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Mensaje por Strindgaard el Jue Dic 20, 2018 3:07 am

I
El Sol Brilla para todo el Mundo

El Camino Torcido II o (El Héroe Ahogado) 8c53c0f46d03295a8d70a2ff113c6d22


El barco de la armada que había robado Alócer junto a sus camaradas piratas había zarpado el día anterior. Los únicos en quedar en el puerto fue el anciano que rescatamos de las celdas del buque de la armada, Mister Binder, y yo. Un mutilado demonio que no había sido capaz de mantener su cuerpo entero en la travesía junto a la Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.
Ya no quedaba más que regresar a donde había comenzado todo: Ciudad Esmeralda. Allí al menos podría esperar que de alguna manera Decken o alguien de su tripulación se contactase conmigo. Por lo demás, no tenía muchas más opciones.
El día comenzaba, nos encontrábamos en algún puerto comercial cerca de Erithrnem, no estaba muy seguro de cual precisamente, pero los caminos hacia la Ciudad Oculta confluían hacia el noroeste. No eran pocos los carromatos que viajaban hacia allá. Los comerciantes que solían arriesgarse a comerciar con los elfos lunares sacaban buen provecho de los tratos, tomando en cuenta el agua de manantial y algunos artefactos de buena calidad que solían producir los habitantes. Un buen telescopio de Erinthrnem podía venderse por su peso en oro en Esmeralda y por mucho más en Thalis Nertherliam.

Había buen viento en el puerto. Me encontraba junto a Mister Binder caminando a paso lento por las tablas. Buscando el barco en el cual nos había conseguido pasaje Alócer, como acto de buena fe, antes de partir a buscar el tesoro de Rohonczi.
Lárguense de aquí. —Fue la respuesta que obtuve de quien estaba a cargo.
¿P-pero…? ¡Tenemos pasajes! ¡Es vuestra obligación llevarnos! —Le espeté, estupefacto.
El contramaestre ya se había dado la vuelta para continuar con su trabajo, pero se volteó al oír mi voz autoritaria. Tomó los billetes con que le apuntaba a la cara.
Ya veo, eso cambia por completo las cosas.
Varios estibadores que cargaban el Clamoroso Amrit se detuvieron en la cubierta para escuchar nuestra conversación. El contramaestre era un tipo robusto y fuerte, de tez morena, calvo como un huevo y más alto que yo, tomó los pasajes entre sus manazas y los comenzó a hacer picadillo.
¿Acaso no entiendes que no aceptamos piratas en nuestra fragata? Ya lárguense, jodidos perros.
¡Nosotros no somos piratas! —Grité, escupiendo la última palabra.
El contramaestre puso los brazos en jarra y me miró con una sonrisa malévola.
Ese capitán que os compró los pasajes lo era, y por lo que a mí respecta, ningún pirata le hace un favor a nadie más que a sí mismo, y con suerte, quizá a otro pirata. Por lo tanto —se hurgó la nariz con total calma, hizo una pequeña bolita con el desperdicio y me lo arrojó al pecho—, ustedes se pueden ir bien al carajo.
Cabrón, ¡hijo de puta! —Estaba furioso, le hubiera arrancado el alma en ese mismo momento si hubiera sabido cómo lo hacen los demás demonios, pero en términos ofensivos, no tenía prácticamente ninguna manera de hacer daño, nada más tenía una boca y muchas palabrotas por decir—. Ah, no podéis llevar piratas, pero perfectamente podéis aceptar su dinero. Si no nos piensas llevar, al menos devolvedme las monedas.
Bajen luego, ¿qué son idiotas? —Habló uno de los estibadores, mientras pasaba cargando un saco de harina. Eso dio paso a que los demás también opinaran al respecto.
Piratas, cabrones asesinos.
¿Con qué cara aparecen por aquí?
Acá somos todos honrados, no aceptamos las sobras de los piratas. Un viejo ciego y un tullido. Bah, me impresiona que alguien se haya dado la molestia de darles pasajes para salir de aquí.
Vamos, muchacho. Será mejor irnos. —Mister Binder me tocó el hombro, se encontraba a mi espalda, pero no pudo haber hablado más lejos si se encontrara en algún glaciar de Yagorjakaff.
Me encontraba ensimismado, tieso de odio y bilis. Miraba con fuego los ojos del contramaestre. Sabía que no podía dañarle un viejo y un crío con un solo brazo, por eso se comportaba de esa manera. Si solo me hubiera quedado con una pistola, con un sable. ¿Pero qué más daba? Los problemas del día a día no se solucionan matando. No servía de nada que le abriera en canal o le volara la tapa de los sesos. Eso sólo me haría pasar una corta temporada en las celdas para terminar mis días con una soga en el cuello.
Strindgaard. Vamos, será mejor buscar otro barco.
El viejo sabía que no teníamos dinero, ¿para qué tratar de aparentar?
No sería la primera vez que Sulh golpea a un tullido, hijo. Hazle caso a tu padre. —Comentó uno de los estibadores de más edad que contemplaban el pleito.
¿Qué podía hacer? ¿Robarle un poco de esencia, jugar con su percepción con algo de ilusionismo? Joder, esa pelea la había perdido sin siquiera haberla comenzado. ¿Qué clase de demonio soy?


