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Mensaje por Strindgaard el Mar Mar 19, 2019 5:30 am

Me retiré de la escena, molesto por no haber podido hacer algo para cambiar la opinión de la mujer, pero agradecido de no haber perdido la cara de un disparo. La tipa no tuvo ningún miramiento con nosotros, y tratados igual que escoria, nos dejó a la intemperie, bajo el fulgor del sol y a merced de la tormenta que se aproximaba.
Estuve tentado a envenenar el oasis, pero no tenía con qué, al igual que me vi entrando sin problema a la casa para tomar la vida de aquellas dos criaturas tan raras. Pero de seguro la mujer estaría ahora pendiente de cualquier movimiento cercano a la casa, y preparada para cualquier cosa. No podría atacarla en ese estado de alerta. Demasiado peligroso.

Por otro lado estaba la muchacha. Llegué al oasis junto con ella, ambos desesperanzados. Pero yo tenía la idea de atacar, y quizá podría contar con ella, si sabía llevarla por el lugar adecuado.
Esto no me gusta para nada. El niño se ve algo conmocionado, ido —le dije, pues sabía que la situación del mocoso la había afectado más—. Y ella es como un lobo con una pata atrapada en una trampa. Fue una suerte que no nos haya disparado. Supongo que era porque sólo tenía para matar a uno, y no a los dos, sino lo habría hecho.
Ella pareció sobreentender que el chico estaba en peligro con ella, pero estaba consciente del peligro que suponía hacerle frente a la mujer. Como solución me ofreció su carpa para que la pudiéramos compartir. Aquello serviría de algo, en caso de que decidiéramos no atacar. Pero ella también tenía en mente hacer algo al respecto, y dejó caer la pregunta de si yo tenía algún plan.
Pienso entrar y reducirla. No sé si el niño hará algo para evitarlo, pero me podrías ayudar a reducirlo a él.
Usé la palabra reducir, pues no sonaba mortífera.
Ella se puso bastante seria y me clavó los ojos al decirme que aceptaba, pero me obligó prometer que no les haríamos daño.
La miré igual de serio, sin entender su juego. Parecía aceptar el hecho de que iríamos a un lugar para arriesgar la vida con tal de obtener algo de provisiones y un techo para capear la tormenta que se avecinaba, pero, no podía aceptar que con ello pusiéramos en riesgo la vida de la mujer y el niño.
No puedo prometer eso —respondí en un arranque de honestidad—. Ella tiene un arma, y sabe usarla. Si se da el caso y mi vida está en riesgo, haré lo que tenga que hacer. Como cualquiera. —Tuve que admitir, pues no me apetecía arriesgar mi vida en contra de la maldita prófuga y a la vez con mi propia compañera.
Me pregunté de qué sería capaz si le asestaba una puñalada a esa mujer o al niño.
Lo entiendo… Pero… Por lo menos promete que saldrán con vida —dijo, recalcando la última frase con una seguridad que no había surgido hasta el momento.
Al parecer no podría contar con ella para el ataque. Era demasiado benigna.
Haré todo lo posible —puntualicé, tratando de que mi voz sonara tranquila y poco amenazante.
Sus ojos se pusieron como dos trozos de hielo y su boca se apretó hasta formar una fina línea. Parecía negar con la cabeza. Se cruzó de brazos y me dijo finalmente.
Prométemelo o no te acompañaré.
Su ultimátum me desbarató. Al parecer hoy no me iba a salir con la mía ni por asomo.
Me masajeé las sienes mientras trataba de no pensar en el dolor de la pierna y la cabeza. Si tan solo hubiera estado del todo bien, me hubiera arriesgado solo. Pero no, la necesitaba en ese momento. Al menos hasta recuperar mi memoria por completo y recordar por qué estaba ahí.
Veo que me han tocado un par de mujeres intransigentes —dije luego de suspirar—. Entonces, acepto tu ofrecimiento de la tienda. Quizá logremos capear la tormenta si nos apeamos a las palmeras del oasis.


La tarde cayó y la tormenta se pudo divisar por sobre la cadena de dunas que se alzaban mirando hacia el continente. Estaba a menos de una hora de nosotros.
He estado en medio de una de esas. Me parece que la carpa lo soportará. —Le comenté a la muchacha.
Nos encontrábamos fuera de la carpa, cerca del oasis, tras cuatro palmeras bastante unidas que nos servirían como empalizada.
Ahora solo queda esperar.


