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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Criaturas Norethianas: Escudón

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Criaturas Norethianas: Escudón

Mensaje por Bennett el Dom Ago 19, 2018 1:12 am

Caminar entre la niebla y la vegetación mutada no fue algo que apreciará mucho, y menos arrastrando la cabeza de un beholder... o debería decir, a un beholder, porque todo lo que son es una cabeza. No me sentía muy seguro deteniendome en ningún lugar, y el hecho de que en una zona corrupta hubiesen el doble de raíces grandes que en partes normales de la jungla poco me animaba a detenerme para encender una fogata, no había ningún lugar que pareciera ni cómodo ni seguro, aunque yo caminaba más buscando la comodidad, tal vez no había ningún lugar seguro en esta parte de la jungla, al menos no pasados los minutos de no moverme del lugar.

Pfft... hace un frío... —me pase la mano por un brazo, generando fricción para calentarlo un poco, ahora que ya no tenía mi capa para cubrirme fue cuando empecé a notar lo realmente frío que era está zona corrupta en comparación a la calurosa jungla— y de paso no tengo mi espada... esto es solo un dolor en el trasero, ¿a qué sí? —levante la cabeza del beholder, hablándole a la misma.

Seguí caminando y pronto conseguí una área relativamente plana, en la que podría montar mi fogata. Tire la cabeza del beholder frente a mí y saque una daga, entonces empecé a cortar la base de los tentáculos, eran un poco más duro de lo que parecían, por lo que lo jale para tensar el primero y cuando logre cortarlo, por estarlo jalando hacia mi sin querer me lo pegue de la cara.
Tire ese tentáculo con ojo a un lado, aguantándome las nauseas que me causó pegarlo en mi rostro, ya tenía el estómago algo revuelto pensando en cómo demonios me iba a comer parte de la cabeza. Después de terminar con los ojos clave la daga en el ojo central y lo saque, sacando la lengua y corriendo un momento atrás de un árbol porque creí estar a punto de vomitar, pero todo lo que salió fue saliva, aunque un sabor amargo se posó en mi boca.
Volví con la cabeza y empecé a despellejarla, luego de terminar parte del despelleje, decidí que comería las mejillas porque era lo que me daba menos asco. Procedí a buscar un montón de rocas, unas para colocar la carne que corte de sus músculos maseteros y otras para hacer el círculo en el que estaría mi fogata. Entonces me levante, tome la cabeza del beholder y la tire tan lejos como pude, no fue una gran distancia, pero ya no podía verla y eso me bastaba.

Ahora a encender la fogata... —abrí mi mochila, y busqué entre mi saco de dormir el pedernal, mientras buscaba me acordé de que ya me había gastado toda mi madera y que tendría que buscar un poco alrededor. Con el pedernal en mano, cerré la mochila y no camine muy lejos, alejándome a lo mucho dos árboles de donde estaba trayendo toda rama no muy grandes y hojas muertas del suelo que conseguía, una vez tenía todo, me devolví y lo acomode entre el círculo de rocas y empecé a crear chispas hasta lograr encender una llama, puse mis manos alrededor y empecé a soplar para avivar, cuando empezó a consumir la yesca y la madera me eche atrás, tome los trozos de carne que corte y empecé a lavarlos con agua del odre. « Bueno, se... se ve limpio, al menos » agite el odre al terminar, me había gastado poco más de la mitad limpiando muy por encima la carne. Atravesé un trozo por cada una de mis dagas y empecé a cocinar la carne.

Ver el fuego arder me empezó a recordar mi pasado. Un día muy en específico...
(...)
Era uno de los días en los que era solo un esclavo de las Ilusiones del Desierto, una banda de ladrones y asesinos que me atraparon cuando intente asesinar al jefe. En ese entonces yo tenía solo 16, tenía el pelo corto, muy corto, aún no tenía tantas cicatrices como ahora, y mi ropa no era más que un montón de harapos. Me encontraba en un bar de səhra şəhəri, esa ciudad... recordarla me hace preguntarme quienes son los verdaderos animales en este mundo.

