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Criaturas Norethianas: Pejesapo

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Criaturas Norethianas: Pejesapo

Mensaje por Strindgaard el Lun Jul 16, 2018 7:48 am

El contenido del cazo tenía un intenso color verdoso. La cuchara de madera giraba su contenido espeso, mezclando las ancas y los tentáculos con productos de la región, como calabazas flotantes, cebollas de pantano y escarabajo molido.
Ahora se agrega leche de cabra.
Al fin nombras un animal que conozca.
De hecho es de gwendrel. Son cabras de seis patas. Dan una leche un poco diferente porque en su dieta incluyen un tipo de grano que crece en sitios muy escarpados para sus familiares más cercanas.
El demonio suspiró y miró escéptico el cazo sobre la hoguera.
¿Estás seguro de lo que preparas?
El cocinero agregó el contenido de la jarra que tenía a un costado del cazo, haciendo que el mejunje adquiriese un tono más lechoso, como crema de espárragos. Aunque su olor era transversalmente distinto.
Me ofendes —respondió desdeñoso el bigotudo cocinero—. Puedes seguir comiendo pescado en salazón y tu trozo de queso mohoso si tanto temes.
Vale. Lo siento —el demonio se removió en su improvisado asiento, poniéndose a la defensiva—. Es que no deja de darme mala espina. Los pejesapos son bastante ponzoñosos.
No usé las glándulas. —el cocinero apuntó a los restos que había dejado a un lado—. Además los que conseguiste eran bastante pequeños, poco más que renacuajos. No tendrán veneno ni para dos viales. Esperaba que un hijo de Yigionath fuera capaz de más.
El demonio jugó con el dobladillo de su capa sin prestar atención de la pulla. No había cruzado el Swash por tierra para conocer su flora y fauna exactamente. Iba a responder algo referente al parecido del pejesapo con su nuevo camarada, pero prefirió callar. Además, no había encontrado a la madre de los pequeños, aunque tampoco es que hubiera buscado con muchas ganas.

El cocinero lanzó un puñado de hojas secas y una pizca de sal, revolvió un poco, dejó reposar unos minutos mientras el fuego hacía su trabajo. Probó una cucharada.
Solo un poco más de escarabajo blanco y listo.
El demonio no le gustaba mucho el picante, pero debía aceptar que el escarabajo blanco hacía maravillas. Su compañero lanzó un puñado de polvo blanco y revolvió un poco más.
El aroma ha mejorado bastante, debo admitir.
El cocinero sonrió entre complaciente y orgulloso.
La crema de pejesapo es un plato digno de la realeza. Los alquimistas pagan una pequeña fortuna por los ojos, los asesinos otro tanto por el veneno, pero lo que realmente vale su peso en oro son los tentáculos.

Una vez listo, con un gesto de reverencia  el demonio acercó su plato hacia el cocinero, éste vertió una cantidad no despreciable del cazo con pompa y boato.
Distruaos de los sabores que mi Señor ofrece, demonio.
Strindgaard le dio una cucharada a su plato y antes de metersela a la boca, disfrutó de los vapores que soltaba la crema.
Esto huele casi profano.
Cerró los ojos y atrapó los olores uno a uno mientras su boca se llenaba de saliva. El cocinero sonrió satisfecho. El demonio acercó la cuchara a su boca, y de pronto un sonido en las inmediaciones del pequeño claro donde se encontraba lo sacó de su trance; alejó la cuchara sin dar bocado.
¿Oíste eso?
¿Oír qué?
Entonces una sombra enorme desde atrás de un tronco caído hizo un arco y fue a caer entre los dos viajeros, haciendo que el demonio del susto soltase su plato.
¡Noooo! —gritó el cocinero al ver la crema esparcida en el suelo— ¡Sacrilegio!
El demonio dio un respingo, se colocó detrás de su improvisado asiento y en su mano apareció una daga cenicienta de un dorado opaco.
¡Cuidado, es la madre!

El cocinero se puso de pie lentamente mientras la pejesapo movía su triada de ojos hacia él. A pesar del peligro estaba claro que el cocinero se encontraba más preocupado de la crema derramada que por la rubicunda anfibia que abría y cerraba su boca en un croar que dejaba claro que sabía perfectamente lo que habían hecho con sus crías.
Les temen al fuego. —Con pausa el cocinero acercó su mano a la hoguera y sacó un trozo de madero que ardía por el otro extremo para mantener a raya a la anfibia—. Es necesario matarlos produciendo el menor dolor posible, sino la carne se estropea y queda con un regusto amargo.
El demonio se pasó la daga de una mano a otra sin quitar los ojos de la corrida de dientes que tenía delante suyo.
No soy del tipo de demonios que mata sin causar dolor.
Mejor distraela, yo me encargaré.
Vale, eso se me da mejor.
Con una floritura, el demonio hizo aparecer un puñado de gordas mariposas de grandes alas variocolor que comenzaron a pulular sobre su cabeza. La pejesapo clavó sus tres ojos, volvió a croar, esta vez de una manera diferente.
¿Y esas?
Las vi aletear en donde encontré a los pequeños.
Son su presa favorita.
La pejesapo afianzó sus tentáculos y se posicionó para volver a saltar, a su costado el cocinero sujetó el leño. La pejesapo dio un salto monumental directo hacia la cabeza del demonio, de pronto el improvisado asiento se abrió de golpe revelando una corrida de dientes y una pegajosa lengua que se arremolinó alrededor del cuerpo de la pejesapo justo cuando se encontraba en el aire.
El Equipaje se zampó el anfibio de un bocado cerrándose de golpe, masticó un momento para luego escupir la gran cantidad de dientes del anfibio junto con las glándulas venenosas. Su larga lengua color caoba se asomó para saborear la crema derramada y luego entró, volviendo a parecer un simple cofre.
Las mariposas desaparecieron. El demonio se encogió de hombros y guardó la daga.
Supongo que eso no cuenta como una muerte indolora.



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Strindgaard

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