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Noche de Muerte [Campaña] Empty Noche de Muerte [Campaña]

Mensaje por Katarina el Miér Jul 18, 2018 7:35 pm

Mariedorm era una encantadora ciudad, pequeña si se la comparaba con Phonterek, por supuesto, pero digna de tener robustas murallas de piedra, al contrario que sus vecinas. Eso tenía un motivo, le había explicado su maestro a su lado, la ciudad estaba pensada para actuar de refugio en caso de ataque, lo que a su vez limitaba su potencial comercial. Al fin y al cabo, no era muy práctico que un barco descargara su mercancía en el no demasiado grande ni elegante puerto de madera, para luego tener que llevarla en carros hacia la ciudad, o bien remontarla por el rio. En eso habían sido muy estrictos. Ninguna edificación más allá de las imprescindibles había sido construida en el puerto, y todas ellas de madera. Parecía… de un celo excesivo para una zona que se regía por el dinero, y que tenía una flota, por más comercial que fuera, bastante decente.

-Es por tus primos.- le dijo su maestro, mientras ella mordisqueaba una brocheta de carne especiada. –Todo ciudadano de la zona que muera de viejo habrá visto unas dos o tres noches de muerte drow.- eso llamó la atención de la elfa, que dejo de mordisquear para escucharlo. –Los secretos de la inmortalidad de los calderos de sangre son… eso, secretos, y la reina no los ha compartido nunca, pero existen… maneras de superar esos problemas mediante fuerza bruta, si sacrificas suficientes vidas. Por eso estamos aquí.-

-¿Para sacrificar vidas?-
su maestro soltó una carcajada, que asusto a los transeúntes que tenían cerca.

-No, para que aprendas que para conseguir la inmortalidad, alguien siempre paga el precio, y no suele ser pequeño.-
Solo entonces la elfa se fijó en sus alrededores. Había asociado el movimiento frenético de los últimos días al propio de una cuidad comercial, pero… era cierto que había muchísima más gente armada de lo que consideraría normal, y la mayoría llevaban armaduras. La elfa paro en seco, y su maestro hizo lo mismo, mirándola con una sonrisa a través de su capucha.

-¿Cuándo fue la última noche de muerte, Maestro?-

-Hoy hará… tres días, las arcas negras ya deben estar de camino, tienen algo menos de dos semanas para el ataque.-

-¿Sobrevivirán?-

-¿Morirán todos? No. ¿Se las apañaran para evitar que hasta tres cuartas partes de la población sea esclavizada? Rara vez lo hacen, y cuando lo hacen, es porque los piratas han tardado demasiado y Phonterek ha reunido sus flotas. No tienen posibilidad en mar abierto, pero pueden llevar una apabullante cantidad de refuerzos. Aunque los saqueos han salido bien este año, y la noche de sangre ha sido bastante grande, golpearan fuerte.-


-¿Así que pretendes que nos quedemos a mirar como son sacrificados?-


-Algo así.-

-No.-
un bufido divertido salió de los labios de su maestro.

-¿No? No tienes el poder para evitarlo.-


-Pero tu si.-

-Sin duda, pero no voy a enfrentarme a Morath, oscurecer el cielo y destrozar la tierra en un duelo de hechicería es justo lo contrario a ser discreto.-


-Eres un nigromante, con tu aprendiz, no hace falta siquiera que estés allí.
- ambos cruzaron miradas, midiéndose, y a pesar del poder que estaba empezando a irradiar su maestro, no la desvió. Finalmente este sonrió, dejando ver unos colmillos anormalmente afilados.

-Podría…pedir algunos favores y visitar algunos cementerios, supongo.- dijo alborotándole el pelo con una sonrisa.

-Me estabas poniendo a prueba, ¿verdad?-

-Hay multitud de aprendices desalmados por el mundo, y muchos con más talento que tú. Aunque lo que puedo reunir y lo que tú puedes controlar será poco más que un vaso de agua en un incendio, no bastara.-


Unos días más tarde, cuando los “favores” de su maestro fueron cobrados, la elfa ya había reunido a un pequeño grupo, y cuando faltaban unos cinco días para el primer ataque según los cálculos de su maestro, se acercó a la oficina de reclutamiento. No fue muy difícil, el día siguiente en decidirse a ayudar, la ciudad estaba plagada de carteles buscando mercenarios, al igual que Phonterek, suponía ella.

-¿Otro mercenario?- Le echo un ojo. -¿Exploradora? Bien, te asignaremos con la sección de ese enano, a ver…- empezó a buscar entre sus papeles, para ser interrumpida por la elfa.

-En realidad…vengo en representación de una asociación de mercenarios.- los ojos del oficial se iluminaron al oír aquello.

-Oh, ¿otro? Perfecto perfecto.- saco otra hoja, y mojo su pluma en el tintero, pero paro un momento. –Sois más de cien, ¿cierto? Sino debo asignaros con uno de los grupos grandes.-

-Técnicamente…si.-

–Bien, por favor, dime su nombre, número y características.-


-Bien… a ver… somos pocos… pero… creo que os faltan soldados, así que espero que seáis comprensivos…-

Al final del día, no solo no había sido colgada, sino que hasta le habían asignado una sección a su grupo. Realmente estaban un poco desesperados. Pero para su desgracia, la guardia no los ayudaría. Las órdenes eran muy claras, enfrentar a los piratas fuera de la ciudad. Sospechaba que esa orden era una mezcla de miedo por si decidían traicionarlos abriendo las puertas para salvar sus vidas y la primera capa de un sistema de defensa más pensado en retrasar que en ganar al enemigo. Aunque claro, no los estaban “echando”, le habían asegurado, las puertas estarían abiertas para dar comida y suministros, por un precio, pero la guardia no ayudaría en la batalla campal, puesto que su prioridad era la defensa de las murallas.

Katarina se sentó en el suelo, contemplando sus “subordinados”, con Kirara dormitando en el aire cerca de su cabeza, con su espectral figura gatuna formando un felino halo etéreo. Los setenta zombies estaban como un pequeño bulto detrás de su mente, siempre allí estorbando. Técnicamente, todos lo estaban, pero su maestro había…reducido el control sobre los más poderosos, como el Mortis Engine, un carro flotante conducido por caballos espectrales. Contenía los restos de un liche muerto, verdaderamente muerto, le había asegurado, y cosechaba la muerte a su alrededor para potenciar a los aliados, cerrando sus heridas y resucitando a los fallecidos como no-muertos. Luego estaban esos jinetes espectrales, los seis sapientes e inteligentes. Aparentemente, sus guadañas cortaban el metal como si nada, y podían ignorar en gran medida el daño físico, pero eran muy susceptibles a la magia. Los 30 guardias del túmulo eran silenciosos, los restos de grandes héroes y reyes alzados, reteniendo sus habilidades con el espadón a dos manos, parcialmente al menos.

Y luego estaba ese escuadrón de jinetes vampíricos, una orden de caballería transformada por su maestro, lo suficientemente poderosos como para caminar bajo el sol, y los nigromantes, 4 cábalas de cinco magos cada una, todos y cada uno de ellos haciéndole la pelota para agraciar a su maestro, pero con conjuros verdaderamente útiles si no estaban solo fardando.

Y por último las garraplagas una…cosa, una aberración de huesos que imitaba una catapulta y que arrojaba cadáveres apestados, lo hubieran o no estado antes. Puso los ojos en blanco cuando vio a uno de sus nigromantes arrastrar una pobre vaca a su lado, que soltó un triste “mu” mientras era atada a un poste. Suspiró. Bueno, esperaba que sus aliados no la quemaran por bruja antes de empezar.

Tendría que reunirse con ellos en algún momento, pero por el momento se contentó con mirar a su alrededor. Tenían la ciudad de espaldas, obviamente, lo que dejaba la playa de frente, a lo lejos. A su derecha, corría el rio por el que las mercancías subían cuando…bueno, no estaban a punto de ser asaltados por una flota de corsarios. Era un rio navegable, lo que lo hacía profundo, imposible de cruzar a pie salvo que tuvieras ganas de nadar mucho. Tenía dudas sobre si los barcos piratas serian lo suficientemente pequeños y ligeros como para remontar el rio, pero la única manera de saberlo era ver los propios barcos, así que ese era un problema para otro día.

A su izquierda, y hasta donde empezaba la arena de la playa, había un bosque frondoso. No parecía tener nada destacable, más allá de que era lo suficiente denso como para que la caballería fuera extremadamente lenta y combatir tuviera cierta dificultad añadida, pero era una posible y muy buena manera de preparar emboscadas… aunque dada la previsibilidad de dicha emboscada, seguramente lo que pasaría seria que se acabaran chocando de bruces y luchando en el bosque en vez de cargar contra el flanco enemigo. Suspiro otra vez, desperezándose. ¿Cómo de difícil podía ser? Solo tenían que aguantar en tres lugares, aquellas ciudades en las que se creía que se produciría el asalto, y ellos solo se encargaban de una, Mariedorm. Marienburgo y Relek eran problemas de otra persona.
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Mensaje por Brown Hat el Dom Sep 02, 2018 10:08 pm

Un día antes, cuando el sol aún estaba alzado en toda su gloria en la mañana se pudo observar al sur de Mariedorm como varias sombras se dibujaban en el horizonte. Los números aumentaban cada vez más hasta que a la distancia se podían ver unos 300 soldados, más o menos.

