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Criaturas Norethianas: Kaoras

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Criaturas Norethianas: Kaoras

Mensaje por Boxy el Dom Ago 12, 2018 8:32 pm

Pumpurrnickel (puesto que ese era su nombre, por más que su dueña no fuera capaz de pronunciarlo correctamente), observo a la elfa que usualmente le daba de comer, roncando a pierna suelta con un pecho fuera en la cama de la habitación que había alquilado en la taberna, luego al ventanal medio abierto, luego a su dueña otra vez, que soltó un particularmente sonoro ronquido que casi la despertó. No se iba a dar cuenta… ¿cierto? Solo quería ir a echar un vistazo, y la ventana ya estaba abierta, no hacía falta que la despertara, seguro que se enfadaría si la despertaba para algo tan poco importante…solo un vistacito…

En segundos, el Kaoras estaba fuera, agitando su áspera cola al viento, olfateando. No tardo en decidirse por el mercado, no solo por la mezcla de olores a setas, castañas y tierra mojada, sino por toda la gente que había a pesar de ser tan temprano. Desde el tejado, en su privilegiada torre de guardia, extendió el cuello para ver mejor a las personas y todos los colores que sus particulares ojos le dejaban ver. Una oronda señora de voz alegre, que parecía llevar una escoba a todos lados mientras ligaba descaradamente con todo joven que pasara cerca tenía un intensísimo color azul grisáceo, soledad y tristeza. Un hombre que parecía vender carne de venado tenía un suave color amarillo, gentileza, lo que contrastaba seriamente con su oficio, de naturaleza violenta. ¿Y ese sacerdote de aspecto amable, que hablaba con unos niños? Desprendía un violento rojo y lujurioso morado.

Y entonces lo vio, un carruaje llegando a la ciudad, con el conductor teniendo un aburrido gris salpicado de motas de morado. La elfa de dentro era exactamente lo contrario, con el morado más intenso que jamás había visto, con un poco de rosa y amarillo. Pero por más destacable que fuera la elfa, lo que llamaba la atención era… la caja que llevaba como equipaje, un cofre viejo, indistinto, que podría tanto haberse comprado en una tienda como encontrado en algún lugar conteniendo tesoros. Ese cofre desprendía un aura negra que no había visto nunca, no de un color tan puro ni con tanta intensidad. Más que un aura, era tan densa y extensa que parecía miasma, escurriéndose a ras del suelo a medida que el carruaje se abría camino como algún tipo de aura nefasta, eclipsando brevemente las de aquellos con los que se cruzaba. Esta vez, la inmensa curiosidad que caracterizaba a los de su raza fue brutalmente aplastada y sofocada por el instinto de supervivencia, y el pseudogato salió por patas, saltando tejados hasta llegar a la taberna, a la ventana dejada abierta y meterse dentro. Una vez allí, en la (falsa) seguridad de la habitación, subió a la cama, sin duda ensuciando las ropas y le dio con el morro a su dueña hasta que esta se movió un poco, acurrucándose entre sus brazos tembloroso. No era su hora para dormir. Ni siquiera su día, pero creía que haría una excepción, allí acurrucado en un caliente abrazo.
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