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Mensaje por Amelie Winter el Sáb Mar 23, 2019 2:27 am

Buscamos un buen lugar para poner la carpa y Strindgaard fue el que lo encontró, en medio de dos palmeras, así podríamos atarla y no saldría volando con el viento. Yo puedo decir que si dudé por un momento pero despejé esas dudas con la confianza que deposité en el hombre.

—Ahora parece que habrá que conseguir algo de comida y agua ¿Te parece?— El hombre asintió y comenzamos a recoger bayas, semillas y algunos cocos, que baje con mi arco y mis flechas. Fuimos hasta el lago y rellenamos nuestros odres de agua mientras todo se mantenía calmado, pero estábamos conscientes de que en cualquier momento la tormenta comenzaría y al menos en mi caso no sabía que esperar.

Yo decidí meterme en la tienda antes de que comenzara la dichosa tormenta y comencé a acomodar el interior para que cupieran mis cosas y las de Strind y poder estar cómodos y si lo necesitaban dormir ahí… Me percaté de que el hombre no se metía después de mí, pero no dije nada “¿qué pasa si decide irse a la casa y atacar a la mujer con el muchacho?” “No dejaré que les haga daño,  si en un rato relativamente corto no entra iré tras de él”.

De pronto apareció la figura de Strindgaard en la entrada de la carpa algo encorvado por lo bajito de esta; Tomó asiento y se formó un silencio incómodo, parecía que la tensión se podía cortar con un cuchillo.

Decidí ponerle fin al silencio puesto que estaríamos a saber cuántas horas, días o semanas en esa tienda —Bueno…, ahora hay que esperar— dije intentando romper la tensión creada —Esperemos que no sea tan fuerte como parece. Al menos estamos a buen resguardo. — De repente el viento comenzó a aumentar silbando entre la tela de la carpa, haciendo que todo se moviera con su brutal choque.

¿Se podrán caer los árboles encima de la carpa?” “¿Estará bien atada la carpa?” “¿y si se desata?” “¿y si salimos volando dentro de la tienda?” mi mente comenzó a formular preguntas que no ayudaban mucho al miedo que me estaba entrando por la tormenta que comenzaba. — ¿Te había tocado estar en una tormenta de estas antes?—

La voz de Strind interrumpió mis pensamientos sonrojándome  —Noo, hasta ahora había sido un viaje tranquilo, sin inconvenientes—. De pronto mi acompañante dibujó una sonrisa que no sabía cómo interpretar — ¿Tranquilo? Estás toda magullada y al borde de la deshidratación. No quisiera saber cómo son tus viajes complicados — Comencé a sentirme avergonzada por las palabras del chico.

—Si bueno… Eso es porque ha sido un viaje largo y agotador, pero no me he encontrado con una tormenta de arena todavía—. No soy alguien que se preocupe por su aspecto pero ese comentario hizo que me diera mucha pena con el muchacho “¿Qué aspecto tendré que me parece que me viera como algo que se puede romper?”.

Entonces la conversación comenzó a fluir sin  problemas— ¿Y cuál es tu destino, realmente?—

—voy a la isla de Taimoshi Ki Nao, tengo cosas importantes que hacer, ¿Y tú a dónde vas a ir?—

—Ki Nao —dijo como pensando en algo “¿Será que el irá al mismo lugar que yo—. Ahora que he perdido mi rumbo, me parece que no me queda de otra que regresar a Akhdar. Aunque parece que está más cerca Ki Nao u otra isla cercana. Quizá vaya a Phonterek, a tratar de recuperar lo invertido ¿Tienes familia en Taimoshi?—

—No, es un encargo que me han pedido que haga. Y tengo que ir cuanto antes— miré sus ojos muy seriamente.  — ¿Por eso escogiste esta ruta? Seguro es un encargo de vida o muerte — Asentí con la cabeza pero por lo visto este hombre o podía leer la mente o era muy perspicaz —sii así es, y yo no elegí la ruta, me dijeron que esta era la ruta más corta. Pero no he podido guiarme por unos cuantos días así que estoy algo perdida—

De repente me di cuenta… “¿Me está cuestionando?" comencé a sentirme incomoda al respecto —ya hablamos mucho de mí, ¿no crees? qué te parece si me dices que ibas a hacer en Yestrindel—De pronto noté que el viento comenzaba a hacerse más violento  haciendo que mi voz comenzara a quebrarse por el miedo.

