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Criaturas northerianas: Troll

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Criaturas northerianas: Troll

Mensaje por Bediam el Sáb Jul 14, 2018 11:04 pm

Bediam llevaba apenas una jornada de camino en su vuelta de la Cordillera de Daulin hacia su hogar, mucho más al sur, cuando se tropezó con la primera señal de que algo iba mal. Un carromato hecho pedazos, volcado a un lado del camino. El alquimista sabía que el reino de Dalkia siempre estaba en guerra con sus vecinos de la planicie de Valashia pero aquello quedaba demasiado al norte para tratarse de un ataque vecino. Además, ¿qué necesidad tendrían los soldados de atacar un carromato? ¿Bandidos, entonces? ¿Y por qué iban unos bandidos a destrozar el carro, en lugar de vendérselo a algún comerciante con pocos escrúpulos que no le hiciese asco a un poco de sangre? No, tampoco parecía que hubiesen sido bandidos.

Si no habían sido ni soldados ni bandidos, la siguiente opción más probable era que hubiese sido alguna bestia, y el bamboleante vial de veneno de basilisco pigmeo que llevaba en el posterior de su cinturón atestiguaba que ya había tenido su ración de monstruos por una buena temporada. Bediam se llevó la mano al zurrón y acarició su puñal, más para reconfortarse a sí mismo que otra cosa, pues una criatura capaz de provocar ese nivel de daños no se detendría ante su arma. Miró a su alrededor, nervioso, pero no vio nada, así que apretó el paso, buscando alejarse de allí lo antes posible.

Unos minutos después el camino le llevó a la falda de una colina, en la que se apreciaba un desvío. El alquimista se detuvo y observó que aquel camino secundario le dirigía directamente a lo que parecía una pequeña población, mientras que el camino principal le enviaba directamente a la ciudad de Dalkia, donde esperaba encontrar alguna caravana comerciante que se dirigiese al Triunvirato. Su intención era conseguir suministros para el pesado viaje en la propia capital, por lo que no tenía mucho sentido detenerse en aquella pequeña aldea, que poco o nada tenía que ofrecerle. Pero algo se revolvió en el fondo de su mente, algo que tenía demasiado reciente. Así que apretó los dientes y se encaminó al pueblo.

En cuanto llegó, resultó evidente que algo pasaba, algo malo. En su experiencia como vendedor ambulante, los habitantes de aquellos pueblos requerían de algún truco vistoso antes de acudir en tromba a contarle sus males, pero esta vez no hubo ni rastro de aquella sana suspicacia inicial.

Acudieron a docenas, todos con la misma historia.

Un troll.

Al parecer, había bajado de las Daulin, tal como había hecho él mismo, y se había instalado en una cueva cercana, al otro lado de la colina, hacía unas pocas semanas. Se dedicaba, al parecer, a llevarse piezas de ganado, especialmente ovejas, durante las noches y los días nublados. Las peticiones de auxilio a la reina de Dalkia y sus representantes habían sido (y seguían siendo) desoídas, y el único intento que los lugareños habían hecho de acabar con la bestia había acabado con la muerte de uno de los vecinos en su lugar. La solución que había adoptado el pueblo, a falta de una alternativa mejor, consistía en mover todas las reses lo más lejos posible del monstruo y montar patrullas por si decidía acercarse al pueblo, cosa que de momento no había hecho. Pero le faltaba comida y ahora se dedicaba a atacar a los viajeros que pasaban por el camino del norte.

-Has tenido suerte -le aseguró quien parecía ser el líder o el alcalde de los habitantes del pueblo cuando descubrió que era de ahí de dónde venía-. Si hubieses acudido durante la noche o si las nubes tapasen el sol, seguramente te las habrías visto con ella.

-¿”Ella”? -dudó el alquimista.

-Sí, es hembra -le confirmó-. Pero no cometas el error de pensar que es débil por ello, la he visto partir un árbol en dos de un manotazo.

Bediam asintió, pensativo. Todos los allí congregados guardaron también silencio, expectantes. No sabían quién era o de qué era capaz, pero aún así le rogaban ayuda, podía verlo en sus ojos. Pero, ¿qué podía hacer él contra aquella bestia de varias toneladas? Vencerla en un combate directo no era posible, eso estaba claro.