Última edición por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:14 pm, editado 2 veces


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Mensaje por Strindgaard el Jue Dic 20, 2018 5:12 am

Inútil. Y vaya inútil. Había perdido el brazo derecho por aparentar algo que no era. Uno no se hace médico leyendo libros. Eso me había quedado más que claro. Mis decisiones me habían dejado varado en una esquina del mundo. Sin más compañía que la de un viejo ciego y aún más inútil que yo. Si no se me ocurría algo cuanto antes, pronto moriría de hambre, frío o con un puñal en las entrañas, cortesía de los pordioseros y ladrones de la ciudad, quienes se arrancarían los ojos con tal de robarme hasta la última pieza de ropa que llevo.
Algo en mi interior reclamó, literalmente. Me llevé la mano al estómago, tenía hambre. Mi cuerpo orgánico necesitaba nutrientes como cualquier otro. ¿Por qué no podía ser como un Terriblis y alimentarme de miedo? ¿O un vasallo de Ghadrakha, para nutrirme de la decadencia y la podredumbre? Esas eran cosas bastante fáciles de obtener de los humanos, no así un pollo asado o cerdo al espetón, o calabaza con mantequilla, o huevos, leche, o un mendrugo de pan. Sacudí la cabeza, necesitaba dejar de pensar en comida. No cargaba ni un cobre para ello. De hecho, todas mis pertenencias estaban en el Mary Read. Mis cuadernos, lápices, los libros. La calavera de mi madre.

Me llevé la mano a la cabeza. ¿Qué clase de error había cometido? Debí haber regresado con Alócer a esa carraca para recuperar mis cosas. Comencé a respirar de manera agitada. Mierda. ¿Qué había hecho? Ya no había manera de recuperar el recuerdo de mi madre. El mar era enorme, y esa carraca podría estar ahora en cualquier parte.
Ten, hijo.
¿Ah?
Me encontraba sentado en el suelo, a unas cuantas casas del puerto. Ningún otro barco nos aceptó, se dirigiese o no a Ciudad Esmeralda. No les servían de nada un viejo y un tullido. Alcé la cabeza, Mister Binder me tendía un trozo bastante duro de una hogaza de pan.
Está un poco duro, pero no se le pueden contar los dientes al caballo regalado.
Gracias. —Atiné a recibir el ofrecimiento con la mano derecha, ¿cuánto tiempo me tomaría acostumbrarme al hecho de que ya no la tendría más?— ¿Cómo la obtuviste?
Ah, pues, aún queda gente solidaria en Noreth. El mercado está a unas cuadras de acá.
¿Cómo lo sabes? Estás… —No pude terminar la frase.
Ciego. Anda, dilo. No importa. Sólo tenía que seguir el bullicio, el sonido de los animales y los comerciantes gritando sus productos, también preguntar tampoco está de más. —El viejo sonrió y el cuero de su rostro pareció formar millares de líneas—. No te sientas mal. Llevo más de treinta años ciego, que alguien me lo diga a estas alturas poco importa.
Bien. Disculpa, o sea, sé que no te molesta, pero no pretendo tampoco mirarte en menos. Quiero decir
Vamos, hijo, da igual. —Mister Binder soltó algo parecido a una cansada sonrisa y me palmeó el hombro—. Estás cansado, y nervioso por lo visto. El destino nos ha jugado una mala pasada. A todos les sucede, a algunos más de alguna vez. Hemos sido derrotados, muchacho, pero aún así debemos tener la cabeza bien erguida.
El anciano se sentó a mi lado. Le arrancó un pequeño trozo al mendrugo con las manos y lo masticó por largo rato. De seguro le faltaban algunos dientes. Me fui tranquilizando. El mundo parecía volver a girar. La gente avanzaba frente a nosotros, las aves cantaban y del puerto llegaba el olor a sal y alquitrán.
El viejo tenía razón, estaba derrotado, ya poco y nada podía hacer al respecto. Solo mantener la cabeza en alto. Miré el pan. Necesitaba beber algo. Solté un largo suspiro y levanté la cabeza. Era un bonito día después de todo.


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Mensaje por Strindgaard el Jue Dic 20, 2018 4:40 pm

Los días se hacen largos cuando no tienes qué echarte a la boca, cuando tienes por techo el cielo y por paredes unos cuantos tablones de una tienda de patatas. El frío en aquel rincón del mundo era el mismo que en cualquier otro. Estábamos lo suficientemente cerca del mar para que la niebla matutina nos tocara. Fueron días malos. Lo único que bebí fue el dreg que cocinan los mendigos, que es igual de asqueroso en cualquier parte del mundo, y lo bastante fuerte como para dejarte una que otra ampolla en la boca.
Para el tercer día viviendo en los arrabales, pude conseguir un sitio concurrido en el mercado a costa de pasar allí la noche, y hacer algo de ilusionismo para ganar un par de cobres.

