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Mensaje por Tark el Jue Mar 14, 2019 6:15 pm

Aquel lugar le resultaba enfermizo. La llamada "Ciudad Esmeralda" era, sencillamente, peor que cualquier otra civilización que hubiese visitado.

No estaba seguro de que era lo que le molestaba. Quizás fuese la sensación de que todo era extrañamente artificial. Las ciudades y pueblos solían tener zonas oscuras o peligrosas. Lugares donde los criminales acechaban, esperando cualquier oportunidad para aprovecharse de algún incauto. Sin embargo, ese sitio... estaba limpio. Era una mentira, simplemente. Por pura que aparentase ser, toda sociedad tenía una parte corrupta.

Se preguntó como lo habrían hecho. Quizás los omnipresentes guardias se encargasen de echar a cualquiera que se considerase indeseable. O quizás, incluso, siguiesen soluciones menos hostiles, dándoles más oportunidades a aquellos que por algún motivo u otro, acababan en esa ciudad sin un solo kull. En cualquier caso, no dejaba de ser repulsivo para el schakal. Como una afrenta al orden natural. Nadie pasaba hambre. Nadie moría.

Y aun así, aquellos vigilantes parecían tensos cuando se acercaba. Sus miradas se volvían algo nerviosas, y por unos instantes, había algo de tensión en esas zonas tan limpias y protegidas. Esto resultaba doblemente cierto dependiendo de la disposición de Tark. Las pocas veces que había adoptado una posición más agresiva, los guardias habían hablado con un tono formal y practicado.

Algo distinto.

El cánido se había quedado sentado en una plaza durante un largo tiempo, observando a algunos de los uniformados protectores atentamente. El ponerlos incómodos le resultaba algo entretenido. Pero sobre todo, repasaba las mismas preguntas en su cabeza. ¿Como serían entrenados? ¿Como sabían que responder si nunca había crímenes en aquel sitio? El repetir movimientos no bastaba sin experiencia real, después de todo.

La enorme fuente sobre la que el hombre lobo estaba sentado seguía echando agua pristina y pura. Beber de ella estaba permitido. De vez en cuando, algún viajero aprovechaba para refrescarse en ella. Otros, lanzaban alguna moneda al agua, desperdiciando su dinero por algún motivo desconocido. En cierta forma, la fuente era una buena comparación a la ciudad. Por muchas cosas sucias que cayesen en la fuente, permanecía limpia. Por mucho que alguien bebiese de ella, el nivel de agua era el mismo.

¿Sería algún tipo de magia, quizás? ¿Agua que se renovase y purificase por si sola? ¿O quizás fuese una ilusión, y la mugre, la sangre y el peligro estuviesen escondidas bajo la superficie?  Sin pensarselo dos veces, se dio la vuelta y hundió sus pies en el agua, hasta el fondo. No era tan profunda como esperaba. Resopló. Al menos ayudaba contra el calor.

Tras eso, volvió a ponerse en pie. Sacudió sus patas, mojando el suelo a su alrededor y ganándose algunas miradas molestas de los transeúntes. Quizás podría encontrar donde estaba lo que se escondía si seguía su olfato y se alejaba de las zonas más transitadas.

La siguiente media hora de búsqueda había resultado decepcionante. Nada estaba fuera de lugar. Probablemente tendría que llegar más lejos. Pero justo cuando estaba considerarlo dejarlo, percibió un olor muy familiar. Sangre. Tark empezó a correr al instante, siguiendo el aroma. Cuanto más se acercaba, más intenso era. Aquello no había sido algo menor como un accidente pequeño.

Giró una esquina, y finalmente, lo encontró. Algo real en esa ciudad. Uno de aquellos guardias estaba en el suelo, con su armadura verde manchada de sangre. Estaba muerto, sin duda, pero el charco carmesí que estaba a su alrededor aún se estaba expandiendo. Aquello debía haber sido reciente. Chasqueó la lengua. Lo habían abandonado. Iba a ser un desperdicio de presa.

Sin embargo, no era lo único que había allí. Unas cuantas cajas de tamaño considerable yacían en el suelo. Debían haber estado apiladas en algún momento, pero parecían bien selladas. Si se habían caído, no mostraban ningún daño. Frunció el ceño. Quizás lo hubiesen dejado todo para no arriesgarse a ser capturados. Después de todo, con la abundancia de guardias, era probable que lo encontrasen pronto.

