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Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Mayo 08, 2018 4:21 pm

Dos días. Tenía solo dos días para salirme con la mía, y agradecía a los dioses que estaba en Phontorek, donde cuando menos conocía a un par de personas que me ayudarían a salir con mi plan.

El teatro. Dos días. Esa noche me quedé en la periferia de la ciudad, donde las posadas eran de mala muerte y un artista era un bicho raro. Era como una maldita polilla ígnea dentro de un pajar. Un movimiento en falso y quemaría todo a mi alrededor. Dormí solo un par de horas, y con Suna a mi alrededor. Las estrellas parecían ni siquiera haberse movido de su lugar cuando abrí los ojos; y la primera hora del día aún estaba lejos.

Una muerte. Un día. ¿Y cómo se suponía que iba a salir de esta ileso? Un paso en falso y ella moría. ¿No era ella capaz de cuidarse a sí misma? ¿Acaso eran estos mercenarios más mercenarios que ella?

Oh. Claro.

Ella era una mercenaria. Ellos lo sabían. Por Meistic, claro que lo sabían. Estaban tan preparados que un atisbo de duda en mi actuación terminaría con una hoja en su corazón. Una flecha. Un cuchillo, una espada, una lanza. ¿Quizá estaba sobreactuando?

¿Y si no?

Intenté hacer un poco de memoria. Me senté en el suelo con las piernas en indio, vestido solo con un pantalón fino de algodón. Suna se había enrollado a mi alrededor y casi podría jurar que parecía un maestro de las bestias tal como estaba. La luz de las lunas era tenue, de cuartos crecientes, y desde la ventana de la habitación no se veía, pero podía sentir el azul, casi imperceptible colándose entre las nubes. Era todo lo que necesitaba. Cerré los ojos y respiré profundo, dejando que ese hilo de luz colmara mi mente.

«Ayúdame, Meistic»

Era ironía pura. Era casi masoquismo pedir ayuda a una diosa que me dio la espalda hace tanto; y aún así lo hacía. Hablaba con ella. Con ellas. Con todos. Con devoción, porque podía sentir la divinidad de sus presencias. Y con fe, una fe ciega que ya antes me había hecho explorar los sitios más oscuros, y jamás corrí peligro.

Y mi cerebro se iluminó a la hora justa. Si por Meistic o por la tranquilidad del silencio, no lo sé, pero todo lo que necesitaba era un rostro. Un oscuro y masacrado rostro que me daría lo que necesitaba por la suma correcta de dinero. Así que me alcé de un tirón y salté por encima de Suna. Abrí un baúl y saqué solo mi Sarong. Dediqué un minuto a delinear mis ojos, y sólo eso. Sin lunas, sin brillos, sin guilindajes ni baratijas. Salí de la habitación en silencio, esperando no despertar a nadie, esperando que el fuego no consumiera mi plan.

Me escabullí en la oscuridad, fuera de la posada y más adentro de la ciudad, entre los suburbios artesanales, indagando en el lugar correcto el nombre del hombre preciso, que por fortuna, no estaba demasiado lejos.

Más allá de la periferia y de las tabernas de mala muerte, allá donde el campo era verde y fresco, y no olía a heces ni orina, estaba sentado en el suelo, en indio, con una serpiente deslizándose por su cuello.

Era una vista de lo más interesante. Era un hombre alto, delgado y de piel tan oscura que casi podía confundirse con la noche. Un turbante blanco cubría su crespa cabellera negra, y las indumentarias desérticas raídas daban una descripción bastante completa del personaje. Al menos hasta que lo veías de frente, donde podías ver sus ojos heterocromáticos, rasgados y… vacíos, como si le restara importancia a lo que tuviera en su mirada. Algo tendría que ver con la película blanquecina que se veía delante de sus iris. Sacó la lengua.

Por los dioses, esa lengua. Era perturbador ver cómo llegaba más allá de su barbilla y se agitaba como si fuera un cascabel. Tan pronto advirtió mi presencia, sonrió.

— El olor a lavanda de tus plumas se siente a kilómetros. —dijo con su voz siseante y profunda. Suave, seductora, como el susurro de la primavera.

— Me gustaría poder decir que también te advertí a kilómetros.

Me senté frente a él en indio, y me veía increíblemente pequeño a su lado.

— También sentí tu preocupación. ¿En qué te puedo ayudar?