-Hay una recompensa si consigues acabar con ella -interrumpió el alcalde sus pensamientos- pero no habrá ni un solo kull por adelantado.

La idea de una recompensa resultaba tentadora, tenía una deuda que pagar, al fin y al cabo, pero le preocupaba más salir de una pieza. Había formas más seguras de reunir dinero y más acorde con sus capacidades…

Y, de nuevo, aquella sensación que se retorcía en su mente. Sabía lo que era, y esta vez no pudo ignorarla. Era una vocecita dentro de él, era la voz de un viejo enano que le recordaba que ahora él era un cazador de monstruos. ¡Imposible! ¿Él, Bediam, un cazador de monstruos? Pero así había ocurrido y ya no tenía sentido seguir negándolo, ni usar su falta de confianza como excusa. ¿Qué habrían hecho sus compañeros de Darry’Gor si se encontrasen en su situación? Sejen, el pastor de espíritus, habría enfrentado al troll. Ithilwen, la dama elfa, habría enfrentado al troll. Youdar, el testarudo enano, habría enfrentado al troll.

Así que solo había una maldita cosa que él podía hacer.

-Me enfrentaré al troll -anunció, algo resentido con el recuerdo de sus compañeros.

Se escuchó un suspiro general de alivio, como si el simple hecho de tener un voluntario arreglase automáticamente el problema.

-No soy ningún cazador experto -admitió, buscando no crear falsas esperanzas-, pero haré todo lo que esté en mi mano para evitar que haga daño a nadie más.

Aquello provocó murmullos, pero nadie alzó la voz para exponérselos.

-Bueno -carraspeó el alquimista, que quería aprovechar las horas de sol que quedaban-. ¿Dónde está la cueva?

Una pequeña comitiva se ofreció a guiarle y él aceptó. Salieron del pueblo y rodearon la colina, cruzándose con rediles de animales destrozados y completamente vacíos. La mayoría compuso muecas de desagrado al ver la escena: todos habían sufrido mucho por culpa del troll.

-Antes de comerse a las ovejas, les arranca la piel, supongo que no le gusta comerse la lana -masculló alguien-. Se oían los balidos aterrorizados desde el pueblo, pero no podíamos hacer nada.

Todos se detuvieron un instante a contemplar la escena.

-Aún tengo toda esa lana llena de sangre en el cobertizo -se lamentó-. He intentado separarla de la piel y limpiarla, pero es imposible. Además, huele a mierda.

Alguien escupió al suelo y la conversación no continuó. Al poco, reanudaron la marcha.

Al cabo de unos minutos, llegaron hasta la entrada de la cueva. Era bastante amplia y lo suficientemente alta como para que pasase la troll si se agachaba un poco.

-¿No teméis que aparezca? -dudó el alquimista al ver la aparente tranquilidad que reinaba entre sus acompañantes.

El alcalde negó con la cabeza.

-Nunca sale durante el día -le explicó-. La vez que tratamos de acabar con ella nos internamos en la cueva y conseguimos herirla, pero mató a Domeck y salimos huyendo. Nos persiguió hasta aquí, pero se detuvo en la entrada y no avanzó ni un solo paso más. Si ese día no salió a por nosotros, no hay fuerza que la haga salir. Mientras haya luz estamos a salvo, te lo garantizo.

Bediam se quedó pensativo. El sol era mortal para los trolls, podía aprovechar eso.

-¿Habéis probado a bloquear la entrada de la cueva cuando está fuera? -sugirió- Si no pudiese volver a entrar, tendría que huir a otro lugar o moriría.

Alguien bufó.

-La he visto levantar rocas del tamaño de un hombre con la misma facilidad con la que se levanta una jarra -gruñó-. Haría añicos nuestro bloqueo…  eso considerando que tuviésemos suerte y no nos descubriese a mitad del trabajo en medio de la noche y acabara con todos. O tal vez saliese bien y decidiese refugiarse en el pueblo.

El alquimista se rascó la cabeza, buscando más formas de solucionar el problema de aquella gente sin tener que enfrentar a la criatura directamente.

-¿Y si la encerráis dentro? -insistió- Podríais trabajar solo durante el día y si veis que aparece, retroceder a un lugar seguro.

Otra persona negó con la cabeza.

