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Mensaje por Bennett el Mar Mar 05, 2019 5:09 pm

Luego del pequeño intercambio entre Lia, Rochester y sí mismo, Earl volvió la mirada al resto y alzó una ceja, antes de intercambiar miradas con Rochester al ver a Zeena acercarse al grumete, ¿era muy lejos para apuntar desde allí? eso parecía a los primeros tres pasos, pero Zeena siguió avanzando cada vez más, hasta estar frente al muchacho.
Eh... —fue todo lo que llego a escapar del confundido grumete, pues justo después vino el puñetazo al estómago. El aire se le escapó al instante y se dobló hacia abajo, parpadeando al escuchar unos suaves susurros y el cañón del arma siendo apoyado en su muslo.

- Siento que esto te vaya a escocer. No es nada personal

El olor a pólvora inundo suavemente el lugar, siendo mucho menos pasajera que el estruendo del disparo. Rochester se llevo las manos al estómago con una carcajada al ver la expresión de Zeena, y le dio un puñetazo a Ludlow en el hombro, cosa que el cocinero no recibió con demasiado agrado por su expresión, pero lo dejo pasar.

Para cuando Zeena comprendió que pasaba el grumete ya estaba acomodando su posición y viéndola.
—Iluso de mí que pensé que saldría como llegue, je —le sonrió con camaradería a Zeena.

Earl recibió la pistola de vuelta y la guardo, esperando a alguna palabra de Zeena, quien parecía todavía estarle dando vueltas al asunto. Cuando frunció un poquito su ceño supo que ya había terminado de pensar.
-  Preferiría que no me llamaras… “niña”. Pero no me esperaba que estuviera descargada
El puñetazo fue un toque encantador. No te preocupes, Zeena, te dije que te llamaría por tu nombre si disparabas... y lo hiciste.
¿Eso estaba preparado?
Sí, claro. Si puedes curar a uno puedes curar a dos, no era necesario.
Tras responder la pequeña duda de Artot, el hombre miro hacia Frank, era el único que faltaba y en ese momento se encontraba mirando su pistola, dando con la pequeña realización de que su arma estaba cargada. Lissie miraba con mucha más expectación que el resto, y no era muy difícil saber porque.
- ¿No hay otra forma más práctica de demostrar mi puntería y obediencia, verdad?-
Earl miro por un par de segundos al vaquero en silencio, antes de responderle con una sonrisa, llevándose la mano a la barbilla. El caballero presentó una segunda "duda", ganándose las risas y el agrado de algunos de los presentes. Con poco parloteo más, le dio—muy caballerosamente—a elegir donde quería el balazo.
La izquierda.

Un pequeño estruendo y pólvora, justo como Zeena, pero con una bala surcando los aires.
¡AAG! —chilló fuertemente apenas la bala lo alcanzó, aunque en un acto de resistencia no fue directo al suelo, casi como si lamentablemente estuviese acostumbrado a recibir tiros—. ¡Hijo de perra! —exclamó subiendo una mano y viendo a Frank—. No... no tú, tú entiendes... ag... —cayó finalmente al suelo, disimulando muy mal como ojeaba a Artot para apurarle a que lo atendiera.
- No hay problema…te entiendo. Nada personal, lo siento.-
Le ha dicho "lo siento"... —dijo perpleja apuntándolo cuidadosamente con el índice—, que encanto de hombre —se cruzo de brazos, viendo encantada al vaquero.

Mientras Lissie estaba en lo suyo, Lia se acercó junto a Artot que se puso a revisar la pierna del grumete. El hombre sonrió nervioso al pequeño comentario de la pata, sin saber si era chiste o lo decía en serio.
Es... es joda, ¿verdad? ¿necesito una pata de palo? —le miro expectante, antes de que un compañero llegase con el cubo de arena. En cuanto Artot le hizo el torniquete y mencionó la cirugía el grumete dio un suspiro de alivio, todavía no tendría que usar una pata de palo.
Eh... —repitió como hizo con Zeena antes—. ¿Una barbería? por aquí hay una cer-
¡Cuál barbería! —exclamó interrumpiéndolo—. ¡Tenemos basura de esa en el barco, Gregor!
Sí, eh, verdad —asintió como si supiera de que hablaban. ¿Medicina? ni puta idea en lo que a él respectaba—, no sé qué quieres, pero yo te guio, eh... —pausó pensando un momento el nombre de Artot, el cual desconocía—. Rubia —escapó a esa opción.

