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[Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

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[Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Bennett el Vie Ago 31, 2018 8:08 pm

El pueblo de Nertheliam era un lugar colorido y lleno de actividad y vida, ubicado en una isla refugiada muy allá al noroeste, entre mares cálidos. El pueblo pertenecía a la isla de Thalis Nertheliam, hogar de Thalis Arys y Thalis Nhord, ambas academias prestigiosas en sus áreas que se trataban de magia y ciencias alquímicas respectivamente, pero no eso no importaba…

En Nertheliam existía una posada-taberna de enorme fama, o mejor dicho, infamia, un establecimiento fácil de encontrar en el pueblo ya que era uno de las edificaciones más grandes del mismo. Ofrece los mejores de los servicios, los mejores cuartos, la mejor “compañía”, el mejor alcohol, la mejor música, comida… pero claro: solo para las mejores carteras. Sus precios exorbitantes se habían hecho conocidos a lo largo de Noreth, lo cual combinado junto al prestigio tan grande de las academias atrajo a más de una familia adinerada y arrogante, que visitaban el lugar más solo para poder decir que ellos estuvieron en el mismo que por tener un interés real en visitarlo. El nombre del lugar llevaba el de su creador: El Dragón Tuerto, un viejo pirata infame que había viajado en su juventud a las Islas Desconocidas y había regresado con vida, junto a su tesoro y más preciada posesión, una sirena viva.

La posada tiene dos edificaciones unidas a la principal, cada una de estas edificaciones es una taberna aparte, incluso entre los más adinerados, el segundo es solo para gente de la más alta clase, de forma que la realeza pudiera tener un lugar para ellos y no juntarse con los “pueblerinos” y otros que no ven de su clase. En este segundo edificio se dice que en la última de sus puertas, más allá de la cocina estaba el cuarto de El Dragón Tuerto, donde tenía a la sirena encerrada con él. Como el pirata, se cree que la sirena está muerta ya, pero muchos otros claman de que ha de seguir viva en el cuarto, escondida en alguna parte, de alguna forma.

Ese pueblo, específicamente esa posada era el punto de encuentro. En el primer bar que era accesible para aquellos que no eran de sangre azul.
A pesar de los costos del lugar, el gobernador del pueblo de Nertheliam había dado ya hace mucho un decreto de que cualquier persona que poseyera un establecimiento a su nombre en el pueblo, tenía un 70% de descuento en el bar, lo que hacía que hubiese muchísima más gente de lo que podría esperarse en un sitio tan caro. Mayormente ocupado por humanos, pero no faltaban otras razas, claro: elfos, ninfas y diviums era el platillo principal para los que estaban allí en búsqueda de una noche de pasión; pero también habían orcos y enanos, varios de ellos sirviendo su afamada cerveza para el deleite tanto de los lugareños como los turistas. Una banda tocaba en el escenario, unos llamados Notamancia, nombre que sacaron de la simple combinación de nota más el mancia que llevaban varias formas de magia.

Aunque su música era suave y relajante, en las partes más vividas y alegres de sus canciones no faltaban el grupo de borrachos que cantaban juntos, unos apoyándose de los hombros del otro, alzando sus copas de cerveza y chocándolas, perdiendo el control y a veces, cayéndose al suelo. Está de más decir que por supuesto, tampoco faltaban las parejas danzando en la pista de baile, y los hombres y mujeres solas buscando quien les sacara a bailar, sí es que no por más intenciones que esas. Pero bueno, cada cabeza es un mundo, y no todos, especialmente con varias copas arriba, se iban a poner pensar si querían robarle o no. Eso si, El Dragon Tuerto sí que robaba a todos.
Entre las caras de facciones variadas, ropas de distintos colores, una raza u otra resaltaba un hombre humano, sentado en la mesa más grande del lugar, que se encontraba totalmente vacía más allá de sí mismo.

Era un sujeto alto, fácilmente pasando de más de metro ochenta, pero no llegando a los dos metros. De cara atractiva aunque con una visible cicatriz sobre la nariz, otra que atraviesa su ceja derecha, y un par más en la mejilla izquierda, cruzadas como si se tratasen de una cruz invertida y ligeramente inclinada; con el pelo lacio y sostenido en una cola, el hombre lamía sus labios, aparentemente impaciente, esperando a alguien. Tiene la barba corta pero presente, y luce un bigote con todo su orgullo. Viste elegantemente aunque hay algo medianamente casual en él, lleva una camisa de negra mangas largas que trae recogidas, casi como para enseñar las cicatrices que cubrían sus antebrazos. Sobre su camisa lucía un chaleco azul cerrado con un bolsillo, aparentemente hecho de tela muy fina, pantalones rojo oscuro y botas de cuero negro, pulidas y brillantes, además de puntiagudas. Entre sus accesorios llevaba múltiples brazaletes en el brazo izquierdo, todos hechos de un acero distinto, anillos en el dedo índice y medio de su mano izquierda, aretes en ambas orejas, un pañuelo azul en el cuello y un largo trapo rojo en la cintura, con su cinturón por encima del trapo. En su cinturón reposaba una espada curvada, con una runa inscrita visiblemente en ella, y una pistola de cañón corto.

Referencia visual:


Este hombre era el Capitán Earl, o como simplemente le conocían en varios lugares, El Halcón, producto de su fascinación por las aves y su perfecta puntería. En su hombro izquierdo descansaba un cuervo, uno muy tranquilo y aparentemente amaestrado, usando un collar con un cristal rojo en el centro. Este hombre miró hacia una de las ventanas del lugar, viendo que el sol ya tenía entre sus planes ocultarse. Faltaban pocas horas para partir al lugar del que hablo en sus papeles de reclutamiento: Dinas Aur, la ciudad de oro.

Earl dejo salir un suspiro, varios de sus hombres habían resultado una panda de cobardes inútiles, asustados de unas pequeñas olas y supersticiones estúpidas sobre el lugar. Cerró los ojos algo amargado por este recuerdo, alcanzo por su pistola y la apunto al techo, disparando, cancelando por un momento la fiesta que tenían montadas varias personas en el bar y deteniendo la música de los miembros de Notamancia. Olio un poco del humo que liberara la pistola de su barril y después la soplo, volviendo a guardar su arma. Aunque hubiese más de un guardia en el lugar, nadie se atrevió a decirle nada al hombre. Para romper el hielo, un enano se acerco al hombre y le ofreció una bebida.

Tiene mucho sentado ahí solo, Capitán, ¿seguro que no quiere pedir una bebida? —le comento cuidadosamente con un tono permisivo, diferente del que usan los enanos sobre algunas personas cuando quieren encasquetar algo.
El Capitán, conociendo como eran de insistentes los enanos negó con la cabeza, pero un chillido de su cuervo que pareció intentar articular la palabra cerveza lo hizo reconsiderar.
Bien… sabes que traerme, no aceptaré nada que no sea la más fina cerveza enana, pura. Dos vasos —respondió al enano, dejando deslizar una bolsa completamente llena de monedas de su mano a las del enano que fue corriendo a servir la cerveza.

