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Mensaje por Bennett el Lun Dic 17, 2018 11:17 pm

El cruel sol golpeó el cuerpo del cambiaformas. Ver el sol a veces le recordaba a un ojo, sí, un ojo malévolo que no parpadeaba. Tal vez era el ojo de Symias, juzgándolo constantemente por lo que hacía, lo que se había vuelto.
De ser así tendría que juzgar a todo Woestyn Ölüm. El desierto era una mierda. Sus ciudades eran una mierda. Ya ni siquiera sabía donde estaba ni para donde iba. Todo aquí era mala compañía, y es que hasta el desierto, en sí mismo, parecía solo otro grupo de molestias más de las tantas que habían a lo largo de la tierra muerta. El cielo, aliado con el bastardo sol: ni una miserable nube para suavizar los rayos.

Lagartijas se refugiaban en las sombras de las rocas donde la arena no estaba tan caliente como para asarlas, pero no había suficiente sombra para Skurk. Cada paso que daba se hundía en la arena abrasadora. Verdadero a su nombre, el caminante de las arenas continuó adelante.

Dos noches pasaron. Era mañana en el desierto. El enorme y dorado ojo se elevó sobre el borde del mundo árido, y sus rayos cayeron en una solitaria caravana que estaba en movimiento, un carro jalado por dos enormes caballos y rodeado de 9 personas, aunque no a todas se les veía armas en el cuerpo.
El desierto estaba cubierto de colinas. El viento agitaba la tenue arena y Symias golpeaba a todo por igual sin piedad. El sudor salado salía de la nariz de todo hombre y le picaba en los ojos; la ropa es abrumadoramente calurosa y pegajosa; la seca brisa del desierto soplaba arena dentro de tus ojos y volvía tu cabello rígido con sal. Las lenguas... las lenguas se sentían como si estuviesen cubiertas de piel, labios agrietados y secos. En su sano juicio, cualquiera anhelaría cristal, agua fría.

Pero este hombre anhelaba sangre. Aún en su forma humana, no había mejor descripción para su movimiento que "deslice." Se deslizó silenciosamente hasta la caravana, su figura imposible de notar; pero su sed de sangre muy clara.
Alto —dijo un mercenario, llevando su mano al mango de la espada que descansaba en su espalda, desenfundándola solo un poco.
Dos hombres más de pusieron en alerta, uno desenfundó un par de dao, uno ágilmente se montó encima del carro de un salto y apoyándose con un brazo, una vez allí ya estaba en posición, apuntando con arco y flecha a sus alrededores.
¿Su-sucede algo, señor Ken? —preguntó un hombre con un sombrero rojo y ropas holgadas, apropiadas para la temperatura absurda del desierto.
Parece... parece que no. ¿Ves algo, Tuerto? —preguntó al hombre con el arco sobre el carro, que negó rápidamente con la cabeza—. Ya veo... falsa alarma entonces. Solo creí haber sentido algo.
¡Ja! ¡creer dice! —refutó otro de los comerciantes, el más anciano del grupo de personas—. ¡No te pagamos para 'creer,' mercenario de pacotilla! —se dio vuelta en su caballo, mirando a sus otros dos compañeros comerciantes—. Les dije, ¡yo les dije! ¿a quién se le ocurrió contratar a un grupito que tienen un ARQUERO con un ojo?

Manos se movieron veloces, apuntando al hombre de sombrero rojo.
¡Abue...Señor Rui! —exclamó mirando hacia atrás, saltando a la defensa del "grupito" y la propia—. No son un grupo de mercenarios cualquiera, señor, les dicen Los Salvajes de Milele por alguna razón.
¿Falta de modales? —preguntó sarcástico.
El hombre del sombrero rojo suspiró, indicándole con el brazo a su abuelo.
Entra un rato y descansa, el calor te debe estar afectando.
Además —añadió Tuerto—, un ojo es todo lo que necesitas para apuntar, lo sabrías si supieras usar un arco —dijo saltando del carro y cayendo a un lado del mismo.
El señor Rui emitió una serie de ruidos que no llegaron a formar palabra en ningún idioma por molestia, bajándose de la espalda del caballo entrando al pequeño carro de madera.