Gregor se estiro, casi con flojera y empezó a guiar a Artot con mucha calma (porque a él no le habían disparado, claro) a buscar las herramientas para llevar a cabo la cirugía. Un par de grumetes, por indicaciones de la mujer, llevaron al herido junto a Lia a un sitio más sano, mientras que un tercero se puso a trapear para limpiar la sangre que había quedado en el lugar.

Con el paso de esos incidentes, las preparaciones se terminaron y el  barco partió pronto. A los nuevos se les había asignado los siguientes trabajos:

Malina y Zeena ayudarán en la cocina. La misma está ubicada abajo del castillo de popa, así que no tiene pierde y solo necesitan seguir a Ludlow.
En la cocina tienen múltiples ganchos en las paredes, de donde cuelgan ollas y otros utensilios típicos de ver en una cocina. Habían dos grumetes en la misma además de Ludlow, quien estaba dándole vueltas a una olla llena de carne de tortuga troceada con un cucharón enorme que sostenía entre sus dos dedos restantes, mientras que son la derecha roseaba vino blanco dentro de la olla. En la cocina como tal no pueden ver más que un único barril del que se asoman unos cuantos nabos. Eventualmente determinan que una de las puertas de la cocina ha de dar hacia una especie de almacén, pues uno de los grumetes entra por la puerta y sale cargando un segundo barril.

Artot será enviada con Ridgeley. Su taller está abajo del castillo de proa.
El taller es pequeño, pero Ridgeley siendo un enano parece muy acomodado en el mismo. En una de las esquinas del cuarto hay una pila de bolas de cañón, y al lado del mismo hay una mesa, con Ridgeley parado sobre un taburete para alcanzarla, en su mesa y la pared que tiene justo al frente hay variedad de herramientas de ingeniería rúnica: martillos, buriles, uno que otro cincel, etc. Nada más entrar, notas que Ridgeley está finalizando una runa sobre una bola de cañón, y apenas nota tu presencia te ordena que le pases otra de la pila. Si tienes idea de como luce, puedes diferenciar que algunas de las bolas de cañón son de acero árgenteo.

Frank y Lia ambos son enviados a la cofa a vigilar, junto a un tercer grumete que insiste en jugar cartas. La cofa luce como una cofa. Si acceden a jugar, intentará hacerles apostar sus sombreros, todo gracias a que escucho lo del asunto de Frank con Lissie, y ya todo el barco tiene de chiste que los sombreros atraen chicas.

-xxxxxx-

Todo se dio sin mayores complicaciones, y a las tres o cuatro horas, suena una campana y escuchan un llamado para comer. Siguiendo al resto de los grumetes, paran en una sala medianamente espaciosa, hay siete mesas, pero solo seis se ven ocupadas, y hay treinta sillas distribuidas no equitativamente alrededor de esas seis mesas. Es una sala bastante pulcra, tanto que parece que no fuese del propio barco, al menos se respetaba la limpieza del lugar y se notaba que aquí no habían matado a nadie, o habían hecho un excelente trabajo limpiándolo.

La bebida es casi que puro ron y alguna que otra cerveza, y su comida, sopa de tortuga. Por ser como una especie de juego dentro del barco, hay a quienes en su sopa les tocó algún huevo de tortuga también. Naturalmente, los nuevos del grupo tocan en la misma mesa porque el resto todavía no les tiene enorme confianza a excepción de aquel goblin, un amigo que hizo Lia, Gregor, y el agradecido grumete al que Artot le practicó la cirugía.

En un par de mesas que flanquean en la que ustedes se encuentran, se están llevando a cabo apuestas en juegos de cartas. Luego de comer, Ludlow llama a Artot y a Lia para que ayuden a fregar platos, mientras que Frank y Zeena son designados a ayudar a limpiar—junto a otros grumetes—la sala donde comieron.

Luego de hacer todo eso, vuelven a las tareas que se les había encargado originalmente. Llega la noche y comen más sopa de tortuga. Después de terminar de comer, Roger los llama para asignarles camarote. Les va a guiar dentro del interior del barco, al bajar las escaleras lo primero que se cruza en sus ojos es una serie de cuatro cajas de madera rectangulares una al lado de la otra arrimadas a la pared. La escalera los deja casi a paso de un “pasillo” por el cual al avanzar alcanzan una puerta, Roger la abre y les dice que aquí es donde van a dormir.
El camarote es relativamente espacioso, con seis literas de dos pisos. Para cuando entran, hay tres grumetes dentro, cada uno acomodado en su cama. Con los minutos van llegando más, hasta ocupar por completo el camarote sin camas ya libres.