—Me dirigía para encontrar ingredientes, soy una especie de recolector de productos alquímicos. Un comerciante —Un comerciante eh— ¿y no vas a regresar para buscar esos ingredientes?, ¿prefieres irte a otro lugar?—

—Era más fácil llegar allá cuando estaba con la caravana. Ahora sería como lanzarme a muerte con los brazos abiertos. De hecho, seguimos atrapados en el borde del continente. Mañana podríamos recorrer la costa en busca de algún puerto. —

Le sonreí contenta puesto ya no tendría que ir sola hasta el puerto para moverme —Me parece buena idea, ojalá encontremos algo— comencé a emocionarme rápidamente.


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Mensaje por Strindgaard el Mar Mar 26, 2019 5:18 am

Nos habíamos puesto a recolectar algo para comer, y auspiciosamente encontramos algunas bayas y hasta cocos en las palmeras del oasis. Mientras tanto Amelie se encontraba ocupada, saqué a Kullervo de un sosegado y apacible sitio en mi mente para pedirle que investigara. El colibrí aceptó de mala gana y se perdió entre el descuidado techo de la casa.
Al terminar de recolectar, finalmente fuimos a llenar nuestros odres de agua. Pero yo no tenía más que el odre con vino, así que decidí llenarme el estómago bebiendo con las manos, luego volví a mojarme la cabeza y dejé caer algo de agua por mi espalda para refrescarme. Me quedé un momento más de rodillas en el agua, y para cuando la muchacha terminó de llenar su odre decidió entrar en la carpa.
Me quedé allí, fuera un momento algo preocupado porque habían pasado ya más de diez minutos sin que Kull hubiera regresado.

De pronto, noté que el jodido colibrí se hallaba zigzagueando en un puñado de flores púrpuras entre los helechos.
¡Kull, pequeño demonio! —Mascullé mientras caminaba con pasos firmes hacia él.
El colibrí parecía molesto de que lo hubiera interrumpido, y luego de una breve reprimenda, por parte del ave, me comentó lo que había visto.

Al regresar a la tienda me preocupé de que la muchacha se hubiera percatado de algo, pero su mirada aparte de reflejar algo de incomodidad por la situación, no parecía guardar nada más.
Al sentarme junto con ella, a esperar a que la tormenta cayera sobre nosotros, hubo un corto silencio que poco a poco fuimos destruyendo a medida de que tratábamos de sacar una conversación.
Descubrí algunas cosas de Amelie, y a pesar de que en primera instancia me parecía una persona carente de emociones más allá de la ignonimia que la envolvía trazando una especie de halo de benevolencia e ignorancia total del mundo, al parecer era una mujer un poco más sabida del mundo, aunque no dejaba de ser una persona altruista.

Seguimos conversando, tratando de pasar el rato y soportar el miedo insipiente que comenzaba a tomarnos por el lomo.
¿Es tu primer viaje?
Es mi primer viaje largo, pero ya había viajado antes por los alrededores de dónde vivo.
Me causa curiosidad —le dije, mientras miraba con ojo crítico las bayas que habíamos recolectado y masticaba algunas—. Vives en un bosque, pero, ¿en una aldea o comunidad o simplemente en una casa perdida en medio de los árboles?
pues... —miró hacia un costado, como rememorando su hogar—. Vivo en el bosque alejada de todos, ¿y tú dónde vives?
Pues —hice una breve pausa, encogiéndome de hombros—, no tengo un hogar. Este tipo de vida exige viajar constantemente —di otro bocado y le lancé una sonrisa despreocupada ante su mirada criptica—. Por lo mismo me produce tanta extrañes eso de vivir como ermitaño. ¿Qué clase de vida es esa? —Pregunté con interés.
Pueees.... es una vida tranquila, no hablo mucho con personas, solo cuando voy al pueblo o cuando Lorien me da mis misiones. El resto es disfrutar de la soledad —Me miro devolviéndome la sonrisa.
Es una vida... interesante. Aunque triste, a mi parecer. ¿No extrañas a la gente?
Pues a mí me gusta esa vida, es tranquila y no tengo que darle explicaciones a nadie y nadie se mete en mi vida como pasa en un pueblo con más gente.
Había que darle crédito a sus palabras. A mí también me gustaba ese tipo de vida, pero ella parecía una persona más sociable, delicada y sonriente. No me la podía imaginar como un huraño ermitaño envuelto en su dura cascara.
Ya veo. Aun así no parece llenarte del todo —le comenté—. Sino no tendrías que hacer encargos y salir del bosque de vez en cuando.
Hago encargos para ayudar a Lorien, no porque lo necesite. —Respondió.
Aquello me pareció algo preocupante.
¿Y ese Lorien fue quién te mandó hasta este lugar?
Así es.
Me quedé en silencio, imaginando el poder que ostentaba Lorien sobre ella, que la podía hacer viajar por cientos de kilómetros por el desierto por un encargo.
Aquello no cuadraba para nada, ella parecía capaz con suerte de ir al mercado a comprar patatas, su imagen de mujer delicada y poco útil disentía totalmente con su historia de viajera incansable. De hecho, el que cargara con armas la hacía ver rara, como si éstas no fueran del todo parte de ella. Me preocupaba tenerla tan cerca, y que se viera tan autentica, con su sonrisa sincera y sus ojos claros, se había abierto como si nos conociéramos hace tiempo. Se sentía como conversar con una vieja amiga.

