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La Piedra Angular [Solitaria - Organización]

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La Piedra Angular [Solitaria - Organización]

Mensaje por Varen Tethras el Sáb Jun 09, 2018 4:10 am

La Cordillera Daulin era un hogar, aunque yo solía llamar “hogar” a cualquier sitio donde hubiera buena cerveza, una comida caliente y una cama cómoda. Este fue el sitio que me vio nacer, además de crecer de un pequeño a un hombre. Aquí me críe, jugando con pequeñas piezas de explosivos, observando, callado, con ojos vigilantes cada movimiento de las manos de mi padre. Aun ahora, cada pequeño trabajo de su parte quedo guardado en el interior de mi mente. Grabado, como los trabajos sobre la roca que desde la antigüedad habían realizado mis ancestros. Ligeras marcas de oro, plata y mármol. ¿Acaso me estaba sintiendo nostálgico? Era obvio que así era, yo era un romántico en todo el sentido de la palabra. El enano menos enano que había tenido el placer de conocer, siempre con pensando en algo, siempre soñando, siempre mirando al cielo e imaginando la época cuando dragones y dioses lo cruzaban. Quizás por ese mismo motivo, anhelaba de una forma u otra volver a este sitio. Los sueños inician en pequeño, aun lo recuerdo, como observaba desde lo más alto aquella colina a la distancia, preguntándome cuando podría escapar de esta prisión llamada tradición.

El frío de la mañana bastaba para hacer que poco a poco comenzará a despertarme por completo, solo por esta vez, no podía darme el lujo de usar mi propio carruaje. Significaría un esfuerzo demasiado arduo para mis caballos, los deje en un establo, en un pueblo pequeño donde un viejo amigo vigilaría mis posesiones. En esta clase de lugar, solo servirían bestias de carga, enormes, además de poderosas. Lucían como bueyes, con bastante pelo para evitar que el frío de las altas montañas les afectara, que poseyeran patas poderosas destacaba lo bien que cumplían su labor. No necesitaban herraduras, sus cascos adaptados a idas y venidas en estos caminos eran casi perfectos. La naturaleza nunca se equivocaba, los hombres sí. El carruaje se tambaleaba, mientras chocaba con unas pocas rocas. Mi cuerpo se bamboleaba, siendo que abría los ojos. Dentro de aquella pequeña pieza de madera, nos encontrábamos un total de seis personas, incluyéndome. Se trataban de un par de humanos, creo que eran hermanos por la similitud de las facciones de su rostro. El primero era de hombros anchos, además de tener la mirada distante. Parecía concentrado en algo, y mis ojos de jugador, me hicieron notar que tenía una extraña especie de amuleto. Creo que estaba en medio de alguna oración, no le interrumpiría, incluso yo sabía respetar las creencias de los demás. Por otro lado, su hermano, tenía una expresión más alegre, pero creo que se debía más a la mujer a mi diestra.

No era mi tipo, pero podía comprender porque el muchacho no le quitaba la vista. Tenía el rostro de una pieza de arte, la piel blanca como cerámica, moldeada por algún ser angelical y puesta en la tierra para que el suelo fuera mojado con la saliva de imbécil, tras imbécil. Aunque yo no me acercaría, apestaba a una rompecorazones. Joder, se notaba en este momento por el atuendo que llevaba. Si el enano, que provenía de una raza conocida por su resistencia, tenía su chaqueta abotonada hasta el cuello y por otro lado, la rubia iba mostrando parte de sus pechos, debías de saber que el lugar estaba helado… Aunque por la forma que tomaba la tela cerda de donde estarían las cumbres de esas dos perfectas montañas, sabrías que esto estaba helado. Movía mis manos, siendo que acariciaba mi rostro, además de apartar el cabello del frente, exhalando con pesadez mientras trataba de ordenar mis pensamientos. Tenía que ser un imbécil al someterme a un viaje tan extenso como este, sin si quiera saber lo que encontraría al final. Una bota en mi culo o quizás un puñetazo en la cara, cualquier cosa era posible, especialmente si tratabas con mi absolutamente amoroso y cascarrabia padre, pero no es como si tuviera buenas opciones. Al demonio, era la única que poseía si deseaba poner a rodar los dados en la mesa como yo lo deseaba. Un plan ambicioso, pero no iría a ningún lado si no era capaz de cumplir el primer paso. Poder tener un lugar al que llamar parte de la organización, sin contar que necesitaría encontrar músculo, reunir dinero, correr la voz, ganar confianza y una extensa lista de quehaceres.