El espectáculo era sencillo: unas cuantas cajas vacías hacían de castillo, un pequeño dracónido de dos manzanas de alto, de piel blanca, alas y cola de alabastro, avanzaba inexorable montado en una especie de caballo llamado Qilin, de esos que viven bajo tierra, cabalgaba por las piedras quemadas rumbo a la torre más alta. El castillo era custodiado por un hechicero humano, que lo recibía con rayos y muertos vivientes.
El sonido de los truenos llamaba la atención de los transeúntes, aunque la mayoría de ellos eran niños, eso no evitaba que cayeran algunos cobres a la capa.
Para el final, el dragón color alabastro conseguía derrotar al hechicero, a veces lo hacía un poco más dramático, dependiendo la cantidad de niños que hubiera. La torre explotaba luego de que el dracónido atravesara con su espada el pecho del hechicero, otras veces solo se desplomaba. Pero siempre conseguía salvar a la princesa dragón.

Para la tarde ya tenía suficiente dinero como para una cena para Mister Binder y para mí, además de una jarra de cerveza.
Ha sido un gran espectáculo, amigo.
Gracias.
Recogí rápidamente la capa para juntar el dinero. Era normal que los mendigos se robaran entre ellos. Pero quien había hablado no tenía pinta de ser uno de nosotros.
A simple vista parecía ser un granjero, tenía la piel tostada, anchos hombros y brazos fuertes. Pero tenía ropa limpia y olía bien. De hecho, parecía un mercader. Las manos inmaculadas, sin marcas del uso del azadón, la pala o la horqueta, mucho menos de la daga o el puñal. Sin embargo luego de darme cuenta de eso me provocaba aún más mala espina que antes.
Me llamo Flint —Su sonrisa era tan sincera y abierta que no pude evitar devolverle una ligera sonrisa mientras guardaba los cobres en una improvisada bolsita de tela que había confeccionado Mister Binder el día de ayer cuando había perdido algunos kulls por culpa de los bolsillos de mi pantalón—. ¿Cuál es el tuyo?
Strindgaard. —Me puse de pie, noté que había estirado la mano para darme un apretón, pero una fracción de segundo después caí en cuenta que me quería entregar una moneda—. Gracias —dije, estirando la zurda de manera automática.
Cuando sentí el peso del kull de plata debí abrir la boca sin querer.
Es nuestro deber recompensar a los grandes artistas cuando están tan cerca del suelo. — ¿De qué iba aquello? Sopesé un momento el meterme la moneda a la boca y darle un mordisco para ver si era de verdad, quizá también se trataba de un ilusionista que me tomaba el pelo. O bien, quería que me la llevara a la boca para así envenenarme. Mierda, debí pensármelo dos veces antes de recibir el maldito trozo de plata—. Se nota que no la estás pasando bien, Strindgaard.
Mi nombre sonaba profano en su boca. Los nombres tenían poder, y sin darme cuenta le había dado mi nombre a aquel extraño a cambio de una sonrisa.
Han sido unos días difíciles —Nos quedamos en silencio un segundo, luego pregunté—: ¿A qué te refieres con “nuestro deber”?


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Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 21, 2018 3:29 am

Flint era parte de una troupe. Él era el encargado de hacer los tratos con los alcaldes o las figuras representativas de los pueblos que visitaban, solicitaba un espacio en los mercados o en las tabernas para montar el espectáculo de su gente. Le entregaba al pueblo un día de algarabía, una pequeña celebración para mantener la moral alta, subir la aceptación del alcalde y a cambio recibía la protección del comisario y un lugar donde poder dar los cuidados a los caballos. Luego de darme la moneda y contarme un poco sobre ellos, me invitó a verlos al día siguiente en el mercado. No era necesario hacerlo, yo iba a estar allí sí o sí.

En la tarde le conté a Mister Binder sobre mi encuentro.
¿Un kull de plata dices? Ese muchacho de quien hablas debe estar loco.
Nos encontrábamos comiendo estofado de pescado en una de las tabernas del pueblo.
Se veía bastante contento por mi espectáculo, eso es todo.
Guardé la mayoría del dinero tras un adoquín en el callejón donde estaba viviendo con el anciano, sería una locura cargar con tanto o gastarlo. Hubiera atraído a los ladrones como miel a las ratas.
Estoy seguro de que quiere algo de ti.
¿Qué le podría ofrecer además de algo de magia y piojos?
Pronto lo sabrás.

Hace bien tener el estómago lleno, te hace pensar en otras cosas. Lo sucedido en el Clamoroso Amrit había sido un golpe bajo. Me encontraba bastante mal por haber perdido el brazo derecho, y luego aconteció aquello. Realmente tenía ganas de tirarme de cabeza a un pozo. Pero yo no estaba para esas cosas, debía usar mi ingenio para salir de aquel apuro. Seguramente el kull de plata sería más que suficiente para comprar dos pasajes hacia los puertos de Ciudad Esmeralda, pero el problema con eso no era realmente el dinero, sino los cabrones de los marineros, que sin duda nos volverían a robar.
La única salida de aquel jodido puerto tendría que ser por tierra.