¿Que debía hacer? Si se quedaba allí era posible que sospechasen de él. Salir de la ciudad podía resultar un problema. Sin embargo, Arrekr dictaba que ningún cadaver podía quedar sin aprovechar. Debía ser rápido si quería reclamarlo como suyo. Respiró hondo y se acercó al cuerpo.

Se concentró en aquello que podía usar. Los huesos. Aquello que formaba su esqueleto momentos atrás era ahora suyo. Un material como cualquier otro. El amuleto de Arrekr palpitó junto a su pecho y, lentamente, el cadaver empezó a contorsionarse, emitiendo fuertes crujidos y abriendo su piel desde dentro. Su estructura ósea, cubierta de su sangre, abandonó su cuerpo, escapando de su carne y tomando forma frente a mi.

Tras unos segundos, tres blancas jabalinas de un metro se posaron sobre mis manos, y el cuerpo del guardia esmeralda había quedado como poco más que un saco de carne y metal, con tan solo su cráneo y algunas costillas intactas. Tark guardó sus nuevas armas en el carcaj de su espalda. Eran más ligeras que las otras que solía usar, pero nunca venían del todo mal.

Agitó una oreja. Se acercaban pasos. Quizás era buen momento para moverse.
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Mensaje por Celeste Shaw el Lun Mar 18, 2019 11:15 am

Ciudad Esmeralda. Un lugar tan puro, tan asquerosamente puro que su pureza se caía por su propio peso. Allí donde ésta terminaba empezaban los negocios turbios que se ocultaban bajo esa pátina verde brillante, empezaban los asesinatos por ocultar secretos que mancharían la reputación de ese lugar. Empezaba toda la mierda que escondía esa supuesta limpieza de la ciudad. Y allí era donde entraba Celeste. Un guardia demasiado enterado de los secretos era peligroso, ¿la solución? Contrataban a alguien de fuera para hacerles el trabajo sucio y se apresuraban a limpiar la sangre para que nadie se alarmara y todo siguiera como siempre. El nombre del pobre guardia cuyo único pecado había sido indagar de más en la suciedad de un lugar que se decía puro. En ese momento debía reunirse con el jefe de una de las familias cuya reputación estaría en juego si el hombre decidía difundir lo que sabía acerca de ellos.

—Buenos días —saludó él. Tan educado como hipócrita, puesto que iban a hablar de matar a alguien.

—Buenos días.

—Celeste, ¿verdad? —preguntó de forma superflua.

—La misma. ¿De qué se trata? —fue directa al grano. No le gustaba entretenerse en cortesías y demás cosas que le parecían una soberana tontería.

—Hay un guardia que ha estado indagando de más —le dijo él, consciente de su molestia con las formas superfluas.

—Debo matarlo, ¿verdad?

—Claro. Nada más será suficiente para silenciarlo.

—Lo sé. Las amenazas al final surtirían un efecto inverso al que se desea. ¿Algún detalle que añadir, o puedo hacerlo como me parezca mejor?

—Tiene que ser en un callejón recóndito de la ciudad. Un lugar al que nadie vaya a acceder pronto. Hay un sitio en el que él pasará durante su guardia de hoy donde puedo asegurarte que nadie va a fisgonear. Además de eso, lleva un colgante de coral en forma de lágrima. Quiero que me lo traigas para saber que está muerto.

—Muy bien. Eso haré. Y en cuanto al callejón, señálamelo en el mapa de la ciudad y lo haré cuando pase por allí. ¿Algo más que deba saber?

—Sí. No lo subestimes. Aunque es joven, puede darte problemas.

—Yo también soy joven —respondió con un encogimiento de hombros—. Y también he dado problemas a más de un veterano. Bueno, yendo al grano. ¿Cuánto?

—Tres de oro.

—Cinco. Dos ahora y tres luego.

—Cuatro. Es todo lo que puedo darte ahora mismo. Dos y dos.

—Está bien, cuatro entonces —extendió una mano para encajársela al hombre.

Salió únicamente cuando tuvo sus dos monedas de oro en la bolsa y un retrato del guardia en la mano. No le sería difícil hacer aquello, esperaba. Aunque el guardia fuera diestro combatiendo, estaba segura de que no llevaría más tiempo que ella, y la experiencia era un factor muy importante en esos casos. Respiró hondo durante un momento para serenarse, y fue directamente al callejón donde debía esperarlo. Sería aburrido estar allí, pero era lo que tocaba. Estaba agazapada tras unas cajas que se encontraban apiladas, con las alas recogidas y apretadas contra su espalda. Llevaba ya sus armas en la mano. Estaba lista, con el cuerpo en tensión.