Los Salvajes de Milele, la fama les precedía. Solo cinco hombres, de los cuales múltiples rumores rondaban a  lo largo del desierto. Que uno de ellos mató un Espejo del Desierto con solo sus manos. Que todo grupo enviado a asesinarlos, eran asesinados primero. Y el más grande de todos, que los cinco juntos una vez mataron un gremio de ladrones y asesinos completo en səhra şəhəri.
¿Pero qué era un grupo de rumores contra una leyenda?

Tal vez era por la sed de sangre. O tal vez es porque sabía que era simplemente mejor que todos ellos, pero la susodicha leyenda no se molesto en esperar más.
¿Sabía con quién se estaba metiendo? Posiblemente no. ¿Le importaba? Mucho había dejado de importarle.

Una frasco de vidrio rodó frente al arquero, este posó su único ojo en ella, su cuerpo reaccionó más rápido de lo que su mente pudo, lanzándose rápidamente a un lado y girando por el suelo, lo que alertó al resto.
¡Tuerto, no! ¡cuidado! —gritó Ken.
Tuerto miró hacia el hombre, sin comprender de que le advertía, un segundo frasco se encontraba a sus espaldas. El frasco, quebrado y revelando el dulce líquido morado que yacía en su interior a la arena y el sol. El líquido se hundió pronto dentro de la ardiente arena y se levantó rápidamente una nube de humo púrpura que comenzó a expandirse.
Huele a...
¡A jugo de Peyote! ¡y a Ardehde!
Ken corrió, tapándole la boca a su compañero de los dao, casi arrastrándolo adelante. Los otros dos miembros de su grupo corrieron también, saltando sobre los caballos y dándoles palmadas. Se escuchó un crujido con un grito, la voz de Tuerto, lo que junto a las palmadas fue más que suficiente estimuló para lanzar en carrera a los caballos. Rui asomó la cabeza por la puerta delantera del carro.
¿¡Qué, qué sucede!?
¡Abuelo, no, adentro! ¡y no respiren! —gritó tapándose la boca con una mano.
¡Exijo saber que pasa!
El mercenario que se sentó atrás del nieto de Rui miró fijamente al anciano, logrando inyectarle algo de miedo e inseguridad con solo su mirada. Rui tragó saliva y desvió la suya para evitar sus ojos, notando como algo del humo púrpura aún estaba con el carro, como si se hubiese pegado a el. No sin dejar la expresión amargada de su cara por orgullo, miro hacia su nieto y el mercenario y metió la cabeza adentro una vez más.

Los caballos corrieron lejos, logrando jalar el carro lo suficientemente rápido como para que la nube de humo no les alcanzará.
Haa.... ha... —respiraba profundo el hombre, agarrando aire al exagerar y haber aguantado la respiración por más tiempo del que necesitaba al estar asustado. Miro atrás por miedo de que los siguieran—. ¿Y Tuerto...? ¿qué sucederá con él?

Ninguno respondió a la pregunta del hombre. Los Salvajes intercambiaron miradas, el hombre busco los ojos de los que iban en el otro caballo, pero no encontró ninguna. Ken y el mercenario de los dao se bajaron de los caballos una vez estaban suficientemente lejos del humo, entonces caminaron a los lados del carro, casi de lado para poder tener vista hacia atrás y adelante. No había huellas. Nada los había seguido. Lo único que permanecía atrás era la enorme nube púrpura a la distancia, que ya comenzaba a debilitarse y correrse a los lados por el aire.