Entre ellos iban 40 enanos en formación, unos 5 de ellos adelante cargando banderas que agitaban y señalaban que venían de el gremio de defensa de Bund'Felak, mientras el resto empujaban y jalaban con cadenas lo que solo podía ser descrito como una caja de metal enorme sobre ruedas, de la que se escuchaban uno que otro rugido y a veces, golpes.

Entre los números también se veía una bandera aparte de un grupo de paladines seguidores de Symias y se podía visualizar también unas pocas banderas del gremio de aventureros, además de 6 grifos siguiendo en vuelo, acompañados por sus respectivos jinetes.

Al frente de todo el ejercito iban Gahalmaeth, con su alabarda apoyada de sus hombros y su espada guardada en su respectiva vaina. Junto a él caminaban Tukhorlug y Cegghorn, que parecía ir hablando de este último sobre algo.
Cuando llegaron a la muralla de la ciudad se encontraron con la guardia de la ciudad, que aún mantenía sus puertas abiertas. Tras declarar sus intenciones, fueron dados acceso a la ciudad y se les guio a la oficina de reclutamiento para que se les registrara.

¿Sí, más mercenarios? —echo una ojeada a las cabezas al mando del ejército, algo desinteresadamente, pero pronto reconoció de quienes se trataba—, ¡pero sí son…!
¡Eso es correcto! ¡venimos del gremio de defensa e ingeniería bélica! —golpeo la mesa Tukhorlug, algo orgulloso de la fama que lo precedía— ¡ahora asígnenos nuestra sección ya! ¡nuestros números rondan los 250, debe ser una grande!
En realidad —interrumpió Cegghorn con su voz tranquila—, somos exactamente 324… y una mascota algo grande.
Ya... ya veo —busco entre sus papeles, empezó a ordenar varias hojas y mojo con tinta su pincel—. Necesitare los nombres de las personas al mando, que supongo son ustedes... número, ¿me dijo 324?
¡Y un monstruo! —respondió, resonando su voz alta mientras se daba vuelta y agitaba la mano hacia él— ¡traigan el…!
¡No, no es necesario! —le aseguro el oficial que se estaba encargando de atenderlos en la oficina— comprendo, comprendo bien.
Cegghorn esbozo una sonrisa, divirtiéndose por la situación, mientras Gahalmaeth no parecía más que una estatua detrás de ellos.

El oficial termino todo el papeleo y le dio dirección a otros más para que le indicaran la sección que les tocaría, afuera de las ciudades. Gahalmaeth comentó en todo su cinismo mercenario que claramente pretendían usarlos como carne de cañón y solo serían un muro más para la ciudad, que seguramente cerraría las puertas al momento del ataque y los dejaría a ellos en el baño de sangre.
Ah, pero para eso es que nos están pagando —río disimuladamente Cegghorn—, ¿no es así? Además… aquí hay guerreros a poner sus vidas sí eso es lo que tomará detener la amenaza de los drow —dijo mirando al escuadrón de paladines, que hablaban entre ellas en un círculo sobre rituales para Symias.
Sí... tal vez... —respondió en un tono monótono y poco animado todavía, antes de echar un vistazo hacia la ciudad, que tenía sus puertas abiertas aún—. Me encargaré de repartir instrucciones desde ya a mis escuadrones, debemos analizar el territorio en el que vamos a combatir.

Cegg alzó la ceja aún con una sonrisa en la cara y vio a Gahalmaeth llamar la atención de todos los escuadrones que componían la infantería, de los que él estaba a cargo. Es decir los humanos armados con lanza y escudo, los de alabarda y los arqueros, todos juntos tras él fueron caminando hacia donde se veía la playa para ver el lugar y después se devolverían por el bosque frondoso que tenían a la izquierda, seguramente los arqueros tendrían que apañárselas en el mismo y era bueno que se fuesen formando una idea.

Por su parte, Tukhorlug no estaba mostrando un comportamiento demasiado profesional aún, había ido con sus compañeros enanos del gremio de defensa y los jinetes de grifos a la taberna más grande que tuviera la ciudad, y ya estaban formando una fiesta, tomando licor y rugiendo todos juntos como iban a aplastar a esos drows, los que les gano algo de esperanza y ánimo de los lugareños.

Tras haberse finalizado más de 15 vasos de cerveza sin notarse afectado por esta, se acerco a mí. No habían demasiados enanos en la ciudad, y la verdad es que él ya sabía que yo me había unido como un mercenario a todo el asunto y que había sido asignado a parte del ejercito que él comandaba.
Ven aquí, muchacho —dijo agitando la mano— ¿cómo te llamas?
Me acerque a él intentando mantener una expresión estoica, sabía quién era, por lo cual le tenía bastante respeto, pero tampoco quería mostrarme como un fan suyo.
Erivaeck de ᚱakegranite, hijo de Thranoth ᚱakegranite, de la casa ᚱakegranite… —respire antes de continuar, recordando que me habían dicho que estaría bajo su mando y el de dos más—. Señor.
Bien, un gusto. Soy Tukhorlug Orebuster, vengo del gremio de ingeniería bélica de Bund'Felak. Vi tus papeles, ven conmigo —se dio vuelta sin decir nada más y empezó a caminar hacia la salida de la taberna.
¿A dónde? —le pregunte serio, mi personalidad se ponía por delante de mi y aunque supiera que estaba bajo su mando, no había empezado nada aún y no me sentía en necesidad de estar siguiendo ordenes desde ya.
Tukhorlug se dio vuelta, entonces sonrío viéndome.
¿A dónde crees? —se saco el enorme cigarro de la boca y echo el humo que tenía en la boca fuera— ¡Afuera de la ciudad, muchacho! ¡quiero ver que puedo empezar a construir ya, los drow no esperaran por nosotros! ¡nosotros no esperaremos por ellos! —alzó el puño, aunque me hablaba solo a mi, el resto de los enanos del gremio de defensa que le seguían estaban escuchando y alzaron el puño también en señal de la unión que tenían.

Me pareció justo, y sobretodo una perfecta oportunidad de ver trabajar de cerca a alguien con su reputación entre enanos, una oportunidad que no vendría de nuevo. Sabiendo esto acomode mi sombrero y lo seguí a las afueras de la ciudad.

    [***]

Al pasar las horas Gahalmaeth y la infantería seguían perdidos, haciendo quien sabe que rayos en el bosque o tal vez de hecho ya habían vuelto a la ciudad y se encontraban esparcidos. Cegghorn estaba en la biblioteca de la ciudad, por supuesto, probando sus libros para ver que encontraba de interesante, él no sabía en cuestión donde habían ido a parar las paladines, pero confiaba en que solamente estaban por allí cumpliendo algún rito para su Dios, del que necesitarían apoyo en pocos días.

Tukhorlug había vuelto a la taberna a tomar aún más, aunque luego de ver la playa y solo una pequeña parte del bosque, me dijo que tenía intenciones de hacer compras en la ciudad, inicialmente creí que se refería a compras para empezar a fortificar cosas o tal vez armar explosivos, pero el verlo dirigirse a la taberna solo me hizo pensar que sus "compras" serían eso, licor.

Durante ese tiempo parecía que había llegado otro grupo más, pude ver unas especies de máquinas de artillería, e increíblemente, zombies rondando la ciudad, aunque fue por muy poco tiempo.
Otras horas pasaron mientras rondaba la ciudad viéndola y decidí dirigirme afuera, algo carcomido por la ansiedad (aunque no lo admitiría a nadie) y allí volví a verlos. Zombies, pude contar visualmente a unos 50, también habían otras cosas que jamás en la vida había visto, como unos carro flotante, no podía creer que hubiese alguien con trabajos más avanzados que nosotros los enanos. No solo eso, también tenían... algo, como catapultas, pero hechas de huesos. Algo ofendido por esto me pico la curiosidad y corrí hacia donde estaban asentados, tanto para ver más de cerca que demonios era esa artillería, como funcionaban los carros, y claro, conocer a quién había hecho todo esto.

Pero que es esto… —me acerque a una garraplaga, los esqueletos que la rodeaban no me dieron muy buenas miradas, pero no les preste atención, considerándome capaz de hacer trizas a uno de un solo manotazo— ¿Qué? ¿algún problema? ¿¡eh!? —subí la voz, acercándome al esqueleto que tenía más cerca para intimidarlo, claro, la respuesta de este fue… ninguna, ¿podían siquiera hablar?

