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Ignorancia y temor.

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Ignorancia y temor.

Mensaje por Rufus Fortis el Mar Dic 11, 2018 2:53 am

Hubo cierto acontecimiento que sucedió, hace un par de años, cuando Rufus había cumplido 9 años y aún era un niño pequeño. Claro, hay que tomar en cuenta que en esta época, un niño de esa edad ya es plenamente consciente de sus responsabilidades y de sus actos, ya no son tan inocentes, la vida es dura, no se puede evitar. Quizás para los involucrados fue algo que recordarían por mucho tiempo y que no sabrían si reír o llorar, de la misma manera, mirarían al bosque, como internándose en sus viejos recuerdos.

Sucedió hace un par de años, Rufus había leído hace poco, que ciertos árboles, producían un musgo que parecía sangrar cuando alguien lo presionaba. La utilidad de este vegetal no estaba muy detallada en las páginas amarillentas, en ciertos párrafos hablaban de que podía servir para detener el sangrado, en otras, para evitar que una herida dejara de sangrar. Curioso, como él era, quiso verlo por sí mismo. El bosque no era como uno podría imaginarlo, no se encontraba cerca, pero tampoco lejos, caminando durante media hora, y alejándose hacia el oeste del pueblo, podría encontrar los límites de ese gigante verde y profundo.

El chico se preparó, no se le podía pedir mucho, aunque no siendo un idiota, guardo unas frutas, un trozo de pan duro y una bota con agua. Como si fuera de expedición, o ser un aventurero famoso, se alejó de la casa que le había visto crecer. Quizás en su infantil mente, era un gran explorador, quizás descubriría antiguas ruinas y ganaría fama y fortuna. Típicos sueños de cualquier niño, no hay que olvidar, que incluso el más humilde hijo de pastor, soñaba con alejarse de lo conocido y llegar a casa un día, con los bolsillos llenos de oro y muchas historias que contar.

Hay que pensar en lo siguiente, Rufus no era el típico hijo de noble, no había sido criado para seguir con la línea familiar, no tenía las mismas responsabilidades que sus dos hermanos, pero tampoco era como los plebeyos, ya que su vida era muy diferente. En pocas palabras, Rufus era un bicho raro, alguien anormal, en la naturaleza de las clases sociales. Quizás por ello su mentalidad era tan diferente, y por ello, se había marchado a buscar un simple musgo, que nadie estaría interesado en buscar o estudiar.

Caminando por los polvorientos senderos, diviso la panadería del viejo Ryan, con su chimenea siempre tirando bocanadas de humo y las tiendas que había a ambos lados del camino. La taberna con aventureros y mercenarios, el mercado con aroma a pescado de rio y tierra húmeda. El pueblo no era grande, no más allá de doscientas o trescientas personas vivían ahí, pero era la tierra de los Fortis y también el legado de su abuelo, quien sangro por ello. Paso a paso sus delgadas y pequeñas piernas le llevaron lejos de la civilización, los minutos pasaron y los campos de trigo se levantaron. Un manto dorado se extendía por donde uno pudiera ver, salpicado por hileras de árboles y una que otra granja con animales.

Media hora más tarde, el bosque se divisó, uno se podría preguntar como un niño de nueve años podría vagar solo… es una muy buena pregunta y la respuesta seria… irresponsabilidad. La vieja mujer que le había criado como una madre se había quedado dormida, levantarse antes de que el sol se alzara ya era difícil para esta y fácilmente el sueño podría vencerle, si se ponía bajo aquel sol de primavera. Junto a eso, los guardia de la casa estaban entrenando con Boris, que también era responsable de la seguridad de las tierras, por lo que el entrenamiento no podía faltar, y sobre Alan … bueno, después de algunos percances, había terminado ayudando en la oficina con Carlo, un terrible castigo para quien solo quería ser salvaje.

Como se estaba diciendo, Rufus había logrado llegar al bosque, un lugar que era peligroso, especialmente para los niños… y que invitaba a historias lúgubres y con pocos finales felices. Si bien el muchacho sabía que no podía internarse demasiado, el sentimiento de aventura pronto le invadió y caminando entre los árboles, únicamente escuchando el ruido del viento y las aves que hacían sus nidos en las altas copas. Minutos pasaron, los arboles parecían todos iguales y las hojas bajo los pies hacían sonidos amortiguados. Teniendo algo de hambre, el chico saco una manzana y comenzó a morderla, viendo si encontraba algún musgo. Si bien no parecía haber en ese lugar, si vio algunas plantas que podía reconocer, y árboles que no le parecían tan raros ni extraños.

