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Mensaje por Strindgaard el Mar Mar 12, 2019 5:22 am

Mi mente se había partido en varios trozos de consciencia, estimando condiciones, divagando sobre temas de viento y marea, calculando probabilidades, preguntándose por qué no habíamos huido todavía, y trazando movimientos para sortear las cuatro espadas del condenado demonio de cuatro brazos, mientras que las demás piezas de mi mente absorbían la información que llegaba a través de la lluvia como imágenes superpuestas y detalles de la batalla que se extendía por nuestra cubierta.
La tormenta no nos había encontrado tan de improviso como había supuesto en un principio al habernos metido en ella como si se tratara de una llovizna de las que se pueden sortear sin tener siquiera que cambiar algunos grados el curso. Al menos la mayoría de las velas habían sido recogidas, solo la vela mayor que se encontraba algo arriada y los escotines a medio aflojar se podían ver, pues era necesario tener algo de velamen para no ir a la deriva en medio de todo ello. Eso y que el barco estaba de proa al viento, por lo que las grandes olas no nos harían zozobrar, me hizo notar que nos hallábamos entre gente acostumbrada al navegar en aguas turbulentas. Ese cabroncete del capitán realmente le hacía peso a su imagen de pirata de tomo y lomo, la que a pesar de tener aquel pajarraco como mascota no distaba mucho de algunos buenos capitanes que había conocido en la antigüedad.
También noté que tanto el ráksasa como los demás piratas que habían abordado provenían del navío pegado a estribor — ¡Claro Strind! ¿Cómo no? — pensarán, aunque supongo que ninguno de ustedes se ha visto envuelto en un atraco realizado por merrows. Me di cuenta, también, que los otros, a diferencia del gato, se movía de manera tal que me resultaba un tanto sospechosa, no parecían ponerse de acuerdo mediante la voz ni le contacto visual, sabían lo que tenían que hacer y ninguno entorpecía al otro en su actuar, moviéndose como una sola persona. Cómo habían logrado aparecer tan cerca de nosotros sin alarmar a nadie me resultó un total misterio. Aunque si poseían la capacidad de hacer eso, ¿por qué no la de inutilizar nuestros cañones, cegar a nuestros vigías o moverse al unísono?
El aire estaba impregnado del olor de la magia al que tanto estaba acostumbrado a sentir en altamar: hierro caliente. A lo lejos, en el otro barco, noté a las únicas dos figuras que valía la pena clavar la mirada: una elfa que gastaba sus flechas hacia lo alto de nuestro mástil y una especie de figura que no pude identificar, pues la lluvia me entraba a los ojos, dándole un aire fantasmal.

Al momento de lanzar mi hechizo sobre la fiera supe que había resultado por su manera de atacar, que cambió bruscamente de la táctica a la desesperación. Sus cuatro brazos seguían siendo una soberana molestia, y como derrochando energía, se puso a lanzar tajos a mansalva a nuestro alrededor pero sin un objetivo claro. Me puse a una distancia prudente, pensando en que el viento en cualquier momento haría que el grandote me cayera encima por pura casualidad, o peor aún, me lanzara por la baranda.
Las ráfagas de viento que golpeaban el Duquesa hacían escorarse el barco de tanto en tanto, incluso con los mástiles desnudos, al mirar al cielo no pude sino sorprenderme por la tormenta que ya había logrado acaparar totalmente el cielo, sin dejar ningún resquicio para el sol. Nos encontrábamos en un opaco y sediento día. Algo se encendió en mi interior, rememorando otras tormentas, en otros barcos.

Bennet una vez que el barco regresó a su precaria estabilidad hizo un movimiento serpenteante con su brazo y no fue hasta que atrapó uno de los pies del ráksasa que me di cuenta que le había lanzado un fuerte latigazo con el fin de inmovilizarlo. Entonces el barco volvió a escorar, esta vez tanto que me tuve que sujetar de las jarcias para no ir a parar contra las regalas, una gran ola apareció por babor y ocultó bajo su estruendo el sonido de la caída de nuestro enemigo, que una vez en el suelo, alcanzó a ponerse de costado para seguir batallando con los dos brazos libres.
¡Este hijo de puta tiene tanta energía como un batallón pequeño! —grité por sobre la tormenta a mi compañero, que sujetaba con ambas manos el látigo para mantenerlo alejado de las espadas tirándolo en dirección contraria a su tronco, el gato notó de dónde provenía mi voz y sus cortes cambiaron de dirección y casi me rebana una pierna de no ser porque ya me había alejado lo suficiente.

El azote del viento restallaba en mi capa. El barco seguía siendo un caos, pero al menos alguien sabido en la materia debía estar controlando el timón, porque el Duquesa, que en ese momento se encontraba meciéndose en la cima de una ola coronada de espuma comenzó a deslizarse hacia el costado, al caer sentí algo en el estómago y justo cuando la zambullida parecía inminente, el barco escoró para que el bauprés apuñalara la siguiente ola, que como una montaña de agua se elevó hacia nosotros. La tormenta de un momento a otro pareció volverse peor, o eso me pareció.
Hallé el momento adecuado y llevé mi mano al medallón del grifo que había obtenido tiempo atrás en el árido Akhdar, mientras un trozo de mi mente recordó las interminables dunas, que como un mar de arena, se extendían hacia todas direcciones.
γρυφος —dije justo cuando la proa se alzó con el bauprés intacto, al igual que un hombre que luego de pensarse ahogado, surgiera milagrosamente del mar—. Terminemos con esto.
Sentí como el golpe de euforia me calaba hasta los huesos, afiancé los pies desnudos en la empapada cubierta y me lancé como un perro hacia el cuello del ráksasa, empuñando a Pesarosa en mi mano derecha. Me colé entre los movimientos de las espadas, que ya no eran tan frenéticos como en un principio y enterré, como un diente dorado, suficiente acero como para que la bestia no se volviera a levantar nunca más.
Extraje la daga y di algunos pasos hacia atrás en caso de que el gato me fuera a jugar una mala pasada, cuando el aire está impregnado de aquel olor era mejor jugar a la segura, para luego observar a mi alrededor en caso de tener que unirme a una siguiente pelea.