— Hay… Una chica…

— ¿El gran Tanets Iskusstvo está enamorado? —exclamó, casi con auténtica sorpresa.

— Oh, por las diosas, no, no. —refuté nervioso.— Es una amiga. Está en peligro. Tengo que… simular su muerte… de alguna manera.

— Te estás metiendo en calles peligrosas, ¿Eh? —me encogí de hombros— Ven a verme aquí al mediodía.

— ¿No eras un reptil nocturno?

Se encogió de hombros, me guiñó un ojo y luego los cerró con una sonrisa. Sacó de entre sus ropas un vial con un líquido verdoso, lo vertió en su boca y lo utilizó para enjuagarse. Me comencé a levantar lentamente, pero tan pronto estuve de pie, escupió el líquido nuevamente en el vial.

— Espera. —indicó mientras cerraba, aún con los ojos cerrados, el frasco. ¿Cómo demonios era tan preciso sin ver? Me ofreció la poción-veneno-cosa, que ahora era de un verde mucho más amarillento— Esto te será de ayuda.

Arqueé una ceja. Erh. Era bastante asqueroso, para ser honestos. Suspiré profundo y lo tomé entre mis manos.

— No te asquees, mi saliva no es como la tuya. Anda, nos vemos al mediodía.

— Gracias —asentí, y agarré camino de regreso a mi taberna de mala muerte.




La hora llegó rápido, y así como me escabullí en la noche, lo hice en la mañana, esta vez intentando pasar desapercibido entre los lugareños. Suna estaba a mi espalda, y el hombre serpiente sonrió y se dirigió directamente a ella en una lengua que no alcancé a comprender. Suna asintió. Asintió. Como si en su reptiliana vida se hubiese molestado en hacer caso a alguien más que a mí y a mi familia, y eso cuando le provocaba. Luego de asentir apoyó su cabeza en mi hombro.

— ¿Qué rayos le dijiste?

Guiñó el ojo. ¿Por qué me guiñaba el ojo? ¿Exactamente qué podía saber Suna que yo no?

Sacó, esta vez de su bolso, un vial con un líquido completamente amarillo y espeso, de aspecto no menos asqueroso que el anterior.

— Una gota de esto y tu chica estará durmiendo tan profundamente que su corazón casi dejará de palpitar.

Asentí e hice una pausa.

— ¿Y el otro?

— Por si quieres despertarla con un besito. —arqueó las cejas de forma sugestiva y se rió. Casi pude sentir mis mejillas enrojecerse.— Es un antídoto. Si lo tomas antes del veneno, contrarrestará el efecto. Si lo tomas luego, te despierta.

— No… no tengo cómo agradecerte. —dije con una sonrisa en el rostro mientras tomaba una bolsa de cuero, con unos tres kulls de oro en suma, y la depositaba en su mano.

— Vaya que sí tienes cómo hacerlo. —sonrió mientras recibía el dinero.

— Sabes a lo que me refiero.




El día y la noche volvieron a pasar como un abrir y cerrar de ojos. Sentía un nudo en el estómago que alertaba de nervios. ¿Y qué sucedería si todo fallaba?

Me alisté, esta vez como de costumbre. Maquillaje, guilindajes, accesorios. Todo lo que necesitaba para una presentación, excepto que solo presentaría frente a una persona. A una persona y a los que querían asesinarla. Justo antes de partir bebí la mitad del antídoto, no sin antes pensármelo suficientes veces. Mezclé la grasa del labial con la poción-veneno, porque sí, entre mis planes estaba un beso mortal. Así de dramático sería. Así de irónico. Y esperaba, por todos los dioses, que suficientemente creíble.

Un par de pasos en dirección al teatro, el cual me encargué que estuviese vacío para la ocasión, y escuché la voz de Celeste detrás de mí. No estaba sorprendido, sabía que la vería, pero mi piel se erizó, y se notó en las plumas de mi ala.

— Vaya… volvemos a encontrarnos, Tanets.

— Empezaba a preguntarme cuándo lo haríamos. —Le sonreí mientras me acercaba a ella solo un par de pasos.— ¿Alguna vez has entrado a este teatro? —Le tendí una mano mientras con la otra le señalaba la puerta.— Es aún más hermoso cuando está vacío.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Mar Mayo 22, 2018 7:51 pm

Normalmente, cuando se encontraba con alguien, a no ser que fuera alguien importante para ella no volvía a ver esa persona. Estaba claro que con otras personas había sido distinto, como con el padre de Adrien, por ejemplo, ya que había una tercera persona que los unía. Pero con Tanets nada más que la casualidad la había vuelto a juntar con él. ¿Sería aquello una señal? ¿No? La voz de él la sacó de sus pensamientos y la hizo volver en si, sonriéndole suavemente, un poco sonrojada incluso.