-Se esfuerza mucho en mantener la entrada de la cueva bien despejada -apuntó-. Intentamos poner aquí un cartel advirtiendo a los posibles viajeros, pero siempre lo quita y lo hace pedazos.

Otros asintieron, corroborando la historia.

-Además, ¿has visto el tamaño de este puto agujero? -continuó el hombre- No podemos trabajar lo bastante rápido como para encerrarla antes de que ella se de cuenta y se ponga a romper el bloqueo.

Bediam asintió a regañadientes, tenían razón.

-¿Alguna idea más? -preguntó un tercero, evidentemente decepcionado por la aparente falta de voluntad del alquimista a enfrentar a la troll.

El alquimista ignoró la pulla, se rascó la barbilla y siguió meditando, tratando de encontrar una solución.

-Hay que conseguir exponerla al sol, eso está claro… -murmuró.

El alcalde se encogió de hombros.

-Nunca lo hará -le aseguró-. Y tampoco puedes forzarla a hacerlo, es demasiado fuerte.

Bediam negó con la cabeza, algo empezaba a gestarse en su mente.

-No siempre es todo cuestión de fuerza -respondió-. Tengo una idea.

Todos le miraron, expectantes.

-Mañana atacaremos -les anunció mientras componía una sonrisa-, hoy tenemos mucho que hacer.

El alquimista consiguió transmitirles su confianza y algunos se permitieron sonreír también.

-Ah, voy a necesitar azúcar.

-//-

-¿Tenéis todos claro lo que hay que hacer? -inquirió el alcalde al resto de los voluntarios que se habían presentado en la boca de la cueva con las primeras luces de la mañana.

Todos asintieron. De todos modos, como nunca se está lo suficientemente preparado, el alcalde empezó a repasar el plan en voz alta mientras Bediam se concentraba en colocarse el peto de cuero que le había regalado Perik, el enano. Aquel peto le había salvado de un feo golpe en una ocasión, pero dudaba que volviese a hacerlo ahora: era más un amuleto, un símbolo de en lo que se había convertido, que un verdadero obstáculo para el ataque de la troll. Pero no por ello tenía una menor importancia: el peto le daba fuerzas y le hacía sentirse más cazador… y, francamente, le iba a hacer falta todo el valor que pudiese reunir. Una vez tuvo el peto ajustado, sacó del interior de su zurrón sus gafas protectoras y se las ató fuertemente, pues mucho dependía de que no se le resbalaran en el peor momento posible. Luego se puso sus gruesos guantes de experimentos y aceptó una sólida rama de árbol que uno de los voluntarios le tendió.

-Suerte ahí dentro -murmuró, mirándole fijamente a los ojos.

Bediam asintió y le dedicó una sonrisa confiada, aunque no era así como se sentía en absoluto. Palpó su cinturón solo para asegurarse que todo lo que necesitaba seguía allí, y, tras comprobarlo, metió la mano en su zurrón una última vez. Dio por casualidad con su puñal, el extraño puñal que había encontrado tirado en la nieve mientras buscaba su Compendio Básico de Alquimia. Estuvo tentado a sacarlo, pero para esta misión no iba a servirle de nada. Siguió tanteando su bolsa hasta que dio con lo que buscaba. Sacó del interior un grueso bulto envuelto en un trapo.

-Dad todos un paso atrás, por favor -anunció mientras retiraba el trapo.

Al instante se escucharon unos chisporroteos y la piedra fuego que había revelado se vio envuelta en llamas por la parte superior, como hacía siempre que se exponía al aire. Se escuchó algún susurro de asombro, pero nadie le dirigió la palabra. El alquimista introdujo la rama por un orificio que tenía la piedra y la alzó sin tener que tocarla, a modo de antorcha. La piedra fuego resultaba extrañamente ligera, pero no era magia, sencillamente estaba casi vacía por dentro, una serie de largos y tortuosos túneles recorrían el interior del mineral y, a modo de venas, contenían un material ceroso, volátil e inflamable. Debía confiar en los ingenios de los que disponía para resolver aquella situación. Y debía confiar también en sus compañeros.

-Recordad, esperad a mi señal para mezclar los frascos que os he dado -les advirtió Bediam a los cuatro voluntarios que portaban un frasco pequeño y otro algo más grande.