Lo peor de la tormenta nos golpeó unos pocos minutos después de que termináramos de comer uno de los cocos que habíamos encontrado. El viento atravesaba las palmeras, silbando entre los inclinados troncos, como gimiendo doloridas. La arena cubrió todo, oscureciendo el cielo, formando una pequeña noche en medio del oasis.
Se sentía como un aullido de lobos.

Al terminar la tormenta me pareció un milagro de que la carpa hubiera sobrevivido. Al abrir la tela el mundo exterior había cambiado por completo. Dunas nuevas se habían levantado donde nos las había, y grandes hoyas se formaron cerca de la playa y al oeste.
El oasis quedó a medio sepultar, por suerte las palmeras habían evitado que nuestra carpa hubiera recibido gran parte de la arena.
Al mirar a la casa, la arena había subido al menos un metro en la cara que había recibido la tormenta. La paja del techo había desaparecido, dejando las cerchas, aquella estructura de madera al descubierto, como las costillas desnudas de un animal.

Todo se encontraba en silencio. De pronto el niño apareció por el costado de la casa, corriendo hasta nosotros.
Me quedé al lado de Amelie.
Mira quien nos visita.
El niño se movía de manera cómica, pues las botas y su ropa le iban grandes, llegó hasta nosotros cansado, con la cabeza llena de arena.
Goldy, ha quedado atrapada, bajo el techo.


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Mensaje por Amelie Winter el Mar Abr 02, 2019 12:30 pm

Por suerte la tormenta ya al fin terminó”, “Ha sido una de las peores cosas que has vivido, y has salido ilesa” Suspiré ante ese pensamiento, no era la única que había vivido aquello, Strindgaard había estado conmigo todo el tiempo y gracias a su plática no fue tanto el miedo que sentí, aunque quien sabe si él se dio cuenta de eso o no.

Yo por mi parte a él lo notaba tranquilo y sereno, “¿Habrá sido para que yo estuviera más tranquila?” “¿Habrá sido para no sentirse débil ante mí?” no lo sabía, pero tampoco es que fuera a preguntarle por ello.  Al salir de la carpa todo estaba lleno de arena a nuestro alrededor, la parte de la carpa que había afrontado a la tormenta había quedado cubierta de arena y el paisaje había cambiado casi por completo.

Ya no reconocía el fondo verde que nos había rodeado hacía nada, las plantas más pequeñas habían quedado tapadas por la arena  y si no fuera por las palmeras que seguían allí, de verdad jamás hubiera pensado que ahí minutos antes se hubiera encontrado un oasis. Di unos cuantos pasos fuera para estirar las piernas, las rodillas todavía me dolían pero ya era más aguantable.

Estiré mi espalda y mis brazos, tenía todo el cuerpo entumido y no sabía si había sido el estar sentada o el miedo, pero al hacerlo sentí como todo el cuerpo se me relajaba. De pronto escuché la voz de un niño, “¿Será la voz del niño de la playa?” Lo confirmó la voz de Strind que al parecer también había salido —Goldy, ha quedado atrapada, bajo el techo. —  Mis acciones fueron rápidas, tomé al niño de la mano y me dirigía a la casa cuando de nuevo la voz del hombre me sacó de mis planes inmediatos de ayuda.