Al cabo de varias horas apareció. El trabajo de un asesino era así. A veces había que esperar durante períodos interminables de tiempo, otras, en cambio, tocaba apresurarse y casi no había tiempo de planear nada. Celeste prefería las primeras, pero no se quejaba cuando tenía que hacer algo para lo que hiciera falta paciencia. La habían entrenado muy bien. Demasiado. Y de una forma no demasiado amable por así decirlo. Tragó saliva cuando lo vio. Era un tipo bastante grande, fornido. Era imponente. Y sin embargo no podía amedrantarse. Salió con rapidez, buscando un ataque efectivo en un corto tiempo, pero encontró que el arma de él desviaba la suya propia. Desde luego la habían advertido bien.

—Éste no es lugar para criminales —entonaba el hombre con una prosodia perfectamente medida.

La mujer no respondió. Se limitó a volver a atacarlo, con ferocidad, con saña incluso. Buscó su cuello con la daga y su costado con la espada. Se llevó una sorpresa cuando vio que él ni siquiera bloqueaba sus ataques, sino que la pudo repeler de una patada que la lanzó contra las cajas, dejándola dolorida por unos segundos en los que el hombre intentó inmobilizarla. No pudo. Rodó y se levantó, preparada para un nuevo ataque. Aquella vez fue a buscar los huecos en su armadura. Usó la espada como señuelo para que fuera a bloquearla, pero después se le acercó mucho, demasiado como para que pudiera usar un arma larga, y con la daga le atravesó el cuello. Sin embargo, no pudo salir indemne, por supuesto que no. Ya esperaba aquello de alguien como él: mientras se acercaba, logró herirla en un cosatdo. No era una herida seria, no comprometía su vida, pero más le valía tratarla.

Respiró hondo y se colocó en la azotea de un edificio a dos manzanas. Allí quitó la sangre de la daga y limpió como pudo su herida, antes de bajar y volver. Debía ser rápida en hacerlo, pero tenía que quitarle el colgante o no cobraría las dos monedas de oro restantes, y tal vez debería también devolver las que le habían dado como adelanto. Se dirigió hacia el callejón donde reposaba el cuerpo, pero cuál fue su sorpresa cuando vio que ya había llegado alguien, y no era un guardia de esa ciudad para su alivio. Se quedó quieta en la boca del callejón, antes de dar pasos hacia un lateral para ocultarse de la vista de quien estaba allí. El cuerpo estaba extraño, sólo esperaba que no hubiera encontrado el colgante. Lo necesitaba.
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Mensaje por Tark el Mar Mar 19, 2019 12:22 am

Tark esperó unos instantes, agazapado. Los pasos se habían detenido, demasiado lejos para que le hubiesen visto. Poco a poco, comenzaron a alejarse por otra dirección. Estaba a salvo, por el momento.

Decidió registrar al guardia. Quizás tuviese algo de valor, o útil, después de todo. La mayor parte de su armadura se deslizó de su cuerpo fácilmente gracias a la pérdida de huesos, por lo que buscar entre sus bolsillos no fue demasiado dificil. Tenía un pequeño monedero con algunos kulls de plata y bronce... y algo más. Un colgante, guardado con cuidado entre las monedas.

Olisqueó el amuleto. Había algo extraño en él. Era algo mucho más fuerte que el olor de la carnicería y la sangre. Le recordó a algún tipo de moho, amargo y, de alguna forma, picante. Se frotó la nariz, preguntándose de donde habría salido. Calculaba que el guardia debía haberlo poseído durante no demasiado tiempo: quizás un par de días a lo sumo. Siguió rebuscando entre los bolsillos del muerto. Lo único que encontró fue una llave, pequeña y roja. Se la guardó sin pensarselo dos veces, junto al colgante de lágrima.

Había algo más en lo que no se había fijado. Había sangre en la espada del guardia, tanto en el pomo como en la punta. La del pomo no le sorprendió: era la del propio desgraciado, ya que había caído cerca de su cuerpo. La de la punta, sin embargo, debía ser de su atacante. No era mucha, apenas una herida superficial. La tocó con un los dedos. Tal y como sospechaba, era muy fresca. No vio ningún rastro, por lo que debía ser algo casi inconsecuente.

