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Tres Primaveras

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Mensaje por Eshed Dylan el Dom Mar 17, 2019 1:19 am

El pesado movimiento de una mano zarandeándole le despertó.

- Eshed, ha amanecido.

Abrió los ojos, parpadeó varias veces.

Sin decir nada, dejó escapar un bostezo que habría desencajado la mandíbula de cualquier otro mortal, y se cubrió la cabeza con la fina manta de tela que le había proporcionado su inesperado compañero de viaje.

- Cinco minutos más, madre. – Balbuceó Eshed volviendo a cerrar los ojos. – Mañana… - Se giró sobre sí mismo y le dio la espalda a su compañero. – …mañana me levanto dos veces para compensar. -  La mano se volvió más insistente.

- Dylan. – dijo el anciano con voz autoritaria, dejando escapar después un largo suspiro. – No me hagas tirarte un cubo de agua encima. – Amenazó levantándose de dónde estaba y caminando hasta alcanzar las ascuas de lo que la noche anterior había sido una hoguera. – …no otra vez. – Agregó al final, antes de agacharse frente a los rescoldos.

Dejando escapar el quejido de un adolescente contrariado, Eshed se incorporó hasta quedar sentado y miró como Meriador comenzaba a recoger, una a una, todas sus pertenencias.

- ¿Por qué tienes tanta prisa, viejo? Villa Olmo no se va a mover de dónde está. – dijo el mercenario levantándose por completo y estirando, momentáneamente, ambos brazos por encima de su cabeza. – Quiero decir, estas, así como… muy sanote. – Sonrió. – Diría que incluso te quedan unas cuantas primaveras. Casi tres. – Amplió la sonrisa, Meriador enarcó ambas cejas. - Puedes permitirte dormir hasta que el sol está bien alto. – El anciano soltó una carcajada al oír las palabras del alquimista y sacudió la cabeza.

- Me quedan menos de las que te crees, muchacho. – Afirmó girándose hacía Eshed, esbozando una sonrisa, quizás, nostálgica. – Menos de las que te crees… - Repitió de nuevo, atusándose momentáneamente la espesa barba de color blanco que cubría su cara antes de volver a la tarea que tenía entre manos.

Eshed se cruzó de brazos y, sin añadir nada más a la conversación, observó los movimientos del veterano desde dónde estaba.

Si bien era cierto que llevaban solamente una semana viajando juntos y que ese tiempo no había tardado en descubrir que Meriador no era precisamente hablador, sí que había sido capaz de notar aquel deje de… ¿Nostalgia? ¿Melancolía? Eshed no sabía cómo describirlo exactamente, pero independientemente de lo que fuese, había sido capaz de reconocerlo en su tono de voz durante unos segundos.

Estuvo tentado de preguntarle, una parte de él se sentía obligado de hacerlo; Pero ¿Qué podía hacer él realmente? Meriador le doblaba en edad, si quisiese hablar de sus problemas ya se los habría dicho, no era precisamente un joven alocado que vivía aventuras por que sí.

Tras volver a bostezar, Eshed se encogió de hombros y decidió que el hombre tenía derecho a su privacidad, trató de quitarle importancia al asunto; era posible que, simplemente, hubiese rememorado un recuerdo lejano o algo así.

Se peinó pobremente con la mano y, sin pensárselo demasiado, comenzó a levantar el campamento junto al veterano.


Tardaron una hora en estar listos para reemprender el viaje.

Tuvo que admitir, a regañadientes, que Meriador había hecho lo correcto al exigirle levantarse temprano. No le gustaba admitir las cosas así, cosa que el anciano, por algún motivo, sabía y no tardaba aprovechar siempre que tenía la oportunidad.

Eshed lo achacaba a algún tipo sabiduría ancestral que venía con la vejez.

- ¿Lo tienes todo? – Preguntó por décima vez Meriador, ajustando la pesada espada que llevaba atada a la espalda mediante una gruesa correa de cuero.

- Pistolas, fusil, sable… cosas que hacen “pum”… - Con cada palabra que decía fue, progresivamente, tocando todos los elementos que enunciaba y que colgaban de alguna parte de su cuerpo. – Sí, lo tengo todo. – dijo al final de comprobación, afianzando el sable a su cintura al mismo tiempo que asentía.