La presentación de la troupe de Flint sin duda estaba a la altura de las circunstancias. Luego de la hora del almuerzo, un grupo de seis bailarines se tomaron parte de un escenario en el sector norte del mercado. Unos cuantos músicos les acompañaron, y mientras las flautas, violines, tambores y laudes sonaban, un pequeño contingente de malabaristas, compuestos de una mujer y dos hombres se pasearon por delante de los bailarines para intercambiar pelotas y pequeñas porras de colores.
Después de la introducción apareció Flint, con su cordial sonrisa engatusó a la audiencia mientras contaba algunos chistes y comentarios acordes al lugar donde se encontraban.
Me vi en la obligación de pedir una pinta de ron mientras veía el espectáculo, la sed siempre me embarga cuando no tengo la mente ocupada en algo. La presentación avanzó. Flint volvió aparecer para interpretar al rey del Imperio, en una pequeña obra que representaba su caída, la cual fue aceptada con grandes aplausos. El contingente de la troupe daba para mucho, al parecer no eran pocas las familias que la componían. Había contado al menos veinte caras diferentes para cuando les tocó el turno a dos adolescentes de unos dieciséis años que comenzaron a realizar ilusionismo. El show no fue tan bueno como el que hacía yo, pero la gente le aplaudió con mucho más entusiasmo. Al parecer no sabían distinguir entre profesionales y novatos.
Todo duró aproximadamente poco más de una hora, el tiempo justo para que los comerciantes no reclamaran y la gente se viera gratamente agradecida, por como noté mientras los sombreros de algunos participantes de la troupe se llenaban mientras se paseaban entre ellos. Me vi en la obligación de lanzar dos cobres. La muchacha que los recibió era de mi altura, sus ojos castaños se toparon con los míos, tenía una nariz salpicada con algunas pecas y tenía una cabellera caoba ondulada muy alborotada. Me obsequió una sonrisa hermosa. No notó que las monedas eran una ilusión. Ya lo dije, por aquí no saben distinguir entre profesionales y novatos.


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Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 21, 2018 3:46 am

¿Y bien, Strindgaard, qué te pareció nuestro espectáculo? —Flint seguía igual de contento que ayer.
Ha sido muy bello todo —dije devolviéndole la sonrisa—. He de reconocer que tienen mucho talento.
Me agrada oír eso.
Nos encontrábamos en una pequeña taberna cerca del mercado, Flint me había invitado a cenar, pero le dije que no podía, ya que debía cuidar a mi padre. Ante aquello no le quedó más remedio que invitarlo a él también.
Es un agrado conocerlo, Mister Binder.
Gracias muchacho. Tienes una voz muy profunda y fuerte, eres todo un presentador. Estoy bastante seguro de que eras tú el que cantó, ¿cierto?
Es verdad, Mister. Canté Espérame Isabel, luego del primer acto.
Una bella canción sin duda. Nunca antes la había escuchado.
Es una pena, es demasiado bella para escucharla una sola vez.

Bebí un poco de vino. Flint si se había pasado esta vez. La cena no era para nada ostentosa, pero en las condiciones que nos encontrábamos Mister Binder y yo, parecía casi ambrosía. La taberna no era de marineros, como estaba acostumbrado, iba uno que otro comerciante, algunos viajeros y un puñado de gentes que no hubiera podido identificar fácilmente. ¿Se trataba de cazadores de demonios? Lancé una mirada de reojo a la barra. Un cabrón de barba negra, cabello grasiento y un parche en el ojo se giró, como si de pronto hubiera notado que le observaba. Me mantuvo la mirada un momento, cedí y clavé la mirada en mi plato. Mierda. Me había confiado demasiado. ¿Qué quería Flint de mí?
En fin, Flint, no sé de qué manera podré agradecerte todo lo que has hecho por nosotros.
Flint se desabrochó los puños de su camisa blanca y se los arremangó para dejar ver sus fuertes antebrazos. Me sentí bien de haber lavado mi camisa y capa antes de ir a cenar, aunque ahora se encontraban acartonadas por la sal del mar. Flint me sonrió con confianza.
De hecho, hay algo que puedes hacer por mí y por nuestra familia, Strindgaard.
Mister Binder dejó la cuchara a un lado, tomó el cuenco con ambas manos y apuró la sopa.
Marget y Maran, las dos muchachas que viste haciendo el acto de ilusionismo —Flint se tomó un momento para que Mister Binder bajara el cuenco—, pues, ellas aprendieron ilusionismo por su cuenta.
Vaya, pues, déjame decir entonces que son unas niñas muy inteligentes.
La verdad es que sí, su madre abandonó este mundo cuando tenían siete y ocho años respectivamente.
Lo siento mucho.
Es una pena.
No se preocupen. El asunto es que, luego de cumplir quince quisieron aportar con el espectáculo, pero solo aplican lo poco y nada que aprendieron de su madre. Como puedes notar, por el paso del tiempo y sus conocimientos no muy amplios, el resultado no está a la altura de todo lo demás.
Que va, lo hicieron bastante bien.
No seas condescendiente, tú pequeño show de “Alabastro contra Zyrxog” está muy lejos de lo que ellas podrán nunca realizar.
Gracias, eso, bueno, no sé si es un alago. En fin, no sé de qué manera pretendes que les ayude a esas muchachas.
Flint sonrió, se llevó un trozo de carne a la boca y bebió algo de vino. Le imité.
Strind, nuestra troupe se va mañana temprano. Pero estoy dispuesto a retrasarnos tres días si decides enseñarles a nuestras niñas. Nada más que tres días, para que mejoren su acto. Te pagaré mucho más de lo que puedes ganar trabajando todo el día en el mercado. ¿Qué dices?
Me halagas profundamente Flint, pero tres días no son nada para todo lo que les tendría que enseñar a Marget y Maran.
Mister Binder, que en ese momento se encontraba repasando con pan el cuenco de sopa, se detuvo un momento para tocarme el brazo.
Yo creo que tres días son suficientes para que las niñas de Flint puedan aprender algo, hijo.
La verdad, padre, creo que no puedo transar con ello. Un verdadero ilusionista, que se jacte de ello, no puede enseñar a medias. Necesitaremos muchos más días, quizá meses. ¿Cuál es el siguiente destino de tu troupe, Flint?


