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Mensaje por Rufus Fortis el Miér Dic 12, 2018 2:41 am

El sol se alzó sobre las lejanas montañas, derramando su luz sobre los dorados campos de trigo. Como si fueran las olas del mar, las llenas espigas se balanceaban, en una danza perfecta. Cerca, los granjeros se preparaban para la cosecha, sería una muy buena. El trigo maduro se secaría, se llevaría a los molinos y convertiría en harina. Se guardaría una parte para el invierno, mientras que el resto se vendería en el pueblo y de ahí los mercaderes se encargarían del resto.

Mientras los hombres comenzaban sus labores, las mujeres hacían lo suyo, ordeñar los animales, preparar la comida, cuidar de las aves. Los niños salían a  jugar, los mayores a ayudar a sus padres. Así era la vida del granjero, ya que si no trabajaban, no comían. La tierra no era de ellos, si no del señor, el Barón del territorio, Carlo Fortis, y por lo tanto, había que pagar impuestos. La vida era dura, pero no lo suficiente como para que los hijos murieran de hambre o se convirtieran en bandidos.

Siguiendo el viejo camino, y navegando entre los infinitos campos, uno llegaría al pueblo. Muros de hasta cuatro metros rodeaban el lugar, fabricados por gruesos troncos del bosque cercano, mantenían a bestia y villanos lejos de los pobladores y aldeanos. Una gruesa puerta, vigilada por dos guardia deban la bienvenida al pueblo, Villa Fortis había sido bautizada, si bien el nombre era por los gobernantes del lugar, también demostraba el poder otorgado a estos por la nobleza de Phonterek. Tras los muros, cerca de trescientas personas habitaban, y por la ancha calle central, los negocios se levantaban. La taberna y Posada, La Gallina de Plata, la panadería del viejo Ryan, los curtidores y pequeños negocios montados por los mercaderes. Como si fuera una telaraña, docenas de callejuelas se separaban del camino principal, llevando a los hogares de los habitantes del lugar.

El día era agradable, y el mercado estaba abierto, hombres gritaban sus productos, verduras frescas, animales de granja, herramientas de hierro, telas y demás. El lugar era como cada día, algún chico querría comprar tela para la jovencita que amaba, el viejo granjero querría cambiar sus herramientas. Entre las personas que compraban y vendían, una anciana caminaba, con un canasto en su brazo y a su lado, un muchachito, de no más de diez años. La anciana miraba al chico con amor, parecían abuela y nieto, aunque todos sabían que no era así.

La anciana María era conocida por casi todos, al igual que su historia. Había sido una mujer muy bella en el pasado, antes de que su cabello se volviera color ceniza y su rostro se llenara de arrugas. Se había casado con un leñador y había tenido dos hijos, hubiera sido una historia bella, si no fuera por los bandidos. Había sido bastante cruel la situación, el hombre murió defendiendo a su mujer e hijos y estos últimos, habían terminado muriendo en el incendio de la cabaña. Si no hubiera sido por el Barón al ofrecerle una mano, de seguro hubiera terminado volviendo con su familia o vendiéndose en algún burdel, una historia no poco común.

Como sea, la mujer había superado todo, aunque eso no significa que lo hubiera olvidado, pero quedando al cuidado de los tres hijos del Barón, no se le vio llorar más. Tras la muerte de la Señora, se había encargado del tercer, lamentable, hijo del Barón, Rufus, el muchacho que le acompañaba en esos momentos. El muchacho no era querido por su padre, al nacer, había causado la muerte de su madre, un golpe que Carlo no pudo superar y que por ello, mantenía a su tercer hijo lejos de su vista, casi no teniendo ningún contacto con el niño.

Ese día habían decidido salir a comprar algunas verduras, si bien podían usar las que se compraban para la casa señorial por el mayordomo jefe, la pareja de niño y abuela, les gustaba salir, y observar que había de fresco.

-Abuela, las berenjenas se ven muy bonitas hoy, ¿por qué no hacemos un guiso?, hace tiempo que no comemos- menciono el chico, observando los vegetales que un hombre de mediana edad limpiaba con un trapo sucio. La anciana observo estas y pensando unos minutos, sonrió, comprando un par de estas, eran solo unas monedas de bronce, por lo que no era mucho para el Señor. –Mírate nomas, como si no te conociera. Apuesto a que estuviste viendo uno de esos libros de cocina y quieres que te lo preparen las cocineras… siempre es lo mismo Rufus- El chico sonrió con inocencia, al ser descubierto. Precisamente, había leído un libro de cocina y mencionaba las berenjenas asadas, por lo que el apetito se despertó y buscaba como lograr comerlas.