El viento arreciaba con fuerza, y la lluvia me aguijoneaba el rostro. El Duquesa seguía estremeciéndose bajo la fuerza de las olas, al parecer con más fuerza que antes. Me agarré de los aparejos, al lado del marco de la puerta que había sido arrancada y vi claramente como el mástil de mesana se sacudía terriblemente. Un instante más tarde una masa de agua sólida al nivel de mis rodillas me empujó con fuerza producto de una ola que había superado la altura del Duquesa y se había colado por entre las barandas.
El aire, impregnado del olor del hierro, me trajo un cántico, una especie de letanía que a pesar de provenir de alguien, era capaz de sobreponerse al estallido de sonidos de la batalla y al rugido de la tormenta. Impresionado miré a Bennet para constatar que no había sido mi imaginación.
¡Bennett! ¡Hey, Ben! ¡¿Has oído lo mismo que yo?! ¡¿Alguien tiene suficiente pulmón como para cantar de esa forma?!
Me quité el agua de los ojos para lograr ver de dónde provenía el canto, pero era imposible entre tanto caos. Aquella incertidumbre, que de pronto pareció llenarme del todo, como la misma lluvia que me empapaba, me produjo una sensación de que pronto vería algo increíble, o al menos algo fuera de lo esperado. Una suerte de sorpresa, que mi daga también supo interpretar, pues a pesar del agua, seguía teniendo algunas manchas rojas en su hoja.

Algo me hizo sonreír. Supongo que me gustaba en cierto sentido hallarme en medio de una tormenta, cuando todo lo demás se hace nimio y frágil frente a la potencia del mar y el furioso aire. Mecerme al son del caos, entre gritos de furia y dolor, entre sangre y agua, entre demonios. Los podía sentir cerca de mí, chispeando, como si acercara las manos al fuego. Un tenue estertor de júbilo me arrancó una carcajada, miré a Bennett, pues seguramente le parecería un loco de hartar. Bueno, tampoco estaba muy lejos de eso. Me pasé la lengua por los labios y el sabor salado me indicó que era agua marina, no lluvia lo que nos caía encima. En ese momento nos hallábamos sorteando olas tan altas y sólidas que me sentí en el fondo de un acantilado.
De mi cinturón extraje la rompeespadas y con ambas dagas en las manos y una sonrisa nerviosa en la boca, le grité a Benny:
¡Algo me dice que llegaremos con algunos días de retraso a nuestro destino!


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Mensaje por Bennett el Mar Mar 12, 2019 3:56 pm

Vaya manera de terminar el primer día.
Al escucharlo Samael se detuvo, viendo a Strindgaard con seriedad. No es que no hubiese sido un comentario gracioso porque lo fue, pero tras todo lo que había sucedido hoy, la cereza en el pastel es que justamente al primer día ya estuviese pasando algo en el barco.

Corrió junto a Strindgaard y muy poco antes de llegar a la puerta se escuchó uno de esos sonidos horribles, como cuando arrastrabas metal sobre algo para hacerlo chillar y estorbar a los demás. Con la puerta abierta (arrancada), ahí estaba, el grandísimo gato. Con una amabilidad no esperada, el gato retrocedió ofreciendo espacio para que salieran, tal vez quería una pelea justa, y era justa porque aunque fuesen dos contra uno, él tenía cuatro brazos y muchos más músculos. Ósea que era justa.
Silenciosamente, el Deseh que no se explicaba como construcciones de madera tan enormes flotaban en el agua siguió a Strindgaard a cubierta, y allí solo agradeció haber vomitado antes, porque sino lo hubiese hecho allí afuera, y con un enemigo al frente. El problema no era que el gato dejara o no de ver eso, sino que le causará nauseas y vomitase una bola de pelos gigante.

Estando afuera se permitió echar un vistazo a su alrededor; la situación en dos palabras: un desastre. No solo había tormenta arriba en el cielo sino allí a donde viese; espadas chocaban y balas surcaban el aire, además de que tenían tan literalmente como era posible, el otro barco pegado a ellos. Escapaba de su comprensión como los que se supone que debían vigilar no habían notado que se les acercó tanto como para pegarse así. También escapaba el porqué siendo un barco más grande simplemente no los volaron en pedazos a cañonazos. Siendo justos, Bennett sabía demasiado poco de barcos y su mejor idea de combate naval era "combatir sobre agua," y su lógica en ello era "el barco más grande ganará."

Magia—murmuró por lo bajo, viendo además de todo aquello la terrible coordinación de los piratas enemigos. Si las peleas en tierra firme eran desastrosas, esperaba que una en un barco sacudiéndose, con viento fuerte y lluvia lo fuese más.
Bien Sam. Somos dos contra uno. Está en clara desventaja. Venga, lo distraeré y cuando veas un flanco descubierto haz tu parte.
Cierto. Con las palabras de su compañero recordó lo más vital en ese instante, tenían un oponente al frente. Recordarlo y ver cuatro espadas moviéndose lentamente frente a sus ojos como una serpiente esperando una abertura para morder no le agrada, pero era infinitamente mejor que olvidarlo y las serpientes mordieran.
No te preocupes, no lo verá venir —aseguró con más confianza de la que debería tener alguien en tal situación mientras tensaba el látigo.

Con el grito de guerra de Strind, Bennett empezó a hacer las primeras mociones con su brazo listo para dar un latigazo en el primer instante que viese posible. Su plan inicial era arrancarle un ojo al gato, si estaba en desventaja así, con la percepción de profundidad alterada estaría jodido.
Cuando su compañero paró en un flanco del gato, alzó el brazo listo para golpear... pero nada.

Ni el gato, ni su compañero hicieron nada. Al menos, desde su punto de vista. Bennett echó una mirada rápida a Strind, intentando decirle "no se comió la distracción" y "¿qué distracción fue esa para empezar?" con solo los ojos, algo claramente imposible, y más con la lluvia haciéndolo entrecerrar la mirada un poco más.
Solo vio un curioso movimiento de manos, quizás, pero no hubo ataque, no le lanzó nada, el gato ni siquiera pareció reaccionar a su movimiento en caso de que fuese una finta para que se diera vuelta, no...
Y entonces el gato empezó a dar espadazos como si no hubiese mañana. Sin moverse de su lugar, solo cortaba violentamente como si lo estorbase un grupo de mosquitos. Probablemente Sam fue el último en entender que sucedía y realmente no lo hizo, pero ahora sabía que Strindgaard si había hecho algo, y ese algo seguro tenía que ver con magia, la otra cosa que no se explicaba del mundo, después de los barcos.