Ante esto, la hesitación desapareció del ambiente y la banda siguió tocando, lo que avivó las cosas nuevamente en ek lugar.

El enano volvió con la bebida del hombre y este acerco el enorme vaso hecho de madera al pico del cuervo, que tomo múltiples veces del mismo, después de ello él tomo un trago del vaso que pidió para sí y lo puso en la mesa, esperando. Ante la escena de darle de comprarle de beber la cerveza más cara del lugar para un cuervo varios ojos no pudieron resistirse a posarse sobre él, esto no había sido mas que una demostración más, para atraer a aquellos aventureros que reemplazarían a los que habían sido alguna vez sus hombres sí ya se encontraban en el bar; o para que fuese fácil que lo localizasen si uno preguntase por un capitán en el mismo.
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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Malina el Mar Sep 04, 2018 10:15 pm

La aventura en el archipiélago de la gente de ojos rasgados fue emocionante, Malina aún dejaba que el éxtasis recorriera sus entrañas, estaba viva y locamente enamorada de la incertidumbre. Y por vez primera entendía que el yugo del apellido, la historia confabulada antaño por sus ancestros y su matrimonio no eran más que un mero desastre, del que paulatinamente iba liberándose.

Ahora que estaba lejos, pese a que formaba parte del sacro plan, nadie había propuesto la simple pero eficaz idea de alejarse, ¿qué la podía detener? No había mayor injerencia de parte de su esposo, del cual solo había un lazo que no iba más allá del papel, Lewe se dio el lujo incluso de empeñar el anillo para poder seguir alejada de todos, incluso de aquel hombre, y así, a expensas de su desaparición, decidió que no era mala idea emprender una nueva ruta. Fue así que, una vez efectuado el curioso intercambio, partió en la noche, dejando a Hubert dormido en la posada, mientras ella tomaba sus pocas pertenencias y se encaminó por última vez por las calles de Thaimoshi Ki Nao.

Se había empezado a acostumbrar a la actividad nocturna, cubierta con una capa y escondido el cabello en un apretado rodete, Malina daba pasos asustados y presurosos, saboreando así, a momentos, el goce del escape. Fue a dar a una taberna, lo reconoció por el olor a licor de arroz propio del lugar y se abstuvo de entrar – “Así voy a llamar la atención” – se dijo, pensando una solución. A medida que iba alejándose de la taberna, logró escuchar que pronto iba a zarpar una barcaza con rumbo desconocido, con especias, al parecer los tripulantes se habían mantenido juntos en aquel lugar, esperando, juntos, la hora en que el capitán dé la orden, o aparezca después de la borrachera. En ese lapso, la chica obtuvo un dejo de iluminación: un par de calles más allá, dentro de un callejón sin salida, había ropa colgada, ya seca –según pudo tantear-lo suficientemente neutral como para pasar desapercibida y abrigada. No dudó mucho sobre lo que había que hacer.

-x-


Ya vestida, Malina seguía con sigilo a la tripulación, atenta a comportarse como ellos, o casi, ya que sus movimientos sinuosos le hacían ver, de espaldas, como un marinero bastante afeminado. De rostro cubierto, iba escuchando cómo el tropel iba, con movimientos torpes juntándose en un extraño círculo, con sus bolsos y provisiones. De pronto el capitán, encaminó al grupo al muelle, presentándose. Y por sus facciones pudo entender que, quien comandaba esta empresa, estaba loco de remate: comenzó a hablar de una ruta nueva, y luego otra y otra, no sabía qué había dentro del barco, pero sí que deseaba llegara un lugar, donde la ciudad era de oro.

- ¿Este hombre es siempre así?-susurró sin previo aviso
- Sí, pero con el tiempo te acostumbras – respondió sin meditarlo uno de los marineros. No cruzaron miradas pero intuyeron que ambos iban a ser polizones.

Nunca se dijeron el nombre, pero formaron una curiosa alianza para poder sobrellevar los días en el barco. Mientras el capitán seguía hablando, algunos tripulantes comenzaron a moverse y tomar sus respectivas posiciones, intuyó la joven que se trataría de los más viejos y experimentados, puesto que, al ver sus rostros resignados a la retahíla de comentarios, dedujo que no era la primera vez que viajaban con él. Empezó así la joven a cargar los bolsos de los demás, solo para pasar desapercibida en la multitud, con el rostro cubierto y el cabello también. El otro hombre en contraparte empezó a revisar la carga del barco, fingiendo contar las cantidades y tomar nota de ello. Y así, con el alba empezando a salir, el barco estaba preparado para zarpar, no de los marineros preparó las velas, mientras el otro soltaba las cuerdas del muelle. Malina estaba arriba del barco, y veía cómo, lentamente las cosas se iban empequeñeciendo y alejando. No se despidió de nada ni de nadie, puesto que de ahora en adelante iba a desaparecer ¿quién la iba a extrañar?

-x-

Para evitar la monotonía, Lewe, deambulaba por el barco, escuchando cuanto podía, solo para que el papel de tripulante sea verídico, y también para entretener sus oídos. En uno de esos recorridos, escuchó, posiblemente la razón de la locura del capitán y la razón de este viaje, era de noche y, sigilosamente, se apegó a la puerta de uno de los tripulantes.

- No hay forma de controlar a este hombre. Lo hemos hecho todo: emborracharlo hasta verlo caer, tumbarlo con un golpe en la cabeza, amarrarlo al asta mayor para que se calme, pero no. El hombre insiste en ir.
- Es como si, cada vez que le vuelve el delirio, se hiciera más fuerte. No hay cómo quitarle de la cabeza que es un martirio llegar a Nertheliam.
- “¿Nertheliam?”
- Solo espera conocer al “capitán Earl”
- No hagas ese gesto, es feo.
- Pero ¿No te aburre? Cada vez lo describe mejor, pero nunca lo hemos visto, solo lo ha “escuchado”. Y siempre ocurre este viaje una vez al año. Y en su cara persiste esa mirada de loco, se le pasa cuando se emborracha, pero ni ahí, vuelve a la cordura ni con la peor resaca.

Se retiró, luego de escuchar cómo describían de forma burlesca al espectro de la mente del capitán: el capitán Earl. Extrañó la noche y salió, subió al carajo y esperó pacientemente a que no la atraparan así, a simple vista, descubierta. Nunca había escuchado de una ciudad que estuviera más allá, de unas aguas cálidas o de que hubiera una urbe sobre una isla; lo intentó una vez cuando siguió a un grupo de aventureros, pero falló ¿Esto también iba a terminar así? Con una mueca de desaprobación rezaba a lo que conocía, que no, que tuviera un buen final esto.

