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Fuego y Hielo

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Mensaje por Colk Dragnaar el Lun Mar 18, 2019 4:33 am

El invierno marcó la muerte melancólica del año, uno del cual Colk (no Balderson jamás, y temía a su otra continuación) había tenido pocas pistas, salvo el inexorable paso de las estaciones.

No era ni de día ni de noche, si no el estado transitorio que solía dar paso a la mañana. Colk había aprendido a odiar días y noches, pues sus dioses seguramente lo miraban con juicioso recelo: De los atardeceres y anocheceres, sin embargo, poco tenía que decir. Todos sabían que Kermall no mataba ni rechazaba a nadie; Kermall no estaba allí, al fin y al cabo, y esa ausencia marcaba, de hecho, la esencia de su propio ser.

Un dios de la nada, transitorio, el mundo que yace tras las encandilantes luces que dominan el cielo. Kermall el Espíritu rechazado, Kermall el que vagaba cual fantasma entre los poderes de sus hermanos. Kermall el traidor, matador de su sangre. Kermall el misericordioso, que abraza a los perseguidos.

No servía a Kermall, pero desde hacía meses había dependido completamente de su abrazo.

La nieve lo envolvía hasta los tobillos, en tanto iba corriendo bajo la penumbra del amanecer. El cielo amoratado era el dominio de Kermall, y las sombras difusas del bosque su campo de juegos: Colk haría de cazador y la presa aquellos instantes valiosos sería muerta ¿Eso estaba bien? Lo veía bien y desde su juventud había gustado de los juegos. Tenía una lanza entre las manos y el rastro se perdía con descuido hacia el corazón del bosque, hacia el epicentro combatido de Kermall y el amanecer. Era su deber cumplir un rol.

Las manos se le helaban, y su barba retorcida exhibía blancos de hielo. Cualquiera se hubiese rendido al pragmatismo más puro, olvidado así el sentido del ritual. Colk sabía que no lo haría, y que de paso no podía: Aquellos entregados al pragmatismo eran los que enloquecían, los que se perdían en el laberinto que Yiginahaga tejía con los cerebros de hechiceros y sacerdotes, volvas y videntes condenados a vagar en su imperio de materia gris. El ritual mantenía cuerdo al perdido, a aquel que no conocía otra cosa si no el vacío de un propósito. ¿Venganza? Palabra ahora tan extraña, perdida en un mar de recuerdo opacados por la nieve, por el cielo violeta y imágenes estáticas que perdían definición mientras se aventuraba más en aquellos páramos de absoluta naturaleza y espíritus antiguos.

Espadas. Gritos. Hermanos. Enemigos. Mercenarios. Serpiente. Jorhagnadis devorándole.

Nada. Recuerdos helados. Recuerdos perdidos.

Los robles, pinos y píceas formaban un mar de brazos torturados, ennegrecidos por Karmall, que clamaban al cielo oscuro por una aparente misericordia. La primavera ocultaría su dolor, aunque allí en el reino de Karmall, ese crepúsculo donde cazaba, Colk conocía que jamás vería por completo su máscara: Los arboles frondosos eran sin sentidos, amorfos, terribles figuras bulbosas en el dominio del Traidor. Eran los otoños y inviernos cuando el mundo se revelaba como tal: Un cadáver torturado retorciéndose de terror y dolor, un fantasma perdido en los mares de vida que eran tan solo una insignificante mascarada para la desesperación y la tragedia.

Tragedia, se sentía tan real. ¿Balderson? No, no tenía sentido. Colk era frío, una llamada instintiva en el abismo de sus propios pensamientos, cruzando el bosque de manos agonizantes con una lanza entre las manos. Todo perdía sentido de apoco, y el dolor que invadía su pecho persistía sin recuerdos que lo justificaran.

¿El mundo no era el cadáver de un gigante? Entonces las mascaradas eran esos llamados dioses, que brindaban alegría a esa cruel realidad: Todo estaba atrapado por la tragedia, que era perpetua.

Presentía que sentiría culpa cuando atrapara a su presa, pero no podía decir la verdadera razón.

Cordura era relativa, pensó mientras danzaba sobre la nieve con los pasos de un borracho, pisando por segunda vez huellas hondas dejadas por su presa. Mientras funcionara estaría cuerdo, mientras su corazón estuviera guardado en el reino de Kermall, oculto al calor del día y el frío de la noche. Mientras esa chispa existiera, Colk jamás se perdería realmente a si mismo.

En el camino, todo podía pasar, claro estaba. Allí, danzante, ¿Quien eran Kermall y él, si no los rostros de la misma historia? Kermall el matahermanos, el que persigue sangre en el crepúsculo.

Vio a su presa metros adelante, bamboleándose sobre la nieve muerta de frío. Colk se adelantó con no menos torpeza y un gruñido salvaje escapó de su garganta. Su presa se volvió, luego gimió y trató de huir.

Colk le persiguió.

Kermall, mata hermanos ¿Le daría fuerza en su reino? ¿Sería su ausencia enmascarada más que la simple ilusión del simple, más que un engaño contra sus hermanos? No lo sería pues él mismo era Kermall, ese primer asesino, primer cazador, y la nieve que pisaba no era nieve si no estrellas, y el bao de su aliento no el aire de un moribundo si no los vientos que darían vida al mundo, al cadáver del gigante torturado que clamaba por misericordia. Allí sintió seguridad al fin, pues su corazón estaba en las manos de aquel primer criminal, que se ocultó donde ninguno de sus hermanos podría jamás encontrarle.

Y como Kermall tiró su lanza, y mató a un hermano.

