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Emphatos [Balka]

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Emphatos [Balka]

Mensaje por Strindgaard el Dom Ene 06, 2019 11:46 pm

El camino se extendía y extendía. Faltaban todavía tres jornadas para llegar a Ciudad Esmeralda, pero la elfa ya casi podía oler en la brisa el aroma de la civilización: humo de chimeneas, basura podrida en los callejones, nubes de polvo alzándose bajo los pies de tumultos de gente sudando dentro de sus aparatosos trajes. Capa tras capa de algodón, lino, lana y sedas, toda cosida, modelada, embutida, amarrada con el único propósito de cubrir la carne.
Un ligero estremecimiento recorrió su nuca al imaginar a esas mujeres, dentro en sus pequeñas habitaciones, dentro de sus pequeños corsé, tratando de respirar a través de tanta tela, encaje y pedrería.

Dio una larga bocanada de aire y miró el cielo para despejarse. Arriba, un sol primaveral anunciaba el mediodía, dejando caer sus lanzas doradas sobre el pequeño bosque en donde se encontraba. El viaje desde Mashamba Milele le había dejado buenas recompensas, como atestiguaban las pieles que cargaba en la espalda, así como unos cuantos objetos que se podrían vender en Ciudad Esmeralda, como marfil, un par de huesos y un puñado de diversas plantas, algunas medicinales y otras no tanto.

Al poco andar sintió nuevamente el olor a civilización. Arrugó la nariz, no era su imaginación. Se detuvo y oteó su alrededor para descubrir al margen del camino, unos cuantos metros más allá un bulto azul.
Hola. —Dibujó una sonrisa en su rostro, aunque lo apuntaba con una flecha. Cuando te encuentras con alguien en medio de un sitio solitario es bueno ser precavido. Luego de constatar que no se trataba de una trampa, la elfa había andado unos cuantos metros hasta situarse en una buena posición frente al muchacho—. ¿Te encuentras bien?
El joven se encontraba hecho un ovillo, alzó la vista y los ojos se le iluminaron.
¡Oh, por los dioses! —Se quiso poner de pie y el arco se tensó, el joven alzó las manos en señal de sumisión—. Los dioses, los dioses me han escuchado —Bajó las manos y se puso de pie sin reparos.
Hey, tranquilo muchacho, muévete más lento, o tendré que ensuciar tu bonito traje con tu sangre.
El jovencito soltó una pequeña risa, tenía una mano escondida en la espalda.
Verá, mi señora, eso es justamente lo que estaba deseando. Quisiera —la sonrisa se quebró y una mueca de dolor y tristeza emergieron en el rostro del muchacho—, realmente quisiera que me matase.
La elfa se puso seria. Afianzó los pies en el suelo. Tenía la cuerda a medio tensar. A esa distancia sería suficiente como para atravesarle el pecho, un blanco bastante amplio y seguro para terminar con una vida.
¿Qué tienes atrás? Muéstrame la otra mano.
Por favor, mi señora, descargue su arco. No deseo otra cosa en este mundo más que morir.

La elfa soltó un suspiro. El muchacho no tendría más de dieciséis, vestía con una chaqueta de un azul profundo, de corte militar bastante elegante y con botones de oro, unos calzones a juego que le llegaban hasta un poco más abajo de la rodilla. Su camisa blanca se encontraba manchada de tierra, y el pañuelo a modo de corbata en su cuello estaba mal arreglado y lleno de ramitas y hojas, al igual que el resto de su ropa y cabello, lo que le hizo pensar a ella que llevaba un par de días durmiendo a ras de suelo en el bosque.
Lo más seguro es que fuera parte de una buena familia de Esmeralda, quizá el hijo de un barón o un noble bien posicionado.
El muchacho salió del margen del camino, iba descalzo. Su rostro suplicante y sus ganas de morir no dejaban de causar extrañeza en la elfa, que por norma general, solía matar a quienes no deseaban hacerlo.
Si tanto te quieres morir, ¿Por qué no lo has hecho tú mismo?
El joven de azul pareció un tanto turbado con la pregunta.
La verdad, lo he intentado, pero resulta que soy un cobarde —Se encogió de hombros—. Traté de ahorcarme, pero en última instancia me arrepentí. Pasé horas tratando de buscar las fuerzas, pero de pronto me descubrió Nora, vio la cuerda y el nudo, y muda de espanto se desmayó.
¿No lo volviste a intentar?
Nora es una de las criadas de mi madre. Cuando despertara sabía que le contaría a toda mi familia, así que no perdí el tiempo y hui al bosque.
Hubo un ligero silencio. La elfa destensó un poco el arco.
¿Qué será menos doloroso, morir apuñado en el pecho o de una saeta en el corazón?