No dimensionó los días pasados, pero ya Lewe era uno de ellos, no compartía sus hábitos higiénicos, pero sí una que otra palabrota y actitud más despreocupada. No entendía si eran muy despistados para no darse cuenta de que era una mujer, o sencillamente daba lo mismo, a sabiendas de que la cabecilla de la empresa estaba loco de capirote. Se había acostumbrado a comer en la mesa con ellos, y a tratar de no imbuirse de las locuras del capitán, pese a que lo último era un tanto difícil ya que, por la forma apasionada en que hablaba de todas esas aventuras, parecía, a lapsos, que era real; mas era cosa de ver la cara de sus secuaces para darse cuenta de que, tal vez y todo sea parte de su ilusión. Aun así, guardó para sí, las apreciaciones de cómo era el famoso “Capitan Earl” y de lo ostentoso y despampanante que era “El dragón tuerto”. Independiente de que fuera una fantasía, Malina no era mejor que eso, se embarcó para huir y ahora iba a eso, a una fantasía sin destino cierto. Sin embargo, parecía que el destino venía preparado para taparle la boca a todos los incrédulos. Un fino hilo de voz empezó a llamar la atención de los presentes: era un muchacho joven, quien, apresurado comenzó a correr hasta el comedor, jadeante y expectante. En silencio, esperaron el dictamen del joven:

- Tierra, Capitán ¡Tierra!

Malina miró al mandamás: sus ojos desorbitados de pronto encontraron el norte, y, apuntándole con el tenedor, todos fueron enjuiciados con frases irreproducibles, las que Lewe no quiso hacer mella ni recordatorio. Todos subieron: y ahí, efectivamente, una gran isla se abría paso mostrando gaviotas que venían a descansar en la proa. Quizás eso fue la gota que rebalsó el vaso, pero fue ahí que el capitán en un acto magnífico recobró la cordura, al menos temporalmente y pidió que, a un par de metros, el barco se detuviera. Atónitos, se miraron ¿qué pasaba por la cabeza de este hombre? La franqueza del momento convirtió al orate capitán en un sanguinario marinero. En cuanto pudo, se puso nuevamente al mando y alzó su pistola, comenzando a disparar a quien se le cruzara en la mira.

- ¡Ah! Ahora sí, esto ya fue – repuso Malina, corriendo con los otros hombres, empezando a formar parte de la extraña masacre.

Todos corrieron y encontraron en el mar un buen refugio, en cuanto pudo, la joven Lewe tomó sus cosas y se lanzó con todo, sin pensar más en lo que ocurría arriba. El silencio se hizo pocos minutos después y Malina estaba allí, flotando, escapando de la mirada de los que aún quedaban en pie, los que, curiosamente, eran los mismos que hablaban a espaldas de él. Asustada observaba como iban botando los cuerpos de los desafortunados al mar, desnudos y sin nada que los reconociera, empezando la barcaza a moverse, presurosa hacia el muelle.

Sin comprender muy bien lo que aconteció, ella solo nadó, con todas sus fuerzas, sorteando el golpeteo de las olas sobre su cara llegando a la playa. Lo importante en ese momento, era recuperar el aire y esperar a que se seque, parecía un tripulante maltrecho, y así esperó a que llegara la noche.

-x-

¿Qué es ese sonido? – Le llamó la atención cómo de un momento a otro, la magna ciudad a la que había llegado, empezaba a llenarse de vida, ostentosa y descarriada vida: con el tiempo no se hacía difícil percibir quién era humano y quién no, quién manejaba dinero y quién era parásito del mismo; la asimetría de las relaciones y la forma en que se iban desenvolviendo, despertaron el aristocrático comportamiento de la joven, quien, con el rostro descubierto, se movía por las calles del famoso “Nertheliam”: -“Si la ciudad es real, entonces es muy probable que quizás, toda la historia sea cierta” – meditaba, buscando un sitio dónde sentarse y quitarle la arena de los pies. Fue así, que descubrió que el nombre de “EL dragón tuerto” era real, y bastante concreto, la música provenía de allí y con ellos cientos de ojos, miradas y manos posadas en distintas partes. Asintió al notar que aquí se manejaba dinero, y bastante, y tal vez llegó justo en el momento en que un balazo irrumpió toda la armonía – “¡¿Qué?!¡¿El loco está aquí?!”- dispuso silencio en la sala, mientras la joven trataba de camuflarse: en efecto el origen del disparo estaba al fondo, mas, para su alivio, el causante no era el orate de hace unas horas; Recordaba las descripciones y la actitud del mismo, sumado a que la historia del loco era cierta, Malina estaba mirando al dichoso “Capitán Earl”.

¿Cómo podría llegar hasta allá, sin ser notada? La respuesta llegó en el momento en que la banda comenzó nuevamente a tocar: con el ritmo, todos no pudieron contener las ganas de moverse y en ese devenir de pasos, Malina empezó a “caminar” hacia el hombre, bailando con uno, abandonando al bailarín y tomando otro, con la embriaguez y la distensión del momento, todo daba igual, todos se parecían y así fue como llegó al enano, quien depositó dos vasos de cerveza fina en la mesa del hombre. Ipso facto, el ritmo se volvió más frenético y un golpe de cadera movió a la muchacha hasta allí, tratando de mantener el equilibrio, apoyando las manos en la mesa. Con un curioso vis a vis, Malina se presentó al cuervo.

- “Pensé que a los piratas les gustaban más los loros” – movió la boca formando una delgada línea en el rostro. Su corazón vacío, no soportaría otra aventura fracasada en una isla. Esperaba de hecho, que esta vez, sí fuera cierto todo lo que dijeron.
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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Strindgaard el Dom Sep 16, 2018 11:36 pm

Había estado allí donde los dioses mueren. De pie, sin hacer ni decir nada, un espectador más de aquella comedia. Mi corazón se había encogido un poco más, mi cabeza se llenó de recuerdos que serían difíciles de olvidar. Sin más consuelo que las pocas enseñanzas que había dejado mi paso por La Isla de los Cerezos, hui de allí, sorteando con vida los embates que preparó Yigionath con tanto esmero. Una prueba más superada de este camino torcido por el que he decidido caminar.
Con este sagrado acto, doy por finalizado tu pequeño lapsus de demonio bueno —saqué la cabeza dentro del barril de vino tinto y miré con los ojos entornados a Kalevala—. Brindemos por los muertos.
Sonreí de mala gana y asentí a sus palabras.
Brindemos.
No había probado la bebida desde que había entrado a estudiar judo a esa pequeña escuela en el monte de Ki Nao. Mi excesiva confianza, que siempre me juega en contra, me hizo pensar que dejar el alcohol sería un asunto sencillo, voluntad férrea, nada más, pensaba. Pero me encontraba bastante equivocado. Habían sido unos meses duros, no tan solo en lo físico, sino también en lo mental. La abstinencia era un asunto serio, algo que no me había tocado vivir nunca, y sinceramente, más jodida que cualquier demonio.
O Casi.
Para cuando pensaba que lo había superado, me encontraba bebiendo sake en algún templo o posada de la isla casi por arte de magia. Tres semanas, esa fue mi mejor marca. Veintiún días sin tomar ni un gota de alcohol, y ahora, bebía directo de un barril de cinco litros un vino purpúreo sacado de alguna viña de Akhdar. Vino de Fuego. Dulce y fuerte, de esos que emborrachan sin que te des cuenta.
Ciertamente, esto de encontrar los diversos ingredientes para salvar a esa Aracne, había sido una tarea titánica. De saber lo que arriesgaría por hallarlos, y el tiempo que emplearía en ello, de seguro hubiera preferido probar suerte contra ese woe en el Storgronne aquel fatídico día.
Lo bueno era que, a pesar de que esa mancha de sangre seguía grabada en mi mano, invisible a los ojos, pero potente en voluntad y fuerza en mi mente, pocas veces había hecho mella en mí. Había tenido la desdicha de sentir la voz de la Aracne en mi cabeza con suerte un par de veces en el transcurso del año, como si se tratara de un recordatorio cuando trataba de huir de mi obligación de recolectar los ingredientes.
Pero a pesar de todo, era momento de relajarme y volver a ser el de siempre. No más actos heroicos, nada más de intentar salvar vidas. Debía preocuparme por la mía por sobre cualquier otra. Y eso incluía la vida de aquella mujer de doble rostro. Que esperase un poco más en su cueva húmeda bajo ese árbol. Yo me voy a buscar una aventura.

