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Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

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Re: Sangre, Perfume y Sueños Alados [Priv. Celeste]

Mensaje por Tanets Iskusstvo el Mar Mayo 08, 2018 4:21 pm

Dos días. Tenía solo dos días para salirme con la mía, y agradecía a los dioses que estaba en Phontorek, donde cuando menos conocía a un par de personas que me ayudarían a salir con mi plan.

El teatro. Dos días. Esa noche me quedé en la periferia de la ciudad, donde las posadas eran de mala muerte y un artista era un bicho raro. Era como una maldita polilla ígnea dentro de un pajar. Un movimiento en falso y quemaría todo a mi alrededor. Dormí solo un par de horas, y con Suna a mi alrededor. Las estrellas parecían ni siquiera haberse movido de su lugar cuando abrí los ojos; y la primera hora del día aún estaba lejos.

Una muerte. Un día. ¿Y cómo se suponía que iba a salir de esta ileso? Un paso en falso y ella moría. ¿No era ella capaz de cuidarse a sí misma? ¿Acaso eran estos mercenarios más mercenarios que ella?

Oh. Claro.

Ella era una mercenaria. Ellos lo sabían. Por Meistic, claro que lo sabían. Estaban tan preparados que un atisbo de duda en mi actuación terminaría con una hoja en su corazón. Una flecha. Un cuchillo, una espada, una lanza. ¿Quizá estaba sobreactuando?

¿Y si no?

Intenté hacer un poco de memoria. Me senté en el suelo con las piernas en indio, vestido solo con un pantalón fino de algodón. Suna se había enrollado a mi alrededor y casi podría jurar que parecía un maestro de las bestias tal como estaba. La luz de las lunas era tenue, de cuartos crecientes, y desde la ventana de la habitación no se veía, pero podía sentir el azul, casi imperceptible colándose entre las nubes. Era todo lo que necesitaba. Cerré los ojos y respiré profundo, dejando que ese hilo de luz colmara mi mente.

«Ayúdame, Meistic»

Era ironía pura. Era casi masoquismo pedir ayuda a una diosa que me dio la espalda hace tanto; y aún así lo hacía. Hablaba con ella. Con ellas. Con todos. Con devoción, porque podía sentir la divinidad de sus presencias. Y con fe, una fe ciega que ya antes me había hecho explorar los sitios más oscuros, y jamás corrí peligro.

Y mi cerebro se iluminó a la hora justa. Si por Meistic o por la tranquilidad del silencio, no lo sé, pero todo lo que necesitaba era un rostro. Un oscuro y masacrado rostro que me daría lo que necesitaba por la suma correcta de dinero. Así que me alcé de un tirón y salté por encima de Suna. Abrí un baúl y saqué solo mi Sarong. Dediqué un minuto a delinear mis ojos, y sólo eso. Sin lunas, sin brillos, sin guilindajes ni baratijas. Salí de la habitación en silencio, esperando no despertar a nadie, esperando que el fuego no consumiera mi plan.

Me escabullí en la oscuridad, fuera de la posada y más adentro de la ciudad, entre los suburbios artesanales, indagando en el lugar correcto el nombre del hombre preciso, que por fortuna, no estaba demasiado lejos.

Más allá de la periferia y de las tabernas de mala muerte, allá donde el campo era verde y fresco, y no olía a heces ni orina, estaba sentado en el suelo, en indio, con una serpiente deslizándose por su cuello.

Era una vista de lo más interesante. Era un hombre alto, delgado y de piel tan oscura que casi podía confundirse con la noche. Un turbante blanco cubría su crespa cabellera negra, y las indumentarias desérticas raídas daban una descripción bastante completa del personaje. Al menos hasta que lo veías de frente, donde podías ver sus ojos heterocromáticos, rasgados y… vacíos, como si le restara importancia a lo que tuviera en su mirada. Algo tendría que ver con la película blanquecina que se veía delante de sus iris. Sacó la lengua.

Por los dioses, esa lengua. Era perturbador ver cómo llegaba más allá de su barbilla y se agitaba como si fuera un cascabel. Tan pronto advirtió mi presencia, sonrió.

— El olor a lavanda de tus plumas se siente a kilómetros. —dijo con su voz siseante y profunda. Suave, seductora, como el susurro de la primavera.

— Me gustaría poder decir que también te advertí a kilómetros.

Me senté frente a él en indio, y me veía increíblemente pequeño a su lado.

