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Impurezas [Privado]

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Impurezas [Privado]

Mensaje por Tark el Jue Mar 14, 2019 6:15 pm

Aquel lugar le resultaba enfermizo. La llamada "Ciudad Esmeralda" era, sencillamente, peor que cualquier otra civilización que hubiese visitado.

No estaba seguro de que era lo que le molestaba. Quizás fuese la sensación de que todo era extrañamente artificial. Las ciudades y pueblos solían tener zonas oscuras o peligrosas. Lugares donde los criminales acechaban, esperando cualquier oportunidad para aprovecharse de algún incauto. Sin embargo, ese sitio... estaba limpio. Era una mentira, simplemente. Por pura que aparentase ser, toda sociedad tenía una parte corrupta.

Se preguntó como lo habrían hecho. Quizás los omnipresentes guardias se encargasen de echar a cualquiera que se considerase indeseable. O quizás, incluso, siguiesen soluciones menos hostiles, dándoles más oportunidades a aquellos que por algún motivo u otro, acababan en esa ciudad sin un solo kull. En cualquier caso, no dejaba de ser repulsivo para el schakal. Como una afrenta al orden natural. Nadie pasaba hambre. Nadie moría.

Y aun así, aquellos vigilantes parecían tensos cuando se acercaba. Sus miradas se volvían algo nerviosas, y por unos instantes, había algo de tensión en esas zonas tan limpias y protegidas. Esto resultaba doblemente cierto dependiendo de la disposición de Tark. Las pocas veces que había adoptado una posición más agresiva, los guardias habían hablado con un tono formal y practicado.

Algo distinto.

El cánido se había quedado sentado en una plaza durante un largo tiempo, observando a algunos de los uniformados protectores atentamente. El ponerlos incómodos le resultaba algo entretenido. Pero sobre todo, repasaba las mismas preguntas en su cabeza. ¿Como serían entrenados? ¿Como sabían que responder si nunca había crímenes en aquel sitio? El repetir movimientos no bastaba sin experiencia real, después de todo.

La enorme fuente sobre la que el hombre lobo estaba sentado seguía echando agua pristina y pura. Beber de ella estaba permitido. De vez en cuando, algún viajero aprovechaba para refrescarse en ella. Otros, lanzaban alguna moneda al agua, desperdiciando su dinero por algún motivo desconocido. En cierta forma, la fuente era una buena comparación a la ciudad. Por muchas cosas sucias que cayesen en la fuente, permanecía limpia. Por mucho que alguien bebiese de ella, el nivel de agua era el mismo.

¿Sería algún tipo de magia, quizás? ¿Agua que se renovase y purificase por si sola? ¿O quizás fuese una ilusión, y la mugre, la sangre y el peligro estuviesen escondidas bajo la superficie?  Sin pensarselo dos veces, se dio la vuelta y hundió sus pies en el agua, hasta el fondo. No era tan profunda como esperaba. Resopló. Al menos ayudaba contra el calor.

Tras eso, volvió a ponerse en pie. Sacudió sus patas, mojando el suelo a su alrededor y ganándose algunas miradas molestas de los transeúntes. Quizás podría encontrar donde estaba lo que se escondía si seguía su olfato y se alejaba de las zonas más transitadas.

La siguiente media hora de búsqueda había resultado decepcionante. Nada estaba fuera de lugar. Probablemente tendría que llegar más lejos. Pero justo cuando estaba considerarlo dejarlo, percibió un olor muy familiar. Sangre. Tark empezó a correr al instante, siguiendo el aroma. Cuanto más se acercaba, más intenso era. Aquello no había sido algo menor como un accidente pequeño.

Giró una esquina, y finalmente, lo encontró. Algo real en esa ciudad. Uno de aquellos guardias estaba en el suelo, con su armadura verde manchada de sangre. Estaba muerto, sin duda, pero el charco carmesí que estaba a su alrededor aún se estaba expandiendo. Aquello debía haber sido reciente. Chasqueó la lengua. Lo habían abandonado. Iba a ser un desperdicio de presa.