Las mañanas eran así y muchos de los vendedores conocían al par, aunque no lo mencionaban a viva voz, sabiendo que podían traer problemas sobre si mismos por ello. La vieja mujer compro algunas cosas, más que por necesidad, por el hecho de salir de esa casa y pasar un tiempo con el chico, a quien veía casi como su propio hijo o nieto. No hay que olvidar que aquella anciana le había criado y actuado casi como su madre durante esos diez años.

Volviendo sobre sus pasos, y dejando que el muchacho llevara la canasta, el dúo se encamino a casa, simplemente caminando por la calle principal. –Abuela, sabes … leí que si uno sigue el camino y viaja más allá de las tierras de padre, llegara al océano, y más allá, a tierras que nadie ha descubierto jamás- La infantil voz parecía llevar muchos anhelos, como si quisiera que brotaran dos alas de su espalda y se lanzara hacia la lejana aventura. Pero claro, la anciana solo negaba ante lo dicho –Solo los mercaderes salen de la tierra del Barón, no hay nadie más que quiera aventurarse… mejor no pienses en ello y cuéntame más sobre ese viejo mago del que me contabas ayer.-78


No se que caminos hay, ni que habrá después de este paso, pero, por los que me despreciaron, por los que confiaron y por los que me amaron, no volveré sobre mis actos.
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Mensaje por Rufus Fortis el Miér Dic 12, 2018 3:16 pm

El chico parecía estar pensando, mientras sostenía la canasta con varios vegetales y huevos frescos. Haciendo memoria, comenzó a hablarle a la vieja mujer, mientras ella oía simplemente, disfrutando del sol y el viento fresco.

-Bueno, antes de que al abuelo le dieran estas tierras, era un lugar muy caótico y salvaje. Muchos bandidos abundaban por el lugar y se decía que incluso un mago vivía en la zona. No decía mucho del mago en lo que estaba escrito, pero decía que no era alguien con una reputación muy buena y que muchos querían matarlo. Un par de años andes de que llegara el abuelo, el mago desapareció y la torre donde vivía se derrumbó, creo que ya no queda nada de ella. – La anciana asintió, como si estuviera de acuerdo con que la torre hubiera desaparecida, ella también sabia cosas de ese lugar, y recordaba que su padre le había contado que en ese lugar nada crecía y todo parecía muerto. – Bueno, si era un mago malvado, fue bueno que todo hubiera terminado y la torre desaparecer, no es bueno jugar con magia y menos si es magia mala, se lo tenia bien merecido de seguro-

La Abuela María ya había dado su juicio y contra ello, no se podía hacer nada. El muchacho pareció seguir pensando, mirando a lo lejos, donde una casa aun mas grande que las demás parecía observar a todos con sus ventanas con cristales. -Me gustaría ver magia de verdad, no esos charlatanes que quieren dinero nomas por hacer trucos falsos. – La anciana negó y suspiro – La magia no es algo que un niño pueda entender, pero si quieres magia, solo ve donde el sacerdote, y te mostrara como cura heridas- El chico miro hacia un lado, donde había un templo dedicado al dios de la luz y la justicia, fuera, había un sacerdote delgado como una varilla de madera, y alto como un poste del muro, su rostro siempre era severo, como si algo le molestara continuamente o quizás había comido algo de mal sabor. -Mejor no … siempre me a dado escalofríos ese hombre … y como mira, si pensara que todos merecemos castigos … no me agrada para nada- La anciana solo rio, sabiendo a lo que el chico se refería, más la risa parecía haber atraído la mirada del religioso, lo que hizo que, como una corriente eléctrica, recorriera la espalda del niño, haciendo que acelerara sus pasos.