Todos asintieron y, sin más despedida que esa, el alquimista se internó en la cueva de la troll. Escuchó pasos a su espalda, empezaba el movimiento frenético de sus compañeros, afanándose en la parte de la tarea que les correspondía. Todos debían cumplir su cometido para que el plan funcionara y él se disponía a cumplir la suya.

No pudo evitar pensar en Kheme, su maestra, y se preguntó que habría hecho ella en su situación. Ella era malettiana, y Dalkia y Maletta no tenían unas relaciones demasiado cordiales. ¿Afectaría eso a su decisión? ¿Sería ella capaz de acabar con la troll? ¿Qué opinión tendría de que empleara sus artes para algo así? Veía ahora que no conocía de ella más que una pequeña fracción de un todo y eso le incomodaba, pues se había puesto completamente en sus manos sin saber quien era. Sacudió la cabeza, no era momento de pensar en esas cosas.

Se fijó en las paredes de roca y se percató de que la cueva no era tan amplia como cabía esperar por la entrada, aunque se notaba que la troll había arrancado pedazos de aquí y de allá para ampliar ciertas zonas especialmente estrechas. Había tratado de hacer de aquel agujero su hogar… Por algún motivo, ese pensamiento le intranquilizó y se forzó por no pensar en ello. Por el suelo, pedazos de huesos de animales aparecían aquí y allá, advirtiéndole del peligro que corría al internarse en aquel lugar. El ambiente se fue volviendo más y más rancio, pero el alquimista ya estaba acostumbrado a los malos olores y a los miasmas fétidos, por lo que no retrocedió.

Algo redondeado le llamó la atención. Se arrodilló para verlo mejor y comprobó que se trataba de un cráneo humano, sin la mandíbula, con algún resto de carne y músculo aún pegado al hueso. ¿De algún viajero, tal vez? ¿O del tal Domenech, el vecino del pueblo que había perdido la vida tratando de expulsar a la troll de su… hogar?

Pero no pudo responder ninguna de esas preguntas, porque entonces oyó un ruido frente a él que le sacó de su abstracción. Un ruido de algo pesado aplastando huesos, triturándolos a su paso. Bediam levantó la cabeza lentamente… y allí estaba.

La troll le miró entrecerrando los ojos, seguramente deslumbrada por culpa de la antorcha. ¿Cómo no la había visto? La criatura olisqueó el aire y dio un paso más en su dirección, curiosa. El alquimista adelantó lentamente la antorcha para poder ver mejor a aquel ser, pero no se lo tomó bien. Soltó un gruñido y se tapó la cara con una de sus enormes manos para protegerse de la luz. Aquella criatura tenía la piel grisácea y sucia, llena de heridas a medio curar, especialmente en sus robustas piernas y en el vientre, y unas pieles viejas y podridas la ayudaban a resguardarse del frío. ¿O eran tal vez para tapar su sexo? ¿Sentían pudor los trolls del mismo modo que lo hacían los humanos?
El ser dio un nuevo paso en su dirección y Bediam movió rápidamente la mano que tenía libre a uno de los saquitos que tenía en el lateral de su cinturón, debía aprovechar ahora que la troll aún seguía algo aturdida para-

Pero el monstruo no fue tan paciente, se inclinó hacia adelante y acercó su manaza hacia el alquimista, aunque sin mucho apremio. Había perdido unos valiosos segundos ensimismado con la tosca ropa del ser y había perdido el factor sorpresa. Bediam levantó la antorcha con decisión y volvió a deslumbrar a la criatura, que rugió, airada. Pero esos segundos adicionales fueron suficientes para él, esta vez no pensaba malgastarlos: sacó de su saquito un puñado de arena y se la lanzó a la troll a la cara. No esperó a ver si reaccionaba de algún modo, sacó otro puñado y repitió la maniobra. No tuvo tiempo de hacerlo una tercera vez antes de escuchar el quejido encolerizado del ser, que empezó a restregarse el rostro con desesperación. Bediam dio un paso atrás mientras lanzaba su último puñado de arena mordedora, un polvo increíblemente irritante que se adhería a la piel, y daba un tirón al cordel que cerraba el saquito ahora vacío y, rápido como el rayo, aflojaba el saquito del otro lado de su cinturón, de distinto contenido y función.