Mira niño, existe un problema con tu petición —dijo con voz tranquila y amistosa la elfa—, y es que, te has encontrado con una profesional ante la materia. Quizá un mercenario te hubiera violado para luego matarte y después desbalijar tu cuerpo tieso, Quizá ni siquiera en ese orden. O un granjero te hubiera trinchado con su azadón en el vientre para dejarte desangrar unas cuantas horas, a modo de venganza personal ante la clase de vida que tienen tú y los tuyos. Pero yo te daré una muerte limpia y rápida, para cuando te des cuenta que he destensado el arco, la flecha ya habrá entrado en tu cabeza.
El joven parecía bastante preocupado, pero no por eso había perdido su determinación.
Bien, entonces, adelante. Hazlo, yo no veo problema en ello.
El problema radica en que, todo lo bueno tiene un precio jovencito. Si me pagas, obtendrás mis servicios como cazadora, y por lo tanto, cazaré para ti lo que quieras, incluyendo tu propia cabeza.
El joven de azul asintió.
Entonces, cazadora, contrato tus servicios. —Se llevó la mano libre a la chaqueta y trató de arrancarle un botón—. Te pagaré con oro. Son cuatro botones, espero que sea suficiente.
La elfa sonrió.
Lo es. —Al ver que el muchacho iba a demorar tratando de soltar la firme costura, agregó—. Deberías ayudarte con tu otra mano.
El joven le lanzó una corta mirada para luego volver a fijarse en el botón.
—. ¿No quieres saber por qué deseo morir?
A decir verdad, no. Mientras menos sepa de ti, mejor.

Al ver que no podría lidiar con la costura con una sola mano, sacó la izquierda de su retaguardia y se ayudó con ambas manos para arrancar el bien cosido botón de oro. La diferencia de tamaño, color y textura entre sus dos extremidades era notable. El joven le lanzó una sonrisa sincera a la elfa.
Ya que estoy pagando vuestro servicio: Mi nombre es Ricard van Merve, y estoy maldito. Hace dos semanas atrás noté que tenía algo verde bajo las uñas, con los días eso verde fue poco a poco creciendo: raíces, pequeños tallos. Cuando quise arrancar uno la sangre no paró hasta pasadas algunas horas. ¿Te imaginas lo que diría la corte, los nobles y mi familia de ello? Todos nos cuidamos bastante con toda clase de talismanes y artefactos de demonios, maldiciones y engaños. No podía creer que aquello me estuviera sucediendo justo a mí.
»Con el pasar de los días los huesos de la mano me comenzaron a doler, la piel se me puso verde y las raíces y hojas comenzaron a salir por los poros. Fue doloroso y horrible, pero este es el resultado —arrancó el botón y siguió con el segundo—: la piel se me cayó anteayer, ahora solo tengo un nudoso atajo de raíces entrelazadas como falanges. —Quitó el segundo botón con más facilidad, al parecer ya había encontrado la técnica—. Lo más sensato hubiera sido cortarme la mano, pero el problema es que estoy sufriendo el mismo proceso desde el hombro hasta el pecho. Ahora ya no tengo vuelta atrás. No quiero volverme un monstruo, no quiero deshonrar a mi familia, no quiero que nadie me vea así. Lo más lógico es terminar con mi vida, prefiero eso a terminar de pie aquí, junto a los demás árboles, transformado en quizá qué cosa.
Para cuando terminó de hablar ya se había arrancado los cuatro botones. Se agachó y los dejó en el suelo.
También quisiera que enterrase mi cuerpo, para que nadie lo encuentre.
Eso cuesta más que cuatro botones.
El joven suspiró. Se encogió de hombros. Retrocedió hasta el margen del camino y se apoyó en un abedul.
¿Dolerá?
Un poco, sí. Ahora bien, te podría cocinar un brebaje. Un buen concentrado de cicuta te haría palmar sin dolor. Pero eso me tomará horas, y aún tengo camino por delante para llegar a Esmeralda.
La elfa avanzó, dejó el arco un momento para recoger su paga. Los botones parecían de oro basto, y seguramente lo eran.
Bien Ricard. Fue un gusto hacer tratos contigo. —Tensó el arco por completo, apuntó.
Espera. —El joven se había puesto nervioso—. Espera.
¿Qué?
No. No me siento listo.
Sólo cierra los ojos y ya. Será un breve dolor y un largo descanso.
Algunas lágrimas comenzaron a caer por el rostro sonrosado del joven.
Es que, tengo miedo.
Cierra los ojos.
El joven miró a la elfa por algunos segundos, luego cerró los párpados con fuerza.
Oye, mejor espera… —Muy tarde, la flecha entró por su ojo derecho. La cabeza del joven se fue hacia atrás por el impacto y se quedó clavada al tronco del abedul. El peso del cuerpo ahora en reposo hizo que la flecha se desclavara, dejando un rastro de sangre por el blanco tronco cuando cayó pesadamente al suelo.
Lo siento, pero una vez me pagan, debo terminar con el trabajo.