Fue en ese preciso momento, que otro ruido surgió desde las sombras, sonidos de pasos, Rufus no estaba solo. En esos momentos, el miedo le invadió, había escuchado relatos de bandidos que secuestraban niños y los vendían, de bestias que asaltaban granjas y devoraban a todos. Sacando la daga que siempre le acompañaba, se preparó para enfrentarse a lo que se acercaba… algo idiota y estúpido. Pero no hay que olvidar que contaba con solo nueve años y no media las consecuencias de sus actos. Pudo haber escapado, corrido o escondido en algún lugar, pero se quedó quiero,  afirmando con fuerza la empuñadura de su diminuta arma.

Los arbustos se movieron y surgieron cinco figuras, poco más grandes que Rufus, sucios, con aroma a sudor y follaje sobre sus ropas gastadas. El silencio se hizo palpable en ese instante. Cinco niños miraron con extrañeza al chiquillo que les apuntaba con una daga y parecía totalmente ajeno con sus ropas limpias al lugar. Por otra parte, el niño miraba a esos cinco jóvenes, sudados, sucios, que llevaban un pequeño arco, algunos cuchillos y tres liebres colgando de un palo.  

-¿Hola?- Rufus fue el primero en hablar, con un tono algo ronco, sorprendido aun y sin bajar aún la daga, que realmente, era más peligrosa para el que para los cinco chicos. No hubo respuesta instantánea, mientras los cinco muchachos se miraban entre ellos, como preguntándose qué diablos sucedía – ¿Quién eres y por qué estas acá?- Pregunto el que parecía mayor y el que llevaba un arco en su espalda. Al parecer, también el líder de ese grupo de “cazadores”.

-Mi nombre es Rufus, vine del pueblo, estaba buscando musgo rojo- Dando toda la información que pedían, espero que la situación pudiera dejar de ser tan tensa, pero los muchachos habían entrecerrado sus ojos. Eran los hijos de algunos de los granjeros y siempre iban al pueblo a vender lo que cultivaban, comprando lo que necesitaran. Les era extraño el chico, sus ropas no parecían a los que usaban en el pueblo y si no fuera poco, jamás lo habían visto… -Nunca te hemos visto, no nos mientas- Dijo uno, siendo algo agresivo y viendo que las ropas eran limpias, observándolas con algo de codicia en sus ojos. –Soy nieto de la abuela María- Respondió el niño, intentando demostrar su identidad. Uno podría preguntarse por qué no había dicho que era hijo del barón … bueno, habían varios motivos, este último jamás lo había presentado a nadie, su hermano le había dicho que no mencionara que era un Fortis, ya que podían secuestrarle o atacarle, y por ultimo … no siempre los comuneros tenían estima por los nobles.

-Mientes, la abuela María no tiene ningún nieto, yo la conozco, trabaja con el Barón, y no tiene familia- Fue la respuesta del mismo chico, como si quisiera refutar todo lo que Rufus decía. –De seguro es un espía… mira sus ropas nomas, son demasiado limpias- Claramente, la mentalidad de unos niños estaba llena de incongruencias, pero… para sus cabecitas, tenía toda la razón. –Quitémosle sus cosas y lo llevamos a donde los guardias, apuesto a que nos darán unas monedas por el- El muchacho estaba empeñado en quedarse con las finas ropas y con la reluciente daga. Sus compañeros parecía que concordaban con este, mirando al niño con ojos agresivos.

Rufus constantemente negaba con su cabeza, intentando explicarse, y tratar de que le creyeran, pero antes de que pudiera hablar, los chicos ya le habían rodeado, al parecer, sin temer a la daga. Ellos tenían mucha más sangre en sus manos, que las que de seguro tendría un niño tan limpio. En la cabeza del muchacho, ya veía las imágenes, siendo atacado, robado y de seguro golpeado por esos chicos. Rufus tenía miedo, y mucho, la daga temblaba, no serviría de nada, de seguro cuando volviera a casa, si es que volvía, le regañarían, o quizás peor, le golpearían por tonto. Justo cuando iban a lanzarse contra el chico, el mayor parecía haber sentido algo y se detuvo. A pesar de eso, aquel niño de ojos codiciosos ya estaba sobre el niño, habiéndole intentado quitar la daga a la fuerza, pero únicamente cortándose la palma de la mano, lo suficientemente profunda como para comenzar a sangrar.