El veterano sonrió y, como ya hecho todas las veces desde que se encontraron, hizo una seña al mercenario para que le siguiese y encabezó el pequeño grupo que habían formado en el proceso.

El camino que recorrían era… aburrido, incluso los mercaderes de la zona le habían advertido de ello: estaban frente a varias semanas de viaje en línea recta por un carril con árboles a ambos lados.

Nada más.

Quizás, el único cambio relativamente importante que Eshed esperaba encontrarse era un túnel que se decía que habían abierto unos enanos hacía años con la intención de crear una mina en la zona pero que, al descubrir que no había nada relevante en el subsuelo, lo habían usado para acortar el viaje enormemente entre los pueblos del lugar.

Fue toda una sorpresa descubrir que, tras varias horas de viaje en aquella dirección, justo cuando el sol se encontraba en su punto más álgido, alguien había tapiado la entrada al túnel con un pedrusco de un tamaño considerable. El suficiente como para impedir el acceso al mismo.

- No me esperaba… esto. - Comentó Meriador casualmente, frunciendo el ceño, pasando la palma de la mano sobre la superficie de la roca. – Algo no va bien – añadió.

- Puedo volarlo por los aires. – dijo Eshed bajando ambas manos hasta la cintura, comprobando el tamaño de la roca y calculando mentalmente la cantidad de pólvora necesaria para hacerlo.

Sonrió.

- ¿Es que lo resuelves todo haciendo estallar algo? – Inquirió Meriador de vuelta.

- Casi exclusivamente. – Respondió Dylan de inmediato.

Meriador no respondió, todavía con cara de pocos amigos se alejó del muro y clavó sus ojos en el frondoso y descuidado camino que sorteaba la montaña y que, tiempo atrás, cuando aún no había existido el túnel, había sido el único lugar por el que continuar el viaje.

- Prepárate

Aquella palabra fue el catalizador. Un número indeterminado de individuos, todos armados, emergieron de los arboles cercanos y cercaron a los hombres. Eshed y Meriador se encontraron repentinamente y en el sentido más literal de la frase contra la espada y la pared.

El alquimista entornó los ojos y llevó una de sus manos hasta su sable mientras que la otra se cerró en la empuñadura de una de sus pistolas.

En cuanto lo hizo varios de los arcos que portaban los asaltantes se tensaron, todos se prepararon para lo peor. El veterano, por su parte, avanzó un par de pasos y se colocó frente a Eshed y haciéndose con su espada en el proceso.

Contó a diez bandidos: un enano, varios elfos, el resto humanos.

- Amigos… - El enano, un hombre visiblemente fornido de espesa barba rojiza extendió los brazos e indicó a los demás que bajasen las armas. - ¡No hay necesidad de pelear! ¡Soltad vuestras armas! – Afirmó en un tono fácilmente reconocible como “paternalista”. – Veréis… solo tenéis que darnos todo lo que llevéis encima. – Sonrió y se pasó el hacha, un arma prácticamente del mismo tamaño que el hombre, de una mano a otra. – Seguros que sabéis como va esto, son tiempos difíciles para todos. ¿Verdad? – Expuso, sujetando el hacha con ambas extremidades de nuevo.

- ¡Oh, dioses! – Eshed dejó escapar un grito ridículamente dramático, lo suficientemente alto como para que los arqueros volviesen a levantar sus armas. – ¡Mira Meriador! ¡Un niño con barba! – Añadió de forma exagerada, señalando al líder de los bandidos.

- ¿Q…qué…?

Meriador se giró hacía su acompañante sin saber exactamente qué decir, simplemente dejó escapar un sonoro: “uuuh”.

- Dime, mi pequeño barbudo. – Se inclinó levemente hacia adelante - ¿Podrías pedirles a tus amiguitos que no me apuntasen con las espadas? – Esbozó una sonrisa mordaz. – Es que… verás, tengo la piel delicada y… - Miró fijamente a los ojos del enano, este no tardó en interrumpirle.

- ¡No te atrevas a insultarme! – Bramó el hombre. - ¡Acabad con…!

BLAM.

Un único disparo, el olor de la pólvora y el de la sangre húmeda entremezcló en la suave brisa que reinaba en el lugar.