— ¿Y si es una trampa?— Al girarme para ver su cara y responderle pude notar que estaba muy serio “¿Estará preocupado por mí?” “¿De verdad tanto miedo le tiene a ayudar a los demás?” “¿Qué tan mal lo ha pasado que no puede confiar en nadie?—Yo prefiero ir a ver, no puedo quedarme quieta si alguien está herido, puedes quedarte si lo prefieres—

le sonreí a Strind para que entendiera que mi opinión era firme y que no iba a cambiar de opinión, si alguien estaba herido o necesitaba ayuda, yo iba a intentar curarle o hacer lo que haga falta, esa había sido la promesa que yo le había hecho a mi mamá y la cumpliría así fuera asesinada por ello, no me importaba.

—Prefiero ir en la retaguardia — Una sonrisa divertida se dibujó en su rostro pero yo no entendí la broma o a que se refería así que lo miré confundida por un par de segundos, hasta que recordé que el niño necesitaba ayuda y volví a tomarle de la mano y seguir mi camino hacía la casa.

Cuando me fijé en ella pude notar que toda la pared que había dado con la tormenta al igual que la carpa había quedado llena de arena hasta prácticamente el techo de esta “Bueno… si a eso se le puede llamar techo”, y es que las ramas que cubrían antes toda esa parte, habían desaparecido dejando las vigas principales a la intemperie. “¿Cómo hubiéramos estado si hubiéramos seguido con el plan de Strindgaard?” “menos mal que desistió y no le hicimos daño a nadie y nos quedamos en la carpa” por un lado suspiré aliviada, pero por el otro con cada paso que daba hacía el interior de la casa, algo me decía que de verdad no estaba bien.

Cuando llegamos a la puerta todo estaba cubierto por paja por todos lados, entramos sacando hojas de palmeras, paja y algo de arena para poder pasar bien. El niño tenía la intención de ir corriendo en dirección a su madre pero lo retuve —No, si tu madre de verdad está herida y tú la tocas o te le pones encima puede ser peor para ella, y para su herida, por favor quédate acá—

Me acerqué lentamente evaluando la situación de la mujer, tenía una viga encima de gran tamaño y encima de estala cubría la paja, se notaba que ella había removido con sus manos lo que le había quedado en la cara, y se estaba moviendo demasiado para liberarse —Para por favor o te harás más daño— me giré y por fin pide ver los ojos de Strindgaard—Tenemos que mover esta viga entre los dos, no creo poder sola y aun así no sé si podremos los dos— Le dije a el hombre para que me ayudara

—Tu, el niño me dijo que te llamas Goldy, así que así te llamaré ¿está bien?, necesito que dejes de hacer fuerza para salir, estás empeorando la herida, Vamos a ayudarte pero deja de moverte por favor— intenté calmar a la mujer que parecía estar o nerviosa, o furiosa o una mezcla de ambas pero no dejaba de llorar.

Me dirigí hacia donde tomaría yo la parte de la viga para levantarla y no hacerle más daño a las piernas de la mujer pero todavía sin hacer nada, me dirigí de nuevo hacia ella —Vamos a levantar esto— dije señalándole el tronco de madera pesado— Cuando lo levantemos tendrás que moverte a un lado, hazlo rápido, no muevas las piernas después ni intentes levantarte, necesito ver esa herida antes si es que no quieres perder las piernas—Se lo dije tan seria que la mujer solo pudo asentir. Le hice una seña a Strindgaard para que me ayudara.


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Mensaje por Strindgaard el Lun Abr 08, 2019 12:58 am

Me preocupaba la seguridad con la que Amelie avanzaba hasta la casa, a ver a alguien que hace pocas horas nos había amedrentado con una jodida escopeta. No era necesario pensarlo mucho, la muchacha tenía un corazón de oro. Me había querido ayudar nada más al verme, y su preocupación por el muchacho era latente. Ahora que se dirigía sin pensárselo dos veces hacía lo que podría ser una trampa, no hacía más que reforzar ese arrojo y compasión del que hizo gala todo este tiempo. Ella era así, y cada vez me hacía dudar menos.
La seguí.

