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Vida

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Mensaje por Egil el Mar Dic 04, 2018 12:08 am

Zhalmia era un lugar extraño. Era la mejor descripción que podrías darle a cualquiera que preguntará.  Sin embargo no era tu extraño normal, sino un extraño extraño, sus tundras ocultaban cosas al resto del mundo, y para mí, incluso cosas a los mismos habitantes del reino. Todo esto lo digo porque al haber recorrido una pequeña parte del mundo y volver, he recordado y aprendido una cosa nueva con tan solo poner un pie en el lugar: primero, aquí necesito un abrigo. Segundo, lo que aprendí, tienen un maldito pueblo llamado Punta Helada que no está en una montaña, sino en un montículo, y ni siquiera está en su cima, sino adentro. A quien se le ocurre buscar dentro y no arriba con ese nombre... bueno, a excepción de los enanos, estoy seguro de que muchos aprobarían de esto.

Esas eran las palabras que escribía Egil torpemente en su diario, con una tinta muy pobre y casi seca, lo que le obligaba a reescribir sobre las letras, haciendo que el resultado se viese peor. Pero que se viese. El hombre se encontraba en una "taberna" del pueblo, o mejor dicho, la taberna del pueblo, ya que era la única, o al menos parecía la única a la que la gente acudía. Ellos no eran menos raros que su selección de donde montar su pueblo, pero no podía explicarse bien, ya que las vestimentas del lugar parecían un asunto que si se deseaba atender y explorar, tendría que ser reducido a cada individuo. Había desde lo más normal como pieles y huesos de animales, a "prendas" de insectos muertos cosidos. Luego estaban... bueno... luego estaba el tipo de gente que usaba un pedazo de Beholder seco en la cabeza, ese era el mismo tipo que el espadachín tenía sentado unas mesas al frente, riendo y gozando de la buena vida con su envidiable sombrero improvisado. Para Egil, si algo terrible había en este pueblo no era su cercanía con el temido Bosque de Zhalmia, era el sentido de la moda de sus habitantes.

Cuando termino de indagar en sus pensamientos sobre el lugar, cerró su diario y se puso de pie, con su mente desocupada de las hojas, la tinta y la moda, pudo notar una presencia, más cerca de lo que cualquiera debería estar si se encontrase en la mesa de atrás. Se dio vuelta, encontrandose con un hombre incluso más alto que él, rubio y anciano, pero con horribles quemaduras en elc uerpo. En ese momento, entre un anciano y un sujeto completamente cubierto de armadura de pies a cabeza, el que dio un paso atrás fue Egil, deteniendose solo al escuchar y sentir la silla que tocó sin querer.

Hey —dijo sin más el viejo, su voz cargaba un sentimiento de tranquilidad y era incluso armoniosa, lo que hacía muy mal juego, se fijaba Egil, con su sonrisa ominiosa y su hilera de dientes amarillentos y desordenados.
El anciano no recibió respuesta, pero la sonrisa no se borraba de su rostro.
Eh... ¿será que te he molestado? o... o eres sordo, o mudo... como mi nieta... —el anciano miró al yelmo de Egil, intentando buscar sus ojos detrás de todo ese acero.
El espadachín suspiro, abriendo paso al primer cambio de expresión facial del anciano.
No, no estoy sordo.
¡Ah! me alegra, me alegra —dijo juntando sus manos—, ¿y sordo?
Todo lo que salió de la boca del espadachín fue un breve aliento, un aliento que iba a ser respuesta, hasta que su cerebro pudo alcanzar la estupidez dentro de la pregunta.
Pues claro, verás, jeje... me imagino que ya te estarás haciendo idea, pero necesito tu ayuda.
Mientras el anciano hablaba, Egil tiró en su bolsa su diario, dejando a la interpretación del hombre si le estaba prestando atención o no.
Es mi nieta, la pobre es sorda de nacimiento y se ha pérdido en el bosque, ya le he pedido ayuda a otros, pero... bueno, ya sabes, nadie quiere ir a ese sitio —separó sus huesudas manos y las apoyo en los hombros del espadachín—, pero tú... tú estás cubierto de metal.
No intento faltar el respeto... pero si una niña sorda se perdió allí, debe estar muerta.
Junto a un infierno en sus ojos, la sonrisa del anciano volvió a su rostro, solo que está vez mucho más grande y siniestra.
Pero no es mi nieta quien me preocupa, joven. Es el bosque.
¿Perdón?
El anciano se dio vuelta y comenzó a caminar lentamente, cuando llego a la puerta del lugar dio un vistazo atrás hacia Egil que no se había movido de donde estaba, tan solo le hizo unas señas con el dedo.