Le di una patada de mala gana al suelo al no haber entendido ni pio de como rayos habían construido eso y seguí caminando donde se asentaban, hasta que vi a una elfo, era la primera que veía entre tanto zombie, esqueleto y caballeros raros, así que corrí hacia ella.
¡Hola! ¡Soy Erivaeck de ᚱakegranite, hijo de Thranoth ᚱakegranite, de la casa ᚱakegranite! —me presenté ante ella sin ninguna pena, antes de añadir otro comentario—. Y esta es mi barba —la señale, se me había hecho irresistible mencionarla en ese instante—. Y... ¿qué es eso? —pregunté apuntando a una garraplaga al querer conocer sus funcionamientos; sin siquiera oír si la elfa me había respondido de vuelta o había aceptado mi presencia aún.
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Mensaje por Casandra Von Schuyler el Mar Sep 04, 2018 4:56 pm



El amanecer empezaba a ascender, lentamente, y con ella la ciudad. Mecánicamente, los hombres y mujeres empezaban sus rutinas y trabajos cotidianos. A pesar de que la guerra que se aproximaba había reducido sus estilos de vidas a una sombra de lo que eran, los hombres se lanzaban con una especie de inducida acción a las labores mínimas para continuar sosteniendo la ciudad. Sin salir de sus murallas y solamente pescando en el río, la vida era lenta.

Por eso, fue una sorpresa escuchar el sonido de campanas proviniendo del río. Un sonido que rompía la serenidad de la marea y el silencio de la mañana, casi como la llamada a los ritos religiosos, pero…demasiado calmado.

Los ojos de los pescadores se centraron en las calmadas aguas del río, desconcertados de si iba a ser un ataque o no, hasta que captaron la figura de un solitario barco. Una construcción en negra, que se deslizaba sobre el agua, envuelto en una húmeda y misteriosa neblina, del cual resonaba el sonido de la campana. El navío se acercó lentamente a la excusa de puerto, envuelto aún en ese fino y maquiavélico velo de niebla, causando que el resto de las embarcaciones, de menor tamaño, abriesen paso. Finalmente, el barco golpeó suavemente la madera del lugar, quedándose estático sobre las aguas. El silencio se mantuvo en las gargantas de los presentes, agarrotado y asfixiante, sometiéndolos a la inacción.

Hasta que un encabritado grito rompió el frío aire de la mañana.

En un movimiento que solo podía ser calculado, figuras encapuchadas bajaron una pasarela, chocando fuertemente en las maderas del puerto. Y, al momento, con rapidez y precisión, un carromato bajo. Era una simple caja de color negro de madera, con cuatro ruedas, siendo la principal atracción su fuerza motriz. Hombres…Tal extravagancia era extraña, pero no desconocida, hasta que los campesinos y hombres observaron su estado. Piel tensada y ojos amarillos, con su cuerpo en tonos ajenos a lo natural y sano, con las bocas abiertas en rictus de impasible horror. Muertos traídos a la vida.

Ante esa visión, las madres escondieron a sus hijos y los hombres se alejaron, dando vía libre a una construcción herética y monstruosa, ajena a toda moralidad. Su paso por la ciudad causó el desconcierto y la intranquilidad, excepto para los hombres y mercenarios listos para enfrentarse a las amenazas, a quienes simplemente llamaron la atención en una manera que invitaba mantener las armas cercas. Esta extrema repulsa permitió que solo los rumores de lo que contenía se extendiesen por la ciudad… Algunos susurraron que un demonio salido del foso, otros que un vampiro de gran poder…Sin embargo, el que mas se acercó fue pronunciado entre susurros aterrorizados en una taberna.

Dos mujeres, blancas como la nieve en esos días en el que sol se atrevía a brillar entre las negras nubes invernales, habían descendido del carromato frente al palacio del gobernador. Sus figuras, como la niebla vespertina, se habían deslizado hacia la puerta, entrando sin ningún tipo de pudor, para no volver a salir hasta unos minutos mas tardes, exhibiendo crueles y terroríficas sonrisas, volviendo a su carro y, con este, a una residencia abandonada.

Esto fue el principio de una pesadilla momentánea para la ciudad. El barco que había en el puerto volvió a zarpar, marchándose hacia el profundo mar, para regresar momentos después, acompañado por un par de navíos similares. Una orden del gobernador vacío el pequeño puerto, dando carta libre a esos pequeños navíos para moverse por el río, descargando una curiosa carga. Cinco figuras, en un atuendo que invocaba las imágenes de la peste en las mentes de los supervivientes más ancianos, se alzaban sobre una marabunta de cadáveres, los cuales reposaban hasta que les tocaba moverse con la llegada de los soldados en nuevos navíos, que se marchaban de nuevo para continuar con la carga y descarga a un lugar desconocido. Lentamente, una procesión empezó a darse. Las figuras necróticas, acompañadas por solemnes y silenciosos caballeros, caminaron por las calles de la ciudad, en una sobria mudez. Sus destinos fueron tres; la residencia donde se rumoreaban que las señoras hechas de tinieblas se habían aposentado, un punto cercano a las murallas de la ciudad, lindando con el rio, y una entrada en el propio río.

Los soldados que hicieron su camino en la residencia movían carga y armas, ayudados por los cadáveres, conformando una especie de campiña militar alrededor de la construcción, poniendo a descansar a los cadáveres bajo lonas blancas, que al cubrir a la delegación de muertos formó una pequeña capa de granizo sobre su superficie. El lugar se notaba más frío que el resto de la ciudad…Mientras tanto, las huestes de muertos trabajaban duramente en el río…Al parecer habían decidido que los barcos no iban a ser necesarios y se habían puesto a trabajar con fervor a desmontar los barcos que iban encallando, voluntariamente, en la costa. La madera sirvió para montar campamentos en la costa y cerca de la muralla, conformando trincheras donde los muertos se sentaban y se quedaban inertes, esperando.

Las piezas del reino de Zhalmia se habían posicionado y cinco cuervos alzaron el vuelo en la ciudad, arrastrando, minutos después, invitaciones a cierto edificio para ciertas personas.
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Mensaje por Strindgaard el Dom Sep 16, 2018 11:14 am

La oscuridad invadía la ostentosa habitación de la posada, espantada sólo por una solitaria vela en un candelabro de plata a los pies de una mesa destrozada, entre papeles desordenados y un estante volteado. Las tres figuras, que en la penumbra adornaban el interior de la habitación eran el vivo retrato se lo que se había transformado Noreth con el paso de sus años: un sediento antro de violencia, secretos y anhelos perdidos. «Un demonio demasiado vengativo, un elfo demasiado orgulloso, y un viejo demasiado cansado
El mago descorrió el cortinaje para dejar entrar las primeras luces del alba. Su rostro reflejado en la ventana se veía abatido por la edad. « ¿Cuántas noches de desvelo cargan estas ojeras? » A su espalda, el sonido monótono de unos puñetazos rompía el silencio. Haciendo caso omiso de ellos, miró con cansancio el lento amanecer.