Al llegar a la casa observé los estragos que había ocasionado la tormenta. El techo en mal estado terminó cediendo ante el viento y la arena, hasta el punto de perder incluso algunas vigas.
El interior del hogar estaba igual de maltratado que el exterior, con paredes a punto de derrumbarse y muebles en claro estado de deterioro. La paja del techo cubría el camastro y gran parte del suelo, el insulso hoyo en la tierra que tenían para hacer fuego estaba a medio cubrir con arena y pedazos de escayola de la pared más cercana, sobre nuestras cabezas caía el sol con desgana por las aberturas, y la mesa tenía algunas hojas secas de palmera sobre ella. Mientras Amelie hablaba con la mujer me acerqué hasta la mesa y retiré las hojas en busca de la escopeta. Pero no estaba allí, en cambio me encontré con pescado ahumado y algunos cocos abiertos a fuerza de un par de rocas manchadas junto a ellos, además de todo eso, había una caja que me pareció muy familiar.
Pero qué mierda… —musité.
La tomé entre mis manos. No cabía duda, era la caja que había obtenido tiempo atrás, en la Torre…

Los recuerdos comenzaron a fluir como agua de manantial. Había logrado sobrevivir a aquella torre que habían hecho estallar ese par de elfos, logré escapar con una pierna herida y sin más recompensa que una caja de viales alquímicos. En los siguientes días me había encontrado con la caravana que le compraba esclavos al viejo Altras y me había colado en ella como polizón mientras se encumbraban por las dunas con rumbo desconocido. En algún punto del camino fuimos atacados por salteadores del desierto. Nos tendieron una trampa, a pleno día. Aprovechando el caos, me moví invisible y liberé a los esclavos. Luego todo empeoró, los salteadores fueron rebasados en número por los esclavos, pero la gran mayoría murió por culpa de las armas de fuego que cargaban los bandidos. Había logrado escapar robando un jamelgo, lo recordaba. La última vez que miré hacia atrás para ver si me seguían avisté al muchacho y su madre. Su verdadera madre.

Amelie se ubicó en el extremo de la viga que apresaba las piernas de la mujer. Yo en vez de ayudarla avancé hasta donde se encontraban ambas y quitando una larga daga de su funda apunté a la cara de Goldy.
¿Qué pasó con tus compañeros? —le espeté. Sus ojos se clavaron en el acero curvo que tenía enfrente, luego me lanzó una mirada cargada de frío odio—. ¿Qué pasa? ¿No te acuerdas de ellos?
No sé de qué hablas —ladró. Su cara estaba calada de sudor, enrojecida y llena de lágrimas de dolor.
No te servirá de nada mentir. Yo estuve ahí, los vi atacar el convoy de esclavos.
El pequeño se había crispado de terror al ver lo que estaba sucediendo, y corrió hacia las piernas de Amelie para resguardarse.
¿Qué hiciste con la madre del niño? —Puse una mano sobre la viga, cargué un poco de mi peso sobre ella—. ¿La mataste, no es así? ¿Qué le hiciste ver al pequeño que se encuentra en ese estado?
La mujer chilló de dolor. Miré a Amelie, mi rostro estaba cargado de odio y asco.
Esta asesina atacó la caravana en la que me dirigía, ahora lo recuerdo. Parte de la gente con la que me movía traficaba esclavos, los movía de Akhdar a Yestrindel. Mató a gran parte de ellos, aunque por lo visto se dejó uno.
¡Jodido imbécil! ¡Atacamos la caravana para liberar a los esclavos! ¡Salvé la vida del niño! —gritó Goldy escupiendo saliva mientras se retorcía de rabia para poder escapar—. Su madre murió de sed. ¡Yo lo recogí! ¡Yo lo salvé! ¡¿Acaso no es así Tom?! ¡Tom! ¡Diles! ¡Joder, Tom, HABLA!
El niño no hizo más que apretar su cara contra la pierna de Amelie. Estaba tan espantado que temblaba al llorar.
¡¿Y qué más da si lo hiciste para salvarlos o para robarlos?! Los mataron a casi todos, descargaron sus armas sobre todos ellos, como si se tratara de cerdos. El humo de la pólvora se elevó por varios metros, el olor de la carne se me pegó en la nariz por días —La miré en silencio, luego a Amelie sin saber de parte de quién se pondría. Volví la mirada a Goldy—. Jodidos asesinos. ¿Dónde están tus amigos?
La mujer se cerró sobre sí. No volvió a decir nada más. Di un paso hacia atrás, pero no guardé la daga.
No podemos liberarla, Amelie. Déjala aquí, que se pudra junto con los restos de esta casa. Toma al niño y vámonos.


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