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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Criaturas Norethianas: Espectro

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Criaturas Norethianas: Espectro

Mensaje por Strindgaard el Dom Jul 22, 2018 7:55 am

Su equilibrio era deplorable, pero no le faltaba empeño. Bajó dando tumbos por la escalera que daba a la bodega inferior, aferrado con ímpetu de la improvisada escalera. A medida que su difusa figura se acercaba al suelo, la antorcha en su mano daba forma a las siluetas de los sacos, cajas y barriles que conformaban la carga del Reina Vanidosa, la fragata en la que viajaba hace más de dos semanas desde Taimoshi Ki Nao hasta las costas de Daulin.

Bajaba lentamente, pues la jarcia iba y venía, pero no por obra del vaivén constante del barco, sino porque estaba borracho. Digamos una cosa de Strindgaard: si para algo era bueno era para beber y mantenerse ocupado.
En la primera semana se había deshecho de los problemas contables del comerciante que les acompañaba a cambio de algunas monedas, había enseñado unos cuantos nudos de su propia autoría al capataz y sus ayudantes por el mero placer de enseñar. Reparó las jarcias y los aparejos a cambio de pagar su pasaje, y se sumió en la cocina y mejoró la calidad se las comidas (había aprendido una que otra cosa luego de conocer a cierto anfibio) a cambio de ser siempre el primero en la fila a la hora de la cena. Cuando el mar se extendía en todas direcciones lo preferible era mantenerse ocupado. Pero aun así quedaba mucho tiempo libre, cosa que no le gustaba para nada. Mantener sus manos ociosas era una tarea imposible, ya que su mente estaba constantemente yendo y viniendo en nuevas preguntas, conjeturas y teorías de los cómo y los por qué de Noreth. Pero cuando se hallaba sin nada que hacer, cuando los libros que cargaba habían sido releídos ya por tercera vez, su concentración se volcaba en su primera especialidad: emborracharse.

Los estibadores reían desde arriba, asomados por la compuerta como un manojo de gaviotas chillonas. Pero cuando llegó el demonio hasta la cubierta ya no parecían tan contentos como antes.
Anda, ya ha sido bastante por esta noche. Sube muchacho.—dijo el más viejo de ellos, alentando al demonio a regresar.
Los demás estibadores rieron por lo bajo, y siguieron alentando al demonio a cruzar.
La bodega era un sitio bastante frío, pues se encontraba en la parte inferior de la fragata, bajo el agua. A los costados se podía apreciar los gruesos maderos que le daban forma al barco, como costillas de un leviatán. La carga se encontraba bien acompasada a lo largo y ancho, producto del trabajo arduo de los estibadores. Los barriles se hallaban amarrados, las cajas apiladas y los sacos cubiertos con una lona para capear la humedad. En medio de todo ello había un largo pasillo que iba de proa a proa. La luz de la antorcha se perdía tratando de llegar hasta el fondo.
No… He dicho que me enfrentaría a su fantasssma.

Había apostado una botella de sake a que cruzaría la bodega a media noche, algo que sonaba bastante sencillo hasta para alguien borracho. Pero los estibadores le habían asegurado que en lo profundo de aquel sitio helado y silencioso habitaba una figura sacada de esas historias que cuentas alrededor de la hoguera: un espectro. Strindgaard nunca había tenido la oportunidad de conocer a uno, pero no era la perspectiva del nuevo conocimiento lo que lo hizo bajar a altas horas de la noche, sino la promesa de la botella de porcelana que contenía el fuerte aguardiente de la isla de los cerezos.
Venga, sube crío. —El más viejo de los estibadores sabía lo peligroso que podía ser aquello de andar perturbando el descanso del espectro.
He dicho que no —lo encaró del demonio enarbolando la antorcha—. Voy a cruzar… y tendréis que darme ese ssake.

Los estibadores fueron los primeros en sentir el frío anormal de la bodega, sus sonrisas se fueron borrando poco a poco mientras la antorcha fue iluminando la figura en frente al demonio.
Era parecido a un hombre, alto y enjuto, embutido en uno de esos trajes de capitán típicos: gabán, botas y un sombrero de tres picos que ocultaba casi en su totalidad su rostro, lo poco que dejaba a la vista revelaba unos ojos blancos y acuosos en unas facciones angulosas.
Avanzó hacia el demonio con ese paso corto e indeciso que suelen usar los ciegos, levantando la mano hacia él.
A los estibadores se les cayó el alma al piso, comenzaron a gritar al muchacho para que corriera. El fuego de la antorcha se había puesto azul. Aquella mano llena de dolor e infortunio se acercó al punto de rozarle el pecho.

El espectro miró al demonio con ojos vidriosos, éste con una media sonrisa le susurró:
¿Le pretendes robar al ladrón?
El ser chilló con rabia al sentir como el demonio le robaba su esencia. Se retorció de dolor y con los ojos desencajados se alejó para desaparecer entre la carga.



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Strindgaard

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