Lo que si vio, sin embargo, fue algo casi oculto entre las cajas. La puerta a un sótano descansaba discretamente entre ellas. La examinó de cerca. Aunque era sutil, el mismo olor del colgante procedía de aquel lugar. El hombre lobo tiró de las asas y, tras ver que no cedían, probó a usar la llave que había encontrado. A pesar del tamaño, encajó a la perfección.

Llegaba el momento de preguntarse si aquello valía la pena. No sabía que podía sacar de todo aquello, pero a decir verdad, la curiosidad era una buena motivación. Sabía que era algo arriesgado, pero... ¿Era mejor quedarse en un sitio tan sumamente aburrido como eran las calles de Ciudad Esmeralda? ...No, no lo era. No se lo pensó más antes de abrir las puertas y bajar a aquel sótano tras cerrarlas de nuevo.

El lugar era más profundo de lo que imaginaba en un principio. Las escaleras bajaron durante varios metros, mientras el olor a humedad y polvo se hacía más fuerte. Sin la luz del sol para ayudarle, el schakal tuvo que avanzar lentamente y con una jabalina en mano, al menos hasta que llegó a una zona más iluminada.

Una solitaria lámpara de aceite yacía encendida sobre el suelo al final de las escaleras. Junto a esta, un pasillo repleto de cajas, todas iguales a las que había en el exterior y perfectamente selladas. ¿Contrabando, quizás? Debían saber cubrir bien sus pasos.

No tardó en escuchar como la puerta del sótano se abría de nuevo, aunque resultaba imposible ver la luz del día desde allí. Si iba a tomar una decisión, tendría que hacerlo deprisa. Podía adentrarse más en los túneles, si lo deseaba. Parecían llegar lejos, y quizás conectasen con alguna otra salida... o podía quedarse y esperar. ¿Que excusa podía tener para estar allí? Sabía demasiado poco para tener una mentira decente a la que ceñirse.

Respiró hondo. No iba a ponerse nervioso en una situación así. Se sentó sobre una caja y esperó pacientemente. Actuaría de forma natural, como si ese fuese su sitio. Y, si todo fallaba, siempre podía recurrir a la violencia.
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Mensaje por Celeste Shaw el Dom Mar 24, 2019 6:27 pm

Se mantuvo oculta en esa esquina, frunciendo el ceño. Parecía que no había bastante con hacerle… aquello al cadáver, sino que también lo iba a registrar. Oh, mierda. Encontraría el colgante y lo necesitaba. Esas dos monedas de oro que le iban a dar por él (mejor dicho, por entregarlo a la persona correcta) le eran imprescindibles para vivir. O para vivir bien un poco más de tiempo, por lo menos. Supuso que quien lo había cogido lo había hecho únicamente porque era un objeto curioso. Se mordió el labio inferior. Examinó una vez más su herida para asegurarse de que no era mortal. Vio que no, que seguramente podría curarse bien si le proporcionaba los cuidados adecuados, así que no debía preocuparse más de la cuenta. Claro que algo como aquello siempre era mejor ir revisándolo por si había algún tipo de infección. Aunque una de las pocas cosas buenas que había tenido su crianza, tal vez la única, era que sabía perfectamente cómo tratarse ciertas heridas. Cortes como ese eran el pan de cada día, y eso se notaba.

Respiró hondo y después de eso volvió a entrar, a paso lento, en el callejón. Buscaba ser sigilosa. Se preguntaba qué habría allí para que alguien permaneciera más tiempo que el necesario para registrar un cadáver. Porque lo había visto, había visto cómo lo revisaba en busca de algo de valor, seguramente, y se llevaba algo que le resultaba necesario a la joven asesina. Eso no podía permitirlo. Pensaba recuperarlo, primero por las buenas, claro, y luego si era menester por las malas. Sólo si no había más remedio. Por mucho que sonara contradictorio, si la ocasión no lo ameritaba no le gustaba usar la violencia para conseguir según qué cosas que podría obtener de otro modo, y que seguramente le costaría menos llegar a tenerlo. Sin embargo, el hecho de relacionarse con otros no era su fuerte, en absoluto. Pero debía hacerlo para conseguir su objetivo. No pensaba atacar a primeras, ni exigir por la fuerza que se lo diera.

