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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Emphatos [Bennett & Kromul]

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Emphatos [Bennett & Kromul]

Mensaje por Strindgaard el Jue Ene 10, 2019 5:56 am

Una lanza se dirigía hacia él, una lanza de un aspecto feroz, con un orco de aspecto aún peor sosteniéndola en el otro extremo.
Orcos. —Masculló con disgusto, como si la palabra contuviera un significado distinto al conocido, como si en realidad significara: olor a pescado muerto, o pisar mierda de perro. Se echó a un lado, sus botas resbalaron y patinaron por la tierra húmeda y la nieve derretida, cayó de bruces.
Hacía solo un instante se encontraba junto a una cantidad considerable de viajeros, entre mercaderes, mercenarios y aventureros, subiendo por la espalda de la Cordillera de Daulin, pero ya no había ni rastro de todos ellos. La tormenta les había jugado una mala pasada. Llegó al medio día sin anunciarse, como un ladrón furtivo, y se puso a trabajar poniendo una gran pasión en ello. Los mercaderes más viejos las conocían como Tumba Carros, eran un verdadero espectáculo, con relámpagos que hendían robles, truenos como tambores de guerra, y una lluvia tan pesada que te hacía caminar encorvado. No habían pasado ni dos horas y forzó al grupo a detenerse y levantar de improviso un precario campamento cerca de un bosquecillo de pinos que les servirían para guarecerse mejor. El problema era que ya tenía guarecidos a una avanzadilla de orcos.
Bajo tormentas como aquella solían suceder siempre actos de violencia y maldad. A decir verdad también había actos de nobleza y amor. Pero la violencia y maldad ganaban por lejos.

Rodó por el suelo, convencido de que en cualquier momento sentiría como la lanza se le hundía en el cuerpo, siguió girando, llenándose de nieve fundida, de tierra y agujas de pino mojadas. Cuando logró poner sus sentidos en su sitio, se apresuró a ponerse de pie. Vio como el filo se acercaba a su pecho con una vibrante rapidez, levantó el brazo derecho y dejó pasar la punta de la lanza por su costado y se escabulló tras un anciano pino de ramas altas. Aquello le dio algunos segundos para pensar. La espada o las dagas no les serían muy útiles teniendo en cuenta que se enfrentaba a una lanza, y la diferencia de tamaños anulaba el látigo. Se asomó por un costado, el orco, como una sombra cubierta de agua, soltó un bufido y tiró una lanzada. Correr era una buena idea, había suficientes árboles para escabullirse, el sonido de la tormenta anularía el suyo y la lluvia ocultaría su olor. Además, él era más diestro que aquel grandullón.
Se asomó por el otro costado, luego giró y rodeó el tronco de un salto para salir hecho una furia en dirección contraria al orco.

La huida. Algo innoble, despreciable. Casi sentía ganas de detenerse y hacerle frente a la bosta verde que lo perseguía, pero los había visto salir de entre los troncos, eran al menos dos docenas que cayeron sobre el campamento como centellas. Una autentica montonera. Era una suerte estar con vida, y no iba a dejar pasar su suerte por detenerse a pelear contra uno. Además, los sentía moverse entre los árboles, los pinos parecían cobrar características y movimientos humanoides, u orcoides mejor dicho. De pronto, y como si de un soplo se tratara, una masa oscura apareció por su izquierda a pocos metros de distancia. Otro orco. Y de los grandes.
No hubo tiempo para pensar, su látigo hendió el aire y se aferró a una rama cercana para rápidamente sacar a Bennett de la dirección de la lanza del recién aparecido. Las piernas del deseh se elevaron del suelo y se balanceó por unos instantes por el aire para adquirir una nueva trayectoria en su alocada carrera.

Le ardían los pulmones al respirar el aire frío de la montaña, pero algo en el declive del terreno le decía que se debía preocupar, que esto estaba lejos de terminar. Luego de correr por más de cien metros la cantidad de pinos había bajado considerablemente dando paso a varias piedras y rocas de diferentes dimensiones diseminadas por la nieve. La tormenta había cedido terreno y tan pasajera como había llegado ahora se retiraba. Algunos rayos de sol traspasaron los gruesos nubarrones.
La luz ayudó un poco para notar que la gran roca cubierta parcialmente de aguanieve que tenía a unos diez metros en diagonal se comenzaba a erguir hasta adquirir el tamaño y la forma de un maldito orco.