Los minutos pasaron, y el dúo llego a un pequeño muro de roca, de no mas de dos metros de alto. Era el único muro de piedra en el pueblo y solo pertenecía a la casa señorial, donde vivía la familia del Barón. A ambos lados de la entrada, dos guardias protegían el lugar, no eran jóvenes, pero tampoco eran viejos, sus rostros estaban curtidos por el sol y la lluvia, pero aun sonreían, mientras sostenían sus lanzas. -Hola Will, Ian, ¿es toco estar en la puerta hoy? - La anciana pregunto, mientras sacaba dos manzanas del canasto y se las entregaba a los hombres

– Uff, ni te imaginas, el joven señor está muy molesto, ha habido un grupo de bandidos en la zona y quería que protegiéramos el lugar día y noche- Dijo uno de ellos, mientras tomaba una manzana y le daba un mordisco – Es verdad, atacaron una caravana hace un par de días, mataron a casi todos, solo llego acá uno de los mercenarios que la protegían. El señor estaba furioso y dijo que los iba a colgar… ahora mismo el joven señor debe estar con el resto de la guardia persiguiéndolos-

- ¿Mi hermano está afuera ahora? - Pregunto el niño, mientras veía a los hombres devorar rápidamente la dulce fruta. Mientras se limpiaban los dedos con un trapo de tela, los hombres asintieron -Si señorito, el joven señor salió anoche, pero no se preocupe, esta junto con los mejores hombres de la guardia, no hay nadie que los pueda derrotar en estas tierras- Los hombres hablaban con confianza, mientras el niño aun estaba algo preocupado. No era para menos, ya que era su hermano y alguien a quien admiraba. Boris era fuerte, valeroso, intrépido, tenía un corazón lleno de justicia y era muy querido por todos en el pueblo. Si nada salía mal, seria quien heredaría la tierra de los Fortis, y se volvería le próximo señor.

-Bueno, entremos, aun tenemos cosas que hacer y ustedes dos … -La abuela entrecerró sus ojos, como si estuviera a punto de regañarles – Hagan un buen trabajo o les diré a las cocineras que no les den carne para la comida- Como si un rayo les hubiera golpeado, ambos hombres se pudieron rectos, con sus lanzas a su lado y en posición de guardia, sonriéndoles. La anciana asintió, mientras tomaba la mano del chico y entraban a la casa.

El lugar era mucho mas grande de lo que uno podía pensar, quizás solamente la casa señorial cubría un decimo de toda la zona del pueblo. Tenia jardines y algunas estatuas, al igual que una zona dividida en varias pequeñas casas. Ahí estaba la casa principal, donde vivía la familia, las habitaciones de los sirvientes a un lado, la cocina y los establos, al igual que la bodega y almacén.  El dúo camino por los caminos de adoquines, pero no entraron a la casa principal, sino que, a una zona, entre los sirvientes y la familia principal. Ahí, alejado de ambos mundos, una pequeña casa se levantaba, estaba pintada de blanco, con cal, y tenia cristal en sus ventanas, un lujo realmente. El niño abrió la puerta y ese aroma familiar a hogar invadió su nariz. Aquel lugar era su casa, su hogar, donde había vivido durante diez años, y desde que tenia memoria y uso de razón.

Ahí había varias habitaciones, la suya, llena de libros y pergaminos, la de la abuela maría, con una cama bien hecha, y suaves colchas, una pequeña mesa para que comieran los dos, una pequeña cocina a leña y algunas sillas. Se podía ver colgando del techo trozos de carne secada, al igual que tiras de ajos y cebollas. Era un lugar bastante hogareño, diferente a cierto lujo que había en la casa principal y la austeridad en la de sirvientes. Rufus sonrió, era un lugar que amaba y a su lado, la mujer que le había criado como su madre. Rápidamente, comenzaron a cocinar juntos. Era verdad que en ocasiones pedía que el cocinero de la casa principal les preparara algo, pero normalmente, ellos mismos se hacían cargo de todo, como si fueran autosuficientes.

Desde la casa señorial, tres una alta ventana, un hombre de mediana edad, casi llegando a los cincuenta ya, observaba como el humo empezaba a alzarse de la chimenea de esa pequeña casa. Carlo suspiro, mientras tenia una vieja carta en su mano, sosteniéndola con firmeza, como temiendo que el viento inexistente, se la llevara. Girando su mirada, observo el cuadro de una bella mujer, que le sonreía siempre, devolviéndole la sonrisa cada vez que podía este. 84


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Mensaje por Rufus Fortis el Miér Dic 12, 2018 11:51 pm

Carlo observo durante unos instantes mas por la ventana, tras le cristal, sabía que vivía su hijo de una forma muy diferente a la que debería. De por sí, era su propia sangre, debió de vivir con los lujos que merecía al ser un Fortis, pero, el hecho de la muerte de su mujer era un demonio en su corazón, demasiado fuerte como para superarle. Suspirando, toco una campana, el ruido era bastante melodioso, mientras la puerta del estudio se abría y un hombre, ya entrado en años y con bastantes canas en su cabello se presentaba. El hombre se inclino hacia el Barón y espero sus órdenes. – Mancini, haz que María venga, tengo algo que hablar con ella- El viejo mayordomo volvió a inclinarse y se retiró, en el mismo silencio que había llegado.