Sin embargo, no era lo único que había allí. Unas cuantas cajas de tamaño considerable yacían en el suelo. Debían haber estado apiladas en algún momento, pero parecían bien selladas. Si se habían caído, no mostraban ningún daño. Frunció el ceño. Quizás lo hubiesen dejado todo para no arriesgarse a ser capturados. Después de todo, con la abundancia de guardias, era probable que lo encontrasen pronto.

¿Que debía hacer? Si se quedaba allí era posible que sospechasen de él. Salir de la ciudad podía resultar un problema. Sin embargo, Arrekr dictaba que ningún cadaver podía quedar sin aprovechar. Debía ser rápido si quería reclamarlo como suyo. Respiró hondo y se acercó al cuerpo.

Se concentró en aquello que podía usar. Los huesos. Aquello que formaba su esqueleto momentos atrás era ahora suyo. Un material como cualquier otro. El amuleto de Arrekr palpitó junto a su pecho y, lentamente, el cadaver empezó a contorsionarse, emitiendo fuertes crujidos y abriendo su piel desde dentro. Su estructura ósea, cubierta de su sangre, abandonó su cuerpo, escapando de su carne y tomando forma frente a mi.

Tras unos segundos, tres blancas jabalinas de un metro se posaron sobre mis manos, y el cuerpo del guardia esmeralda había quedado como poco más que un saco de carne y metal, con tan solo su cráneo y algunas costillas intactas. Tark guardó sus nuevas armas en el carcaj de su espalda. Eran más ligeras que las otras que solía usar, pero nunca venían del todo mal.

Agitó una oreja. Se acercaban pasos. Quizás era buen momento para moverse.
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Re: Impurezas [Privado]

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Mar 18, 2019 11:15 am

Ciudad Esmeralda. Un lugar tan puro, tan asquerosamente puro que su pureza se caía por su propio peso. Allí donde ésta terminaba empezaban los negocios turbios que se ocultaban bajo esa pátina verde brillante, empezaban los asesinatos por ocultar secretos que mancharían la reputación de ese lugar. Empezaba toda la mierda que escondía esa supuesta limpieza de la ciudad. Y allí era donde entraba Celeste. Un guardia demasiado enterado de los secretos era peligroso, ¿la solución? Contrataban a alguien de fuera para hacerles el trabajo sucio y se apresuraban a limpiar la sangre para que nadie se alarmara y todo siguiera como siempre. El nombre del pobre guardia cuyo único pecado había sido indagar de más en la suciedad de un lugar que se decía puro. En ese momento debía reunirse con el jefe de una de las familias cuya reputación estaría en juego si el hombre decidía difundir lo que sabía acerca de ellos.

—Buenos días —saludó él. Tan educado como hipócrita, puesto que iban a hablar de matar a alguien.

—Buenos días.

—Celeste, ¿verdad? —preguntó de forma superflua.

—La misma. ¿De qué se trata? —fue directa al grano. No le gustaba entretenerse en cortesías y demás cosas que le parecían una soberana tontería.

—Hay un guardia que ha estado indagando de más —le dijo él, consciente de su molestia con las formas superfluas.

—Debo matarlo, ¿verdad?

—Claro. Nada más será suficiente para silenciarlo.

—Lo sé. Las amenazas al final surtirían un efecto inverso al que se desea. ¿Algún detalle que añadir, o puedo hacerlo como me parezca mejor?

—Tiene que ser en un callejón recóndito de la ciudad. Un lugar al que nadie vaya a acceder pronto. Hay un sitio en el que él pasará durante su guardia de hoy donde puedo asegurarte que nadie va a fisgonear. Además de eso, lleva un colgante de coral en forma de lágrima. Quiero que me lo traigas para saber que está muerto.