—Ha tenido que pasar poco tiempo, por lo que veo —le susurró, mirándolo a los ojos, subiendo ligeramente la cabeza para ello, ya que él era un poco más alto, aunque muy poco—. Me alegra volver a verte… —se acercó un pequeño paso, dejando que el espacio entre ellos casi muriera de asfixia—. Nunca he estado dentro del teatro, la verdad —apartó la mirada, mientras el color rojizo de sus mejillas se acentuaba suavemente, y lo miró con una sonrisa—. ¿Me harías el honor de acompañarme?

Lo miraba al rostro, aunque no directamente a los ojos. No dudó en tomar su mano, con suavidad, estrechándola luego en la suya, con los dedos entrelazados entre si. Sonrió y tiró de él con entusiasmo, mientras reía suavemente y quería acercarse a la puerta de ese lugar para entrar. Entonces se giró hacia Tanets y volvió a fijar los ojos en los de él.

—¿Cómo es por dentro? ¿Más hermoso que por fuera? —preguntó con entusiasmo. El edificio ya por fuera era muy bonito, ¿sería igual por dentro? ¿Quizá le gustaría más? Quién sabía… no tenía nada claro.

Lo único que sabía era que, de nuevo, Lilith se había callado. ¿Por qué? ¿Por qué cada vez que estaba con él aquella alma errante en su mente dejaba de hablar, dejaba de incordiar? ¿Tal vez por ser feliz en esos momentos en los que estaba con él? Aquello no lo tenía nada claro, en absoluto. Quizá debería consultar a alguien que supiera, ¿pero quién? No conocía a ningún espiritista, por lo que no podía desentrañar aquel misterio. Pero sí, parecía que el poder de Lilith era inversamente proporcional a la felicidad de Celeste. Cuánto más rota estuviera la pelirroja, más influencia tenía la otra sobre ella.

Entraron en el teatro, y una vez dentro la mujer se maravilló. Estaba todo en penumbra, pero aquello no le impedía ver lo bonito que era el lugar. Las paredes tenían relieves, y las sillas se veían bonitas, negras en la penumbra, de un color granate oscuro cuando les diera la luz. El suelo era todo de madera pulida, bastante lustrosa aunque en ese momento no se viera a causa de la falta de luz. El telón, en ese momento corrido, era del mismo color que tenían los sillones, y el suelo del escenario de ébano pulido, de un color oscuro, prácticamente negro. Estaban solos. Se quedó quieta en la parte de arriba, atrás del todo del patio de butacas, mientras lo miraba y le sonreía. No sabía qué iban a hacer allí… pero esperaba que ese encuentro fuera como el primero, o hasta más mágico todavía. Nada estaba claro, y no entendía por qué, pero aquella incertidumbre le encantaba.

—Niña… sal. Corres peligro —esa voz se oía muy tenue en aquel momento. ¿Por qué tan tenue?

—No, Lilith. Basta ya. Pienso quedarme —respondió con firmeza. Después de eso, no la volvió a oír, aunque estaba más que segura de que le había dicho algo respondiendo, seguramente le había dirigido unas malas palabras o le había reprochado su imprudencia—. Tanets, ¿vamos al escenario? Nunca he pisado uno —dijo con cierta ilusión casi infantil.


Última edición por Celeste Shaw el Vie Jul 27, 2018 11:57 am, editado 1 vez
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Jue Jun 07, 2018 2:45 pm

Era una vista tan familiar como mi propia mano. Aún bajo la penumbra, conocía este lugar al detalle. Podía ver el tapiz carmesí de los asientos, de cada uno de ellos desde los más bajos hasta los más cercanos, todos acomodados en una perfecta escalera en arco. La cortina, del mismo color de la tapicería de los asientos y el piso perfectamente pulido y tratado. Había columnas de mármol a los lados donde estaban los asientos más exclusivos; la realeza, la nobleza y los artistas más agraciados tenían derecho a estos lugares privilegiados, y casi podía ver el fantasma de mis padres mirándonos con orgullo desde ahí. Eran Jael y Arista Iskusstvo, después de todo. Había pocos lugares artísticos en Noreth a los cuales esta pareja no tuviera acceso absoluto.