Avanzó. Se llevó una auténtica sorpresa al ver que había una trampilla oculta detrás de donde estaban las cajas. Unas cajas apiladas no despertarían sospechas, y podían esconder cosas, como la portezuela que se abría en el suelo, o bien a personas, como a Celeste cuando atacó a ese hombre. Que, en realidad, lo que él había hecho no era más que informarse más de la cuenta. Decidida, entró. Quería saber adónde llevaba aquello, aunque por supuesto también quería recuperar lo que no cogió enseguida. Había preferido ir a una azotea para tratarse la herida antes de ir a revisar el cadáver para quedarse de una vez con ese colgante.

Había cajas como las del callejón. ¿Contrabando, tal vez? Aquello olía mal. Sin embargo, no era su trabajo investigar aquello, de modo que iba a recuperar lo que quería, entregarlo a su cliente y marcharse para no regresar en mucho tiempo. Era lo mejor que podía hacer. Si se ponía a investigar seguramente acabaría como ese pobre guardia al que había matado, y por supuesto que no quería acabar así. Era un pasillo oscuro, con un olor característico a humedad, pero también a algo más. En ese momento no identificaba qué era ese otro olor que había allí. Se mordió el labio inferior y continuó caminando hacia dentro. Vio a alguien varios metros por delante, y tuvo claro que no podía ser otro que quien había cogido el colgante.

—Eh —lo llamó, buscando que se girara—. Creo que has cogido algo que necesito —no empleaba un tono demasiado rudo, en absoluto. En ese momento no quería ir a malas: quería recuperar lo suyo lo más rápido posible, y esa forma, a no ser que él no tuviera ninguna disposición para ello, era ir por las buenas—. El guardia tenía un colgante de plata en forma de lágrima. Necesito que me lo devuelvas. Es lo único que te pido. Puedes quedarte con todo lo demás que llevara. Su dinero, lo que sea que hayas cogido.

—Oh, ¿era tuyo? —preguntó él mientras la miraba con curiosidad. La mente de Celeste trabajó a toda prisa para pensar algo.

—Sí —dijo al momento. No añadió nada más, no lo haría si no le preguntaba. Se sorprendió un poco por el aspecto que él tenía, ya que había aprendido que los más metomentodo solían ser los elfos y los humanos, al menos en las ciudades, pero suponía que había de todo en todas partes. Tampoco era algo grave. Si había cualquier problema confiaba en poder encargarse con relativa facilidad.

—Por curiosidad… ¿a qué huele el colgante? —preguntó, ladeando la cabeza.

—No lo sé —¿A qué venía esa pregunta? Seguramente ya sospechaba algo, por lo que era el momento de improvisar una excusa para ir tras él. Dijo, de nuevo, lo primero que se le pasó por la cabeza—. Hace tiempo que quería recuperarlo. Es importante para mí —claro que lo era, aunque seguramente no en el sentido que se desprendía de sus palabras. Vio que asentía con la cabeza y se relajó un poco, aunque no dejó de estar en guardia. Aun así, la ceja arqueada de antes no le daba buena impresión.

—Y… ¿por qué lo tenía ese guardia? ¿Sabes qué es este lugar? —más preguntas. Parecía que quería desmontar la mentira que Celeste había trazado. Y no lo culpaba. Era muy precaria, tanto, que se le podía ver incluso el esqueleto.

—No sé cómo llegó a sus manos. Tal vez lo compraría en alguna parte —parecía haber olvidado todo lo que le habían enseñado acerca de aparentar y decir mentiras, pero aquello daba igual en ese momento. Lo que importaba era cumplir su objetivo. Miró las numerosas cajas apiladas, aunque la iluminación era escasa—. Parece un almacén de contrabandistas o algo así.

—Ja. Sí, pensé lo mismo —dijo mientras se levantaba de una caja y la miraba—. Así que… significa mucho para ti, lo suficiente para matar a alguien en la ciudad más aburrida del mundo, y sabías que el guardia lo tenía a pesar de que estaba en su bolsillo —ensanchó la sonrisa—. Te lo daré si me dices la verdad.