Empezó a girar el látigo de nuevo y a caminar lentamente rodeando al gato en sentido a las agujas del reloj para flanquearlo del lado opuesto a su compañero, todavía esperando reacción del minino, pero este solo insistía en atacar al aire. Dejando de intentar comprender que podría haberle hecho Strind al pobre gato, descartó por completo atacar el área de arriba de su cuerpo, no podría entre tantos espadazos. Abajo era otra historia.

Espero unos segundos, suficientes para que el barco recuperare su estabilidad. Una estabilidad tan falsa como los músculos del gato. En un instante dio un latigazo abajo, relativamente suave, pues no pretendía lastimar las piernas del minino tanto como amarrar una de ellas. Cuando la cuerda giro alrededor del tobillo del ráksasa jalo el látigo para tensarlo y apretarla, instante en el que supo que no podría derribarlo de un simple tirón, pero no era necesario.
Dicho y hecho, la estabilidad se fue al demonio en cuanto el barco volvió a escorar, viéndose acompañado de una enorme ola cuyo estruendo se sobrepuso al sonido del impacto del gato al caer. Él mismo estuvo a punto de caer, pero lo estúpidamente pesado que era el gato jugó a su favor al jalarse hacia el mismo, permitiéndole mantenerse relativamente de pie, aunque tuvo que sostenerse del suelo con una mano para no clavarle la cara a la madera.

Alzó la mirada y encontró que el gato tenía reflejos apropiadamente felinos, tenía que haber caído sobre sus antebrazos, negándose a soltar sus armas y mucho menos a rendirse. Cuando el felino subió el brazo para agarrar impulso y cortar abajo seguramente, Bennett enrollo su mano libre en el látigo para jalar con ambas, recuperando algo de su equilibrio, y más importante, evitar que las espadas fuesen a dañar su preciada arma.
¿¡Pero tiene nueve vidas!? —gritó de vuelta al demonio pelando los dientes, porque no era tanto una sonrisa como una expresión feral.

El viento azotó más fuerte, empujando un poco la capa de su compañero, tal vez porque ese dios sabía lo que venía y quiso permitirle al Deseh un corto vistazo a una de las armas que guardaba el demonio, una daga roja. No había pasado un segundo en que pasó sus ojos por encima de la daga cuando casi pudo sentir la gravedad jalándolo de todos los huesos y músculos, como si el barco estuviese a punto de hundirse entre las olas para no resurgir más. En su lugar no podía hacer demasiado, tenía las manos literalmente ocupadas, y sus esfuerzos iban miti-miti a seguir jalando el látigo y no caerse de culo, lado o frente al suelo.

Cuando la siguiente ola iba a ser apuñalada por el bauprés cerró los ojos un momento, pensando que cuando menos se sentiría como si el mar mismo cogiese un martillo y se lo aplastará en el suelo para que no se levantase nunca más. Por suerte, la Duquesa Voladora parecía tener su nombre bien dado, e implacable su bauprés había ganado el encuentro. Al abrir los ojos de nuevo vio que la situación no había cambiado demasiado, fuera de varios grumetes rodando en el suelo, solos o en parejas muy tensas que se volvían competiciones de ver quien apuñalaba al otro primero. Al ver a Strind no sabía si la "Voladora" de la Duquesa lo había poseído, si fue el estrés de la situación, la furia del mar o viento, o apenas estaba empezando a enseñar sus colmillos.

En un movimiento rápido él también voló como un perro tras un gato, empuñando la daga que había visto hace poco en su mano derecha y hacia abajo, lo que significaba que no estaba considerando, ni siquiera pensando un poquito en cortar. Iba por una puñalada.
Cuando cayó Sam vio la sangre salpicar, Pesarosa enterrándose en el cuello del ráksasa. Feroz pero no perdido en su furia, su compañero extrajo al daga y se retiro sabiamente, después de todo puede que el gato si tuviese nueve vidas.

No pudo evitar sonreír considerando esa pelea terminada. Cuando iba a avanzar para desenredar el látigo del pie del gato, una ola se coló dentro del barco, pegándole un poco por encima de las rodillas, casi mandándolo al suelo.
Agua hija de pu... —estuvo a punto de musitar, pero una voz de sobrepuso por encima de la batalla, de la tormenta, y de todo lo demás.
Bueno, llamarle voz era casi injusto. No sabía cómo definirlo para empezar, los sonidos eran harmoniosos y tras unos segundos, no parecía distinto de escuchar una canción en otro lenguaje en una taberna.
Si la cantará un animal, o un dragón.

Sam miró a los lados buscando la fuente de la voz, pero no dio con nada. Ni siquiera estaba seguro de donde venia, el canto era tan titánico que creyó resonaba directamente dentro de su mente. Cuando el rezo paró, volvió a correr la mirada por encima inútilmente, en una pequeña esperanza de que una luz mística y obvia le señalara "vino de aquí," pero no sería así.
¿Qué me dieron de beber? —se preguntó, antes de voltear al escuchar un grito de su compañero. No había sido el alcohol, eso o estaban coordinados al nivel de amigos que llevan peleando años juntos—. ¿¡También lo oíste!?
La mirada de su compañero le indicaba que si, por como intentaba secarse inútilmente la cara para poder ver. Justo como había pasado con él, no esperaba que Strind encontrase algo en su búsqueda, no podía haber sido alguien de esta embarcación, y con suerte no había sido alguien de la otra.

La voz volvió a surgir por encima de todo ruido justo como el Duquesa por encima de toda ola. Los rugidos del cielo se detuvieron, y junto a ellos sus rayos parecieron inmóviles, era su primera vez presenciando tal cosa para los pocos segundos que podía apreciar un relámpago.
Proclamando el inicio y no el fin de la verdadera tormenta, un trueno se hizo con el cielo, tan fuerte que desde allí le parecía válido creer que ese mismo trueno habría recorrido todo el mundo.