Aún con la cortina corrida y sólo un trozo del escenario fuera de ella, podía ver las tramoyas detrás; los sistemas complejos de escenarios y luces, los camerinos y las vestimentas tras bambalinas. Era un mundo que era completamente mío, y sin embargo, al lado de otra persona, una para quien este mundo era completamente nuevo, sentía verlo diferente. Por primera vez, era el espectador y no el artista. Era el niño alegre que entraba a un teatro a ver una obra y no a participar en ella.

Una obra triste y trágica en la que la protagonista moría por un amor prohibido. O más o menos así sería la historia.

También podía sentir a los mercenarios, ya entrados en el lugar, paseando como ratas entre los pasillos sin ser vistos. Sólo quien conocía cada sonido y rechinido del teatro podía identificar que no era la madera crujiendo por el peso de los años o por el calor, ni por las ratas que de vez en cuando deambulaban entre los túneles que era imposible limpiar, sino pasos perfectamente elaborados por gente letal.

Suspiré profundo, con nervios en el corazón, y le sonreí a Celeste, aún con el regusto de antídoto en la garganta y de veneno en los labios, y la nauseabunda imagen de Skurk haciendo gárgaras con aquél líquido que hace poco había bebido. Había una clara diferencia entre los seguidores de Müsenïe, en aquellos más adeptos, una diferencia que los hacía hermanos.

Estaban aquellos como Tentrei, que vivían por y para la felicidad, que evocaban los sentimientos más alegres que ocultaban los oscuros corazones, que traían el gozo a la vista y llenaban las almas de regocijo en poco tiempo, aquellos cuya familia era el mundo y cuyo amor se conseguía en su arte.

Luego estábamos nosotros, la otra cara de la moneda, aquellos que vivíamos del dolor y el sufrimiento. Nosotros que hacíamos de la vida un drama, y del drama, la vida. No había nota en nuestra música que no recordara la pérdida y la nostalgia, y no había paso en nuestra danza que no inspirara el llanto. Y como no podía ser de otra manera, nosotros, los segundos, los adeptos al drama, teníamos que hacer todo más complicado.
Tenía que llevarla al escenario, a su petición, como todo un caballero romántico. Concederle una dulce danza sin música, de aquella que es más íntima que ninguna, y que el teatro y la madera consumara la vida de la alada. Le tomé la mano, firme y suave, y la conduje escaleras abajo y de allí al escenario.

— Aquí inicia mi vida, Celeste.

Le di media vuelta para que mirara, aún en la oscuridad, las butacas vacías y la puerta ahora cerrada. Era tenebroso, y espectacular. Alcé la mano libre hacia el aire y chasqueé los dedos; un pequeño truco que había aprendido durante los ensayos y que jamás se me permitió hacer en presentación, porque bueno, había gente dedicada a ello. Tras el chasquido las luces del escenario, y solo las del escenario, se encendieron, permitiendo ver el color granate de las primera butacas y de la cortina a nuestras espaldas.

— Aquí se desarrolla todo lo que soy.

Solté su mano y desaparecí entre las telas de la cortina, donde conocía cada cuerda y mecanismo, cada saco de peso y cada palanca. Una en específico nos transportaría a los palacios de Akhdar, con arquitectura occidental y el sol inclemente, todos pintados a mano en madera y roca. De pronto el escenario se volvió mucho más grande, sin las cortinas que ocupaban el espacio. Las luces se volvieron incluso más abundantes y llenaron el lugar hasta que no hubo secretos en ninguna parte de la tarima. Entonces ofrecí mi mano a Celeste con una sonrisa.

— Baila conmigo.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Dom Jun 17, 2018 11:43 pm

El teatro por dentro era increíble, majestuoso. El suelo de madera pulida reflejaba la poca luz que entraba, los sillones granates se veían negros en tal penumbra, y el escenario estaba ahí enfrente, elevado por encima de las butacas, imponente, grande y con el telón bajado. Agitó un poco las alas, realmente emocionada por la probabilidad de subir al escenario, sintiendo que el corazón se le aceleraba por momentos, igual que la respiración. Notaba sus mejillas algo calientes. Estaba segura de que, si se encendía alguna luz, él las podría ver enrojecidas.