Todo cambia —soltó junto con un suspiro—. Noreth ya no es lo que era en antaño.
Los golpes continuaron, seguidos de un jadeo entrecortado.
"Es el signo de los tiempos." —Soltó una voz en todo irónico.
Siempre lo decía mi padre.
El mago se volteó y observó la escena: Un puño gris manchado de sangre descargó otro puñetazo en el rostro pálido de un elfo.
Déjalo, ya amanece, y Rondthor resultó no ser de mucha ayuda.
Quizá si le corto la otra oreja. —El puño gris se detuvo, el demonio de la capa negra observó al elfo amarrado a la silla de roble con sus ojos cargados de un azul profundo.
¿Qué me dices? ¿Te acordarás si te arranco tu otro puntudo trozo de carne?
Rondthor, con el cabello blanco manchado de sangre y el rostro moreteado tras pasar la última hora bajo tortura, miró con sus ojos entrecerrados al demonio.
Ya te dije que no sé de lo que hablas. El antiguo líder de La Unión nunca me habló de esa cosa. ¡Digo la verdad! ¡Tienes que creerme! ¡Digo la verdad!
¿Si dices la verdad, entonces de qué nos sirves?
El mago le puso las manos sobre los hombros al elfo y el demonio sacó de entre sus ropajes una daga de hierro negro y mango de oro.
¡Esperad, no por favor! ¡Yo no tengo esa información, pero van Linderman debe de saber! ¡Sí, Bron van Linderman lleva más de cinco años en la compañía, si alguien ha de saber algo al respecto de nuestro anterior líder debe de ser él!
La daga se acercó al pecho del elfo.
Haberlo dicho antes.
¡No!
Toc, toc, toc.
Unos golpes en la puerta detuvieron el avanzar de la daga.
¡Ayuudaaaa…! —Los brazos del mago hicieron presión sobre el cuello del elfo, ahogando su grito.
—No te preocupes, la posada está diseñada para que los sonidos no puedan salir de las habitaciones, una interesante medida para evitar oír como follan en la otra puerta, y bastante caro por lo demás.
El demonio, impaciente, miró hacia la ventana y luego hacia la puerta. Toc, toc, toc.
¿Huimos por la ventana?
El elfo se removía y agitaba en la silla, tratando de liberar sus brazos de las fuertes amarras.
Mejor por la puerta, no sabemos cuántos transeúntes pueda haber a estas horas mirando hacia arriba.
Sea, por la puerta entonces. —El demonio se acercó a la puerta empuñando la daga. Observó por el ojo de pez.
Toc, toc, toc.
La cabeza del elfo cayó a un costado de su pecho, el mago le tomó el pulso, «desmayado. »
Mal asunto —dijo el demonio pegado a la puerta mientras observaba al otro lado del pasillo—. Se trata de Bron van Linderman.
Pues, en ese caso, déjalo pasar.
Viene con cuatro guardias a su zaga. Aunque pudiera con todos ellos, llamaría demasiado la atención. Es mejor pasar al plan B.
¿Tenemos un plan B?
El demonio entonces se vistió con las galas del elfo, emulando hasta la última de las facciones del rostro de Rondthor.
Ha, claro, eso no llamará demasiado la atención.
¿Está muerto?
Sólo desmayado.
Será mejor que te encargues de él. Pero después. Ahora, quédate quieto.
El demonio abrió la puerta.
¡Joder, Rond! ¡¿Por qué te has tardado tanto?! Llegaremos tarde a la reunión con los otros destacamentos.
Lo siento. No he podido dormir bien. Ha sido una noche larga.
El soldado miró hacia el interior de la habitación. Además de una cama desordenada, todo estaba en un impoluto orden.
Hueles a alcohol. ¿Has estado bebiendo? ¿Desde cuándo que te has puesto a beber?
El demonio pareció impresionado.
Humm. Sí, bebí, pero fue solo un poco. Como te dije, no ha sido una noche fácil. Además, me dejaron una botella de whisky de cortesía.
El soldado lo caviló su mirada un momento. El demonio titubeó un instante.
¿Todo bien?
Estos cabrones no dejaron nada en mi cuarto. Pelmazos, seguro porque eres elfo tienes ciertas regalías.
El demonio se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.
Ya sabes cómo son estos humanos.
Venga, ya se nos hizo tarde, hay que hablar con Duru respecto a la posición de los orcos, y luego visitar a una tal Cassandra von

La voz se perdió en el pasillo junto con las pisadas. El mago notó que la ilusión desaparecía para dejar la habitación tal como estaba.
Falqued se sentó al borde de la cama, era un lugar bastante cómodo. Debió luchar contra las ganas de echarse a dormir una siesta con una férrea determinación. Rebuscó entre sus cosas y halló una cajita blanca y un trozo de pergamino que hace algún tiempo había usado para encerrar a Strindgaard.
Todo cambia. Lo importante es asegurarte que el cambio te beneficie.”


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Mensaje por Lia Redbart el Jue Sep 20, 2018 11:16 pm

En todo el tiempo que llevaba navegando, Lia se había convertido en una famosa pirata. Sin embargo, se aburría. Atacar barcos solitarios y desvalijarlos, tal vez matando a toda su tripulación, se le hacía demasiado sencillo, ya que tal vez había estado diez años, o quizá más. Y estaba bien, sin embargo, era cada vez lo mismo ya. Tenía la misma tripulación desde hacía ese tiempo aproximadamente, y sí, era ella la capitana. Suspiró. ¿Qué podía hacer? La solución se le ocurrió pronto, así que sonrió.

Pocos días atrás había oído sobre una pequeña ciudad de las costas de Thonomer, Mariedorm, que solía tener problemas con los piratas. Mejor dicho, ella alguna vez la había atacado, aunque no demasiadas. Prefería abatir barcos antes que sitiar y saquear ciudades. Sin embargo, en aquel momento se le ocurrió hacer lo contrario: defender esas ciudades a las que anteriormente, en alguna que otra ocasión, había hostigado. Realmente no se arrepentía de nada. Solamente buscaba algo nuevo por hacer, así que puso carteles diciendo que necesitaba a gente para ello.

Durante el tiempo que había pasado saqueando barcos se había hecho con una importante fortuna, así que buena parte de ella fue para comprar los barcos que necesitaría. Se hizo con varios buques de línea y dos goletas, todos ellos armados con sus respectivos cañones. Solamente le quedaba reunir a la gente que iría en esos barcos. Hizo correr la voz de que buscaba, más que una tripulación, casi una armada. Corsarios de élite, espadachines, pistoleros… todos aquellos a quiénes Lia diera el visto bueno podrían ir con ella hacia Mariedorm para defenderla. Respiró hondo. Se le hacía ciertamente extraño.

No tardaron en acudir hombres y mujeres de diversas procedencias, aunque casi todos humanos. Había entre ellos algún elfo, pero no era lo más común. Empezó a recibirlos en una mesa apartada dentro de una taberna. Era una esquina que tenía casi para ella sola, así que estaba segura de que nadie molestaría. Descartaba o aceptaba a los que se le presentaban, hasta que al mediodía hizo una pausa y comió con uno de sus marineros más antiguos. Erick.

—Capitana, deberíamos tomárnoslo con más calma. ¿No nos estamos apresurando demasiado?


—No lo creo, Erick. Todo se ha llevado a cabo con rapidez, sí, pero creo que la pienso es efectiva. ¿O es que desconfías de alguno de ellos?

—No. Pero le aconsejaría descartar a todos los piratas, y quedarnos con los que sepamos que no lo son.

—Te he dicho mil veces que me tutees, Erick, no te lo diré otra más. Además de eso, recuerda que el oficio no es garantía de nada. Eres pirata, y eres una de las personas más honradas que he visto nunca —sonrió y le palmeó el hombro—. Me guiaré según la impresión que me den las personas a las que reclute para esto.

—Es verdad. Usted… Tú tienes buena intuición, eh… ¿Debería llamarla… perdón, llamarte capitana o Lia?

—Como quieras.

—Está bien, pues Lia… Puedo estar contigo en la selección si quieres, no me molesta, para nada.

—Está bien, quédate para la de esta tarde.

Por la tarde, el proceso no fue demasiado distinto. Los hombres y mujeres que pasaban por allí se iban, o bien con cara de mala leche, o bien con satisfacción. Sin embargo, hubo algún que otro altercado provocado por el rechazo de la pirata a uno de los hombres que querían formar parte de la flota. No le causó buena impresión: era un pirata fuerte y musculoso, con varias cicatrices y tatuajes y a quien le faltaban un par de dientes, que habían sido sustituidos por unos de oro. Sin embargo, sus ojos evocaban frialdad y crueldad.

—¿¡Cómo que no me aceptas?! Soy el mejor pirata que haya visto Noreth en toda su existencia.

—¿Seguro que eres el mejor? —dijo con retintín—. Porque yo nunca había oído hablar de ti… ni te he visto en el mar. Debería haberte visto, si realmente eres el mejor.

—A los buenos no se les ve —gruñó él.

—¡Los buenos son los que más suenan! Y a ti no se te ve pero tampoco suenas. Tampoco tienes una forma de hacer que sea característica. No ven un barco y ya saben que lo has atracado tú. Y eso significa que eres mediocre, si no malo. Lárgate de mi vista, payaso, y deja que alguien mejor que tú venga.

—¡No! —rugió—. Si yo no entro, ¡no entra nadie!

Sacó una espada, y fue a atacar a una joven, evidentemente pirata, que estaba apoyada en la barra. Lia no tardó en reaccionar, aunque esa mujer fue más rápida y enseguida accionó el gatillo de su propia pistola, dando en la cabeza del hombre. La capitana la miró y asintió con la cabeza.

—Buenos reflejos. Estás dentro.

La chica se quitó el sombrero en señal de respeto. Lia guardó la pistola que había sacado, y abandonó el local. Tenía ya a su flota totalmente formada. Los buques de línea y un par de goletas totalmente equipados, y la tripulación que iba a ir en todos ellos. Era momento de zarpar hacia Mariedorm.
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Mensaje por Katarina el Lun Sep 24, 2018 8:26 pm

Un enano entro en su campo de percepción. No de visión, puesto que se había dado cuenta de su presencia debido a las reacciones de los no-muertos, una ligera agitación en su mente al considerarse bajo amenaza, pero rápidamente los calmó con un susurro de poder. Le dedicó una mirada cuando les grito a los esqueletos, eso sí, ante la absurdidad de la situación.