¿Cuánto te has bebido ya? —La gata asomó su cabeza dentro del barril y me miró impresionada—. Yo diría que unos tres litros. Vaya, te felicito, me parece que has superado tu última marca.
Gracias. Una vez oí que es muy importante fijarse metas grandes, para así no perderlas de vista mientras se avanza. Así que me beberé el barril completo, será la meta que me propondré hoy lograr.
Vas bien encaminado en ella. Continúa. Estamos por llegar al siguiente puerto, y me parece que es la última escala de hoy. Me apetece dormir en un sitio que no se bambolee y que no huela a mariscos ahumados.

Cuando llegué a la isla, y luego de que se me pasara medianamente la borrachera, noté que el destino me había llevado hasta Thalis Nertheliam, el trozo de tierra rodeado de agua al que pertenecía Thalis Nhord. Sonreí como un poseso y maldije mi suerte: la condenada Thalis Nhord: La Ilustre Academia de Alquimia más grande de todo Noreth. Si existía un ingrediente alquímico realmente imposible de encontrar, en Thalis Nhrod habría al menos una docena de viales rellenos a tope con éste. Tan solo necesitaba entrar, robar lo que necesitaba y mi Deuda de Sangre estaría sellada. La sonrisa no se me quitaba de la cara.
Dicen que El Halcón está buscando nuevos grumetes luego de que su antigua tripulación lo dejara solo en su próxima aventura.
No jodas, ya me enteré del reclutamiento. Piensa ir nada más ni nada menos que a Dinas Aur.
La Ciudad de Oro. Debe tener agua salada en la cabeza si piensa que logrará convencer a alguien de ir hasta allá.
Bajé la copa de vino y miré a mi derecha, en la mesa de al lado los dos estibadores que hablaban llamaron mi atención. Por la manera en que conversaban respecto aquella ave parecían referirse a una bastante trastornada. Justo el tipo de personas del que me agradaba rodearme.
Dinas Aur —dije con una voz llena de seriedad—. Aquel lugar no tiene nada de especial, he ido dos veces hasta allí. No consecutivas. ¿Quién es ese tal Halcón que quiere ir hasta allá?
Los estibadores, que en ese momento bebían, bajaron con lentitud sus jarras de cerveza para sopesarme con sus cansados ojos por un instante, luego se miraron entre ellos y se largaron a reír tan fuerte que en la pequeña taberna del muelle en el cual me encontraba todo el mundo se volteó para verlos.
¡Diantes! Es lo más chistoso que he oído el día de hoy.
Hoy por hoy cualquier idiota se cree que puede venir a embaucarnos con sus historias. De seguro eres uno de esos magos o alquimistas que quieren labrarse un nombre diciendo que estuvieron en Anemos o en Sacralis —soltó una risa más fuerte y luego hizo un ademán para que me largara del lugar—. Sal de aquí muchacho, regresa cuando tengas un poco más de barba y tino.
De un momento a otro dejé de estar en la silla y aparecí sobre la mesa de los marineros, causando tal impresión en ambos que uno de ellos se fue para atrás en su silla y cayó de espaldas, mientras que el otro me miró bastante asombrado desde su asiento.
Hey, venga, no te lo tomes a pecho. Estamos bromeando. —Dijo a la defensiva
Me vi tentado por un momento de sacar mi Equipaje para que se los comiera, pero si tenía pensado estar en la isla el suficiente tiempo para encontrar a ese tal Halcón, lo mejor sería no llamar mucho la atención.
Le di con mi bota a la jarra del tipo que seguía sentado, y mientras la cerveza se regaba por la mesa le hablé con una voz intimidante y carente de emoción.
¿Dónde encuentro al Halcón? —Mi pregunta fue secundada con un ligero movimiento de mi mano para revelar las dagas bajo mi capa.
En, en el Dragón Tuerto. —el estibador tenía un hilo de voz. Al ver que no le respondía y le seguía mirando fijo, agregó—: Es uno de los edificios más grandes en la isla, solo debes seguir la calle principal y te encontrarás con ella luego de pasar el mercado, es imposible perderse.
Mi siguiente gaardeo fue en la puerta de la taberna, para ese momento todos me estaban observando. Me registré los bolsillos en busca de una moneda, pero en Taimoshi Ki Nao había perdido la bolsa.
Miré al tabernero.
Mi nuevo amigo pagará mi copa.

El estibador estaba en lo cierto, era imposible perderse. El Dragón Tuerto era una mole que sacaba varios metros de alto a los edificios contiguos. Luego de mirar por la ventana identifiqué fácilmente al Capitán Earl. Un tipo que salía del edificio me dijo que era el único tío con un cuervo de mascota, además me comentó que el Hakcón no era más ni menos que un capitán de renombre, y que al igual que los tipos de la taberna, pensaba que estaba loco por pretender ir hasta la Ciudad de Oro.
No son pocos los que han viajado hasta allí tomando a la ligera las historias sobre el lugar. Mi padre y mi madre se enlistaron en una fragata que tenía como destino Dinas Aur.
¿Y qué fue de ellos?
Un disparo proveniente del interior de la taberna nos hizo mirar a ambos hacia el interior por la ventana. El Capitán Earl sopló el cañón de su arma y prosiguió con sus labores como si no hubiera sucedido nada.
Sólo los Dioses lo saben —el tipo se encogió de hombros y me miró fijo a los ojos—. Si de verdad tienes intención de ir hasta allá rezo porque no tengas hijos. Es dura la vida de huérfano.
Supongo que luego de aquel encuentro debí haber reencausado mi curso hacia Thalis Nhord, a fin de cuentas morir de algún efecto alquímico o en manos de los guardias era una muerte esperada y conocida. Pero yo no estaba en Noreth para eso, yo estaba para hacer descubrimientos.
Cuando volví a mirar por la ventana me hallé con todo un hallazgo: La preciosa pelirosa con la cual había compartido en Ki Nao se encontraba hablando con el Capitán.