Mi dueño se encontraba hablando contra una mujer de mala apariencia, no estaba prestando gran atención a los detalles de lo que discutían, ya que me concentraba más en detallar a la mujer, era alta y marcada, de pelos rubios y largos, estaba usando un traje de metal y cuero, no podía ver demasiado de su cuerpo, porque como muchas personas de Sülh Dunes, tenía una capa con capucha encima, una de color rojo. A esa mujer le faltaba el ojo derecho, llevaba un parche negro con una figura bastante interesante en él, no tenía de qué era, y ahora tampoco lo sé, pero sospecho que se trataba de algo que tenía que ver con ingeniería rúnica, sin embargo, lo único que sé de eso es que existe, pero eso no importa. Su apariencia tampoco era la gran cosa para lo que uno veía en esa ciudad, sin embargo, la mujer sostenía en sus manos una cuerda, uno mucho más gruesa que la que yo llevaba alrededor del cuello, siguiendo la cuerda con mi mirada llegue a observar a una criatura enorme detrás de ella, parecía un caballo con una armadura, el animal se veía algo apagado, quizás hasta triste, al igual que yo, se encontraba atado por una cuerda, aunque a diferencia mía, dudaba de que una criatura así no fuese más fuerte que la persona que sostenía el otro extremo de la cuerda.

Woah... —me acerque al animal sin pensarlo demasiado, y le toque suavemente la cabeza. El escudón me vio y abrió un poco la boca, aunque justo antes de emitir un ruido, habló su dueña.
¡Eh! ¿Qué te crees que tocas, chamaco? —me dijo agachándose, con un tono inicialmente molesto, aunque repentinamente sonrío y me enseño la cerveza que llevaba en la otra mano—. ¿Quieres un poco? ¡jajaja! —la mujer subió su mirada, y movió la cabeza de arriba a abajo suavemente, asintiendo, mientras miraba a mi dueño.
¡Deja eso, enano! —me gritó y levanto la mano, lo ví a los ojos, lo único que podía diferenciar bien en su cara, que iba tapada por una capucha además de una pañoleta que le tapaba boca y nariz, en cuanto chasqueo los dedos uno de los miembros de la banda que me sostenía dio un jalón a la cuerda, poniéndome detrás de él— Tch... ¿qué te hizo cambiar de parecer, eh, anciana? —le pregunto mi dueño, alzando una ceja y cruzándose de brazos.
Es raro ver niños por aquí —la mujer soltó una carcajada, inclinando la cabeza un poco a un lado, antes de mirarlo de nuevo a los ojos—, completos, quiero decir. —se pasó la lengua por los labios al terminar de hablar, mirando hacia donde yo estaba. Un frío horrible me recorrió aquella vez, tanto que lo que antes era enojo de haber sido jalado del cuello casi ahogándome ahora era alivio. No sabía si era una pedófila o una canibal. O quién sabe qué.

Mi dueño entonces me apostó con esa mujer como habían acordado, se sentaron y pidieron carne de cerdo para comer, el que ganaba se llevaba el esclavo del otro, aunque ese día, por lo que me estaban apostando, me sentí más como una mascota.

(...)

Volviendo al presente, me acordé de la carne que se estaba cocinando y la aleje del fuego, se me había quemado, pero solo un poco. Le di un mordisco, esperando un sabor asqueroso del que me arrepentiría toda mi vida. Pero no, sabía a cerdo, solo que sin ningún condimento ni salsa ni nada, pues tampoco era el sabor más fabuloso del mundo...
Excepto que yo tenía mucha hambre, y para mi lo era, solo por esta vez. En cuestión de pocos minutos, menos de 3, tal vez incluso menos de 2, ya me había acabado una mejilla, me quedaba la otra, pero decidí que sería mejor guardarla para más tarde. No sabía cuánto tiempo más iba a permanecer en esta zona corrupta, donde seguramente escaseaba la comida en comparación a otras partes de la jungla.

Me puse de pie mientras me pasaba el puño por la boca, limpiandome de los restos de la comida y agarre un montón de hojas, las puse todas juntas y sobre ellas la otra carne cocinada, desate mi odre un momento, para tomar una de las pequeñas cuerdas con el que lo ataba y usar esa para atar las hojas, intentando hacer un envoltorio improvisado para la carne, la puse en el bolsillo pequeño de mi mochila y el pedernal en el grande junto al saco de dormir, la cerré y até mi odre mientras empezaba a caminar, con una de mis dagas en mano para cortar la maleza que seguramente me esperaba.
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Bennett

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Relatos de un hombre cualquiera en una jungla

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