Nunca había entrado en un teatro, y aquella primera experiencia estaba siendo increíble. El teatro le parecía absolutamente precioso, aunque estuviera en la penumbra, casi en completa oscuridad. Bajaron por las escaleras. Ella iba paso a paso, lentamente, mirándolo a él y estrechándole la mano. El deseo de pisar un escenario se iba a hacer realidad. Un deseo que había surgido en el momento de verlo, porque nunca había tenido tal inquietud. La pelirroja estaba maravillada, parecía prácticamente una niña que entraba por primera vez en un edificio como ese.

Uno a uno, subía los escalones que llevaban al escenario. Antes bajó la platea, en ese momento subía a la plataforma que había enfrente. Se dio media vuelta, con suavidad, con la respiración acelerada y el corazón en un puño por no saber qué se iba a encontrar, y cuando las luces se encendieron le tomó unos segundos acostumbrarse a la luz. Parpadeó varias veces, y al ver el patio de butacas iluminado, al menos las primeras filas, se maravilló. Sonrió ampliamente y se quedó mirando hacia delante, al menos hasta que Tanets desapareció entre el telón.

Se giró hacia allí, viendo cómo el telón se descorría. Ante ella, un paisaje que recordaba, que la transportaba, a Akhdar. A una tierra en medio del desierto, a una tierra calurosa cuyas casas estaban hechas para soportar esas temperaturas y cuyas gentes estaban acostumbradas a ese clima. Una tierra con un encanto muy particular, en realidad… una tierra de dorada arena y blancas casas. La luz inundaba la tarima, hacía que ninguna sombra estuviera encima de esa madera pulida, que ningún rincón quedara oculto.

Tomó su mano, con delicadeza, y se le acercó lentamente. Sus cuerpos quedaron muy cercanos el uno al otro, sus rostros lo mismo. Asintió lentamente con la cabeza. Se podían ver sus mejillas enrojecidas, sonrojadas, casi del color de su cabello. Menos naranja en realidad, y más rojo. Las manos que tenían agarradas se extendieron a un lado, mientras Tanets le ponía la otra en la cintura, y ella se la colocaba en el hombro.

Empezaron a moverse por ese escenario. Poco a poco, sus movimientos se hacían menos torpes, puesto que Celeste no sabía bailar. Lo seguía, mirándolo a los ojos, moviendo las piernas al son de él. Y, con las piernas, el resto del cuerpo. Estaban muy cerca el uno del otro, y ella podía sentir su aliento cálido. Esbozó una sonrisa mientras daba un giro, impulsada por el peliazul, y volvía a colocar su mano en el hombro de él, mientras el hombre de nuevo le ceñía la cintura. Sus miradas se encontraban cada vez que la mujer no daba un giro.

Ese baile en el que estaban tan juntos, que era lento, pasional, quizá podía recordar a un tango, con algunos toques que le daban identidad, que lo hacían personal y no estandarizado. Se echó atrás, sujetada por él, y luego recuperó la postura y siguieron moviéndose por todo el escenario. Se movían de forma perfectamente compenetrada, parecía que llevaban tiempo bailando juntos, no que esa fuera su primera vez. Dio dos giros, aquella vez, en dirección contraria uno del otro, y volvió a recuperar el paso que llevaban.

Se sentía muy bien, muy a gusto bailando, perdida en esos ojos amarillos, sin atender a nadie más, a nada más. Todo se había borrado, aparentemente, toda preocupación, todo pensamiento que la perturbara ya no estaba ahí en ese momento. Sonrió, acercando aún más el rostro al de él, pero sin atreverse a dar el último paso. Respiraba de forma irregular, un poco nerviosa por todo lo que sentía, por todo lo que pasaba. Entreabrió esos labios rojizos y los acercó un poco, pero no terminó de besarlo, solamente se aproximó y dejó que, si quería, él terminara de recorrer la distancia que los separaba.
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Sáb Jul 07, 2018 12:08 am

Hubo una mezcla de alivio e intriga cuando sus manos tomaron las mías. Deseaba este momento; quería bailar con ella, porque quería conocer su corazón. Así me habían enseñado mis padres y así me lo había enseñado Musënïe. Claro que no era cuestión de los pasos ni de la ligereza del movimiento; era cuestión de su mirada en la mía, del ritmo de su sangre pulsando con la ausente música. Sus mejillas se habían tornado rojas, complementario perfecto para el témpano de sus ojos, y sonreí al verla.