En otro lugar, Rufus estaba picando algunas verduras, mientras se preocupaba del fuego. La anciana había terminado de limpiar la carne y estaba lista para seguir cocinando, cuando dos toques resonaron en la puerta. La vieja mujer limpio sus manos con un trapo y abrió la puerta, encontrándose con el mayordomo. – El maestro desea hablar contigo- Palabras simples y sin ningún tono en particular, como si se le hablara a una pared. La mujer afirmo, mientras le sonreía al niño y le pedía que continuara cocinando, pero que tuviera cuidado con la estufa y el fuego.

Mientras el señor revisaba libros y documentos, la puerta fue tocada y con un “Adelante”, la anciana entro, mientras el mayordomo cerraba la puerta. Carlo comenzó a anotar varias cosas en un pergamino, mientras la anciana esperaba, como era el protocolo. - ¿Cómo ha estado ese niño? - Fue lo primero que pregunto, la anciana sonrió levemente, levantando las esquinas de sus labios. - Es un niño fuerte y sano, muy inteligente y cariñoso, le encanta leer y es mas maduro que los niños de su edad, es un buen chico- El hombre había escuchado claramente y respirando profundamente levanto su vista de los documentos, observando a la anciana. Para el, las palabras de la mujer eran cómo describiría a su propio nieto, y demostraban el vínculo que tenía con este último. Tomando una carta algo arrugada, la abrió, acercándola a la mujer para que la leyera.

La expresión de la anciana cambio en un instante, el sello que había en la carta no era de un lugar común, si no que era un sello de la escuela de magia de Thalis Nertheliam, o mejor dicho, una de las tantas escuelas que enseñaban magia en esa isla. -Dentro de una semana, un carruaje llegara para llevarse al chico, cobre un viejo favor y un amigo lo presentara, si tiene o no fortuna en ese lugar, eso lo decidirá el, es todo lo que puedo hacer como su padre-

La mujer se sorprendió al escuchar esas palabras, durante casi diez años, el contacto que habían tenido el hombre y el niño era mínimo, y el cariño que podía verse en el Barón, era casi inexistente, por lo que el mismo referirse como un “padre” le parecía demasiado extraño. Por suerte, la mujer era inteligente, y su sorpresa no se demostró en su rostro. Aunque tampoco hubiera importado mucho, ya que Carlo no tenía interés en ello.

-El chico no crecerá acá y tampoco será de utilidad si se queda. Boris heredara la posición de Barón tarde o temprano y Alan de seguro la de jefe de los guardias, por lo que el chico únicamente podría vivir de la caridad de sus hermanos. - La anciana no esta completamente de acuerdo con las palabras del Barón, Rufus era inteligente y de seguro podría labrar su propio destino. Sería difícil y doloroso, pero surgiría y se volvería alguien famoso o importante, no tenia dudas de ello. Mas ahora, Carlo parecía querer alejarlo de la familia, si bien, era una gran oportunidad, el niño estaría solo, era como lanzarlo a los lobos … y esperar que los domara o fuera devorado.

Tristemente, la mujer, muy a su pesar, no podía hacer nada, era simplemente una empleada y aunque amaba a Rufus como su propio hijo, no era realmente su sangre y el hombre frente a ella, era quien podía dictar lo que seria de este niño. La anciana se inclinó, comprendiendo la situación, y guardando algunas lagrimas en su corazón. El muchacho estaba terminando de cocinar, cuando la vieja mujer volvió, sonriéndole como siempre y acariciando su cabello, con el mismo amor que había demostrado día a día. -Querido, comeremos bien hoy y mas tarde saldremos a caminar, ¿Bueno? Vamos a ver si encontramos algo bueno en el mercado mañana-

El muchacho sonrió con ternura, mientras se preocupaba de la comida y la mujer trataba de no pensar, en que solamente podría estar con el niño una semana más. De la misma manera, pensaba como se lo diría, ya que tendría que abandonar todo lo que conocía e internarse en lo desconocido. Perdida en sus pensamientos, la voz de Rufus la trajo de nuevo a la realidad, la comida estaba lista y sirviendo dos platos, comieron como si fueran una familia, riéndose sin preocuparse del futuro o de cualquier cosa. 67


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