Ninguno se haría si dejaba mi culo sentado en mi carruaje, fumando mi pipa y escribiendo un libro, aunque, estando tan lejos de una taberna, comenzaba a extrañar eso. - ¿Qué tal te sienta el frío, enano? - Una voz áspera, como si un perro tratará de expulsar un hueso atorado en su garganta me hacía girar el rostro. Era uno de los pasajeros, se trataba de un viejo de barba larga y melena plateada. Hablaba la lengua común, además de que iba acompañada por una chica que apenas llegaría a los 16 años. Por la ropa de ambos, parecían ser nativos de este sitio. - Hace mucho tiempo que no cruzaba por este lugar. Pero no deberías preocuparte por mi anciano, tu barba se está congelando. - Usaba mi zurda para señalar el vello facial de aquel viejo, quien soltaba una fuerte carcajada para de esa manera, usar sus manos para sacudir los cristales de hielo que se formaban en su frondosa barba. Hizo lo mismo con su cabello, sin perder esa actitud jovial que parecía ser lo normal de su parte. - Esto es un verano para nosotros, enano, mi hija y yo venimos de una tierra lejana… - Escuche eso y mis oídos se abrieron, mientras que poco a poco, mi cabeza se inclinaba.

Una sonrisa, encantadora, como las que solo podía producir el verdadero interés se marcaba en mi rostro, para hacer una sola pregunta. - ¿En serio? ¿De dónde dices que vienes mi amigo? - Puede que ese tipo lo estuviera buscando, pero me di cuenta por su mirada que sabía precisamente lo que yo deseaba. Es decir, que compartiera una buena historia. Aclarando su garganta, como si no fuera la primera vez que se encontraba en esta situación. - Yo nací en los Glaciares de Yagorjakaff, bastante lejos de aquí, créeme, ahí sí que hace bastante frío. A pesar de que no viví demasiado en esas tierras, mi padre dirigía un barco pirata. - Como un charlatán que yo era, podía reconocer a uno con facilidad. Siempre tenían algo que los delataba, un error en su historia o algo de duda en sus ojos. Este sujeto, no me estaba mintiendo. Su piel estaba quemada, en algunas partes, pero como doctor que era, no eran marcas de quemaduras por calor, sino por frío. Y esas sí que no eran las más agradables y más aún, tenía esa postura imponente. A pesar de que doblaba mi edad, creo que le patearía el trasero a todos en este carruaje, incluyéndome. Sus manos parecían ser sólidas, como dos bloques de hielo y llevaba entre sus piernas una hacha de batalla. - Eso suena como algo interesante. ¿Sentiste el llamado del mar? ¿Quisiste navegar libre guiado solo por el viento? - El anciano dejaba escapar una carcajada, chocando su palma contra su muslo, siendo que le divertía mi lenguaje poético. - No, no. Mi padre un día solo dijo que tenía que poner algo en la maldita mesa y hacerme valer por mí mismo. - Compartí la risa, dado eso fue lo mismo que me dijo mi padre, luego de llevarme a rastras a su taller para enseñarme la primera lección sobre el manejo de explosivos. - Suena como un tipo duro… - Afirme en un tono comprensible, intentando no faltar el respeto de aquel hombre, puede que quizás, el si tuviera una buena relación con su padre. - Murió como vivió, sin dar nada y tomando todo. - Seco además de distante, puede que encontrará a una persona con peores problemas paternos que yo. Relamía mis labios secos, productos del frío.

Pase el resto del viaje hablando con ese hombre, tenía historias interesantes, especialmente como termino en este lado del continente, le compraría un trago apenas tuviéramos la oportunidad. Iba por el nombre de Lothar, algo extraño, pero los humanos tenían extrañas formas de llamar a sus hijos, por otro lado, su hija parecía ser Lyoselda o Yoselda, era complicado entender bien por el acento marcado de aquel sujeto. Pese a que hablaba en la lengua común, parecía tener otro dialecto o jerga en su discurso, supongo que era lo único que podía guardar de un sitio tan lejano e inhóspito como su hogar. Solo recientemente fue que decidieron abrirse paso por las montañas ancestrales, buscando de esa forma, una nueva vida. Eran cazadores, pero el viejo ya no podía subsistir de eso y quería asentar a su hija en un lugar estable y cómodo, alguna de las ciudades enanas bastarían. Eran tan seguras como una fortaleza, hechas de roca, con guardias armados y cosas que hacían huir tanto a goblins como a gigantes. - ¿Vas a un destino en particular? - Lothar hablaba en un tono de voz calmado, mientras que giraba su rostro para observarme. Yo solo acariciaba levemente mi anillo, llevando a mi mente todo lo que tendría que hacer en mi reunión. - Kal-Sharoq. Bastante lejos de aquí, podrías considerarlo la última parada. - No me sorprendí que no tuviera la menor idea de dónde demonios quedaba la fortaleza, fue una de las más recientes conquistas de un señor enano, aunque por reciente significaba hace unos 40 años atrás, quizás más.