El enano cayó muerto al suelo, con un agujero de bala en mitad de la cara.

La sonrisa de satisfacción en el rostro de Eshed solo duraría unos instantes, pues independientemente de que el líder de aquellos bandidos estuviese muerto o no, una flecha surcó los aires y se clavó firmemente en el muslo del mercenario.

- ¡Maldito palo afilado! – De rodillas debido a la saeta, Eshed alzó su sable justo a tiempo para impedir que la espada de otro bandido no se clavase firmemente en su pecho. - ¡Modernizaos! – Bramó agitando su arma frente a él, tratando de zafarse de los ataques de los bandidos.

- ¡Dylan! – Meriador apartó a aquel tipo con una poderosa estocada de su mandoble y lo alejó del herido, que se arrancó la flecha que tenía clavada en el cuerpo. - ¡¿Se puede saber qué haces!? – El joven sonrió y, tras dejar caer al suelo la pistola descargada, desenfundó su segunda pistola y descerrajó un tiro en el bandido más cerca de él, el cual se desplomó retorciéndose de dolor.

- ¡Improvisar! – Exclamó.

Eran menos, pero podían hacerlo, había salido de peores situaciones.

Otra flecha se clavó en su hombro, dejó escapar un alarido de dolor y se la arrancó un tirón.

- Esto no puede ser bueno para las articulaciones… - Masculló retrocediendo, tratando de alejarse de las hojas que buscaban su cuerpo. - ¡Meriador! – Pero el anciano tenía sus propios problemas: el veterano, haciendo honor a su experiencia, había conseguido abatir a un bandido y peleaba contra dos al mismo tiempo con relativa facilidad.

¿Cuántos quedaban? Demasiados, empezaba a arrepentirse de haber disparado al enano sin conversar más.

Se alejó aún más de la trifulca, comenzó a cargar la pistola. ¿Por qué aquellos tiestos no podían disparar más de un proyectil al mismo tiempo? Tenía que idear la forma de aumentar la capacidad, seguro que ganaba muchos fans haciéndolo.

- ¡No tan rápido! ¡Quédate a jugar! – Otro de los bandidos embistió contra él con la intención de empalarle contra un árbol, gritando, enarbolando su espada.

Tenía pinta de ser simpático.

A toda prisa, de forma instintiva, Eshed tomó uno de los viales repleto de pólvora de color blanco que pendía de su pecho y, tras aplastarlo en su mano, arrojó el contenido frente a él.

- ¡Tienes razón! ¡Atacar de frente siempre ha sido un plan infalible!

La pólvora nívea prendió tan pronto esta entró en contacto con la cara del bandido, con la humedad de sus ojos. Un chasquido agudo precedió un fuerte olor a carne quemada y, después, el desconocido se echó ambas manos a la cara bramando improperios a cada cual más original, cosa que terminó cuando Eshed hundió su sable en el cuerpo del hombre.

- ¡Y va otro me…! – El frío metal de una de las espadas de los atracadores perforó parte de la armadura de su torso, sin mirar directamente a quien tenía más cerca lanzó varias estocadas frente a él y consiguió alejarlo de él por unos instantes. - ¡Así no hay quien se concentre! – Otra flecha pasó peligrosamente cerca de su cara.

Chasqueó la lengua y se protegió tras un árbol, disparó con la pistola recién cargada en dirección al arquero, no acertó. El tipo al que acababa de ahuyentar volvió a acercarse.

No estaba yendo nada bien.

- ¡SUFICIENTE!

Otra explosión sacudió el bosque, pero no de las suyas, no era pólvora.

Tragó saliva, Meriador estaba rodeado de lo que parecía ser… un anillo de fuego. ¿Magia? Era magia, aunque quisiera dudar que lo era, no podía hacerlo. Se mareó momentáneamente, se le nubló la vista; se apoyó en el árbol tras el que se estaba protegiendo, afortunadamente para él los bandidos que buscaban su cabeza estaban tan conmocionados como él mismo.

Contempló, impotente, como el veterano, ahora de brillantes ojos carmesíes, se arrancaba las dos saetas que estaban clavadas en su cuerpo e instaba a las llamas que rodeaban a que incinerasen al bandido que había conseguido clavarle una daga en el omoplato.