— También sentí tu preocupación. ¿En qué te puedo ayudar?

— Hay… Una chica…

— ¿El gran Tanets Iskusstvo está enamorado? —exclamó, casi con auténtica sorpresa.

— Oh, por las diosas, no, no. —refuté nervioso.— Es una amiga. Está en peligro. Tengo que… simular su muerte… de alguna manera.

— Te estás metiendo en calles peligrosas, ¿Eh? —me encogí de hombros— Ven a verme aquí al mediodía.

— ¿No eras un reptil nocturno?

Se encogió de hombros, me guiñó un ojo y luego los cerró con una sonrisa. Sacó de entre sus ropas un vial con un líquido verdoso, lo vertió en su boca y lo utilizó para enjuagarse. Me comencé a levantar lentamente, pero tan pronto estuve de pie, escupió el líquido nuevamente en el vial.

— Espera. —indicó mientras cerraba, aún con los ojos cerrados, el frasco. ¿Cómo demonios era tan preciso sin ver? Me ofreció la poción-veneno-cosa, que ahora era de un verde mucho más amarillento— Esto te será de ayuda.

Arqueé una ceja. Erh. Era bastante asqueroso, para ser honestos. Suspiré profundo y lo tomé entre mis manos.

— No te asquees, mi saliva no es como la tuya. Anda, nos vemos al mediodía.

— Gracias —asentí, y agarré camino de regreso a mi taberna de mala muerte.




La hora llegó rápido, y así como me escabullí en la noche, lo hice en la mañana, esta vez intentando pasar desapercibido entre los lugareños. Suna estaba a mi espalda, y el hombre serpiente sonrió y se dirigió directamente a ella en una lengua que no alcancé a comprender. Suna asintió. Asintió. Como si en su reptiliana vida se hubiese molestado en hacer caso a alguien más que a mí y a mi familia, y eso cuando le provocaba. Luego de asentir apoyó su cabeza en mi hombro.

— ¿Qué rayos le dijiste?

Guiñó el ojo. ¿Por qué me guiñaba el ojo? ¿Exactamente qué podía saber Suna que yo no?

Sacó, esta vez de su bolso, un vial con un líquido completamente amarillo y espeso, de aspecto no menos asqueroso que el anterior.

— Una gota de esto y tu chica estará durmiendo tan profundamente que su corazón casi dejará de palpitar.

Asentí e hice una pausa.

— ¿Y el otro?

— Por si quieres despertarla con un besito. —arqueó las cejas de forma sugestiva y se rió. Casi pude sentir mis mejillas enrojecerse.— Es un antídoto. Si lo tomas antes del veneno, contrarrestará el efecto. Si lo tomas luego, te despierta.

— No… no tengo cómo agradecerte. —dije con una sonrisa en el rostro mientras tomaba una bolsa de cuero, con unos tres kulls de oro en suma, y la depositaba en su mano.

— Vaya que sí tienes cómo hacerlo. —sonrió mientras recibía el dinero.

— Sabes a lo que me refiero.




El día y la noche volvieron a pasar como un abrir y cerrar de ojos. Sentía un nudo en el estómago que alertaba de nervios. ¿Y qué sucedería si todo fallaba?

Me alisté, esta vez como de costumbre. Maquillaje, guilindajes, accesorios. Todo lo que necesitaba para una presentación, excepto que solo presentaría frente a una persona. A una persona y a los que querían asesinarla. Justo antes de partir bebí la mitad del antídoto, no sin antes pensármelo suficientes veces. Mezclé la grasa del labial con la poción-veneno, porque sí, entre mis planes estaba un beso mortal. Así de dramático sería. Así de irónico. Y esperaba, por todos los dioses, que suficientemente creíble.

Un par de pasos en dirección al teatro, el cual me encargué que estuviese vacío para la ocasión, y escuché la voz de Celeste detrás de mí. No estaba sorprendido, sabía que la vería, pero mi piel se erizó, y se notó en las plumas de mi ala.

— Vaya… volvemos a encontrarnos, Tanets.

— Empezaba a preguntarme cuándo lo haríamos. —Le sonreí mientras me acercaba a ella solo un par de pasos.— ¿Alguna vez has entrado a este teatro? —Le tendí una mano mientras con la otra le señalaba la puerta.— Es aún más hermoso cuando está vacío.


Concédeme esta pieza, déjate abrasar por mis llamas.
Piérdete en mi mirada, y nada bajo mi ala.
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Tanets Iskusstvo

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