Y en un segundo estaba ante ella, cosa que la sorprendió un poco. Estaba bastante segura de que los enanos eran lentos por tener las patitas cortas, pero allí estaba igualmente, y le parecía de mala educación mencionar su rapidez a pesar de ser… verticalmente discapacitado. –Buenos días, Erivaeck de ᚱakegranite, de la casa ᚱakegranite.- dijo en respuesta a las palabras del enano. Por supuesto que había pronunciado perfectamente los caracteres enanos, por más toscos que fueran. ¿Qué clase de bardo seria si se trabara con unos pocos nombres extranjeros? Uno muy malo seguramente. –Y esto, son garraplagas.- se limitó a decir. Sabía que quería algo más que un nombre, por supuesto, pero aun así alargó lo más que pudo el silencio antes de seguir con su explicación, con una radiante sonrisa como si nada estuviera pasado. –Se crea y modifica hueso, para luego esculpirlo en forma de catapultas u onagros.- Los cadáveres pesaban menos que un pedrusco de tamaño similar, obviamente, así que tampoco hacía falta que fueran tan resistentes como la verdadera madera, pero por las cosquillas que sentía en las manos cada vez que los tocaba, sabía que su maestro no se había quedado corto. –En vez de lanzar pedruscos como bárbaros, lanzan cadáveres putrefactos, cargados de virulentas enfermedades.- Pero la explicación tendría que ser interrumpida, uno de los vampiros se estaba acercando a ella, con algún tipo de noticia o petición, sin duda, así que tuvo que despedirse del enano y levantarse, seguido de su espectral gatita.

No escapaba a nadie, sin duda, el hecho de que el vampiro estuviera andando en pleno sol. Pero aun no sabían que sus caballeros eran vampiros, así que dejaría que esa sorpresa se asentara por si sola. –Vlad.- Se limitó a decir, deshaciendo el camino que su acorazado acompañante había hecho. Que pudiera estar en el sol, no implicaba que le gustara, así que no paro hasta haberse metido en su tienda.

-Mi señora.- ambos sabían que no lo era, y lo decía con un tono tan neutro y carente de emoción que sonaba insultantemente sarcástico, pero no lo era, él era simplemente…así de frío. –Hemos recibido una carta, una invitación.-

-No esperaba que el gobernador nos mandara una invitación.-

-No lo ha hecho, lleva el sello de Zhalmia.-
el reino nigromántico. Las relaciones con los vampiros, por lo que sabía eran…tensas. Tan tensas como una estaca o una pira, pero aparentemente solo si eras Zhalmiano. Una extraña distinción.

-No quieres darles la invitación a ninguno de esos críos sedientos de poder, pero preferirías no ir tu mismo.-

-Es una cena al fin y al cabo, seria inadecuado no comer, y esperar que ellos se adapten a mis… necesidades, seria incómodo para los presentes.- Esa frase le trajo una pequeña duda.

-¿Tenéis suficiente sangre?-

-Trajimos con nosotros provisiones, suficientes para esperar la llegada de tus primos y unos pocos días más.-
preferían la sangre de verdad, fresca y caliente, no esas extrañas gemas escarlatas que traían con ellos, pero no iba a darles permiso para asaltar a los ciudadanos de la ciudad, así que tendrían que conformarse. La elfa ladeo la cabeza a un lado, exponiendo su cuello mientras la melena le caía por el hombro contrario.

-¿Seguro que no quieres un mordisquito?- dijo con su voz más dulce. Y entonces vio la primera emoción en los ojos del vampiro. Horror absoluto, pánico. No por ella, no por algún tipo de código de honor o conducta, no, era la cara que le ponías a alguien cuando te pedía robarle la comida a un dragón. Sonrió. Era bueno saber hasta qué punto el control de su maestro sobre esos caballeros era firme. Parecía que no iba a tener problemas para que obedecieran sus órdenes. –Iré, solo tengo que cambiarme.- Se limitó a decir, sacando al vampiro del pozo en el que lo había metido. Vlad salió tan rápido como era educadamente posible, mientras ella rebuscaba entre sus cosas, intentando recordar donde diablos había puesto su vestido negro.

Puede que se hubiera arreglado demasiado para la cena, pensó la elfa, al ver la casa medio derruida, después de haber comprobado tres veces la dirección. Suspiro, sin poder hacer nada, había llegado puntual, y volver a cambiarse simplemente la habría hecho llegar tarde. La elfa llevaba un vestido negro que caía hasta sus rodillas, con un par de tiras de seda que se cruzaban en su clavícula antes de rodear su cuello, actuando de tirantes y dejándole la espalda descubierta. Pero había renunciado a llevar zapatos elegantes, optando por botas negras con un ligero tacón, que permitían llevar dentro un par de dagas sin que se notara. Una mezcla entre elegancia y marcialidad que, viendo el estado de la propiedad, temía que no fuera a ser apreciado. Un par de caballeros vampíricos la habían escoltado por la ciudad, más debido a protocolo y apariencias que a necesidad. Nadie se atrevería a atacar una extranjera cuando sabían que la ciudad de estaba llenando de mercenarios, pero oculto sus orejas, para evitar atraer la atención de algún ignorante demasiado envalentonado.

Ese miedo fue ligeramente subsanado por las sendas filas de soldados esperando para recibirla. Puede que simplemente se hubieran apropiado de la primera casa que, consideraron, no iba a ser reclamada. Estaba segura de que era la primera, así que se paró en la entrada, contemplando los soldados, andando lentamente, como en una inspección. Aunque se fijó más en los bultos de detrás de ellos, cubiertos con mantas. Llevar los cadáveres a la ciudad era una apuesta, pero seguramente nadie los metería en una hoguera antes de que vinieran los drow. No tardarían en echarlos, eso sí, los reclutadores habían sido muy claros, la pelea ocurriría fuera de las murallas, mientras la guardia entrenaba a todo aquel que se ofreciera hasta formar, puede, una milicia competente.

Habría considerado reclutar la milicia como absolutamente necesario unos días atrás, ¿pero ahora? Tenía su pequeño ejército, junto al de ese enano parlanchín de antes, estaba delante de lo que parecía ser un destacamento Zhalmiano y se habían unido otro ejército más. Por no hablar de esos barcos que habían remontado el río. Tenía buena pinta. Lo conseguirían. Ese fue su último pensamiento mientras avanzaba por la hilera de soldados formando y tocaba educadamente la puerta de la mansión que prácticamente se caía a cachos.




-Kouran.- dijo una difusa figura en el espejo de plata pulida.

-Mi señora.- Dijo el hombre, arrodillándose con una rodilla en el suelo. –Es un honor estar bajo su mando.-

-Sin duda, la reina te ha dado una oportunidad única, Ejecutor. Son pocos los Druchii de baja alcurnia a los que se les ha dado el honor de comandar una hueste, y aún menos aquellos que han superado la prueba con éxito. Y ninguno ha sido un hombre desde que tengo memoria. He oído que incluso ha considerado adecuado dejarte una de sus mascotas.-

-Sí, Braccus luchara a mi lado en batalla.-

-Voy a mandar a mi segunda contigo. Por más que no tenga ningún problema en que tu pequeña ascensión a la nobleza fracase espectacularmente, no pienso sufrir la ira de la Reina Bruja por perder uno de sus experimentos draconianos. Alégrate, tus posibilidades de éxito han aumentado.-

-Muchas gracias, mi señora Morath.- la figura de sombras se desvaneció junto al brillo de los glifos en el espejo. No te importa que fracase ¿eh? Me pregunto porque has desplegado tantas fuerzas esta vez entonces. Cada vez necesitas más sangre para mantener tu decrepito cuerpo, ¿no es así? La reina no tardara en pedir tu cabeza, y yo estaré encantado de servírsela.-

-¡Esclavo!- una pequeña mujer se estremeció en una esquina, alzándose y avanzando hacia el drow, temblorosa. -Avisa a los capitanes, zarpamos mañana. Y hazlo rápido, si no quieres acabar como la cena de Braccus.-

La mujer se retiró andando hacia atrás, inclinando la cabeza cada pocos pasos, provocando que sus cabellos castaños se agitaran al viento. Kouran aspiró hondo, regocijándose con la emoción de la batalla que no tardaría en librarse. Se moría de ganas de ver que fútil resistencia habrían preparado esos patéticos mortales.

Al fin y al cabo, su pueblo vivía por y para la guerra.
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Mensaje por Brown Hat el Lun Sep 24, 2018 10:08 pm

Cuando me pose frente a la elfa pareció que le cause una impresión, aunque tal vez eso no fue más que una impresión mía de que ella estuviese impresionada, aunque no podría culparla. Mi estatura... mis músculos... mi cuerpo... mi barba. Muchas cosas de mi eran impresionantes.

Al final de presentarme mi mente se encontraba atrapada en esos pensamientos al haber visto su reacción, pero volví a la realidad cuando la escuche hablar, pronunciando mi nombre perfectamente, cosa que era rara, pues la mayoría de los elfos con los que había tratado en mi vida solían dañar un poco los vocablos al pronunciarlos, cosa que ella no hizo. Me trajo algo de alegría saber que existía una elfa decente que se había preocupado en estudiar el lenguaje más importante de todo Noreth, el enano, claro está.