El eco del trueno—que cada vez le parecía más un rugido—fue lo más presente en la mente de Sam hasta que escuchó una risa deleitada, la que esperarías escuchar de alguien a la que le acababan de servir su comida favorita, que había ganado un premio, que había sobrevivido a una pelea, o que le habían contado un chiste muy bueno. Aunque mirando en dirección a Strindgaard, no observaba hasta ese momento, viendo que él mismo era la fuente de aquella risotada. Cruzó miradas con su compañero, y sus ojos parecían los de una persona distinta. Alguien que había pasado un año en una jungla mirando a los ojos a incontables animales lo sabía, ahora su compañero portaba los de uno.
Correr su lengua por sus labios no era algo que alguien haría para mojarlos en plena tormenta, él estaba probando otra cosa. Tal vez, la victoria. O tal vez era la sed de sangre de un animal desenjaulado; salvaje.

Enseñando ambos colmillos (Pesarosa y Rompeespadas), una sonrisa nerviosa quebró en la cara del demonio antes de que gritará en su dirección:
¡Algo me dice que llegaremos con algunos días de retraso a nuestro destino!
Los labios de Bennett temblaron antes de doblarse en una pequeña curva que creció hasta volverse una sonrisa igualmente nerviosa, como si hubiese comprendido del grito de su compañero el rugido de antes.
¡Es algo tarde, pero acepto tu propuesta de enseñarme cómo jugar póker!
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Mensaje por Boxy el Jue Mar 14, 2019 4:54 pm

El dopler volvió a la cubierta con un montón de cuerda, solo para encontrarse con que dos mujeres habían saltado a su barco, sin duda atraídas por el delicioso cebo que suponía Snack y habían descubierto con fatídicos resultados con quien había estado hablando él todo el rato.  Un par de tentáculos las habían atrapado y les estaba estrujando lentamente la vida. Podía notar a una de ellas reuniendo magia, seguramente para cercenar el tentáculo, pero seguramente podría llegar antes de que lo hiciera, atacarla rápida y certeramente, pero eso seria arriesgarse, arriesgarse a que lo que fuese que estuviera conjurando no pudiera redirigirse hacia él, cosa que era mucho esperar. No, un cofre no llegaba tan lejos como había hecho él siendo imprudente sin motivo y sin al menos un par de rutas de escape, no moriría por lanzarse de cabeza a un peligro que desconocia.

No, no iba a arriesgarse, y con esa… Alta Magia de megahechiceria suprema, fuera lo que fuera, no iba a arriesgarse a estar un segundo más allí arriba. La pregunta era, ¿huir por patas o cambiar de bando? Entonces Garras murió, pudo notar como su cuerpo de esencia empezaba a desvanecerse con un pequeño tirón a su conciencia. Eso implicaba que tendría que volver a invocarlo si huía por patas, porque desde luego no iba a remar el, y Snack era demasiado enclenque como para usarla de perro de trineo volador. ¿O era un perro volador de trineo si el único que volaba era el perro? Además, no cobraría si huía… No, lo tenía claro. Se había decidido.

Había descartado la huida. De manera que solo podía hacer una única cosa. Boxy cogió la cuerda, la puerta y prácticamente se catapultó hacia el mar de un salto. Es decir, no era como si tuviera nada más que hacer en ese barco, y Snack era la definición de prescindible, con un poco de suerte, habría suficientes bajas como para que le aceptaran como tripulante… Por si acaso, pataleo lo más fuerte que pudo de la zona que él creía, seria donde caería…lo que fuera que era ese extraño conjuro que estaba alterando la tormenta, es decir, lo más lejos que pudiera del barco y no directamente detrás de él, en caso que fuera algún tipo de proyectil horriblemente peligroso.

Y hablando de eso, era hora de un cambio de look. Su forma se encogió, el cofre que componía su torso se difumino en una masa gris y esculpió su nueva forma, algo más pequeña, femenina, con un intenso pelo rojo. No quería que no lo vieran en medio del mar, naufragada, ¿cierto? Y nadie cuestionaría lo de la puerta si tal como pensaba, su socio estaba a punto de volar en pedazos. En cualquier momento, esperaba, puesto que este parecía estar percatándose de lo que acababa de hacer y a juzgar por los tentáculos que se estaban alzando poco a poco de debajo del agua, no estaba nada contento. Al menos eso explicaba cómo se movía el barco sin necesidad de usar velas. Pero en cualquier momento dejaría de ser su problema…. Porque ese conjuro haría puf….en cualquier momento…
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Mensaje por Balka el Lun Abr 15, 2019 11:32 am

  Un tentáculo asqueroso la estaba estrujando. La fuerza de la constricción trabajaba lentamente, pero podía sentir las ventosas agarrarse a su cuerpo como un ansioso jovenzuelo virgen. Mañana estaría llena de lunares morados del tamaño de manzanas. O siendo digerida. Ninguna de las dos opciones le gustaba, aunque una resultara más llevadera que la otra.

  -¡¡Te has equivocado de universo con esta fantasía ero-tako!! -se desgañitó, en vano.

  ¿Y por qué estaba pasando esto? Porque Balka era una elfa de secano que se había enrolado a una aventura en una isla (que igual contaba como tierra firme), y que no consideró demasiado que para llegar a dicho lugar debía de cruzar el mar. Olvidando, fortuitamente, que sus conocimientos sobre lo que sea que fuera que se arrastrara por el fondo marino apenas llenaban un dedal.

  Así que flanqueada por Katarina ambas mujeres abandonaron un barco para abordar otro, la tormenta tronando como si alguien hubiese conjurado el apocalipsis sobre sus cabezas. La lluvia caía a plomo, el viento zarandeaba las embarcaciones a merced, pero tan violentos elementos no parecían entorpecer el cántico. Balka supo que la cosa no iba bien en cuanto pisó las tablas de la nave enemiga y no las sintió como madera siendo maltratada por una batalla, sino como cuando uno golpea con rabia el grueso caparazón de un Escudón: la sensación fue compacta, ligeramente elástica y altamente impenetrable. Cuando miró hacia abajo se le borró la sonrisa de triunfo que exhibía por tener tan cerca al enemigo.

  De repente las tablas ya no eran tablas, y lo que el mar embravecido bañaba a sobresaltos con sus olas no era otra cosa que dos tentáculos, que agarraron a ambas elfas alzándolas varios metros muy por encima de la pelea. Las meneó de mala manera de un lado a otro como un perro de presa mientras la elfa desconocida de pelo blanco le robaba la sonrisa triunfal a Balka.