Evitaba dar mi nombre, dado uno nunca conocía con quien estaba hablando en realidad o quien escuchaba. El viaje volvió a ser igual silencioso, siendo que mi mirada se escapaba a la parte posterior del carruaje, observando la ladera de la montaña, mientras la misma descendía hasta la distancia. Reconocía un poco de esta sección del valle… Quizás era mi imaginación, gracias a la melancolía que se alzaba dentro de mi pecho. Ponía mi diestra donde estaba mi corazón, intentando deshacerme de ese inútil sentimiento. Si… Este en definitiva es el lugar que me vio nacer, y acá seguro me enterrarían, asumiendo encontraban todos los pedazos, dado no sería extraño si muriera en alguna hazaña estúpidamente peligrosa.

Mi deseo de marchar por la gloria era segundo, solo a mi deseo de conocer el mundo. En eso fue lo que me lanzó a ir más allá, por eso termine abandonando este sitio. No había suficientes misterios, o mejor dicho, no había misterios que me impulsarán en un deseo incontrolable de explorar. Sonaría arrogante, pero una parte de mi sentía como si conociera todo dentro de las fronteras de la cordillera. Era obvio que era mi ego interponiéndose, porque, irónicamente, este lugar me hacía sentir sumamente pequeño. Nunca tuve algún complejo por el tamaño que poseía, tampoco es como si fuera a cambiar en un futuro lejano, si no te acostumbrabas a lo que eras, irías por la vida con una máscara. Maldita sea, divago en mis propios pensamientos… La razón por la que me sentía minúsculo en este sitio era por la vista. Hermosa, además de impactante, te robaba el aliento, no importaba cuantas veces la observarás. Muchos hombres se sentían poderosos, e intocables, bastaba traerlos a un lugar tan… ¿Puro? No hallaba un adjetivo con el cual explicarlo, pero estas tierras no fueron nunca explotadas por las manos de los mortales. A pesar de que los enanos abrieron huecos sobre la piel, intentando llegar a lo más profundo del corazón de este sitio, jamás lo alcanzarían.

A quien engaño… El carruaje se detuvo, siendo que daba un pequeño brinco en mi asiento. Casi cayéndome, el viejo Lothar capturaba a su hija, mientras utilizaba su hacha para mantener el equilibrio. - ¿Qué demonios paso? - Yo sabía que paso… Maldita sea… Es lo peor en este tipo de situaciones. Como alguien que conducía un carruaje, conocía ese ruido perfectamente. - Una rueda rota. Creo que en definitiva esto se hará más interesante... - Movía mi mano para colocar sobre mis hombros mi mochila, dando un salto para abandonar el transporte, escuchaba los gritos del chófer, quien discutía con su compañero. El sol apenas comenzaba a salir, sin contar que una leve niebla se extendía por la cumbre, descendiendo como una serpiente, olfateando a una presa perdida. - Estamos cerca de Bund´Felak, creo que si tenemos suerte, podremos llegar luego de unos tres o cuatro días de trayecto. ¿Alguien se anima a venir conmigo? - Pregunte con un tono un tanto sombrío, llevando mi zurda para acariciar el arete de oro en mi oreja derecha. Creo que debí ponerme los de plata, esos eran lo de la suerte. - ¿¡Estás loco!? - El menor de los hermanos lograba separar su vista de las tetas de la rubia, para gritarme, siendo que continuaba hablando, recuperando la “masculinidad” para no quedar mal frente a su doncella. - Podemos esperar a que reparen la rueda. No hay necesidad de caminar. - Hablaba con la seguridad de los ignorantes, de eso no cabía duda alguna.

Yo por otro lado, comenzaba a dirigirme camino arriba. - ¿Viste alguna rueda de repuesto? ¿Ves madera de donde repararla? ¿Tienes herramientas? Creo que no, mi amigo, esos bueyes de carga son pedazos de chuletas gigantes. - Afirme con bastante seguridad. En este sitio, las cosas con buen sentido del olfato abundaban, quedarse dos días en un mismo lugar se traducía a terminar en el estómago de una bestia. Bien… Parece que era otra historia digna de ser recordada…



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Varen Tethras

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Historias de un Enano

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