— + —

El camino se extendía y extendía. Pero ya faltaba mucho menos. Caía la tarde y a lo lejos se podía divisar las siluetas de los edificios de la ciudad por sobre los árboles.
El sonido de un carro en la lejanía llamó la atención de las aves, que emprendieron el vuelo pesadamente. El sonido del carro se hizo más latente, los caballos entraron en el rango de visión de Balka, venían apresurados.
¡So, so! —el cochero detuvo a los caballos y golpeó el techo del carro, miró a la elfa con suspicacia. Uno no suele ver todos los días a un elfo deambular por el bosque.
¡Oh, por los dioses! —Desde la ventana del carro asomó el busto de una figura humana, una mujer de entre treinta y treinta y cinco años, con largos guantes blancos, maquillada a tono y con una peluca nívea—. Mi señora, no es menester molestarla en su viaje, pero le he pedido a mi cochero que se detenga ante cualquier persona que encuentre en el camino.
La elfa sonrió amablemente.
¿En qué la puedo ayudar?
Estoy buscando a mi hijo, hace días no sé nada de él y ya estoy pensando en lo peor. Viste de azul, es casi un niño, cabello color caoba, ojos pardos. Ha de ser un poco más bajo que usted ¿Lo ha visto?
Sí, lo vi ayer. —respondió ella con naturalidad.
La mujer pareció quitarse un peso de los hombros, miró al cielo y rio de felicidad.
Oh, gracias. Gracias. ¿Está bien?
Estaba maldito. Víctima de algún maleficio.
¿Qué? —la felicidad se congeló en el rostro de la mujer.
Tenía un brazo hecho ramas y raíces, se estaba transformando. —dijo muy seria la elfa. La mujer lanzó un suspiro de alivio.
No, no. Mi niño no está maldito. —Dijo la mujer con soltura y tranquilidad—. Él no lo sabe, pero soy una dríade y su padre un humano. Mi niño es un mestizo, eso es todo. Está viviendo los primeros signos, surgen en la adolescencia. Es algo normal —una risita nerviosa la recorrió—. Normal, sí.
La elfa no cambió su semblante de seriedad, parecía tallada en piedra. La mujer la observó por un largo instante en el cual su felicidad se desparramó por el suelo. Poco a poco comenzó a sollozar.

¿Qué? ¿Qué le ha hecho? —Preguntó nerviosa entre lágrimas—. ¿Está bien? ¿Qué le ha hecho?
La elfa se llevó la mano al cinturón y sacó de su bolsa cuatro botones dorados.
Ricard contrató mis servicios. —La voz de Balka era serena, pero fría y dura como una lápida—. Me solicitó acabar con su vida. Y esta fue su paga.
No, no, no, no, no. —La mujer reconoció los botones, se llevó las manos a la cara y comenzó a gritar—. ¡No, no, no! ¡Mi bebé! ¡Mi bebé! —La figura de la mujer se perdió dentro del carro mientras seguía gritando, repitiendo una y otra vez—. ¡Has matado a mi bebé! ¡Has matado a mi bebé!

La elfa cerró el puño alrededor de los botones. Había obrado según lo que ella consideraba correcto. Aunque a veces lo correcto tenía varios matices. Miró la ventana oscura del carro mientras los gritos recorrían el bosque, haciendo que las ramas de los árboles ulularan, doblegadose bajo un viento inexistente. Pensó en qué hubiera pasado si en vez de una flecha se hubiera dado el tiempo de preparar la cicuta. Las dríades soportaban bien los venenos de origen orgánico.
Uno de los caballos piafó, el cochero la observaba. De pronto se movió, ya no deseaba estar allí, debía continuar su camino, ya no había nada más que hacer o decir. Ese era uno de los problemas de su trabajo, entre menos sepas de tus objetivos, mejor.



El mal es un punto de vista.
Strindgaard
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