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Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:23 pm

II
La Experiencia no es Maestra de Nada

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La mañana siguiente salimos del puerto de Erithrnem, con rumbo hacia la ciudad subterránea. El camino comercial nos llevaría por el bosque hasta el hogar de los elfos lunares, donde harían uno que otro trato para luego partir hacia Eblumia. Allí descansarían tres días y luego subirían por las estepas de Mashamba Milele hasta Ciudad Esmeralda.
Era una gran travesía, pero para enseñarles ilusionismo a las dos adolescentes necesitaría ni más ni menos que tres meses. A cambio, Mister Binder y yo recibiríamos un lugar donde dormir en un carromato y tres comidas al día de lo que hubiera en la olla común. Eso sí, ambos tendríamos que aportar con otras labores, como ayudar a quitar los árboles caídos del camino, o hacer turnos de vigilancia durante las noches. Mister Binder se ofreció a enseñar algo de medicina a quien estuviera dispuesto a aprender, cosa que jugó también a nuestro favor. Flint nos recibió encantados. Si bien gastaría bastante manteniendo a dos pordioseros, esperaba una retribución mucho mayor al tener a dos grandiosas ilusionistas por el resto de su vida.
Al fin un poco de suerte. Mantuve la cabeza bien erguida.

¿Cómo van ahí atrás?
Muy bien, gracias por preguntar.
Bien, bien. Gracias.
La verdad es que la parte de atrás del carromato no era ni mucho parecido a lo que esperaba. Eran prácticamente casas andantes. Moon era el más anciano de quienes comprendían la Familia de Flint, su esposa había muerto hace algunos años y su hijo se había conseguido su propio carromato para comenzar su propia familia; de los siete carromatos que componían la troupe, el de Moon era el único donde cabían dos pasajeros más, había suficiente espacio para sentirse más que cómodo. Uno no llega a saber lo mucho que puede extrañar una cama hasta que le toca dormir entre mantas raídas y adoquines fríos.
Las primeras horas de viaje sirvieron para adaptarnos al vaivén de nuestro transporte. Pronto entramos al bosque, y el clima cambió. Dejó de correr la brisa marítima, el olor a sal al cual me había acostumbrado de pronto fue reemplazado por un aroma a hojas y tierra. Nos encontrábamos en pleno verano, y alrededor no había más que verdor salpicado por troncos oscuros y ramas torcidas.
Hola. —Flint se acercó a nosotros montando a caballo. Nos encontrábamos en el penúltimo carromato de la fila, y nuestro benefactor iba en el primero, por lo que no lo habíamos visto desde que partimos—. ¿Cómo les ha sentado el cambio de ambiente?
Bastante bien la verdad. Uno se termina acostumbrando al olor del alquitrán y del pescado, pero una vez que sale de tus pulmones todo parece mejorar.
Qué bueno es oír eso. Espero no les moleste el constante traqueteo, quizá en la noche lo arregle Moon y yo.
No, que va, ni lo habíamos notado.
Bien, bien. Strind, amigo. ¿Te parece si traigo a las muchachas ahora?
Claro que no, diles que vengan.
Perfecto. Gracias.