Guié su mano hacia mi hombro y bajé la mía hacia su cintura; una posición sencilla, y a partir de ahí, el mundo se tornó borroso. Ella no estaba segura de lo que estaba haciendo; sea que no supiera bailar o que no supiera esta danza, daba pasos torpes por doquier, pasos que enseguida comenzaron a fluir como el agua. Me seguía y yo a ella, y a esto se referían cuando hablaban de interpretar el corazón. Sus latidos eran los míos, así de simple, como dos personas tocando las mismas notas. El momento, aún durante el trance de bailar en silencio, me recordaba a aquello que había perdido años atrás. No era tan intenso, no era tan perfecto. No eran dos partes compenetrándose para formar un todo, eran más dos todos diferentes compenetrándose para placer un plan mayor.

Había pasión y sentimiento, eran pasos íntimos y sensuales; eran los vestigios de un baile diseñado para parejas, pero modificado para ser nuestro. Un par de giros, un par de pasos y repiques sobre la madera del escenario, y su rostro estaba frente al mío. Por un momento me había olvidado de mi misión, me sentí eterno junto a ella en un instante que se congeló en el tiempo. Me sentí eterno como las almas ligadas a nuestros cuerpos, y como los dioses que nos veían desde las estrellas. Una eternidad que se rompió cuando volví a la realidad. Ella estaba frente a mí cerrando el espacio entre nosotros.

Lo deseaba. Deseaba aniquilar los centímetros que nos separaban y convertirlos en besos, cortos, largos, de esos que toman tu aliento y roban tu corazón. Pero sabía que bastaría solo uno. Uno sería suficiente y ella caería en mis brazos, y… Oh, por las diosas, que esto termine ya.

Terminé por recorrer la distancia requerida. Por asesinar esos centímetros sin piedad; mis labios sobre los suyos, y en mi boca hacía mella el regusto del veneno, y no el sabor de sus labios.

Condenado sea éste momento por no permitirme sentir sus labios con propiedad, y es que tan pronto ella correspondió al beso, sentí su fuerza desvanecerse, y la tomé en brazos para no dejarla caer. Sonreí al sentir el peso de la mirada de los mercenarios en mí, para que luego dijeran que no era buen actor. Hubo un aplauso lento proveniente del muro más alto, aún cubierto en sombras, y de allí se asomó el cabecilla del grupo.

— Tenías cara de dramático, pero esto es otro nivel.

Alcé el ala y miré en su dirección. Las luces de todo el teatro se encendieron, dejando no solo el escenario, sino la estancia completa sin secreto alguno. De entre los asientos habían comenzado a salir más de ellos como cucarachas espantadas por la luz.

— Es un hábito —respondí con malicia en la voz mientras cargaba a la tenebri en mi hombro.

— ¿Seguro que no nos hemos visto antes? —indagó, pero me encogí de hombros.

— Si frecuentas teatros o persigues rumores. —repliqué mientras caminaba de regreso a la salida.

No respondió, pero luego intentó captar mi atención nuevamente.

— ¿Qué harás con ella?

Me pregunté qué tan divertido sería jugar con él. Los humanos solían caer por rumores tontos, y él no sabía que yo no venía de la ciudad de las nubes. Era un divium. Un humano común no esperaría de mí más que fuese pervertido, lujurioso, sediento de cumplir profundas fantasías retorcidas. Un rumor nuevo no sería demasiado peligroso, sobre todo si planeaba asegurarme de que Celeste no corriera peligro la próxima vez que colocara un pie en la ciudad. Le miré directo a los ojos; marrones, comunes, llenos de avaricia, y sonreí de lado.

— Soy un Sephiri. —saboreé las palabras, con malicia y perversión, y continué caminando. No hubo oposición; los mercenarios que habían salido de entre las butacas se habían quitado de mi camino mientras yo salía por la puerta trasera del teatro.

Uno, dos, tres, diez pasos en las sombras de los callejones internos de Phontorek, que aún durante el día eran oscuros, y dejé ir todo el aire de mis pulmones. Tenía un cuerpo no tan inerte en mi hombro a plena luz del día. ¿Exactamente qué iba a hacer ahora? No tenía telones, no tenía la magia del teatro ni a mi equipo.

Equipo. Suna. ¡Suna! Emití un silbido, el correcto, y pronto escuché el carromato golpeándose contra las paredes de los callejones y sus ruedas sonando contra los adoquines húmedos y malolientes. Por Müsenïe, no había tenido mejor herencia que Suna. El Carromato, claro, no pasaba por todos los callejones, así que tuve que caminar un par de metros para luego dejar a la alada dentro de éste. Subí de un salto y arrastré su cuerpo hacia adentro, haciéndola reposar entre los dos cojines que habían allí.