Aquella que entró al Dragón Tuerto seguía siendo yo, pero mucho más rubia y bien vista que mi imagen de desgarbado que busca pasar desapercibido. A veces la mejor manera de ocultar un susurro es dentro de un grito.
Bienaventurado, Capitán. He escuchado que se encuentra reclutando marineros para una expedición —mi jovial voz femenina no dejó escapar ni una duda en el mensaje—, pues no encontrará persona más ambiciosa, servicial y entregada que a mí en kilómetros a la redonda. Cuente conmigo para esta aventura.



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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Frank Morgan. el Lun Sep 17, 2018 2:43 am

Nertheliam... ¿Que decir de ese lugar? Una isla de placer, según tenía entendido. Un lugar donde cualquier persona que tuviese dinero y un gusto por lo exuberante podía encontrar su pequeña porción de Cielo en la Tierra. Desde luego, el Cielo tiene que ganar se (o pagarse, dependiendo de a quien le preguntes): llegar al lugar era toda una odisea para aquellos que no cuentan con un barco propio. O tienes suerte y logras colarte en un barco que por pura casualidad vaya por esos lares, o tienes todavía más suerte y logras meterte de polisón en algún barco y aguantar vivo el tiempo suficiente como para llegar allí, y luego salir corriendo como alma que lleva el Diablo. Volar también era una opción, pero siendo realistas ¿Cuantas personas pueden darse el lujo de conseguir un transporte volador? Y de poder hacerlo ¿Por qué mierda no ahorrarse un poco de esfuerzo e ir en puto barco? No niego que sobren los ricachones con una necesidad de sobre compensar y un ego muy débil en constante necesidad de una palmadita, pero no creo que sean lo que más abundan; por algo le llaman la minoría privilegiada. No, la mayoría de los visitantes son ratas de muchas variedades. Ladrones, prófugos, polisones, estafadores, gente que viene a probar suerte, y mi clase menos favorita de todas: piratas.

Bueno, menos favorita hasta el momento. Desde que me entere de la supuesta expedición que se estaba armando, son mi clase favorita. La idea en si no es nada particularmente interesante, al menos para mí. Una expedición de rescate, o algo parecido; a algún capitán se le habían extraviado algunos hombres y tocaba ir a buscarlos, nada del otro mundo. Al menos creo que así era la cosa. Siendo sincero, cuando vi la suma prometida y el destino del a expedición…como que mi mente se salteo todo lo demás ¿Podría terminar de costear los gastos médicos de mi madre con el dinero de este trabajo? Quizás, quien sabe. Pero uno no rechaza una suma de dinero como esa, o la posibilidad de obtenerla. Si no me ayudaba a pagar el total de lo que necesitaba, mínimo sería una buena parte; seguramente más de la mitad. Sin embargo, había un pequeño truco con respecto a esta oferta laboral: llegar al puto lugar. Convengamos que no era precisamente la isla más accesible de todas, como antes había mencionado. Llegar allí seria toda una prueba en sí misma. Y yo particularmente soy lo que llamarían un marinero de agua dulce….solo que sin el marinero…y sin mucho del agua la verdad. Prefiero los desiertos, las grandes llanuras. Los océanos no son lo mío.

Pero la diosa fortuna estaba conmigo ese día. Bajo mis propios medios jamás hubiese logrado conseguir una forma de poner pie en esa isla. Simplemente no me alcanzaban los ingresos y, aunque hubiese sido distinto el caso, la idea de invertir tanto por viaje de ida y vuelta acabaría derrotando completamente el propósito por el cual había empezado a recaudar en primer lugar. No podía darme el lujo de gastar tanto por la mera posibilidad de una recompensa mayor (que tampoco sumaria mucho al total de mis ahorros teniendo en cuenta los costos) ¿A dónde voy con esto? A que un mercader local necesitaba llevar un cargamento de no-preste-ni-puta-atención-a-que y casualmente se iba directo para la isla a donde yo necesitaba ir. Y casualmente andaba reclutando hombres lo suficientemente valientes y/o locos como para que le hicieran de seguridad por el largo viaje. Muchas casualidades, en verdad; pero a caballo regalado no se le miran los dientes. El viaje fue relativamente tranquilo. No completamente tranquilo, porque hubo un altercado estando cerca de la isla, pero nada demasiado grande porque solo fue el mísero asalto de unos piratas de poca monta. Barrimos con ellos sin demasiada dificultad, bebimos para celebrar, y continuamos camino…no necesariamente en ese orden.

Una vez en tierra firme, fue relativamente más fácil orientarme. No es como si conociera demasiado del lugar, pero la persona para la cual iba a trabajar era un pirata. Y, si se me permite guiarme por estereotipos, los piratas aman las tabernas ruidosas. Admito que esa línea de pensamiento me tuvo dando vueltas un rato, pero al final un buen samaritano se apiado de mí y me dio indicaciones para llegar al lugar donde se encontraba el Capitán Earl, también conocido como mi futuro jefe, si todo salía bien. El Dragón Tuerto, creo que se llamaba el lugar. Hay que ver los nombres que algunas personas escogen para sus tabernas. No sé si es un tópico común es islas que frecuentan los piratas, pero no es la primera vez que leo algo así. “La Almeja Borracha”. “La Gaviota Enferma”. “La no-se-que de no-se-cual”. Ojala que la cerveza fuese mejor que el nombre; al menos tenían buena música. Bueno, no es que haya podido disfrutarla mucho tampoco, porque apenas estaba acercándome al lugar, el sonido de un tiro se escuchó en el aire y de pronto todo se puso en silencio.  Corrí hacia ese lugar, sobra decir. Curiosamente, ningún sonido siguió al de ese tiro. Usualmente a un disparo le sigue otro, o gritos, o llanto, o gente corriendo, pero no. Todos se habían congelado en el lugar. Eso habla mucho de quien había disparado: para tener tal presencia que hasta gritar de miedo le daba miedo a la gente, hay que ser bastante conocido.

Revise mi equipo. Esta era una expedición larga, así que, salvo por mi caballo y el mosquete, había venido con todo. Literalmente con todo. Es lo lindo de esta clase de islas: nadie te ve raro por llevar armas encima. Había visto gente por el camino que parecía un museo de cuchillos. En lo que a mí respecta, tenía mi bastarda y mi Arcabuz colgados de la espalda, como siempre, y el cuchillo de trinchera en el tobillo. Por lo general esta posición iba reservada para el mosquete pero teniendo en cuenta la posibilidad de batallas navales prefería el Arcabuz por ser un arma mucho más manejable y ligera, en contraposición con el mosquete que resultaba más ideal para tiros a larga distancia. Necesitaba hacer algo al respecto “Nota personal, comenzar el diseño de un mosquete ligero, con mejor cadencia de fuego y mayor velocidad de disparo” Si lograba eliminar la necesidad de usar esa puta horquilla, acabaría incluso pudiendo tirar el Arcabuz por falta de necesidad. Además, las cuatro pistolas estaban donde siempre: dos al a cintura y dos a los lados del pecho. Llevaba un abrigo por encima, de modo que ocultase estas últimas armas. Desde luego, quien me viese de lejos ya sabría que estaba armado, pero hay una diferencia entre desenvainar una espada de tu espalda y desenfundar una pistola para disparar desde la cintura. Si algún espadachín listillo pensaba que podía decapitarme antes de que desenvainara, le esperaba una fea sorpresa. Sobre el lanzagranadas y las propias granadas, estaban en una valija pequeña que llevaba conmigo colgando del brazo izquierdo.

