encargo.

— En dos días, emplumado. O probará mi acero.

— En dos días.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Dom Abr 29, 2018 1:08 pm

El encuentro con el peliazul había sido, cuanto menos, extraño. Hacía mucho tiempo que no se sentía de aquel modo. Emprendió el vuelo tras despedirse de él, pero luego se quedó aleteando suavemente, suspendida en el aire, con la mirada gacha. ¿Era posible que le gustara? ¿Que sintiera algo más que atracción? Y nunca había sentido algo similar… nunca. O… no, mentira. Nunca desde la muerte de Zelycan. Aquel hecho, en realidad, la había marcado más de lo que quería admitir. Aún así, después de irse, el incordio que tenía dentro de su cabeza no tardó en aparecer.

—Así que ligando, ¿eh, niña? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me escuchabas?

—Directamente no te oía, Lilith. Estaba tan a gusto que no tenías ningún tipo de poder sobre mí, y si ya no podías hablar conmigo… imposible controlarme.

—Esto no me gusta nada, niña. No vuelvas a verle.

—Oh, ¡vamos! ¡No vas a obligarme a hacer algo que no quiero!


Lilith no dijo nada a aquello. Sabía que estaba perdiendo poder, que cuanto mayor era Adrien y más vivía Celeste, más feliz era la pelirroja y, por lo tanto, más le costaba controlarla. Debía hacer algo para sacarla de ese estado, sin embargo, no entendía qué podía hacer. Al menos, con ese hombre lejos, podía hablarle. En ese momento, la mujer aterrizó y de nuevo se sentó en ese prado, en el lugar donde lo había conocido. Estaría pocos minutos allí antes de levantarse, resuelta.

Tenía que llegar a Thonomer para cobrar un encargo. A Phonterek, concretamente. Así que se puso en camino, dando zancadas largas. Le gustaba alternar entre volar y caminar, de ese modo no se cansaba tanto como si solamente volara, o solamente caminara. Además, estando con los pies en el suelo era mucho más consciente de lo que ocurría cerca de ella, aunque desde luego no de todo. Tomó impulso y empezó a volar. No sabía que había alguien tras sus pasos, no tenía ni idea de ello, y si hubiera tenido alguna idea de eso se habría llevado inmediatamente a Adrien y no habrían vuelto a la ciudad por una buena temporada.

Cuando hubo caído el anochecer estaba a medio camino de la ciudad. Seguramente al día siguiente llegaría, con toda probabilidad a mitad de la tarde. Eso si no aceleraba su marcha de algún modo, claro. Seguramente sí que podría hacerlo, y llegar un poco antes. ¿A mediodía quizá? Podría ser. Pero ese era momento de cenar y descansar. Cogió unas tiras de carne seca que tenía guardadas, y empezó a comer, sentada en el césped. Después buscaría la posada que quedaba en el camino hacia Phonterek, y alquilaría una habitación. Se podía decir que ella era una habitual de aquel establecimiento, aunque nunca pasaba más de una noche en él.

Durmió tranquila. No tuvo pesadillas incordiándola y despertándola, así que al alba despertó simplemente porque la luz lo provocó. Comió otra de las tiras de carne seca que guardaba y salió de allí por la ventana. Había pagado la habitación de antemano. Voló bastante arriba, casi rozó las nubes, y pensó en ir a buscar a su hijo. Sin embargo, antes debía cobrar por ese encargo, de modo que no sería hasta la tarde que podría ir a por él. Tenía ganas de verlo ya, llevaba un par de semanas separada de él y lo echaba mucho de menos. Sabía que si quería llevárselo debía tener un lugar seguro, por lo que se había hecho con una pequeña cabaña en el Sílvide. Era consciente de que a pocas personas se les ocurriría buscarla allí, aquella era la razón principal por la que había conseguido la cabaña en ese sitio, entre la maleza.

Aterrizó en la ciudad, en la taberna donde debía hacer el cobro. Con eso no hubo ningún problema, y los dos kulls de oro estuvieron pronto en su bolsa. Con aquello podría vivir un buen tiempo, y no le haría falta hacer otro encargo durante al menos unos meses. Caminó por la ciudad, en dirección a donde debía ir a buscar a Adrien. Para llegar tenía que pasar frente al teatro. Aquel edificio le gustaba especialmente, así que solía estar unos segundos al menos mirándolo.

—Niña, aléjate. Tengo un mal presentimiento.

—Oh, vamos, Lilith, no empieces. Déjame disfrutar un poco. Sólo serán unos minutos.


Unos minutos… sí, se quedó unos minutos mirando ese edificio. Un teatro… no solía ir a ver ninguna función. Nunca había ido, de hecho. Era algo de lo que no tenía costumbre, y siempre había estado demasiado centrada en otras cosas como para permitirse ese pequeño disfrute. Se giró para ir en dirección a una taberna concreta, cuando vio a alguien por la calle. Alguien inconfundible que caminaba en dirección al teatro. Se le acercó con una sonrisa en los labios.

—Vaya… volvemos a encontrarnos, Tanets —le sonrió y se acercó un poco más a él.
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

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