—Te diré la verdad cuando lo tenga en la mano —lo dijo con sinceridad. Ella pensaba cumplir su palabra, ¿lo haría él? Sí. Se lo lanzó, y ella no tuvo problemas en atraparlo y guardárselo—. Esto no puede salir de aquí, ¿queda claro? —advirtió antes de contárselo—. Me encargaron matar a ese guardia y llevar el colgante como señal. Nunca se desprendía de él.
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Mensaje por Tark el Jue Mar 28, 2019 1:00 pm

-...Ya veo.- dijo el schakal, chasqueando la lengua. No sonrió, pese a lo que estaba pensando. ¿Como de lejos podría llevar aquello? -A mi también.- mintió. -Bueno, no del todo. Me dijeron que fuese doloroso, y que no fuese bonito. Nada del colgante.- Repasó mentalmente lo que sabía. La mejor forma de saber más parecía ser explorando ese sitio, o haciéndole preguntas a la asesina alada.

Sabía aparentar el ser una presa, pero con su aspecto, convencer a alguien de que era un matón o un mercenario de algún tipo no era difícil.

-No me hizo mucha gracia el que me robasen la presa.- afirmó, mirándole con seriedad. Sin embargo, se encogió de hombros. -Pero tampoco es que nadie vaya a saberlo. No me pidieron ningún colgante, y tal y como está el cuerpo...- Nadie podría afirmar que no tuviese una muerte sucia. La mayor parte de los huesos de su cuerpo habían sido arrancados de este, después de todo. Con toda la sangre, la posición del cuerpo y las heridas, cualquiera pensaría que había sido una carnicería. El que fuese en una ciudad tan "tranquila" como aquella solo lo hacía mejor. -Pero no me dijeron nada de competencia.- Resopló con indignación, arrugando la nariz. -Si hubiese sido cualquier otro, me habría arriesgado a otra pelea. Y no me han pagado lo suficiente.-

Tenía la sensación de que había algo interesante en todo aquello. Y sospechaba que el colgante tenía algo que ver. Se acercó a una de las cajas selladas y la examinó de cerca.

-La verdad, me cansa un poco que me traten como a un peón.- dijo, apuntando su jabalina a la parte que parecía más vulnerable. Con una exhalación, clavó su arma en la caja con fuerza. La atravesó sin problema. -Sin que me digan a qué me arriesgo. O de que va todo.- hizo palanca en la apertura de la caja, y esta se abrió. Un intenso olor empezó a cubrir la habitación. -Vaya, vaya.-

Varios sacos de tela yacían en el interior. Uno de ellos había sido rasgado por la jabalina, revelando su contenido. Parecía algún tipo de polvo rojizo, similar a la arena. El olor era muy intenso, lo suficiente como para que el lobo se llevase la mano a la nariz.

-Tu colgante huele igual.- dijo. No reconocía la sustancia, pero no era simplemente una especia. No se arriesgó a tocarla u olerla de cerca. -¿Por qué tenía ese guardia la llave de este sitio?- preguntó. -...Esconden demasiadas cosas. Ni siquiera sé el nombre de quien me paga para esto.- dijo, negando con la cabeza.

-Creo que voy a averiguar de que va todo esto.- dijo, volviéndose hacia uno de los túneles. -Quizás pueda "renegociar" si se lo suficiente. O sacar dinero a la fuerza.- Aseguró. Todo aquel acto tenía tan sólo el objetivo de tentar a la mujer alada. Era probable que tampoco le hubiesen dicho que tenía competencia, ya que realmente no la tenía. Si aquello, junto al comentario de los peones, bastaba para que se enfadase con sus clientes... podía ganar algo. Una aliada, dinero, información, o una cabeza de turco si las cosas se ponían feas.

Como mínimo, sería divertido.

-¿Quieres venir, o vas a conformarte?- inquirió con fingida indiferencia.
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Mensaje por Celeste Shaw el Dom Mayo 05, 2019 1:44 pm

Por lo visto, otra persona había sido enviada a cumplir el mismo encargo. ¿Es que su cliente no se fiaba de ella? Aquello podía terminar muy mal, pero para el hombre que al parecer los había contratado a ambos. O tal vez ni siquiera tuvieran el mismo, y el guardia estuviera metido en problemas mucho más gordos de lo que Celeste pudiera imaginar. Suspiró de forma casi imperceptible mientras miraba al shackal, que le contaba en lo que consistía su encargo. Frunció el ceño.

—¿Dos personas para matar al mismo tipo? Esto es muy raro —se mordió el labio inferior, pensativa. ¿Qué posibilidades había de que tuvieran al mismo cliente? Muy pocas, si les habían ordenado cosas distintas. El mismo cliente solía pedir lo mismo a ambos, de forma que tenían que ser dos hombres distintos. ¿En qué carajo se había metido ese chico como para tener a dos de los más ricos en la ciudad detrás de su cabeza? Aquello deberían investigarlo, ¿o no?—. Tampoco me dijeron que fuera a haber competencia —asintió con la cabeza al oír que nadie sabría quién lo había matado realmente—. Tal vez dos personas distintas iban detrás de ese guardia. Si nos hubiera contratado el mismo nos habría pedido lo mismo, es lo más seguro.

