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Criaturas Norethianas: Can Infernal

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Criaturas Norethianas: Can Infernal

Mensaje por Strindgaard el Jue Ago 02, 2018 6:29 am

La capa del demonio restallaba y arremolinaba a su espalda. El fuerte viento proveniente del mar estaba cargado de sal y malos augurios. La pequeña playa se encontraba llena de roqueríos en los cuales las olas rompían violentamente. Por el temperamento del mar el solitario barco que esperaba se encontraba bastante alejado de la costa. Todo parecía auspiciar una gran tormenta. El cielo de color cobalto que los amenazaba con romper en cualquier momento era prueba de ello.

El sonido de los cascos contra la arena lo sacó de sus pensamientos. Había llegado el momento. Su montura salió de entre el roquerío en donde se escondía piafando por el sonido cavernoso de las olas. Apareció justo a tiempo para detener el avance de quien se acercaba a galope.
El pistolero se detuvo en seco, su montura se encabritó de súbito. El demonio le detuvo el paso, en su regazo reposaba un arcabuz que sujetaba con la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía las riendas y apoyaba el cañón para apuntar al bandido.
No es que Strindgaard supiera usar el arma, pero con solo parecerlo bastaba.

Frenkin Tate. —A la espalda del bandido se detuvo su persecutor, un divium bastante alto como para pertenecer a esa raza—. Se acabó el camino.
Lo habían logrado atrapar. Rocas por un costado, el mar por el otro. El demonio y el divium se acercaron cerrando el espacio. La presa se rebulló en su silla. Se trataba nada más ni nada menos que uno de los de la Pandilla de los Tate, casi una cincuentena de bandidos que se habían encargado de traer el caos a la costa del Golfo de Fuego, diezmando los poblados de pescadores y comerciantes que se encargaban de mantener el mercado entre los continentes de Weostym Olum y Efrinder.
Los lugareños les llamaron La Peste, habían matado a sus hombres, violado a sus mujeres y sacrificado sus animales. Los campos habían sido rociados de sal, y por los ríos corría la sangre de los cuerpos que flotaban en sus orillas.

Se habían hecho con el pueblo principal, tomaron el control de los barcos comerciales logrando robar cientos de kulls en especies, y tomaron decenas de hombres que transformaron en esclavos.
El grueso del grupo partió con los barcos con rumbo desconocido, pero por el lugar habían quedado algunos de ellos, a la espera de que llegase nueva mercancía para robar.
Pero en vez de eso llegaron ellos.

Baja del caballo. Lento. —El compañero del demonio se llevó las manos al cinturón, cerca del revólver. Sus alas parecían una enorme aura negra a su espalda—. Tira el arma y desmonta. No lo volveré a repetir.
El bandido rió como si hubiera escuchado el remate de un chiste. Se encogió de hombros y de manera pausada se llevó la mano al cinturón y tiró su revólver a la arena húmeda.
Supongo que valgo más vivo que muerto, ¿no es así? —El sombrero del menor de los Tate salió volando presa del viento, su negro cabello grasiento bailó sobre su cabeza—. Ya me parecía raro no tener toda la espalda agujereada.
No te pases de listo. —El divium comenzó a preparar sus hechizos, algo en los ojos del muchacho le daba mala espina—. Te queremos vivo para que pagues por lo que hicieron tu pandilla y tus hermanos.
Tira la espada y los cuchillos que lleves contigo. —La voz femenina del demonio era juvenil, pero fría, como el de una aristócrata de Esmeralda acostumbrada a la política—. También sabemos de aquel altar en tu guarida —dejó que el bandido saboreara la frase—… Te espera una larga estadía en Samrat, jodido impío.

Una pluma blanca se desprendió de la mancha que cubría el ala izquierda del compañero del demonio. Una gota de lluvia cayó, solitaria desde el cielo y se estrelló en el cabello rubio del demonio. El bandido volvió a soltar una risotada, comenzó a bajar lentamente de su montura.
¡Tira tus armas!
A mí nadie me da órdenes, so puta. —masculló mientras bajaba lentamente de su caballo—. Además, no esperarás a que me entregue sin más, ¿o sí? —El alado miró a la joven de reojo y quitó el seguro de su revólver—. ¡No pienso terminar encerrado en ese hoyo de Samrat! ¡Antes la muerte!