“Garraplagas” dijo, yo seguía sin saber qué era eso, pero espere paciente, tanto porque quería dejarla ordenar las palabras en su mente en caso de que no fuese tan fluida en enano y segundo por cuidarme de que “garraplaga” de hecho fuese una palabra que otros ya estuviesen usando y yo nunca me entere de ella, no podría vivir con esa pena jamás de ser ese el caso. Solo me cruce de brazos y saque un poco la bemba; ella sonrío y finalmente continuó explicándome.
Catapultas de hueso, ¡impensable! ¡eso jamás soportaría una enorme roca de las que mi gente lanza! tuve ganas de decírselo, pero pareció leer mi mente y añadió que de hecho, no tiraban piedras, sino cadáveres con enfermedades… algo brutal, pero pensándolo bien, sonaba muy efectivo. Pase por alto el que dijera que tirar pedruscos era de bárbaros, porque yo había conocido varios bárbaros que no eran tan brutos,  y tampoco veía nada negativo en alguien con los músculos como rocas.

Mientras ella hablaba algo se acercó a sus espaldas, di un paso atrás y subí una malo, casi listo para alcanzar por mi arcabuz y volarle la cabeza de un tiro, no es nada para honorable atacar a una señorita, y mucho peor, por la espalda, el doble de deshonor. Claro, cuando palabras salieron de su boca me tranquilice, parecía conocerla. La vi tan solo levantarse y seguirlo mientras se despedía de mí con la mano, fue cuando entonces note una especie de gato siguiéndola.

Eh —acaricie mi barba—, ¿tú notaste ese gato? yo no —callé un momento y alce la mirada, viendo de nuevo al gato, sin parar de acariciar mi barba—, tienes razón, es un gato extraño... bueno, no importa. Hrumph.
Me di vuelta, viéndome aún rodeado por cualquier cantidad de esqueletos o zombies. Sus miradas vacías no me agradaban demasiado, me hacían sentir retado por alguna razón, pero no podía generar una pelea interna así sin más y menos cuando realmente, solo habían hecho eso hasta ahora: mirarme.

Vámonos —levante mi barba para verla y la solté—, no permitiré que se nos supere con eso de lanzar cadáveres enfermizos. Haré algo mejor… como… como… piedras con cadáveres enfermizos amarrados… sí… oh, y runas, y explosivos. Uju… ¡hohoho! —salí corriendo emocionado, maquinando cualquier cantidad de cosas que quería anotar para poner en práctica, ya fuese en esta guerra o la siguiente en la que estuviese metido.

[***]

Por su parte, Cegghorn seguía encerrado en la biblioteca de la ciudad, ya en su mesa se encontraban apilados unos siete libros y tenía un octavo más en sus manos, leyéndolo con suma concentración. El silencio de la biblioteca era perfecto, no había nadie, tal vez porque nadie apreciaba la buena lectura, o tal vez porque todos estaban asustados ya y nadie quería abandonar sus hogares.
El libro que se encontraba leyendo era una obra dedicada a Symias, el señor del sol. Aunque él no fuese un seguidor del mismo, igual le tenía respeto a este y a otros dioses, pero esa no era la verdadera razón de su lectura. La ventana por la cual podía ver con tan solo voltear a su derecha le había mostrado que durante las horas que habían corrido, se habían empezado a asentar aliados algo… particulares. Para su persona no suponía ningún problema, al final del día, así como la necromancia jugaba con la esencia de la muerte, el jugaba con la esencia del espíritu. La muerte no era más que un estado del cuerpo y el cuerpo siempre tenía conexión con el espíritu, razón por la cual tiene varios amigos nigromantes y respeto hacia el arte, pero no se iba a hacer ilusiones: sabía que la división de magos, ergo, las paladinas, sí que tendrían problemas con eso, así que quería prepararse para endulzar su lengua antes de tener que tratar con ellas.

El silencio de la biblioteca se derrumbó rápidamente a la vez que un cuervo pasó volando frente a sus ojos. A la biblioteca entraron apresuradas 3 paladinas, y al final del pasillo, se veía en la puerta a las otras dos, guardando la entrada.

Cegg escondió velozmente el libro que leía y cruzó las piernas, antes de dirigir su mirada a la paladina que estaba al frente y suspiras, sabiendo que iba a oír.
¡Señor!
« Oh no… aquí vamos… » pensó.
Hay… ugh  —su cara se distorsiono visiblemente en desagrado, como si tan solo pronunciarlo le produjera asco—. No muertos en la ciudad.
Lo sé, cariño, lo sé.
No son confiables, ¿no deberíamos hacernos cargo? —preguntó ansiosa, tal vez demasiado. Su pregunta pareció ser más una recomendación, notándose por como ya había posado su mano en el mango de su espada.
Cegghorn negó con la cabeza y se puso de pie.
No puedes… no pueden. Se que va en contra de lo que creen y por lo que suelen luchar, pero son nuestros aliados.
¡Pero…!  —la paladina avanzó y golpeo la mesa con las manos— ¡hemos visto no muertos acabar con ciudades, aunque sean más pequeñas que estas! —se relajó un poco al notar que gritaba y se aparto de la mesa—. No podemos simplemente ignorarles. Ni siquiera tienen voluntad propia, solo siguen aquella de quién les controle, lo único que hacen es quitar vidas.
Igual que ustedes siguen la voluntad de Symias.
La paladina se quedó callada, algo ofendida de que les acabasen de comparar con no-muertos y nigromantes.
Te pido que me escuches un momento nada más. Lo sé, yo también he visto nigromantes y como esparcen el caos, y a mi también me cuesta perdonarlos —mintió con la misma facilidad que había leído esos libros, acercándose a ella y poniendo su mano en su hombro— pero…
—  ¿Pero? —preguntó cortante.
Esos no muertos están aquí para acostar a los drow que ataquen, justo como nosotros. Si un nigromante usa un no-muerto para matar a un hombre de mala voluntad que amenazaba miles de vidas, entonces, ese nigromante con su no-muerto,  aunque hayan quitado una vida, salvaron miles. Trajo orden a alguien que quería esparcir caos, ¿no es eso lo que ustedes hacen, también?
La paladina se cruzó de brazos intentando y compartió miradas con las otras dos, asintiendo levemente entre ellas.
Así me gusta. Tranquilas. No les pido que los abracen tampoco, solo ignoralos —retiró su mano del hombro de la paladina y se acercó a la ventana con ambas manos en su espalda—, sin embargo, les daré un permiso… quiero decir, una orden.
¿Sí?
Sí ven a un no-muerto lastimando a alguien que no sea un drow, acábenlo con toda su fuerza, en nombre de Symias.
La cara del grupo se iluminó, ahora tenían la posibilidad de hacer algo que querían aunque fuese bajo una condición, que por sus vistas sobre los no-muertos, no tardaría en cumplirse.
Ahora, si me disculpan, tengo una visita que atender —se acercó más a la ventana y la abrió con ambas manos, poniéndolas juntas afuera, como quién intenta recolectar agua de lluvia, aunque todo lo que él recolectó fue una invitación.
La invitación, o más bien el sello de la misma no escapó a la atención de una de las paladinas, pero antes de poder protestar nada Cegghorn se dio vuelta y agito la invitación.
Por supuesto, yo hablaré con nuestros aliados y les informaré sobre esto, créanme. No solo ustedes están disgustadas —sonrío para hacerlas sentir confianza, se estaba refiriendo a los pueblerinos, a él le daba igual, pero no podía decir eso.
Ahora vayan, hagan entender a sus compañeras. Yo tengo una cena que atender —puso una pierna fuera de la ventana y saltó afuera, haciendo unos movimientos de manos.

Estos movimientos invocaron una niebla a su alrededor, que se trataba de un espectro sin forma real, a más pasos daba la niebla se volvía más densa y dejo caer su cuerpo en la misma, que ahora parecía más como una especie de cómoda silla, la cual floto lentamente hasta llevarlo a la ubicación que indicaba la carta. Desde los cielos se veía como la casa estaba en mal estado, llevándolo a alzar una ceja de que realeza Zhalmiana usará un lugar tan poco presentable para una reunión. Observando más a detalle, se dio que la apariencia tétrica que la casa tenía por su mal estado era de hecho, justamente algo que alguien de Zhalmia apreciaría como un lugar "cálido"

Pues sí que tienen unos gustos particulares… —se inclinó en la nube en la que reposaba y unas manos espectrales parecieron sujetarlo para evitar que cayera abajo—. Hm, ¿y esa mujer? —se preguntó viendo a la elfa que contemplaba en la entrada, cuando esta comenzó a avanzar fue que noto a los soldados que andaban el jardín.

Espero a que la mujer llegara a la entrada y empezó a descender hasta la entrada, al ver a algunos soldados contemplar su descenso saco la invitación con el sello apuntando hacia ellos y les sonrío aunque no se tratasen de más que un montón de cadáveres.