—Muy bien. Eso haré. Y en cuanto al callejón, señálamelo en el mapa de la ciudad y lo haré cuando pase por allí. ¿Algo más que deba saber?

—Sí. No lo subestimes. Aunque es joven, puede darte problemas.

—Yo también soy joven —respondió con un encogimiento de hombros—. Y también he dado problemas a más de un veterano. Bueno, yendo al grano. ¿Cuánto?

—Tres de oro.

—Cinco. Dos ahora y tres luego.

—Cuatro. Es todo lo que puedo darte ahora mismo. Dos y dos.

—Está bien, cuatro entonces —extendió una mano para encajársela al hombre.

Salió únicamente cuando tuvo sus dos monedas de oro en la bolsa y un retrato del guardia en la mano. No le sería difícil hacer aquello, esperaba. Aunque el guardia fuera diestro combatiendo, estaba segura de que no llevaría más tiempo que ella, y la experiencia era un factor muy importante en esos casos. Respiró hondo durante un momento para serenarse, y fue directamente al callejón donde debía esperarlo. Sería aburrido estar allí, pero era lo que tocaba. Estaba agazapada tras unas cajas que se encontraban apiladas, con las alas recogidas y apretadas contra su espalda. Llevaba ya sus armas en la mano. Estaba lista, con el cuerpo en tensión.

Al cabo de varias horas apareció. El trabajo de un asesino era así. A veces había que esperar durante períodos interminables de tiempo, otras, en cambio, tocaba apresurarse y casi no había tiempo de planear nada. Celeste prefería las primeras, pero no se quejaba cuando tenía que hacer algo para lo que hiciera falta paciencia. La habían entrenado muy bien. Demasiado. Y de una forma no demasiado amable por así decirlo. Tragó saliva cuando lo vio. Era un tipo bastante grande, fornido. Era imponente. Y sin embargo no podía amedrantarse. Salió con rapidez, buscando un ataque efectivo en un corto tiempo, pero encontró que el arma de él desviaba la suya propia. Desde luego la habían advertido bien.

—Éste no es lugar para criminales —entonaba el hombre con una prosodia perfectamente medida.

La mujer no respondió. Se limitó a volver a atacarlo, con ferocidad, con saña incluso. Buscó su cuello con la daga y su costado con la espada. Se llevó una sorpresa cuando vio que él ni siquiera bloqueaba sus ataques, sino que la pudo repeler de una patada que la lanzó contra las cajas, dejándola dolorida por unos segundos en los que el hombre intentó inmobilizarla. No pudo. Rodó y se levantó, preparada para un nuevo ataque. Aquella vez fue a buscar los huecos en su armadura. Usó la espada como señuelo para que fuera a bloquearla, pero después se le acercó mucho, demasiado como para que pudiera usar un arma larga, y con la daga le atravesó el cuello. Sin embargo, no pudo salir indemne, por supuesto que no. Ya esperaba aquello de alguien como él: mientras se acercaba, logró herirla en un cosatdo. No era una herida seria, no comprometía su vida, pero más le valía tratarla.

Respiró hondo y se colocó en la azotea de un edificio a dos manzanas. Allí quitó la sangre de la daga y limpió como pudo su herida, antes de bajar y volver. Debía ser rápida en hacerlo, pero tenía que quitarle el colgante o no cobraría las dos monedas de oro restantes, y tal vez debería también devolver las que le habían dado como adelanto. Se dirigió hacia el callejón donde reposaba el cuerpo, pero cuál fue su sorpresa cuando vio que ya había llegado alguien, y no era un guardia de esa ciudad para su alivio. Se quedó quieta en la boca del callejón, antes de dar pasos hacia un lateral para ocultarse de la vista de quien estaba allí. El cuerpo estaba extraño, sólo esperaba que no hubiera encontrado el colgante. Lo necesitaba.
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Re: Impurezas [Privado]

Mensaje por Tark el Mar Mar 19, 2019 12:22 am

Tark esperó unos instantes, agazapado. Los pasos se habían detenido, demasiado lejos para que le hubiesen visto. Poco a poco, comenzaron a alejarse por otra dirección. Estaba a salvo, por el momento.