Son los hijos de perra de Musharaff —comentó repentinamente.
¿Qué?
¡Los hombres de Musharaff, Rauf! —miró a su compañero de los dao—. ¡Ellos son los únicos que saben usar Ardehde así, como las perras que son!
El nieto de Rui miró la cara de uno y luego del otro, cada vez haciéndose más obvia la preocupación en su rostro.
¿Musharaff? ¿Ardehde? ¿de... de qué hablan? —se atrevió a preguntar.
Ardehde... es un arbusto que solo crece en lugares secos... son malditamente espinosos, sus hojas son negras, pero a la luz del sol se ven moradas, nadie sabe porque mierda —pausó un momento, antes de mirar a un lado y ver que eso no le bastaba como explicación al hombre—. En realidad es... usado medicinalmente, pero esos malnacidos encontraron alguna puta toxina que usar del arbusto, y crean eso que viste hace poco.
To...toxinas... entonces...
Sí. Si el grito no te lo dejo claro, Tuerto debe haber muerto, pero no le prestes tanta atención a eso, todos ustedes siguen estando bien.
El hombre miró al mercenario horrorizado, sin poder explicarse su actitud hacia su ex-compañero.
¿Cómo puedes decir eso? ¿no son un grupo? ¿un equipo?
Solamente un grupo.
Ken caminó más rápido, para poder alcanzar y ponerse delante del carro. Sintió unos ojos clavados sobre él y volteo, mirando al hombre.
¿Sucede algo?
¿Vas a dejar que hable así? tú le gritaste a Tuerto, al menos a tí te importaba, ¿no?
Ken suspiró, viendo la cara del hombre. Tal vez... tal vez lucía como uno, pero por lo que acababa de decir, parecía retener todavía la mentalidad de un chico.
Esto es Woestyn Ölüm... todos aquí estamos solos. Nosotros tenemos un pacto muy simple, ¿puedes salvar a uno del grupo? sálvalo. ¿Morirías al intentar hacerlo? déjalo a su suerte
El hombre se quedo callado, mirándolo, su blando corazón incapaz de aceptar la verdad de un mundo como en el que lamentablemente vivía.
Eso es ridículo... estamos rodeados de gente, ¿cómo que todos aquí estamos solos?
El desierto que ves es solo un montón de granos de arena. No importa cuantos haya o veas juntos en un lugar, siguen estando solos. Nosotros no somos distintos a los granos.
Bien dicho.

La voz trajo escalofríos, no era una voz familiar para ninguno. Había alguien con ellos; alguien, eso pensó Ken, al menos hasta que, siguiendo la fuente de donde vino la voz, se agachó, mirando abajo del carro.

Sus ojos se encontraron con un cuerpo desnudo sostenido a la parte de abajo del carro cual araña. El de un hombre de piel oscura, tan seca como el mismo desierto, con áreas en su piel que parecían haberse caído. Solo tenía buena vista de su cara, sus hombros y sus brazos, todos asquerosamente cubierto de cicatrices, incluso sobre las escamas.
La fría mirada reflejada en su rostro hizo a Ken estremecer. Parecía no tener ningún sentido de humanidad, no era alguien, era algo. Su corazón parecía hecho de piedra, no lo había visto asesinar a nadie, pero tuvo visiones de muertes brutales. El destello malvado en sus ojos de distinto color deslumbraron más fuerte de lo que el sol pudo; el asesino olía a sangre. A peligro.

Dos dagas volaron hacia Ken, que esquivo gracias a la carga de adrenalina que había sufrido por el miedo, desenfundó su espada y un grito escapó a su boca, llamando la atención de sus compañeros.
¡Está abajo, abajo del carro!
Por absurda que sus palabras eran, sus compañeros no dudaron ni un instante, viendo el reflejo del miedo en sus ojos. Uno puso afuera sus dao, otro un shamsir, y el último una espada corta.
¡Vamos chico, vamos, muévete! —le dio una fuerte palmada a uno de las comerciantes que montaba el caballo—. ¡Todos adentro!
El del shamsir se agacho, observando abajo del carro, pero no había nada.
Ya no esta.
¿Qu-pffft-qué? —preguntó incrédulo.
Rodeen el carro —ordenó el de los dao con sus espadas al frente—, ningún asesino de segunda de Musharaff va a matar a uno más de nosotros.