Tragó saliva, sacudió la cabeza.

No tenía tiempo para distraerse por un poco de fuego.

Tomó el fusil que tenía a la espalda y, amparado por el árbol tras el que se encontraba, disparó contra el arquero que estaba más lejos, el que estaba subido a la copa de un árbol y había centrado su atención en Meriador.

Tras el estallido que dejó escapar su arma, el cuerpo inerte del arquero se precipitó al suelo. Procedió a carga, instó a sus brazos a que se moviesen y, en apenas unos segundos, el fusil estaba listo para volver a matar.

La pelea tomó rápidamente otro cauce y, por mucho que le molestase admitirlo, se debía principalmente a las abrumadoras llamas del anciano: Apenas quedaban cuatro bandidos con vida.

Ahora tenía que tomar la iniciativa.

- ¡Sujétame esto! ¿¡Quieres!?  – Eshed lanzó un vial de pólvora, el de mayor tamaño que tenía encima, en dirección al bandido más cercano a él.

El hombre se cubrió la cara esperándose lo peor, pero aquella ultima cápsula que había usado el alquimista no tenía mecha, era incapaz de estallar por sí sola. Eshed, simplemente, aprovechó el breve instante de desprotección para dispararle al bandido en la cara con el fusil.

Los últimos saqueadores no tardaron en huir hacia el bosque.

Jadeando, respirando con dificultad, Eshed se tambaleó hasta la gigantesca roca que les había impedido continuar con su camino, evidentemente colocada ahí por los hombres a los que acababan de enfrentarse y tomó aire, todo el que pudo reunir de sus pulmones.

Una mezcolanza de olores nubló sus sentidos: sangre, pólvora, madera quemada, carne quemada…

- ¡Eshed! – Dylan, también herido, se acercó a paso lento hasta dónde estaba el mercenario. - ¿Estás…? – Meriador no llegó a terminar la pregunta, Eshed se separó varios pasos del piromante y le miró fijamente.

- ¡¿Cuándo pensabas…?! – No sabía que preguntarle, evidentemente, Meriador no había hecho nada malo, Eshed sabía perfectamente que el anciano no tenía por qué estar obligado a contar que era capaz de usar magia.

¿Por qué estaba tan enfadado entonces? Un cumulo de sentimientos contradictorios se apoderó de él. Se agachó a recuperar la pistola que había dejador caer al poco de comenzar la pelea, la que yacía junto al cuerpo del enano, ahora prácticamente incinerado.

- ¿Por qué lo ocultabas? – Preguntó, al final, enfundando según enfundaba sus armas.

El mago inspiró profundamente cerró los ojos.

- No lo sé, no lo he ocultado. – dijo con simpleza tomando el mandoble, al rojo vivo, que descansaba en el suelo a pocos metros de él y envainándolo con cuidado. – No es algo que… - Miró al alquimista y se sentó en el suelo, se palpó las heridas. – …sea muy relevante a la hora de conocer una persona. ¿No crees? – Aquella respuesta le tomó desprevenido, trató de disimularlo lo mejor que pudo. - ¿Entonces…? – Sin decir nada, Eshed tomó a Meriador por un brazo y le ayudó a levantarse de un tirón.

A diferencia de él, el anciano tenía quemaduras por todo su cuerpo. Estaba herido y era obvio que le costaba moverse, por fortuna apenas sangraba, las heridas que había recibido se habían cauterizado.

Sobreviviría.

Eshed, por su parte, improvisó un par de vendajes tanto en el hombro como en el muslo, unos que aguantarían más o menos bien hasta que llegasen al poblado al que se dirigían.

Vamos. – Indicó, comenzando a caminar por el único camino que tenían frente a ellos. – Villa Olmo no está lejos. – Afirmó, internandose en el bosque.

Lo dejarían en la aldea, bajo el cuidado de los lugareños y después continuaría por su cuenta. Era lo mínimo que podía hacer por el anciano: Meriador le había salvado la vida.

- Todavía te quedan tres primaveras, viejo.

- Tú limitate a dejar de improvisar. -

- No prometo nada. -



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Mensaje por Bizcocho el Lun Mar 18, 2019 9:09 am

Ha sido un buen hijra. ¡Felicidades! Ya tiene color.
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