La noche pasa con tranquilidad, pero al despertar y salir afuera todos se encuentra con que el barco está rodeado de una espesa neblina a pesar de ser pleno día.
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Mensaje por Strindgaard el Lun Mar 11, 2019 5:36 am

Mantén la pierna en alto —le dije al herido mientras bajábamos por las escaleras, pues había optado por seguir al grumete en vez de irme con Gregor a por las herramientas para operar. Mi pañoleta se iba colocando más y más roja a medida que pasaban los segundos, por lo que atiné a pedirle el cinturón al muchacho herido y con éste también le hice un torniquete cerca de la ingle—. Servirá para disminuir la presión de la sangre.
Al llegar al lugar del que íbamos a disponer para sacarle la bala al grumete me preocupé de lavarme las manos y mientras esperaba a que llegasen las herramientas presioné sobre la herida para evitar que siguiera sangrando.
Bien, marinero, estaremos un rato trabajando juntos, así que dime, ¿cuál es tu nombre? ¿A qué te dedicas aquí? ¿Hace cuánto? ¿Cómo llegaste hasta aquí? —Las preguntas se las fui haciendo de a poco y esperando a que me fuera respondiendo para formular la siguiente. Más que querer conocerlo no quería que se desmayara producto de la pérdida de sangre—. Ah, aquí están.
Gregor llegó con una bonita manta de cuero que dejó sobre la mesa. Al girarla fueron apareciendo de a poco todos los implementos que estaba acostumbrado a ver, entre ellos dos sierras, una pequeña y otra grande, agujas de hueso y también de hierro, además de hilo de tripa, algunos cinceles y un pequeño martillo, algunas piezas extrañas y varias pinzas de distintas formas y largos, una que otra cuchilla y algunos instrumentos para sacar muelas. Además de un bonito bisturí de mango de plata que en la hoja tenía gravada las mismas iniciales que llevaba la manta de cuero, que seguro nadie iba a extrañar. Todo lo necesario para amputar, cortar y sajar.

La operación concluyó sin mayores inconvenientes. Por suerte el disparo no había llegado al hueso como asumí en un principio al no ver un orificio de salida, pero la bala pasó bastante cerca, provocando una hemorragia bastante fea, por suerte para Marlo la atención que le dimos fue bastante rápida y ni siquiera se desmayó. La bala tampoco se destruyó así que su recuperación sería lenta, pero segura.
Luego de más de una hora de operación, le pedí a Gregor que me dejara las herramientas ya que eventualmente las necesitaría como único médico a bordo, y con ellas bajo el brazo fui atracado en mitad del pasillo para informarme que tendría que comenzar con mis labores de albañilería. «¡Ah! ¡Hijos de su madre, dejadme descansar!»
Claro, enseguida. —Entregué las herramientas de operación para que las fueran a dejar al camarote donde me alojaría a lo largo del viaje y me fui directo al castillo de proa.

Al entrar en el taller la mezcla de olores: sudor, metal y madera vieja. El enano me daba la espalda en cuanto llegué pero descubrió rápidamente que había entrado por algún sexto sentido. Enseguida me puse a coger balas de cañón y se las acerqué al mesón en el que se encontraba trabajando. El taller era pequeño —a medida de Ridgeley, supongo— las balas se veían más grandes en manos del albañil y las tallaba con una dedicación enorme. Las runas tenían que ser perfectas, y para ello depositaba toda su atención, así que en el momento que terminé de dejar algunas balas me ordenó con un movimiento de su mano que eran suficientes. Al parecer estaba haciendo mucho ruido, así que me quedé en silencio, mirando las herramientas dispuestas en la pared más cercana al enano. Pude distinguir algunas puntas de buriles de color diferente al acero normal por lo que seguramente también tallaba otra clase de metales. Al echar una mirada más detallada a la pila de balas noté que entre el hierro había acero argénteo. «Condenados, ¿cuánto costará una bala de esas?» No cabía duda de que estaban bien preparados para el combate. Al mirar nuevamente a Ridgeley no pude evitar sentir un poco de respeto por el viejo y su dedicación.

Luego de un par de horas en un silencio artificial roto de vez en cuando por algunas frases monosílabas del enano, sonó la campaba para comer. Ridgeley me ordenó que fuera, mientas él seguía enfrascado en una runa que no podía dejar a la mitad.
Al llegar al comedor no pude evitar notar que era un sitio limpio y ordenado, como si perteneciera a otro barco. Luego de recibir mi charola lancé una ojeada a las mesas y descubrí que un par de mesas más allá había un grupito jugando con naipes, mientras un poco más cerca estaban las mujeres con quienes llegué.
Un comienzo agradable para un viaje agradable —les dije mientras me sentaba con ellas—. Ah, miren, un huevo.
La sopa resultó ser de tortuga, y al parecer el huevo también. Después de comer, y como nadie más se iba de vuelta a trabajar, me acerqué al grupo que jugaba para probar suerte.
Veo que juegan al póker, pero ¿qué juego es ese? —pregunté cuando noté que jugaban también blackjack. Éste juego era menos conocido que el póker y por eso era normal que la mayoría no conociera su mecánica. Luego de mirar un rato noté que la muchacha llamada Trébol estaba haciendo trampa así que opté por una mano de póker.