Al poner el primer pie en el suelo agradeció al espíritu que había cargado con él y abrió la boca, tragándose la niebla que lo rodeaba.  

¿Debería haberle avisado a Gahal…? —levantó la mirada y se imagino la escena, con el mercenario sentado en una mesa, cruzado de brazos y en silencio, sin responderle a nadie—. No, no creo.
Volvió a bajar la mirada y camino a través del jardín desde la entrada, hasta la puerta principal, pero sin anunciar su esencia ni a la elfa ni a nadie más.
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Mensaje por Strindgaard el Miér Dic 05, 2018 3:28 am

Subió por una de las amplias avenidas de Mariedorm hacia la salida meridional de la ciudad. Los transeúntes habrían paso a medida que la pequeña comitiva de soldados avanzaba. Bron van Linderman parecía bastante preocupado de todo lo que ocurría a su alrededor. El elfo y líder de La Unión, en cambio, parecía ensimismado en sus pensamientos.
Somos una compañía medianamente pequeña en comparación con las demás que han acudido a la ciudad. —Comentó Linderman mientras atravesaban una bulliciosa calle—. Espero que sea suficiente sangre para esos indignos Drow.
¿Nos consideras carne de cañón, Bron? —Preguntó con cierto dejo de ironía el elfo a su zaga.
La Unión ha sobrevivido a cosas peores que esta. Aunque eso no quita el hecho de que nos han contratado para ponernos entre las huestes drow y las murallas. Ellos no buscan un escudo que impida que esas cosas pasen, buscan algo que retrase su avanzada, o al menos, que la deteriore para que cuando lleguen a los muros de la ciudad poco y nada puedan hacer.
Te molestó bastante que nos hayan dejado fuera de las murallas de la ciudad.
¿A mí? —El mercenario pareció extrañado—. Tú fuiste quien estuvo a punto de cancelar el contrato por ello.
El elfo continuó avanzando sin hacer mucho caso del comentario.
Pero no lo hice.
Sí, porque necesitamos el dinero. Y porque vamos a quedar bastante más cerca de la muralla después de todo. Estos cabrones de Mariedorm —miró alrededor para asegurarse de que no lo fueran a oír muchos—. No será la primera vez que lucharemos contra drows, pero sí la primera en que nos dejan como carnada.
Somos mercenarios, son gajes del oficio.

Continuaron andando varias cuadras hasta encontrar la que buscaban.
Nuestros reportes dicen que los zhalmianos no fueron muy bien recibidos por la gente de la ciudad. Al parecer los aborrecen y temen por igual.
Lástima, tienen muy buena tecnología.
¿Qué dices?
Que con uno que otro buen uso de la tecnología que tienen los levantamuertos, bien podrían burlar estas Noches de Muerte.
Tenía entendido que odiabas a los zhalmianos.
El elfo miró al mercenario por un momento y luego se encogió de hombros.
Uno no puede odiar por siempre.
Linderman observó avanzar a Rondthor por la calle hasta alcanzar la mansión, parecía extrañado con la nueva actitud del líder de la compañía.
Este parece ser el lugar. —Le dijo el elfo a los tres soldados que los acompañaban en la comitiva.
Así es señor.
El lugar parecía abandonado desde hace mucho tiempo. Las ventanas estaban rotas y los muros comenzaban a perder la argamasa. El patio estaba totalmente descuidado, al noroeste de éste se alzaba un campamento y más allá grandes mantas cubriendo, lo que era a toda luz, cadáveres.
Linderman los alcanzó para cuando pasaron.
Guardias franqueaban la entrada, recibieron la pequeña comitiva y les dejaron entrar a la mansión.
Muertos. Todos están muertos.
Suenas igual de abatido como si estuviéramos en un campo de batalla.
No me agrada para nada esto.
Me lo hubieras dicho de camino aquí para no hacerte pasar un mal rato.
El mercenario hinchó el pecho y siguió avanzando.
Llevo suficiente tiempo como soldado como para tener miedo de un par de tipos fríos.
Estamos constantemente rodeados de objetos y fenómenos del mundo de lo muerto. Las paredes, las puertas, nuestra ropa, el campo, las nubes y el sol. Pero no hay nada que desagrade más a alguien que ver a una persona muerta, capturada en ese mundo. ¿Por qué sucederá esto?

El interior del edificio no parecía tan sucio y derruido como el exterior, pero eso no le quitaba el aspecto lúgubre. Las velas iluminaban los oscuros pasillos, y tapices y cuadros que seguramente pertenecían a los antiguos dueños adornaban los muros. Finalmente los mercenarios llegaron a un salón amplio, iluminado con altas lámparas de pie con grandes cirios ardiendo en las esquinas. A decir verdad, por la gran mesa en medio de la sala, aquello debía ser un comedor. Habían sido los primeros en llegar, y al parecer, la mujer que había extendido las invitaciones aparecería una vez que todos hubieran llegado. Tomaron asiento.
No pretendo comer nada que salga de la cocina de este lugar.


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Mensaje por Lia Redbart el Dom Dic 30, 2018 3:09 pm

Debían partir de inmediato. Era de las pocas veces que ponía su flota al servicio de alguien. La mayoría irían con la flota propia de Mariedorm, y otros se quedarían con ella. Aunque en ese momento debía ir a un sitio concreto, una dirección que le habían dado. Iría ella sola, era lo más seguro, ya que Erick se quedaría supervisando a los tripulantes. Aun así, quería hablar con él y con algunos más antes de ir hacia esa casa. Los demás ya estarían en Mariedorm, eso sí. Simplemente Lia se hizo con una pequeña goleta y embarcó en ella a esos de quien se fiaba más para adelantarse y preceder la marcha.

—Capitana, ¿estás segura? —le preguntaba Erick.

—Sí, estoy totalmente segura. De todos modos, si hay problemas o salgo por patas o bien… —señaló sus pistolas, queriendo decir que aquel que le causara problemas recibiría un tiro, probablemente en la cabeza.

El hombre asintió con la cabeza y arrió las velas, una vez hubieron levado el ancla. No sería una travesía larga, pero sí que tenían que andarse con cierto ojo por aquellas aguas. Se acercaba la llamada Noche de Muerte en la ciudad, así que más les valía vigilar. Por suerte, atracaron sin demasiados percances, pero aún no salieron de allí. Era demasiado pronto, no era hora de encontrarse en esa casa donde la habían citado. Se preguntaba si habría más gente o si, por el contrario, era posible que estuviera sólo ella. Enseguida descartó esa posibilidad. No era suficiente con su pequeña flota para defender la ciudad. Respiró hondo y rebuscó en uno de sus baúles algo decente para ponerse, algo que estuviera limpio y que no oliera demasiado a sal: ella ya desprendía suficiente de ese olor. Al final cogió ropa como la que solía llevar en alta mar, aunque algo más arreglada. Una chaqueta larga, de picos, situada sobre una camisa blanca con un cuello bastante alto. Sus medias eran oscuras y le cubrían hasta el muslo, un poco más abajo de lo que le tapaba una falda corta. No quedaba nada demasiado a la vista. Se calzó unos zapatos con un talón alto, que no llevaba para navegar, obviamente, y cogió un bastón de madera oscura, pulida, con ambos extremos de metal y una gema azul puesta en el superior. Sonrió. Antes de salir, sin embargo, quería hablar con alguien: con la mujer que le descerrajó un tiro a ese hombre en la taberna donde había llevado a cabo la selección de tripulantes para su… ¿armada? Así se podría llamar.

—Ah, capitana. ¿Qué quiere? —preguntó ella.

—Sólo vigílame esto, ¿sí? —dijo Lia.

—¿Por qué me lo dice a mí, y no a Erick? Acabo de llegar.

—Me fío de ti, eso es todo. Además, a él se viene conmigo. Vigila esto, y vete dando un vistazo a los demás barcos, no quiero que nadie se me descontrole. Sé que puedes hacerlo.

—Está bien.

Antes de salir, fue Erick el que habló con ella. La detuvo justo antes de que abandonara el barco, y la llevó a un rincón donde no pudieran oírlos. Ella entendió que quería hablar en privado, así que prefirió ir a su camarote. Cinco minutos no iban a hacer que llegara tarde, por lo que accedió.

—¿Estás segura de hacer esto, Lia? Es lo más peligroso que hemos hecho nunca, podríamos retirarnos ahora… es posible que tengamos muchas bajas.

—Estoy segura. Sé que nos va a salir bien. ¿Tú confías en mí?

—Sí, claro que lo hago.

—Pues ya está, ¿sí? Confía en mí, esto saldrá bien. Es más, servirá para hacernos cierto nombre.

—Pero al menos deja que te acompañe ahora. Entiendo que no quieras ir con todos, pero no quiero que vayas sola.

—Está bien. Vamos, apresúrate.