Mi mano libre se fue hacia mi cintura, mientras mi cara se posaba contra la ventana para mirar de reojo el interior. Las cosas se habían calmado, y la persona que había disparado no era otro que el Capitán “Halcon”, también conocido como el reclutador. No sé si fue estupidez o codicia, pero luego de ver como mi futuro posible jefe disparaba a la nada y luego actuaba como si nada hubiese pasado decidí que la mejor idea ser acercarme, en lugar de darme la vuelta a irme a buscar otro trabajo. Que puedo decir, los viajes a la “Ciudad de Oro” no son cosa de todos los días.  El hecho de que ya hubiese gente frente a él ayudo: no quería que se terminasen los cupos. Con eso en mente entre al lugar y, mediante ligeros empujones logre llegar hasta la mesa sin perder ni el equilibrio ni ninguna de mis cosas. Ahora la parte más difícil: la presentación.- Capitán Earl, me imagino. Un gusto, me entere de que andaba buscando reclutas para una expedición de…destino peculiar. Frank Morgan, a sus servicios.- Termine con una ligera reverencia coronada por movimiento de mi sobrero. Solo restaba esperar que no me echaran a patadas. Uno siempre puede rezar.
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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Zeena Samaha el Lun Oct 01, 2018 2:27 am

Preparación. Tengo que ir experimentada allí.

Ese era mi pensamiento, a pesar de mis últimas dos aventuras en los desiertos. Necesitaba hacerme con dinero, porque debía preparar mi regreso al barco de mi benevolente captor. A pesar de su buen trato, tenía que volver, y destituirle con mis manos. No buscaría matarle, sino dominarle, y así demostrarle que yo soy capaz de controlar la nave y a su tripulación por los bravos mares de esta tierra que nos han ofrecido los dioses.

Si había que demostrar más virilidad, lo haría. Fornicaría con cada mujer que hiciese falta, robaría cada centavo que fuera necesario, y arrancaría los cojones de quien quisiera hacerme siquiera un atisbo de intento de desbancarme. La Zeena que sólo asentía, recibía y tragaba se terminó. Sólo me mostraría servicial con aquellos que fuesen merecedores de ello. Si bien mi visita con los dracónidos me hizo sentir más limpia, y la visita a la torre fue una revisión total de mi magia, tenía este asunto que resolver.

Pero esto no cambiaría mi forma de ser, no si no era necesario. Yo soy quien soy, Zeena, la bajita elfa de apariencia mona a la que todos quieren abrazar y sentar en sus piernas. Pero también seré la pirata con más saña, si fuera necesario. Ciertas cosas tenían que ir cambiando en mi vida.

Todo era como un torbellino de emociones para mí, pues tenía que controlar a mi versión buena de mí misma y a la resentida. El ying y el yang. El rojo y el morado.

Mis ojos combatían por querer dominar. El rojo del cambio, el del resentimiento, y el morado de la chica alegre que tiempo ha hubiera vivido feliz en una aldea en Erinimar. El ying y el yang. El pasado y el presente. ¿Y qué me depararía en el futuro? Solo los dioses lo sabían


¿Y qué me haría mejorar como una loba de mar? Derivarme a la mar, claro. Y para eso, debía ir en búsqueda de un pirata famoso. Uno que, sin lugar a dudas, siempre tuviera algo a lo que dedicarse, y mandar a personas a arriesgar su pellejo en lugar de él si hiciera falta.

Aquel era el famoso “El Halcón”, un avispado lobo de mar que, si bien no parecía un hombre fornido capaz de pulverizar tus huesos con sus manos, tenía muchos huevos a la hora de hacer lo que le venía en gana. Y si quería algo, lo buscaba y lo obtenía, no importaba el coste en tiempo, en personal o en dinero.

Y eso solo significaba que si era necesario que contratase a los mejores, sin duda, no tendría reparo alguno en desembolsar una suma de dinero importante para eso.
¿Cómo iría hasta donde éste estuviera? Pues tendría que navegar, ni más ni menos. En una isla, Thalis Nertheliam, es donde se encontraba este peculiar personaje, y si bien ahora mismo no tenía aún mi navío, no era problema pagar un viaje hacia allí ahora que disponía de más riquezas en mi bolsillo

Aquel tesoro de la Montañana resultará ser bastante útil por lo visto

La cosa fue sencilla, pues tan solo tenía que ir hacia Tek Nur, y dar un viaje de varios días hasta alcanzar la afamada isla y sus tierras.

La travesía por la jungla de Uzuri no fue algo trivial, pero tampoco me aguardó nada más insólito que la humedad y los mosquitos que abarrotaban la vegetación de la zona. Mi piel era un nido de picaduras tras el paso por allí, y en aquel momento hubiera deseado escaldarlos a todos, pues toda mi piel ardía en picores por las malditas picaduras.

El camino fue pesado y agotador, pero tras un día de andaduras por la selva, alcancé la ciudad portuaria de Tek Nur. El puerto era prácticamente la mayoría de la ciudad, pues apenas tenían acceso a otras poblaciones por medios terrestres, por lo que casi todo el comercio era por mar.

Pagar una travesía desde allí no fue nada costoso, y la duración del viaje sería aproximadamente 3 días, 3 largos días donde estaría metida mayormente en un camarote para no quemar mi piel, y resguardándome del exceso de luz, mientras trataba de acostumbrar mi ojo morado a la fuerte luz del sol. Tantos años oculto estaba devolviendo su parte de venganza, con ardores en la visión en los momentos con el sol más alto en el cielo, cuando más lucía. Por ahora sólo podía mirar bien con ambos ojos durante el crepúsculo y el amanecer.

Las infernales picaduras de mosquito se fueron rebajando a medida que el día pasaba, y en el camino no encontré más percances con insectos, afortunadamente, por lo que cuando, tras el tercer día de viaje, al divisar tierra por el ojo de buey de mi camarote, lo único que me llenaba era el júbilo de por fin llegar a mi destino.

El aire estaba inundado de un olor marinado, lo que le daba no solo textura al aire, sino un sabor que estaba alejado de lo habitual.

Adentrándome en las calles del puerto, mi primera parada fue el puesto de la guardia portuaria para preguntar dónde podría encontrar a “El Halcón”. Éstos sonrieron con aires de autosuficiencia, probablemente pensando que yo sería alguna clase de putita para él.

Acostumbrada a este tipo de prejuicios, fruncí el ceño junto a un giro hasta poner en blanco mis ojos por mis cuentas, hasta depositarse de nuevo en su punto de equilibrio, y negué con la cabeza

– Está en la taberna principal de la zona, en la plaza central. Entre otras cosas por la cerveza

Repuso uno de los guardias, el guardia bueno, tras percatarse de mi gesto en la cara.