  Se sentía mareada. Por un momento no supo dónde era arriba y qué era abajo o si la lluvia debía caer en ese preciso ángulo. Dos anillos reptaban por su caja torácica, uno aprisionando sus piernas poderosamente. La opresión en el pecho se acentuaba poco a poco, inexorable, ya sentía la molestia en sus costillas y terribles ganas de vomitar en el estómago. Parpadeó, intentando centrar la mirada en cuanto el tentáculo dejó de zarandearla; su propia bolsa la había golpeado en la cabeza en uno de aquellos meneos. Luchó contra el avance del apéndice, pero sólo consiguió que apretara más fuerte. ¿Qué coño estaba haciendo el que recitaba poesía infernal? ¿Nadie le estaba escuchando?

  Soltó un grito iracundo a la tormenta, que le respondió con un poderoso trueno. Y encima había perdido el pugio con tanta gilipollez de meneo de un lado para otro. De todas maneras de nada le servía un arma si no podía usar el brazo.

  Tenía que hacer algo. Tenía que librarse del pulpo aquel. Piensa, imbécil, céntrate. ¿Qué sabes sobre vida marina? ¡Una mierda, eso es lo que sé! Los ojos moteados de Balka iban de un lado a otro reconociendo la escena, tratando de buscar algo que le fuera de ayuda. Frente a ella, a una altura superior, el otro apéndice seguía estrujando a Katarina. Bajo ellas la batalla las ignoraba. Esperó sinceramente que el pobre Nickel no hubiese sido espachurrado.

  La mujer nunca había visto una Aberración. Eran poco comunes incluso en el continente, difíciles de encontrar, difíciles de matar, no demasiado rentables en general. La gente incluso las toleraba, relativamente, porque causaban menos muertes al año que los lobos pese a ser infinitamente más inquietantes. No conocía historias de alguna que se hubiese adaptado al entorno acuático, pero de nuevo, ella no era experta en esa rama específica del reino animal. Y por lo tanto no ató cabos y no se le ocurrió la idea; entre otras cosas porque estaba ocupada con no ser estrujada como una puta naranja.

  La elfa peliblanca se acercó espada en mano, una expresión malvada en el rostro. Balka pateó con rabia suspendida en el aire. Sus costillas comenzaron a quejarse seriamente. ¿Qué podía hacer? Putos tentáculos. La mirada de la mujer rastreaba incesante la escena. Ojalá alguien asesinara con un tenedor al tío que no paraba de recitar, la estaba poniendo nerviosa con tanta cantinela. ¿Es que no veía que la gente trataba de matarse en paz? Buscó entre el  bullicio aprovechando la inesperada altitud, encontrando un... ¿hombre? ¿Con escamas? Parecía cantarle a la tormenta. Hmm. Lo preocupante era que la tormenta parecía respond--

  Con un suavísimo crack sintió cómo algo dentro de ella llegaba al límite, aunque más que un sonido fue una sensación. El dolor la recorrió, fino, agudo. Probablemente acaba de fisurarse alguna costilla. O varias. Esperaba que no. Le costaba respirar. No podía permitirse un pulmón perforado. Cualquier cosa menos andar tosiendo sangre. Oh, que irónico sería morir ahogada en el mar sin que el agua tuviera nada que ver.

  De repente el asunto se redujo a dos opciones muy simples: morir aplastada o empalada por la jodida prima loca del bardo. Así que con la única idea que tenía en mente abrió la boca y dio un gran mordisco al apéndice que la aprisionaba.

  Tercera opción: morir empachada de pulpo-barco mutante infernal. El sabor era asqueroso, la textura horrenda, el trozo arrancado estúpidamente pequeño. Escupió. El tentáculo apretó con mayor fuerza, agitándola en protesta aunque sin demasiadas ganas. ¿Aquello había sido un quejido? Valiente hijo de puta. ¿Qué coño estaban haciendo todos los demás? ¿Nadie podía echarle una manita? ¿Una ayudita pequeñita, como la de matar esa guarrería?

  Abrió la boca una vez más, empeñada en aquel absurdo, cuando sintió unos familiares golpecitos en la pierna. Giró la cabeza para encontrarse a Nickel agarrado a sus pantalones, la larga cola todavía dentro de la bolsa. Daba pena verlo mojado. En realidad todos los karoas daban pena cuando estaban mojados. Producían una sensación extraña de desamparo.

  -¡Nicky, amigo mío! ¡Buenos días, bienvenido al mar!

  El kaoras la observó un momento. Acompasado como estaba con los movimientos de la Aberración, su cabeza parecía flotar en el aire, inmóvil. Balka hubiera jurado que la miraba con reproche.

  Justo por debajo de su rostro de máscara empezó a dibujarse una línea que fue abriéndose cual sonrisa macabra, más y más, como si algo se desencajara en la criatura hasta alcanzar proporciones inquietantes e inverosímiles.

  Pumpernickel abrió una boca dos, tres veces más voluminosa de lo aparentemente posible. Todos los dientes eran alargados y finos como agujas; eran tantos. No tenía lengua. Sólo un agujero de pesadilla por el que Balka había visto desaparecer comida más grande que el propio animal.

  Tantos años viajando con el bicho y semejante visión seguía poniéndole los pelos de punta.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Mensaje por Katarina el Sáb Abr 27, 2019 1:42 pm

Katarina tenía un problema, un problema tentacular concretamente, con suficiente fuerza como para alzarla al aire e inmovilizarla. Eso descartaba la daga. La elfa miro a su acompañante elfica, la que NO estaba intentando ensartarla con flechas, luego a la que sí, luego a su daga, inútil en su mano gracias al tentáculo. Suspiró. No le hacía mucha gracia enseñar sus cartas tan blatantemente, pero menos gracia le hacía morir, así que qué hacer exactamente estaba bastante claro. Una herida se abrió en su muñeca y la punta del tentáculo que le estaba sujetando la muñeca cayo cercenada por una hoja carmesí. El resto del tentáculo lo siguió al poco tiempo, y cuando Katarina se dispuso a ayudar a su acompañante, vio lo que fuera que era ese gato de enorme boca y decidió que no hacía falta.

