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Empathos [Bennett]

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Empathos [Bennett]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Sáb Ene 12, 2019 5:29 pm

Ladrón. Una persona dedicada a la actividad delictiva de sustraer de manera disimulada los bienes ajenos, agenciándoselos como propios en pos de obtener una ganancia. Sin embargo, no todos los ladrones son iguales. Los hay con estilo y diseño, caballerosos individuos que roban corazones y monumentos, deslizando sus capas de seda en la oscuridad de la noche, desafiando a las más brillantes mentes de su generación…y los hay con la mínima capacidad mental, ratas en las alcantarillas. Lo único que los une es la Suerte. Si, con mayúsculas. La Suerte es una de las divinidades más extendidas a lo largo de las dimensiones, incluso algunos demonios la adoran. Una entidad que plasma en si las posibilidades infinitas y lejanas de la realidad, capaz de provocar un choque en esta capaz de destruir su fundación.

Y, ese ser, que desprende el aroma de los casinos en la madrugada, vigilaba con atención el pequeño oasis de Ahöstras*. El lugar había florecido gracias al comercio(aunque en realidad fue debido las intrigas de cierto visir, el trabajo sin paga de múltiples esclavos y la presencia de algún imperialista caucásico**) y debido a eso había aparecido bandas y criminales por sus cuatro costados. Bandas que hacían justicia al “no hay honor entre ladrones”. En este ambiente, Suerte miraba con atención a cierto ladrón de tez bronceada.

El caballero estaba corriendo de ciertos caballeros de ideas opuestas a las suyas (siendo la idea de este el quedarse con el botín), quienes planteaban discutir este enfrentamiento en una mesa de debate con correas y múltiples objetos punzantes a disposición de quienes los necesitaran. El hombre podría haberlos superado en velocidad y agilidad, si no fuese por el hecho de que bajo su ropa había toda una serie de collares y piezas de oro bien atadas a su cuerpo que aumentaba su peso. Con cada esquina, el joven ladrón descubría con pesadez el hecho de que había gente aun más tozuda que él y que a los Ahöstrenses les encantaba el hacer sitios sin salida. Por fortuna, si dios cierra una puerta, Suerte lanza una piedra y se carga una ventana. Lo que había sido el final del hombre en un callejón se vio truncado por el hecho de que tres días antes, una de las señoras que vivían allí había decidido pintar las paredes, dejando una escalera apoyada en la pared más baja. Con la desesperación de un gato huyendo de una niña, el ladrón ascendió y se dejo caer hacia la otra calle, continuando la persecución, no sin antes gritar.

-Este será el momento en el que contareis a vuestros nietos que casi capturasteis a Samuel Bennett…-grito, victorioso, lanzando la escalera con una patada, girando en el aire para caer de pie donde fuese que llevaba el atajo.

Esto habría sido el final, el ladrón habría escapado y la historia habría acabado bien. Si no fuese porque Suerte no era la única que estaba mirando el lugar con interés. Si Suerte es la ruptura con la norma, Destino es la niña buena que las sigue a rajatabla. Y el Destino dictaba que aun había que sudar mucho más para poder escapar. De este modo, en vez de caer en una calle, el ladrón acabó en un jardín de las delicias. Múltiples mujeres desnudas se quedaron mirándolo en el momento que chocó con el suelo, mirada reflejada por el ladrón, cuyo proceso de pensamiento se había visto interrumpido momentáneamente. El silencio se mantuvo durante unos tensos segundos, con todo un grupo de señoras mirando sin disimulo al individuo que había roto la tranquilidad del baño.

- Mierda -Es lo único que dijo el ladrón antes de que un potente grito se alzara en el aire, llevándose consigo el silencio, la tensión y múltiples piezas de cristal recién pulidas.

Ante el grito, el ladrón empezó a girar su cabeza en busca de una salida. La cual encontró en el momento que una de las puertas se abrió, revelando a varios guardias y maridos enfadados. Un pestañeo fue lo único que se necesitó para que la figura del ladrón ya estuviera escalando a toda prisa por una de las paredes de la casa, llegando a uno de los tejados. El tejado se inclinaba hacia una calle, donde varios matones seguían buscándolo, desde unas ventanas por la que varios maridos empezaban a salir. De nuevo, Dios había cerrado la salida delante de las narices del ladrón. No había salida. Suerte, sin embargo, seguía teniendo una buena cantidad de piedras que lanzar. Por el rabillo del ojo, el ladrón distinguió una cuerda usada para tender ropa. Ni corto ni perezoso, el joven la agarro y cortó, lanzándose al vacio, usándola como liana.

Ahora, las leyes de la comedia dictaban que debía de chocar con colada femenina, acabar vestido como una mujer y chocar brutalmente contra una pared. No obstante, Destino se guía por las de la física, por lo que, en realidad, el ladrón hizo una curva perfecta que acabó con su cuerpo entrando por el hueco de una ventana. El hecho de que la ventana diese al cuarto de dos caballeros el doble de grandes que el ladrón y en medio de una actividad comprometida solamente implicaba que Destino hacía de vez en cuando caso a las leyes de la comedia. Quince minutos más tarde, Bennett salía como si le persiguiera Hacienda, casi a un paso de entrar en un mundo que no tenía intención de ver todavía.

Los caminos se bifurcaban y retorcían, pero cada esquina, cada callejón y cada centímetro de la maldita ciudad hacían que el hombre se encontrase en situaciones que solo empeoraban su estado. Ladrones traicionados, maridos enfadados, caballeros de cierta orientación con intereses más allá del oro, vendedoras de puerros y una vendedora de seguros perseguían al ladrón hasta que la marabunta crecía simplemente por los curiosos que atraía. Mientras tanto, Suerte y Destino se estaban agarrando la una a la otra de los pelos, arrastrándose por el reino de la metafísica (lo que para ellas era el suelo).

Abandonado por las presencias divinas, Bennett solamente tenía unos pies muy cansados como ayuda y sus sentidos en máxima alerta. Si no encontraba una salida tenía un futuro muy aciago, no importaba quien le pillase. Hasta que vio el barco…un pequeño barco que se disponía a ir al otro lado del enorme oasis, moviéndose por uno de los canales de la ciudad, alejándose de las manos despiadadas de sus perseguidores. Sus pies se dirigieron hacia este, ganando fuerza y velocidad, hasta que su cuerpo abandono el suelo con un salto. Y, quizás por intervención de Suerte o Destino, las ataduras que habían mantenido seguro el oro se soltaron…y con esto 10 kilos de oro acabaron en los pantalones del ladrón, bajándolos en medio del aire. Los ojos de sus perseguidores se quedaron en blanco, mientras un arco de monedas y lingotes caía de sus pantalones, meneándose en el aire junto con otra cosa.

Finalmente, Bennett golpeó con su cuerpo el bote y con ello la seguridad. Desgraciadamente, su orgullo y botín no habían tenido tanta suerte.

*En referencia a las primeras palabras de los descubridores, quienes se sorprendieron al ver una masa de agua tan grande en una zona tan desértica. El hecho de que sea hogar de la famosa “ostra asesina”, una especie de molusco carnívoro no tiene nada que ver.
**Seamos sinceros, siempre habrá algún mamón en el multiverso y por norma son blancos.
Casandra Von Schuyler
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