Sangre. Nieve. Una unión brillante bajo el cielo oscuro, como agua que reflejaba los pequeños fantasmas estelares y la creciente luz del sol. Un cuerpo oscuro, tirado de frente contra el suelo, sus brazos extendidos posados sobre el borde de un río.

Kermall avanzó y extrajo su lanza del hermano. Colk miró a su presa y suspiro, sintiendo la culpa predecible que empezaba a embargarle, a pesar sobre su pecho enjuto por el hambre y las privaciones.

No pudo parar de pensar en que realmente no conocía al hombre por el cual ahora se dolía, mientras le despojaba parte a parte de sus ropas y las unía a ese amasijo de trapos que era su propio abrigo. Una pequeña parte de su ser clamó, como la punzada de los recuerdos atrapados en el hielo manchado, tratando de regresar.

Kermall la echó a un lado, armándose con el equipo de su hermano Sharkall, espíritu del hielo. Colk sonrió, y agradeció a la deidad por tan misericordioso gesto.
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Mensaje por Dahanajan Dess el Jue Mar 21, 2019 1:53 am

Al fin llegué al bosque de Silvide, no podía creer lo familiar que se me hacía el lugar, solo que por culpa del largo invierno ahora estaba todo nevado. El viaje había sido ameno, recordaba todo lo vivido y eso me traía algunos recuerdos buenos y otros no tanto.

Pero al fin estaba ahí, al fin podía sentirme a gusto en un lugar, no entendía porque este lugar me hacía sentir eso, pero así era. Lo único malo en mi vida en este punto era que todavía tenía mis pesadillas nocturnas, y en el camino más de una vez, encontraba pasto quemado a mi alrededor y la verdad eso me hacía pensar "como no me han encontrado los humanos", puesto que el fuego creaba humo y hasta ahora no me había topado con nadie, “tendré que tener la guardia en alto si no quiero pasar malas experiencias como la última vez que estuve aquí”.

Traía mi capa puesta, pero arrastraba tanto que creaba un rastro muy extraño tras de mí, eso me divertía. De vez en cuando intentaba crear en mis manos un poco de mi fuego para calentarme y a veces lo conseguía, pero otras veces solo salían chispas o simplemente no salía nada “¿Algún día podré controlar mis poderes y que estos hagan lo que quiero?

Lo dudo Dahana, para eso tendrías que dejar de lastimar gente”, eso hizo que me detuviera completamente por un momento, mi propia mente me hacía pasar malos momentos y ese era uno de ellos. Mis ojos estaban inundados en ese momento y tuve que con el dorso de mi mano limpiármelos para que lagrimas traicioneras no amenazaran con salir haciéndome ver como la débil y triste niña que en verdad era.

Después de un momento volví a caminar, mis botas se hundían en la nieve sin permitirme ver donde pisaba haciéndome caer más de una vez. Fue en una de esas caídas que me di cuenta, me estaban siguiendo. Vi a lo lejos la figura de un hombre más grande y corpulento de lo que era yo y me dí cuenta de que tenía los ojos fijados en mí, como cuando un animal fija los ojos en su presa.

Entonces lo supe, el era el cazador y su presa era yo, intenté trazar rápidamente un plan en mi cabeza pero lo único que se me ocurrió fue correr y la verdad eso fue lo que hice “Corre Dahana, corre con todas tus fuerzas si no quieres que te atrapen”. Corrí con todas las fuerzas que me permitían mis piernas, mis botas y la nieve, pero se notaba que él estaba más adaptado al lugar que yo, y gracias a eso no tardó en alcanzarme haciéndome caer en la esponjosa y fría nieve atando mis pies con unas boleadoras de cuero. Me di la vuelta y pude fijarme en cómo era el hombre físicamente.

Era un tipo rubio con el cabello largo hasta los hombros, se notaba que estaba preparado para pasar el invierno y que venía buscando a algo o a alguien; Debido la postura en la que nos encontrábamos algo me hacía pensar que era a mí. “Dahana no puedes dejar que te atrape, tu no eres culpable de nada, ellos, los humanos te provocaron” “tienes que salir de aquí” entonces mire a los ojos del hombre, estaba claro que no podía hacer nada e intenté confiar nuevamente en mis poderes pero como no, volvían a fallarme cuando más los necesitaba “maldita sea”.

Comencé a tiritar mientras el tipo se acercaba a mí con una sonrisa, la caída había provocado que mi piel quedara en contacto con la nieve y esta me provocaba mucho más frío del que tenía hace rato, de repente un sonido que ya había escuchado antes me llamó la atención, alguien había asesinado al caza recompensa atravesándolo con una espada.

Escupió sangre haciendo que esta callera en la nieve blanca, contrarrestando el color de esta, con el rojo tan oscuro de la sangre. El asesino del cazador era más alto que yo, y tenía sus cabellos cortos y marrón obscuro, era delgado y tenía unos profundos ojos azules. Le miré desde el suelo donde estaba, por si las dudas quisiera asesinarme o viniera por la recompensa y solo matara a su compañero para hacerse con el dinero el solo.

Pero al ver sus ojos noté que estos estaban idos y al notarlo decidí ponerme en pie, me mordí el labio pensando que no debía hablar con él y debía salir corriendo pero decidí hablar —Gracias…— es lo único que pude decir quedándome allí al ver sus ojos.


Si entiendes el sacrificio 
y entendes el dolor
entonces ya eres dueño
 de tus sentimientos
"Espero que lo entiendan"
#ffffff -> dialogo
#f22222 -> Pensamiento
Dahanajan Dess
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