Skurk emergió desnudo de atrás del carro, pisando la ardiente arena con su pie descalzo como si le diese igual. Su boca babeando y su mirada pérdida, se veía terrible, con una serie de cicatrices en el pecho, cada una peor que la otra. Ante tantas cosas absurdas para el grupo, esa ra la peor de ellas, las heridas que dejaron atrás esas cicatrices. ¿Cómo alguien con marcas así seguía vivo?
Oigan... esas heridas...
Ni siquiera está armado... me da igual que haya sobrevivido a lo que le haya pasado, no sobrevivirá a esto.
El hombre dio un doble corte adelante como amenaza, obteniendo como respuesta del hombre de piel oscura un eructo acompañado de más baba fuera de su boca, escupiendo el suelo.
Hey, ese... creo que ese e-

Antes de terminar de hablar, el mercenario de con los dao se lanzó a la carrera, pegando un salto y cayendo con un doble corte muy pesado, pero muy predecible. Skurk movió su cuerpo a un lado, casi como arrastrándote por su propio poco peso. Varios cortes como una danza siguieron, pero todo lo que cortaron fue el aire. Tras cada corte Skurk parecía intentar abrazar al mercenario inútilmente, que no le permitía entrar a un rango tan cerrado como para hacerlo.

La danza de cortes siguió, con el mercenario acelerando la marcha un paso más arriba, echo su cuerpo atrás cruzando los brazos y se impulso adelante para desatarlos y dar un corte de ambos lados a la cabeza del cambiaformas, un intento no tan sutil de separarla de su cuerpo. Skurk saltó adelante, casi como si quisiera que las espadas le cortaran el cuello en dos, pero él fue más rápido y su dura, seca frente impacto contra la del hombre, sacándolo de balance por unos dos pasos atrás.
¿Qué sucede con la frente de este sujeto...? ¿no está mojada? ¿deshidratación?

Cuando alzó la mirada pudo ver a Skurk corriendo hacia atrás del carro, a lo que dio una corta carrera adelante y le lanzó una de sus espadas girando como una sierra. El cambiaformas la esquivo y se dio vuelta, viendo un corte ascender desde lo bajo. El mercenario alcanzó la punta de su oreja derecha con su espada, cortándola limpiamente. Skurk se lanzó sobre el mercenario ahora que tenía el  brazo derecho hacia arriba, atravesado, y poniendo una de sus piernas atrás de las suyas lo hizo resbalar, una tarea hecha más sencilla gracias a la arena.
En su caída el hombre de los dao pudo observar dos asquerosidades, primero como la mandíbula de Skurk se descuadraba un poco, dando pasó a algo desde dentro de su estómago. No hubo grito, no hubo nada, solo una respiración ahogada.

El resto de los mercenarios llegaron de ambos lados, dos de la derecha y uno de la izquierda, observando, ahora horrorizados, como Skurk desnudo estaba sobre el hombre, con su cara pegada al cuello del hombre, un cuello del que brotaba en cantidad, líquido rojo.

¿Es... un maldito vampiro?
Skurk apartó su cara del cuello del hombre, revelando en su boca una daga bañada en sangre. Se puso de pie lentamente y la limpio lo mejor que pudo con una pasada de su mano, antes de poner la vaina de la daga que sostenía entre sus dedos en su lugar. Miró a los dos hombres que tenía al frente, todavía con su mandíbula dislocada, y se trago la daga de vuelta, provocándole algo de nauseas al del shamsir.