La troll, entre quejidos, hizo un barrido con su brazo frente a ella, buscando a ciegas a su agresor, pero el alquimista estaba demasiado lejos y el golpe falló. Dio entonces un paso adelante mientras seguía buscándole, pero Bediam retrocedió al mismo ritmo, lentamente, paso a paso. Seguramente tendría que haber sido más conservador con su arena mordedora, pero nunca la había gastado con un ser tan grande como un troll y no sabía si tendría el mismo efecto. Confiaba en que el contenido de su segundo saquito le sirviera bien, aunque éste no estaba completamente lleno, pues había tenido que gastar un generoso puñado en un enfrentamiento anterior y no había tenido ocasión de reponerlo todavía.

El monstruo se detuvo entonces para restregarse los ojos y el alquimista se detuvo también, esperando pacientemente. ¿Se estarían poniendo nerviosos los de fuera? Si la troll conseguía cogerle, ¿cuánto tiempo pasarían esperándole antes de darle por muerto y volver a sus casas, abatidos? ¿O tal vez entrarían a buscarle? Se requería una fortaleza especial para mantenerse entero durante la calma que precedía a la tempestad.

Súbitamente la troll se abalanzó hacia adelante, pero no pilló a Bediam por sorpresa: interpuso su antorcha una vez más entre ambos mientras trataba de hacerse a un lado. La criatura, cegada por la irritación en sus ojos y por la luz, no vio como el hombre se movía y falló en su embestida. Olisqueó entonces el aire y dio una manotada en su dirección. El golpe le pasó a menos de un palmo y el aire silbó frente a él, pero por suerte no le impactó. Tragó saliva: la fase de tanteo había acabado, ya tenía identificado su olor y quería acabar con él. La criatura se giró en su dirección, pero el alquimista ya tenía la mano metida en su segundo saquito y lanzó un puñado de pequeñas piedrecitas al aire, granos de luz. El brillo de las llamas de su piedra fuego incidió en ellas y les arrancó potentes destellos, que iluminaron completamente la caverna durante un instante. La troll soltó un chillido agónico, deslumbrada, mientras manoteaba a ciegas tratando de buscar a su agresor, pero Bediam se agachó para evitar la colosal garra de la criatura y echó a correr hacia el exterior de la cueva. A su espalda, escuchó como el ser gruñía, se recomponía y empezaba a perseguirle.

-¡Ya viene! -bramó el alquimista- ¡Ya vieneeeee!

Estaba acostumbrado a andar largas distancias, pero correr no era de sus fuertes, por lo que sabía que la troll no tardaría en darle alcance. Los gruñidos a su espalda fueron volviéndose más y más fuertes y, cuando ya no pudo soportar más la presión, sacó el último puñado de granos de luz de su bolsita y los lanzó al aire sin girarse siquiera. La criatura gimió y se chocó con la pared de la cueva al verse deslumbrada una vez más, permitiéndole ganar unos valiosos segundos, pero no tardaría en tenerla encima otra vez, pues reanudó la persecución al instante. Confiaba en que fuese suficiente.

Entonces empezó a ver el humo. Un humo negro, denso, caliente, que olía a rayos. Era inconfundiblemente Preparado de nube alquímica, de su propia creación, que había dejado en manos de los voluntarios para que lo liberasen tras el aviso pactado. Se permitió una fugaz sonrisa, respiró hondo y contuvo el aliento mientras se internaba en aquella nube de humo. En otra situación tal vez la troll no le hubiese seguido, medio ciega y con su sentido del olfato embotado por culpa del denso humo, pero estaba furiosa y sus deseos de matarle pudieron con todo lo demás. Siguió avanzando, chocando con las paredes, bramando y dando manotadas, hasta que alcanzaron la parte final de la cueva, los últimos metros en los que ya se podía ver un atisbo de la luz al final. Bediam hizo acopio de sus últimas fuerzas, aún manteniendo la respiración, y subió el ritmo todo lo que pudo para la recta final. A su espalda, los gemidos y alaridos de la troll se intensificaron, ciega de rabia, ciega por la irritación, ciega por la luz de la antorcha, ciega por el humo. Sintió el alquimista como los gruesos dedos de la criatura le rozaban, pero por suerte no consiguió asirle.