Flint desapareció tras el carromato que iba delante de nosotros. Me quedé mirando el paisaje un momento. Me puse un tanto nervioso ante la expectativa. Nunca había sido maestro, ni siquiera había terminado de aprender del mío. Aquello pintaba mal, ¿cómo comenzaría? Mierda, debí reparar en ello antes.
¿Todo bien, hijo? —Preguntó con tono bonachón Mister Binder.
Todo bien. —Mentí.
Comienzas a respirar agitadamente cuando algo te inquieta, hijo. ¿Es acaso por las niñas? Debes tomar aire y respirar más pausado, te irás relajando poco a poco. De seguro tienen ansias de aprender, escucharán todo lo que tengas por decir.
Ese era el problema, no sabía qué decir.


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Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:27 pm

Ella es Marget. —Flint subió al carromato a la primera de mis aprendices. Una muchachita de cabello negro cortado en melena, ojos negros y piel blanca.
Hola. —Su voz sonó un tanto tosca, parecía nerviosa.
Un gusto.
Y ella Maran. —Maran subió tras Marget, la melena que era su cabello caoba la secundaba como un enorme halo. Me sonrió con gesto tímido, y me sentí un tanto nervioso por la cercanía de ambas. Pero no dejé que aquello se dejase entrever. Sonreí.
Hola Maran.
Hola.
Él es Strindgaard. Es el mejor ilusionista que he visto desde que pasamos por Akhdar hace dos años. Sin duda tiene demasiado por enseñarles, y lo deberá condensar en unos cortos tres meses. Nos acompañará hasta Ciudad Esmeralda, y hasta que llegue ese día será su maestro de ilusionismo.
Ambas parecían demasiado tímidas a como las recordaba en el escenario. ¿Me estaban gastando una broma? De cerca pude notar que ambas eran mucho más delgada de lo que había notado por las ropas que usaban en su presentación. Y también que prácticamente teníamos la misma edad.
Te las dejo Strind. Comienza su curso intensivo, chicas, suerte.

Les dediqué una sonrisa confiada, les señalé la mesa y las invité a tomar asiento. Me paré en frente de ellas y pensé en cómo debían de verme. Un tipo de capa negra remendada, con la camisa algo sucia y pantalones algo raídos. Por suerte mis botas quedaban escondidas por la mesa. Se miraron entre ellas y el silencio se extendió sobre nosotros. El traqueteo de una de las ruedas de atrás pareció subir el volumen. Moon iba delante tirando las riendas y junto con él iba Mister Binder, ambos ancianos, iban conversando tranquilamente sobre cómo el pan de centeno era entre todos el mejor de los panes. Una de las muchachas tosió. Maran se puso a mirar por la ventana que estaba al costado de la mesa hacia algún punto desconocido del cielo. Estaba perdiendo su atención.
Muy bien, comencemos. Maran, abre la ventana. —La muchacha me miró algo sorprendida de que haya hablado, se recogió un par de mechones tras la oreja y quitó el pestillo.
La ventana se abrió hacia dentro, con sus delgadas manos tomó el gancho y dejó la ventana trabada para que no se cerrase con el vaivén del transporte.
Muy bien —dije, luego tomé impulso, salté arriba de la mesa y me lancé por la ventana.

¡¿Pero qué…?! —Marget saltó del asiento y sacó la cabeza por la ventana—. No le veo, ¡creo que cayó bajo la rueda!
¡Por Sinnei, este tipo está loco! —Maran se liberó de su silla y también se asomó.
¡Moon! ¡Detén el carromato! —El caballo ni siquiera bajó la velocidad—. ¡Moon! ¡Oh! ¡¿Moon, no me oyes?!
Marget se había subido a la mesa para observar mejor. Dio un salto y corrió hasta el asiento del conductor. El viejo le lanzó una mirada hacia atrás y sonrió sin hacer caso. La adolescente se quedó sin habla, Mister Binder también le dedicó una sonrisa, dejándola totalmente consternada.
Flint trajo a un suicida. —declaró Maran, sin dejar de mirar hacia fuera.
¿Qué les pareció? —Me encontraba en la esquina opuesta del pequeño comedor, con la capucha sobre la cabeza y amparado por las sombras. Cuando hablé ambas se sobresaltaron de tal manera que casi se golpean la cabeza con el techo. Acto seguido se pusieron a gritar al unísono como si hubieran visto un condenado demonio.


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Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:31 pm

Fue una ilusión. —Les expliqué por tercera vez—. Lamento que les haya parecido tan real. Sólo quería romper el hielo.
Moon y Mister Binder reían de buena gana, y al parecer el orgullo de ambas adolescentes se había roto en varios pedazos. Uno no llegaba y les jugaba una broma a las ilusionistas shike en su propia troupe. Creo que lo que más les molestaba era que tuviéramos la misma edad. Marget debía de ser la menor, pensé, por ser más baja. Aunque pensándolo bien ambas no parecían muy distintas. Las dos de brazos cruzados frente a mí. Se les habían sonrosado el rostro con el susto.
Tocará entrenar bastante para que las ilusiones produzcan sonidos, pero no se preocupen. Su mente será como una barra de acero enano para cuando terminen estos tres meses.