Girarse ligeramente para ver a su compañera también le permitió ver el principio de lo que se estaba armando en su propio barco, por lo que miro a la mujer, luego a su enemiga, luego al barco… y con un golpe de muñeca lanzo una estaca de sangre a su enemiga y salió por patas hacia su propio barco, recomendando a su compañera que hiciera lo mismo.

En el mundo, había muchas rarezas. Islas flotantes a reventar de portales, gatos que disparaban rayos de luz, gatos nada esponjosos con bocas tres veces más grandes que su cuerpo y, para aquellos capaces de ver el flujo de esencia en las personas, magia procedente de un linaje draconico. Podían ver la turbulenta arremolinación de esencia, completamente caótica debido al escaso control que tenía Shakala, bien por falta de práctica, bien por la escala del conjuro ser esculpida, moldeada perfectamente por lo que sin duda era una fuerza externa. Puede que su sangre hubiera pasado de aportar poder a moldearlo.

O puede que a la Emperatriz del Rayo no le hiciera mucha gracia lo que le habían hecho a uno de sus pequeños. Las nubes se arremolinaron encima del barco, adoptando una forma alargada, de la que le salieron cuatro tentáculos, y pareció abrirse por las costillas, formando dos alas en su espalda. No fue hasta que un rayo impacto en la nube, iluminándola en lo que parecía ser un efecto constante, que quedó claro que se había formado un dragón de nubes negras, la electricidad recorriendo las nubes creando el efecto de que en efecto estaba escamado. Y este miró al barco enemigo, con ojos formados literalmente de electricidad, abrió la boca y por un segundo, todo el mundo se quedó ciego.

Definitivamente se sentía personal. Especialmente después de escuchar el horrible chillido que profirió el barco, perdiendo la forma. De entre la nube de vapor que el conjuro parecía haber provocado, se podía ver la madera dejando paso a tentáculos, a una piel correosa, viscosa, en una horrible imitación de un calamar con demasiados tentáculos, tentáculos dentados, puesto que una aberración jamás era bonita.

Al menos, mientras los tentáculos se enroscaban en el barco, haciendo crujir la madera, amenazándolos con hundirlos con él, pudieron ver el agujero que había provocado el conjuro, un círculo de tres palmos de diámetro en el cuerpo del calamar, completamente cauterizado, aunque cierta parte de la pared provocada por el aliento eléctrico parecía agitarse, convulsionarse, como si latiera.

Parecía que había fallado por muy poco. Y con el conjurador de ese bonito truco cayendo en cubierta, convulsionando a la vez que la nube-dragón se desvanecía, y los piratas enemigos aparentemente en un auténtico frenesís, atacando enloquecidos con espuma cubriéndoles de la boca, los aventureros iban a tener más bien poca ayuda para abrirse camino entre los tentáculos para tener al menos una línea clara hacia el corazón.
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Mensaje por Bennett el Sáb Mayo 11, 2019 7:23 pm

La batalla y el cantico se mantenían incesantes sobre el barco, junto a la lluvia, que golpeaba la cara y cuerpo del Deseh. Es que cuando no era el sol, era la lluvia.
Sufrió un pequeño tic, dándose cuenta de lo que acababa de decir y la sonrisa que portaba en la cara. La batalla lo había alcanzado, o al menos la emoción de la misma, y estaba caminando un poco en una cuerda floja para no salirse de control y caer en un ataque de pánico por no haber experimentado batallas en situaciones como esta, o salirse de control y lanzarse sobre todo lo que había en su campo de visión cual Vikhar bajo el efecto de algún hongo ártico.

Se lamió los labios para probar la sensación a sal que le producía estar a medio océano, y recordar que lo que estaba viviendo era real. El sabor salado había venido de las olas que habían estado golpeando el estúpido barco, y agua que lo había alcanzado a él. Eso bastaría por ahora, mientras tuviese sabor salado en la boca, el momento era real. Por irreal que pareciera.

Inhaló fuertemente y posó sus ojos en el ráksasa viendo la sangre escurrirse del cuerpo muerto, con ayuda de la lluvia y agua que alcanzaba la cubierta del barco. La batalla continuaba, y aunque no fuese a lanzarse como un Vihkar bajo el efecto de algún hongo ártico se lanzaría como un Deseh bajo la presión de "no me voy a morir en un trozo gigante de madera que flota mágicamente sobre agua con su peso".
Grito un poco antes de cargar hacia uno de los enemigos que estaba de espaldas a él y lo golpeo en la cabeza con el mango del látigo a modo de arma contundente. El cuerpo del hombre empezó a desfallecer, y uno de sus compañeros de la tripulación lo remato cortando su cuello.

Cuando el cuerpo terminó de caer al suelo sin vida a Bennett le pareció ver un tentáculo sujetando a una de las dos elfas con las que compartía cuarto, pero no diferenció cuál porque sólo llego a ver algo parecido a una oreja puntiaguda — y porque otro de esos bastardos con tatuajes estaba lanzándose hacia él.
Apenas logró apartar la cara del puñal que iban a clavarle, pero el ardor en su mejilla le indico que no se había escapado del todo del ataque. «¡Está mierda me pasa por andar distraído viendo tentáculos!» pensó mientras tomaba la muñeca del hombre, y le clavaba un cabezazo en la nariz, cayendo sobre él por el precario equilibrio que había, de nuevo, en un trozo de madera gigante que flotaba mágicamente sobre el agua.
Una vez caídos en el suelo empezaron a forcejear, Bennett intentando empujar atrás el brazo del hombre, pero notó pronto que le ganaba, por mucho, en fuerza. En esos cortos instantes observó la mirada totalmente pérdida del tipo y la sangre corriendo de su nariz, e inmediatamente supo que no sólo este, sino todos los piratas enemigos estaban bajo el efecto de algún encantamiento o algo del estilo. Rápidamente soltó el látigo y tomo su espada de su cinturón, corriéndola por el pecho del hombre hasta alcanzar su cuello, donde la enterró con fuerza hasta que dejo de sentir como empujaba el brazo hacia arriba para apuñalarlo. No se sentía como si luchara realmente contra hombres humanos.

Otro trueno más quebró el cielo, como si una Deidad se quejase de que hubiese matado a un hombre. Se levanto tambaleándome por el vaivén y cuando intento tomar su látigo, le pareció escuchar un chispido. Varios chispidos. Esos sonidos que hacen los electromantes cuando están a punto de freírte por dentro y por fuera.
Alzo la mirada al cielo y la vista fue impresionante.