Egil bajo un poco la cabeza, no tenía demasiadas ganas de involucrarse, la última vez que le hizo caso a un anciano extraño terminó atado a una cama y solo logró salvarse por un enano entrometido. Cuando pensaba en simplemente ignorar al anciano, cometió el error de alzar la vista y encontrar sus ojos de nuevo, un movimiento del dedo del hombre hizo a Egil avanzar un paso, uno bastante rápido y tosco, que casi le hizo resbalarse.
Alzó la vista y no encontró al anciano en la puerta, ya había salido. No dudo de lo que había pasado, parecía tratarse de un nigromante y le dio un jalón al hueso de su pierna como si nada, pero sin lastimarlo. Un nigromante, que típico de Zhalmia. ¿Ese tipo de precisión tan brutal? eso ya no tanto.

Tal vez no debió intentar seguir al anciano después de eso, pero allí donde había conocimiento en las artes tenía que estar él. Salió rápidamente del lugar y miró de un lado a otro, localizando a su blanco fácilmente como si Yigionath viese a través de sus ojos.

Cuando alcanzó al hombre dejo de correr, caminando tan solo unos dos o tres pasos detrás de él. No fue una caminata corta ni larga, pero pareció así por el paso lento del anciano. Por alguna razón las casas estaban algo aisladas, no importaba. Recuerdos de su atadura a una cama volvían a su mente... le llevaban a una casa aislada... tal vez si importaba, pensaba el joven guerrero. Cuando llegaron a la casa del anciano el primer reflejo de Egil fue poner la mano en el mango de una de sus espadas, el anciano encontró esto hilarante, y tan solo le ofreció asiento.
Te hará bien ser así de alerta en el bosque, chico, pero no aquí.
No he dicho que vaya a ir, aún.
Aún —remarcó el hombre con una sonrisa.

El espadachín no removió su mano del mango de su espada, el anciano solo mantuvo impasible su sonrisa y atravesó una cortina que llevaba a otra habitación. Egil observó la sala, tanto para buscar que no hubiese cadenas ni cuerdas, como para buscar un estante, no había demasiado en el lugar excepto un par de barriles, uno de ellos que estaba usando como silla. Un montón de trastes empezarón a sonar, con varios claramente cayendo al suelo, y entonces volvió, con un té rojo hecho de... hojas rojas.
¿Azúcar?
¿Eres un nigromante?
El anciano suspiró, poniendose los dedos en las cejas y masajeandose suavemente.
En este reino, hijo —dijo algo cortante—, o eres un nigromante, o serás un cádaver manipulado por uno.
Bueno, sí, lo sé.
Mi nombre es Iván.
Iván se sentó y saboreó lenta y apasionadamente su té.
Sí, soy un nigromante —rió un poco—, ¿cómo más crees que pude mover tu pierna, hijo, magia?
Eso es lo que es la nigromancia.
El anciano se echó para atrás ante la respuesta, antes de estallar de risa de nuevo y tomar un sorbo de té, para asentir fuertemente con la cabeza. Esta era la conversación menos fructífera que el espadachín había tenido en meses.
Eso es cierto... —acercó su taza a su boca para finalizar su té y dejo la taza sobre su plato encima de sus piernas. Entonces junto sus manos, algo más serio—. Déjame hablarte de mi pequeña y de mi, soy... más que un nigromante.

Una carga aplastó el ambiente, haciendo a Egil sentir como si su armadura ahora pesara el doble; la casa se volvió sombría, ¿las nubes? ¿el sol bajó? lo dudaba, la seriedad en el rostro viejo y arrugado del hombre traía una incomodidad más grande que su sonrisa. Iván lamió sus labios y abrió la boca, dejando salir un aliento fresco y helado, listo para empezar a hablar.
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Egil

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