Aquello iba más allá de matar a alguien. Era sabido que la mejor forma de silenciarlo era hacerlo desaparecer, pero se preguntaba qué sabría ese chico para tener detrás a la élite de esa ciudad. Había descubierto algo que desde luego había quien quería mantenerlo en secreto, así que les tocaría hurgar más hondo para ver qué era aquello. Frunció el ceño al ver que clavaba la jabalina blanca en la caja, y que de ésta salía una especie de polvo rojizo que emitía un olor fuerte incluso para ella. No se llevó la mano a la nariz. Al contrario, se acercó y se agachó frente a la caja abierta. Tomó un pellizco de ese polvo en una mano y se lo llevó a la nariz para olerlo mejor. Aquello provocó que, de lo fino que era, se le metiera un poco de polvo en la nariz y la hiciera estornudar. Desde luego, era fuerte, lo que fuera aquello. Y no le gustaba un pelo cómo se estaba poniendo el asunto. Lo soltó todo y se sacudió las manos, aunque eso seguramente no provocaría que el olor en sus dedos disminuyera, para nada.

—Lo primero que he pensado es que esto fuera algún tipo de condimento, pero entonces no tiene sentido que hagan contrabando con él. Seguramente sea algún tipo de droga… y una de las fuertes —se levantó poco a poco, mientras pensaba—. No sé por qué tenía la llave, el caso es que la tenía y nos han encargado matarlo precisamente por eso. Sabía demasiado, esto está claro —luego lo miró con seriedad, cuando le dijo que si iba o se quedaba—. ¿Estás loco? Claro que vengo. A mí también me interesa saber de qué va esto.

Normalmente habría matado al tipo y nada más, pero en ese caso era distinto. Algo olía muy mal, y parecía que afectaba a toda la ciudad, especialmente a la élite, que se supiera. ¿Para qué usarían esa droga? No parecía que fuera para consumo propio, ya que no tenía pinta de ser un alucinógeno. No… Eso era algo peor, mucho peor. Había oído hablar de drogas fabricadas mediante alquimia, que tenían efectos muy fuertes y muy duraderos. ¿Sería una de esas? Tenía toda la pinta. Aunque no sabía exactamente qué podría ser exactamente. Empezó a adentrarse en el pasillo, con el ceño fruncido, ya que aquello no le estaba gustando un pelo. Se mordió el labio inferior, y decidió sacar sus armas por si las moscas.

—Será mejor que nos preparemos para cualquier cosa… esto cada vez me huele peor.

—Puedes manejarte, ¿no? Mataste al tipo de arriba —musitó él sin mirar atrás.

—Si no supiera manejarme ya habría salido por patas.

—Entonces será fácil.

Tales cantidades de droga sólo podían ser para dos cosas: para venderla o para drogar a un grupo grande de personas. Y tenía la corazonada de que era para la segunda, pero no podía descartar la primera opción, para nada. No, no sería inteligente descartarla, porque a lo mejor sí que hacían aquello, o hasta ambas cosas. La conversación escueta le había dado a entender que no era alguien muy hablador, así que no forzó aquello en ningún momento, sino que simplemente se mantuvo en silencio, alerta. Sus pasos eran sigilosos, y al mismo tiempo rápidos.

Al cabo de varios minutos caminando, verían frente a si a unos cuantos guardias, aunque esos no llevaban el uniforme típico de Ciudad Esmeralda. No, esos llevaban armaduras oscuras, y no parecían nativos de allí, sino de fuera. ¿Serían mercenarios? Era costoso contratarlos por demasiado tiempo, muy costoso. Demasiado. Sacaron sus armas. Eran cuatro hombres, todos ellos vestidos exactamente con la misma armadura. Dos llevaban espadones a dos manos. Uno de los otros dos, una lanza. Y el que quedaba, dos dagas. Celeste sacó enseguida sus armas y se puso en guardia, sin hacer el primer movimiento. Sabía que en ese lugar las alas la entorpecerían, pero no estaba dispuesta a rendirse a la primera de cambio.
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