Salí nuevamente; al sitio donde iba, Suna no sabía llegar sola, así que tendría que arrearla yo mismo. Fuera de Phontorek, más allá de la frontera, pero más acá de Phisis, donde yacía abandonado un mausoleo, antes hogar de los muertos de guerra, ahora olvidado junto con ésta por los habitantes de Phontorek. Era, antaño, un lugar bastante bonito; paredes de piedra con historias escritas en murales que habían sido corroídos por el musgo y los años; innumerables pasillos y vasijas en las paredes, donde descansaban las cenizas de los caídos.

Ahora todo eran vestigios de su grandeza, pero la vista seguía siendo interesante. Al llegar, ordené a Suna alejarse mientras yo me adentraba entre los laberintos, aún con la doncella a cuestas. Se escuchaban pasos de ratas entre las paredes y gotas cayendo misteriosamente del techo. El suelo estaba húmedo, pero no demasiado como para salpicar al pasar. Era un ambiente tétrico, y así se mantuvo hasta llegar al gran salón, donde se practicaban disecciones de cadáveres antes de ser enterrados o cremados. La dejé sobre la mesa de piedra, esta vez con delicadeza. El panorama era mucho menos romántico, mucho menos dramático, y muchísimo más tétrico. Me senté, apoyando mi espalda en la base de la mesa, y encendí una pequeña llama frente a mí. Sólo quedaba esperar que al despertar la histeria o los nervios no la consumieran, porque con el filo de sus alas y mi cuerpo semidesnudo, huir era casi un chiste.


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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Jul 07, 2018 3:55 pm

Fue tomar las manos de Tanets, y sentir un nerviosismo extraño, mezclado con cierta alegría y, a la vez, melancolía. Sí, melancolía por revivir esas sensaciones de hacía tiempo, esas sensaciones de cuando no tenía más que doce, trece, catorce años, y encontró a ese chico que la acogió con los brazos abiertos. Y en ese momento todos esos sentimientos afloraban de nuevo a su corazón, casi veinte años más tarde. Pero tal vez con más intensidad que casi veinte años atrás. Empezó a moverse lentamente, con pasos torpes, tratando de acostumbrarse a bailar, algo que nunca había hecho. Y cada vez ellos dos estaban más compenetrados. Sus miradas no se apartaban la una de la otra. Sus respiraciones estaban acompasados. Sus corazones latían al mismo ritmo. Y sus cuerpos fluían. Fluían por el escenario como agua por un río, sincronizados. Giro, taconeo, dos pasos rápidos y vuelta al ritmo inicial que seguían a pesar de la ausencia de música. Dos rostros que se acercaban hasta casi rozar los labios, pero luego se alejaban al son de la danza.

Aún así, su deseo era terminar con esa distancia que separaba sus labios, besarlo, fundirse con él. Ese era su deseo, deseo que no cumplía por… ¿temor? Tal vez fuera temor. Tal vez no. ¿Quién sabía? Tragó saliva, estaba segura que de forma bastante sonora, pero le daba igual. De nuevo, sus labios se acercaron. De nuevo, Celeste perdió una oportunidad para besarlo. La danza se había vuelto suya, ya no sólo un baile en pareja, sino su baile. Uno apasionado, pero tierno y romántico a la vez. Había momentos de todo, y la mujer sentía que el tiempo se había parado, que sólo se movían ellos dos en todo Noreth. No era así, desde luego, pero eso parecía. Tenía los ojos azules, del azul de un hielo que poco a poco se iba derritiendo para dejar paso a un mar profundo, clavados en los de él, amarillos, ambarinos, que casi parecían clavarse en su alma para observarla más de cerca.

Se sentía flotando, en una nube prácticamente. Perdida en esa mirada ambarina, sintiendo, percibiendo sólo lo referente a él y al baile. Cuando él recortó esa distancia, ahogó sin ningún tipo de reparo los centímetros que separaban sus labios, cuando éstos se juntaron, sintió que su corazón se aceleraba mucho. Durante unos segundos la sorpresa hizo que no respondiera, pero enseguida cerró los ojos y empezó a corresponder con dulzura y pasión, con los ingredientes que habían formado esa danza detenida, congelada. Tal vez todo lo que sentía hacía que no percibiera con tanta claridad como normalmente, puesto que no notó el sabor de ese veneno. No lo notó hasta que empezó a perder las fuerzas, con rapidez. Habría caído de no ser porque él la estaba sujetando, por lo que cayó como un peso muerto entre sus brazos.