Chicos...
¿¡Qué haces parado como un imbécil, Rashad!? ¡apuñálalo!
No entienden...
Rashad dio un par de pasos atrás, con la mano que sostenía su espada corta temblando. A sus ojos estaba la espalda de Skurk, descubierta, fácil de atacar... y en ella, una enorme cicatriz que se curvaba, como si se tratase de una serpiente.
Este tipo... ¡es La Masacre de Alramì!
Ken y el mercenario del shamsir se paralizaron al oír el nombre. La Masacre de Almarì, este nombre no lo llevaba tanto el evento sino como la bestia. Se contaba en el desierto de un monstruo que fue dejado en una ciudad pequeña en una luna llena. A la siguiente salida de sol, todos estaban muertos.
Eso... —dijo Ken algo asustado—. No puede ser, ¡míralo, es solo un hombre! ¡no es una bestia! ¡aaaarh! —dio un espadazo adelante y rugió como para darse valor a sí mismo, una parte de él quería huir, pero todo lo que salió fue un rugido.

Skurk pusó un hombro adelante, como si hubiese pretendido recibir una puñalada en él. Su cuerpo entonces empezó a cambiar, las escamas comenzaron a estirarse más allá de su hombro, cubriendo su cuello y rostro, su pecho y espalda... sus piernas se pegaron con escamas entre ellas y pronto se volvieron una. Para cuando Ken estaba sobre él, solo estaba a medio transformar, pero sus ahora musculosos brazos bastaron para lanzar al hombre a un lado de una cachetada.

Skurk terminó su transformación, volviéndose una majestuosa serpiente negra, si bien cubierta de cicatrices por doquier. Su cola, rápida como un relámpago tomo a Ken del brazo y empezó a apretarlo, dándole solo chance de que intentará levantar su espada para defenderse, entonces apretó con mayor fuerza todavía, haciendo que este diera un enorme, y satisfactorio grito.

Masssacre de Almarì... ¿assssí me essstán llamando...? —preguntó dándose vuelta, levantando el cuerpo de Ken desde su brazo rotó y lanzándolo violentamente contra el carro, haciéndolo atravesar la puerta trasera y caer dentro junto a todos los comerciantes de la caravana, todos paralizados observando e incapaces de gritar por miedo—. Interesssante... ¿essstás curioso de mi cicatriz? —se acercó mirando al mercenario que apretaba fuertemente la espada corta.
¡Aléjate, monstruo! —ordenó débilmente, fingiendo una estocada adelante.
Skurk no se la creyó ni por un momento, permaneciendo impasible a la estocada. Abalanzó su cuerpo sobre el hombre, aplastándolo con sus brazos en el suelo, quebrándole un hombre, entonces empezó a enrollarlo lentamente con su cola y lo levanto, apretándolo lentamente pero cada vez más fuerte, hasta que lo empezó a sentir en sus costillas y pulmones, llegando a un punto sin retorno.

Ante eso, el cambiaformas escuchó un pequeño ruido atrás de él, y observó como el hombre del shamsir corría tras haber soltado su arma. En su carrera torpe y desesperada, resbaló, quedando a la merced del monstruo rastrero que iba a toda velocidad en su dirección, abriendo la boca para mostrar sus intenciones de devorarlo, cayo sobre las piernas del hombre, mordiendo una de ellas y arrastrándolo hacia él, agarro sus ropas y empezó a desgarrarlas mientras le golpeaba con la cola, aún ante los gritos y las súplicas del hombre, no se detuvo, ni mucho menos lo hizo ante su espada, tomo su brazo para impedirle que le diese un espadazo y le empezó a morder la cabeza, una y otra vez, como si intentará quebrarla. Sus colmillos se clavaron una y otra vez en la cara del hombre; y una vez el hombre estuvo desnudo abrió la boca, metiéndose lentamente toda la cabeza del mismo, siguiendo con su tronco, asegurándose de saborearlo mientras pasaba por su boca.