Del resto de la tarde no hay mucho qué decir. Luego de ganar suficientes partidas para que los demás pensaran que tenía una racha de suerte o estaba haciendo trampa, Ludlow me ordenó a Lia y a mí que fuera a lavar los platos. Después de salvarme de ello abogando a la retribución de favores a Marlo, regresé al taller para una tarde de minuciosa introspección mientras veía trabajar al enano.
¿Para qué es esa runa? —Le pregunté en una ocasión mientras él gravaba una bala—. ¿Y esta otra? ¿Ese buril es de acero argénteo? ¿Oye, y cuánto tiempo llevas trabajando en esto?
Por la tarde también nos acompañó un muchachito páliducho llamado Audey, que trabajó tallando en otro mesón. A pesar de que Ridgeley tenía un rostro más duro que un risco, Audey parecía ser su contrapunto. Amable y bastante proactivo, me habló en voz baja, explicando qué cosas hacían ellos en el barco.

La noche cayó como una pesada lona sobre el mar, oscureciendo todo a nuestro alrededor. Del castillo de proa al comedor y del comedor a nuestros camarotes. Allí Roger nos guio hasta dónde íbamos a dormir por las próximas semanas hasta llegar a nuestro destino.
Me pido la de arriba. —dije al llegar una de las literas. El tipo de abajo me sonrió con algo de malicia y asintió en silencio—. ¡¿Pero qué mier… ?!
La cama de arriba estaba siendo ocupada por una diminuta figura verde que comenzó a gritar en un dialecto inteligible, lleno de odio por haberlo aplastado.
Ah, joder, disculpa. —dije rápidamente, salté al suelo y le lancé una mirada asesina al grumete que reía en la cama de abajo—. Ja, ja —escupí sarcásticamente mientras tomaba mis cosas y me iba a la litera de al lado.
¡Phak! ¡Nidra kavali! —Alcancé a entender antes de que la bola verde siguiera su salmodia bajo las sábanas.
Es Telu, nuestro fiel compañero trasgo —me indicó el grumete que se encontraba abajo—. Cualquiera estaría contento de que alguien como tú se sentara encima de uno, pero él es especial. —Luego de una sonrisa ladina me habló en voz baja—. Dile idaa, Telu idaa, si te disculpas a lo mejor se le pasa lo molesto.
No había esperado nunca tener un trasgo de compañero, especialmente porque son bestias tan cortas de inteligencia que era mejor tener un zapato de compañero que uno de ellos. Aun así, si iba a tener que codearme con la bola verde todos los días tendría que hacer las paces.
Telu. Idaa, idaa. —dije desde lo alto de la otra litera. Él asomó la cabeza y pude verlo con más detalle. Una cabeza abombada de largas orejas con uno que otro trozo menos, ojos inyectados de rojo y dos filas de dientes bastante amenazantes que se crisparon en una mueca que no era necesario ser bilingüe para saber qué significaba. Bajé la mirada para encontrarme con la del grumete, que al notar que me había dado cuenta de la broma, se tronchó de la risa nuevamente—. Vale. —Me limité a decir, mientras con la mano formaba una pequeña bola de energía profana.
¡Bhūtaṁ! —La voz de Telu dejó entrever impresión, me apuntó con el dedo—. Tú ser Bhūtaṁ —repitió, y soltó una risilla de júbilo—. ¡Manci Bhutam!
El grumete de abajo se enderezó de la cama justo a tiempo para recibir un Golpe Profano que le dio de lleno en el pecho. El trasgo asomó la cabeza justo a tiempo para ver como el chico comenzaba a gritar despavorido mientras trataba de ahuyentar algo que se había metido entre sus sábanas.
¡No! ¡Noo! ¡Atrás, malditas arañas! ¡De donde mierda salieron tantas arañas!
¡Ja ja ja! —Rio Telu mientras el grumete corría fuera del camarote para chocar con los otros marineros que en ese momento venían entrando—. Bien Bhūtaṁ. —me dijo luego de reír. Se apuntó el pecho y luego dijo— Yo Telu, tú Bhūtaṁ.
Yo Strindgaard —contesté a su comentario, llevándome el pulgar al pecho—. No butám.
El trasgo negó con la cabeza, me sonreía con su larga boca. Se llevó las manos a la cabeza y levantó los índices como si fueran cuernos que salían de atrás de sus orejas sin que los demás se dieran cuenta.
Bhūtaṁ. Mi gustar. Ja ja ja. —Asintió para sí y luego saltó de su litera hasta la mía—. Yo Telu —dijo en voz baja—. Yo servir a Bhūtaṁ. —Agachó la cabeza de forma servil y volvió a repetir en voz baja sus últimas palabras.
Bien, bien —le contesté—. Sí. Yo Bhūtaṁ —esta vez pronuncié de forma correcta la palabra, aunque ello me llevara a emplear más la boca de lo que quisiera.
Ja ja ja —rio Telu, se irguió y me miró a los ojos—. Bhūtaṁ —volvió a decir en voz baja—. Yo servir. Tú, darme poder. —Me miró con la cabeza media gacha.
Me estaba comenzando a preocupar. Así que lo miré de forma solemne y asentí de manera casi imperceptiva. Su sonrisa se borró e imitó mi gesto. Luego saltó de regreso a su cama y se cubrió con las sábanas hasta la cabeza.
Parece que encontré un nuevo amigo.
Les dije a quienes me miraban con curiosidad, luego me comencé a alistar para mañana.