Los ojos cerrados, la piel pálida, los labios aún rojizos y el cabello cobrizo parecían formar parte de un cuerpo totalmente inerte. La mujer había perdido primero las fuerzas y luego la consciencia, rápidamente, sin darle tiempo siquiera a articular una palabra, a lanzar una mirada. A nada. Había caído inconsciente a los pocos segundos, y su respiración era tan, tan leve, que parecía genuinamente muerta. Esos latidos fuertes del corazón tampoco eran perceptibles, pero ahí estaban. Un mínimo de aire, y un mínimo de sangre en movimiento, la mantenían con vida, y así la mantendrían hasta que el veneno se hubiera disuelto lo suficiente.

Sumida en la inconsciencia, Celeste volvió a aparecer en su mente, en ese lugar repleto de estanterías y recuerdos… y con Lilith revoloteando por ahí. Ambas mujeres se miraron, en silencio. La peliblanca parecía más delgada, más… demacrada. Mucho más débil que la otra vez que se habían visto. La impactó verla de ese modo, ya que siempre se había mostrado firme, fuerte. Siempre se había mostrado igual, aunque en realidad estuviera cada vez más débil, con menos poder.

—Ah, niña… no te alejaste, ¿eh?

—No. Ahora sé qué hacer para que no me controles como antes, Lilith. Ahora… ahora soy yo quién tiene el control.

—¿Eso crees? Eres muy ingenua… aún puedo hacer que pierdas el control, chiquilla… aún puedo.

—¿De verdad? Lo dudo mucho, Lilith. Lo dudo muchísimo. Mírate: estás muy débil. ¿Qué vas a hacer, en este estado?

—Aún tengo bastante guerra por dar… no me subestimes, niña, o acabarás realmente mal.

—Ya veremos quién gana.

Celeste esbozó una sonrisa fría, y Lilith cerró los puños con fuerza. Sabía que era muy probable que la pelirroja tuviera razón, pero igualmente iba a intentar algo. No sabía qué, pero algo. Si se sentía con fuerzas, tomar el control del cuerpo, aunque fuera por unos minutos. Porque si lograba herirlo, o matarlo, Celeste regresaría al bucle anterior, a ese bucle de dolor, y ella volvería a tener fuerza, y tal vez pudiera aniquilarla totalmente y quedarse con el cuerpo… y no tener que buscar uno nuevo.

Poco a poco, a medida que el veneno la abandonaba, recuperaba el tacto, y luego la movilidad. Sintió la dureza y la frialdad de la mesa a su espalda, y ésta hacía que sintiera escalofríos y se notara algo entumecida. Había estado tendida allí no sabía cuánto rato, tal vez días, tal vez horas. No lo tenía claro. Había estado allí tumbada, con el cabello de ese rojo vivo desparramado por la piedra blanca, que se veía incluso grisácea al lado de su piel marmórea. Poco a poco pudo moverse un poco, y lo primero que hizo al despertar fue abrir los ojos. Después tanteó. Movió las extremidades, y luego se incorporó. Se sentó con las piernas hacia fuera.

—Ugh, Tanets… —dijo al verlo—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado aquí? Es… es extraño —aleteó con suavidad. Entonces recordó la advertencia de Lilith, y empalideció, si cabía, un poco más. No estaba dispuesta a dejar que ella le hiciera daño, para nada, pero tenía claro que si lo pillaba desprevenido podría incluso matarlo—. V-vete… Tanets, vete. Yo… Eh… Tú… corres peligro si te quedas cerca de mí —bajó la cabeza, tragando saliva.

Debía explicárselo, debía contarle lo que ocurría. Él tenía que saber sobre Lilith, o de lo contrario correría un peligro inminente, de tener ella fuerza suficiente para tomar el control del cuerpo aunque fuera por unos minutos. Lo miró a los ojos, mostrándole que estaba siendo sincera, que estaba asustada por lo que podía ocurrir. A pesar de sus palabras, buscó su mano, entrelazar los dedos y estrecharla. Tragó saliva.

—Debería explicártelo todo desde el principio… ¿no? —terminó por decirle.
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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

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