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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Emphatos [Pereza]

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Emphatos [Pereza]

Mensaje por Strindgaard el Dom Dic 30, 2018 8:56 am

Angostura era una aldea al este de Erenmios. Se llamaba así por su forma larga y enjuta, dispuesta a lo largo de un terreno fértil en el cual se sembraban patatas, zanahorias, cebollas y otras verduras que soportaban el invierno de la zona. Se encontraba a unos quinientos metros de la costa, pues según contaban los ancianos, un maremoto había arrasado con la antigua aldea cuando se emplazaba en la orilla del mar y era conocida como un pequeño puerto. Era una sitio como cualquier otro: el calor golpeaba fuerte en verano, los inviernos eran crudos, las cosechas a veces eran buenas, su gente era gentil y trabajadora. Era un buen lugar para vivir, aunque los impuestos subían cada año.
__En general no había mucho qué decir sobre Angostura, excepto que, la mayoría de su gente había muerto.
-Eso, y que también tenían un demonio viviendo entre ellos.-

El polvo se arrastraba por la barra de la taberna mientras Indian, el regente del local, se encontraba sentado en un taburete con la cara dentro de un plato de gachas. Al frente, la herrería se encontraba por completo cerrada, su dueño se había ido a dormir y no había vuelto a despertar. El cartel de madera que tenía tallado un martillo sobre un yunque, se mecía al son del viento, solo colgaba de uno de sus ganchos, pues el otro se había vencido. Bajo el cartel se encontraba Hob junto a su carreta con una rueda rota, quien hartado ya de esperar a que saliera el herrero, se había acostado sobre la superficie de su carreta y se había quedado dormido; ya iban tres días de ello, y por el olor que despedía el cuerpo, al parecer ya no volvería a despertar.

Alguien había dejado encendida una vela en la única posada de la aldea. El fuego luego de tomar las cortinas de una de las habitaciones, consiguió llevarse consigo todo el edificio y los otros dos que le circundaban, pues nadie acudió al incendio. Diseminados entre las cenizas se hallaban los cuerpos de la señora Fish y las tres hijas que le ayudaban a atender a los viajeros, además de los cuerpos calcinados de un enano y su hörige, quienes tuvieron la mala suerte de haber pasado por la aldea.

En la casa de Lane, el alguacil del lugar, estaba la puerta y las ventanas abiertas. Una ardilla se encontraba haciendo una madriguera sobre su cama. Su hijo se había marchado de allí porque no soportaba el mal olor que despedía su padre.
__A excepción de los susurros de Stout y el maullido de su gato, la aldea se encontraba prácticamente en silencio.
-Vaya sitio más lúgubre. En mi defensa, ellos tenían más energía de la que necesitaban, y bueno, se me pasó la mano con el primero, luego una cosa llevó a la otra...-

¡Está muerto! ¡Maldito Flautista! —Se pudo oír desde una de las dos celdas que componían la pequeña cárcel de Angostura. Miky era un ladrón de ocasión, él y su amigo Pat habían hurtado algunos sacos de patatas de una de las bodegas de Hob, para la mala suerte de ambos habían sido descubiertos y enviados directo con Lane—. ¿Estás satisfecho ahora, mocoso? Pat está muerto, ¡Está muerto!
__Stout sabía perfectamente que el gordo de Pat había muerto. Llevaba días cuidando a los dos ladrones desde que su padre ya no se pudo levantar de su silla en el comedor, y Pat había estado actuando raro desde hacía tiempo. A pesar de eso siguió al pie de la letra las palabras de su padre, y no tenía pensado liberar a los dos detenidos hasta que llegase el alguacil de la aldea de Orso, a una semana de distancia al sur de donde vivían.
__¡Déjame salir! ¡Mantenerme aquí es un asesinato! ¡Asesinato a sangre fría! —Miky comenzó a llorar, Stout quizá se hubiera sensibilizado con ello, pero odiaba que le dijeran Flautista—. No quiero quedarme dormido, no quiero dormir. Pero, pero… Estoy tan cansado.
-Puedes dormir tranquilo si quieres. Yo velaré tus sueños.-

__El hijo del alguacil dejó de masticar su ración de pan y gachas. Había sido una mala idea comer luego de haber comprobado que el cuerpo de Pat se encontraba lo suficientemente rígido como para darse cuenta que ya no despertaría. Era una extraña mañana para Stout.
__Hace tres noches, después de la muerte de su madre, había salido con Bigotes a recorrer las calles de la aldea, para comprobar que la mayoría de la gente había caído víctima de lo que habían llamado simplemente El Sueño, y que de una de cada diez puertas que tocaba lograba asomarse alguien con rostro cansado pero con atisbos de esperanza, que luego de ver en el rellano a un niño de nueve años con el rostro lloroso pidiendo ayuda para su madre, cerraban la puerta de nuevo.