Decidió registrar al guardia. Quizás tuviese algo de valor, o útil, después de todo. La mayor parte de su armadura se deslizó de su cuerpo fácilmente gracias a la pérdida de huesos, por lo que buscar entre sus bolsillos no fue demasiado dificil. Tenía un pequeño monedero con algunos kulls de plata y bronce... y algo más. Un colgante, guardado con cuidado entre las monedas.

Olisqueó el amuleto. Había algo extraño en él. Era algo mucho más fuerte que el olor de la carnicería y la sangre. Le recordó a algún tipo de moho, amargo y, de alguna forma, picante. Se frotó la nariz, preguntándose de donde habría salido. Calculaba que el guardia debía haberlo poseído durante no demasiado tiempo: quizás un par de días a lo sumo. Siguió rebuscando entre los bolsillos del muerto. Lo único que encontró fue una llave, pequeña y roja. Se la guardó sin pensarselo dos veces, junto al colgante de lágrima.

Había algo más en lo que no se había fijado. Había sangre en la espada del guardia, tanto en el pomo como en la punta. La del pomo no le sorprendió: era la del propio desgraciado, ya que había caído cerca de su cuerpo. La de la punta, sin embargo, debía ser de su atacante. No era mucha, apenas una herida superficial. La tocó con un los dedos. Tal y como sospechaba, era muy fresca. No vio ningún rastro, por lo que debía ser algo casi inconsecuente.

Lo que si vio, sin embargo, fue algo casi oculto entre las cajas. La puerta a un sótano descansaba discretamente entre ellas. La examinó de cerca. Aunque era sutil, el mismo olor del colgante procedía de aquel lugar. El hombre lobo tiró de las asas y, tras ver que no cedían, probó a usar la llave que había encontrado. A pesar del tamaño, encajó a la perfección.

Llegaba el momento de preguntarse si aquello valía la pena. No sabía que podía sacar de todo aquello, pero a decir verdad, la curiosidad era una buena motivación. Sabía que era algo arriesgado, pero... ¿Era mejor quedarse en un sitio tan sumamente aburrido como eran las calles de Ciudad Esmeralda? ...No, no lo era. No se lo pensó más antes de abrir las puertas y bajar a aquel sótano tras cerrarlas de nuevo.

El lugar era más profundo de lo que imaginaba en un principio. Las escaleras bajaron durante varios metros, mientras el olor a humedad y polvo se hacía más fuerte. Sin la luz del sol para ayudarle, el schakal tuvo que avanzar lentamente y con una jabalina en mano, al menos hasta que llegó a una zona más iluminada.

Una solitaria lámpara de aceite yacía encendida sobre el suelo al final de las escaleras. Junto a esta, un pasillo repleto de cajas, todas iguales a las que había en el exterior y perfectamente selladas. ¿Contrabando, quizás? Debían saber cubrir bien sus pasos.

No tardó en escuchar como la puerta del sótano se abría de nuevo, aunque resultaba imposible ver la luz del día desde allí. Si iba a tomar una decisión, tendría que hacerlo deprisa. Podía adentrarse más en los túneles, si lo deseaba. Parecían llegar lejos, y quizás conectasen con alguna otra salida... o podía quedarse y esperar. ¿Que excusa podía tener para estar allí? Sabía demasiado poco para tener una mentira decente a la que ceñirse.

Respiró hondo. No iba a ponerse nervioso en una situación así. Se sentó sobre una caja y esperó pacientemente. Actuaría de forma natural, como si ese fuese su sitio. Y, si todo fallaba, siempre podía recurrir a la violencia.
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Re: Impurezas [Privado]

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