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Criaturas Norethianas: Kaoras

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Criaturas Norethianas: Kaoras

Mensaje por Balka el Vie Jul 06, 2018 9:32 pm

____ La elfa respiró hondo, cerrando los ojos por un momento. El mercado olía a la tierra mojada de otoño, a setas y a castañas, a hojarasca podrida. Y a bosta de buey de carga, a sudor de persona trabajadora y orines de gato. Sonrió. Por mucho que le gustara lanzarse a la soledad de los caminos no podía evitar echar de menos las sensaciones de los núcleos poblados. Y Nickel era del mismo parecer.

____ Sobre sus hombros, con la cola peluda y áspera enrollada sin apretar en torno al esbelto cuello de la mujer, el kaoras meneaba el largo cuello de un lado a otro observándolo todo. Balka era la mejor atalaya; su metro noventa siempre estaba por encima de la media de la mayoría de razas, ofreciendo desde allí un asiento espléndido al mundo de colores que su peculiar visión le permitía ver. Ella sonrió, pues notó el entusiasmo de la criatura pese a que debía acercarse su tiempo de sueño.

____Enfiló calle abajo el mercado, buscando con la vista, pero sobre todo con la nariz. El bullicio era notable, todos tenían algo que hacer e iban de un lado a otro. Los mercaderes voceaban, las tenderas gritaban, los niños chillaban, y los perros procuraban que el carnicero no les echara el ojo. Se acercó al puesto de un cazador de gesto hosco y compró un conejo gordo que colgó del cinto; Nickel por poco no cayó de su torre andante por observar al barbudo hombre, que le gruñó. La elfa se las ingenió para mangarle al verdulero una cebolla redonda y lustrosa que echó a la bolsa. A una anciana reumática pero de aspecto muy agradable le compró un puñado de setas y castañas, y algunas hierbas que tenía por ahí. Pumpernickel miraba con extrema intensidad.

____ Para el kaoras la esencia del mundo y de todo lo que contenía era fácil de entender. Era tan sencillo como entender el color que poseyera. Nickel se guiaba por los colores que desprendían todos los seres vivos, y según la tonalidad, entendía que ésta o aquella criatura poseía ésta o aquella naturaleza. Los colores nunca mentían. Porque provenían de las auras, y éstas están tan arraigadas en la psique primitiva, en ese rincón indomable del alma, que escapan a un control consciente por muchos esfuerzos que se hagan. Por eso sintió curiosidad por el cazador, que exhibía con sus gruñidos un placentero y gentil tono amarillo. Por eso sentía fascinación por la elfa a la que estaba encaramado, que mostraba una paleta tan rica de colores. Por eso se metió en la capucha de la elfa cuando ésta le dio la espalda a la anciana, para poder mirarla envuelta en su pálida nube gris y borgoña de soledad y asesinatos. Los kaoras entendían la naturaleza de los matices que veían, pero a la vez no los comprendían. Deseaban saberlo, y esa era la razón de que fuesen siempre tan curiosos.

____ Balka siguió reuniendo los ingredientes para la comida, no siempre comprándolos. Pimienta, un poco de ajo, el último trago de una botella de vino que le birló a un carretero descuidado. Y todo estaba casi listo. El sol siempre parecía más dorado en otoño, cuando se colaba entre las hojas pardas de los árboles. Silbó una cancioncilla, se encontraba de buen humor. Justo en el centro del mercado, en la plaza rectangular, encontró el último componente que necesitaba: una cocina al aire libre.

____ La mujer a cargo de los fuegos asaba ella misma la mitad de un cerdo fuertemente condimentado, del que iba cortando lonchas que rápidamente cambiaban de manos por unas cuantas monedas. Tres hogueras de distintos tamaños ardían directamente en el suelo de tierra, rodeadas de un numeroso grupo de personas que hacía uso del elemento para sus propios fines culinarios. Con una sonrisa encantadora que no le sirvió de nada, pidió a la mujer una ollita de barro y un cubo y fue a sentarse frente al fuego mediano.

____ Llegó a mitad de un relato épico, total y absolutamente inverosímil, sobre una universidad voladora que se estrelló contra una fortaleza. Las historias se fueron sucediendo mientras corría la cerveza barata y ella limpiaba el conejo, preparaba las castañas y sacudía de tierra las setas. Contaron las hazañas de un hombre tuerto, cojo y manco, y luego discutieron sobre cómo pudo hacer tantas cosas faltándole la mitad del cuerpo. Que si caballeros tortuga que no podían quitarse la armadura, que si ancianas brujas ancestrales de lujuria proverbial, que si gatos que montaban golems. ¡Gatos! ¡Sobre golems! La gente rió divertida, y la cerveza siguió corriendo mientras el kaoras observaba, total y absolutamente fascinado desde la capucha de la mujer, cómo se representaba con huesos de pollo a modo de espadas la batalla sin igual entre una princesa de un lejano reino helado y un modesto ser con cola de mono.

____ Balka sonreía y comentaba, inusualmente parlanchina. Alguien le ofreció un trozo de cerdo en previsión del plato que ella tenía entre manos, y aceptó gustosa. Así funcionaban aquellos lugares peculiares. Metió el conejo en la ollita de barro, lo especió, lo cocinó, y compartió un poco mientras ella misma contaba historias terribles sobre cazas de bestias y el devenir de los siglos que había visto con sus propios ojos.

____ Con la cabeza apoyada en el hombro de la elfa, el cuerpo descansando cómodamente en la capucha de la capa como quien se recuesta en una hamaca, el kaoras cayó dormido después de tres días de actividad constante. Arrullado por las estridentes voces de los improvisados comensales, y por los fascinantes colores de la elfa a la que acompañaba.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Balka

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