Nubes negras se acumulaban sobre el barco, y no en una forma de hablar de que sólo estaban arriba en el cielo. Literalmente se estaban acumulando sobre el barco, en ese punto en específico del infinito espacio que tenían. Lentamente una figura se formaba, alargándose en un cuerpo serpentino que crecía dos extremidades como tentáculos. Los lados del cuerpo se abrieron, expandiéndose majestuosamente como pequeños huesos, y rellenando el espacio entre ellos formando alas. La cabeza de un reptil se dibujo en una nube, y a la vez que se estiraba una parte se hundía, haciéndose hueca como cavidades.
Pronto las cavidades fueron invadidas de luz al mismo tiempo que un rayo golpeó la construcción de nubes, iluminando esos huecos en brillante blanco como ojos, con el brillo estirándose a través del resto del cuerpo, cruzándose, dibujando líneas, que al terminar, partían las nubes en pequeños trozos. Escamas.
Cuando observó el resultado final en su completitud, encontró la figura de la mismísima palabra "Poder", como si el concepto tomase cuerpo físico. Un maldito dragón.

Bennett dio dos temblorosos pasos atrás intimidado por lo que yacía sobre su cabeza, y cayó con una rodilla en el suelo, juntando las manos y cruzando los dedos. ¿Era una Deidad? ¿De verdad había provocado la furia de una al matar a ese tipejo?
Un grito surcó su mente, tenía que ser una Deidad. Se puso pálido, su pulso se acelero, y cualquier fiereza que había encendido la pelea se vio apagada al instante por aquella presencia.
«Es el fin. ¡Es el fin! ¡Estoy muerto! ¡Provoqué a un dios!» cerró los ojos aplastando su frente contra sus pulgares, atemorizado sin saber si temblaba del horror, o si temblaba por el movimiento del barco.

Con los ojos cerrados no presenció nada más de lo que proseguía. Había aceptado su muerte, pero no había hecho paz con la idea todavía dentro de su mente. En su estado vulnerable lo mataría un pirata enemigo, o se caería del barco y ahogaría en las violentas aguas, o le daría una bala pérdida, o una flecha, o lo peor, un rayo lo partiría a la mitad.

Cuando el dragón de nubes abrió la boca y la luz se apodero de cielo, mar, y ambos barcos, la blancura llegó a penetrar en sus párpados, y el terrorífico sonido equivalente a la furia de ese monstruo ahogo el grito que dio el Deseh en ese momento, creyéndose blanco de un maldito rayo divino.

El brillo y el sonido se cruzaron con un chillido horrible salido de ultratumba, la blancura que había cruzado sus párpados empezaba a desvanecerse, y tras unos segundos de silencio, el sonido, la sensación de las gotas golpeando madera y su propio cuerpo lo hicieron atreverse a abrir un ojo lentamente. Choques de espadas continuaba, sangre seguía siendo derramada. Abrió la boca agarrando aire fuertemente al sentir el sabor salado, recordándose que todavía seguía siendo real todo el asunto, y más sorpresivamente, que seguía vivo.
Recorrió la mirada por el barco mientras sus manos caían lentamente y se tocaba el cuerpo como para terminar de asegurarse que seguía allí, o que no le faltaba una parte. Vapor entraba por un lado del barco, y al ver hacia allí, en cuanto la niebla empezó a dispersarse encontró más tentáculos, una piel asquerosa a la vista, de colores que no podía mencionar en ese momento en el estado de su mente.

Se mantuvo inmóvil, con la mano que sostenía la espada temblando. Estaba ausente, viendo a la Aberración agitando demasiados tentáculos para contarlos, procesando lo que estaba sucediendo en el campo de pelea. Todo inútilmente, su mente lo había abandonado.

Un tentáculo cayó pesado atrás de él, quebrando la madera y haciendo caer su espalda contra esa textura viscosa y a la vez resistente, y empezó a respirar, o al menos se volvió consciente de que respiraba. La adrenalina se hizo con su cuerpo y rodo para quedar boca abajo y ponerse de pie empujándose arriba, no comprendía que estaba pasando, pero si se quedaba a entenderlo moriría. Intento caminar hacia adelante a tomar su arma y el crujido de la madera, junto a la sensación de que el suelo bajo él se hundía lo hicieron saltar adelante, cayendo de culo y deslizándose gracias a lo mojado que estaba el lugar. En su desliz tomó su látigo y clavo la punta de la espada en una pequeña hendija que se hacía en la madera para detenerse. El filo cedió doblándose un poco, pero le bastó para lograr ponerse pie en el caos que se estaba dando.

Uno de los ahora enloquecidos hombres se lanzó hacia él de una forma salvaje. Demasiado salvaje, en contraste a los estilos más eficientes y casi mecánicos de antes. Tomó la muñeca del hombre, pero se vio empujado atrás por la carga hasta sentir su espalda chocando contra el final del babor de la Duquesa Voladora. Con su brazo libre clavo su espada dentro del estómago del hombre y le pateo un pie para sacarlo de equilibrio, jalarlo en sentido contrario a las agujas del reloj hasta hacer que el cuerpo de su oponente chocara también contra la pared. Soltó el mango de su espada, tomó al tipo del pantalón y alzó, lanzándolo cubierta abajo y perdiendo su espada en el proceso.

Jadeo estresado, sosteniéndose de la pared mientras veía como ahora los piratas parecían, bueno, Vikhars bajo el efecto de un hongo ártico, y al otro extremo en estribor estaba aquel monstruo, con un agujero que casi le hacía parecer la entrada a una caverna. Los interiores parecían freídos, pero en ciertos instantes los músculos internos parecían moverse o dar latidos. Arrugó la cara ante la visión asquerosa, y un crujido más fuerte del barco que casi lo hizo caer le gritó "¡LARGATE!", y así lo hizo.