Mientras se desgastaba de comerse al aún vivo hombre, a sus oídos llegó el sonido de los caballos relinchando, volteó rápidamente y empezó a deslizarse por el suelo hacia el carro de nuevo. Ken, aún con el brazo y varias costillas quebradas, le daba patadas a uno de los caballos para que corriera.
¡Vamos, apúrate! ¡vamos! —gritaba desesperado, pidiendo más velocidad a los animales.
¡Mami, estoy asustada! —gritó una niña pequeña de máximo unos 6 años de edad, abrazándose a su madre y escondiendo su cara en ella.

El anciano Rui apretó los dientes, viendo desesperado como la serpiente les seguía, cada vez estaba más lejos de ellos, pero sus ojos le decían que jamás se iba a detener hasta acabar con todos y cada uno de ellos. En un acto de desesperación, se levantó y abrió las puertas frontales del carro, entonces tomó a Ken e intento empujarlo del caballo, el mercenario se dio cuenta y se sostuvo lo mejor que pudo con el brazo bueno que le quedaba.
¿¡Qué hace, viejo decrepito!? —le gritó intentando resistirse.
¡No va a parar! ¡esa cosa vendrá por nosotros! ¡cumple tu maldito trabajo y quedate! ¡muere por mi familia!

Ken frunció el ceño y apretó los dientes, estirándose violentamente para agarrar al anciano de la túnica y jalarlo del carro de un jalón. El anciano intento liberarse del agarre del hombre, pero una parte engañosa del camino fue más profunda de lo que los caballos corriendo asustados y a toda velocidad podrían notar, el carro dio un saltó y Ken, junto al anciano, cayeron del carro.
¡Papá!

Las ruedas del carro milagrosamente no alcanzaron a ninguno de los dos, y este siguió avanzando adelante salvajemente por los caballos que le jalaban. La nube de polvo sobre ambos hombres fue removida lentamente por la brisa; el anciano intentando ponerse de pie, con un enorme raspón en la frente y un brazo.
Ken, de pie, le dio una patada en la cara, quebrándole la nariz y derribándolo de nuevo.
Anciano hijo de perra... —dio un par de pasos adelante, viendo al hombre rodar por el suelo y taparse la nariz sangrante con una mano—. Llevo tres días soportándolo... tuve suficiente... —puso un pie sobre el anciano y lo empujo, para hacer que quedara cara arriba, entonces se sentó sobre él y empezó a ahorcarlo.
El anciano reaccionó una vez tuvo las manos en su cuello, agarrando los brazos de Ken e intentando empujarlos arriba para liberarse, pero era inútil, su fuerza no se comparaba a la del mercenario por nada.

La respiración del anciano se volvía imposible, al no poder safarse del agarre del hombre, empezó a golpear sus brazos, y cuando ya sentía que iba a pasar al otro lado, volvió a respirar. Ken salió volando de un coletazo de la serpiente, que les había alcanzado. Skurk se acercó a Ken y tomó su cara, clavándola del suelo fuertemente y empezó a arrastrarla en círculos alrededor del anciano, eventualmente haciendo un círculo pequeño de sangre.