El pequeño le ofreció sus gachas a Bigotes, el gato de pelaje corto y negro era su único amigo. Era difícil para un niño tener asma, no se podía salir a jugar al campo o nadar en el mar por culpa de los ataques de tos y la sensación de ahogo. Y si a eso se le suma ser objeto de burlas es aún peor. A Stout le solían llamar Flautista porque siempre que respiraba lo hacía con un silbido, era algo inevitable, y que por largo tiempo luego de que los demás niños lo notaran y se rieran, él trató de evitar. Pero era imposible, su madre le había explicado lo que había dicho un curandero cuando visitó de paso la aldea. Esa presión en el pecho siempre la tendría, y lamentablemente empeoraría por la primavera.
__Al menos tenía a Bigotes, que en esos momentos era lejos la mejor compañía que podría desear, pues el felino solía encargarse de las feas ratas que estaban comenzando a aparecer por toda la aldea ahora que las personas ya no podían espantarlas. Aunque Bigotes podía lidiar con unas cuantas, por las noches de todas maneras ambos se iban a dormir a la casa del alcalde, donde todas las ventanas tenían vidrios y a las dos puertas se les podía poner pestillo, pues las ratas solían aparecer de a montones para encargarse de los aldeanos.
-Qué puedo decir, infancia difícil, me sensibilizó un poco, le tuve que dejar el gato.-

Mientras Bigotes comía, el hijo del alguacil se puso a pensar en qué haría con Pat. No estaba seguro de qué hacer con el cuerpo del grandote, pues, si bien se encontraba muerto, seguía siendo su responsabilidad. De solo pensar en tener que enterrar al gordo se estremeció. Le había llevado todo un día cavar un hoyo para su madre, pues no pensaba dejar que las ratas se cebaran con su cuerpo, no podía imaginar el tamaño que tendría que ser la tumba de Pat. De solo pensar en ello los recuerdos se agolparon en su mente. El momento en que la envolvió en las sabanas de la cama, en lo que le había costado moverla hasta el pequeño patio en donde ella había trabajado con tanto esfuerzo para lograr hacer germinar algunas flores y unas cuantas verduras. De alguna forma, haciendo muchas pausas e ignorando el terrible dolor de cuello y espalda, y los pulmones que le ardían en el pecho, logró excavar medianamente una tumba. Enterró a su madre en plena noche. Bigotes se encontraba recostado sobre su chaleco en la puerta trasera. Había colocado los terrones con lentitud, de una forma casi metódica, a sabiendas de que su madre se hallaba bajo ellos, por eso debía ser delicado. Luego de eso se llevó el cabo de vela, su chaleco y su gato y había dormido por el resto de la noche y la mitad del día.
__Pero ahora se encontraba frente al cuerpo de Pat, y pensó finalmente, que era demasiado trabajo el que tenía por delante, pues tendría que hacer un agujero el doble de ancho y mucho más profundo para aquel gordo.
__Escucha, pequeño. —Miky se asomó por entre los barrotes y juntó las manos a modo de súplica—. Déjame salir, te lo ruego. Mierda, tienes una ballesta ahí, te juro que no te haré nada. Me puedes apuntar con ella. —El ladrón aún tenía los ojos rojos y llorosos, su voz sonaba quebrada, y aunque tenía más de treinta años, parecía un niño de la misma edad de Stout—. Sólo quiero salir de aquí. Dame una oportunidad, eso es todo lo que pido. ¿Qué me dices?

Stout aún tenía tierra bajo las uñas. Tomó las llaves y las lanzó dentro de la celda de Miky. Sujetó bien la ballesta y no dejó de apuntar al pecho del ladrón.
__Gracias, muchas gracias.
__El tipo abrió la cerradura y caminó lentamente por el pasillo. Lanzó una corta mirada hacia la otra celda y subió las escaleras con Stout siempre delante de él.
__Una vez fuera, si Miky tenía alguna intención de algo, quedó relegada luego de ver en el estado en que se encontraba Angostura.
__¡Oh! Oh, por Symias y su escudo dorado. ¿Qué es todo esto? —Era extraño volver a ver a través de los ojos impresionados de Miky, para Stout la imagen de la calle principal de la aldea se había vuelto cotidiana. Los restos quemados de la esquina, el muerto al otro lado de la calle sobre la carreta. El olor nauseabundo de la taberna al lado—. Stout, oye, larguémonos de aquí, ¿vale? Hay que irse a Orso, hay que avisarles sobre El Sueño. —El muchacho negó con la cabeza. Aún tenía que enterrar a su padre—. Como quieras.
-Debería irme con Miky, pero eso significaría tener que cambiar de posición, pasar de un sitio a otro, moverme hacia... Bah.-

Miky se fue con prisa. Stout bajó la ballesta. Al tener el arma sobre su regazo recordó que no hace mucho su padre se la había comprado a un enano que se había quedado unos días en el lugar. Recordó que le había pedido al herrero que le hiciera algunas saetas, y que con esa misma arma había ido a la granja de Hob cuando aprendió a Miky y a Pat. Era raro, pero, al parecer todos los que habían tenido cerca esa arma se habían enfermado de El Sueño con cierta prematura. Sólo Miky y él habían estado próximos a la ballesta y no parecían afectados. Aquello tenía poco sentido, ¿por qué solo ellos dos? Lo único que tenían el ladrón y el muchacho en común era que él estaba enfermo de asma y Miky tenía una extraña enfermedad que provocaba fuertes convulsiones involuntarias, moviendo repetidamente los brazos y las piernas. Su padre le contó que una vez le habían hecho un exorcismo, pero que no había resultado para nada, y solo sirvió para que la demás gente de la aldea pensara que Miky estaba poseído o algo por el estilo, y desde entonces nadie le había vuelto a dar trabajo.

Stout se sentó frente a su plato de gachas. Bigotes se encontraba junto a él en el suelo. El muchacho se sentía aliviado por haber liberado al ladrón, y aunque eso le acarrearía problemas cuando llegara el alguacil de Orso, sabía que esa noche podría dormir plácidamente en el colchón del alcalde.
__Hizo a un lado su desayuno y dejó la ballesta sobre la mesa. La miró largamente, divagando sobre lo que había pensado hace un rato.
__De pronto la ballesta le habló.
__Hola niño. ¿Has oído sobre nuestro Padre, Ghadrakha?



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