Él asintió y se cambió. Se puso una camisa en buen estado y un pantalón negro, antes de salir, y se dirigieron a la casa. La sorprendió que estuviera ruinosa, pero pensó que quien la convocaba no era exactamente parte de la flota de la ciudad, y que a lo mejor no tenía ningún contacto con ellos, ¿o quizá sí?, pero eso lo descubriría luego. Cruzaron el jardín hasta la entrada, con lentitud, mirando a su alrededor y con su mano preparada para sacar una de sus pistolas, de las que nunca se deshacía, si había problemas. Caminaron hacia dentro de la casa, por pasillos lúgubres y oscuros, hasta llegar a un salón donde por lo visto no eran los primeros. Saludaron con una inclinación ambos y tomaron asiento, en silencio.
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Noche de Muerte [Campaña] Empty Re: Noche de Muerte [Campaña]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Jue Mar 14, 2019 6:55 pm

El cielo era el límite. Un arco que se alzaba hasta el infinito, cubierto de luces que abrían caminos invisibles para ojos humanos, incitándome a alzar más y más mis alas. La oscuridad y el frío de la noche golpeaban mis plumas, sin brillo ni fulgor, arrebatadas por el Gran Cuervo Blanco. Hilos de colores se movían entre mis alas, como aquello que los humanos llaman marionetas, brillantes en la inmensidad de las sombras, inconsciente de otros hilos que los movían a ellos.

Mi cuerpo había sido rescatado de la inmundicia, de la pobreza y de la indigna muerte del suelo. Mis huesos se notaban fuertes y mis músculos me devolvieron al mundo de los cielos. Chispas de orgullos se ceñían a mi pecho, mientras mis ojos se retorcían en sus órbitas, mirando al mundo del polvo y a los paraísos celestes, buscando algo que solo mi señora sabía. No obstante, las bendiciones que permitía el Gran Cuervo Blanco eran cortas y ni siquiera los humanos podían luchar contra el embiste de sus alas, convirtiéndose en los frutos que nos alimentaban.  

Finalmente, el firmamento cortó los hilos y las alas del señor de todos los cuervos se plegaron, dándome la bienvenida al nido de la eternidad, arrancándome las piezas de mi señora, como una amable madre que arranca piojos y devora pichones de entre mis plumas. Una última plegaria fue dirigida hacia ella…quien nunca podría ser abrazada asi.

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La habitación estaba abrazada por el asfixiante humo de velas de ceras, gordas y con sellos grabados que brillaban con la misma intensidad que sus llamas. En medio de la habitación, dos jóvenes se encontraban sentadas, una de ellas con los ojos cerrados, descansando, mientras otra encendía pequeños palos de incienso que añadían más humo a la estancia.

Una potente y rápida aspiración se alzó de los labios de una de las mujeres, quien abrió los ojos y se levantó por unos segundos, apoyándose en los brazos de la silla en la que estaba, para después caer. Su respiración estaba agitada y sus ojos abiertos, revelando el color del cielo abierto. Sus pupilas eran pequeños alfileres de oscuridad en medio de un hielo incandescente.

-Mejor, su excelencia, ha llegado a la costa esta vez…-replico la otra doncella, soplando para apagar el palo recién encendido. Su cabello blanquecino se movió en un gesto interrogativo, con la misma cadencia que los hilos de humo que la envolvían.- ¿Cómo se siente?

-Vete al infierno…-gruño la otra peliblanca, abriendo la boca, dejando que un hilo de saliva y sangre saliera de sus labios. La mujer simplemente exhibió una sonrisa encharcada en sorna al escucharla- Aun no, tengo demasiado que hacer aun…Como ganar una guerra ¿Qué has descubierto?

La doncella, finalmente, consiguió recuperar el hálito que el cansancio le robaba con cada segundo. Simplemente negó con la cabeza y se incorporó, posando su espalda en el respaldo de la silla. Una expresión insatisfecha coloreó el rostro de la mujer, quien, cruzándose de piernas, se dedicó a mirar a la otra con calmado aburrimiento.

-Entonces estamos más perdidas de lo que esperábamos…-Replica, posando sus mejillas en su palma, rozando la misma con unos dedos y uñas finos y cuidados, impropios de alguien dedicado a la guerra.- Por cierto, sus invitados han llegado ya. -Informa finalmente, expresando una sonrisa cruel y divertida cuando la otra joven levanta la cabeza, con una mirada iracunda.

-¡¿Y me avisas ahora?!

Al segundo de pronunciar esas palabras, la mujer se levantó, lanzándose hacia su habitación en un claro frenesí. Solo la leve risa de la otra mujer se oyó en la habitación.

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(https://www.youtube.com/watch?v=6IrJzEQLKHE)

La mansión era un desastre en todos los sentidos, aunque un zhalmiano sabía apreciar la belleza y si fuese necesario fomentarla. ¿Acaso creían que el campamento de difuntos estaba ahí por algún glorioso o estratégico motivo? No…Como un jardín de jazmines, se encontraban para ser vistos, para ser reconocidos…para inspirar miedo. Piedra y muertos. Abandono y decadencia. Quizás en algún futuro, el mundo entero sería envuelto en el cruel, pero nostálgico, sentido estético del reino de los fallecidos, pero por el momento, esto era solo una pequeña muestra.

Los invitados habían llegado, ocupando la estancia donde se celebraría una pequeña cena. Las lámparas bañaban el lugar con una tenue luz, que invocaba de entre las ranuras y grietas sombras de antaño, dispuestas a persuadir y engañar a los ojos, mostrando cosas que no eran. Sin embargo, en esa ruina, las alfombras y enormes tapices de color escarlata, con motivos de pájaros, se rebelaban en un contraste cruel, que incitaba a que los ojos se apartaran de otra parte y se centrasen en este. En medio del lugar, una mesa alargada, abrazada por un mantel de un blanco resplandeciente, invitaba a sentarse.

-Disculpen mi tardanza, caballeros y señoras. -dijo, finalmente, una voz de entre las sombras de los pasillos. Su voz era clara, pero tenía el suave acento que esgrimían los zhalmianos, una entonación suave y deslizante, que recordaba al pequeño chasquido de un cuchillo deslizándose bajo la ropa. El sonido de dos pares de tacones se escuchó contra la piedra, revelando de entre las tinieblas a las dos figuras.

Como dos espectros, las mujeres allí presentes salieron de la oscuridad, bañándose en un instante de la luz incandescente de las velas. Figuras de niebla y rocío, era lo que uno podía pensar por primera vez al verlas, cinceladas por siniestras manos para hacer su voluntad. Ni siquiera el movimiento de sus prendas o la brisa que entraba dentro de la mansión parecía golpearlas. Figuras sacras e incorruptas, muñecas de algún ritual, sacadas de alguna iglesia envuelta en misterio. Y, como juguetes mecánicos, ambas hicieron una reverencia, invocando casi el crujido metálico de los mismos al hacerlo. No obstante, cuando se volvieron a elevar, el conjuro se rompió.

-Me gustaría darles las gracias por venir a este pequeño comité para discutir nuestros movimientos…-dijo la primera, nada más levantarse. Su expresión y sonrisa mostraban la amabilidad y sapiencia de una madre, una encandiladora mirada que incitaba a la confianza. Pero en sus ojos…su brillante mirada azul solamente resplandecía con el frío choque de los mecanismos y de las pesas. Vuestro valor y deseos, necesidades e ímpetu…Ella os miraba y os juzgaba con una sonrisa, como si fuerais juguetes con los que jugar una especialmente complicada y divertida partida de ajedrez.- Por favor, tomen asiento…

La otra mujer solamente sonreí con una expresión divertida, con la oscura sensación de que conocía una broma que el resto desconocía a su alrededor. Sus delicados ojos celestes ni siquiera se fijaron en los allí presentes, simplemente miraban a la otra figura. La mirada de un niño que quería seguir pinchando al perro en el ojo hasta que le enseñara los dientes…

Finalmente, se volvieron a mover, como prismas contra la luz, acercándose a las sillas donde iba a iniciarse la discusión. El suave contoneo de la seda parecía susurrar secretos al aire, algunos de ellos mentiras. Sillas moviéndose y el arrastre de la madera contra el alfombra rompió el silencio, mientras todos se colocaban. No obstante, parecía aun pesar sobre los caballeros.

-Permitanme presentarme…-continuo, posando su mano sobre su pecho, centrando su mirada en su cuerpo- Mi nombre es Casandra Von Schuyler…Segunda princesa del reino de zhalmia y representante del Ejercito Real Zhalmiano. Por diversos motivos, mi estimada hermana, la capitana de los ejércitos zhalmianos, no estaba disponible para acudir a este enfrentamiento y se me pidió encargarme de esta batalla. Por favor, sean pacientes conmigo, estaré a su cuidado -añadió, con un escaso movimiento de cabeza y una alegre sonrisa, cordial y educada.- Ahora…me gustaría conocer más de los que serán mis compañeros en este enfrentamiento…
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