Cuando el barco se equilibró un poco más se puso el mango del látigo en la boca y salió corriendo, tomando dos espadas cualesquiera en el trayecto para reemplazar su pérdida. En el camino de ida dio con varios de esos tatuados, moviéndose en formas que los hacían lucir más animales que humanos, y recibió ligeros cortes en los brazos, al no lograr bloquear todo. La adrenalina lo hizo avanzar sin ponerse a pensar la gravedad de los cortes, y saltó sobre uno de los tentáculos, clavando ambas espadas con tanta fuerza como en el que encontró más grueso, para empezar a intentar escalarlo, desclavando una espada a la vez para clavarla más arriba e intentar subir a... lo que fuese el equivalente de la cubierta de una maldita aberración.
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Mensaje por Strindgaard el Dom Mayo 19, 2019 5:37 am

Quizá te enseñe mañana, si es que no te mueres o te toman prisionero. —Le respondí a Bennet, con una sonrisa.
Corrí hacia el centro de la pelea pensando en póker, con una daga en cada mano y la adrenalina pulsando en mis venas. Me escurrí entre las primera línea de combate y llegué justo a tiempo para apuñalar a alguien por la espalda, mi aliado levantó su hacha y me la lanzó directo al pecho. Giré medio cuerpo justo a tiempo para que su mal afilada hoja pasara rozando y se clavara en el hombro de uno de nuestros enemigos.
¿Gracias? —Ironicé mientras terminaba lo que él había comenzado.
¡Estaba calculado! —Se encogió de hombros como restando importancia. Acto seguido demudó el rostro y gritó—: ¡Cuid…!
El sonido del acero enano me avisó que había desviado una espada por mi flanco izquierdo, había movido la daga casi como un movimiento reflejo al ver que mi compañero apuntaba hacia ese punto y gritaba. Moví la cadera y mi brazo derecho formó una parábola dirigiéndose donde debería estar el cuello de quien se encontraba detrás. Agarré con más fuerza el acero vil cuando mi oponente se echó hacia atrás, chorreando sangre por la hendidura que le hice en la garganta.
Mi compañero mi miraba entre impresionado y asustado. Recuperó su hacha mientras me miraba con los ojos como platos.
¡Estaba calculado! —Me encogí de hombros, como restando importancia al asunto.

La cantata le daba un contrapunto al sonido de los aceros y la tormenta. Por encima de mi cabeza fulguraban rayos y podía sentir sus truenos, que como tambores de batalla, golpeaban mi pecho recordándome que estaba vivo.
Sabía que estaba ocurriendo algo en el cielo, ya que más de algún idiota levantó la vista hacia las nubes, dejando su cuello al descubierto. «Uno podría llegar a pensar que estos pobres diablos jamás han estado en medio de una batalla. Qué bueno que estoy aquí para darles una lección al respecto.»
Uno que estaba especialmente atento se me acercó y lanzó una puñalada. Le presenté mi acero enano y las hojas chirriaron, impulsé mi daga profana al mismo tiempo que mi compañero retorcía su arma para liberarla, cerré las distancias y golpeé su hombro con el mío a tiempo que le enterraba el acero vil por su costado. El condenado comenzó a gritar algo que luego de tres o cuatro puñaladas se transformó en un gorgoteo.
Me sentía revitalizado. Busqué al siguiente pero lo que encontré fue un resplandor enceguecedor, tardé algunos segundos en recuperar la vista, los mismos segundos que había usado para de manera impulsiva esconderme en el cuerpo de Kullervo, a salvo de cualquier ataque mientras estuviera desprevenido. El colibrí zigzagueó mientras las pesadas gotas lo empujaban a cubierta, se aferró a una soga y ahí se quedó, perplejo ante la visión que ofrecía el otro barco, que todavía con la herida humeante, se desfiguraba hasta volverse una especie de calamar gigante. Solo entonces me di el gusto de mirar hacia arriba, pero además de un montón de nubes negras cargadas de agua y truenos no vi nada extraño. Lo preocupante estaba al lado de nosotros, levantando sus tentáculos hacia cubierta, y por si fuera poco, algo les había pasado a los condenados que nos habían emboscado. Actuaban con más ímpetu y brío, como si hubieran entrado en algún estado de frenesí.

Supongo que no tenía nada más que agradecer la estadía, el trabajo y la comida. Pero ya era momento de partir.
Me moví hasta el camarote del capitán, ya regresando a mi cuerpo. Noté que la puerta estaba del todo cerrada, y considerando que tendría que darle la espalda a la refriega, la mejor opción era colándose por alguna ventana exterior. Un par de alas surgieron de mi espalda y con un par de aleteos llegué hasta ellas. A fin de cuentas, si uno no puede alcanzar el tesoro, buenos son las reliquias del capitán.
Lograr colarme al camarote del capitán no fue un gran trabajo, el problema era que una vez dentro no encontré nada de valor a la vista. El sitio estaba hecho un desastre por culpa del vaivén de la tormenta, había una alfombra de arkhadiana, una cama mullida, varios armarios, un cofre y una jaula que a todas luces era de Molly.
Me propuse forzar el cofre, que era la pieza más apetitosa del lugar, pero conmigo no cargaba nada que me sirviera. El candado se veía de hechura simple, pero lo simple no iba para nada con el capitán, por lo que decidí joder las bisagras. Trabajé un momento con ellas, jugueteando con el punzón y el mango de una daga, para cuando logré romperlos quise tirar para abrir pero el candado hacía suficiente presión como para evitar que la tapa se abriera más que unos cuantos milímetros.
Malditos sean los jodidos piratas.
Afuera seguía el sonido de la batalla, ya sin el canto profundo de nuestro barítono. Supuse que tendría algunos minutos más antes de que los tentáculos de la abominación terminaran de hundir el barco. Entrecerré los ojos y eché un vistazo al interior del cofre: un puñado de papeles, un catalejo viejo de madera, una pieza redonda de metal con dientes y una calavera con algo rojo en una cuenca. En síntesis: un montón de mierda barata.
Suspiré. No me gusta dejar los trabajos a medias.
Necesitaré algo de ayuda, Equipaje.
Mi baúl personal, cómo buen mímico, sacó un par de gruesos tentáculos y me ayudó a romperle una pata a la mesa. Metí el acero enano en la hendidura hecha y como si tuviera un martillo entre manos, golpeé la daga para agrandar la abertura posterior del cofre. Entre los tentáculos y la pata me ayudaría en hacer palanca y de esa manera abrir el cofre por la parte trasera. Solo necesitaba un poco de buena suerte. Recé por que los dados de la Diosa Azucarada Fortuna me sonrieran.


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