Un paso más y…

Y…

Y estaba fuera. La luz del sol le deslumbró y le hizo tropezar, obligándole a rodar por el suelo para alejarse lo más posible de su perseguidora. Escuchó gritos y el potente alarido de la troll a su espalda, furiosa. Bediam dejó entonces de rodar y, aún tumbado en el suelo, levantó la cabeza y miró en dirección a la entrada de la cueva. Una gruesa columna de humo brotaba de su interior y, en medio de toda aquella negrura, se adivinaba una figura colosal, aún oculta, protegida del sol.

-Hija de puta -gruñó el alquimista, sin aliento.

La densa bruma empezó a despejarse un poco y la criatura retrocedió un paso, disgustada por la cercanía del sol… pero ya era tarde: había sido lo bastante lista como para no salir directamente a la luz, pero de todos modos había caído en la trampa.

-¡Abajo el túnel! -bramó el alcalde.

Todos y cada uno de los voluntarios soltó el largo tablón que sujetaba teniendo cuidado de que cayese hacia fuera de la cueva, no podían dejar nada al azar. Las gruesas y tupidas lanas de las ovejas (junto con prendas de ropa y cualquier otra cosa que sirviese), cosidas unas a otras y atadas a los tablones que anteriormente formaban parte de los rediles, eran lo único que bloqueaba la luz del sol en esos metros de cueva extra que Bediam y los aldeanos habían construido y, una vez caído al suelo, la troll se encontró en el exterior de la cueva, a varios metros de la entrada… en pleno día. La criatura empezó a bramar de dolor mientras trataba de cubrirse la cara para protegerse de la luz. Su piel empezó a cuartearse y a volverse de un gris pétreo, pero, en lugar de retroceder hacia la cueva, avanzó hacia el toldo de lana y se cubrió con él, tratando de protegerse. Tampoco entonces retrocedió, oteó a su alrededor, con sus ojos casi ciegos, deslumbrados por el sol, por el humo, buscándole… No vio a Bediam, pero sí que reconoció su olor y empezó a avanzar en su dirección.

-¡Cuidado! -gritó alguien, pero no había necesidad de ninguna advertencia.

La troll siguió avanzando hacia el alquimista, cada movimiento más lento, más agotador, más doloroso que el anterior, pues sus músculos se iban agarrotando rápidamente y pronto ya no le responderían. La criatura bramó, colérica, y por fin vio al causante de todo su sufrimiento. Los ojos de los dos seres se encontraron y Bediam vio en ellos rabia, miedo, angustia… pero vio algo más. Vio un odio profundo dirigido específicamente hacia él. El alquimista vio en esos ojos que la troll entendía que su muerte no iba a ser un accidente, sino consecuencia directa de sus actos. El ser alargó el brazo hacia él muy despacio, cada pulgada conquistada un esfuerzo terrible… pero el alquimista retrocedió, apenas medio metro, sin necesidad siquiera de levantarse, y quedó fuera del alcance de la troll una vez más. La criatura le lanzó una última mirada furibunda y cayó a cuatro patas, sin dejar de tratar de alcanzarle con su enorme garra. Pero ya era demasiado tarde y su avance se detuvo, finalmente petrificada, inmortalizada en ese gesto vengativo mientras perdurase la roca en la que se había convertido.

Durante unos segundos no pasó nada más, el único movimiento el del humo negro aún brotando de la entrada de la cueva. Finalmente, alguien soltó un suspiro de alivio.

-¡Lo hemos logrado! -rugió- ¡Hemos matado a la bestia!

El resto de los voluntarios, por fin librados de su estupor, se unieron en un grito de victoria. Algunos se abrazaban, otros se palmeaban la espalda y uno se fue a hacer de vientre. Pero no Bediam. El alquimista seguía igual de petrificado que la criatura, mirándola donde hacía solo un instante tenía los ojos, aunque ahora solo eran unos óvalos grisáceos sin vida. Sabía lo que había visto en esos ojos, había visto a un ser racional. También la ropa y los esfuerzos que había hecho por convertir su refugio en un hogar apuntaban en la misma dirección. ¿Qué la diferenciaba, en realidad, de él mismo? ¿No eran todos hijos del Gran Árbol, al fin y al cabo?

-No creí que lo fuésemos a conseguir -gruñó el alcalde mientras caminaba hacia él-. ¡Pero lo has conseguido, maldita sea!

El hombre le tendió una mano y le ayudó a levantarse.