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Mensaje por Frank Morgan. el Lun Abr 01, 2019 12:18 am

Aparentemente mi caballerosidad me había ganado todavía mas simpatizantes entre la tripulación pirata. Es curioso, a decir verdad; hubiese jurado que entre piratas la caballerosidad era motivo de burla. Hasta la simpática ladrona de antes se había visto encantada con mi actitud...siendo una ladrona ¿Tal vez eran una tripulación de caballerosos ladrones? No, ese cliché no va con piratas. Ni idea la verdad. Quizás les gusto como trate a su grumete. O quizás, que es lo más realista, les gusto mi habilidad para colocar una bala en su pierna sin provocar daños graves...solo porque lo había querido. Cualquier idiota puede meterte una bala en la pierna, no cualquiera sabe cómo hacerlo de la forma más eficiente posible. O tal vez simplemente estaba hurgando demasiado y dándole demasiado sentido a algo que no iba a poder descifrar. Al final opte por conformarme. Lo más importante era que al Capitán no pareció disgustarle mi demostración, de modo que me permitió unirme a su tripulación. Nadie más fue rechazado, a decir verdad, así que no sé hasta qué punto debería sentirme halagado dada la "exclusividad" del grupo. Viéndolo desde ese Angulo, bien podría sentirme ofendido de ser una de las únicas dos (o tres, si contamos al médico) personas que tuvieron que pasar una prueba para formar parte de la tripulación. Pero bueno, así es la vida, tampoco voy a sufrir por eso. Ya conseguí lo que quería, y todo lo que pase ahora no es más que un lento y cambiante trayecto hacia esa anhelada meta llamada "día de paga".

Después de que todo estuviese dicho y hecho, y el medico se hubiese encargado de las heridas toco la repartición de tareas. Puede que me sintiese un poco nervioso, siendo sincero, pero es que sigo sin tener idea de que puta hacer en un barco. Por otra parte, el Capitán seguro que ya lo sabía, y por eso termino mandándome con la muchacha de ropas elegantes a vigilar desde la cofa. No tengo problema en admitir que no tenía ni puta idea de que es una cofa. Por suerte mi compañera si lo sabía, de modo que solo fue cuestión de seguirla un poco hasta terminar dando con mi destino. Sobra decir, es una suerte que no sufra de vértigo, o si no se me hubiese complicado bastante llevar a cabo esa tarea; hubiese sido humillante. Pero con todo y el peso de las armas que llevaba encima, logre llegar sin muchas complicaciones a la cima del mástil (Creo que eso era un mástil) desde donde se supone que me tocaba vigilar. También hubo un grumete vino con nosotros, un enigmático personaje amante del juego que nos ofreció hacer unas apuestas. Por mi parte, me negué. Solo acepto apuestas que sé que puedo ganar, o no apuesto en absoluto. Siempre me pareció un método muy eficaz para que los pobres diablos como yo terminemos perdiendo todo nuestro dinero. Es más, incluso cuando el hombre me aclaro que no quería apostar dinero me negué, porque el desgraciado quería apostar mi sombrero. Y lo peor fue cuando le pregunte por que quería mi puto sombrero en vez de mi monedero, me dijo que era “por qué los sombreros atraen chicas”. Me sonroje un poco al escuchar eso, no lo voy a negar ¿Cuántos de la tripulación sabían ya lo de Lissie? ¿Cuántos iban a querer mi sombrero ahora? Tuve el presentimiento de que mi estaría en ese barco iba a ser de todo menos aburrida.