El comienzo fue difícil. Esperaba que las niñas pudieran hacer mucha más magia de lo que en realidad eran capaces. Si bien ambas comenzaron con el ilusionismo de bastante pequeñas al igual que yo, ellas lo dejaron de lado varios años luego de que su madre muriese. Yo por otro lado, lo practicaba todos los días desde que tenía uso de razón. Mantener la ilusión de un cuerpo humano por todo el día, todos los días, te fuerza a mantener una concentración impresionante. Cada gesto al hablar, cada parpadeo, cada movimiento tiene que acompasarse con el demonio, y eso incluye la ropa. Es una tarea titánica cambiar tu imagen, pero una vez logras manejar el hechizo, con el tiempo te vuelves capaz de adoptar otra imagen, y así, sucesivamente. Yo solo era capaz de utilizar la imagen humana, para verme como un muchacho de mi edad, de ojos negros, profundos y melancólicos, cabello del mismo color, lacio y casi siempre sucio. El color de piel también era difícil de manejar. La piel humana se colorea luego de pasar tiempo al sol, hubiera sido mucho más sencillo haber nacido en Ahkdar, donde la tez negra es normal, pero como nací en el Triunvirato, mi padre me obligó a parecer un citeh como todos los demás, para pasar desapercibido.
La mente humana es compleja. Y la magia lo es aún más. Quienes practicamos de pequeños logramos moldear nuestra mente a la escuela mágica que adoptamos, es por eso que tanto ustedes como yo somos capaces de obtener un gran potencial. No se lo dije a Flint, pero me hubiera negado a enseñarles si no hubieran estado familiarizadas con el ilusionismo de pequeñas. Fue una suerte para ustedes, pues hubiera sido imposible enseñarles en tan poco tiempo.
Es bueno saber qué crees que podemos aprender algo.
Porque eso significa que deberíamos estar aprendiendo algo, en vez de tenernos aquí sentadas en el suelo.
A las muchachas se les daba bien terminar las frases de la otra, aquello me resultaba exasperante.
Se debe aprender a gatear antes de caminar, niñas. —Podía notar cómo les molestaba que le dijera niñas. Los labios de ambas se volvían finas líneas y sus ojos chispeaban. Sonreí para mis adentros—. La mente humana es compleja. Deben dominar su potencial si desean ser verdaderos ilusionistas.
Los juegos mentales que practicaba con ellas eran los mismos que mi padre me hacía practicar cuando niño. El Dios de los shike lleva por nombre Sinnei. Les pregunté a cada una cuánto creían en Sinnei, y ambas respondieron que mantenían una gran devoción por Él. Excelente, la fe mueve montañas. ¿Y qué pasa si creen en algo, una idea, con tal devoción como la que ostentan por Sinnei? ¿Es posible? Les hice trabajar en ello, les hice quedarse quietas, de piernas cruzadas, manos relajadas sobre el regazo, la mente en blanco. Nada más que esa idea, pulcra y brillante, bañándolas. Una creencia sobre una idea sencilla, eso es todo lo que necesitaban.
Pasamos todo ese día, toda la semana tratando de hacer que lo lograran. Me acerqué a ellas todo lo que permitía el recato, mi mente se abrió, traté de impregnarles algo de lo que sabía. Intenté.


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Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:36 pm

III
Forjar Acero

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Me parece que esta fue la primera vez que logré tocar una mente humana. Había pasado poco más de dos semanas desde que comenzamos el viaje desde la costa hacia la ciudad de los elfos lunares, el ritmo de los carromatos era constante y dentro de poco llegaríamos a la frontera del reino subterráneo. En ese tiempo había logrado poco y nada con las muchachas. El problema principal: eran adolescentes. Deseaban todo, y lo deseaban ahora. El hecho de que tuviéramos la misma edad ayudaba poco, y que yo fuera un engreído que podía hacer muchísimo más que ellas, tampoco era un aporte.
Lo único provechoso fue aprender medicina de primera mano. Las curaciones de Mister Binder eran cada tres días. Se preocupaba de que la cicatriz de mi brazo perdido no se infectara. Me recomendaba tomar una que otra infusión de yerbas que encontrábamos en el bosque por las tardes, y nos explicaba procedimientos en sus clases, cómo evitar la gangrena, por ejemplo. Vaya ironía.

Fue durante una tarde, el camino hacia la Ciudad Oculta ondulaba por un gran bosque, que poco a poco se iría volviendo la jungla de Uzuri. En ese momento la troupe había encontrado un ancho brazo de un río que discurría hacia el mar. Marget no había asistido, pues se había ido junto con otros tantos chicos a divertirse en la orilla poco profunda del río. Maran se encontraba sentada en una alfombra de hojas, a los pies de un frondoso abedul. Estaba frente a ella. Ambos sentados a horcajadas, tratando de acompasar nuestra respiración. A mí se me daba increíblemente fácil, pero debía tener en cuenta que era un demonio de Yigionath, y que mi mente era un cúmulo de poder. Abrí los ojos, noté que aún no se podía concentrar del todo. ¿Qué cosas caminaban por su cabeza? ¿Cómo era posible que les costara tanto? La miré largo un largo rato mientras ella seguía con los ojos cerrados, en la posición indicada, relajándose poco a poco.