-¡DETENGANSE TODOS!- Grito el mayor, mientras miraba con temor a los arbustos, como temiendo que algo hubiera ahí. Como si un rayo hubiera golpeado su espalda, el muchacho tembló y grito rápidamente – ¡CORRAN TODOS, SON LOBOS!- Como si fuera perseguido por el diablo, cosa no muy alejada de la realidad, el chico salió corriendo, sin preocuparse de mucho, con la única intención de llegar pronto al pueblo o alguna granja. Este sabía que había lobos, pero no tan cerca, de seguro habían olido la sangre de las liebres. Sin interesarse por el resto, rápidamente se internó en los arbustos, en dirección este. El resto de los muchachos se miraron y le siguieron lo más rápido que podían, pero sin dejar de lado las tres presas colgando del palo, craso error.

A pesar de que todos comprendían que los lobos no eran animales dóciles, el único que parecía no haber entendido la situación era el muchacho codicioso, quien sosteniendo su mano ensangrentada, miraba con odio a Rufus. Este último había escuchado al chico mayor, y sin prestarle atención al herido, había intentado subir al árbol, con sus piernas cortas, no llegaría muy lejos. -¿A dónde vas maldito? ¡Te voy a matar!- Grito el otro chico, como si nada más que el contrario estuviera en su visión. Rufus con gran dificultad subió al árbol, quedándose afirmado sobre una gruesa rama y abrazando al tronco. Fue en ese instante, que los arbustos se movieron con violencia y dos lobos flacos aparecieron. Tan delgados que parecía que en cualquier momento el viento podía derribarlos. El rostro del chico se puso blanco al instante, e inmediatamente salió corriendo, sin pensar en nada más que salvar su vida. Las bestias olfatearon el aire, mirando al niño sobre las ramas, pero no tomándolo en cuenta, y corriendo hacia presas más sencillas.

El chiquillo solo miro con miedo, sujetando le tronco, como si fuera su única protección, y cerrando los ojos con fuerza, escuchando gritos y llantos a lo lejos.

Ya era de noche cuando hombres gritaban el nombre de Rufus entre los árboles. Las antorchas iluminaban los arbustos, mientras los hombres buscaban al niño. Por suerte, uno de ellos logro encontrar la figura, agazapada aun sobre la rama, afirmado del tronco, temblando de miedo. Cuando lograron bajarlo, encontraron que había mojado sus pantalones, y se notaba que había llorado mucho, porque su rostro estaba sucio y las lágrimas habían marcado su camino. Cuando Boris abrazo al chico, este se puso a llorar sin parar y únicamente se detuvo cuando cayó rendido y dormido.

Fue al amanecer siguiente, que Rufus despertó, sus dos hermanos estaban en su habitación y preguntaron qué había sucedido. Este les conto todo lo que había pasado, porque había ido al bosque y como eran los hechos. También comprendió que habían sido los otros chicos que habían mencionado su apariencia y los lobos, por lo que la guardia había ido en su búsqueda y rescate. Solamente cuatro niños, aparte de Rufus habían vuelto, el muchacho de ojos codiciosos no había tenido tanta suerte, los lobos lo habían atrapado y devorado. Tras unos minutos de silencio, Boris comenzó a regañar durante casi una hora al niño, Carlo había escuchado desde tras la puerta, suspirando y con su rostro claramente molesto. Tras el regaño, vino el castigo, por lo que durante un mes Rufus debió de entrenar con la guardia y no tener permitido salir de la casa señorial.

Claramente, Boris se preocupaba de su hermano, ya que si bien entreno con la guardia, no podía esperar que alguien tan joven hiciera los entrenamientos de los adultos, a pesar de eso, Rufus termino con ampollas en sus manos y pies, cansado, magullado y adolorido, comiendo comida sin sabor y dura. Un mes infernal para un chico de nueve años. Tras esa experiencia, el muchacho ahora pensaba dos veces de salir solo. De los cuatro chicos… buenos, el miedo quedo en sus mentes, ahora que habían perdido a un amigo y compañero, por lo que también pensaban dos veces antes de internarse solos en el bosque.


No se que caminos hay, ni que habrá después de este paso, pero, por los que me despreciaron, por los que confiaron y por los que me amaron, no volveré sobre mis actos.
Rufus Fortis
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