El anciano luego de recuperar el aire levantó su tronco lentamente del suelo, entonces sintió algo frío atrás, pegó un pequeño salto en el suelo al sentirlo y rodó, encontrándose cara a cara con la serpiente.
Ahh... ¡aaah! ¡atrás, atrás! —gritó agarrando un puñado de tierra y lanzándosela en la cara a la serpiente.
Skurk se cubrió con un brazo, acercándose más al hombre.
¿Qué...? ¿¡qué quiéres!? ¿¡te mandó Musharaff!? ¿¡cuanto te está pagando!? ¡yo... yo tengo dinero! ¡te pagaré más!
¿Masssharaff...? no lo conozco —dijo acercando la punta de su cola al hombre, que fue apartada de una palmada.
¿¡Entonces quién te mando!? ¡me da igual quien sea! ¡te dare todo mi dinero, todo!
Pero nadie me mando... sss... —dijo bajando la cabeza, como analizando el cuerpo del anciano.
Rui se quedo mirando sin palabras a la serpiente, solo reaccionando cuando gotas de la sangre de su nariz gotearon de su labio superior a abajo.
¿Por qué haces esto entonces...? ¡Solo dime qué mierda quieres, gusano!
¡Ssssserpiente! —corrigió ferozmente Skurk, acercando su cara a la del hombre, antes de lamer la sangre de su nariz y alejar su rostro, dándose vuelta—. ¿Qué quiero...? buena pregunta... no sssé...
¿¡No sabes!? ¿¡me estás diciendo que querías matar a mi familia porque sí!? ¿¡ni siquiera es un trabajo!?
¿Qué sssea un trabajo lo hace correcto? —preguntó y continuó instantáneamente—. ¿Tú acaso sssabes el valor de una vida...? este hombre lo ssssabía... —apuntó con el pulgar a Ken.
El viejo se arrastró más atrás, mirando disgustado a la serpiente.
¿Por... por... ¿¡por qué lo sabría!? ¡no soy un asesino, como tú!
Ya veo —replicó la serpiente tranquilamente, deslizándose lentamente hacia el hombre y tomándolo de las axilas con sus brazos—, déjame enseñarte entoncess... una vida vale lo mismo que un grano de arena.
La expresión del hombre se distorsionó en horror puro en cuanto la serpiente abrió su enorme boca, algo de sangre resbaló, cayendo al suelo y pintando de rojo la arena.

El sol cayó, y una luna llena asomó su cara, Skurk se arrastraba por las arenas del desierto, dirigiéndose hacia una enorme roca inclinada, que proporcionaba algo de sombra incluso en la noche. Se acostó junto a la roca y mirando a la luz de la luna, imágenes pasaron por su cabeza, todas llenas de sangre y muerte.
Hissa... —levantó la punta de su cola y la pasó a través de su espalda, siguiendo el camino que trazaba la cicatriz, y con ello recibiendo el más doloroso de sus recuerdos.

Justamente así, acostado en una mesa de piedra, con las extremidades atadas, desnudo, con Hissa sobre su espalda. La pequeña víbora tenía un tornillo clavado en la boca y la punta de la cola. Lentamente, la imagen sombría de un hombre doblaba una parte del cuerpo de la serpiente y clavaba otro tornillo, atravesándola a ella y a Skurk. Un grito de dolor proseguía cada tornillo.
Cuando estaba terminado, Hissa estaba sobre la espalda de Skurk en la posición de su cicatriz, el hombre tomó un cuchillo y lo acarició con los dedos frente a Skurk.

—Irresistible, ¿cierto? tan elegante, tan afilado. Y lo más importante de todo, silencioso... —el hombre caminó de derecha a izquierda, girando el cuchillo en su mano—. Me pregunto, ¿lo haré lento o rápido? por un lado, amaría que sintieras cada centímetro de este metal, mi metal... perforando lentamente tu piel, y la de tu amada serpiente. Tan solo pensarlo pone una sonrisa en mi cara. No es que puedas verla... pero por otro lado, pocas cosas son más satisfactorías que abrir una garganta, la siniestra belleza que el rojo marca en el cuello de cualquiera. El dolor te despertará justo a tiempo para morir. Voy a empezar, viejo amigo.

Hubo un rayo. Skurk abrió los ojos, aún sintiendo el frío del cuchillo encontrándose con el calor de la sangre que emergió de su espalda.

"¿Por qué haces esto entonces...? ¡Solo dime qué mierda quieres, gusano!"

La serpiente cerró los ojos de nuevo, buscando lo único que quedaba en su corazón. El agua, la saliva que salía de su boca traicionaba al infierno que sentía por dentro.
Venganza.
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