Con un solo y ágil movimiento Frekin Tate preparó realizó su invocación. Se llevó las manos al pecho mientras engarzaba una palabra tras otra en un cántico profano.
El Cazador había desenfundado su arma mucho antes de que el bandido hubiera tocado la arena. Apuntó a su rodilla y disparó. Pero el disparo se perdió en la maraña de patas, hocicos y lomos en llamas, que surgieron a borbotones desde el pecho del bandido.
¡Perros del Foso! —Chilló el demonio, a espaldas del bandido. Sujetó el arcabuz entre sus manos buscando desesperadamente el gatillo.
El caballo de Frekin dio coces y piafó desesperado cuando uno de los canes pasó por debajo de éste para atacar al demonio. Strindgaard apuntó mientras su rostro se había transformado en una máscara de concentración.

Los perros corrieron hacia el alado con sus fulgurantes cuerpos brillantes. Los ojos del cazador se movieron de un lado a otro: eran seis, cuatro se acercaban a toda prisa, los otros dos habían ido por la muchacha. Su montura lanzó un relincho y se paró en dos patas cuando tuvo las llamas encima. Un certero disparo en la cabeza terminó con el perro más cercano, los dos siguientes saltaron a la cabeza de su caballo cuando el animal encabritado hacía lo posible por huir. El Cazador abrió las alas para parecer más grande, y lanzó un aleteo para no perder el equilibrio. La pistola que había ejecutado el primer disparo ya se encontraba sobre la arena, en su mano derecha ya apuntaba su revólver favorito. Disparó una bala psiónica justo cuando su caballo regresaba sus patas delanteras al suelo y los perros saltaban sobre su cabeza.

El arcabuz era un arma respetable, de la clase que se fabrica para romper una armadura pesada. El disparo atronador pasó por sobre los dos canes que se dirigían a toda velocidad hacia el demonio y se alojó en la montura del bandido, reventándole el cuello y salpicando sangre por todos lados. La cabeza del animal colgó pesadamente por un costado mientras éste se mantenía por unos segundos de pie antes de caer pesadamente sobre Frekin Tate.
Los canes saltaron sobre el demonio, de pronto ya no había tal, y el caballo recibió sobre sus cuatro traseros los colmillos fulgurantes de los dos perros.

El combate del divium era un caos de disparos, fuego, espadazos, dentadas, maldiciones y bufidos. El alado se había desecho de tres de los endemoniados animales, el último en vez de luchar contra él se había lanzado contra el cuello de su caballo y ahora se encontraba consumiendo su carne.
Hey, cabrón —El perro sacó su hocico de un rojo brillante del forado que había hecho en la carne de la montura. El disparo le desfiguró la cabeza hasta volverla una informe masa sanguinolenta—. Malditas bestias.

Las olas devolvieron a la costa un empapado demonio envuelto en su imagen de mujer. Abrazado a su pecho, temblaba por culpa del invernal tiempo. Sacudiéndose el agua, el demonio voló el último tramo y buscó los canes que restaban con dos de sus dagas en las manos. Pero solo se encontraba su compañero, y seis cadáveres que ya comenzaban a consumirse en su propio fuego.
¿Dándote un chapuzón? —preguntó el alado con tono neutro, pero con sus ojos cargados de ironía.
¡Ayudadme a salir de aquí! —masculló el bandido, con sus piernas aplastadas por su montura.
Ya sabes —respondió el demonio con su voz femenina—. Los nobles solemos bañarnos más de una vez al año. Aunque hubiera preferido agua sin sal. Esta arruina el cabello.
Un par de gotas más cayeron del cielo. De un momento a otro comenzó a llover torrencialmente, apagando los rescoldos de los canes infernales.
Tus deseos son órdenes.



El mal es un punto de vista.
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Strindgaard

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