El otro guardia se estaba acercando demasiado a mí, pero yo no estaba deseando usar ningún tipo de fuerza para repelerle, por lo que fue preciso alejarme de ambos y seguir sus indicaciones hacia la plaza principal de la ciudad.

El camino fue variopinto y tranquilo. La decoración del extremo oriente de los mares era muy similar a la de Taimoshi Ni Kao, y los campos de arroz llenaban las afueras de la ciudad a ambos lados del camino.

El camino empezó a dejar de ser tan rústico para parecer un buen adoquinado que unía el puerto con la ciudad, y fue entonces cuando encontré un centro neurálgico que unía este camino con muchos otros. La plaza central. El lugar donde terminaba mi viaje, la taberna que me habían indicado los “amables” guardias portuarios.

Me acerqué con paso decidido hacia aquel local, y abrí las puertas de éste, perdiéndome en lo que a priori podría haber sido un bar de mala muerte pero decorado con oro.



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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Lia Redbart el Lun Oct 01, 2018 12:11 pm

Era muy extraño encontrarse en tierra por demasiado tiempo seguido. Muy extraño. Y Lia llevaba ya un año, tal vez dos, sin pisar la madera de un barco, sin sentir el salitre en la piel y en el cabello, sin dormirse mecida por las olas. Se echaba en falta. Se echaba mucho en falta. Y, sin embargo, en gran parte de las tripulaciones donde pidió enrolarse la rechazaron. ¿Por qué? Tal vez por ser mujer. Los piratas creían que las mujeres traían malos augurios, al menos los viejos lobos de mar, o algunos de ellos. Pero no era así, en absoluto. Caminaba por los muelles de Thonomer, buscando un barco que fuera hacia Nertheliam. Necesitaba dinero, pero sobre todo necesitaba embarcar de nuevo. Así que salió de la taberna donde había estado tomando ron y donde había oído hablar de esa isla.

Caminaba a paso lento, preguntando a los distintos marineros y bucaneros por un barco que se dirigiera hacia allí, sin embargo, todos le contestaban con evasivas, o se burlaban, o directamente le decían que no querían a una mujer a bordo. Ella resoplaba y se buscaba a otra persona, aun así, le era difícil encontrar a alguien dispuesto a hablar con una joven que no aparentaba más de veinticinco años, y más si se trataba de un asunto serio. Tal vez debería empezar a usar el renombre de su apellido para garantizarse ese pasaje hacia la mencionada isla. No le gustaba, puesto que no era ella, sino su padre, quien había forjado ese nombre, pero tal vez no tenía alternativa. No, aquella vez le sería necesario hacerlo, así que simplemente se dirigió a uno de los capitanes a quienes todavía no había hablado. Eran pocos ya, pero los había. Concretamente era uno que alardeaba de dirigirse a esa isla, por lo visto estaba buscando una tripulación con la que ir hacia allí. No decía nada sobre quedarse en el barco, así que haría el viaje, cobraría su recompensa y luego desaparecería.

―Vas a Nertheliam, ¿verdad?

―Sí. Pero no tengo espacio para niñas malcriadas, así que largo. Si quieres que otro te lleve, adelante, pero yo no.

―¿Niñas malcriadas? ―dijo con sarcasmo, alzando una ceja.

―Sí. Tienes toda la pinta de querer embarcarte y que te traten como a una reina, que no tengas que hacer nada.

―Vaaaaya, así que parezco eso… ―soltó una risotada―. No puedes estar más equivocado, ¿sabes? De hecho, creo que todavía no me he presentado.. entenderás un par de cosas cuando lo haga.

―Sorpréndeme ―masculló.

―Lia Redbart. Y quiero enrolarme en tu tripulación ―le soltó con cierta dureza.

―¿Redbart? Como Graham, ¿verdad? ―la miró más de cerca―. Ah, ¡bienvenida, anda! Seguro que no te acuerdas de mí… pero yo también sobreviví al incendio.

―¿Parches? ¡Cuánto tiempo! Voy a buscar algo que dejé en una posada y vuelvo, ¡antes del mediodía me tienes aquí!

―Rápido, que si llegas tarde zarpamos sin ti.

Esbozó una sonrisa complacida, asintiendo con la cabeza, y volvió a la posada donde se había estado hospedando. Tenía que recoger el par de mudas que llevaba encima, solamente eso, así que en apenas media hora estuvo de vuelta al barco. No tardaron en zarpar, con la tripulación formada ya, aunque alguno de los marinos más veteranos la miró con desconfianza y a la vez con algo menos identificado, quizá más primitivo, ¿sería deseo? Era posible. Era tan posible, que uno de ellos, cuando la pilló a solas, se le acercó con un comentario realmente salido de tono, a lo que ella respondió una frase escueta, seca, y un puñetazo. Sabía hacerse valer. La cuestión era si los demás lo creían o no.

El viaje no duró demasiado, tal vez cuatro o cinco días. Tuvieron relativamente buena mar y buen viento, así que no fue demasiado difícil llegar a puerto con tiempo suficiente como para darse una buena juerga. Y sí, se la dieron. Pasaron la noche en uno de los múltiples locales de esa isla totalmente dedicada al placer, algunos de ellos simplemente bebiendo y otros, entre ellos Lia, en habitaciones.

Al día siguiente se levantó con una sonrisa plácida en el rostro. Sin embargo, tenía trabajo que hacer. Sí, había oído esa noche acerca de alguien que buscaba tripulación para ir a Dinas Aur, y estaba dispuesta a hacerlo. Necesitaba emociones. Así que después de despedirse de quien la había acompañado esa noche, y después de asegurarse de que lo llevaba todo, puso rumbo a la posada donde se decía que estaba ese capitán. Llegó y simplemente se sentó en una de las mesas, aguardando algo que le indicara quién buscaba tripulación.
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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

Mensaje por Bennett el Lun Oct 01, 2018 10:44 pm

Cuando Malina entró al lugar robó la atención de unas pocas miradas de los que estaban más cerca de la puerta, en su mayoría hicieron caso omiso pues no era raro ver gente entrar y salir del lugar. Sin embargo, más que la mirada, la joven robó toda la atención de un elfo, uno que se vio seducido por el color violáceo de su cabello, su largo y ese bucle en el que terminaba se le había hecho irresistible. Tratándose de un elfo confidente, lo cual tal vez podría significar confianza al cuadrado, no dudo ni un poco en acercarse a ella, pero Malina fue más rápida, la vió tomar a un hombre, bailar con él, dejarlo y tomar a otro, repitiendolo hasta llegar a donde estaba el Capitán.
El repentino golpe en la mesa en la cual estaba sentado Earl, provocado por Malina atrajo aún más miradas que cuando entró y no era difícil saber el porqué: en casi cualquier lugar llegar a la mesa de alguien y golpearla así significa el inicio de una pelea, estos observadores se mantuvieron en silencio esperando a la reacción de uno de ellos, pero no sucedió nada, pronto su atención había sido desviada a la llegada de una nueva chica una rubia con un vestido negro y una blusa amarilla se acercaba también, se escucharon varios refunfuños por lo bajo, con una voz perdida entre la gente llegando a decir "el muy maldito tiene dinero para dos mujeres luego de haber comprado cerveza."
Sin embargo, diferente a Malina, dicha rubia llegó comentando sus intenciones desde el principio, silenciando cualquier queja que alguien tuviese antes.
Earl alzó la vista y posó sus ojos en los de la rubia, generando una sensación corta de incomodidad en ella, como si la atravesara con la mirada.