-Bueno, si vamos a trabajar juntos, supongo que al menos podríamos presentarnos.- Dije, luego de lo que me pareció una eternidad en silencio y sin señal de problemas a la vista. –Mi nombre es Frank Morgan, mucho gusto.- Mientras hablaba, no despegue mis ojos del horizonte, siempre intentó ante la más mínima señal de peligro. Antes de volver a decir nada, espero a que se presentaran, o siquiera a ver si querían presentarse para empezar. Después de eso, me dirigí hacia mi compañera- ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Tú ya conocías al capitán? Me pareció curioso que no tuvieses que pasar por ninguna iniciación.- No lo dije con tono resentido ni deje entrever ninguna clase de resentimiento en mis palabras. Era mero interés en el tema. Si tenía cierta reputación en los mares, o venia de una familia que la tuviese, pues yo no tenía ni puta idea, y me picaba un poco la curiosidad.

Entonces se escuchó una campanada y todos bajamos a comer sopa de tortuga. Aparentemente quienes quisieran beber algo que no fuese licor tendrían que conformarse con su sopa de tortuga. A todos los nuevos nos sentaron en una mesa aparte, supongo que tiene sentido. En lo personal, aproveche para observar mis alrededores, intentando descubrir cualquier cosa digna de atención en el barco. Lo único destacable fue que a algunas personas les tocaron huevos de tortuga en la sopa; afortunadamente ese no fue mí casi. Otro grupo de personas estaban realizando juegos de azar, y algo me dijo que si intentaba acercarme solo serviría para atraer unas cuantas apuestas en dirección hacia mi sombrero, así que opte por quedarme sentado. No vi nada raro, desde luego, de modo que continúe disfrutando de mi comida lo más tranquilo. A Zeena y a mí nos encargaron limpiar la habitación cuando todos terminaron de comer…no fue bonito. Por suerte nadie vómito, pero convengamos que la tripulación no tenía precisamente una higiene ejemplar, al menos a la hora de comer. –Entonces Zeena… ¿Qué tal tu estadía en el barco hasta ahora?- Si íbamos a estar todos silenciosos hasta que terminásemos de limpiar, esa tarea no acabaría nunca.

Luego toco volver a las tareas de antes, y de vuelta a la cima del mástil a vigilar. En esa ocasión no me sentí demasiado conversador, de modo que opte por ver si alguno de mis compañeros prefería sumarse a la idea de charlar, y si no, pues nos quedaríamos todos callados. Pero eso sí, tuve que rechazar otra vez al grumete y su insana obsesión por mi sombrero. Ah y luego en la cena volvimos a por mas alcohol y sopa de tortuga; ni llevaba un día en el barco y el tedio de la rutina ya me estaba pegando fuerte.
El día termino con todos yendo a nuestro respectivo camarote; aparentemente los novatos también compartían eso. Dentro ya se encontraban otros dos tripulantes. El medico fue el primero en entrar, reclamando la cama de arriba. El grumete que se encontraba en la de abajo sonrió con malicia, y eso me inspiro desconfianza. Por fortuna no fue algo más que una jugarreta, puesto que la cama de arriba ya estaba ocupada…por un trasgo. Rara vez he visto uno de esos, así que no pude evitar observar al pequeñín con mucha curiosidad. Y como se desenvolvieron las cosas….pues fue tétrico. Primero, el medico se sacó un haz bajo la manga que no me esperaba: magia. La verdad, a estas alturas debería esperarme que hasta el lechero de la esquina tuviese algún tipo de magia de lácteos, no sé por qué me sorprendo. Quizás lo que más me sorprendió fue que le diese de lleno con dicha magia al otro grumete, y este se pusiera a gritar algo sobre arañas y…la verdad ni idea. Ni siquiera le preste atención a la magia en sí; igual no iba a poder descifrarla. Lo que me llamo la atención fue la reacción del trasgo ante el médico, como de admiración, o algo más. El idioma del ser era incomprensible, incluso con sus malos intentos por hilar frases enteras en español, pero estaba claro que ahora tenía un nuevo amo.- Yo lo llamaría sirviente, pero como gustes.- Dije, mientras me buscaba la cama más apartada que pudiese encontrar y comenzaba a bajar mis cosas.