-Buen trabajo, eres más duro de lo que pareces -le felicitó, y otros se unieron a él para estrecharle la mano y palmearle la espalda.

Pero el alquimista no podía dejar de mirar la estatua.

-¿Por qué bajaría de las montañas? -se preguntó- No es buena zona para un troll.

-Los enanos del sur de las Daulin se han puesto serios últimamente, intentan mejorar las rutas de comercio con Valashia y eso pasa por acabar con las bestias que allí moran -le explicó el alcalde-. La primera vez que vimos a la troll estaba realmente malherida, sangraba por todas partes. Debimos acabar con ella entonces, cuánto sufrimiento nos habría ahorrado…

Bediam asintió, ausente. ¿Qué podría haber hecho la troll para salvar la vida? La habían expulsado del lugar en el que vivía y le habían dado muerte en el lugar al que había huido. Se podía argumentar que tanto los enanos como los humanos solo actuaban para defenderse, pues era cierto que los trolls mataban y devoraban hombres y enanos, pero, ¿no comían también ellos carne de otros seres? Si se enmarcaban los actos de la troll como malvados, no quedaba más remedio que hacer lo mismo con sus propios actos. No, ni los trolls ni los hombres mataban por crueldad.

Y todo se reducía entonces a la ley del más fuerte o el más capaz. Y, por fortuna, en eso ellos habían ganado. Pero miró a sus compañeros, apenas una fracción del tamaño de la troll, aún entre todos seguramente no la igualarían en peso o en fuerza. Lo que los volvía fuertes, imparables, era su capacidad para cooperar, para trabajar en equipo: no imperaba la ley del más fuerte entre ellos y eso era bueno para todos, les hacía mejores. ¿Habría sido capaz de eso la troll en otras circunstancias? Muchos en el Triunvirato consideraban a los orcos bestias, pero, a pesar de su brutalidad, eran seres con tradiciones, cultura y un fuerte sentido de clan. No eran bestias.

Y los ojos de aquel ser le habían mostrado que tampoco lo era. No se arrepentía de las decisiones que había tomado, muchos habían sufrido por los actos de la troll y ahora aquella zona sería más segura y próspera gracias a que ya no estaba.  Pero no celebraría su muerte como el triunfo del bien frente al mal, ni la del hombre frente al monstruo.

-¿Qué vais a hacer con la estatua? -quiso saber Bediam.

La pregunta pilló desprevenida al alcalde, que miró a sus vecinos, pero no encontró en ellos más que encogimientos de hombros.

-No lo había pensado -admitió-. Puede que algún mercader de Dalkia la quiera, tal vez podamos sacarnos unos kulls.

El alquimista puso una mueca, pero no podía echárselo en cara: él mismo había destripado una meiga y arrancado las fauces a un basilisco para conseguir ingredientes para sus pociones. No había tenido malas intenciones y tampoco las tenía aquel hombre, pero pesaba en su conciencia la muerte de la troll y, de algún modo, quería resarcirla.

-Yo la compro -anunció-. Esa será mi recompensa por haberos librado de ella.

Todos se miraron, extrañados, y fue de nuevo el alcalde quien respondió.

-Como quieras -aceptó, algo aturdido-. ¿Cómo planeas llevártela?

Ahora fue el alquimista quien se quedó mudo y se rascó la cabeza.

-Tampoco yo lo había pensado -reconoció.

El alcalde se pasó la mano por el pelo, pensativo.

-Bueno, puede quedarse aquí hasta que vengas por ella -propuso-. Te doy mi palabra de que, mientras viva, nadie le pondrá un dedo encima a la estatua hasta el día en que decidas venir a buscarla.

Bediam asintió, agradecido.

-Espero que todo os vaya bien a partir de ahora -les dijo el alquimista.

Todos le estrecharon la mano y uno a uno le dieron las gracias nuevamente por su ayuda.

-Bueno, si viene otro troll, ya sabemos a quien tenemos que buscar -bromeó alguien.

Bediam compuso una sonrisa educada y permaneció callado. Se despidió con un gesto de la mano y se dirigió al camino, con destino a Dalkia. Con los saquitos de su cinturón vacíos, viajaba ahora más ligero de equipaje… pero su conciencia cargaba ahora con varias toneladas de piedra.  
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