Ya... veo, señorita  —dijo apartando su mirada de sus ojos para verla de pies a cabeza, pero no de la misma manera que otros hombres y mujeres en el bar, sino analizando sus ropas y apariencia—, siéntate —estiró un brazo, invitando a Strindgaard a tomar asiento—, pide algo de beber, puedes ir hablando de tí, si gustas.
El Capitán miró hacia Malina, que todavía no había hablado e hizo caso omiso de ella, creyendo que solo se trataba de alguien que estuvo a punto de ser derribada y se sostuvo de la mesa para evitarlo. Su cuervo discernió en opinión y empezó a revolotear, lanzándose de su hombro y parándose en el de Malina para empezar a chillar con mucha insistencia.
¿Qué, qué mierda quieres? vuelve aquí. —le ordenó al cuervo, que solo pareció replicar con otro chillido.
Ante la actitud inusual de su cuervo, Earl observo mejor a Malina, dedicándole la atención que había negado a darle antes aunque no había dado mucha impresión antes, podía notar, por lo menos, una especie de anticipación en sus ojos, alguien desesperado por aventura, tal vez. Después de observarla le ofreció asiento también con el mismo gesto y el cuervo pareció calmarse, volviendo al hombro de su amo.

Los que observaban dejaron de hacerlo muy mal disimuladamente y volvieron a la fiesta que tenían antes, intentando ignorar la situación, aunque siempre había un curioso que echaba un vistazo hacia la mesa para ver que estaba sucediendo, otro que simplemente se burlaba de pensar que el demente terminaría haciendo morir a dos chicas ilusas con sus cuentos de Dinas Aur, y más de un salido que quería acercarse e ir por las chicas para sí mismo.
Pronto llegó un tercero, una muy necesitada presencia masculina porque aunque fuese difícil notarlo, Earl ya se estaba irritando de tener tanta gente viendo hacia las chicas en la mesa y posiblemente lo que iba a seguir era un montón de tiros. Un borracho no se resistió a intentar acercarse a la rubia, feliz y tal vez algo excitado de verla usando cualquier cosa de cuero, en su cara y brazos se notaban marcas, marcas de un látigo, y tan rápido como el golpe de estos el borracho estaba haciéndose ilusiones en la cabeza. Con un paso muy desbalanceado y logrando avanzar solo porque podía sostenerse de algunas personas que no reaccionaban pésimamente mal y lo empujaban o derribaban, pronto un hombre en abrigo, visiblemente apurado y dando algunos empujones pasó por su lado, derribandolo. El borracho cayó al suelo, donde se quebró el vaso en el que llevaba su bebida y se levantó molesto, dispuesto a iniciar un pleito contra el vaquero, pero el arcabuz y la bastarda que colgaban de la espalda de Morgan lo hizo reconsiderar sus opciones, no solo eso, ya se encontraba hablándole al Capitán también. El borracho se dio vuelta y apretó los dientes, perdiéndose entre la gente, no sin echarle un último vistazo a la espalda de Frank.

Como por honrar su apodo, Earl apenas vió al vaquero notó la mayoría de las armas que cargaba encima en cuanto este hizo una reverencia, sintiéndose a gusto con gente que iba con armas de fuego, sonrió para sí mismo y estiró su mano hacia Frank para estrecharla.
Es un placer, Morgan. Te llamaré así, toma asiento —hizo un débil gesto con la mano a diferencia del gesto más caballeroso que había tenido con las damas, como indicando que simplemente se sentara en cualquier silla—, pide lo que quieras... ah, sí —miro de reojo a Malina por unos instantes—, y tú también.


Para Zeena el destino le tenía preparadas situaciones pequeñas para alguien que pudiese defenderse, pero no por ello menos incómodas. Más allá de su sufrimiento por las picaduras de mosquito ganadas por atravesar Uzuri y el sol castigando sin ninguna piedad su ojo morado, esta no pareció percatarse que durante los días de su viaje alguien había parecido agarrar un interés en ella, pero no se aproximo en ningún momento, siempre limitándose a observarla. Los 3 días pasaron y al llegar al puerto atravesó por una de esas situaciones molestas con los guardias , que habían encontrado estúpida la idea de que una enana buscará a "El Halcón", al punto de uno de ellos se preguntó si Earl era un pedófilo.

Una expresión facial fue suficiente para convencer a uno de los guardias, el más decente de ellos de dejarla pasar, a lo que esta avanzó y se dirigió a El Dragón Tuerto , siempre inconsciente de que el mismo sujeto que había agarrado un interés en su pequeño cuerpo la seguía disimuladamente, colándose entre algunas personas, y simplemente pretendiendo que él también se dirigía a la taberna.
Cuando Zeena llegó al lugar más de una persona en la entrada se extraño, por sus cabellos y su apariencia en general no parecía una enana, pero era definitivamente una de las personas más bajas que había entrado en la taberna ese día. Las reglas del negocio eran simples: sí tenías los medios para pagar, podías pasar; así que nadie prestó mucha más atención después del impacto de creer ver entrar una niña pequeña a tal lugar y verla perderse en el mismo.

No pasó demasiado tiempo de la entrada de la pequeña a la entrada de Lia , su apariencia era mucho más apropiada y más de uno supo para qué estaba allí con solo verla, pero nadie se interesó en apuntarle al Capitán, no era asunto de ellos, después de todo. Tras tomar asiento, en su espera de que una señal le indicase quién era el Capitán entre tanta gente, pudo observar a Zeena vagando por el lugar, y, mucho más preocupante, al hombre que seguía a esta última.
Se trataba de un hombre alto, musculoso y lleno de cicatrices, sin nada de pelo en la cabeza pero todo en la cara al lucir una enorme barba café oscuro, vistiendo nada más que unos harapos de una camisa vieja con las mangas arrancadas, shorts y botas en mal estado, en su espalda llevaba dos hachas cortas, muy similares a las que varios orcos les encantan llevar.
Este dio pasos cauteloso para alguien de su tamaño y alcanzó por una de las hachas, entonces tomó el brazo de Zeena con bastante fuerza y lo presiono cuando se sintió suficientemente rodeado de gente, donde los guardias no pudieran verlo. Intentó doblar su brazo y haciendo muy poco esfuerzo por ocultar su hacha, o sus intenciones nombradas como la erección en su pantalón, le comentó:

Heey... —sonrío, mostrando huecos que habían dejado algunos dientes caídos—. Ven conmigo, niña.
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Re: [Campaña] La Ciudad de Oro, Dinas Aur.

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