Fue en ese momento, mi mente se encontraba partida en varios pensamientos, creencias y dogmas, y uno de ellos, apartado de los demás, trabajaba en silencio, captando aquel espécimen humano, pero lo veía más allá de eso. Era la sangre de mi madre, que observaba a esa mujer más allá de las piezas que la componían, que los nombres que le podía dar, la observaba con cierta lujuria, con miedo y hambre. Fue entonces, que sin querer, unos dedos hechos de esencia avanzaron como trémulos susurros hacia su frente. Fui consciente de aquello por un breve destello, en el que los gritos y susurros que galopaban en mi cabeza se quedaron en silencio al ver cómo éste único vástago, este sentimiento, producía algo que nunca había aprendido. Estaba creando algo nuevo.
«Es imposible que me concentre, por más que lo intente. La magia no es algo que necesite concentración, la magia solo fluye y ya. Eso siempre decía nuestra madre
Quedé petrificado al escuchar la voz de Maran sonando directo en mi cabeza.
Lo intentaré una vez más.
«Yo sé que puedo hacerlo, debo hacerlo. Necesito ser mejor, necesito mejorar…»
Dejé de oírla. La conexión se había perdido. No sé cómo lo supe, pero era así. En mi cabeza, logré apartar esa parte de mí que había logrado aquello, y maravillado, observé mi interior, tratando de descifrarlo.


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Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 25, 2018 10:37 pm

No sabía de qué manera lo había logrado. Pero con el suficiente análisis y ejercicio pude repetirlo otras tres veces durante los días venideros. A tanto con Marget como Maran, podía alcanzar sus mentes mientras los tres estuviéramos relajados y tranquilos a la orilla del bosque, mientras la troupe se preparaba para armar el campamento. Les daba consejos para que pudieran relajarse por completo, después de comprenderlas a un nivel más profundo me volví menos meticuloso y más sensitivo con ellas, y noté como cambiaba la percepción que tenían de mí así como su trato y su esfuerzo en las clases.
Sabía que si elevaba mi fe, rogaba a Yigionath para que me ayudase, seguramente lograría reunir suficiente poder como para atravesar las mentes de aquellas dos jóvenes como una flecha lo hace a una manzana. Pero con lo poco que tenía estaba bien. Estaba muy bien. De alguna manera, esta rústica forma de emplear mis poderes, aquella forma novata y chapucera ayudaba a que se concentrasen mejor. No tenía idea de qué forma las estaba impactando, si les haría daño o las beneficiaría de alguna manera, siquiera sabía si ellas lograban darse cuenta de que algo las observaba muy de cerca. Pero lo hacía de todas formas. Ello de alguna manera me daba fuerzas para continuar con el día a día, para darme cuenta que no era un inútil después de todo.

Maran fue la primera en lograr forjar en su mente aquella fe inquebrantable. Su idea era sencilla y reluciente como una moneda recién acuñada. No sé si le ayudé de alguna manera, quizá pensar en ello sea solo parte de mi egocentrismo, pero cuando tocaba su frente lograba a veces escucharla, o en otras ocasiones recibía imágenes sueltas de cosas que ella había vivido. Me encargaba de ordenarlas y darle sentido, así como recordaba sus palabras y las apartaba, para que el espacio que ocupaba su idea fuera lo único que estuviera en medio del caos. Era increíble cómo podía adentrarme en ella en algunas ocasiones, tan profundo, que mi mente se diluía en la de ella, y comenzaba a pensar como Maran.
Lo has logrado. —Su sonrisa era exultante, a Marget no hacía falta leerle la mente: estaba celosa. Su creencia era fuerte y provenía del mismo lugar de donde nacía su magia y amor a Sinnei y a su madre—. Ahora toca la mejor parte: necesito que creas con la misma fuerza, que esa idea es falsa.

Les tomó un mes completo. El mismo tiempo que le tomó a la troupe avanzar desde la costa hasta Erithrnem, Un viaje tranquilo, acompañado de mercaderes y viajeros en busca de aventuras. Ellas estaban contentas por la experiencia, sus mentes se habían transformado. Ya no solo podían hacer ilusionismo, ahora entendían cómo podían hacer ilusionismo. La magia fluía en su frente, y como si de un ojo se tratase, se abría para expeler lo que ellas quisieran. Una hoja, un vaso, una cuchara, poco a poco le fueron dando forma y control a las ilusiones que forjaban. Con su madre habían aprendido a realizar una serie de hechizos que en conjunto y bien ejecutados podía dar cabida a un espectáculo, yo les abrí la posibilidad de hacer lo que quisieran con el ilusionismo. En pequeña escala, pero funcionaba.


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