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Criaturas Norethianas: Pejesapo

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Criaturas Norethianas: Pejesapo

Mensaje por Skurk Äsping el Lun Jul 09, 2018 10:10 am

Y alguien me había dicho que adentrarse en Swash para cazar animalitos era una buena idea. Que no había nada que temer, porque eran casi inofensivos.

Al demonio él y sus animales inofensivos. Era un condenado monstruo de tres ojos y más dientes que una pelea de perros. A mí que no me vengan con que es un sapo, eso tiene de sapo lo que yo tengo de águila. Esa cosa respiraba un veneno mucho más potente que el que corría por mis salivares, y por la luna blanca, que como me tocara, sería historia. Lo olí de lejos, eso sí, porque así como de feo era, así apestaba. Antes incluso de entrar a Swash ya sentía mi lengua casi entumecida por su veneno.

¿Qué era exactamente lo que debía hacer?

“Los ojos del pejesapo son muy valiosos en alquimia, y sus tentáculos son espectaculares para cocinarlos”

¿Por qué no se comían ellos sus propios ojos, o como fuera que fuese? Pero bueno, ese alguien me había encargado llevar una de estas cosas que absolutamente no eran un sapo, y la paga me iba a servir para una semana. Me acerqué al pantano, la tierra se hacía húmeda, que se me mojaban los zapatos al caminar, y sentía, una vez más, la lengua ligeramente entumecida. Era uno solo, por fortuna, solo dos líneas de tropecientos dientes con los que lidiar, y tres ojos. Solo tres ojos. Bien, si sumamos su vista y la comparamos con la mía, me saca… a ver, tres ojos de ventaja. Pero yo le saco una lengua. Vamos, que puedo.

Cinco pasos más y tenía agua hasta el tobillo, y como saliera con sanguijuelas del aquí, se las iba a pegar en la cara al alguien que me había mandado para acá. Hissa, la víbora más cobarde del Oeste, se había quedado atrás, así que mi gatillo improvisado estaba en alguna parte demasiado asustado para ayudarme. Saqué de mi bolso la daga y un frasco de vidrio con una premezcla para bomba de humo. Quizá una sería suficiente para ahogarlo a muerte. Eso si no me saltaba encima primero, porque ya había advertido mi presencia. Lo veía, borroso, con sus tres globos oculares hacia mí. Más o menos.

Cinco pasos más y estaba mordiendo el corcho del frasco, removiéndolo con los dientes y luego soltando un escupitajo venenoso dentro. Un instante era lo que requería para que el veneno hiciera efecto, y si no me movía rápido, terminaría yo ahogado. Lancé el frasco, y si dijera que en dirección al animal, estaría mintiendo terriblemente. Cayó un par de pies más allá, donde el agua poco profunda había comenzado a burbujear pequeñas nubes de humo blanco. Tenía unos diez segundos, dada la mezcla. El croar de esa cosa no era común. Era sepulcral, gorgoteante y asqueroso. Di otro paso, ésta vez sin sigilo, intentando que sus ojos se fijaran en los míos. Y así lo hizo, y esa fue su sentencia.

¿Acaso el no-sapo venenoso no sabe que es mala idea mirar a una cobra a los ojos?

Ahí estaban, los anillos de mis iris dando aquella impresión de estarse moviendo, de círculos saliendo del abismo de las pupilas. Del oro y la esmeralda, para los avariciosos, o la arena y el césped, para criaturas como esta. Un paso más, y la criatura no se movía, perdida en la amenaza. Otro paso, el agua en mis rodillas, y mi daga en su cráneo. El humo había desaparecido, era una suerte que los materiales fueran fáciles de adquirir, y por el frasco… ya me conseguiría otro.

En resumen, conseguí el dinero para una semana, y no terminé con sanguijuelas en los pantalones.


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