El sueño vino bastante rápido, como ocurre con todo bien día de trabajo, y la noche transcurrió sin más altercados. Con respecto a la mañana siguiente…la historia es otra. Solo digamos que la niebla nunca es buena señal.
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Mensaje por Zeena Samaha el Lun Abr 29, 2019 1:37 pm

El capitán Earl parece que se vio complacido por mi actuación sin titubeos. Me alegraba saberlo, porque el que me tomaran por una pusilánime era algo que hacía la gentuza a menudo.

Y odiaba que me infravalorasen y me tratasen como a una cría.

El vaquero por su parte supo que su arma sí estaba cargada, porque era su propia pistola. Y no tenía otra elección que disparar. Y se hizo el estruendo, y el grito voló. Este pobre grumete tras gritar y retorcerse cayó al suelo quejándose de dolor.

Mientras tanto, la chica curandera se puso a sanar sus heridas, pero eso no impedía al resto de marineros estar ajenos a la situación.

Por mi parte, acabé en la cocina ayudando a hacer la comida. Para ello tuve que quitarme la chaqueta y arremangarme bien. En cierto modo, me parecía entretenido cortar y pelar ingredientes y añadirlos a la cazuela, jugar con los olores y sabores. Era algo nuevo para mí, nunca había cocinado, ni siquiera cuando era más pequeña.

Quizás podría dedicarme a la cocina cuando me retire de esto

Cuando terminamos la sopa de tortuga, pasamos a servirla en una espaciosa sala con sendas mesas para caber todos holgadamente.

La comida estaba rica Normal, la habíamos cocinado la señorita de alta cuna y yo, qué menos y el ron y la cerveza corrían en las jarras sin descanso.

Me tocó sentarme con mis camaradas los novatos. Era una situación extraña, pero divertida. Aquí estábamos unas personas que no se conocen de nada, pero juntos y colaborando. Algo que me sorprendía con respecto a mis experiencias pasadas.

Todos suelen desconfiar de los demás. No sabes si están pensando en regalarte un plato de comida o planteando cómo matarte para llevarse tu oro.


Tras terminar de comer nos pusimos a recoger y limpiar. Yo mientras tanto pensaba qué me depararía el futuro, qué encontraríamos en la isla a la que vamos a buscar el tesoro, fantaseando con las posibilidades que me daba poder comprar mi propia embarcación. Limpiar era una tarea que, si no había nada fuera de lo que era comer y beber, era hasta cómodo para mí.

Entonces el vaquero interrumpió mis propios pensamientos, y me volví hacia él, mientras fregaba la mesa con un trapo humedecido con agua y jabón.

– No está mal. Tenemos compañeros variopintos, y cocinar resulta que me gusta más de lo que pensaba, aunque no sé mucho de cocinar. Pero ahora mismo siento que soy una mera sirviente. Podría ser más divertido de otras formas, supongo

Respondo alzando las cejas, con una fugaz sonrisa socarrona.

Lo que pasa es que soy un poco selecta con mis entretenimientos Repuse mientras echaba el cubo de agua jabonosa por encima de las mesas.

Entonces me quedé mirando con intensidad a las mesas. Tenía que practicar mi magia, y ahora es buen momento para ello. Me quité el parche y me lo guardé en mi chaqueta, acostumbrando mi ojo a la tenue luz de la habitación con relativa rapidez. Y volví a mirar el agua, mientras mi ojo morado, ahora por fin libre, empezaba a adquirir un tono más intenso de color.

El agua empezó a burbujear, cada vez con más intensidad, y se fue vaporizando, llevándose los restos que quedaban en la mesa de aceite y grasa.

Je. Al final esto de ser una bruja empieza a ser útil. Pero por el momento me cansaba bastante. Tendría que aprender a controlarlo mejor.

Empecé a tener mucho sueño ya por la noche, y cené rápidamente la sopa de tortuga, mientras echaba una cabezada en el asiento, hasta que oí a alguien llamarnos para darnos los camarotes.

A pesar de que estaba el camarote un poco revolucionado, mi cuerpo no daba para más, así que caí rendida en la cama sin apenas enterarme de nada de mi alrededor.

Mañana sería otro día


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Mensaje por Lia Redbart el Sáb Mayo 04, 2019 7:49 pm

El disparo no fue algo esperado, aunque si era con la propia pistola de Frank era normal que la llevara cargada. Lia también lo hacía con las propias. Ayudó a transportar al grumete hasta un lugar algo más higiénico o limpio. Allí se le trataría debidamente el balazo que había recibido en la pierna, y aunque tuviera que estar días, o tal vez algunas semanas, yendo con cuidado, podría recuperarse bien, seguramente. Eso si no hacía ninguna tontería, claro. Con que mantuviera un rato la pierna en alto, y luego cuidara que no se le abriera la herida sería suficiente si no había ningún tipo de complicación… que siempre las podía haber. De todas formas, Artot se estaba encargando por el momento. No venía mal, nunca venía mal tener a alguien experto en medicina, y parecía que ella lo era. Lia sabía tratar las heridas que había visto, pero no mucho más, así que dejó que ella se encargara de lo demás.