El verde se sacudió el cabello y se giró para observar mejor los sonidos que provenían desde atrás.
¡Oye, oye! ¡Detente! —Le gritó para hacerse oír por sobre la lluvia, Bennett se impresionó un instante al notar que le hablaba en común, y que además su rostro parecía más preocupado que violento, y que definitivamente, este orco no vestía igual a los demás—. ¡Ten cuidado! —Había tomado bastante velocidad desde que el terreno se había comenzado a inclinar, así que le iba a costar esquivar a este centinela, pero lo bueno era que tenía un cayado por arma, así que en caso de que se acercara demasiado, setenta y cinco centímetros de acero en las entrañas serían suficientes para lograr apartarlo—. ¡Hay un cañón delante!
Aquello sonó inverosímil apenas surgió de la boca del orco, pero Bennett aguzó la vista y notó como en la alfombra blanca e irregular que era el terrero surcado de rocas había algo extraño, y era que por el ángulo en el que se encontraba, se escondía perfectamente el cañón hasta hacerlo ver como una fina línea.
Frenó con todas sus fuerzas. La lluvia, el terreno lleno de piedras sueltas y tierra mojada no ayudó para nada. Desesperado, se lanzó al suelo para buscar alguna raíz, alguna piedra que le sirviera de agarre, pero solo sirvió para despellejarse las manos.

La vida de los norethianos era fugaz y violenta, acorde a los tiempos que se vivían. Tarde o temprano Bennett moriría, pero nunca pensó que sería rajándose el cráneo contra las rocas escarpadas de un despeñadero. Algún sentimiento de pertenencia le hizo recordar el mar de arena interminable en donde había nacido. Hubiera sido bueno morir cerca de donde lo hizo su madre. Tenía pocos recuerdos de ella. Recordó una sonrisa enmarcada en un rostro moreno y amable, una mano le acarició el cabello. Estaba sentado junto a ella en el pequeño puesto en donde vendían baratijas. Ella contaba monedas, él tenía el cuerpo apoyado en ella, también sonreía.
Entonces sintió un violento agarre en el pecho que le quitó todo el aire de los pulmones.
Uffff. —El orco había clavado el cayado en la tierra y uno de sus grandes brazos lo había cogido a un palmo de distancia de caer—. De la que te has salvado.
G-gracias.
Bennett se aferró al brazo del orco como si se tratara de un trozo de madera en un naufragio. Sintió como el fuerte viento que surgía del cañón le mojaba la cara. Dio un largo respiro.
¿Por qué corrías?
Entonces el humano se volteó para ver como una lanza se acercaba hacia ellos haciendo una parábola en el aire.
Enemigos. —Ambos se separaron, la lanza pasó tan cerca del rostro del deseh que sintió como le peinaba el cabello—. ¡Cuidado!

El dueño de la lanza se acercaba con el doble de rapidez que lo había hecho él, justo detrás venía el segundo. Bennett no perdió el tiempo y usó el látigo para cogerle una pierna al más próximo.
El grandullón se tropezó y pasó como una exhalación por entremedio de ambos. Hubo un grito, luego el sonido de algo estampándose contra las rocas.
¿Pero qué…? —Alcanzó a preguntar el del cayado.
Pero no hubo tiempo de hablar, ya tenían al segundo encima con una gruesa lanza de dos metros dispuesta a troncharlos como si se trataran de jabalíes en un coto de caza. Bennett miró a los ojos a Kromul como solo lo puede hacer alguien terriblemente desesperado. El orco sopesó su mirada un instante, pareció entender.

Los dos se levantaron al borde del cañón, con el vértigo de una caída de cientos de metros a sus espaldas y un lancero de casi tres metros de altura justo en frente.
Mi nombre es Samael. —Dijo el deseh al tiempo que desenvainaba su espada.
Kromul'Burr. Un gusto.



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