Por lo que parecía, debía ir a la cofa con el tipo del sombrero. Por el momento parecía todo en calma, así que si no hablaban o algo semejante se iban a aburrir bastante. Por suerte no parecía que fuera a ser así: había un marinero allí arriba, aparte de ellos dos, y además intentó hacerles apostar los sombreros. Rió de buena gana, divertida al imaginar cómo le quedaría el pequeño tocado que ella llevaba en la cabeza, y decidió que no demasiado bien, así que pondría eso como excusa para no apostarlo. Se quedó mirando al horizonte un rato, en silencio. Cuando era pequeña le gustaba encaramarse a la cofa y quedarse allí, simplemente viendo el mar y el cielo, la línea donde se juntaban, o tal vez cotillear lo que se hacía o decía en cubierta. Siempre callada, con sus grandes ojos verdes abiertos de par en par. Parches siempre le decía que estaba muy graciosa con esa expresión reflexiva. Tuvo un pequeño sobresalto al oír a su compañero hablar, aun así, pronto sonrió, como mostrando que no pasaba nada, que no estaba enfadada ni nada similar. Simplemente había interrumpido un momento en el que la mujer estaba demasiado inmersa en sus pensamientos y demasiado poco pendiente de su alrededor, y eso siempre le causaba un pequeño sobresalto. Asintió con la cabeza.

―Sería buena idea ―sonrió con suavidad. Aún no había dicho su nombre a sus compañeros, o a algunos de ellos, ¿dónde había dejado los modales que le enseñó su padre? Por lo visto se habían quemado con su barco, y eso no podía ser. No, de ningún modo―. Yo soy Lia. Disculpa que no me presentara antes, supongo que no ha habido demasiado tiempo ―le dijo con una sonrisa de disculpa. Luego escuchó su pregunta. Respiró hondo, aunque de forma prácticamente imperceptible. Había superado la pérdida de su padre y casi todos sus amigos, pero suponía que algo así siempre dolía, por mucho que se creyera completamente superado.

―No lo conocía personalmente, pero por lo visto tiene noticias de la reputación de mi padre. Él era un pirata con bastante reputación, y yo nací y crecí en su barco ―explicó.

Harmony, ese era el nombre del navío en el que había estado por casi veinte años. Llevó una mano a la empuñadura de su arma, no en gesto amenazante, sino por los recuerdos que le traía el arma. Era la misma con la que su padre había peleado hasta el día de su muerte, en ese incendio, y que le había dado cuando ella fue a exhortarlo para que saliera de su camarote y se salvara. Podría haberlo hecho… se preguntaba por qué no quiso. Suponía que tendría algo que ver con su madre. Aunque ese no era el momento de ponerse a pensar en eso. No, tenían una tarea, y Lia no debía distraerse. Al rato sonó la campana, por lo que se bajó de la cofa, dando un salto en el último metro, como solía hacer antes, y fue hacia dentro con Frank y el otro tripulante. La comida estaba realmente rica, eso tenía que concederlo, aunque comió en silencio, sin decir nada. Lo que no le gustó tanto fue que le asignaron lavar los platos junto con Artot, pero de ésta no hubo ni rastro, así que suspiró y los hizo todos. No le gustaba la gente que se escaqueaba de una tarea, por pesada que le pareciera. A Lia tampoco le gustaba fregar platos, ¿a quién le gustaba?, pero lo hacía. No como otras.

La tarde pasó sin mayores complicaciones, y agradecía que no hubiera contratiempos por el momento, aunque si esa calma continuaba por mucho tiempo seguramente se terminaría aburriendo. A la hora de cenar tocaba sopa de tortuga de nuevo, pero no se quejaría. Peores cosas había comido en un barco, cuando había estado mucho, mucho tiempo sin ver tierra. No le importaba repetir un plato a la comida y a la cena luego, sobre todo si estaba tan rico como aquel. Fueron luego hacia el camarote, donde hubo un pequeño… incidente. No pudo evitar sumarse a las risas del grumete, aunque después, al ver cómo éste parecía ver arañas invisibles en su cama, dentro de ella, miró a Artot extrañada.

―¿Qué clase de magia es ésta? ―preguntó con el ceño fruncido. No tardaría en meterse en la cama y quedarse dormida, eso sí, después de recibir una respuesta satisfactoria… si es que la había. Suponía que sí.
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